El quinto evangelio

Philipp Vandenberg · Capítulo 75 de 89

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El quinto evangelio

Capítulo 2

piedra hasta la escalera de mármol que conduce al tercer piso del palacio apostólico, donde detrás de puertas blancas, todas cerradas por dentro menos una, residía el cardenal secretario de Estado.

2

Con Felici, el cardenal secretario de Estado, un anciano bondadoso de pelo blanco corto y manos temblorosas -estaba desempeñando su función ya bajo tres papas-, mantenía Vilosevic una relación de plena confianza, se puede decir también que Vilosevic era su incondicional; pero esta incondicionalidad le deparaba al mismo tiempo la enemistad del cardenal Berlinger, el director del Santo Oficio, que gobernaba los otros bienes alodiales en el interior del Vaticano. En Berlinger y Felici se juntaban la tierra y el fuego: Berlinger, el conservador, severo frente a toda novedad o renovación, y Felici, un cardenal liberal, progresista, que ya antes del último cónclave se le tenía por papabile, pero al que, como solía él mismo decir, las sandalias del pescador le venían un número grande.

Después que Vilosevic hubo atravesado dos antesalas seguidas con tapices en las paredes y escaso mobiliario oscuro -padres vestidos de negro oficiaban sin excepción como secretarias en el Vaticano-, haciendo una reverencia entró en la sala excesivamente caldeada, donde Felici revisaba legajos de documentos y papeles tras una mesa interminablemente amplia.

–¡Señor cardenal! – gritó Vilosevic de lejos (Felici no toleraba otro tratamiento que éste)-. Señor cardenal, tiene que hacer algo. Los periodistas han oído campanas de algo. Ya no sé cómo amansarlos. Algunos de ellos saben más que yo…, al menos ésa es mi impresión.

Con un gesto amable, el cardenal indicó al director de la oficina de prensa una silla tapizada en rojo con respaldo alto que estaba solitaria sobre una

enorme alfombra a una distancia conveniente de su escritorio.

–Siempre una cosa detrás de otra -ordenó Felici y luego usó una locución que era objeto de burlas en el Vaticano porque el viejo la empleaba en cada conversación-:…¡y con distancia!

–Usted lo dice así, «con distancia», y suena sencillo -se acaloraba Vilosevic-, me han abordado cincuenta periodistas acorralándome con aventurados rumores sobre una encíclica que se está preparando y de gran importancia para la Iglesia.

Felici mostraba serenidad:

–Cada encíclica es de importancia fundamental para la Santa Iglesia católica. ¿Por qué no ésta?

–¿Así que debemos contar ahora con una encíclica? Primera pregunta:

¿cuándo? Segunda pregunta: ¿qué contenido?

–No he dicho que se esté preparando una encíclica, padre Vilosevic. Sólo he señalado que, si se estuviera preparando una encíclica, tendría la misma importancia fundamental que las demás publicadas hasta ahora.

–¡Señor cardenal! – Vilosevic se deslizaba inquieto a un lado y otro sobre su silla-. ¡Así no vamos a ninguna parte! Por Dios y todos los santos, tengo a mi cargo esta oficina de prensa, soy el portavoz del Vicario de Cristo, los periodistas esperan con razón una explicación mía. Los gorriones pían en los tejados que desde hace meses existe inquietud en el Vaticano, pero nadie sabe por qué, nadie habla de ello. ¡No es extraño que corran los rumores!

Ahora mismo tuve que oír que los obispos sudamericanos se proponen un abandono masivo de la Iglesia.

–¡Espero que lo haya desmentido inmediatamente, Vilosevic!

–Nada he hecho. Callé ante las afirmaciones absurdas y seguiré callando hasta que reciba una explicación de la máxima autoridad. ¿Quién sabe? Tal

vez hay algo de verdad en esta afirmación.

–¡Ridículo! – rezongó Felici y se levantó de su escritorio. Cruzó los brazos en la espalda, se acercó a uno de los altos ventanales y miró a la plaza de San Pedro, que en esta época estaba solitaria; incluso las figuras de mármol blanco en las columnatas de Bernini, que normalmente resplandecían en el cielo como antorchas en la noche, despedían melancolía.

–Gracias al Señor -empezó Felici, sin quitar la vista de la ventana-, gracias al Señor, que este asunto no me corresponde a mí, sino al director del Santo Oficio, cardenal Berlinger.

Vilosevic podía ver de lado que la cara de Felici reflejaba cierta alegría maliciosa cuando pronunció el nombre. Finalmente el cardenal se dirigió a Vilosevic. Éste se levantó y, cuando ambos estuvieron muy cerca uno frente a otro, dijo Felici, reflexivo:

–Puesto que usted es mi amigo, quisiera comunicarle la verdad sobre el motivo de la inquietud en el interior de la curia. Pero, hermano en Cristo, tiene que darme su palabra de que guardará silencio… hasta que lleguen instrucciones superiores. Esta verdad es amarga para nuestra Iglesia y algunos que la conocen defienden el criterio de que no podría sobrevivir a esta verdad… de ahí la inquietud.

–Por Dios y todos los santos, ¿de qué se trata?

–Según parece, debemos admitir que Mateo, Marcos, Lucas y Juan no son los únicos evangelistas. Según parece, existe un quinto evangelio, el evangelio según Barabbas. Se encontró en una tumba copta y jesuitas de la Gregoriana lo están traduciendo.

–¡No lo entiendo! – objetó Vilosevic-. Un quinto evangelio significaría sólo un refuerzo para la doctrina de la Santa Madre Iglesia.

–Sí, cierto, pero únicamente si el texto apoya a los otros cuatro.

Vilosevic se volvió apocado:

–¿Y no lo hace?

El silencio de Felici adelantó la respuesta.

–Al contrario -replicó el cardenal-, cubre las lagunas de los cuatro evangelios, basadas en que Mateo, Marcos, Lucas y Juan sólo conocían de oídas las cosas que escribieron. En cambio Barabbas, el autor del quinto evangelio, fue testigo presencial. Escribe como si hubiera conocido a nuestro Señor Jesús y en él numerosas partes de la tradición neotestamentaria se leen de forma muy distinta.

–¡Señor Jesús! – Vilosevic respiró profundamente-. ¡Señor Jesús! – repitió y añadió-: ¿Quién es este Barabbas?

–Ésta es la cuestión. Manzoni, de la universidad papal, trabaja febrilmente en ello. Ha reunido la mejor gente de su orden, pero, según afirma, los pasajes decisivos referentes al autor del evangelio o están rotos o faltan.

Antes de que fuera conocida su importancia, el pergamino fue vendido a trozos y es difícil encontrar los fragmentos aislados y reunirlos de nuevo.

–Pero -objetó inseguro Vilosevic- hay ciertamente una serie de evangelios apócrifos, que todos ellos han demostrado ser falsos. ¿Quién dice que precisamente este evangelio sea verdadero?

–Tanto los científicos naturales como los científicos bíblicos llegan a la misma conclusión: el texto es auténtico.

–¿Y cuál es su contenido?

El cardenal volvió a la ventana y miró afuera, pero no veía la plaza de San Pedro ni las columnatas, miraba al vacío y contestó:

–No lo sé, sólo sé que la frase: «Tú eres Pedro, la piedra, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» no aparece en todo el quinto evangelio. ¿Sabe usted lo

que esto significa, Vilosevic?, ¿lo sabe? – Felici alzó la voz y sus ojos se humedecieron-: Esto significa que todo esto que nos rodea carece de sentido. ¡Usted, yo y Su Santidad y trescientos millones de personas han perdido su fe!

–¡Señor cardenal! – Vilosevic se acercó a Felici-. Señor cardenal, modérese, se lo ruego en nombre de todos los santos.

–¡Todos los santos! – replicó Felici amargamente-. También puede olvidarlos.

El padre se dejó caer en la silla y hundió la cabeza en las manos.

Sencillamente no podía comprender lo que el cardenal acababa de relatar.

–Tal vez entienda usted ahora, padre, la inquietud que agita a la curia -

observó Felici.

Y Vilosevic contestó excusándose:

–Yo no sabía nada de esto, eminencia, no tenía idea.

Entonces cortó irritado el cardenal:

–¡Puede ahorrarse su «eminencia», oiga! Precisamente ahora…

El padre asintió sumiso. Tras una pausa que parecía interminable en la que Felici, inmóvil, miraba fijamente por la ventana, empezó Vilosevic, cauto:

–Si me permite la pregunta, señor cardenal, ¿cuántas personas conocen este descubrimiento?

–Ésta no es la cuestión -replicó el cardenal-. El descubrimiento en sí es de conocimiento general, en todo caso por lo que respecta a la ciencia.

Coptólogos y filólogos clásicos conocen desde hace tiempo el hallazgo de un pergamino cerca de Minia. Pero puesto que los ladrones de la tumba en cuyas manos cayó el pergamino vendieron su tesoro a trozos para aumentar

el beneficio, ningún instituto científico pudo someter el pergamino a un análisis textual crítico. Sin embargo, a principios de los años cincuenta, algún científico debió haber levantado alguna sospecha; pues por esta época de repente diferentes personas mostraron interés por el pergamino y empezaron a comprar fragmentos.

–¿Lo sabía la curia?

–Uno de los compradores fue el cardenal Berlinger, que está al frente del Santo Oficio. Envió emisarios con la misión de adquirir cada trozo a cualquier precio para los museos vaticanos. Ni esta misma gente sabía de qué trataba el pergamino; tenía sólo el encargo de conseguirlo, costase lo que costase.

–¿Y tuvo éxito la misión?

–Hasta cierto punto, padre.

–Pero entonces esto significa…

–… que Manzoni sólo dispone de una parte considerable del quinto evangelio. – Y tras una pausa, observó el cardenal-: Sé lo que piensa ahora, padre. Lo leo en sus ojos, usted piensa que si el pergamino se halla parcialmente en poder de la Iglesia, entonces la Iglesia podría hacer desaparecer secretamente este pergamino o por lo menos aquellos pasajes que constituyen un peligro para ella. ¡Esto piensa usted, padre!

Vilosevic asintió. Se avergonzó y murmuró:

–¡Dios me perdone!

–No debe avergonzarse -replicó Felici-, yo también tuve la misma idea y no soy el único miembro de la curia que lo pensó cuando se enteró de ello.

Sólo existe una dificultad.

–¿Una dificultad?

Felici asintió con vehemencia:

–Precisamente las partes más importantes del pergamino no se hallan en poder de Manzoni. Berlinger no consiguió comprar aquellos fragmentos en los que Barabbas narra su relación con nuestro Señor Jesús o en los que Jesús habla del futuro a sus discípulos.

–Curioso -dijo Vilosevic reflexivo-, ¡esto no puede ser casual!

–Naturalmente que no -respondió Felici-, seguro que no es casualidad.

Vilosevic se levantó de un salto.

–Así que hay otros que se interesan por el quinto evangelio.

–Su sospecha es correcta, padre.

–¿Quieren chantajear a la Iglesia? – Vilosevic se colocó junto a Felici frente a la ventana. Adoptó la misma postura que el cardenal.

–Es imaginable, pero hasta ahora no hay exigencias. Tampoco creo que alguien quiera ganar dinero con este asunto, creo más bien que pretenden humillar a nuestra Santa Madre Iglesia.

–¡Dios mío! – gritó Vilosevic desconcertado y en su perplejidad se santiguó impetuosamente-. ¿Quién tiene interés en atentar contra nuestra Santa Madre Iglesia?

El cardenal se encogió de hombros.

–La gente de Berlinger ha descubierto dos grupos. Ambos hacen la guerra a la Iglesia hasta la sangre, ambos son fanáticos, si bien por motivos distintos, y ambos parecen tener no sólo copias de aquella quinta parte que Manzini trabaja con los jesuitas; existen indicios de que incluso disponen de los fragmentos que faltan, de modo pues que están en posesión de toda la

verdad.

–¿Qué clase de gente es ésta?

–Un grupo es una peligrosa orden de élite, ajena a cualquier creencia y bajo el mando de un hermafrodita desquiciado que cree ser la reencarnación del cantor Orfeo. En el otro grupo, fundamentalistas islámicos se han propuesto infiltrarse en la Santa Madre Iglesia y ponerla de rodillas. Una camarilla es tan peligrosa como la otra, pues ambas actúan con increíble fanatismo, los órficos (así se llama la orden) por petulancia intelectual, los fundamentalistas por conciencia de misión religiosa. Ambos partidos disponen de una red de militantes y de centrales de mando distribuidos por el mundo, sobre los que nadie sabe con seguridad dónde se encuentran.

»Según dicen, los órficos dominan un monasterio en el norte de Grecia, mientras que los fundamentalistas islámicos son dirigidos desde el Ghum pérsico. El dinero no tiene importancia para ellos; por ello no sólo adquirieron todos los fragmentos disponibles (a menudo por cantidades ridículas), sino que compraron además a científicos importantes y, si éstos no estaban dispuestos a colaborar libremente, usaron la violencia, los secuestraron o los intimidaron con amenazas de muerte.

–¿Y esta gente está en condiciones de aprovechar el quinto evangelio de manera que pueda ser usado contra la Iglesia?

–Padre, esto ni se pregunta. Algunos de los expertos más famosos en el campo de la coptología y de los estudios bíblicos que existen en el mundo desaparecieron el año pasado de un día para otro sin dejar rastro.

Abandonaron su familia y su carrera. Esto no es casualidad. Tanto los órficos como los fundamentalistas islámicos sueñan con dominar el mundo y el Islam nos ha enseñado que un libro con 114 suras es capaz de transformar el mundo. Un libro, cuya extensión es casi la misma que el Nuevo Testamento y que fue reconstruido con los medios más diversos. Es dudoso que el Corán se escribiera ya en vida del profeta Mahoma. La tradición asegura que las notas dispersas sólo fueron reunidas pocos años después de la muerte de Mahoma. Se hallaron fragmentos del texto en

trozos de cuero, mesas de piedra, costados de palmeras, tablillas de madera, omóplatos de camellos y sobre pergamino. Esta gente no tendrá ninguna dificultad en reconstruir el quinto evangelio y emplearlo para sus fines.

Vilosevic regresó a su silla meneando una y otra vez la cabeza. Luego preguntó:

–¿Y usted conoce el texto de este evangelio de Barabbas?

–No -respondió el cardenal-, nadie conoce el texto completo; primero, porque sólo existe en fragmentos; segundo, porque el profesor Manzoni mantiene bajo llave incluso estos fragmentos para que ningún traductor se pueda formar una idea del conjunto. La historia enseña que a un jesuita se le debe tratar siempre con desconfianza.

El padre se mostró irritado por las palabras del cardenal secretario de Estado y en otra oportunidad no se habría privado de responderle, pero en esta situación un debate sobre la fidelidad de la Compañía de Jesús a la Iglesia era secundario.

–¿Por qué, pues, tanto temor ante el quinto evangelio -preguntó inseguro-, si todavía nadie ha leído el texto?

–Manzoni lo ha leído -replicó Felici-, conoce gran parte de él, Berlinger conoce pasajes y yo también.

El cardenal, que hasta ahora había hablado con la vista hacia la ventana, empezó a caminar arriba y abajo por la amplia sala. Estaba sumamente nervioso cuando añadió:

–Los cuatro evangelistas nombran a los fieles cristianos ocho acontecimientos como fundamento de su fe: Jesús fue engendrado por el Espíritu Santo / nació de la Virgen María / sufrió bajo Poncio Pilato / fue crucificado / murió / fue sepultado / al tercer día resucitó / subió a los cielos.