El quinto evangelio
Capítulo 4
–No lo sé. Sólo sé que debió ser una agente de los órficos; pues los órficos estaban en posesión de los documentos personales de mi mujer.
En la cabeza de Anne todo andaba revuelto.
–Permítame la pregunta -preguntó Anne disculpándose-, ¿su esposa está inválida en una silla de ruedas? ¿Qué, por los cielos, tiene que ver su esposa con los órficos?
Donat reflexionó brevemente, luego se levantó y dijo: -Mejor será que Hanna misma se lo cuente. ¡Venga!
4
Por un pasillo con muchas puertas a todos lados, Donat condujo a la visitante a una segunda escalera estrecha de la que, un piso más abajo, un pasillo bajo, mal iluminado, llevaba a un edificio trasero con muchas ventanitas y un número igual de salas. Aquí dominaba una peculiar atmósfera de oficina. Anne oía el teclear de una máquina de escribir y de un télex.
–Oficialmente -remarcó Donat- esto es un centro islámico de cultura, pero en realidad desde hace tres años no nos ocupamos sino del quinto evangelio. – Al final del pasillo, Donat abrió una puerta y la invitó a pasar con un gesto de la mano.
La sala estaba bien iluminada. Ante una mesa que alcanzaba las cuatro paredes estaba sentada Hanna Luise Donat en su silla de ruedas. También la mujer parecía menos sorprendida de lo que la inesperada presencia de Anne hubiera permitido suponer. Se mostró extremadamente cordial y Anne notó
que ante ella tenía pegadas sobre la mesa copias del pergamino completo, cincuenta o sesenta fragmentos alineados. Indicó con la barbilla uno de los trozos desgarrados:
–Y este fragmento, el último de la hilera, tal vez le resulte conocido. No, no es un original, sólo una copia de trabajo. El original está en una caja fuerte y lo llevaremos a un sitio donde esté realmente seguro.
Naturalmente reconoció Anne von Seydlitz de nuevo su fragmento. Estuvo a punto de decir: ¿y para esto tanto lío? Pero se contuvo.
Donat explicó a su mujer que había informado a la visitante, ya sabía de qué se trataba, pero que sobre todo a la señora von Seydlitz le interesaba saber qué mujer estaba en el automóvil de su marido y cómo consiguió apoderarse de los documentos de ella.
La mujer en la silla de ruedas desvió la vista y miró a Anne:
–Usted debe saber que soy de profesión filóloga clásica y arqueóloga y he trabajado para el Comité International de Papyrologie de Bruselas. En un congreso en Bruselas nos encontramos por primera vez, el benedictino Donat y yo. Y así ocurrió que nos enamoramos. Nuestras visitas a congresos se hacían más frecuentes, pues al principio eran para nosotros la única posibilidad de encontrarnos. Al principio los dos pensábamos que el enamoramiento sería pasajero, pero sucedió al contrario, del enamoramiento surgió el amor. La situación nos abocó a serios conflictos de conciencia. Donat pidió dispensa a la curia. Primero la curia no respondió en absoluto, después de un año llegó la advertencia de que, si no lo podía dejar en seguida, le era permitido pecar, pero no se le podía dispensar del celibato. Con otras palabras: la Iglesia toleraba que un monje mantuviera una relación secreta, pero no le permitía reconocerlo públicamente ni casarse con la mujer. Entonces sólo vi una salida, desaparecer de un día para otro de la vida de Donat. Acertó a acercarse a mí en un congreso en Munich un señor bien vestido. Se llamaba Thales.
–¿Thales? – Anne se sobresaltó. Intuía los nexos.
–Thales explicó que dirigía un instituto en Grecia y buscaba un experto en pergaminos y papirología y me ofreció unos honorarios desvergonzadamente altos. Yo vi una posibilidad de desaparecer y de olvidar a Donat. Naturalmente yo no sospechaba que con mi firma me había adscrito a la orden secreta de los órficos y, cuando descubrí la relación, era demasiado tarde. Se es órfico toda la vida…
La voz de la mujer en la silla de ruedas se volvió insegura, empezó a temblar y la comisura de sus labios se contraía convulsivamente cuando continuó:
–Quería acabar, volver a mi antigua profesión, pero me retenían. Me negué a trabajar, más tarde incluso a tomar alimentos, entonces Orfeo, que es su juez supremo, decidió establecer un juicio de Dios. Echan a los órficos que no cumplen sus leyes por las peñas frigias. A quien sobreviva a la caída, lo dejan marchar. Nadie quiso decirme si alguien había sobrevivido alguna vez. Yo sobreviví, pero ya no podía mover mis piernas. Dos locos de la ciudad baja me transportaron hasta la carretera de Katerini y me abandonaron en una cuneta. Poco después me encontró un camionero. Más tarde se dijo que yo había sido atropellada y que el conductor se había fugado.
Se veía cuánto afectaba a Hanna Donat la narración. Respiraba a breves intervalos y miraba al vacío. Donat le cogió la mano y se la apretó.
Dirigiéndose a Anne, dijo:
–Cuando me enteré, me quité los hábitos y me fui. Lancé una maldición al cielo y vociferé mi dolor. Aquel día maduró en mí la decisión de vengarme de la Iglesia porque no era una Iglesia de misericordia, sino un instituto de funcionarios inmisericordes. «Aunque se cubran con sus vestiduras», dice Mahoma, el profeta, «Alá conoce tanto lo que esconden como lo que muestran públicamente; pues Él conoce cada rincón del corazón humano».
Entonces la mujer en la silla de ruedas tomó de nuevo la palabra y dijo:
–Se me había privado de la facultad de moverme, pero la fuerza de mis ideas estaba intacta. Ahora conocía el empeño de los órficos y sabía que tenían competidores que se esforzaban por todos los medios en poseer el quinto evangelio: los fundamentalistas islámicos. Yo sola no hubiera tenido el valor de luchar contra dos grupos a la vez: contra los órficos y contra la mafia de la curia. Me faltaba asimismo la seguridad de que Donat aún podía amarme, a mí, una inválida incapaz de moverse.
–No debes hablar así -interrumpió Donat a su mujer-. El amor no depende de la capacidad de mover cualesquiera miembros. Cuando te vi por primera vez, te amé a ti, no a tu andar.
Anne von Seydlitz se sorprendió por las emotivas palabras del hombre. Este Donat era un hombre con dos almas, una cariñosa, sensible ante su mujer y otra radical, sin contemplaciones frente a la Iglesia. Finalmente ella repitió a Donat la pregunta:
–¿Cómo fue que la mujer en el coche de mi marido se presentó como su mujer?
–La noticia de que un anticuario alemán, probablemente sin conocer su valor, se hallaba en posesión del último fragmento que faltaba del quinto evangelio y, por consiguiente, el más importante, se extendió como un reguero de pólvora entre todos los que estaban interesados. Una cita para comprarlo, que Thales había acordado con su marido en Berlín, les pareció a los órficos de repente demasiado tarde, de manera que le enviaron previamente a una agente, desconocida para nosotros, que debió abandonar a mi mujer en Grecia. Las circunstancias exactas de su marido con esta mujer son difíciles de reconstruir.
–Por lo que sé, Guido se hallaba camino de Berlín. En este momento, sin embargo, debió de haber vendido ya el pergamino al profesor Vossius, pues no lo llevaba consigo y más tarde apareció con Vossius en París. A este respecto, surge naturalmente la pregunta: ¿qué objetivo perseguía la mujer en el coche de Guido?