El quinto evangelio

Philipp Vandenberg · Capítulo 44 de 89

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El quinto evangelio

Capítulo 12

–Precisamente. ¡Tampoco le preguntamos por el apellido!

–Y estás segura de que esa Hanna es la mujer de Donat.

–La presunta mujer de Donat -lo corrigió Anne-. Y tampoco estoy muy segura. Sólo que se parecen una barbaridad; pero un accidente de consecuencias tan graves cambia el rostro. Podía haber sido ella: Hanna Luise Donat.

–¡Hanna Luise Donat! – gritó Kleiber y agarró del brazo a Anne-. Este es el nombre que usó la mujer que sufrió el accidente con Guido.

En el rostro de Anne se reflejaba la profunda perplejidad del momento, tragó saliva por desesperación, porque no sabía qué hacer ahora, porque de un momento a otro había visto claro que Guido no la había engañado, que se hallaban atrapados en el laberinto de intrigas malignas y terror anónimo.

Ahí estaba de nuevo aquel miedo indescriptible a lo desconocido, que en todas partes la encontraba, que en todas partes la acechaba, miedo.

Kleiber condujo a Anne de vuelta al hotel. Y no tuvo nada en contra de que Anne se emborrachara en su habitación con una botella de Malt hasta perder el conocimiento. Cuando estuvo dormida, Kleiber abandonó la habitación de ella y llamó por teléfono a Gary Brandon preguntándole si Hanna, la querida de Vossius, se llamaba Donat de apellido.

Oh, yes, contestó Brandon, ¿acaso no lo había dicho?

12

El inesperado descubrimiento de que entre el profesor Vossius y la mujer del coche de su marido había habido una misteriosa relación parecía haber

sacado a Anne de quicio. No quería comer y tenía dificultades para tragar cualquier cosa. Las comidas nerviosas, precipitadas, de los dos días siguientes terminaban a menudo de forma abrupta, porque Anne se levantaba de la mesa de un salto e iba a vomitar. Si Adrián iniciaba una conversación, notaba al poco tiempo que Anne no le escuchaba.

Y luego vino la fatal mañana del jueves, cuando Kleiber en su desespero abrazó a Anne y la cubrió de cariño, la acarició y la besó, como un curandero milagroso aplicando su inusitada terapia.

En el primer momento parecía que Anne gozaba del calor del hombre, como si quisiera entregársele; pero cuando Kleiber la empujó al sillón de su habitación del hotel, donde casualmente se desarrollaba la escena, cuando él se arrodilló ante ella y hundió la cabeza en su regazo, entonces de repente Anne pegó una sacudida como si su cuerpo se hubiera electrocutado, agarró a Adrián por los pelos, lo lanzó a un lado y le gritó que si no tenía otra cosa en la cabeza y que se fuese al diablo.

Kleiber concluyó el penoso incidente, más doloroso para él que para Anne (ella parecía aquella mañana no estar en sus cabales), marchando al aparcamiento del hotel, subiendo al coche, poniendo el motor en marcha, lo que le produjo un efecto altamente tranquilizante, y conduciendo el pesado Dodge por la Freeway número 5 en dirección Sur.

Tras diez minutos de viaje rápido, Kleiber cruzó la frontera mexicana, donde le acogió con ruido, polvo y múltiples olores apestosos «la pequeña ciudad más grande del mundo», según rezaba una pancarta colocada sobre la carretera. Un día entero y media noche bebió Kleiber en los bares de Tijuana, se quitó de encima bandadas de niños pedigüeños igual que muchas putas baratas como si fueran insectos y alrededor de medianoche emprendió el regreso a San Diego a través de la frontera, que se extendía como una ancha línea blanca iluminada.

Llegado al hotel, el portero le comunicó que la señora Seydlitz había decidido adelantar el viaje y, a la pregunta de Kleiber sobre si había dejado