El quinto evangelio

Philipp Vandenberg · Capítulo 54 de 89

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El quinto evangelio

Capítulo 5

automóviles tiene que haberse sentado antes en una moto.

5

La carretera conducía hacia el oeste y se volvía tanto más solitaria, cuanto más se alejaban de Katerini. Sólo de vez en cuando se toparon con un camión, luego vino todavía un cruce con una señal indicadora en blanco y negro, y finalmente la carretera serpenteó por terreno despoblado y árido.

Anne tenía los ojos llorosos, no estaba acostumbrada a la brisa de la moto.

Después de media hora de camino redujo Georgios la marcha y buscó con los ojos el arcén izquierdo. Dos cipreses marcaban una bifurcación sin acondicionar. No había señal indicadora y el camino consistía únicamente en dos carriles rellenos de grava. Georgios se detuvo.

–Éste es el camino de Leibethra -dijo y, como si le costase un gran esfuerzo, giró finalmente hacia el sendero.

No era fácil manejar la pesada máquina por el estrecho carril; Georgios ejecutaba verdaderos prodigios de equilibrio.

–¡Agárrese! – gritaba siempre que cambiaba de carril porque veía que estaba mejor en el otro lado.

Frente a una loma cubierta de cipreses el camino subía empinado. En este lugar la grava del carril estaba tan suelta, que la rueda trasera patinaba y numerosas piedrecitas salían disparadas hacia atrás. Georgios rogó a Anne que subiera la montaña a pie; él mismo conducía la moto por la empinada cuesta hacia arriba ayudándose de ambas piernas.

Oscurecía cuando llegaron al vértice de la cima, marcado por un ancho

saliente de peñasco, invisible desde abajo. Georgios apagó el motor y apoyó la moto a un lado. Pestañeaba mirando el paisaje y con el brazo tendido hizo un movimiento hacia el oeste. El camino serpenteaba hacia abajo y al cabo de un kilómetro más o menos -hasta donde se podía ver- subía de nuevo cuesta arriba para desaparecer detrás de un pinar.

–Allí -dijo él- está el acceso al desfiladero que conduce a Leibethra.

Anne respiró hondo. Se había imaginado más fácil el camino. El silencio que la rodeaba era opresivo, el paisaje hostil. A ello se añadía el frío húmedo que penetraba a través de las prendas de vestir.

–Iremos montados hasta la próxima cuesta -dijo Georgios-, el último trecho tendremos que andarlo a pie. Podrían oír el ruido de la motocicleta.

Anne asintió. Le resultaba difícil imaginarse que allá arriba detrás de los negros árboles se iba a encontrar una colonia humana.

Cuando llegaron al lugar indicado, Georgios empujó la moto en el matorral contiguo. A lo lejos se oía un murmullo como de una cascada. Venía de la dirección a donde conducía el camino. Éste subía ahora empinado, lo que no se veía desde abajo porque atravesaba un espeso bosque de coníferas.

Anne jadeaba.

–¡Está usted loca! – observó el griego una vez más sin mirar a Anne.

Ésta no respondió. El griego tenía razón; pero todo lo que había vivido en los últimos meses era una locura. Y este maldito camino tenebroso, empinado y pedregoso era lo único que le acercaba a una solución. Era difícil de comprender para un extraño.

Cuanto más subían en la oscuridad gris, tanto más fuerte se escuchaba el murmullo. Caminando daba la impresión de numerosas voces que susurraban. Del valle subía una ligera brisa que soplaba suavemente a través de las ramas de los pinos. El suelo pantanoso de ambos márgenes del camino despedía cierto tufo.

Luego, de repente, el camino salió del bosque y se abrió la vista a una hondonada, cuyo borde opuesto mostraba un tajo en forma de cuña flanqueado por dos peñascos.

–Esto debe de ser -murmuró Georgios- la entrada del barranco.

Estaba a menos de trescientos metros de distancia y al aproximarse Anne divisó frente al peñasco de la derecha una pequeña choza de madera con una ventana cuadrangular en dirección al valle.

–¡Oh Dios! – suspiró Anne y agarró el brazo del griego.

–Probablemente es una caseta de vigilancia frente a la entrada del barranco

-supuso Spiliados.

–¿Y qué hacemos ahora? – Anne miraba desconcertada en esa dirección.

El griego no supo dar respuesta y siguió caminando sin decir palabra.

Quería cumplir el encargo. Al fin y al cabo no estaba mal pagado.

–Frente a un vigilante armado no tenemos ninguna escapatoria -murmuró enojado.

La garita estaba a oscuras. A un tiro de piedra, Anne y Spiliados buscaron abrigo detrás de unos matorrales, unos pasos fuera del camino. Luego el griego cogió una piedra y la lanzó en dirección a la casa de madera. El proyectil chocó ruidosamente contra la pared de la casa y rodó por el camino. Silencio.

–Parece que los señores levantaron el vuelo -susurró Georgios.

Anne asintió. Con cuidado se acercaron a la cabaña. Daba la impresión de que nadie se había detenido aquí desde hacía mucho tiempo. Anne sacó su linterna y enfocó a través de la ventana: una caja, una mesa sencilla de madera y dos sillas constituían todo el mobiliario. En la pared había

colgado un viejo teléfono de campaña, el primer indicio de que en alguna parte de este solitario lugar habitaba gente. La puerta estaba cerrada.

–La gente de Leibethra tiene que sentirse condenadamente segura -observó Anne-, ya que no cubren sus puestos de vigilancia.

–Quién sabe -replicó Spiliados-, tal vez nos vienen observando y andamos a tientas directamente hacia una trampa.

–¡Usted tiene miedo, Spiliados! – siseó Anne von Seydlitz airada-. Bien, ha cumplido su parte. Se lo agradezco. – Anne alargó la mano al griego-. ¡Aquí tiene sus cien dólares!

Parecía realmente como si Georgios tuviese miedo, pero la observación desfavorable de la kiria tuvo como consecuencia que él replicase obstinado:

–¡Guarde su dinero! Lo tomaré cuando usted esté de vuelta sana y salva. La acompañaré hasta estar seguro de que ha alcanzado su meta.

No otra cosa había querido conseguir Anne con su provocación; pues sospechaba que le quedaba el trecho más peligroso de camino por recorrer.

El sendero poco firme compartía el fondo del barranco con un arroyo caudaloso, que cubría el terreno en aquellos lugares donde ambos rodeaban un saliente de risco, de modo que si uno no quería vadear a través del agua borbollante debía saltar de una roca a otra, una empresa arriesgada a la tenue luz de la luna.

La idea de Spiliados de que probablemente eran observados no le parecía a Anne tan absurda como quiso dar a entender a su acompañante. Aquí en la angostura del barranco no la abandonaba la aprensión de que en alguna parte podía abrirse una esclusa. Entonces no tendrían ninguna posibilidad de escapar. Pero sólo lo pensaba en silencio.

El frío que traía consigo el arroyo le subía por las piernas y brazos haciéndola temblar. Pero tal vez era también la idea de que no había escapatoria de este barranco. Su respiración se hacía más difícil y el aire

frío le producía dolor en los pulmones como un cuchillo afilado; pero Anne seguía andando esparrancada, siempre cuesta arriba. Donde el camino iba por terreno despejado había claridad, pero entre las altas paredes rocosas raramente penetraba un rayo de luz. Georgios caminaba delante.

De repente -Anne ignoraba cuánto tiempo llevaba trotinando silenciosa detrás de Georgios- el griego se detuvo. Ahora también lo vio Anne: a menos de cien metros un foco eléctrico iluminaba una caseta de vigilancia situada entre el arroyo y el sendero, que se ensanchaba en este lugar.

Georgios se dio la vuelta.

–Cómo quiere pasar por allí -dijo y miró arriba hacia la cresta del barranco, que aquí era bastante más baja que en el camino recorrido hasta ahora; pero debía de haber todavía una altura de entre cinco y diez metros de peñascos inaccesibles.

–Primero veamos si la garita está ocupada -observó Anne en voz baja, pero no había terminado de hablar cuando se abrió la puerta de la caseta de madera y salió un hombre. Anduvo aburrido unos pasos arriba y abajo. Se podía ver que llevaba colgada un arma. Finalmente desapareció hacia el interior de su choza.

Cautelosamente, Anne y Georgios se aproximaron al puesto de guardia.

Parecía una caseta idéntica a la que habían inspeccionado más abajo.

Durante un buen rato estuvieron mirando la barrera; luego Georgios dijo:

–Me parece que los dos contemplamos la misma solución.

–Sí, la única posibilidad de pasar sin ser notado es el arroyo.

–Y está condenadamente frío.

–Sí -dijo Anne. Pero mientras Georgios dudaba si la kiria tomaría sobre sí el riesgo y la fatiga, Anne ya se había decidido.