El quinto evangelio
Capítulo 6
Berlinger se levantó de un brinco. Miraba fijamente a Pasquale como si hubiera revelado una confidencia terrible, luego se dirigió al cardenal secretario de Estado y preguntó en voz baja:
–Eminencia, ¿lo sabía usted?
Felici asintió mudo y miró confuso a un lado.
Entonces Berlinger empezó a echar pestes y su voz desagradable resonaba estridente en la sala:
–Supongo que ya lo saben todos, los vigilantes de los museos vaticanos, los sacristanes de San Pedro y los alumnos de prácticas del Osservatore Romano, sólo el director del Santo Oficio lo ignora.
–Todavía no es oficial en absoluto -intentó Felici apaciguar al cardenal-, yo mismo me enteré solamente en una charla confidencial con el Santo Padre.
6
Berlinger se repantigó sobre la silla, apoyó el codo derecho sobre la mesa y apretó el puño cerrado contra la frente. En su cerebro estaba todo revuelto, sin embargo el sentimiento dominante era furor. Había esperado que en una situación como ésta, que caía directamente bajo su jurisdicción, hubiese sido informado el primero del propósito del Papa, él y no el cardenal secretario de Estado.
Durante varios minutos flamearon sus pensamientos en torno a este problema y tampoco los demás presentes se atrevieron a molestar la dolorosa ira de Berlinger. Finalmente éste interrumpió el silencio
paralizante, después de haberse restregado los ojos con el pulpejo de la mano derecha:
–¿Y cuál es el objetivo de este concilio? – Miró a Felici, exigente, como si quisiera decir: tú conoces la respuesta, seguro que Su Santidad te ha hablado de ello.
Felici miró inseguro a su alrededor por si alguien le podía quitar de encima la respuesta, pero nadie reaccionó, de modo que el cardenal contestó:
–No se habló de ello; pero si Su Santidad a tenor de la situación ha convocado un concilio, entonces… -Se atragantó.
–¿Entonces? – enganchó Berlinger. Todos los ojos estaban dirigidos a Felici.
–Entonces sólo puede tratarse de un concilio que tenga por objetivo la disolución de la Santa Madre Iglesia.
-Miserere nobis.
-¡Luzifer!
-¡Penitentiam agite!
-¡Fuge!, ¡idiota!
–¡Hereje!
–¡Dios se apiade de nosotros, pobres pecadores!
Como una jaula llena de locos vociferaban cardenales y monsignori revueltos, no reconocían, en vista del amenazador final, ni amigo ni enemigo, sólo gritaban y reñían unos contra otros de modo obsceno, sin motivo aparente.
El motivo quedaba oculto en sus almas y en su entendimiento, que sencillamente no estaba preparado para esta confidencia y las consecuencias que cabía esperar. Su mundo, en el que ocupaban lugares privilegiados, amenazaba con derrumbarse. Ni siquiera un santo estaría a la altura de una tal situación, mucho menos un monsignore.
Poco a poco fue calmándose el griterío, que más parecía de una taberna en el Trastevere que del Santo Oficio y uno tras otro entraron de nuevo en razón. Se avergonzaban frente a ellos mismos y nadie se atrevía a reanudar el diálogo, aunque habría habido mucho que decir en vista de la derrota.
Pero cuando los tiempos eran malos para la Iglesia, siempre hubo en el Vaticano más enemigos que servidores de Dios.
–Tal vez -empezó uno de los monsignori del séquito de Berlinger-, tal vez el Señor nos envió esta prueba, tal vez lo quiso así, igual que fuera traicionado en el huerto de Getsemaní. Tal vez quiere castigarnos por nuestro orgullo.
El cardenal le cortó la palabra:
–¡Qué va, orgullo! Tonterías. Yo no conozco el orgullo, ni Felici, ni Agostini.
El monsignore meneaba la cabeza.
–No me refiero al orgullo individual, pienso en la altanería de la institución.
Nuestra Santa Madre Iglesia habla desde siempre con una omnipotencia que infunde miedo al cristiano devoto. ¿No nos enseñó humildad el Señor? La palabra poder no salió ni una sola vez de sus labios.
En los demás las palabras sencillas del monsignore impulsaron a la reflexión. Sólo Berlinger, que, resignado, acababa de echarse sobre la oscura mesa como un borracho, se irguió y tomó una postura amenazante:
–Sabe usted, hermano en Cristo -acotó con voz de falsete en un tono despectivo-, una observación como ésta puede hacer que su caso sea tratado ante la Congregación.
Entonces el monsignore alzó la voz y el agitado murmullo que su réplica levantó permitía sospechar que jamás en la vida había hablado con un cardenal en ese tono.
–Señor cardenal -dijo-, parece no haber comprendido todavía que ha pasado el tiempo en que los que pensaban de otro modo eran quemados en la hoguera. Tendrá que aceptar en el futuro otras ideas distintas de la suya.
Los otros dos monsignori hicieron desaparecer con la rapidez del rayo sus manos en las amplias mangas, un acto que se parece curiosamente a la desaparición del polluelo bajo las plumas de la clueca, y buscaron probablemente protección en esta actitud porque temían el castigo del cardenal; pero para su sorpresa no sucedió nada. Berlinger parecía perplejo de que un monsignore se atreviese a tratar de esta forma provocadora al director del Santo Oficio.
Agostini, por razón de su cargo acostumbrado a conciliar disputas intelectuales, intentó alisar las olas lanzando en el debate:
–Señores míos, los combates particulares no sirven a nadie. Necesitaremos cada alma en la lucha contra nuestros enemigos… si queda todavía alguna oportunidad.
–¿Oportunidad? – El cardenal secretario de Estado soltó una risa amarga, sonó extravagante en boca del octogenario.
Agostini se dirigió a Felici:
-Eminenza, ¿no cree ya en nuestra oportunidad?
El interrogado torció los ojos como si se burlase de esta pregunta:
–¡Cuando ya suenan las trompetas que anuncian el juicio final, no conseguirán ustedes aplazar la cita, hermanos en Cristo!
Durante la discusión, uno había llamado la atención por su silencio, el jesuita profesor Manzoni. Esto contradecía su talante; pero su reserva estaba motivada menos por conmoción o confusión que por conocer la situación mejor que los demás y por haber adoptado una determinación diabólica. En todo caso siguió la discusión con cierta indiferencia, de ordinario más propia de un filósofo. Si los cardenales y los monsignori no hubieran estado tan excitados y en aquel ambiente de debacle, entonces sin duda habrían notado que Manzoni se burlaba en general del griterío de sus cofrades.
Manzoni sonrió también cuando el cardenal Berlinger, con una ingenuidad conmovedora, propuso, en vista de la grave situación, si no deberían traer aquí desde la lejana Apulia al capuchino milagrero padre Pío, un hombre con poderes taumatúrgicos y el don de la bilocación. El padre Pío llevaba desde hacía años las llagas de nuestro Señor, así que no era inferior a San Francisco de Asís; al contrario, mientras que Francisco se rodeaba de animales y entendía su lengua, Pío lucha de noche contra la mayor bestia, el diablo, y siempre se le encuentra por la mañana en su celda gritando y bañado en sangre como un guerrero después de una cruel batalla.
Detrás de Barabbas, el autor de aquel quinto evangelio, sólo uno podía esconderse: Lucifer. Tal vez le sería dado al padre de Apulia vencer a este Lucifer y a su maldito quinto evangelio, dijo el cardenal.
–¡Dios mío! – comentó Felici el razonamiento de su colega en el cargo. No dijo más.
A lo que replicó furioso Berlinger:
–Señor cardenal, si se muestra escéptico frente a la realidad de lo sobrenatural, entonces niega también la existencia del demonio, y si niega a Lucifer, entonces, permítame la advertencia, se halla fuera de esta nuestra Santa Madre Iglesia.
Entonces se levantó de un brinco el viejo Felici, quería abalanzarse sobre Berlinger por encima de Agostini, pero antes de que sucediera, Agostini, un gigante de hombre, se levantó y apartó a un lado los gallos de pelea.
Mientras Felici se santiguaba y juntaba las manos, Berlinger dedicaba un tiempo infinito a abrocharse dos botones de la sotana que habían saltado con la excitación.
Manzoni se levantó ceremonioso y dijo:
–Así, hermanos míos, no avanzamos. Pero denme cuatro o cinco días de tiempo. Tal vez el problema se resuelva por sí mismo.
Capítulo décimo
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