El quinto evangelio
Capítulo 2
descubrimiento de un nuevo texto bíblico no podía ser el único motivo que convirtiera a científicos en cazadores y a otros en cazados.
La señora Vossius, la esposa del profesor, jugaba un papel dudoso en sus reflexiones. Anne dudaba de su sinceridad, sí, incluso con unos días de distancia surgía la pregunta de si Aurelia Vossius no practicaba juego sucio.
La pista más importante era sin duda la alusión de Brandon a la orden órfica, en algún lugar del norte de Grecia. Anne no tenía idea de lo que podía esperarla allí, de si en suma conseguiría acceder a tan misteriosa orden, pero la decisión estaba tomada.
Tenía que ir a Leibethra.
2
Gracias a la perfecta descripción de Gary Brandon, Anne von Seydlitz voló a Atenas, luego a Tesalónica, que allí llaman Salónica para abreviar, y se alojó en el Macedonia Palace, Leoforos Megalou Alexandrou, situado en el pintoresco casco antiguo.
Guido, experto viajero a causa de su profesión, le dio una vez un buen consejo: si en una ciudad no tienes amigos, dale una sustanciosa propina al portero del hotel.
El joven recepcionista se llamaba Nikolaos, como casi todos en el lugar, hablaba un inglés brillante y el billete grande que le dio Anne liberó en él insospechadas facultades. Anne se encontró con él, al terminar éste el trabajo, en un café cerca de la torre blanca, desde donde se ve el mar, y empezó a contarle sin rodeos que su marido fallecido estaba envuelto en un complot extraño, cuyos cómplices probablemente debían buscarse en Leibethra. Anne no dio más detalles.
Nikolaos, de no más de veinticinco años, con el pelo negro rizado y ojos inteligentes y oscuros, se sintió halagado por la franqueza y la confianza de la extranjera y le prometió que la ayudaría. Primero, dijo francamente, debía reconocer que había oído hablar de la orden de Leibethra, pero nadie en Salónica conocía más detalles sobre esta gente. La mayoría, igual que él, creían, por oírlo decir, que se trataba de una orden piadosa que gestionaba un manicomio en Leibethra. En cualquier caso los impedidos no eran griegos o gente de los alrededores, sino extranjeros que habían sido trasladados allí.
Probablemente, explicó Anne, se mantiene la institución como tapadera, aunque en realidad se esconde en Leibethra algo muy distinto.
Se daba la casualidad de que Vassileos, el cuñado de Nikolaos, gestionaba un hotel llamado Alkyone en Katerini, una hora en coche al sur de Salónica, y Nikolaos creía recordar que su cuñado le habló una vez del inquietante monasterio suspendido en los peñascos del Olimpo, pero, como no estaba especialmente interesado, no podía acordarse de los detalles.
Al día siguiente, Nikolaos acompañó en su coche a Anne von Seydlitz a Katerini para ver al cuñado Vassileos, quien, a pesar de que Anne se hospedó en su hotel y no en el vecino Olympion y a pesar de ser recomendada con palabras amables por Nikolaos, acogió a la extranjera con gran desconfianza. En general Vassileos se reveló como la cara opuesta de Nikolaos: perezoso y taciturno, introvertido y cerrado, sobre todo frente a sus clientes. A ello se añadía que sólo podía hacerse entender con ayuda de un galimatías compuesto de un alemán con rara pronunciación renana y de un inglés aprendido fatigosamente con el acento seco del norte de Grecia.
La mayoría de la gente es así en este lugar, dijo Nikolaos disculpando su comportamiento malhumorado, y habló con Vassileos en voz alta y muy seriamente. Aunque Anne no entendió una palabra, por los gestos y las reacciones de ambos pudo colegir que Nikolaos amonestaba a su cuñado, que debía tratar mejor a sus clientes y que la kiria de Alemania era muy generosa. Luego dio a Anne su número de teléfono de Salónica, por si
necesitaba su ayuda, y se marchó.
Katerini es extraordinariamente pintoresca, incluso en los días fríos y nublados, una ciudad rural apartada de la única autopista del país. No se viaja a Katerini, se pasa casualmente por allí. También en el hotel de Vassileos -se llamaba así, aunque sólo se merecía el nombre de pensión-uno no solía quedarse más de una noche. En eso era Anne von Seydlitz una rareza, y el segundo día, después de haber recorrido las calles de la pequeña ciudad y el pintoresco mercado y no marcharse aún, los viejos sentados en sillas de enea a la puerta de sus casas empezaron a cuchichear sobre quién debía ser la extranjera y qué buscaba allí. Era extraño, pero en un país extranjero, entre gente extranjera, Anne von Seydlitz se sentía más segura que en su casa, donde se creía vigilada y observada.
Bastantes hombres, y no sólo viejos, estaban en cuclillas ante la puerta de sus casas, hombres con rostros angulosos y cejas pobladas, extenuados y endurecidos en su lucha por la vida, que aquí no es miel sobre hojuelas.
Cada uno vive del otro, el tendero del albañil, el albañil del maestro de obras, el maestro de obras del propietario del aserradero, el propietario del aserradero del tendero; no como los del sur, que pueden vivir todos de la historia, incluso de las inmundicias que ésta ha dejado en algún lugar.
La pobreza genera desconfianza y las gentes de Katerini eran muy desconfiadas entre ellas, pero sobre todo con los extraños, y una mujer que viajaba sola se hacía más sospechosa, de modo que a ser posible evitaban toparse con la kiria.
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