El quinto evangelio

Philipp Vandenberg · Capítulo 9 de 89

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El quinto evangelio

Capítulo 8

pergamino, el joven respondió que no, que se había enterado de su existencia por el libro de entradas de mercancía, en el que había anotado la compra, según le indicaron, por un valor de mil marcos.

De hecho el objeto estaba debidamente anotado como «pergamino copto».

Bajo el epígrafe «origen», halló Anne la anotación: privado. Wiguläus no podía decir con certeza cuándo vio el pergamino por última vez en la caja fuerte, probablemente el mismo día en que murió Guido von Seydlitz y, excusándose, añadió que no había considerado que el pergamino fuese tan importante como para interesarse por él.

Si sabía qué parte del texto del pergamino reproducía.

Oh no, sonrió Wigulaus, seguramente el valor del escrito no consistía en el contenido, sino en su antigüedad. Por lo demás, había muchos renglones ilegibles. Sólo el hecho de que fuera ofertado en el mercado del arte permite deducir que apenas tenía valor histórico.

Así esta conversación terminó como otras muchas que Anne había mantenido desde la muerte de Guido, con un profundo recelo y el propósito firme de averiguar por sí misma el secreto del pergamino. Por lo menos tenía ahora varias copias de diferente calidad de imagen, todas ellas aproximadamente del tamaño de media cuartilla, sobre las que un experto sería capaz de pronunciarse. Anne abrigaba ahora secretamente la sospecha, que no sabía cómo argumentarla, de que la muerte de Guido estaba relacionada de alguna manera con el pergamino.

8

Era aquella autodenominada forma de lógica que en los extraños sólo hace menear la cabeza, pero que al interesado le parece tan clara, que desconfía de cualquiera que dude. Llevada por esta desconfianza, Anne se ocupó de

buscar un experto para que le explicase el contenido del pergamino. Pero como temiese que le hicieran preguntas incómodas sobre el origen y el paradero del documento, se dirigió no a un experto reconocido de arte e historia copta, sino que tomó los servicios de un intermediario de expertos conocido en la ciudad, el cual a cambio de dinero suministraba especialistas de cualquier ramo imaginable, la mayoría de veces profesores eméritos viejísimos y medio ciegos u hombres de letras borrachos, aunque con respetables conocimientos, quienes estaban dispuestos a emitir juicios periciales al gusto del cliente.

El doctor Werner Rauschenbach pertenecía a estos últimos. Vivía en una buhardilla de la Kanalstrasse, cuyas casas reflejaban deterioro, pero también un alquiler módico.

–¡Cuidado con la escalera! – le había advertido a Anne por teléfono-. ¡Los escalones tienen agujeros y la barandilla ya no aguanta mucho! – No exageraba.

La vivienda de Rauschenbach se reveló digna de tenerse en cuenta desde diversos puntos de vista, se distinguía sobre todo por dos cosas que Anne nunca había visto en tan poco espacio: libros y botellas, una combinación nada extraña, pero inesperada en tal hacinamiento. Los libros estaban adosados a las paredes, en su mayoría sin la ayuda de un estante, había legajos de impresos en el suelo amontonados al parecer sin orden hasta la altura de las rodillas, entre ellos botellas, botellas cuadradas de vino tinto.

El único trozo de pared libre del tétrico lugar de trabajo estaba ocupado por una foto amarillenta de Rita Hayworth sacada de una revista de los años cuarenta.

Allí parecía que el tiempo de Rauschenbach se había detenido; en esta habitación había encerrado su mundo de ensueños hecho de embriaguez y ciencia, que él justificaba, sin ser requerido a ello, ante cualquiera que lo visitase. Y así Anne debió soportar toda una biografía, aunque no sin compasión, pues la historia demostraba que una persona, una vez descarriada, casi no tiene oportunidad de llevar una vida normal. Casi

siempre comienza con un fracaso matrimonial, y en Rauschenbach no era distinto. Si el alcohol era la causa de la ruptura o la ruptura la causa del alcohol, no quedó claro en su descripción.

Anne debió escuchar que el padre había perdido en el juego el dinero que ganaba en su negocio de paños. Él mismo había pasado la infancia y la juventud en un internado religioso, cuya consecuencia había sido que todavía hoy daba un largo rodeo por no topar con una iglesia y golpeaba a cuanto cura se le presentase. Pronto, demasiado pronto, corrigió, se casó con una mujer mayor, que llevaba un vestido blanco y una corona nupcial verde, pero esto era lo único que recordaba una boda. La mujer gastaba más de lo que él ganaba -los historiadores del arte no están precisamente bien pagados-, deudas, pérdida del trabajo, divorcio, gracias a Dios sin niños.

Durante esta confesión de la vida, sonaba en algún lugar un tocadiscos con el coro de presos «patria amada», lo que habría sido soportable si el aparato no hubiese repetido siempre el mismo disco. Rauschenbach, de natural enjuto y largo, con ojos salientes, mientras hablaba estaba sentado en un sillón de madera, viejo y crujiente. Cuando por fin hubo conjurado con palabras su destino, dijo:

–¿Qué valor tiene para usted el peritaje, señora Seiler?

–Seydlitz -corrigió Anne cortésmente y añadió-: Hay un malentendido. – Y

en esto sacó una gran fotografía de un sobre-. No quiero un peritaje. Vea, aquí tengo la copia de un pergamino. Quisiera saber ¿qué clase de objeto es éste, qué dice el texto y qué valor le calcularía usted al original?

Rauschenbach tomó la copia en la mano y la observó estirando los brazos.

Al mismo tiempo ponía una cara como si hubiese bebido vinagre.

–Mil -dijo, sin quitar la vista de la fotografía-, quinientos ahora y el resto al entregar el encargo, sin factura.

–De acuerdo -respondió Anne, quien en seguida había comprendido que un pobre perro como Rauschenbach no trabajaba por amor al arte sino por

mera supervivencia.

Sacó de su bolso cinco billetes de cien y los colocó encima de la mesa de cocina pintada de negro, que servía de escritorio-. ¿Cuánto tardará?

–Depende -consideró el flaco y se dirigió a la única ventana de la buhardilla que iluminaba apenas la habitación-. Depende de lo que tengamos entre manos. ¿El original no está a su disposición, señora Seiler?

–Seydlitz. – Anne procuraba dar la menor información posible sobre el misterioso pergamino-. No -dijo lacónicamente.

–Entiendo -refunfuñó Rauschenbach-. ¿Objeto robado?

Aquí explotó Anne:

–¡Por favor, señor doctor Rauschenbach! Me han ofrecido el pergamino para comprarlo y yo quiero saber de usted si vale el dinero que piden y, sobre todo, qué es. Pero si usted tiene reparos… -Anne hizo lo único correcto en tal situación: pidió que le devolviese el dinero y con ello disipó de una vez todas las dudas del hombre.

–No, no -gritó éste-, no me malinterprete, pero soy prudente y en este sentido no puedo responsabilizarme de nada. No crea que no sé que todas las personas que acuden a mí tienen un motivo. Al fin y al cabo el profesor Guthmann pasa por ser el experto por antonomasia. Naturalmente usted tiene un motivo fundado para acudir precisamente a mí, pero esto no será inconveniente mientras se quede entre nosotros, si entiende lo que quiero decir, señora… Seydlitz.

Por lo menos ha retenido el nombre, pensó Anne, y al mismo tiempo fue consciente de que este tipo, al que acudían principalmente personas que tenían algo que ocultar, era un buen candidato al chantaje. Esta idea le causó malestar, pero antes de que pudiera seguir en sus dudas, Rauschenbach, concentrado en la fotografía como un criminalista, empezó a hablar lentamente:

–Hasta donde puedo distinguir, se trata de un papel copto, aunque la escritura es griega, mezclada con caracteres domóticos, típico del cóptico del primer siglo después de Cristo. Suponiendo que el pergamino sea auténtico y no una falsificación, lo que yo sólo podría determinar examinando el original, ello significa que el objeto tiene una antigüedad de por lo menos un milenio y medio.

Rauschenbach sintió que Anne clavaba los ojos en él visiblemente nerviosa e intentó desde un principio reducir sus expectativas:

–Espero no defraudarla si le digo que papeles de esta clase no son raros y en consecuencia tampoco muy valiosos. Se han encontrado a montones en cuevas y monasterios, la mayoría documentos sin importancia, pero también textos bíblicos y escritos de agnósticos. Si están bien conservados, estos pergaminos se pagan a mil marcos, pero por lo que puedo ver no se trata de un objeto de primera categoría. Sepa, señora…

–Seydlitz -completó Anne excitada.

–Sepa, señora Seydlitz, que no hay muchos coleccionistas de manuscritos coptos, y los museos y bibliotecas se interesan sólo por rollos completos, sobre todo por textos coherentes que sirvan de base para investigaciones científicas.

Anne asintió.

–Entiendo. ¿Así que no se puede imaginar que este pergamino, suponiendo que sea auténtico, constituya para alguien un objeto especialmente codiciado?

Rauschenbach miró a Anne a la cara. El modo de formular la pregunta pareció haberlo impresionado. Intentó sonreír.

–Quién sabe qué y por quién puede ser objeto de codicia. Mil marcos -

concluyó meneando la cabeza-, yo no daría más por él.

Anne pensaba cómo podría aclarar al otro la importancia de este pergamino sin delatarse a sí misma. Naturalmente hubiera podido contar a Rauschenbach todo lo sucedido hasta ahora, pero dudaba que la creyera.

Además no le tenía confianza, por lo que le rogó que tradujera el texto lo más fielmente posible o al menos reprodujera su contenido.

Entonces Rauschenbach sacó una botella de debajo de la mesa y se sirvió un vaso panzudo hasta el borde.

–¿Quiere también un trago? – preguntó más bien con la mente ausente y esperando que Anne rehusara. Luego, mientras su derecha ejecutaba un movimiento inquieto sobre la fotografía, inició una larga explicación sobre la dificultad de descifrar estos textos antiguos; una copia, y además mala, lo hace aún más difícil. Anne no estaba segura si Rauschenbach era sólo demasiado perezoso y quería ganar dinero rápido con un dictamen superficial o si tenía otro motivo para no enfrentarse con el texto.

Como si el vino tinto hubiese afinado sus sentidos, Rauschenbach parecía haberle adivinado el pensamiento, y dijo sumido en el papel:

–Usted cree naturalmente que yo sólo quería facilitarme la tarea, pero puede estar tranquila, le entregaré una traducción en tanto lo permita este material.

Aunque -movió el dedo índice- no se haga demasiadas ilusiones.

Anne miró a Rauschenbach.

–Créame -insistió éste-, ha habido códices enteros de la época copta que nadie los quería. Quiero decir que con este tipo de hallazgos no basta su descubrimiento, sino que es necesaria la aportación científica del descubridor, que lo documenta todo y lo relaciona dentro de un contexto histórico. Mire, un pergamino o un papiro no es una momia, ni una escultura, ni una máscara de oro, que suscitan el entusiasmo de la gente. A este respecto, uno de los descubrimientos más importantes, el llamado códice Jung, anduvo errante por el mundo hasta que despertó el interés de la ciencia. Es una historia increíble… pero no quiero aburrirla.

–Oh, no -contestó Anne-, usted no me aburre en absoluto. – Con todo, no podía borrar la impresión de que Rauschenbach se esforzaba en quitar importancia a su pergamino. Y mientras éste se llenaba otra vez el vaso, Anne reflexionó sobre el motivo que podría haber tras la actitud de Rauschenbach.

–El descubrimiento del códice Jung -prosiguió Rauschenbach- se remonta

al año 1945. En aquella época unos fellahs[1] egipcios hallaron en una

tumba dentro de tinajas quince manuscritos coptos, libros con tapas de

cuero carcomido, por los que nadie parecía interesarse. Los vendieron por

un par de piastras en El Cairo, en donde uno de estos libros recaló en un

museo, otro a manos de un anticuario. Los once restantes -quemaron dos

para calentarse- desaparecieron por vías oscuras para no volver nunca más.

Sólo se oían rumores de su paradero. Puede haber diversos motivos por el

desinterés hacia estos considerables manuscritos, pero una razón era sin

duda el contenido agnóstico de estos libros.

–¿Puede explicarlo mejor?

–Por agnosis o agnosticismo cada cual entiende una cosa diferente, y ello tiene sus razones. En los primeros siglos de la época de transición hubo filósofos y teólogos que empezaron a estudiar el origen y la naturaleza del hombre. Algunos agnósticos eclesiásticos, como Orígenes o Clemente de Alejandría, pretendían así reforzar la fe cristiana. Agnósticos seglares como Basilides o Valentino construyeron con ello una mística oriental. Claro que se atrajeron la enemistad de los otros al afirmar que el mundo era la dudosa obra de una mente creadora imperfecta y maligna. Así que nada del Dios bondadoso que flota sobre las aguas. – Rauschenbach ahogó la risa-. Pero volvamos a nuestro descubrimiento de los manuscritos: el anticuario cairota llevó el códice a América con la esperanza de hallar un comprador que le pagase una cantidad razonable. Sin resultado, como se demostró. Ningún coleccionista, ningún museo parecía interesarse por el manuscrito. Años más tarde el objeto apareció en Bruselas. Entretanto había cambiado de

propietario, que lo puso de oferta en el mercado de arte. Un mecenas suizo compró el códice y lo regaló al instituto C. G. Jung de Zúrich. Allí se conserva todavía y desde entonces se llama el códice Jung.

–¿Y los otros once libros de este hallazgo?

–¡Una historia de aventuras! Al principio, después de ser descubiertos, se tenían por desaparecidos y debía temerse lo peor. Pero un coptólogo francés, que acertó a ver el códice guardado en el museo, informó a la Academia de Ciencias de París sobre el manuscrito y su significado. El informe apareció en un diario cairota. A consecuencia de ello una señorita entrada en años comunicó que había heredado de su padre, un numismático cairota, estos once códices y que estaba dispuesta a venderlos al museo copto. Precio: 50.000 libras. Era una suma respetable, aunque bastante adecuada al valor objetivo, ya que los códices contenían alrededor de mil páginas en lengua copta escritas con caligrafía apretada y -esto lo había descubierto entretanto el profesor francés- no menos de ochocientos cuarenta textos agnósticos diversos. Pero a los organismos responsables les faltó el dinero, y entonces, puesto que los libros ya eran conocidos, surgieron de repente compradores de todo el mundo para los valiosos objetos. Sin embargo el gobierno egipcio les echó el cerrojo y, aun cuando ningún centro estaba dispuesto a pagar la suma exigida, ordenó sellar en una caja los once libros antiguos y la entregó al museo para su custodia.

Siete años permanecieron allí tirados, se negoció y se regateó, entretanto estalló la revolución y los egipcios tenían otras preocupaciones. Finalmente la propietaria legal hubo de reclamar judicialmente sus derechos. Aunque ahora se sabe dónde hallar los códices, sólo se conocen extractos de su contenido.

–¿Es posible?

–Para ello hay muchos motivos, algunos inocentes y otros no tanto. Los científicos son gente vanidosa. Uno que se haya familiarizado con la materia raramente está dispuesto a enseñar las cartas, y por ello algunos trabajan media vida en un tal objeto. Los coptos representan en Egipto una minoría religiosa: la religión oficial es el Islam, por lo que el interés de los

departamentos gubernamentales por la reelaboración de la historia de la religión copta es escaso, como se puede imaginar. Pero existe otro motivo, tal vez el más interesante, para que no se publiquen textos de esta clase.

–Me pica usted la curiosidad.

–Pues bien, estos documentos antiguos fueron redactados por personas muy inteligentes que querían comunicar algo a la posteridad, algo que sabían y de lo cual el vulgo no tenía idea. Secretos de la humanidad, por así decirlo.

–¿Y quiere decir que todavía hoy existen estos secretos?

Rauschenbach asintió.

–Incluso estoy convencido de ello. – Tomó el vaso de vino, se tragó el contenido emitiendo sonidos guturales y se limpió la boca con el revés de la mano.

Anne lo miró. Siga hablando, quería decirle. Pero calló. Más tarde, de ello estaba convencida, se irritaría por haber dejado escapar la oportunidad, pero se hallaba incomprensiblemente cohibida para hacerle más preguntas; sentía que Rauschenbach no quería continuar hablando y seguramente habría sacado cualquier pretexto. Por ello volvió al motivo concreto de su presencia allí y preguntó:

–¿Qué opina? ¿No podría provenir este pergamino del hallazgo descrito por usted?

–¡Esto es imposible! – contestó sin pensar y, como si quisiera cerciorarse de nuevo, sostuvo la fotografía ante sus ojos-. Esto es realmente imposible.

–¿Y por qué está usted tan seguro?

–Porque su documento es un pergamino.

–Sí, ¿y…?