El quinto evangelio

Philipp Vandenberg · Capítulo 40 de 89

Páginas del PDF

El quinto evangelio

Capítulo 8

Por esto Adrián elaboró un plan astuto para poner a buen seguro los documentos del equipaje de Vossius. A tal efecto Anne abandonó sola la casa para ir en taxi al Louvre, mientras que al mismo tiempo Kleiber, con los documentos del profesor, salía por la puerta del patio, atravesaba un cobertizo de bicicletas y llegaba al Quai de Valmy, desde donde, cruzando el canal Saint Martin, alcanzó su banco en la place du Colonel Fabien.

Kleiber mantenía un compartimiento en la caja fuerte del banco para guardar no tanto su fortuna como documentos importantes que de vez en cuando tenía que manejar a causa de su profesión. En este cofre guardó el pergamino y el resto de papeles de Vossius.

Adrián y Anne se encontraron para comer en el restaurante de la Bourse du Commerce y se alegraron del éxito de su jugada. Adrián había pedido licencia a la redacción, lo que no causó extrañeza ya que a menudo investigaba un tema durante semanas antes de regresar con el reportaje hecho. Habían reservado el vuelo a California para el día siguiente, salida a las 9.30 horas en Le Bourget.

8

California los recibió de modo inesperado, con tormentas y lluvias torrenciales, raras aquí y por ello más recias. Sobre todo la continuación del vuelo desde Los Ángeles a San Diego, a lo largo de la costa hacia el Sur, se convirtió en una batalla del piloto contra los elementos, de manera que Anne estuvo contentísima cuando el pequeño aparato, que venía del este volando peligrosamente cerca del mar de casas, se posó en el Airport Lindbergh Field.

Kleiber conocía la ciudad de viajes anteriores y había reservado habitación en un hotel situado en North Harbor Drive, desde donde la vista sobre San

Diego Bay alcanzaba hasta la isla Coronado. En el muelle estaba anclado el Star of India, un velero del siglo pasado renovado varias veces, que ahora servía de museo. A la habitación en el sexto piso -Adrián había alquilado deliberadamente dos habitaciones individuales juntas- se subía por un ascensor adosado a la fachada exterior del hotel.

Pasaron el primer día durmiendo, con breves interrupciones para una cena y un corto paseo hasta la estación de término del ferrocarril de Santa Fe.

Cuando despertaron a la mañana siguiente, la Bay reflejaba colores turquesas al sol, como si no hubiera aquí nunca mal tiempo.

Alrededor del mediodía alquilaron un automóvil para ir a Bonita, al sur de la ciudad, donde, según les explicó el amable portero, un joven mexicano, encontrarían la casa que buscaban. Así que tomaron la Freeway número 5

en dirección a Tijuana, a los diez minutos de viaje abandonaron la autopista en la salida East Street, atravesaron un kilómetro largo de suburbio, con restaurantes rápidos, gasolineras, supermercados, y llegaron directamente a la Bonita Road, de la que tras dos kilómetros, en los que se extendía a la izquierda un cuidado campo de golf, se bifurcaba en un semáforo a la izquierda una calle que subía hasta la dirección buscada.

La casa de madera de planta baja, cubierta con tablillas de madera como la mayoría de casas de los alrededores, vista desde la calle estaba situada algo más abajo y ofrecía una vertiginosa vista sobre el valle. Los naranjos revelaban la preferencia de los moradores por el cultivo verde, sobre todo esterlicias y agaves de un metro de alto daban a la casa más bien sencilla un cierto aire exótico.

Aurelia Vossius no estaba en casa, pero la vecina, una asiática del este con el pelo negro, que se había afincado aquí con su marido durante la guerra de Corea -según relató con toda franqueza-, explicó que la señora Vossius trabajaba en el City Council de San Diego y solía regresar alrededor de las 17 horas, y preguntó si le podía dar algún recado.

Adrián y Anne rehusaron y dijeron que volverían al cabo de tres horas.

Tiempo suficiente para una excursión a Coronado, que está unido a la tierra

firme por un puente alto que cubre la Bay de San Diego como el arco de un laúd.

Al regresar a la Bonita View Drive, la señora Vossius ya estaba informada de su visita; la vecina le había dicho también que los extranjeros debían de ser alemanes.

Aurelia Vossius, una linda americana de Nebraska, que después de servir en la Marina se quedó colgada en San Diego, los recibió con cortesía americana, sin abandonar cierta desconfianza. Sólo cuando Anne sacó la carta de Aurelia a Marc Vossius -la reconoció a primera vista-, desapareció la inseguridad de sus ojos y rogó a los visitantes que entraran en la casa.

Habían quedado en no mencionar la sospecha de asesinato en el caso de Vossius, puesto que faltaban pruebas y la información se basaba en los dudosos indicios ofrecidos por el enfermero; pero, pensaron, no debían dejar ninguna duda sobre la muerte del profesor a su esposa divorciada.

Finalmente estaba el motivo por el cual ellos, Anne y Adrián, tenían en su poder las pertenencias del finado, entre las que se hallaba esta carta.

La señora Vossius, en cuya imagen aparecía la tenacidad y el dominio característico de las personas bajitas, recibió la noticia estoicamente, aun cuando -y esto podía colegirse por su reacción ante la carta- todavía mantenía un fuerte lazo con Vossius. Tampoco sabía nada del atentado con ácido de su ex marido, aunque no pareció extrañarse sobremanera; en cualquier caso los visitantes tuvieron la impresión de que estaba acostumbrada en el pasado a sufrir por el comportamiento obstinado del profesor.

Para ganarse su confianza y para que Aurelia Vossius viera que el destino de Anne y del profesor estaban ligados de forma enigmática, Anne empezó a divagar describiendo sin apartarse de la verdad la muerte de su marido y los acontecimientos que siguieron y que la llevaron hasta aquí.

Un destino idéntico une, y la señora Vossius poco a poco se confió a los extranjeros, abandonó su reserva inicial y dijo, tras haber escuchado la