El quinto evangelio
Leibethra
–¡Donat!
–¿Donat?
–¡El hombre con la mujer en la silla de ruedas! Desde el principio desconfié de él. La mujer que estaba con Guido en el automóvil del accidente y que después de estar dos días en la clínica desapareció dijo ser su esposa. Donat no pudo explicarlo. ¡Miente, miente, miente!
–Y a este… Donat le faltaba la primera falange del dedo índice, ¿estás segura?
–Completamente segura -replicó Anne-, lo vi con mis propios ojos. Pero Donat se hizo el que no sabía nada. ¿Por qué lo hace? ¿Qué tiene que ocultar?
Anne tenía miedo, temía las nuevas cuestiones que este descubrimiento comportaba. En rigor, no había avanzado un paso en sus averiguaciones desde el día después del accidente de Guido. Al contrario, sus investigaciones tenían el efecto de las excavaciones arqueológicas: cuanto más se descubría, más cuestiones suscitaba, y deseaba haber ignorado que Guido había tenido un lío, que ella pérfidamente indagaba.
Sentía como si estuviera en medio de una obra en la que, contra su voluntad, le habían asignado un papel, sin conocer ni a los demás actores ni el texto. Pero, tanto si quería como si no, debía representar su papel hasta el final.
Capítulo cuarto
LEIBETHRA
al borde de la locura
1
Tras apenas una hora de viaje nocturno por la autopista desde el aeropuerto Thessaloniki en dirección al sur, el Land-Rover verde tomó la salida de Katerini. Katerini es una pequeña ciudad rural pintoresca del noreste de Grecia que tiene a su espalda el Olimpo, de casi 3.000 metros de altitud, un típico mercado con mesas y sillas en la calle y con bombillas que se encienden por la noche, así como una carretera principal que hacia el sudoeste conduce a Elasson, desde donde se llega a los Meteoros, los monasterios flotantes en el cielo; antes eran veinticuatro, hoy sólo cuatro están habitados.
En algún lugar a medio camino, el automóvil redujo la marcha y giró a la izquierda por un camino rural, que consistía principalmente en dos sendas de carro llenas de grava y en el centro una capa de hierba, y Guthmann comprendió por qué habían ido a recogerlo con un vehículo todo-terreno.
Los faros ejecutaban un verdadero baile de San Vito sobre las onduladas vías de carro para gozo del joven conductor, que visiblemente se divertía con este camino lleno de baches.
–Sólo tres kilómetros cuesta arriba -dijo Thales dirigiéndose a Guthmann- y estaremos en Leibethra. Por desgracia el último trecho de camino tendremos que recorrerlo a pie.
Guthmann asintió con una sonrisa, aunque no le fue fácil sonreír.
Thales, que conocía cada curva de este serpenteante camino, dijo mientras el automóvil, en primera, se torturaba por subir la cuesta, siguiendo una curva a otra curva y apareciendo de pronto a un lado y luego al otro áridos muros de peñascos y declives profundos, de modo que el estómago de Guthmann empezaba a removerse:
–Quisiera hacerle notar un par de peculiaridades, es decir, son peculiaridades para usted, que viene por primera vez a Leibethra.
Guthmann asintió.
–Empiezan por el tratamiento. No empleamos el «usted» ni mucho menos el «tú», sino que tratamos deferentemente a nuestros paisanos de «vos», pues según nuestra filosofía el hombre es la medida de todas las cosas. Y
porque defendemos este principio, no vivimos ascéticamente en absoluto, como se nos critica a los monjes de Meteoros, de Agia Trias o de Agios Stephanos; aunque vestimos de oscuro, esto no tiene nada que ver con la mortificación de uno mismo, sino que es la expresión de nuestra ideología uniforme. Por esto cada uno de nosotros lleva también su nombre monástico.
–Entiendo -observó Guthmann reflexivo, aunque no entendía absolutamente nada y encontraba las explicaciones de Thales bastante contradictorias.
Estaba a punto de lamentar su decisión, pero ya se había decidido a quemar las naves y Leibethra era realmente el lugar más seguro de Europa para desaparecer o sencillamente retirarse. Y eso quería Guthmann: retirarse, abandonar tras de sí todas las presiones, un matrimonio frustrado, la lucha competitiva de su profesión académica y los aburridos acontecimientos sociales, que para un hombre de su categoría se habían convertido en una obligación y por esto los odiaba.
Thales miró a Guthmann de lado en la oscuridad del coche y manifestó:
–¿No se arrepiente de haber venido?
–Claro que no -subrayó Guthmann para tranquilizar a su acompañante-,
sólo que estoy reventado. El vuelo y el fatigoso viaje en coche, ¿sabe?
De pronto, arriba, encima de ellos, aparecieron luces que parecían luciérnagas en una noche de junio.
–¡Leibethra! – exclamó Thales señalando con el dedo y, al cabo de un rato, añadió-: Aún está a tiempo, aún puede pensárselo…
Pero Guthmann le cortó la palabra:
–No hay nada que pensar. ¡Mi decisión es firme!
–Está bien -replicó Thales-, sólo quería advertírselo, pues no hay regreso posible. Pero esto ya se lo expliqué con detalle.
Guthmann vio las luces que se aproximaban: ¡Leibethra! Le golpeaba el corazón, mucho había oído de este enigmático lugar en los últimos días.
Thales le había explicado qué tipo de gente vivía en este monasterio. Qué digo monasterio: fortaleza monástica lo había llamado Thales. Y era el concepto que mejor cuadraba a la institución.
–¿Sucedió una vez que un miembro de esta comunidad, es decir, hubo ya un caso…?
–En los últimos años sólo uno -replicó Thales, que en seguida captó a qué se refería el otro y se colocó bien sus gafas sin montura, lo que, según había experimentado Guthmann hacía tiempo, era un signo inequívoco de disgusto-. Cada cual es libre de abandonar el mundo -añadió Thales-, pero esperamos que, una vez lo haya hecho, no vuelva nunca a la vida humana normal. Para tales casos están los peñascos frigios.
–No entiendo.
–Los frigios, en Asia Menor, acostumbraban a despeñar a los delincuentes, pero también permitían al convicto que se tirara de las rocas por sí mismo.
Una forma elegante de pena de muerte. Antes se practicaba entre nosotros,
ahora nos hemos vuelto más humanos. La moderna bioquímica nos ofrece medios y vías para asegurarnos el silencio de quienes comparten nuestros conocimientos.
El Land-Rover atravesó con marcha lenta una estrecha pasarela tensada sobre un precipicio. En la oscuridad no podía verse cuán profundo era. El motor gemía a bajas revoluciones cuando el camino formó una cuesta empinada, tan empinada, que las luces del coche enfocaban el vacío, como el rayo de un faro. Luego de pronto el capó del automóvil se inclinó hacia abajo, porque la bajada era igualmente empinada, y Guthmann pudo distinguir casas oscuras en torno a una plaza iluminada, en la que todavía reinaba bastante animación.
Al aproximarse, vio gente con cara de estúpida, hombres con extrañas muecas y mujeres que prorrumpían en estridentes risas al parecer sin motivo. Los niños andaban con la cabeza tan grande como un melón sobre un cuerpo pequeño desarrollado normalmente y un anciano vestido de blanco, calvo, estiraba un cordel con el que arrastraba tras de sí un barco de juguete. Algunos saludaban amablemente con la mano, otros se acercaban a la ventanilla del coche y hacían muecas como chiquillos.
–No tema -dijo Thales, que observó el rostro desconcertado de Guthmann-, son inofensivos, lamentables criaturas a las que la naturaleza les ha negado un entendimiento normal. Pero qué quiere decir normal. Usted mismo sabe que de la genialidad a la demencia sólo existe un paso. Oficialmente Leibethra es una colonia de locos sostenida por nuestra orden. Esto nos da prestigio y la certeza de que nos dejarán en paz. Pues nos protegemos por un círculo de locura.
–¿Cómo debo entenderlo?
–Cualquiera que pretenda llegar a nosotros tiene que atravesar esta colonia.
El conductor hizo sonar enérgicamente el claxon para abrirse paso a través del pueblo; lanzaba de vez en cuando fuertes gritos por la ventanilla abierta, como si quisiera asustar a los curiosos que se agolpaban al automóvil.