El quinto evangelio

Philipp Vandenberg · Capítulo 41 de 89

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El quinto evangelio

Capítulo 9

historia de Anne:

–Espero no sobresaltarles si les digo que no me ha sorprendido todo esto.

Anne y Adrián se miraron. No se esperaban esta declaración.

–No -continuó Aurelia Vossius-, ni siquiera me sorprende la muerte de Marc. Era previsible. Creo, incluso, que lo han empujado a la muerte.

–¿Quiénes?

–¡Ellos! Los órficos, los jesuitas, la mafia de investigadores, qué sé yo cuántos iban tras él.

Anne y Adrián eran todo oídos:

–¿Órficos, jesuitas, mafia de investigadores? ¿Qué significa todo esto?

La pequeña mujer hurgaba en una cajetilla de cigarrillos mentolados. Sus dedos revelaban ahora un gran nerviosismo.

–Ustedes dos son probablemente los únicos con los que puedo hablar abiertamente -dijo mientras encendía un cigarrillo-, cualquier otro me tomaría por loca.

9

–Si lo recuerdo bien -empezó Aurelia echando al aire a cortos intervalos una nube de humo-, el dilema comenzó hace diez años, cuando Marc llegó a California. Tenía un contrato de cátedra e investigación de la Universidad de San Diego para su asignatura de literatura comparada. Era considerado uno de los mejores del mundo en su campo; pero ya al iniciar su trabajo

cometió un fallo grave, se encaró con los historiadores del arte, concretamente les dijo a ellos, los expertos, lo que aún no sabían ni podían saber, y esto tuvo una consecuencia: Marc desde el principio sólo tenía enemigos.

–¿De qué se trataba?

–Dicho sencillamente: Marc suministró a los profesores de arte una teoría, según la cual Leonardo da Vinci no sólo era un artista genial, sino también un gran filósofo poseedor de unos conocimientos secretos que podían cambiar el mundo. Esto no les gustó a los investigadores del arte, que un crítico literario se atreviese a desafiar su grandeza, y aconsejaron a Vossius que mejor se quedara con Shakespeare y con Dante.

–Algo parecido nos contó Vossius en París -observó Anne-. El atentado con ácido no iba dirigido contra la pintura o lo que representaba, ni mucho menos contra Leonardo, sino que iba contra los investigadores del arte y su terca actitud. Esto nos explicó Vossius. ¿Pero usted nombró a los «órficos»

y a los jesuitas?

Con un gesto condenatorio, la señora Vossius expresó su despecho.

Finalmente aplastó su cigarrillo y murmuró algo así como:

–Gángsters, todos ellos son unos gángsters.

Anne y Adrián se hicieron señas con los ojos. No les pareció aconsejable insistir con más preguntas. Si Aurelia Vossius quería hablar, lo haría libremente.

–El profesor -dijo Anne más bien de pasada- estaba muy orgulloso de haber hallado en el cuadro un indicio de Barabbas.

La señora Vossius levantó la vista.

–¿Así que lo halló? – su voz sonó amarga.

–Sí, en el cuadro apareció un collar, con cuyas piedras se podía juntar el nombre de Barabbas.

–Ah. – Aurelia parecía desconcertada-. Así pues, ya lo saben todo…

–Oh, no, al contrario -se apresuró a replicar Anne-, cuando fuimos al día siguiente a la clínica, después de que el profesor nos hubiera explicado su investigación, él ya estaba muerto.

–¿Creen que fue casualidad? – preguntó fríamente Aurelia.

Anne se sobresaltó.

–¿Qué quiere decir, señora Vossius?

–Bueno, no creo que Marc haya muerto de muerte natural.

–¿Por qué no, señora Vossius?

Aurelia Vossius bajó los ojos y dijo con cierta turbación:

–Supongo que han leído mi carta a Marc. En ella vieron claro que no nos separamos a las malas. Sí, los años con Marc fueron los más bellos de mi vida. – Diciendo estas palabras arrugó la carta con las dos manos, después continuó-: Pero luego su afán investigador desplazó nuestro amor. Hay hombres que están casados con su profesión; esto es muy difícil de soportar para una mujer. Con Marc era distinto, él veía en su profesión una querida y esto conduce inexorablemente a la catástrofe. Sólo tenía una idea: su querida. Y cuando venían otros a disputarle la querida, se volvía majara.

–¿Qué quiere decir con: se volvía majara? – preguntó Anne.

–En busca de pruebas para su hipótesis, Marc recorrió varias veces medio mundo, compró papiros y pergaminos que nunca mostró a nadie y rebasó el presupuesto de su instituto de investigación hasta tal extremo, que la

Universidad de San Diego le comunicó una reprensión y lo amenazó con echarlo. Marc se negaba tozudamente a revelar los resultados de sus nuevas investigaciones. Callaba; incluso yo sólo me enteré marginalmente de lo que se trataba.

–¿Y de qué se trataba? – Anne se removía inquieta en su silla.

–¿Es usted católica? – preguntó directamente la señora Vossius dirigiéndose a Anne.

–Protestante -replicó ésta sorprendida y como un susurro añadió-: En cualquier caso sobre el papel.

–Yo debería -continuó Aurelia- comenzar por el principio. Puesto que Marc se negaba a publicar nada relativo a su investigación y por ello debía contar con el despido, presentó la renuncia al cargo. No éramos pobres, pero para el oficio poco lucrativo de un intelectual privado mis ingresos solos no alcanzaban. En uno de sus viajes Marc había conocido a un extraño joven.

Se llamaba «Thales» y…

–¿Cómo? – gritó Anne con gran excitación-. ¿Thales, un hombre de pelo blanco con mejillas anormalmente rojas y la devota apariencia de un fraile?

–No lo sé -replicó la señora Vossius-, nunca vi a ese hombre, pero era algo así como un fraile. Pertenecía a los órficos, una oscura orden de élite, que supuestamente sólo acoge las mentes más preclaras del mundo, el más destacado de la materia respectiva.

–¡Thales! – gritó Anne y meneó la cabeza.

–¿Lo conoce usted?

–¡Claro! Iba detrás de un viejo pergamino que creía estar en poder de mi marido. Tras la muerte de Guido me encontré con él en Berlín. Se comportó de modo muy extraño y me ofreció mucho dinero por un pequeño documento.

La señora Vossius asintió en señal de acuerdo:

–La orden órfica es muy rica. Esta gente dispone de un capital increíble.

Marc me contó que Thales sólo había reído cuando le presentó las necesidades financieras de su investigación. Le dijo que Marc podía disponer de tanto dinero como hiciera falta.

–Increíble -se admiró Kleiber-, pero el asunto tendría naturalmente un gancho.

–La gente puso condiciones. Primera condición: Marc debía quemar las naves e ingresar en la orden, que se halla en algún lugar del norte de Grecia.

Segunda condición: Marc debía poner todas sus investigaciones al servicio del movimiento órfico. Tercera condición: el contrato, una vez cerrado, era indisoluble, es decir, tenía validez de por vida. Marc aludió en mi presencia a las dos primeras condiciones, sobre la tercera hablamos detenidamente.

Era la que le daba mayor reparo. Marc contaba que a su pretexto de que no sabía cómo pensaría sobre su vida al cabo de diez años, Thales le respondió que precisamente debía meditarlo antes. Los órficos, una vez aceptados en la comunidad, disponen de tantos conocimientos secretos, que constituyen un peligro para el mundo. Por ello, en caso de querer abandonar la orden, eran obligados por la comunidad a suicidarse.

–¡Están locos! – gritó Kleiber-. ¡Locos!

La señora Vossius se encogió de hombros.

–Es posible. Pero tal vez entiendan ustedes ahora por qué no creo en una muerte natural de mi ex marido.

–Entiendo -susurró Adrián y miró de lado a Anne. Ambos se entendieron: no, en las presentes circunstancias realmente no parecía adecuado confesar toda la verdad a la señora Vossius.

Pero ella se levantó, fue a la librería que estaba frente a la chimenea y sacó

un papel de un cofrecillo de madera.

–La última carta de Marc -dijo y acarició con el revés de la mano el papel plegado longitudinalmente. Luego, sin leer una sola letra, reprodujo palabra por palabra el contenido de la carta. Vossius, dijo, había tenido la idea de abandonar la orden. Hubo diferencias porque el profesor quería publicar su descubrimiento. Los órficos, en cambio, hubieran querido guardar para sí su conocimiento porque, decían, el saber es el único poder verdadero sobre la Tierra. Marc no aclaró nunca qué había de extraordinario en su descubrimiento; sólo indicó que era capaz de convertir a todo el Vaticano en un museo y al Papa en una figura de opereta.

–Evidentemente el profesor no era amigo de los Papas -constató Adrián con una sonrisa de satisfacción.

–Los odiaba -añadió la señora Vossius-. Los odiaba con toda su alma no por motivos de fe, sino por saber. Estaba obsesionado con la idea de vengar a Galileo Galilei, a quien la Iglesia trató tan mal y hasta hoy no ha rehabilitado. El 22 de junio era siempre para él un día de reflexión, en el que se retiraba a meditar en algún lugar y juraba venganza.

Anne, que seguía embelesada con las palabras de la señora Vossius, preguntó:

–¿Qué significa el 22 de junio?

–Un 22 de junio Galileo fue condenado por la Inquisición a renegar del sistema copernicano. Sólo pensar en este suceso, ponía a Marc enfermo y agresivo, porque, según decía, la necedad había vencido a la sabiduría.

Esta exposición era perfecta para aclarar el curioso carácter del profesor Marc Vossius. De pronto encajaba en esta imagen el atentado con ácido sobre el cuadro de Leonardo. Vossius necesitaba la publicidad de su caso para atraer la atención hacia su descubrimiento.

–¿Y usted no tiene idea -preguntó de nuevo Anne- de qué descubrimiento

hizo el profesor?

La señora Vossius miró a ambos a los ojos, como si quisiera examinar si eran dignos de confianza. Respiró profundamente, aunque sin responder.

Desde hacía una retahíla de años Aurelia Vossius arrastraba consigo cosas de las que no podía hablar a nadie, que sólo ella sabía, y ahora venían dos extranjeros ¿y debía confesárselo todo?

Por otro lado no la abandonaba la idea de que ella y la mujer extranjera estaban unidas por una especie de comunidad de destino; en cualquier caso no dudaba de que también Von Seydlitz había sido víctima de un atentado.

Esto fue lo que la decidió.

Se levantó.

–Vengan conmigo -dijo.

Condujo a Anne y Adrián a una habitación pequeña y cuadrada, cuya ventana al jardín estaba casi cubierta de arbustos, de modo que apenas podía entrar la luz. Incontables libros antiguos y un escritorio liso no dejaban lugar a ninguna duda de que se trataba del cuarto de trabajo del profesor.

–Tal vez les parezca extraño -observó la señora Vossius-, pero desde la partida de Marc no he cambiado nada. Pueden mirarlo todo con tranquilidad.

Más bien por confusión -Anne se ocupaba mentalmente del extraño proceder de la señora Vossius- examinó las hileras de libros en las paredes, y para su perplejidad constató que se trataba de una colección de biblias y comentarios sobre el Nuevo Testamento, libros en todos los idiomas, y algunos con una antigüedad de varios siglos. Los infolios despedían un olor acre.

–Mi marido encontró un evangelio desconocido hasta ahora, digamos un evangelio primigenio, sobre el que se basan los otros cuatro -dijo la señora

Vossius con tranquilidad-. Es decir, Marc encontró sólo partes. Procedían de un conjunto de pergaminos hallados hace una serie de años en Minia, en el Egipto medio. Un pulidor que buscaba piedra caliza dio con el escondite.

Regaló el viejo rollo de pergamino a sus tres hijos, que se lo repartieron y cada uno consiguió dinero vendiendo su parte. Marc intentó seguir la pista de cada trozo. Pronto notó que otros iban detrás de esos fragmentos y ello desencadenó una verdadera guerra.

La explicación de Aurelia desconcertó completamente a Anne Seydlitz.

–Este evangelio -dijo para sí- debe de contener cosas que alguna gente quiere mantener en secreto… -Anne estaba pensando en el accidente de Guido. Ya no tenía dudas de que Guido había sido víctima de un atentado para conseguir el pergamino.

–¡Ahí, mire! – La señora Vossius sacaba libros de la estantería, los abría, los colocaba ante la cara de Anne. En los libros había pasajes marcados, otros subrayados, otros ampliados con inscripciones extrañas, un laberinto de líneas de enlace, cruces y palos, y ello no sólo una vez ni diez, sino cientos de veces en cientos de libros con acotaciones al margen, indicaciones, traducciones y conexiones. Al tuntún cogía Aurelia Vossius nuevos libros de los estantes y enseñaba sus anotaciones e indicaciones cada vez más grotescas.

En uno de los libros Anne leyó las líneas subrayadas: «Ante todo guardaos del fermento de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay oculto que no deba descubrirse, y nada escondido que no llegue a saberse. Por esto, todo lo que decís en las tinieblas será oído en la luz; y lo que habláis al oído en vuestros aposentos será pregonado desde los terrados».

Vossius había escrito al margen con tinta roja:

Lucas 12,1-3

Mateo 10, 26 s.

Marcos 8,15

Lucas 8,17

Barabbas 17, 4

La última línea estaba con doble subrayado.

¡Barabbas! Anne von Seydlitz se estremeció, indicó con el dedo el párrafo del libro y se lo enseñó a Kleiber. Éste miró a Anne: Barabbas, el fantasma.

Anne debió reunir todo su valor para formular la siguiente pregunta, ya que al fin y al cabo no podía prever cómo reaccionaría Aurelia Vossius:

–Señora Vossius, ¿le contó el profesor qué pasaba con este «Barabbas»? –

Al mismo tiempo sostenía el párrafo en cuestión ante la cara de Aurelia.

–¿Barabbas? – Aurelia Vossius leyó, reflexionó y meneó la cabeza-: No recuerdo que hubiera mencionado nunca este nombre.

–Curioso -replicó Anne hojeando el libro.

En otro lugar estaba marcado el siguiente texto: «Éste es el testimonio de Juan, cuando los judíos de Jerusalén le enviaron a algunos sacerdotes y levitas para que le preguntaran: "¿Quién eres tú?". Juan aceptó decírselo y no lo negó. Reconoció: "No soy el Mesías". Entonces le preguntaron: "Pues

¿quién eres?, ¿Elías?". Contestó: "Yo no soy Elías". Le dijeron: "¿Eres el profeta?". Contestó: "No". Le preguntaron de nuevo: "Dinos quién eres para que llevemos una respuesta a los que nos han enviado. ¿Qué dices de ti mismo?". Juan contestó: "Yo soy la voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor como lo anunció el profeta Isaías"».

También en este lugar había anotaciones del profesor: Juan 1, 19

Mateo 11,14; 17,10

Marcos 9,11

¿¿Barabbas?? Barabbas subrayado de nuevo.

–No -reanudó la señora Vossius su conversación-, nunca pronunció este nombre. Lo oigo por primera vez. Estoy segura. ¿Qué significa?

Kleiber, concentrado en el texto, respondió con un movimiento de cabeza:

–Por las acotaciones al margen pudiera colegirse que los textos se complementan en los demás evangelistas, y esto significaría que Barabbas es el autor de este quinto evangelio. El hecho mismo no aclara, sin embargo, la explosividad que rodea a ese nombre dondequiera que aparezca.

–El nombre de Barabbas -añadió Anne- ha de tener algún significado secreto, parece una palabra clave, que sólo puede ser útil a los iniciados, igual que la llave de un secreto de extraordinaria importancia.

La señora Vossius daba la impresión de no entender absolutamente nada.

¿Representaba una comedia o realmente no tenía idea de lo que ocupó a su marido durante ocho años? En cualquier caso, en el momento en que Anne y Adrián revolvían los libros de la biblioteca, daba la impresión de estar inusualmente sosegada. Probablemente había aceptado su destino y el de su esposo.

Desconcertada por las innumerables indicaciones en los distintos libros, Anne preguntó a la señora Vossius si el profesor nunca le había hablado de sus investigaciones, si nunca le había revelado el objetivo de su trabajo.

Vossius, respondió Aurelia, era un hombre muy hermético. Naturalmente que había hablado de su trabajo, sin embargo estas conversaciones la ponían en dificultades, a menudo no entendía sus razonamientos, sobre todo cuando se trataba de su disciplina, la literatura comparada. Marc, dijo, tenía