El quinto evangelio
Capítulo 4
Aquella noche Anne no pudo conciliar el sueño. Andaba por la gran casa como un fantasma buscando sin éxito su alma. Enfundada en una larga bata blanca, se sentó en la escalera que conducía a su dormitorio e intentó encontrar una explicación a todo ello. A veces creía estar soñando; luego escuchaba los lejanos ruidos de la noche. Esperaba que en cualquier momento rodase una llave en la cerradura y Guido entrase en la casa, como siempre lo había hecho, pero nada ocurrió y al punto su delirio alcanzó el peligroso grado en que no se puede distinguir entre la fantasía y la realidad.
Anne se asustó al sorprenderse a sí misma frente a la puerta del dormitorio de Guido, golpeando con la mano el marco y gritando a su marido que era un putero y pensando otros insultos similares, como si él se hubiese encerrado en la habitación.
Lo ocurrido en los últimos días era demasiado para ella. Llorando como un niño, cayó de rodillas ante la puerta y dio rienda suelta a su ira. Pues las lágrimas de Anne no eran lágrimas de dolor por haber perdido a su esposo, sino que lloraba de rabia, rabia de él y de su desfachatez, rabia por haber confiado ciegamente en Guido, mientras él abusaba vilmente de esta confianza.
Por su modo de ser y su carácter, Anne podía aguantarlo todo menos la idea de su propia estupidez; pues Anne von Seydlitz era una mujer de rara inteligencia, una mujer que siempre había sabido emplear esta inteligencia con un propósito legítimo. Nada odiaba tanto como la necedad, y ahora, víctima de su propia estupidez, se odiaba a sí misma.
Lágrimas de ira se pegaban a su cara como jarabe. En cierto modo se avergonzaba de ella. No podía recordar haberse abandonado alguna vez de esta manera, ni siquiera de niña cuando vivía en un orfanato.
En el cuarto de baño estaba el saco de plástico que había recogido de la clínica. Reconoció el reloj de Guido, un Hamilton de oro de 1921, año en que nació Guido, quien consiguió el reloj en una subasta. En la parte de abajo había grabada una dedicatoria: Syd to Sam 1921. Anne abrió la bolsa, sacó el traje manchado de sangre y extendió los pantalones y la chaqueta como la figura de un muñeco. Estando así tendido el traje preferido de él, Anne empezó a pisotear la vestimenta con los pies desnudos, como si quisiera causar daño a Guido. Como si quisiera sacarle una confesión, pataleaba salvajemente el suelo del cuarto de baño, resollando de rabia y emitiendo una y otra vez la misma palabra:
–¡Embustero! ¡Embustero! ¡Embustero!
En su danza orgiástica, sintió algo resistente en el traje. Inesperadamente Anne sacó el billetero de Guido. Su respiración era intensa cuando extrajo de la cartera un fajo de billetes de banco. Conocía el resto del contenido: tarjetas de crédito y los documentos del coche. Pero al empezar a contar mecánicamente los billetes, encontró una entrada amarilla. Ópera de Berlín, miércoles, 20 de septiembre, a las 19 horas.
Anne sostenía la entrada con el pulgar y el índice de ambas manos. Por Dios, Guido no era aficionado a la ópera. Podía contar con los dedos de una sola mano las pocas veces que habían ido a la ópera juntos. Para Anne era una prueba más de cómo Guido la había engañado. Y ella pertenecía a la clase de mujeres que lo perdonan todo menos la certeza de ser burladas por el marido.
Mientras extendía el contenido de la cartera delante de sí en el suelo del cuarto de baño como un rompecabezas, empezó a ordenar sus ideas.
Llevaba tanto tiempo enredada obsesivamente en la doble vida de su marido, que no había alternativa: no pararía hasta haber aclarado todos los detalles.
La luz tenue del alba, que alrededor de las siete penetraba por la ventana mezclándose con el amarillo de las lámparas de pared, apaciguó el ánimo de Anne. Este sosiego no eliminó su ira, aunque le permitió vislumbrar más