El quinto evangelio

Philipp Vandenberg · Capítulo 46 de 89

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El quinto evangelio

Capítulo 2

Por indicación de Manzoni, Losinski había mantenido correspondencia con la universidad californiana intentando conseguir el original ofreciendo a cambio un autógrafo de Leonardo sobre investigaciones anatómicas. No obtuvo respuesta. Con sorpresa debió enterarse Losinski por el periódico de que su interlocutor en la negociación, el entonces director del instituto, después de un atentado con ácido a una pintura de Leonardo en el Louvre de París había sido apresado e ingresado en un centro psiquiátrico.

La noticia lo conmocionó profundamente. Él había conocido al profesor Marc Vossius como un hombre culto, satisfecho de la vida, aunque se mostraba esquivo en relación con su labor investigadora. Cómo pudo Vossius perder el juicio, era para el jesuita inexplicable. Losinski vio que su única oportunidad era visitar a Vossius en París y preguntarle por el significado de su fragmento. Pero encontró a un Vossius distinto de aquel con quien había negociado en California, lo que Losinski atribuyó al lamentable estado psíquico del paciente. En todo caso Vossius se había mostrado reservado y lo había remitido al instituto de la universidad, que era el competente en estos asuntos, de modo que el jesuita tras una breve discusión concluyó la entrevista despidiéndose con una bendición y encomendándolo al Altísimo.

Los jesuitas de la Gregoriana en Roma estaban lejos de relacionar el pergamino con el profesor demente; sin embargo, a partir de aquel suceso iniciaron estudios paleográficos de este fragmento con especial intensidad, y por primera vez nació la sospecha de que el profesor podía haber falsificado la copia cedida, haberla modificado diabólicamente en algunos puntos esenciales o haberla provisto de fallos adicionales con el fin de impedir que otros le pisaran su propia investigación. Pues con el saber crecen las dudas, y en ningún lugar existe tanta desconfianza como en la ciencia y en la investigación.

2

Manzoni y Losinski eran el mejor ejemplo de desconfianza científica. El sagaz polaco intentaba, siempre que tenía oportunidad de ello, provocar con sus conocimientos al desidioso, pero sin duda no menos inteligente, italiano y ponerlo en aprietos delante de los demás jesuitas. Manzoni sufría porque a su vez nunca había logrado ridiculizar al polaco, aunque lo había intentado muchas veces. Manzoni, un hombretón como un armario, con la cabeza cuadrada y pelo gris cortado a la plancha, no sólo se movía con mayor indolencia que Losinski, sino que pensaba más lento, lo que también externamente daba esta impresión rara en un italiano con su hablar arrastrado y sus enervantes pausas entre frases aisladas.

La parte del texto que Losinski acababa de leer era adecuada para enzarzarse en un nuevo debate fundamental sobre qué significado podía atribuírsele al rollo de pergamino; en ello Manzoni y Losinski tenían puntos de vista dispares. Aun cuando hasta ahora se había traducido la décima parte de todo el rollo de pergamino -y en absoluto por orden, sino con numerosas lagunas-, en base al contenido, que eran los hechos y las enseñanzas de Jesús, se podía concluir que se trataba del texto de un evangelio.

Losinski juntó las manos, pero no lo hizo por devoción sino para dar mayor énfasis a sus palabras:

–Hermano en Cristo -dijo dirigiéndose a Manzoni-, admito que el texto presente cierto parecido con el de Juan, pero debe tener en cuenta que este pergamino es cincuenta años más antiguo que el texto original del evangelio de San Juan. El evangelio de San Juan procede de alrededor del año 100

después de Cristo; científicos naturalistas han determinado irrefutablemente que este escrito es del año 50. De ello se deduce: no es nuestro autor, cuyo nombre ni siquiera conocemos todavía, quien copió el texto, sino Juan.

–¡Venga ya! – Manzoni tomó aliento-. Existen más de una docena de evangelios apócrifos y otros tantos hechos de los apóstoles apócrifos. Hay

un evangelio de Tomás, un evangelio de Judas, un evangelio de los egipcios, las actas de Pedro, las de Pablo y las de Andrés, incluso un intercambio de correspondencia entre Séneca y Pablo y entre Jesús y Abgar de Edessa. Estas chapuzas devotas no han perjudicado en absoluto los intereses de la Iglesia. Encuentro exagerado el secretismo de nuestra labor.

Entonces Losinski agitó los brazos fuera de sí ante la cara de Manzoni, de modo que los demás jesuitas se juntaron para ser testigos de un debate eminentemente clerical.

–¡No los puede comparar! – gritó airado el polaco-. Todos los que usted califica de apócrifos son escritos que de forma lamentable imitan documentos del Nuevo Testamentó. Ni siquiera con la intención de falsificar, sino con un propósito piadoso. Pero lo más importante es que todos, y esto está demostrado, proceden de una época muy posterior.

En esto que Manzoni levantó irritado el puño y golpeó ruidosamente la estrecha mesa.

–Me niego a emitir juicios sobre el Nuevo Testamento con métodos de las ciencias naturales. La investigación de la Biblia es asunto de filólogos e historiadores y por mí también de paleógrafos, criptólogos y lingüistas.

Pero los radiólogos deberían quitar sus manos de los cuatro evangelios.

–¡Cinco! – dijo Losinski con aquella desvergonzada sonrisa en el rostro, que exhibía en los momentos de triunfo y que lo hacía tan odioso a los demás jesuitas.

–¿Cómo dijo?

–Dije cinco, hermano en Cristo. En cualquier caso ya no podemos excluir la posibilidad de que sean cinco los evangelistas que se ocuparon de la doctrina y la vida de nuestro Señor Jesús.

La declaración de Losinski sembró inquietud entre los frailes. Una extraña inquietud, extraña porque cada uno, desde que empezó su labor, sabía en

qué trabajaba. La mayoría, sin embargo, se había hecho a la idea de que no podía ser aquello que no debía ser, y las claras palabras de Losinski causaron tanto horror en los monjes como pensamientos pecaminosos. Pero el placer y la tortura de pisar los talones a los pensamientos pecaminosos infundieron en los jesuitas de la Gregoriana un creciente anhelo por conocer la verdad.

Kessler, uno de los más jóvenes del grupo, pertenecía al bando de Losinski, que impelía el asunto sin contemplaciones hacia un resultado. Tomando el hilo de la conversación, manifestó:

–Si nuestra hipótesis de que existe un quinto evangelio se confirma, entonces el autor de nuestro texto no sería el quinto evangelista, sino el primero; luego Marcos debería dejar el sitio a éste, cuyo nombre no conocemos.

–¡No hay pruebas! – rechazó Manzoni la suposición.

–No, no hay pruebas -replicó el joven Kessler-, pero existe una interesante observación.

–Escuchamos.

–Lo que les falta a los cuatro evangelios conocidos son datos biográficos de la vida de nuestro Señor Jesús. En los cuatro evangelios uno busca inútilmente alguna información sobre la apariencia de nuestro Señor.

¡Nada! ¿Por qué? Estamos de acuerdo con la doctrina de la Iglesia según la cual ninguno de los cuatro evangelistas conoció a nuestro Señor y sólo transcribió la tradición oral. No los guiaba el interés histórico. Intentaban ofrecer una ayuda para la fe. Marcos tenía el propósito de ganarse a los romanos con palabras sugestivas. Mateo intentaba convencer a sus contemporáneos judíos que en Jesús se había cumplido la expectativa humana de la antigua alianza. Lucas, el intelectual, utilizó como fuente el evangelio de Marcos, pero se dirigió a las élites cultas y se ocupó de cuestiones filosóficas como la problemática del Espíritu Santo. Juan, por el contrario, bailó fuera del círculo, incluso podría decirse que presuponía el

conocimiento de los tres evangelios sinópticos anteriores cuando escribió su obra tomando como tema principal las propias manifestaciones de nuestro Señor Jesús. Pero ninguno de los cuatro hace referencia a su carácter ni a su persona.

–Por Dios, hermano en Cristo -lanzó Manzoni con su voz circunspecta-, no es ninguna novedad lo que usted dice. Dudo también de que sea importante conocer la apariencia de nuestro Señor Jesús. Si medía 180 centímetros de alto, pesaba 75 kilos y como la mayoría de sus contemporáneos tenía el pelo largo y oscuro.

–Ciertamente que no -replicó el joven Kessler y sus ojos brillaron sagaces detrás de sus lentes sin montura-, pero si lo supiéramos, también usted, hermano en Cristo, debería admitir que la fuente que nos diera esa información se distinguiría de las otras en que su autor habría conocido directamente a Jesús.

De repente se hizo el silencio en la sala. Incluso aquellos que hasta ahora estaban concentrados en sus fragmentos de texto, se detuvieron y levantaron la vista. Kessler sostenía en su mano un trozo de papel apergaminado, aproximadamente de veinte por veinte centímetros, un calco, como el que usaban todos los jesuitas, colocando la hoja transparente sobre el modelo y reproduciéndolo a lápiz. Esta técnica ofrecía la posibilidad de restaurar los fallos sobre la hoja sin dañar el original.

–Desde ayer tengo conmigo el resultado -dijo Kessler-, he querido una vez más consultarlo con la almohada…

–¡Bueno, no nos impaciente más, Kessler -Manzoni estaba desenfrenado, resoplaba como un rocín enojado-, háganos partícipes de sus conocimientos!

Se había implantado entre los jesuitas la costumbre de que aquel que hubiera traducido o restaurado un fragmento comunicase su trabajo para luego entre todos debatir su contenido o su probabilidad. Kessler, que gozaba de la dudosa ventaja de trabajar el principio del rollo de pergamino -

o lo que por diversos indicios podía considerarse el principio-, no había disertado hasta ahora sobre su trabajo. El motivo era que el principio de cada rollo de pergamino presentaba los mayores daños, rasgaduras, desflecos, falta de esquinas y de partes, de manera que hacía más difícil esta labor.

–Quisiera anticipar -comenzó Kessler- que ya he comentado mi restauración y traducción con nuestro hermano Stepan Losinski y que él ha aprobado mi versión. Según esto, el pergamino empieza con tres líneas, que nos faltan y que probablemente no podrán hallarse porque se trata de un daño mecánico. El desbordamiento de la cuarta línea se inserta con las palabras: «… Padre. Jesús, que dijo de sí mismo que había venido de Dios como maestro, para darnos la señal… Mesías enviado… así yo fui su testimonio… como el Padre ama al Hijo… y la gente admiraba su figura, que medía cuatro varas hasta la coronilla, y su ondeante cabello de color del ébano, mientras que yo crecí pequeño como la mayoría de hombres en Galilea. Para escuchar su voz suave acudían gentes de lejos…»

Al principio callaron los padres y parecía que cada uno rumiase el texto una vez más para sí. Manzoni fue el primero en reaccionar.

–Dios mío -dijo y formuló la pregunta-: ¿Qué cantidad de texto es seguro, qué cantidad ampliado o cuestionable por otros motivos?

–El veinte por ciento es ampliado -respondió el doctor Kessler-, la quinta parte.

–¿Y la descripción de nuestro Señor Jesús?

–Puede darse por segura. Es la parte mejor conservada, puesto que el texto generalmente es mejor al final que al principio. – Kessler entregó a Manzoni el calco del pergamino.

Manzoni devoró el apunte con los ojos. Sus movimientos bruscos, que normalmente eran tan ajenos al profeso como la duda sobre un dogma de la Santa Madre Iglesia, revelaban la tensión interior que lo había apresado.