El quinto evangelio

Philipp Vandenberg · Capítulo 63 de 89

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El quinto evangelio

Capítulo 14

han traído aquí para eliminarte, eso podían haberlo hecho en París. Piensa en Vossius. No, te han traído aquí porque quieren averiguar de ti dónde se encuentra el pergamino. Y mientras no lo sepan y crean que tú podrías darles una pista decisiva, ¡nada tienes que temer!, ¿lo oyes?

–¿Pero qué podemos hacer? Más pronto o más tarde nos harán confesar lo que sabemos. No tienen escrúpulos. ¿Qué debemos hacer? – Kleiber llevaba la desesperación escrita en la cara.

–¡Ante todo no debemos resignarnos a nuestro destino! – replicó Anne, animosa-. Debemos intentar salir de aquí.

–Imposible -observó Kleiber-, se sienten tan seguros, que ni siquiera se molestan en cerrar las puertas de las cárceles.

–Esto es nuestra oportunidad, y es la única.

14

Anne se acercó a Kleiber y la siguiente conversación tuvo lugar únicamente entre susurros:

–Hace días que desde mi ventana observo un teleférico de materiales.

Circula irregularmente y hay acceso libre a la estación de montaña.

–Tú crees… -Kleiber miró a Anne.

–¡Adrián, es nuestra única oportunidad! No deja de ser peligroso, pero he visto que en la góndola de madera incluso se transportan bidones de petróleo. Un bidón de petróleo pesa tanto como tú y yo juntos. Creo que el riesgo de perecer aquí es mayor que el riesgo de la huida.

Kleiber asintió apático y al cabo de un rato de reflexión, que le exigió un evidente esfuerzo, dijo con voz triste:

–Te acompañaría, pero no puede ser. No lo conseguiría. Estas inyecciones paralizan cualquier iniciativa. Inténtalo sola. Tal vez consigas más tarde sacarme de aquí.

En el largo corredor se aproximaban pasos.

–La médico con mi próxima inyección -observó Kleiber desalentado.

La advertencia inquietó a Anne. Bajo ninguna circunstancia se la debía encontrar aquí, de lo contrario todo estaría perdido.

Lo que sucedió en el momento siguiente constituyó más tarde un enigma para Anne. No lo había planeado y, al reflexionar en ello, no podía evitar cierto respeto por sí misma. De otro modo, su comportamiento sólo confirmaba la antigua experiencia de que, cuando se pone a la gente contra la pared o en situaciones desesperadas, es capaz de hacer cosas increíbles.

Así también Anne von Seydlitz: sin pensarlo se colocó detrás de la puerta y esperó hasta que se abriera.

También por detrás Anne la reconoció en seguida: era la doctora pequeña y pesada del dormitorio. Evidentemente había tenido el encargo de captar su confianza. La doctora Sargent llevaba una aguja de inyección en la mano.

Sin pensarlo, Anne agarró una toalla que colgaba de un clavo detrás de la puerta, la echó sobre la mujercilla y tiró de ambos extremos. La mujer lanzó un grito ahogado, su jeringuilla cayó al suelo sin romperse. Con toda la fuerza de que era capaz, la estranguló. Ésta quedó tan sorprendida que no pudo oponer resistencia, y al poco rato cayó al suelo rígida como una tabla.

Adrián había seguido la inesperada escena con los ojos muy abiertos. Sin embargo, ahora que veía a la médico tendida en el suelo, saltó de su cama y acudió en ayuda de Anne. Pero ella rehusó su ayuda y cuchicheó:

–Este monstruo ya no te hará nada.

Sólo cuando Adrián preocupado exclamó:

–¡Detente, que la matas! – recobró Anne la razón y aflojó la toalla del cuello de la doctora. Esta respiraba con dificultad y se ahogaba como un pez fuera del agua. Anne no quería matar a la mujer, pero su rabia, expresión de su instinto de supervivencia, no había desaparecido aún. Anne recogió la inyección y la clavó en el muslo de la mujer.

Kleiber examinaba a Anne sorprendido, como si quisiera decir: jamás te habría creído capaz de esto. Finalmente dijo temeroso:

–¿Qué pasará ahora?

La mujer tendida en el suelo gemía ligeramente. Anne se arrodilló a su lado.

Adrián se acurrucó junto a su cabeza.

–¿Qué sucede después de una tal inyección? – preguntó Anne.

Adrián respiró profundamente. Contestó con dificultad:

–Las primeras dos o tres horas estás flotando como en una nube. Lo captas todo muy lejos, pero eres incapaz de reaccionar. Luego la voluntad deja de obedecerte. Por ejemplo, quieres decir algo, pero no puedes, quieres levantarte, pero tus piernas no te obedecen. Es un estado de total apatía.

Anne reaccionó fríamente.

–Bien -constató secamente-, entonces no tenemos nada que temer de ella, por lo menos en las próximas dos horas.

Kleiber asintió.

–¿Cómo te sientes?