El quinto evangelio

Philipp Vandenberg · Capítulo 64 de 89

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El quinto evangelio

Capítulo 15

–Bastante bien -mintió Kleiber.

Anne cogió los brazos de Adrián:

–Hemos de conseguirlo. Si nos cogen, nos matarán. ¡No tenemos otra salida!, ¿comprendes?

El pulso de Adrián se aceleró. Comprendió que ahora debía estar despabilado y poner en movimiento sus últimas fuerzas. No había tiempo ni de pensar. Confiaba en Anne. Con ella, la huida sería un éxito; estaba seguro.

–¡Ven, agarra ahí! – ordenó Anne cogiendo a la mujercilla por las piernas.

Adrián la agarró por los brazos y de esta manera la colocaron sobre la cama.

La cubrieron de modo que en una rápida mirada desde la puerta pudieran creer que se trataba de Kleiber. Él se puso rápido su propia ropa; Anne se quedó con el pañuelo que le había caído al suelo; luego salieron de la habitación y Anne cogió de la mano a Adrián:

–¡Ven!

15

En sus exploraciones por el laberinto de la ciudad alta, Anne había descubierto desde el primer día el pequeño saliente en el que colgaba la góndola del teleférico de materiales y ya el primer día había tomado en consideración usar este medio de transporte para escapar. Como todas las puertas de Leibethra, el acceso a la estación de montaña no estaba vigilado.

Bidones vacíos, cajas y sacos se apilaban hasta el techo de la estrecha sala esperando ser transportados al valle. ¿Qué podía ser más fácil que colocarse uno de los sacos en la cabeza y camuflados de este modo flotar valle abajo?

Excitado inspeccionó Kleiber la instalación eléctrica, que en comparación con las demás instalaciones técnicas de Leibethra era bastante primitiva: un pesado interruptor manual con un mango de porcelana pasado de moda accionaba el impulso eléctrico, dos flechas indicaban el sentido de la marcha: montaña y valle. La única dificultad, constató Adrián, estribaría en accionar el interruptor y saltar a la góndola -una caja sin tapa colgada de cuatro cadenas- al arrancar ésta; luego, pensó Kleiber, debían desaparecer en sus sacos y mantenerse quietos, pues la góndola se veía desde la ciudad alta. ¿Acaso conocía ella la estación del valle?

Anne esbozó una sonrisa ladina:

–El hombre que me condujo hasta aquí pertenece a los órficos, cosa que yo no sabía. Me lo asignaron desde el principio. Me enteré aquí. Pero cometió un error, en el camino hacia acá me enseñó la estación del valle. Está apartada detrás del puesto de vigilancia en la entrada de la ciudad baja.

Adrián, excitado, agitó los brazos al aire:

–¡Una trampa, eso es una trampa!

–No lo creo -replicó Anne tranquila-, aunque… a esta gente hay que creerla capaz de todo. ¿Tienes miedo?

En vez de contestar, Kleiber se echó en los brazos de Anne. Ella sentía que estaba asustado y, si era sincera, debía reconocer que ella también tenía miedo. ¿Qué sucedería si descubrieran su huida a mitad de camino?

¿Ambos sin esperanza suspendidos entre el cielo y la tierra? Anne no deseaba pensar en ello.

Mientras sostenía en sus brazos a Adrián, se le agolpaban de nuevo aquellos sentimientos estancados que en las últimas semanas había reprimido con éxito. Quería a este hombre… aunque no tenía el valor de confesarle su amor. Menos en esta situación. Fuera empezó a llover. Gruesas gotas golpeaban la cubierta de chapa y del valle subían vapores de niebla

montaña arriba. Anne frunció el ceño y miró escéptica en el valle.

–¡Maldición -susurró-, y encima esto!

–¿Por qué? – contradijo Kleiber-. No podía ocurrimos nada mejor. – Sacó un toldo verde de debajo de los sacos-. De esta manera podemos escondernos debajo del toldo sin levantar sospechas a nadie.

–Tienes razón -respondió Anne, mientras Kleiber, que se había vuelto activo, se ocupaba del interruptor eléctrico.

–Éste es nuestro problema -murmuró Adrián reflexivo.

–¿Cuál? – Anne se le acercó.

–Si acciono el interruptor, la góndola arranca… sin mí.

–Hum… -Anne puso cara pensativa-. ¿Y ahora?

–Tengo una idea -exclamó Kleiber y buscó por el estrecho cuarto.

–¿Qué idea?

–Necesito un trozo de alambre o un cordel resistente.

–¡Aquí! – gritó Anne señalando una cuerda que servía para atar los toldos.

Kleiber cogió la cuerda y ató uno de los cabos al mango del interruptor manual. Luego condujo la cuerda verticalmente hacia abajo, la hizo pasar por el trinquete de la barra de una herramienta y la llevó directamente a la góndola. Anne quedó admirada:

–Es genial. Sí, tiene que funcionar. ¡Sencillamente genial!

Kleiber reía.

–Ya lo veremos. Yo por lo menos no veo ninguna otra posibilidad.

Se levantó viento. Gemía por las rendijas de la estación de montaña y Anne miraba preocupada hacia fuera. Adrián cargó sacos vacíos en la góndola, extendió encima el toldo y dirigió una mirada a Anne. ¡Sube!

–¿Miedo? – preguntó sonriendo para infundir ánimos.

Sin responder, Anne subió a la góndola y se acurrucó debajo del toldo.

Adrián le puso en la mano la cuerda conectada con el interruptor, luego subió él mismo en el basculante vehículo y se acomodó lo mejor que pudo.

Por un momento, ambos guardaron silencio mirando el valle, donde se cernía la tormenta.

Para darse valor a sí misma, dijo Anne:

–En diez minutos, todo habrá terminado.

E, irónico, añadió Kleiber:

–Allá abajo está preparado el comité de recepción. – Luego tiró de la cuerda.

Con un chirrido el mango del interruptor fue hacia abajo y al mismo tiempo la góndola de madera, dando tirones y sacudidas, se puso en movimiento.

Anne y Adrián se colocaron encima la lona dejando sólo una rendija por la que podían divisar el valle. La lluvia arreciaba, crepitaba ruidosamente a través de la lona. Fuertes rachas de viento hacían balancear la góndola y en su miedo Anne apretó la mano de Kleiber. Sería por el efecto aún duradero de las drogas o por haber recobrado su valor, en todo caso él no evidenciaba tener miedo; parecía dispuesto a todo, pues probablemente ya no podía ocurrir nada peor.

No habían recorrido todavía cincuenta metros en su basculante caja, cuando Anne empezó a temblar.

–Ojalá no se caiga -susurró y cerró los ojos. Cuanto más se alejaba la góndola de la estación de montaña, más se balanceaba en todas direcciones, a los lados y de arriba abajo. Una mirada a través de la pared de lluvia a la ciudad colgante de los peñascos que quedaba atrás mostró a Kleiber la enorme extensión de Leibethra, con sus torres y sus construcciones extravagantes, que con este tiempo más parecían el castillo abandonado de Frankenstein que un monasterio.

Entretanto la góndola había llegado a un punto desde donde no se podía ver ni la estación de montaña ni la del valle, de modo que Kleiber apenas podía comprobar si su vehículo seguía bajando. Lo impedía además el fuerte balanceo.

–¡Estamos parados! – gritó Anne que había abierto los ojos por un momento-. ¡Han desconectado!

Kleiber apretó con la mano la boca de Anne.

–¡Sólo lo parece! ¡Estáte tranquila, en unos minutos todo habrá terminado!

– Luego él le colocó su brazo por encima de los hombros. Anne tenía la respiración agitada, sentía náuseas. Incapaz de discurrir con claridad, sólo pensaba: ojalá este viaje horroroso termine pronto. Incluso si hubiesen descubierto su fuga y recogido la góndola… ¡lo importante era tener suelo firme bajo los pies!

En lo que se refería a Adrián Kleiber, él estaba acostumbrado por su profesión a situaciones extremas y entre sus mejores cualidades estaba el amor al riesgo. Pero sobre todo podía demostrárselo a Anne en esta ocasión.

Hacía tiempo que había observado que las ruedas enganchadas al cable seguían moviéndose valle abajo. Sin embargo, la seguridad en que se mecía Kleiber se interrumpió abruptamente.

Ante ellos apareció un poste de sostén y, antes de darse cuenta, la góndola de madera chocó contra el puntal de hierro. La parte encarada al poste, en la que estaba sentado Kleiber, se hizo trizas y arañó el muslo derecho de Adrián, que lanzó un fuerte grito. Instintivamente, cuando vio venir la

desgracia, había atraído hacia sí a Anne para impedir que con el impacto fuera expulsada de la góndola abierta. Esto posiblemente le salvó la vida, ya que ello lo obligó a separarse de la pared exterior. El muslo derecho le dolía y al ponerse la mano al rostro estaba roja de sangre.

–¡Estás herido! – gritó Anne, histérica.

–No tiene importancia -contestó Kleiber con simulada calma. No sabía cómo era la herida en el muslo. Cuando miró a Anne, vio que lloraba con los ojos cerrados. Kleiber no consideró oportuno decir algo. Sólo añoraba el momento en que llegarían a la estación del valle.

Irreal como una aparición mágica, de pronto se presentó ante ellos un cobertizo de madera, una construcción primitiva de tablas con una abertura grande, oscura. Ni Anne ni Adrián tenían la menor idea de cómo detener la góndola.

–Hay que saltar -gritó Adrián-, tenemos que saltar -y estiró a un lado la lona; pero Anne se apoyaba en la parte delantera con la boca muy abierta incapaz de levantarse. La distancia hasta el suelo era ya sólo de unos dos o tres metros, de modo que habría sido posible saltar de esta altura, pero Anne no podía. Adrián la cogía de los hombros intentando arrastrarla hasta el borde de la góndola y gritaba:

–¡Ven, lo conseguirás, seguro que lo conseguirás!

En este momento el vacilante vehículo dio de repente una sacudida. Se percibió un temblor del cable, luego se quedó quieto. Sólo la lluvia tamborileaba sobre el techo de chapa.

Poco a poco cedió la rigidez de Anne y Adrián exploró el cobertizo en el que habían aterrizado. El cuarto se parecía al de la estación de montaña; también aquí estaban apilados sacos, cajas y cartones con víveres. Al parecer no habían notado su fuga; en cualquier caso nadie los esperaba.

Adrián y Anne se miraron a los ojos. Se rieron, una risa liberadora, feliz,