El quinto evangelio
Capítulo 11
el lugar donde se halla el monasterio órfico: Leibethra. Me apunté el extraño nombre porque es difícil de retener, luego lo busqué en los mejores mapas, sin éxito. Incluso las grandes enciclopedias desconocen el lugar.
Finalmente lo encontré en un vetusto diccionario de la antigüedad clásica.
Allí se podía leer que Leibethra era un lugar situado al pie del Olimpo en la región macedónica de Priteria, y según diversas tradiciones parece que en este lugar Orfeo nació, murió o fue enterrado. Los habitantes de Leibethra eran tenidos desde antiguo por proverbialmente idiotas.
Dirigiéndose a Kleiber, Anne manifestó:
–Grecia no está fuera del mundo. Si todavía queda una posibilidad… -
Mientras, una y otra vez fijaba la mirada en la fotografía.
11
Más tarde, después que Anne y Adrián se hubieran despedido de los Brandon, a cuyo efecto tuvieron que prometerles que les comunicarían todas las novedades sobre el caso Vossius, más tarde pues, en el viaje de regreso a su hotel, los pensamientos de Anne giraban todavía en torno a la fotografía, y Kleiber preguntó por el motivo de su silencio, y como Anne no contestase o no quisiese contestar, manifestó más para provocar a Anne que por convencimiento:
–Liz y Gary Brandon tampoco nos lo han dicho todo, como Aurelia Vossius.
Anne lo contradijo enérgicamente.
–Creo que los Brandon nos han dicho todo lo que saben. Están interesados personalmente en el caso, de lo contrario (a diferencia de la señora Vossius)
no nos habrían pedido que les mantuviésemos informados de su desarrollo.
Tengo la impresión de que la historia les ha afectado mucho.
–Aunque Brandon debería estar contento de que Vossius inesperadamente le hubiese dejado libre el puesto. Tienen que haber sido buenos amigos.
–Sólo que la mujer de la fotografía, la querida de Vossius…
–Hablaban con cierto respeto de ella, más por admiración que por afecto. Si realmente fue asignada por los órficos a Vossius, entonces el caso adquiriría una nueva dimensión. Se convertiría poco menos que en un asunto de espionaje.
Esto no quiso admitirlo Anne.
–Parece que se te dispara la fantasía -dijo con un deje de burla en la voz para volverse seria en seguida-: Ciñámonos a los hechos.
–¡Hechos, hechos! – rugió Adrián como si Anne lo hubiera herido en lo más íntimo-. Los hechos en esta historia son más disparatados de lo que habría podido imaginar la desbordante fantasía de un poeta.
Anne asintió y calló como disculpándose. Al llegar frente al hotel, donde Adrián aparcó el automóvil, Anne propuso dar un paseo. El sol estaba bajo sobre la Bay, y el agua del mar verdeazulada centelleaba y brillaba en mil chispas blancas. De las ventanas traseras del chiringuito flotante de pescado en la B-Street-Pier salía un humo apestoso a aceite quemado, y vendedores ambulantes del México vecino, colocados detrás de sus tenderetes de cartón piedra, apremiaban a los paseantes con frases graciosas a cambiar de camisa o de pantalones, que ellos tenían una cosa y la otra.
–Casi no me atrevo a decirlo -empezó Anne reticente, mientras tomaban el camino hacia el norte, donde el tráfico era más tranquilo-, pero no puedo quitarme de la cabeza a la mujer de la fotografía.
–¿La querida de Vossius?
–Sí, la querida de Vossius.
–¿Qué pasa con ella? – Kleiber cerró el paso a Anne y la miró a los ojos.
Anne daba la impresión de estar desconcertada.
–Ya te dije -comenzó vacilante- que buscando a la mujer que estaba con Guido en el momento del accidente estuve en casa de Donat…
–…el hombre que de repente se esfumó.
–El mismo. El hombre, ese Donat, tenía una mujer inválida de medio cuerpo, estaba sentada en una silla de ruedas y no podía mover ningún miembro de su cuerpo, solamente la cabeza.
–Qué pasa con esta mujer, ¡dilo ya!
–Creo que esa mujer de la silla de ruedas es la mujer de la fotografía en casa de los Brandon, la querida de Vossius.
Kleiber se separó de Anne, dio dos pasos hacia el malecón y miró las danzantes olas. Se esforzaba inútilmente por ordenar el estado de cosas hasta donde era posible con los conocimientos actuales, inútilmente, como se ha dicho.
–Así pues, Brandon nos ha ocultado algo.
–Él no sabía que yo había tenido un extraño encuentro con Hanna Donat.
–O lo sabía y tenía motivos para ocultar la verdadera identidad de ella.
–Tonterías -replicó Anne con aspereza-, entonces habría dado cualquier otro nombre.
–Sólo dijo el nombre, Hanna.