El quinto evangelio

Philipp Vandenberg · Capítulo 72 de 89

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El quinto evangelio

Capítulo 7

en el Foro, probablemente se la metió en el bolsillo creyendo que era suya.

Aunque la fotografía estaba arrugada como un bolso de la compra, se podían reconocer los detalles y Kessler empezó instintivamente a escribir uno debajo de otro en una hoja los símbolos del botín de guerra, primero en su lengua materna, luego al lado en latín.

Éste fue aproximadamente el resultado:

Jofaina Balnea

Cordero Agnus

Rama Ramus

Alce Alces

Estandarte Bellicum

Yunta Bigae

Pato Anas

Espiga Spica

Luego leyó las iniciales de las palabras latinas: BARABBAS.

–¡Gran Dios! – se le escapó a Kessler. Con este nombre se topó precisamente en un fragmento del texto del quinto evangelio: ¡Barabbas!

Por la Santísima Trinidad, ¿qué misterio se ocultaba detrás de este nombre?

7

Al día siguiente en la Gregoriana, Kessler sólo estaba concentrado a medias en su trabajo. Desde el atentado parecía distraído; aun cuando no quería admitirlo, tenía miedo.

Manzoni parecía cambiado desde la muerte de Losinski. Cierto que nunca le había gustado el polaco, pero la moral cristiana imponía hablar de él con un sentimiento de compasión; sin embargo Manzoni veía en el asesinato de Losinski más bien un problema de organización relativo a la tarea del pergamino copto.

A Kessler le pareció que Manzoni le había entregado con toda intención un fragmento que casi no daba oportunidad de trabajarlo debido a su estado defectuoso. No más grande que la palma de la mano, tenía tantos agujeros como un pedazo de tela apolillada. Ni una palabra se unía a la otra… una empresa inútil.

Varias veces al día se encontraban las miradas de ambos hombres, sin que ninguno dijera una palabra. Parecía como si hubiesen aceptado en silencio su enemistad. Y mientras Kessler se contemplaba las manos, pensaba cómo podría coger a Manzoni. Manzoni, cuyo principal cometido era pasearse entre las hileras de traductores como un maestro de escuela y discutir aquí y allá sobre algún pasaje del texto, reflejaba, cada vez que pasaba junto a Kessler, cierta alegría maliciosa en sus ojos, que no podía pasar inadvertida a los demás y a él le irritaba hasta en la sangre.

Y de repente -no había querido pero sin duda era una manifestación de su furor-, Kessler gritó por encima de dos o tres mesas a Manzoni:

–Diga, professore, ¿quién es realmente este Barabbas?

En la sala se hizo un silencio de muerte. Todos los ojos se dirigieron a Manzoni, quien, como si quisiera abalanzarse sobre el desvergonzado gritón, fue rápidamente con la cabeza roja al encuentro de Kessler, se

inclinó y desconcertado miró fijamente el agujereado trozo de pergamino.

La pregunta pendía en la sala como una frase blasfema de Karl Marx, aunque Kessler sólo había hecho una pregunta.

Primero examinó Manzoni el pergamino, luego la expresión de la cara de Kessler, finalmente le ordenó:

–¡Muéstreme el pasaje! ¿Dónde se ha tropezado con Barabbas?

Kessler reía irónicamente porque notaba que había tenido éxito con su provocación y por ello retrasaba la respuesta. En esto comprendió que Manzoni debía conocer al menos tan bien el texto que tenía ante sí, que le sorprendió la alusión al nombre. Kessler se enfureció: ¿para qué entonces tenía que esforzarse con este fragmento?

–Le he preguntado algo, hermano en Cristo -susurró Manzoni en voz baja.

La situación, sobre todo que el resto de los hermanos estuviese oyendo, le resultaba extremamente desagradable. Por esto se colocó muy cerca de Kessler, para que éste hablara lo más bajo posible. Pero Kessler no se dejó amilanar y respondió en voz más alta de lo necesario:

–Monsignore, primero le hice yo una pregunta. ¿Por qué no contesta?

Evidentemente, el profeso no había contado con tanto desparpajo en la boca del joven jesuita. Carraspeaba inseguro y miraba nervioso a su alrededor, después sacó un pañuelo blanco y lo pasó por su cuello (un gesto que servía para ganar tiempo).

–¿Barabbas? – dijo finalmente con simulada calma-. No entiendo su pregunta, Barabbas es el autor de este escrito. ¡Usted lo sabe!

Kessler no cedió:

–Ésta no es mi pregunta, monsignore. Lo que quiero saber es: ¿quién se oculta detrás de este nombre?