Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 10 de 43

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Fabricante de lágrimas

9. Rosas y espinas

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Rosas y espinas

¿Sabes qué es lo que hace bellas a las rosas?

Las espinas.

No hay nada más espléndido

que algo que no puedes estrechar entre tus dedos.

Un desfallecimiento debido el calor y la emoción.

La sensación de que iba a desmayarme.

De este modo había explicado lo que me sucedió en el centro comercial, ocultando mis reacciones como mejor pude.

Había tratado de mantener a raya la señal de alarma que me había enviado mi cuerpo, conteniéndome con todas mis fuerzas y, después de pasarme mucho rato tranquilizándola, Anna me creyó por fin.

Descubrí que no me gustaba mentirle, pero no podía hacer otra cosa. La mera idea de decirle la verdad me producía un malestar nauseabundo que me cortaba la respiración. No podía hacerlo y punto.

No podía decirle lo que me había causado aquellas sensaciones, porque venían de unas profundidades en las que ni siquiera yo habría querido adentrarme.

—¿Nica? —oí que me llamaban el lunes por la mañana.

Anna estaba en el umbral. Con sus ojos siempre límpidos como pedazos

de cielo. Una parte de mí deseaba que nunca más me viera como me vio aquella tarde.

—¿Qué estás buscando? —me preguntó, al verme revolver en el escritorio. Sabía que había dado por cierto lo que le dije, pero eso no le impedía preocuparse por mí.

—Oh nada, solo es… una foto —murmuré mientras se acercaba—. El otro día mi amiga me dio una y no logro encontrarla.

No podía dar crédito. ¿Billie acababa de regalármela y yo la había perdido?

—¿Has mirado en la mesa de la cocina?

Asentí mientras me recogía el pelo detrás de la oreja.

—Ya verás como la encuentras. Estoy segura de que no se ha perdido.

Inclinó el rostro, me recolocó el pelo sobre la clavícula y lo peinó con los dedos. Cuando me miró a los ojos, una chispa de afecto prendió en mi pecho.

—Tengo una cosa para ti.

Y, de pronto, plantó una cajita bajo mi nariz.

En cuanto reaccioné, observé el envoltorio de cartón sin saber qué decir.

Cuando lo abrí, no daba crédito a lo que estaban viendo mis ojos.

—Y sé que tiene sus años —comentó Anna mientras yo lo sacaba fuera de la caja—, desde luego, no es el último modelo, pero… verás, así siempre podré saber dónde estáis Rigel y tú. A él también le he dado uno.

Un móvil. Anna me estaba regalando un móvil. Me lo quedé mirando, sin saber qué decir.

—Ya tiene tarjeta y mi número está guardado en los contactos —me explicó con su voz serena—. Siempre estoy localizable. También te he puesto el número de Norman.

No era capaz de expresar lo que sentía en ese momento, sosteniendo entre mis dedos algo tan importante.

Me vinieron a la cabeza todas las veces que había fantaseado con

intercambiarme el número con una amiga o de oírlo sonar en cualquier parte, consciente de que alguien me estaba buscando y quería hablar precisamente conmigo…

—Anna, yo… La verdad, no sé… —farfullé. La miré encantada, rebosante de gratitud—. Gracias…

Me parecía surrealista. Yo, que nunca había tenido nada mío, aparte de aquel muñeco en forma de oruga…

¿Por qué Anna se tomaba tantas molestias conmigo? ¿Por qué me regalaba vestidos, ropa interior y objetos tan perdurables? Sabía que no debía hacerme ilusiones, sabía que aún no había nada definitivo… y, sin embargo, no podía hacer otra cosa más que esperar.

Esperar que ella quisiera tenerme consigo.

Esperar que pudiéramos estar juntas, que se estuviera encariñando conmigo del mismo modo que yo con ella…

—Ya sé que las chicas de tu edad tienen móviles de última generación, pero…

—Es perfecto —susurré, aferrándome a todo lo que significaba aquel gesto—. Es absolutamente perfecto, Anna. Gracias.

Ella sonrió con un punto de ternura y me puso la mano en el pelo. Y al instante noté un calorcillo en el corazón.

—Ah, Nica… ¿Por qué no te pones la ropa que compramos? —me preguntó un poco decepcionada—. ¿Es que no te gusta?

—No es eso —respondí al instante—. Al contrario… ¡Me gusta muchísimo!

En realidad, me gustaba demasiado.

En cuanto la ponía al lado de mis viejos vestidos, no era capaz de verlo todo junto en el mismo cajón. Así que la había dejado en las bolsas, ordenada y conservada como si las prendas fueran reliquias.

—Solo esperaba el momento adecuado para ponérmela. No quería estropearla sin motivo —murmuré con un hilo de voz.

—Pero son prendas de vestir —me hizo notar Anna—, están hechas para ser usadas. ¿No te gustaría ponerte todos esos calcetines de colores que elegimos juntas?

Asentí convencida, sintiéndome un poco como una niña.

—Entonces ¿a qué esperas? Me acarició y yo bajé el rostro.

Me acababa de dar otro poco de ella y yo solo podía sentirme feliz por haber tenido aquella conversación en la que Anna, una vez más, me regalaba gotas de una normalidad con la que siempre había soñado.

Aquella mañana fui sola a la escuela.

Había tardado en arreglarme y no hacía falta ver el pomo del perchero vacío para saber que Rigel no me había esperado.

Mejor así. Después de todo, me había prometido a mí misma una vez más que me mantendría alejada de él. Cuando Billie me habló del Garden Day, el viernes anterior, me había imaginado un día marcadamente romántico.

Siempre había pensado que San Valentín era una festividad íntima y discreta, que no precisaba de grandes actos, porque en el fondo el amor se encuentra en los gestos más ocultos.

Y no podía estar más equivocada.

El patio estaba atestado como un hormiguero. El aire estaba cargado de una atmósfera efervescente y casi eléctrica que hacía que todos estuvieran inquietos como saltamontes.

Por todas partes, rosas amarillas, rojas, azules y blancas componían un abigarrado mosaico. Todas eran muy llamativas, no tenían ni una espina y estaban cargadas de significado.

Algunos estudiantes se paseaban con cestas repletas de ramos y leían las tarjetas que colgaban de cada flor. Cuando se acercaban a un grupo de chicas, todas contenían la respiración y estallaban en un griterío cuando la elegida recibía la suya. Entretanto, las demás ocultaban muecas de

decepción o suspiros de trepidante espera.

Procuré acceder a la entrada sin tener que acabar en medio de una gran escena. No podía más que estar de acuerdo con Billie: era el día del drama.

Había chicas intercambiándose flores de color rosa, símbolo de su amistad, mientras otras las señalaban ofendidas; también novias celosas que acusaban a sus chicos de haber enviado en secreto rosas escarlata a esta y a la otra, llegando incluso a olvidarse de darles las gracias por las flores que llevaban en la mano.

Reconocí a un compañero de clase; echó a correr hacia una chica con la piel de color chocolate, la abrazó por detrás y le plantó delante de la nariz una flor que la hizo sonreír.

Los observé con ternura, antes de chocar de espaldas con una animadora cabreada, por decirlo suavemente.

—¿De color rosa? ¿De color rosa? ¿Después de todo lo que hemos hecho, eso es lo que soy para ti? ¿Solo una amiga? —le rugía a un tipo con buena planta que se rascaba la cabeza, consciente de que estaba en un buen aprieto.

—Bueno… Verás, Karen… En cierto sentido…

—¡Pues ya puedes meterte nuestra amistad por donde te quepa, imbécil!

—exclamó ella, arrojándole la flor a la cara, tras lo cual yo me esfumé de allí, con los ojos como platos y un poco intimidada.

A lo lejos distinguí una melena rizada de un rubio inconfundible.

—¡Eh, Billie! —gritaba yo mientras avanzaba en su dirección—.

Disculpa, paso, por favor…

Se le iluminó el rostro cuando por poco no acabo cayéndome delante de sus narices.

—¡Nica, llegas en el momento justo! ¡Los dramas acaban de comenzar!

Vi a Miki metiendo en su taquilla dos rosas de un bonito color rojo brillante.

—Odio este día —masculló con aire de funeral mientras las arrojaba

dentro de mala gana.

—Buenos días, Miki —la saludé afectuosa. Ella me miró distraída, como hacía todas las mañanas, pero esta vez capté cierta delicadeza en sus ojos.

—Ya han caído dos rosas y la jornada aún no ha empezado —la provocó Billie mientras yo abría mi taquilla—. Apuesto a que llegarán más… ¿Tú que dices, Nica?

Me dio un toque con el codo, se volvió hacia mí y me dedicó una mirada radiante.

—¡Vaya, qué colorida vienes hoy! —observó, examinándome de arriba abajo.

Pellizqué las mangas de la blusa que llevaba puesta. Y me dio por sonreír, contenta por no llevar encima todo aquel gris.

—Anna me ha comprado un montón de cosas nuevas —respondí, y vi que Miki me echaba un vistazo.

—¡Oh, me encantan todos estos colores! Quién sabe, a lo mejor tú también recibirás una bonita rosa de color «rojo vivo».

—Vamos a clase —masculló Miki, con una energía que no solía desplegar a primera hora de la mañana—. ¡Si vuelvo a oír una sola palabra más, te juro que te…! ¡Eh! ¡Suelta eso enseguida!

Juguetona, Billie se zafó de su perseguidora y, antes de que pudiera darme cuenta, alargó velozmente una mano y también se hizo con el candado de mi taquilla.

—¡Ahora los tengo yo! ¡Ah! —exclamó victoriosa—. ¡Adelante! ¡Por el Garden Day, lo que haga falta!

—Tú no quieres morir, ¿verdad? —siseó Miki con los ojos en llamas.

—¡Vamos! ¡Solo estoy animando a algún que otro tímido admirador!

Cualquiera sabe la de flores que podríais encontraros al terminar las clases…

—Estaba equivocada. Sí que quieres tener un final atroz.

La vivaz carcajada de Billie aún me llenaba los oídos cuando noté una

presencia inconfundible frente a la secretaría, una figura que magnetizó mis ojos.

Rigel salió por la puerta y enfiló el pasillo.

Caminó entre la gente, que se apartaba a su paso como el agua, mirando con firmeza hacia delante.

Lo seguí con la mirada sin darme cuenta. Siempre irradiaba esa seguridad despectiva, como si fuera consciente del mundo y al mismo tiempo lo ignorase deliberadamente. Sabía cómo atraer las miradas, pero no las correspondía. No le interesaba nadie y, sin embargo, parecía reafirmarse sobre todos los demás.

Cuando se detuvo frente a la puerta de su taquilla, me fijé en el gran tallo verde que había encajado en el pasador.

Contuve la respiración.

Era de una espléndida rosa blanca.

Alguien se la había dejado allí con la esperanza de que la cogiera.

Era bellísima. La observé enmudecida, pero Rigel abrió el candado y la rosa cayó al suelo.

Se perdió entre el polvo y los envoltorios de chicle cuando él se marchó sin ni siquiera mirarla.

—No la ha cogido —sentí que musitaba alguna chica—. ¡Y tampoco ha cogido la suya!

Me volví para ver quiénes eran, un poco descolocada, y vi que lo seguían con ojos ávidos.

—Ya te he dicho que no ha aceptado la de Susy —dijo una de las dos—.

Se la ha llevado en persona… Estaba segura de que se la cogería, pero ha pasado de largo y ha seguido su camino.

—A lo mejor tiene novia.

Me obligué a dejar de escucharlas. Me perturbaba oír hablar de él en aquellos términos. Todas lo deseaban ardientemente como si fuera inalcanzable, el príncipe negro de un cuento sin nombre. Después de todo,

Rigel poseía una rara belleza, sutil como la hoja de un cuchillo e igualmente letal. Y, hasta cuando se marchaba, dejaba tras de sí un reguero de cuchicheos.

—Me voy a clase —murmuré, tratando de alejar aquel peso que me oprimía el pecho.

No sabía por qué, pero no me gustaba.

Y la idea de descubrir el motivo…

Aún me gustaba menos.

La jornada transcurrió con una rapidez apabullante.

En mitad de una clase, dos miembros de la comisión llamaron a la puerta.

Entraron con sus cestas de mimbre, luciendo en sus rostros las melifluas sonrisas de quienes prodigan alegrías y llantos con un simple gesto de su mano.

Me quedé asombrada al ver a una chica recibiendo una rarísima rosa azul.

—Es fácil deducir quién se la ha enviado —susurró Billie a mi lado—. El azul representa la sabiduría. Alguien siente admiración por su ingenio, desde luego no es una tonalidad que regalaría un energúmeno del equipo…

¡Mira de qué color se ha puesto Jimmy Nut!

Vi que mi compañero se escondía tras el libro de Historia y sonreí.

Después, un miembro del comité se detuvo delante de nosotras.

Sorprendida, vi que leía el nombre en una tarjeta; separó una flor de las demás y nos la acercó, mientras yo ponía los ojos como platos.

Me volví hacia Billie. Ella estaba a mi lado y me sonrió tranquila.

—¿Es para mí? —dijo simplemente.

El chico asintió y Billie cogió la rosa.

—Es blanca —constaté, radiante—. ¿No es el símbolo del amor puro?

—La recibo todos los años —me confesó con ternura—. Nunca recibo

flores. De hecho, prácticamente nadie me las ha regalado nunca…, pero todos los Garden Day me llega esta. —Le dio la vuelta con delicadeza, admirándola—. Siempre es blanca… Cada año. Una vez vi la sombra de un chico junto a mi taquilla…, pero no he logrado descubrir quién me la envía.

Percibí un suave rubor en sus mejillas y entonces comprendí por qué el Garden Day le gustaba tanto.

—Debes ponerla en agua —le dije sonriéndole afectuosamente—.

Después de clase te acompañaré.

Cuando salimos del aula, al final de la jornada, Billie seguía llevando la flor en la mano.

—Se está poniendo triste —me dijo sonriente—. ¡Mira!

—Ya recobrará la frescura. —Observé los pétalos un poco mustios—.

Vamos a la fuente.

No hace falta decir que la fuente en cuestión estaba más concurrida que una pileta para gorriones, había una larga fila chicas que exhibían con orgullo sus flores y presumían ante sus vecinas.

—Hay un grifo detrás del patio —propuso Billie—, acabaremos antes.

Dimos media vuelta para desplazarnos a contracorriente.

Mientras nos dirigíamos a la parte trasera de la escuela, Billie retomó la charla, muy animada.

—Por cierto, ¿y mi foto? ¿La tienes? —me preguntó contenta.

Se me hizo un nudo en el estómago.

La idea de haberla perdido me mortificaba. Billie había compartido su pasión conmigo y yo había apreciado mucho su regalo, pero había extraviado la foto sin saber cómo. No quería que pensase que me importaba poco, así que me vi en el trance de tener que mentir de nuevo.

—Sí —dije tragando saliva.

Al verla sonreír de aquel modo, me prometí que, cuando volviera a casa, la buscaría hasta encontrarla. No podía haberse volatilizado. No podía haberla perdido de verdad…

Llegamos a la parte de atrás, donde había una superficie de cemento con una canasta junto a la valla; el grifo estaba justo al lado.

—¡Espera! —Billie se dio una palmada en la frente—. ¡Me he dejado la botella en clase! Abrió mucho los ojos y añadió—: ¡Esperemos que el conserje no haya llegado aún!

Se marchó corriendo mientras me prometía que solo tardaría un instante.

De nuevo a solas con mis pensamientos, no podía dejar de pensar dónde estaría la foto…

De pronto, un ruido me sobresaltó.

Oí un sonido de pasos, pero no distinguía su procedencia.

Me fijé en las ventanas que daban a las aulas de la planta baja, una estaba abierta.

—No me sorprende encontrarte aquí.

Me quedé helada al instante.

Aquella voz.

No podría describir la sensación que me provocó oírla tan cerca. Era como si estuviera a mi lado, con sus ojos negros y su explosivo encanto.

Me hice a un lado, con el cuerpo en tensión, y pude confirmar mi primera impresión. Rigel estaba allí, en la clase.

Seguía sentado, como si se hubiera quedado rezagado leyendo un último párrafo. Estaba guardando el libro en la mochila, y junto a él, de espaldas, distinguí una cascada de pelo reluciente.

La reconocí de inmediato. Era la chica que había cerrado la puerta del aula de música el día que él estaba tocando. Lo menos que puede decirse de ella es que era muy atractiva. Su cuerpo esbelto y sus formas sinuosas le conferían el aspecto de un hada. Estaba de pie, junto a su pupitre, y me fijé en que llevaba las manos muy cuidadas, con las uñas pintadas de un color claro; eran delicadas y perfectas, totalmente distintas de las mías, que estaban llenas de arañazos y tiritas. Y sus largos dedos sostenían…

Una rosa roja.

—¿Acaso esperas que la coja? —le preguntó Rigel, indiferente, con un matiz burlón en la voz. No llevaba ni un pelo fuera de lugar, pero en su mirada prevalecía aquel fulgor intimidante capaz de someter a cualquiera.

—Pues… sería amable.

Aquel susurro me produjo un efecto extraño: me molestó. Rigel cerró la cremallera de su mochila y se levantó de la silla.

—Yo no soy amable.

Pasó por su lado y se dirigió hacia el pasillo, pero ella alargó la mano y lo retuvo sujetándole la correa de la mochila.

—¿Y entonces qué eres? —preguntó, tratando de llamar su atención.

Él, por el contrario, no le hizo caso y ni siquiera se dignó a darse la vuelta.

Entonces ella se aventuró a dar un paso hacia delante y se acercó más a sus anchas espaldas.

—Me gustaría conocerte. Lo estoy deseando desde el primer día que te vi, sentado al piano —dijo con voz suave, logrando que Rigel se volviera lentamente—. Me encantaría que nos conociéramos más a fondo…

La chica levantó la rosa y lo miró directamente a los ojos.

—Podrías cogerla… y contarme algo de ti. Hay tantas cosas que todavía no sé, Rigel Wilde… —insinuó con voz seductora—. Por ejemplo, ¿qué clase de tipo eres?

Rigel no siguió avanzando hacia la puerta.

Se quedó mirando la rosa, con la negra cabellera enmarcando su rostro perfecto y sus facciones esculturales. Entonces volví a fijarme en sus ojos…

y no había el menor brillo en ellos.

Se mostraban impasibles. Insensibles. Dos muros de diamante privados de la menor emoción.

Lucían vacíos, fríos, remotos, como estrellas muertas. La miró. Y entendí que estaba a punto de mostrar su máscara.

Rigel alzó la comisura del labio… y sonrió. Sonrió como solía hacer,

persuasivo, como un animal malévolo.

Aquella sonrisa sesgada te cortaba la respiración, te envenenaba con su perversidad, te embelesaba con su poder de seducción. Era la sonrisa propia de alguien que no permitía que nadie se le acercara.

Alzó la mano y la cerró alrededor de la flor, sin dejar de mirar a la chica.

Empezó a apretar y las yemas de sus dedos se clavaron lentamente en la corola hasta desintegrarla. Fragmentos de pétalos se derramaron a sus pies como un puñado de mariposas muertas.

—Soy un tipo complicado —dijo con voz sibilante en respuesta a su pregunta. Aquel timbre de voz tan bajo y tan ronco me llegó a través del aire, provocándome un escalofrío que me recorrió toda la espina dorsal.

Finalmente, dio media vuelta de nuevo y se marchó. Sus pasos se desvanecieron más allá de la puerta.

Pero yo lo sentí. Como si aún estuviera allí.

Su voz había excavado un sendero dentro de mí.

Flotaba en el ambiente como una pálida impresión, violenta y silenciosa.

Me llevé un buen sobresalto cuando una mano me tocó la espalda. Me volví de golpe y Billie me miró confusa.

—¿Te he asustado? —me preguntó entre risas—. He encontrado la botellita. ¡Me ha costado una discusión con el conserje, pero al final he logrado hacerme con ella! —Me la mostró victoriosa y yo la miré casi sin verla.

La llenamos con agua del grifo y volvimos sobre nuestros pasos. Bil lie me hablaba, pero yo no era capaz de prestarle atención.

Seguía pensando en Rigel.

En la máscara de pulcra cortesía tras la que se ocultaba.

En su sonrisa cínica e insolente, como si aquella tentativa de ahondar en su interior le hubiera divertido y compadecido.

¿Cómo lo hacía? ¿Cómo podía hechizarte de ese modo? ¿Cómo podía someter tu voluntad con su mirada e infundirte temor al cabo de un

instante?

¿De qué estaba hecho Rigel? ¿De carne o de pesadillas?

Billie localizó a Miki entre la multitud y corrió a su encuentro, radiante como un girasol.

—¡Miki! ¡Mira! ¡Este año también!

Miki miró por encima la rosa, harta de aquella jornada, y Billie sonrió.

—¿Has visto? ¡Es blanca!

—Como todas las otras veces… —masculló su amiga mientras abría la taquilla. Una de las rosas se cayó y ella se esforzó en no darle importancia, empotrando los libros en aquel revoltijo de papeles y flores.

Billie se agachó a recogerla y se la devolvió con una sonrisa. Miki se quedó inmóvil. Miró a Billie un instante mientras cogía lentamente la flor de la mano de su amiga. Le echó un último vistazo a la rosa y la arrojó a la taquilla junto con todo lo demás.

—Hum… ¿No crees que le he puesto mucha agua? ¿No será demasiada?

¿Y si la ahogo? Nica, ¿a ti qué te parece? —preguntó Billie, volviéndose hacia mí, y yo le respondí que sin duda las flores podían hacer cosas sorprendentes, pero ahogarse no era una de ellas.

—¿Estás segura? —insistió—. No quisiera estropearla, se ve tan delicada…

—Disculpa… —intervino de pronto una voz.

Un chico se encontraba de pie, detrás de Miki, y parecía no ser consciente en absoluto de que estaba sosteniendo un artefacto de color rojo brillante.

—¿Disculpa? —sonrió, seguro de sí mismo, y Billie y yo nos lo quedamos mirando mientras insistía dándole golpecitos en el hombro a Miki.

Pero se puso pálido de repente cuando Miki se volvió echando fuego por los ojos.

—¿Qué narices quieres? —bramó la chica, tan amable como un toro

furioso, echando por tierra cualquier buen propósito.

—Yo solo quería… —El chico parecía estar en apuros. Toqueteó la rosa y la mirada de Miki se volvió aún más punzante.

—¿Qué?

—N… no… nada —se apresuró a desdecirse, ocultando la flor tras la espalda. Esbozó una sonrisa nerviosa y salió por piernas como un alma en pena.

Se hizo un instante de silencio mientras observábamos cómo se alejaba.

—Una cosa sí que hay que reconocer —resonó en el aire la voz de Billie al cabo de un instante—: eres capaz de inspirarle deseo sexual hasta al más pintado.

Miki alzó las manos y Billie lanzó un cómico gritito.

Volvieron a enzarzarse en una animada discusión, retorciéndose como serpientes de río; entretanto, abrí mi taquilla reprimiendo una sonrisa.

Y al cabo de un instante…

El mundo se detuvo.

Se me apagó la sonrisa y todo el ruido reinante fue engullido de pronto por aquella puerta abierta, como si lo hubiera devorado un agujero negro.

Y así era.

Negra.

Negra como una noche sin luna.

Negra como jamás me hubiera imaginado que pudiera llegar a ser algo tan delicado.

Negra como la tinta.

Aunque estaba demasiado alterada para poder respirar, introduje la mano y la saqué de aquella jaula de metal. La rosa negra emergió como un moretón bajo mis ojos, hirsuta y salvaje, con sus pétalos impregnados de trágico encanto.

No era una flor simple e inocua como las demás. No, su tallo tachonado de espinas se enredó en mis tiritas y dentelleó mis protecciones.

La miré como si en realidad no fuera real.

Y esta vez no tuve dudas. Sino una absoluta certeza.

El corazón me latía con fuerza y una especie de mecanismo estalló al fondo de mi cerebro. Caí en la cuenta de algo que debí haber comprendido hacía tiempo; los libros rodaron por el suelo mientras retrocedía, las espinas se me clavaban en los dedos.

Yo no había perdido la foto.

Nunca la perdí.

Y, cuanto más segura estaba de ello, más se me clavaba aquella rosa en los dedos, venciendo cualquier sombra de indecisión.

Di media vuelta y eché a correr.

El mundo me parecía desenfocado mientras atravesaba el pasillo y luego el patio y las puertas exteriores, animada por un impulso irrefrenable.

La gente miraba desconcertada la flor que llevaba en la mano, los murmullos se multiplicaban a mi paso: «Es negra…», exclamaban. «Nunca habíamos visto una rosa negra…». Y las chicas comentaban impresionadas:

«¡Qué hermosa es!».

«Pero es negra, negra, negra», retumbaba en mi mente mientras corría hacia casa sin mirar atrás.

Introduje a toda prisa la llave en la cerradura, dejé la mochila en las escaleras y la chaqueta en el último peldaño. Y, entonces, mi avance se detuvo allí, frente a aquella única puerta.

La rosa me arañaba la carne de las manos como si me resultase imposible soltarla, con todas sus espinas clavadas en las costuras de las tiritas.

Como si fuera la prueba. La materialización de aquella duda que ahora gritaba su nombre.

Por muy desquiciado, insensato, ilógico y absurdo que fuera…

¿Había sido él? ¿Él me había robado la fotografía?

«No entres en mi habitación», me había dicho.

En un arrebato, empuñé el tirador y entré.

Sabía que él no estaba porque por las tardes cumplía el castigo. Cerré la puerta a mi espalda y eché un vistazo alrededor.

Observé aquel ambiente desconocido. Todo estaba puesto en su lugar de forma precisa: las cortinas extendidas, la cama hecha.

No me pasó por alto el orden casi sintético que reinaba en aquella habitación. Parecía como si Rigel nunca hubiera dormido allí, aunque sus libros estuvieran en la mesilla y su ropa en los cajones.

Aunque pasara la mayor parte de su tiempo entre aquellas paredes.

No.

Tragué saliva.

Aquella era su habitación.

Rigel dormía allí, estudiaba allí, se vestía allí. La camiseta que había en el respaldo de la silla era de Rigel, la toalla que despuntaba en el armario era de Rigel, también eran suyos aquellos cuadernos que descansaban sobre el escritorio, abigarrados de su elegante caligrafía.

El perfume que percibía en el aire era de Rigel

Me embargó una extraña sensación de malestar. Las espinas parecían abrirse camino a través de las tiritas, recordándome que debía apresurarme.

Avancé con cautela, acercándome al escritorio. Escarbé entre los papeles amontonados, aparté algunos libros, después miré en el armario, en la cajonera, incluso en los bolsillos de las chaquetas.

Lo registré todo, con cuidado de volver a dejarlo en el mismo sitio.

Busqué en todos los cajones de la cómoda, que estaban medio vacíos, pero la foto no se encontraba allí.

No estaba…

Me detuve en el centro de la habitación y me pasé la mano por la frente.

Ya había mirado en todas partes.

Un momento, no. En todas partes, no…

Me giré hacia la cama. Observé la almohada, el borde de la sábana, perfectamente alineado; las esquinas remetidas, sin un solo pliegue ni

arruga fuera de lugar. Y finalmente, el colchón.

Me acordé de la de veces que había escondido bajo los muelles las onzas de chocolate que nos daban durante las visitas, para comérmelas cuando nadie me viera. Me acordé de los palitos de los polos que guardaba allí para que la directora no los encontrara…

Tendría que haberlo oído.

Tal vez, si no hubiera introducido una mano bajo el colchón para levantarlo, me habría percatado antes.

Tal vez, si no hubiera sujetado la rosa entre mis dedos con tanta fuerza, hubiera percibido el frío helado que precedió a aquellas palabras.

—Te había dicho que no entraras en mi habitación.

De pronto, me precipité en la más negra de las realidades.

Había caído en la trampa.

Paralizada, mis ojos retrocedieron hasta encontrarse con los suyos.

Rigel estaba allí, delante de la puerta abierta, sombrío e impenetrable como solo él sabía serlo.

Apabullante. No sabría definirlo de otro modo.

Sus pupilas eran como clavos que se hundían en mi carne. Sus ojos negros, almendrados, felinos, brillaban cual vórtices prestos a succionarme.

Fui incapaz de moverme. El corazón también se me había congelado. En aquellos momentos, me pareció tan alto e imponente que sentí auténtico miedo: sus hombros en tensión y sus ojos implacables eran propios de un guardián de pesadillas.

Y yo acababa de violar sus fronteras.

Aún estaba tratando de reaccionar cuando, lentamente, sin desplazarse ni un solo paso… Alzó el brazo. Alzó la mano, la apoyó en la puerta abierta.

Y la empujó tras de sí.

El largo clic de la cerradura me dejó petrificada.

Acababa de cerrar la puerta.

—Yo… —Tragué saliva—, solo estaba…

—¿Solo? —remarcó con voz amenazante.

—… solo estaba buscando una cosa.

Su mirada transmitía una dureza espantosa. Estrujé la rosa, sin saber a qué otra cosa agarrarme.

—¿Una cosa… en mi habitación?

—Buscaba una fotografía.

—¿Y la has encontrado?

Vacilé, me temblaban los labios.

—No.

—No —rezongó en tono concluyente, entrecerrando apenas los ojos.

El aura terrible que emanaba de su presencia me sugería que debía alejarme de allí lo antes posible.

—Entras en la guarida del lobo, Nica, y después pretendes que no te devore.

Me puse rígida cuando vi que venía hacia mí.

Todos mis sentidos me gritaban que retrocediera, pero no lo hice.

—¿Has sido tú? —le pregunté de improviso, levantando la rosa negra—.

¿Me la has regalado tú?

Rigel dejó de avanzar. Sus ojos, secos e inexpresivos, se centraron en la flor y enarcó una ceja.

—¿Yo? —inquirió divertido. Sus labios se tensaron, componiendo una sonrisa burlona, cargada de perfidia—. ¿Regalarte… una flor… a ti?

Sus palabras fueron como mordiscos y la seguridad que había exhibido momentos antes se tambaleó, dando paso a la incertidumbre.

Bajé la mirada, dudando de todo, ahora que lo tenía delante; eso era algo que siempre lo divertía, y la mueca de sus labios se afiló como un cuchillo.

Avanzó unos pocos pasos más y me arrancó la rosa de la mano.

Me quedé boquiabierta mientras él levantaba la flor y empezaba a destrozar los pétalos. Una lluvia de confeti negro empezó a caer en cascada ante mí.

—¡No! ¡No! ¡Déjala!

Luché por recuperarla. ¡Era mía, a pesar de todo, aquella rosa era mía!

Era un regalo y ella no tenía la culpa. En cuanto Rigel empezó a escarnecerla de aquel modo, sentí más que nunca la necesidad de defenderla.

Arañé desesperadamente la tela que cubría sus brazos para recuperarla, pero él la levantó aún más a fin de que no pudiera llegar.

Arrancó y desintegró cada pétalo, mientras yo, espoleada por la desesperación, me ponía de puntillas.

—¡Rigel, no hagas eso! —lo increpé, cogiéndolo del pecho—. ¡No lo hagas!

Abrí los ojos de par en par al sentir que perdía el equilibrio.

En un gesto instintivo me apoyé en él, pero Rigel no debía de esperárselo, porque lo arrastré conmigo.

Caí de espaldas sobre la cama y noté que el colchón se doblaba bajo mi espalda.

No me dio tiempo a pensar… Algo aterrizó sobre mí y el techo se desvaneció a través de mis pestañas entrecerradas. Durante un momento solo distinguí un mosaico de manchas indefinidas que me obligó a parpadear.

Sentí que algo se depositaba delicadamente en mi pelo y también en la curva de mi garganta. Eran pétalos. Los reconocí a duras penas y entonces noté que un peso dejaba de oprimirme el pecho.

En cuanto pude enfocar la imagen…

Me quedé sin respiración.

El rostro de Rigel estaba a un palmo del mío.

Su cuerpo me cubría por completo.

Fue todo tan imprevisto que por poco no se me sale el corazón por la boca. Tenía una de sus rodillas apoyada entre mis muslos y la tela de sus pantalones me pellizcaba la carne. Su aliento, húmedo y jadeante, me

quemaba la boca y tenía las manos hundidas a ambos lados de mi rostro, como las garras de un águila.

Pero en cuanto vi aquella turbación en sus ojos, me eché a temblar: en su mirada había algo que no había percibido nunca hasta entonces, un brillo que me dejó la boca seca. Se reflejaba en mis labios entreabiertos, en el aire que me inflaba rítmicamente el pecho, y en el rubor que me mordía las mejillas… Estábamos tan cerca el uno del otro que el corazón que palpitaba en mi garganta era el suyo.

Mi estupor era el suyo.

Mi respiración era la suya.

Todo era suyo, incluso mi alma.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Mi mente gritó, como enloquecida.

Haciendo acopio de una fuerza que jamás hubiera creído tener, lo empujé y me lo quité de encima.

Me levanté de la cama y salí de la habitación a todo correr.

Enfilé el corredor tropezándome y llegué a mi habitación; una vez allí, cerré, apoyé la espalda en la puerta y me fui deslizando hasta el suelo.

El corazón me golpeaba la caja torácica produciéndome un intenso dolor, los escalofríos me estaban devorando. Mi piel aún gritaba su presencia, como si me la hubiera impreso en todas partes.

¿Qué me estaba haciendo?

¿Qué veneno me había inoculado?

Traté de acompasar la respiración, pero algo quemaba en mi interior y se agitaba como presa de un delirio.

Me susurraba al oído, jugaba con mis latidos y se abría paso en mis pensamientos.

Se alimentaba de mis sensaciones y las transformaba en escalofríos.

No tenía lógica.

No tenía mesura.

Y tampoco tenía… delicadeza.

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