Fabricante de lágrimas
17. La salsa
17
La salsa
A quienes son diferentes se los reconoce enseguida.
Tienen mundos allí donde los demás tienen ojos.
Íbamos a tener invitados aquel día. Unos viejos amigos de Norman y de Anna de fuera de la ciudad vendrían a almorzar.
En cuanto me enteré, una parte vibrante de mí había cancelado cualquier otro pensamiento y me propuse causar buena impresión.
Me dejé el vestido que llevaba puesto. Era sencillo, blanco, con las mangas cortas que dejaban los hombros al descubierto y un fruncido en el pecho. En el pasillo, observé mi reflejo en un espejito de plata y sentí una emoción desconocida que me oprimió por dentro. No estaba acostumbrada a verme así, arreglada, elegante y peinada como una muñeca.
Si no hubiera sido por las tiritas en los dedos y los ojos de color madreperla, no me habría reconocido.
Comprobé que la trenza me cubría el lado del cuello. Con el paso de los días, la señal se estaba desvaneciendo, pero era mejor no arriesgarse.
—¡Madre mía, que calor hace hoy! —exclamó una voz femenina en el vestíbulo—. Si lo llego a saber… ¡Aquí donde vivís no corre ni gota de viento!
El matrimonio Otter había llegado.
La mujer que acababa de hablar llevaba un precioso gabán azul cobalto.
Anna me había dicho que era modista. La besó en ambas mejillas de un modo muy sincero y familiar.
—¿El coche está bien en el pasaje? George puede arrimarlo más si está demasiado en medio…
—Está perfecto, tranquila.
Anna le cogió el sombrero con mucha amabilidad y la invitó a entrar.
Caminaban cogidas del brazo y la señora Otter apoyó una mano en su muñeca.
—¿Cómo estás, Anna? —preguntó con una punta de aprensión.
Anna respondió estrechándole la mano suavemente, pero me di cuenta de que me miraba mientras avanzaban. La señora Otter estaba demasiado pendiente de su amiga como para reparar en mí. Cuando por fin se detuvieron delante de donde yo me encontraba, Anna anunció sonriente:
—Dalma, esta es Nica.
Bueno, llegó el momento.
Traté de contener el nerviosismo y sonreí.
—Hola.
La señora Otter no respondió. Se me quedó mirando con la boca abierta y una expresión de sorpresa en las pupilas. No daba crédito a lo que estaba viendo. Parpadeó y se volvió hacia Anna.
—Yo no… —Parecía no encontrar las palabras—. Cómo…
Yo también busqué la mirada de Anna, tan desconcertada como Dalma, pero al instante la mujer me miró con una cara de sorpresa totalmente distinta. Parecía haber comprendido al fin el motivo de aquella presentación. Anna aún seguía con una mano apoyada en la de su amiga.
—Perdóname… —reaccionó al fin, aunque parecía sin aliento—. Me ha pillado por sorpresa. —Sus labios se deshicieron en una sonrisa tímida y un poco incrédula —. Hola… —exhaló abrumada.
No recordaba que nadie me hubiera saludado jamás de aquel modo. Era
como si me hubiera acariciado sin llegar a tocarme.
Qué sensación tan maravillosa que te mirasen así…
Me dije la mar de feliz que seguramente le había causado buena impresión con mi vestido blanco.
—¡George! —exclamó la señora Otter, agitando una mano hacia atrás—.
Ven aquí.
El marido estaba felicitando a Norman por la convención y, cuando Anna nos presentó, su asombro no fue menor que el de su esposa.
—¡Caray! —exclamó de repente con su enorme bigote. Anna y Norman se rieron.
—Era una sorpresa —murmuró Norman, desmañado como siempre, mientras el señor Otter me estrechaba la mano.
—Hola, señorita.
Se me ocurrió pedirles las chaquetas para colgarlas de los percheros, suscitando su aprobación. Dalma le apretó el brazo a Anna.
—¿Desde… desde cuándo?
—No hace mucho, en realidad —respondió—. ¿Te acuerdas de la penúltima vez que hablamos? Llegaron a casa esa misma semana.
—¿Llegaron?
—Ah, sí. Nica no es la única… Son dos. Norman, querido, ¿dónde está…?
—Aún está arriba cambiándose —le respondió él al vuelo.
Nuestros invitados intercambiaron una mirada de desconcierto, pero no dijeron nada. Esta vez el turno de preguntas le correspondió a Anna.
—¿Y Asia? ¿Qué tal?
Fruncí la frente imperceptiblemente.
«¿Asia?».
La puerta de entrada volvió a abrirse. Parpadeé sorprendida y vi que alguien más entraba en casa.
Una figura esbelta emergió a contraluz. Llevaba el móvil en una mano y
con la otra sostenía el bolso.
—Disculpad, es que me han llamado —explicó la chica que acababa de entrar.
Se limpió los pies en el felpudo, dejó las llaves del coche en el cuenco de la entrada y sonrió.
—Hola.
Todos me dieron la espalda de golpe.
Anna fue a su encuentro con los brazos abiertos y una sonrisa tan radiante que me sorprendió.
—¡Asia, cariño!
La estrechó con fuerza entre sus brazos y la chica hizo lo mismo. Me fijé en que era muy alta y la ropa que llevaba le sentaba como un guante. Debía de ser algo mayor que Rigel y que yo.
—Te veo bien, Anna… ¿Cómo estás? ¡Hola, Norman! —exclamó abrazándolo a él también. Sí, a Norman, que lo máximo a lo que llegaba en cuanto a contacto físico era a una palmada en el hombro… Y le dio un beso en la mejilla.
Ahora era ella la destinataria de todas las sonrisas.
Me llamó la a atención la intimidad que reinaba entre ellos, como si esta brillase con una luz distinta e inaccesible.
Anna no me había dicho que los señores Otter tenían una hija…
—Ven —le indicó mientras la chica buscaba algo con la vista.
—¿Dónde está Klaus? Ese viejo gato hará bien en venir a saludarme…
—Asia, esta es Nica.
No se fijó en mí de inmediato. Parpadeó un instante, bajó los ojos y me vio. Le tendí la mano.
—Hola, encantada de conocerte.
Entorné los párpados, contenta, y le sonreí bajo la acariciadora mirada de Anna. Miré de nuevo a la chica, esta vez esperando que me correspondiera.
Pero Asia no reaccionó.
Ni siquiera parpadeó. Sus ojos permanecieron tan inmóviles que empezaron a incomodarme. Me sentía como una mariposa ensartada por los alfileres invisibles de un coleccionista. Se giró hacia Anna.
La observó como si fuera su madre, con una mirada que ocultaba alguna suerte de necesidad.
—No entiendo —se limitó a decir.
Era como si esperase que hubiera un malentendido.
—Nica está aquí con nosotros —le explicó Anna con delicadeza—.
Está… en acogida preadoptiva.
Sonreí y me acerqué a ella.
—¿Quieres darme tu chaqueta? Te la colgaré.
De nuevo, Asia pareció no oírme.
Tenía los ojos clavados en la mujer que estaba a su lado, como si por un instante Anna hubiera detenido el mundo y ahora lo sostuviera tranquilamente bajo el brazo, con una calma que ella no era capaz de aceptar.
—Creo… —murmuró al cabo de un instante— que no lo he entendido bien.
—Nica formará parte de nuestra familia. Está en período de adopción.
—Queréis decir…
—Asia —murmuró la señora Otter, pero ella siguió mirando a Anna. En su mirada había una especie de temblor.
—No… lo entiendo —volvió a musitar.
Sin embargo, no era aquella explicación lo que se le escapaba, sino la mirada de Anna, tranquila, mirándome a mí.
De pronto, se instaló una fría y extraña atmósfera que me hizo sentir fuera de lugar, como si hubiera hecho algo malo, simplemente por existir entre las paredes de aquella casa.
—Norman y yo nos sentíamos solos —dijo Anna tras una pequeña pausa
—. Queríamos… un poco de compañía. Klaus… Bueno, ya lo sabéis, nunca
ha sido demasiado sociable. Queríamos despertarnos y oír otra voz distinta de las nuestras.
La expresión de Asia cambió y me pareció que ambas podían hablar solo con mirarse.
—Y aquí nos tienes —terció Norman tratando de atenuar la tensión.
Anna fue a controlar cómo iba el asado y Asia siguió mirándola con expresión desconcertada, cargada de sentimientos que no fui capaz de descifrar.
Di un paso hacia ella y le sonreí.
—Si quieres darme la chaqueta, te la colgaré…
—Ya sé dónde está el perchero —me interrumpió con brusquedad.
Me quedé muda mientras ella iba a colgar la chaqueta.
Sujeté una punta de mi vestido. Cada centímetro de mi cuerpo se sentía fuera de lugar mientras Anna anunciaba que la comida ya casi estaba a punto.
Dalma se me acercó y me dijo en tono afectuoso:
—Nica, ni siquiera te he preguntado cuántos años tienes.
—Diecisiete —respondí.
—Y la otra chica, ¿también es de tu edad?
—¿Hay otra chica?
—Oh, no —respondió Anna.
Aquellas dos sílabas dejaron en suspenso a los presentes.
Los invitados se la quedaron mirando, sin que yo acertara a comprender lo que acababa de pasar.
—A decir verdad…
—Disculpad el retraso.
Todos se volvieron.
Rigel estaba en la sala.
Su fascinante presencia llenó la estancia, captando toda la atención. Una camisa clara, que estaba segura de que Anna le había obligado a ponerse,
ceñía su pecho. Aún se estaba acabando de abrochar el botón de un puño y me pareció que nada podría quedarle mejor que aquella prenda.
El cabello le ocultaba el corte en la ceja, confiriéndole un aire de carismático misterio. Rigel alzó la vista y capturó a todos los presentes en la red de sus ojos negros.
Los invitados lo observaban pasmados.
Sabía hasta qué punto Rigel podía desestabilizar el ambiente, pero eso no me impidió darme cuenta de la forma tan insólita en que estaban reaccionando. Él, en mayor medida que yo, parecía haberlos dejado absolutamente impresionados y confundidos.
Exhibió una sonrisa tan persuasiva que logró removerme por dentro, aunque ni siquiera me estaba mirando a mí.
—Buenos días. Me llamo Rigel Wilde. Encantado de conocerlos, señor y señora Otter.
Les estrechó la mano, les preguntó si habían tenido buen viaje, y yo vi que ellos se deshacían cual arcilla entre sus manos.
Asia permanecía impertérrita. Lo miró con una intensidad que me resultó perturbadora, mientras Rigel deslizaba su mirada hacia los ojos de ella.
—Hola —remató con impecable cortesía.
Pero su saludo solo obtuvo un silencio.
Yo seguía pellizcando la tela del vestido.
—Bueno, hum… —empezó a decir Norman—, ¿qué tal si comemos?
Cuando me acomodé en mi sitio, a la izquierda de Norman, la mirada de Asia me perforó la piel.
Me pregunté si Asia no estaría pensando que era ella quien debería estar sentada allí, pero después vi que se acomodaba al lado de Anna y charlaba sin cesar con ella.
Al ver cómo reían, intuí con una opresión en el pecho que para Anna no
solo era la hija de su amiga, sino mucho más. Asia era hermosa, sofisticada, universitaria y sintonizaba a la perfección con ella. Parecía conocer aspectos de Anna que a mí me resultaban inaccesibles.
Aparté la mirada de ellas y la dirigí hacia otra zona de la mesa.
Rigel se había sentado lo más lejos que había podido de mí. En el momento de tomar asiento, sus ojos se habían desplazado hasta un sitio que había junto al que yo ocupaba, pero dio la vuelta y acabó sentándose al otro extremo de la mesa.
Por lo demás, desde que había llegado no me había dirigido la palabra en ningún momento.
¿Me estaba ignorando?
«Mejor así», pensé, tratando de autoconvencerme.
La idea de tenerlo cerca me provocaba un vacío en el estómago. Me prometí que no lo miraría, pues los últimos momentos que habíamos compartido ya me resultaban lo suficientemente desagradables.
—Nica, ¿quieres un poco de asado? —me preguntó Norman, mirándome con la fuente en la mano. Me serví y él me sonrió—. Tienes que acompañarlo con la salsa— me recomendó amablemente, antes de servir a la señora Otter.
Busqué la salsera con la mirada y vi que estaba en la otra parte de la mesa.
La salsa, como no podía ser de otro modo, estaba al lado de Rigel.
Me la quedé mirando desconsolada y entonces noté que alguien también estaba mirando en aquella dirección. Asia observaba a Rigel de reo jo, pero con un interés creciente y manifiesto. Paseó la mirada por las manos de él, por su pelo, por su hermoso perfil mientras se llevaba el tenedor a los labios. ¿Por qué lo miraría de aquel modo?
Rigel obsequió a la señora Otter con una breve sonrisa y yo desvié la vista hacia otro lado.
No debía mirarlo.
Pero la salsa estaba allí… Y Anna y yo la habíamos preparado juntas. Era lícito que por lo menos quisiera probarla, ¿no?
Volví a echarle un vistazo a escondidas y cambié de idea una vez más.
Rigel se la estaba sirviendo.
El denso jugo caía de la cuchara que sostenía entre sus dedos y con la otra mano volvió a dejar la salsera en la mesa.
Entonces… reparó en que se había manchado el pulgar. Vi que se lo llevaba a la boca con el puño entrecerrado, deslizando el dedo por el labio inferior y acariciándolo con la lengua. Cerró los labios alrededor de la yema del dedo y finalmente lo deslizó lentamente hacia fuera, lamiendo la salsa.
Mientras volvía a dejar la cuchara, me miró; sus pupilas centellearon bajo las cejas, profundas y almendradas, y se percataron de que yo también lo estaba mirando.
—Nica… ¿Estás bien?
Sobresaltada, me volví hacia la señora Otter, que me miraba perpleja.
—Te has sonrojado, querida…
Desvié la vista. Mis pupilas vibraron, casi febriles.
—El puré —musité con la voz apenas perceptible—, está… —tragué saliva— picante.
Sentía sus ojos taladrando el aire.
Mi estómago irradiaba un extraño calor hacia todo el cuerpo. Traté de ignorarlo mientras se iba expandiendo en mi interior, produciéndome una sensación hormigueante. Debía concentrarme en el almuerzo. Solo en el almuerzo…
Al poco me percaté de que Norman estaba observando mi asado.
—Nica, ¿no te pones salsa?
—No —respondí terminante.
Norman bajó los párpados y entonces caí en la cuenta de que le había respondido con brusquedad.
Sentí que me ardían las mejillas de la vergüenza mientras me apresuraba
a rectificar:
—Es que… lo refiero así, gracias.
—¿Sin salsa?
—¡Sí!
—¿Estás segura?
—Sí, de verdad.
—Venga, di que te la pasen…
—¡No me gusta la salsa! —exclamé con la voz aguda.
Decir que fue trágico es quedarse corta cuando me di cuenta de que Anna, frente a mí, me observaba atónita con el tenedor cerca de la boca.
—Esto… ¡No es que no me guste la salsa! —mascullé desesperada, echándome hacia delante con los cubiertos en la mano—. ¡La adoro, está buenísima! No existe una salsa mejor, más sabrosa y… y… ¡con más cuerpo! Lo que pasa es que… verás, ya he tomado tanta que…
—A ver, Rigel —dijo de pronto el señor Otter, dándome un susto que por poco me fulmina.
Me apresuré a acomodarme el mechón de pelo que había acabado metido en el puré, sofocada y mortificada. Asia, al otro lado de la mesa, me escrutaba con los ojos entornados.
—Tienes un nombre realmente singular. Si no me equivoco, ¿no hay una constelación que se llama así?
La pregunta me dejó paralizada. Rigel, con la vista fija en un punto indeterminado de la mesa, hizo una breve pausa antes de responder. Su sonrisa estaba allí con nosotros, pero sus ojos parecían encontrarse en otra parte.
—No es una constelación. Es una estrella —respondió circunspecto—, la más brillante de la constelación de Orión.
El señor y la señora Otter parecían cautivados.
—¡Fascinante! Un chico con nombre de estrella… ¡La persona que te lo puso hizo una elección realmente curiosa!
La sonrisa de Rigel refulgió desprendiendo una luz enigmática.
—Oh, sin duda… —asintió sarcástico—. Mi nombre cumple la función de recordarme en todo momento mis remotos orígenes.
Aquella respuesta me impactó directamente en el pecho.
—Oh… —farfulló el señor Otter sin saber qué decir—. Vaya…
—Eso no es así.
No lo dije en susurros. Me mordí la lengua. Demasiado tarde.
Todos se volvieron hacia mí.
De pronto me convertí en el centro de atención. Bajé la vista.
—Eligieron ese nombre… porque cuando te encontraron tenías más o menos una semana. Siete días… Y Rigel es la séptima estrella más luminosa del cielo. Aquella noche brillaba más que todas las otras noches.
Tras aquellas palabras se hizo el silencio.
Un instante después, llovieron los comentarios de admiración. Todos empezaron a hablar al mismo tiempo y Anna le reveló con una punta de orgullo a Dalma que en la institución estábamos «muy unidos».
Miré a Rigel. Se había quedado inmóvil y aún tenía el rostro inclinado hacia la mesa. Poco a poco, fue alzando la vista hasta que sus ojos me alcanzaron. Su mirada traslucía cierta estupefacción.
—No lo sabía —me dijo Anna, sonriente y sorprendida—. Vuestra directora no nos lo había dicho…
Desvié la mirada y las palabras surgieron casi de forma automática.
—En aquella época no estaba la señora Fridge, sino su antecesora.
—Ah, ¿sí? —inquirió asombrada—. Eso tampoco lo sabía…
—Ahora lo entiendo —repuso Dalma con una sonrisa—, un chico así os debió de llamar la atención enseguida.
Anna le estrechó la mano a Norman y algo pareció cambiar en el aire.
Todos lo notaron.
En ese instante, lo comprendí. Puede que siempre lo hubiera sabido.
Había algo más.
Anna sonrió con delicadeza.
—Rigel. ¿Querrías…? ¿Por favor?
En medio de aquel extraño silencio, Rigel dejó la servilleta sobre el mantel y se puso en pie. Abandonó la silla bajo las miradas curiosas de los invitados y con cada paso que daba sus ojos transmitían más seguridad en sí mismo.
En cuanto las notas del piano comenzaron a difundirse por la casa, los Otter se quedaron petrificados. Asia se estremeció y estrechó la servilleta entre los dedos, pero ya nada importaba.
Él tocó y todo lo demás desapareció.
Una gota fría se deslizó por mi muslo. Me abracé las rodillas contra el pecho mientras movía los dedos de los pies sobre la hierba mojada. La lluvia repiqueteaba a mi alrededor.
—Tal vez les he gustado… —murmuré como una niña insegura. Seguí arrancando briznas de hierba con los dedos—. Nunca se me ha dado bien esto… lo de gustar a los demás, quiero decir. Siempre tengo la sensación de estar haciendo algo mal.
Alcé la vista. Suspiré, absorta en mis pensamientos, observando al cielo verter sus gotas sobre mí.
—Pero, a estas alturas, no creo que pueda preguntárselo, ¿no te parece?
Volví el rostro. A mi lado, el ratoncillo siguió limpiándose el pelaje húmedo de lluvia, sin reparar en mi presencia.
Lo encontré atrapado, agitándose desesperado en la tela metálica de la valla. Había logrado liberarlo, pero entonces me di cuenta de que estaba herido, así que le unté un poco de miel en la patita con un mondadientes. La miel tenía propiedades curativas.
Estaba allí con él y, sin darme cuenta, entré en mi pequeño y extraño mundo. Empecé a hablarle como si me escuchase, porque nunca había
tenido otro medio de sincerarme.
Venía de una realidad donde eso era algo que me había sido negado.
No… me había sido prohibido.
Para los demás era una locura. Pero para mí… aquel era el único modo de lograr no sentirme sola.
Una gota fresca me cayó en la mejilla y arrugué la nariz. En el fondo, tenía ganas de reírme. Estaba empapada de lluvia, pero me encantaba aquella sensación. Era libertad. Y ahora mi piel tenía aquel mismo perfume.
—Tengo que irme… Estarán a punto de volver.
Me levanté con el vestido pegado a la piel. Anna y Norman habían salido a dar un paseo con los invitados y de un momento a otro estarían de vuelta en casa.
—Ten cuidado, ¿vale?
Miré a la criaturita que tenía a mis pies, era tan chiquita, suave y tímida que no entendía cómo alguien podía tenerle miedo.
Sus orejas redondas y su hocico puntiagudo me suscitaban una ternura que pocos habrían compartido conmigo.
Cuando volví a casa, me di cuenta del estado en que estaban mis manos.
Tenía varios dedos envueltos en tiritas de colores, algunas a distintas alturas: amarillo, verde, azul y naranja. Pero la mayoría se habían ensuciado de miel y estaban mojadas de lluvia.
Fui a mi habitación y me las cambié cuidadosamente, una por una.
Mientras comprobaba que las hubiera pegado bien, me dirigí al baño para secarme.
—A ver —oí que alguien murmuraba—, ¿me puedes decir qué está pasando?
Me detuve al instante.
El pasillo estaba vacío. Aquel murmullo venía de las escaleras. ¿Quién estaba tras la esquina?
—No puedes hacer eso. —Seguí escuchando—. No has dicho ni una
palabra.
—No puedo —respondió molesta la otra voz.
La reconocí. Era Asia.
—No puedo aceptarlo. Ellos… ¿Cómo pueden soportarlo?
—Es su elección —dijo la otra voz, que cada vez parecía más ser la de su madre—. Es su elección, Asia…
—Pero ¿lo has visto? ¿Has visto lo que ha hecho ese chico?
… ¿Rigel?
—¿Eso qué quiere decir?
—¿Qué quiere decir? —repitió con disgusto.
—Asia…
—No. No lo digas. No quiero oírlo.
Me sobresalté al oír un ruido de pasos.
—¿Adónde vas?
—Me he dejado el bolso arriba —respondió la chica, terriblemente cerca.
Abrí los ojos de par en par. Venía hacia mí. Estaba segura de que no debía haber escuchado aquella conversación, así que agarré el primer tirador que encontré a mano: el del baño.
Entré, me apoyé en la puerta, cerré los ojos y suspiré.
No me habían visto.
Cuando los volví a abrir, noté algo extraño. El vapor era tan denso que condensaba el aire.
Se me paró el corazón.
Vestido solo con unos pantalones, Rigel me miraba desde su altura, con el pelo chorreando y lo ojos entrecerrados. El agua se deslizaba por su cuerpo en forma de regueros transparentes, creando un espectáculo de gotas y relieves naturales que jamás hubiera sido capaz de imaginar.
Se me secó la garganta y el cerebro se me apagó del todo. Me quedé mirando a Rigel sin apenas poder respirar. Era la primera vez que lo veía sin camiseta y aquella visión me impactó. Sus fuertes hombros, con músculos
bien definidos, parecían de mármol bajo la piel clara, y venas visibles recorrían sus anchas muñecas hasta los antebrazos. Los huesos de la pelvis se precipitaban en el elástico del chándal trazando una V perfecta y las medialunas de sus pectorales conformaban un pecho, sólido y viril.
Era una obra maestra, digna de hacer enloquecer a cualquiera.
—¿Qué estás…? —empezó a decir, pero su voz se apagó en cuanto sus ojos se centraron en mi cuerpo.
Al momento, recordé en qué estado me encontraba.
El vestido empapado dibujaba la forma de la pelvis y se me pegaba a la curva de las caderas, a los pechos rígidos a causa del frío, a los muslos mojados y adheridos a la tela, creando una transparencia que me hizo entrar en pánico.
Lo miré con los ojos muy abiertos y puedo jurar que él me estaba mirando del mismo modo.
—Sal de aquí.
Ahora su mirada era tajante. Su voz, habitualmente aterciopelada y profunda, sonó esta vez como un gruñido seco.
—Nica —me ordenó tensando la mandíbula—, sal de aquí.
El cerebro me gritaba que obedeciera. Quería huir lo más lejos posible de allí.
Pero no me moví: Asia y Dalma estaban a pocos pasos de nosotros, sus voces resonaban con claridad al otro lado de la puerta. No podía salir, no en ese momento. ¿Qué habrían pensado si al abrir la puerta me hubieran visto en aquel estado y con Rigel? ¿Él medio desnudo y yo empapada, encerrados los dos en el baño?
—Te he dicho que salgas —masculló—. ¡Ahora!
—Espera…
—¡Muévete!
Se plantó delante de mí en dos zancadas y entonces yo hice algo muy estúpido.
Aferré el tirador con ambas manos, me eché un lado y me situé delante de la cerradura antes de que su sombra me engullese.
El aire que desplazó hizo que se arremolinase el vapor.
Un instante más tarde… yo estaba con los brazos detrás de la espalda sujetando el tirador, con el rostro ladeado.
Y, delante de mí, cubriendo por completo mi campo visual, solo estaba él.
Su pecho vibraba a un palmo de mi rostro, bombeando una respiración profunda y necesaria. Tenía las manos apoyadas en la puerta, una a cada lado de mi cara.
El calor que desprendía impregnó mis ropas empapadas. Me quedé sin aliento. Mi corazón latía tan fuerte que se me nublaban los sentidos y apenas era capaz de comprender lo que estaba sucediendo.
Rigel jadeaba con los dientes apretados. Sus manos presionaban la puerta con tanta violencia que me pareció sentir como vibraban.
—Tú —susurró con una punta de rencor y amargura—, lo haces a propósito… —Apretó los puños, impotente—. Estás jugando conmigo…
Sus labios, sus dientes y su lengua estaban allí, a un suspiro de distancia.
Tenerlo tan cerca y con tan poca ropa, húmedo, en toda su envergadura, fue demasiado para mí. Dejé de razonar y me pregunté qué pasaría si me atreviera a tocarlo. Justo allí, justo en ese momento… Acariciar su piel y descubrir su calidez, enérgica y compacta.
¿Me lo permitiría?
No. Probablemente me hubiera sujetado la mano contra la puerta, encima de la cabeza, igual que la última vez…
Pensé que me moría cuando, al cabo de un interminable instante, Rigel volvió el rostro. Lo acercó a mi pelo, en un punto detrás de la oreja… e inspiró hondo.
Su pecho se dilató poco a poco mientras aspiraba mi olor.
Cuando espiró, sentí que me retumbaban los oídos, y su aliento hirviente me inundó la garganta.
El corazón me latía tan desesperadamente que me dolía.
—Rigel… —dejé escapar, a modo de súplica.
Hubiera querido pedirle que se alejara, pero lo único que me salió fue aquel gimoteo implorante.
Apretó los dientes. En un arrebato, me cogió del pelo y tiró de mi cabeza hacia atrás, arrancándome un suspiro de sorpresa.
Nuestras miradas colisionaron. Yo estaba jadeando y ni siquiera me había dado cuenta. Me ardían las mejillas y las pupilas me palpitaban al compás de los latidos acelerados de mi corazón.
—¿Cuántas veces más… tendré que decirte que te mantengas alejada de mí?
Fue como si pronunciar aquellas palabras le estuviera costando un esfuerzo terrible y aquella sensación removió lo más profundo de mi ser.
Al mirarlo, mis ojos revelaron un cúmulo de emociones desesperadas.
—No es culpa mía —musité, con la lentitud de un suspiro.
Era él.
Era él quien impedía que me mantuviera alejada.
Era culpa suya.
El destino nos había unido de un modo tan indisoluble que yo ya no era capaz de formular un pensamiento sin que él estuviera presente. Ni siquiera podía eludirlo cuando estaba a punto de morderme.
La culpa era suya, solo suya, porque me había dejado huellas que yo ya no podía borrar.
Sensaciones que no sabía gestionar.
Tumultos que no quería ignorar.
Yo me había ceñido a la regla, porque esta es inmutable: para derrotar al lobo, hay que perderse en el bosque.
Había encontrado al lobo. Pero me había perdido en sus contradicciones.
Y, de alguna manera, estas habían acabado convirtiéndose en parte de mí, porque cada una de ellas era una emoción que Rigel había pintado
directamente en mi ser, hasta lograr que fuera menos gris.
Ahora ya estaba encadenada a él por una serie de vínculos que no sabría definir.
¿Cómo podría dar con las palabras para explicarlo?
De pronto, una gota cayó de su pelo y fue a dar sobre mi párpado.
Cerré los ojos, temblando, y cuando volví a abrirlos, su estela se deslizó por mi mejilla.
Surcó mi rostro como una lágrima.
Rigel la miró descender y algo se apagó en su mirada. Sus iris se ensombrecieron como diamantes polvorientos y perdieron su fulgor.
Volvíamos a la niñez.
Había visto tantas veces aquel momento repitiéndose en sus ojos, a todas las edades: yo delante de él, vertiendo unas lágrimas que él me había provocado.
Lentamente… me dejó libre.
Se volvió de espaldas y se alejó de mí como una ola inexorable. A cada paso que daba, sentí que el hilo que nos unía se estaba tensando hasta hacerme daño.
—Sal de aquí.
No hubo dureza en su voz. Solo una apagada determinación. Nunca como en ese instante me había sentido tan anclada al suelo. Tuve la sensación de que me hundía. Me temblaban las muñecas.
Bajé la vista y mis ojos, cargados de emociones contradictorias, vibraron emitiendo un fulgor sobre el pavimento. Y a continuación, como si hubiera recobrado la lucidez, parpadeé, me di la vuelta y abrí la puerta Ahora ya no había nadie.
Corrí por el pasillo y estuve a punto de resbalar varias veces.
De pronto, el suelo pareció desdoblarse bajo mis pies en forma de sendero impracticable, como el de los cuentos.
Eché a correr cruzando un bosque de emociones.
Transité a través de las páginas, siguiendo un camino de papel.
Me había pasado la vida huyendo de él. Había rezado para librarme de la condena de sus ojos.
Pero no había escapatoria.
Sus iris refulgían como estrellas.
E iluminaban un camino…
Que conducía hacia lo desconocido.
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