Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 17 de 43

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Fabricante de lágrimas

16. Más allá del cristal

16

Más allá del cristal

Los amores silenciosos son los más difíciles de tocar, pero bajo la superficie brillan

con una sincera y magnífica inmensidad.

Apretó los dedos con todas sus fuerzas.

No le estaba causando suficiente dolor.

Las uñas lo hirieron, se le clavaron en la suave piel, pero Rigel no aflojó la presa.

—Te he dicho que me lo des —siseó de nuevo con aquel tono de voz que siempre asustaba a todos.

—¡No! ¡Es mío!

El otro niño se revolvió como un perro salvaje. Trató de arañarlo y empujarlo. Rigel le tiró del pelo con violencia, arrancándole un rabioso gimoteo de dolor; lo estaba doblegando sin contemplaciones.

—¡Dámelo! —gruñó, hundiéndole con furia las uñas en la piel—.

¡Ahora!

El otro obedeció. Abrió el puño y algo cayó al suelo. En el momento en que lo tuvo a sus pies, Rigel lo soltó y le dio un empujón.

El niño rodó por el suelo y se arañó las manos con la tierra. Le lanzó una mirada feroz, cargada de miedo, se levantó al instante y salió

corriendo.

Rigel se quedó mirándolo mientras se iba, con la respiración entrecortada y las pequeñas rodillas llenas de rasguños. Se agachó para recoger lo que había conseguido y lo estrechó entre sus dedos.

Los arañazos le dolían. Pero no le importaba.

Le bastó con verla a lo lejos para dejar de sentir aquella quemazón en las rodillas.

Por la tarde, ella apareció en la entrada del dormitorio comunitario.

Con la mano bajo los párpados, se enjugaba unas lágrimas que no cesaban desde hacía días.

De pronto, Nica alzó la vista y se fijó en su cama, al fondo de todas las demás. Y su cara de niña se iluminó.

El mundo resplandeció con la luz de su rostro y todo pareció más luminoso. Corrió hacia su cama y Rigel la vio pasar a través de las ventanas y arrojarse sobre la almohada.

La vio coger su muñeco en forma de oruga, el único recuerdo que le quedaba de sus padres. Fue en ese momento cuando Rigel se dio cuenta de lo raído y estropeado estaba. En la pequeña batalla que había librado con el otro niño, las costuras se habían soltado y el relleno se salía por delante como una nube de espuma.

Pero ella entornó los párpados y sonrió con una estela de lágrimas.

Lo estrechó contra su pecho como si fuera la cosa más valiosa del mundo.

Rigel la miró en silencio mientras ella acunaba su pequeño tesoro.

Permaneció allí, oculto en la esquina del jardín, y con un alivio infinito, sintió que estaban brotando retoños entre todas sus espinas.

*

—¿Cómo te encuentras?

Cortinas llenas de sol y de luz difusa.

Anna estaba de pie y me daba la espalda. Había pronunciado aquellas palabras con una delicadeza única.

Rigel, sentado a la mesa delate de ella, se limitó a asentir, sin mirarla.

Hacía dos días que no iba a la escuela por la fiebre.

—¿Seguro? —le preguntó con un tono de voz más suave.

Le peinó hacia atrás un mechón y dejó al descubierto el corte en la ceja.

—Oh, Rigel… —suspiró con cierta exasperación—, ¿cómo te has hecho estas heridas?

Rigel siguió mirando a un lado, sin decir nada. Intercambiaron un silencio que no comprendí y Anna no insistió.

No entendía por qué perdía el tiempo observándolos. La manera de ser de Anna me había robado el corazón, su actitud tan maternal me encantaba; sin embargo, cada vez que ambos hablaban, siempre me daba la impresión de que se me escapaba algo.

—Este corte tiene un color que no me gusta —dijo, volviendo a su ceja

—. Podría estar infectado. No te lo desinfectaste, ¿verdad? —Le inclinó ligeramente la cabeza—. Necesitaría… ¡Ah, Nica!

Volví en mí en cuanto me mencionó. De pronto, sentí vergüenza por el modo en que los había estado observando a escondidas, como una ladrona.

—¿Podrías hacerme un favor? En el baño de arriba están el desinfectante y el algodón. ¿Podrías traérmelos?

Asentí, evitando a Rigel con la mirada. No había vuelto a hablarle desde la última vez.

Me sorprendía a mí misma demasiadas veces observándolo y lo peor era que ni siquiera me daba cuenta de ello.

Algo había quedado en suspenso entre nosotros y no había manera de quitarme esa idea de la cabeza.

Regresé poco después con lo que Anna me había pedido y la encontré dándole suaves toques en la herida con una servilleta. Me anticipé a su

petición y humedecí una bola de algodón.

Cuando se lo pasé, ella se hizo un poco a un lado, concentrada en estudiar el corte. Comprendí que me estaba haciendo un hueco y dudé.

¿Quería que me encargase yo?

Avancé titubeante. Me puse delante de Anna y aparecí frente a Rigel.

Me miró durante un brevísimo instante. Sus ojos vibraron frenéticos sobre mis manos, mi cabello, mi rostro, mis hombros, y se apartaron con la misma rapidez, para volver a fijar la vista en el lado contrario.

Al acercarme, rocé sin querer su rodilla y me pareció que tensaba un músculo de la mandíbula antes de que Anna le inclinase más el rostro.

—Justo aquí… —dijo señalándome un punto.

Rigel parecía estar haciendo un gran esfuerzo por no rechazar aquel contacto con su habitual brusquedad. No lo hizo, pero intuí que aquella situación estaba poniendo a prueba su autocontrol.

Tanteé la ceja con atención. Me sentía muy tensa. En parte porque me daba miedo hacerle daño, en parte porque aquella proximidad excedía los límites de lo que me estaba permitido.

Me pareció que contraía la garganta. Rigel miraba obstinadamente a un lado y apretaba la mano que tenía apoyada en la rodilla con tanta fuerza que daba la impresión de que la piel de sus nudillos estuviera a punto de desgarrarse.

Sabía que todas aquellas atenciones lo irritaban, era así. Nunca había sido un entusiasta de las curas ni de que le estuvieran encima, lo detestaba. Ya desde que era pequeño, cuando parecía que todos solo quisieran mendigar una caricia, Rigel nunca se mostró interesado por aquellas lisonjas.

No como yo, que hubiera dado cualquier cosa por ser la destinataria de tantos cuidados.

De pronto, sonó el teléfono.

Anna se volvió tan deprisa que yo también me sobresalté.

—Ah… sigue tú un momento, Nica, vuelvo enseguida.

Le lancé una mirada implorante, pero fue en vano. Anna se fue y me dejó sola con Rigel. Este tenía los dedos clavados en la carne, como si aquella cercanía fuera más de lo que podía soportar.

Los latidos de mi corazón se hicieron más lentos.

¿Hasta tal punto odiaba tenerme cerca?

¿Tanto le desagradaba?

¿Por qué?

Me embargó la tristeza. Esperaba sinceramente que las cosas pudieran cambiar, pero entre nosotros existía un abismo. Un precipicio insalvable.

Y no importaba lo que yo esperase, no importaba hasta qué punto todo fuera distinto para mí, aquel muro seguía existiendo y existiría siempre.

Él siempre me ahuyentaría.

Siempre destruiría cualquier esperanza.

Siempre se mostraría lejano e inaccesible.

Miré a Rigel una última vez, solo para sentir que las garras de aquella tristeza se hundían en mi carne a modo de confirmación, extinguiendo toda esperanza. Solo así podría aceptarlo.

Y entonces mi corazón empezó a latir desacompasado.

Los hombros de Rigel ya no estaban tensos. Los dedos de sus manos se habían relajado, como si hubieran estado ejerciendo presión demasiado tiempo y finalmente se hubieran rendido. Y su rostro…

Tenía las facciones relajadas, sus ojos miraban a un lado, pero no con obstinación, sino con resignación. Mientras yo examinaba la herida, sus iris ahora lánguidos estaban saturados de un sufrimiento que, sin embargo, parecía aliviarlo a la vez.

Exhausto. Rendido. Agotado.

Así lo encontraron mis incrédulos ojos. Tan distinto de sí mismo que parecía otra persona.

Aquella visión me hizo temblar. Me sentí desfallecida, consternada. El corazón se me desbocó y me latía con tanta fuerza que me hacía daño.

Rigel suspiró con los labios cerrados, como si no quisiera dejarse oír ni por él mismo, y yo sentí que me desmoronaba.

Había algo más. Lo notaba. Hubiera querido susurrarle que las cosas no tenían por qué ser así, que podíamos formar parte de un cuento distinto solo con que él lo quisiera.

Lo miré con amargura, deseosa de poder comprenderlo.

Por instinto… deslicé un dedo por su piel y le acaricié la sien, despacio.

Me pareció tan frágil con aquella expresión atormentada que no me di cuenta de mi gesto.

Rigel se sobresaltó. Me fulminó con la mirada y sus ojos se volvieron de hielo en cuanto se percató de que lo estaba mirando, de que lo había estado mirando todo el tiempo.

Le dio un fuerte tirón a mi manga y se puso en pie de golpe.

Antes de que pudiera asimilarlo, tenía el brazo en alto por encima de mi cabeza y su mirada clavada en mis pupilas, superada por su cuerpo. Lo miré a mi vez, sin aliento, anclada en aquellos ojos abiertos de par en par, tras los cuales vi destellar emociones irrefrenables. Su cálida respiración me cosquilleaba la piel de las mejillas, que habían reaccionado al instante poniéndose al rojo vivo.

—Rigel… —exhalé con un hilo de voz.

Sentí que iba aumentando lentamente la presión sobre mi manga. Sus dedos estrujaron la tela y sus ojos se detuvieron en mis labios. Se me secó la garganta. Él estaba absorbiendo todas mis energías y, de pronto, me sentí débil.

Un silencio vibrante descompuso aquel momento en infinidad de fragmentos palpitantes mientras mi corazón temblaba, atronaba, reclamaba poder respirar, aunque fuera una sola vez…

Y entonces Rigel me soltó.

Fue tan repentino que por un momento me pareció que mis pies no tocaban el suelo. Me tambaleé y, en medio de aquella ensordecedora

confusión, oí unos pasos acercándose.

—Eran unos amigos. Llamaban para saber si…

Anna se detuvo en el umbral y parpadeó cuando Rigel pasó por su lado y salió de la estancia.

Se volvió hacia mí.

—¿Va todo bien? —preguntó.

Y yo no hallé palabras con que responder.

Más tarde, mientras trataba de estudiar, los pensamientos no me daban tregua.

Se agolpaban en torno a Rigel, como abejas blancas, impidiendo que me concentrara. Parpadeé, en un intento de ahuyentarlos; sin embargo, seguían allí, como la huella de una luz intensa que has estado mirando demasiado tiempo.

Volví a la realidad cuando el móvil me indicó que tenía un mensaje.

Bajé el lápiz y eché un vistazo; era Billie.

Otro vídeo de cabritas. Últimamente me mandaba un montón. No sabía por qué tenían que gritar de aquel modo, pero cada vez que abría uno me quedaba encantada mirando la pantalla. Precisamente el día antes me había enviado uno de una llama que daba saltitos la mar de feliz, e inexplicablemente perdí media tarde de estudio.

Suspiré y esbocé una sonrisa. Era infantil, pero… aquellos vídeos me infundían serenidad. Apreciaba la consideración de Billie como un tesoro que debía custodiar; tenía a alguien que se acordaba de mí, que no necesitaba un motivo para mandarme mensajes, que confiaba en mí y me consideraba su amiga. Todo era nuevo para mí.

De pronto, sonó el móvil.

Miré la pantalla parpadeante y dudé antes de responder.

—¿Diga? Ah… Hola, Lionel.

Durante los últimos días, me había buscado muchísimo: por el móvil, en la escuela entre clase y clase…, pero verlo me producía una sensación extraña, casi de incomodidad.

No quería alejarlo, pero después de lo que había pasado con Rigel, cada vez que lo veía, su cara me recordaba aquella agresión.

Una parte de mí hubiera querido borrar aquel momento, barrerlo y fingir que nunca había sucedido…

Pero, en el momento en que comenzaba a disiparse, Lionel había empezado a escribirme con más insistencia. Quería saber si Rigel había tratado de defenderse desacreditándolo con falsas palabras y mentiras.

Yo le había dicho que no y él se tranquilizó enseguida.

—Asómate a la ventana —me dijo y, en cuanto obedecí me llevé una sorpresa, porque estaba allí abajo.

Me saludó con la mano y yo le correspondí algo desconcertada.

—Pasaba por la zona —me explicó sonriente—. ¿Por qué no bajas?

Podríamos dar un paseo.

—Me encantaría, pero debo terminar los deberes…

—Va, venga, hace sol. Es un bonito día —me insistió con voz despreocupada—. ¿No me dirás que prefieres quedarte encerrada en casa?

—Pero tengo el examen de Física el viernes…

—Solo una vuelta. Vamos, baja.

—Lionel, me gustaría mucho —dije sujetando el móvil con las dos manos—, pero tengo que estudiar, de verdad…

—¿Y yo no? Es solo un paseo. Pero vale, si realmente no te apetece…

—No es que no me apetezca —me apresuré a decir.

—Entonces, ¿dónde está el problema?

Lo observaba desde la ventana y por un momento me pregunté si siempre era tan insistente. A lo mejor era yo, que me mostraba más evasiva de lo habitual…

—Vale —claudiqué al fin.

Después de todo, solo había dicho una vuelta, ¿no?

—Voy a ponerme los zapatos. Bajo en un momento.

Él sonrió.

Cogí una chaqueta al vuelo y me puse las zapatillas deportivas.

Me miré al espejo y comprobé que no se me viera el enrojecimiento del cuello. Aquella señal seguía allí, como un recuerdo que no quería desvanecerse. Pensar que lo habían hecho los labios de Rigel me hacía sentir un hormigueo en la sangre. Decidí ponerme encima un pañuelo verde botella y bajé.

Vi que Anna salía, pero me detuve y volví atrás para pasar antes por la cocina.

—Hola —le dije a Lionel desde la valla de casa. Me paré frente a él acomodándome el pelo tras la oreja y alargué la mano.

—Toma.

Lionel se quedó mirando el polo que le estaba dando. Después me miró a mí y yo le correspondí con una cálida sonrisa.

—Tiene un cocodrilo dentro.

Me observó impresionado y exhibió una sonrisa victoriosa.

Tenía razón, hacía un día bonito.

Mordisqueamos nuestros polos mientras paseábamos por la calle.

Lo escuché con atención cuando me contó que su padre se había comprado un coche nuevo. Él no me pareció satisfecho por ello, se lamentó varias veces de la elección, aunque le constaba que era un modelo muy caro.

Tardé un poco en darme cuenta de que el camino arbolado ya no seguía paralelo a la calle.

—Eh, espera… —dije mirando a mi alrededor, confundida—. Hemos ido demasiado lejos. No… No conozco esta zona.

Él ni siquiera pareció escucharme.

—Lionel, hemos salido del barrio —traté de hacerle notar, caminando cada vez más despacio hasta detenerme. Él prosiguió la marcha hasta que se dio cuenta de que no lo seguía.

—¿Qué haces? —me preguntó—. Ah, no te preocupes. Conozco bien esta zona— añadió tranquilo—. Vamos.

Me lo quedé mirando con una expresión que no sabría explicar. Él también la captó.

—¿Qué pasa?

—Habíamos dicho que daríamos una vuelta por el barrio…

¿En qué momento debió de darse cuenta de que estábamos alejándonos demasiado?

—Solo hemos alargado un poco más el trayecto —respondió mientras me acercaba despacio. Me miró a los ojos y finalmente bajó el rostro—. La verdad es que yo vivo aquí cerca… —confesó, dándole una patada a un guijarro—. A cinco minutos. —Me echó otra ojeada y volvió a mirarse los pies—. Ya que hemos llegado hasta aquí…, podrías pasarte.

Me di cuenta de que estaba un poco cortado y eso me enterneció. Pensé que le haría ilusión enseñarme su casa. A mí también me gustaba la mía y sentía una punta de afecto y orgullo por vivir en ella, de ahí que no hubiera dudado en invitar a Miki. Supuse que a él le pasaría lo mismo.

Me relajé y sonreí.

—De acuerdo.

Lionel parecía feliz de que hubiera aceptado. Me lanzó una mirada vivaracha antes de enderezarse y rascarse la nariz.

Cuando llegamos a su casa, me pareció que estaba muy bien cuidada.

El garaje era automático y tenía un portón con un pomo pulido y resplandeciente. La gravilla perfectamente nivelada formaba una alfombra que conducía hasta la parte trasera del edificio, donde distinguí una canasta de básquet y un flamante cortacésped último modelo.

Unas hileras de violetas perfectas bordeaban el jardín con una precisión milimétrica. No pude evitar pensar en lo distintas que eran las gardenias tan espontáneas y alegres que adornaban nuestra valla.

Cuando entré, se abrió ante mis ojos un ambiente espacioso y limpio, con el suelo de mármol. Unas cortinas blancas daban sombra a las estancias y no había un solo sonido que alterara el silencio reinante.

Era una casa hermosa.

Lionel dejó la chaqueta encima de una butaca y pareció extrañarle que me limpiara cuidadosamente los zapatos en la alfombrilla antes de entrar.

—Tengo mucha sed… Tranquila, a esta hora no hay nadie.

Desapareció tras una puerta, lo seguí y entonces descubrí que era la cocina.

Lo encontré en la nevera, con una botella de agua y un vaso del que daba grandes tragos.

No se dio cuenta de que lo estaba mirando hasta que volvió a poner la botella en la nevera.

Se me quedó mirando un instante y parpadeó.

—Ah, por cierto… ¿Quieres un poco de agua?

Me acomodé el pelo tras la oreja, satisfecha por aquella muestra de gentileza.

—Oh, gracias.

Me pasó el agua con una sonrisa orgullosa y me la llevé a los labios, encantada con aquella sensación de frescor que me dejó en la garganta.

Habría tomado más, pero Lionel ya había guardado la botella.

Me mostró la casa en toda su extensión.

Me fijé en que había varios marcos diseminados por aquí y por allá en mesitas, anaqueles y repisas. Lionel aparecía en casi todas, a distintas edades, y siempre tenía las manos ocupadas con un helado o un cochecito de juguete.

—Este lo gané el mes pasado —anunció orgulloso, mostrándome el

trofeo del último torneo de tenis. Lo felicité y me pareció que se puso muy contento. Me enseñó sus medallas y, cuanto más admiraba yo sus trofeos, más se enorgullecía.

—Hay algo que me gustaría que vieras —me dijo con una sonrisa astuta

—, es una sorpresa… Ven.

Lo seguí a través de la casa, pasando por un bonito salón, hasta que se detuvo delante de una puerta cerrada.

Se volvió y yo lo miré desde abajo, ingenua e intrigada.

—Cierra los ojos —me dijo con una sonrisa divertida.

—¿Qué hay en esta habitación? —pregunté al tiempo que admiraba la bella puerta de caoba.

—Es el estudio de mi padre… Cierra los ojos, va —insistió sonriente.

Me reí yo también por imitación mientras bajaba los párpados, picada por la curiosidad que me había despertado aquel juego.

Oí que abría la puerta. Me hizo avanzar y entramos juntos.

Sus manos guiaron mis hombros hasta un punto en concreto de la estancia. Sus dedos me estrecharon levemente antes de apartarse, como si hubiera querido marcar algo.

—Vale, ábrelos.

El estudio era precioso.

Pero no fue eso lo que me dejó de piedra.

En cuanto despegué los párpados, lo que me alucinó fue aquella pared llena de marcos de distinto aspecto y dimensiones.

Y el número desproporcionado de insectos que asomaban bajo el cristal.

Decenas de relucientes escarabajos, cetonias doradas, el ciclo de las crisálidas, abejas, libélulas de distintos colores, mantis religiosas y hasta una colección de conchas de caracol perfectamente alineadas.

Contemplaba aquella colección como si alguien me hubiera embalsamado a mí también.

—¿Te has fijado? —exclamó Lionel con orgullo—. ¡Acércate y mira!

Me llevó frente al cuadro de las mariposas. Observé con los ojos como platos todos aquellos cuerpecillos inmóviles, atravesados por alfileres, y Lionel me señaló un ejemplar que había en la parte inferior.

—¿Ves lo que pone aquí? —«Nica flavilla» rezaba un cartelito escrito con caracteres elegantes al lado de una pequeña y grácil mariposa de un naranja brillante—. ¡Se llama como tú! —declaró con una orgullosa sonrisa, como si acabara de mostrarme un descubrimiento increíble por el que debería sentirme halagada.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro, solo veía alas tiesas y abdómenes ensartados, pero Lionel malinterpretó mi silencio.

—Es de locos, ¿a que sí? Mi padre, en su tiempo libre, colecciona un montón de cosas, pero está muy orgulloso de esta colección en particular.

Piensa que la ha reunido él mismo, con sus manos, cuando era… Oh, Nica… ¿Va todo bien?

Me había apoyado en el borde del escritorio. Tenía los labios contraídos, como si estuviera a punto de vomitar el polo en el suelo de mármol.

—¿No te encuentras bien? ¿Qué te pasa?

Me acribilló a preguntas mientras yo seguía tragando saliva y sentía que algo se removía bajo mi esternón.

—Espera aquí, ¿vale? Voy a traerte más agua. Vuelvo enseguida.

Salió del estudio y traté de calmarme. La sorpresa me había jugado una mala pasada, pero me esforcé en inspirar hondo. Yo ya sabía que era especialmente sensible, pero aquello era lo último que me esperaba en la vida.

Lionel regresó enseguida con la botella de agua.

Me la pasó, pero hasta que no tendí la mano no se dio cuenta de que se había olvidado el vaso.

—Espera.

Volvió a desaparecer. Entrecerré los ojos y seguí tragando aire.

La estancia había dejado de dar vueltas. Al cabo de poco, Lionel estaba

de vuelta con el vaso y yo se lo agradecí.

—¿Te sientes mejor? —me preguntó en cuanto hube bebido.

—Asentí, tratando de tranquilizarlo.

—Ha sido solo un momento… Ahora estoy bien.

—A veces las emociones nos juegan malas pasadas —aseveró sonriendo divertido—. ¿A que no te esperabas una sorpresa así?

Esbocé una sonrisa nerviosa y, para cambiar de tema, le pregunté a qué se dedicaba su padre. Descubrí que era notario y estuvimos charlando un poco más.

—Se hace tarde —dije en un momento dado mirando fuera. Me acordé de que tenía un montón de deberes por hacer.

Salimos del estudio y Lionel insistió en acompañarme a casa.

—Si quieres refrescarte un momento antes de marcharte, allí está el baño…

Me detuve de golpe.

Lionel me siguió la mirada y, cuando vio que me había parado, esbozó una sonrisa.

—Aquí es donde mi madre tiene sus cosas —me explicó, apoyando la mano en la puerta de una habitación. La abrió del todo y ante mis ojos aparecieron unas largas varillas de las que colgaban unas cintas relucientes.

—Es profesora de gimnasia rítmica —le oí decir mientras yo entraba en la sala absolutamente fascinada.

Un gran espejo ocupaba toda la pared del fondo, junto a unos extraños bolos que me parecieron demasiado estrechos.

—Son mazas —me ilustró Lionel—. En sus tiempos, ganó muchas medallas… Era buena. Pero ahora solo se dedica a enseñar.

Observé las fotos con los ojos brillantes y risueños. ¡Cuántos colores y qué grácil! Parecía un cisne multicolor, irradiaba una armonía delicada y cautivadora.

—Es algo hermosísimo —dije, radiante y sincera.

Me volví hacia él y le sonreí con los ojos chispeantes.

Lionel me miró a su vez, levemente emocionado.

También me sonrió. En su mirada reconocí el mismo fulgor que había visto en las fotos donde salía estrechando una copa.

Cogió una varilla y de pronto una larga cinta serpenteó en el aire, proyectando resplandores rosados. Seguí con admiración aquella banda ondulante y me reí cuando Lionel la hizo voltear a mi alrededor, creando espirales sobre mi cabeza.

Giré muchas veces sobre mí misma, tratando de capturar la cinta con los ojos, buscando el modo de seguirla. Lionel solo era una sonrisa desenfocada más allá de la seda.

Llegó un momento en que la cinta empezó a enroscarse a mi alrededor.

Sentí que de pronto se me pegaba al cuerpo y se me congeló la sonrisa.

—Lionel… —balbuceé.

La tela me inmovilizó los brazos y un terror visceral me asaltó. Sentí que me ahogaba. Mi cuerpo se contorsionó, se me disparó el corazón y el miedo estalló en forma de grito desgarrador.

La varilla cayó al suelo con un repiqueteo.

Retrocedí bajo la atónita mirada de Lionel. De pronto, me había convertido en un violento haz de escalofríos mientras me arrancaba la cinta del cuerpo, jadeando con tanta desesperación que apenas podía respirar. La sangre me martilleaba la sien, mientras en mi mente se sucedían una serie de vívidas pesadillas, fragmentos oscuros que se intercalaban con la realidad, recuerdos de una puerta cerrada y un techo desconchado.

—¿Nica?

Hundí los dedos en los codos y me abracé con fuerza, respirando a duras penas.

—Yo… —exhalé, frágil y consternada—. Perdona… Yo… Yo…

Lágrimas de impotencia comenzaron a deslizarse por los vértices de mis ojos. Una apremiante necesidad de esconderme me empujaba por dentro

con una insistencia nauseabunda y de pronto sentí que la mirada de Lionel me corroía el estómago. Me precipité en mis terrores y volví a ser una niña.

No debía dejar que me vieran.

Desearía poder comprimirme los brazos, desaparecer, volverme invisible.

Desearía arrancarme la piel con tal de que dejara de prestarme atención.

«¿Sabes lo que pasa si se lo dices a alguien?».

Hubiese querido gritar, pero se me cerró la garganta y no fui capaz de decir nada: me di la vuelta y salí a toda prisa de la estancia.

Encontré la puerta del baño y me encerré dentro. Las náuseas hicieron que me retorciera y me lancé hacia el grifo; el chorro frío salió disparado desde el metal y me inundó las muñecas.

Las dejé así, empapándose, mientras Lionel llamaba a la puerta con insistencia, diciéndome que le abriera.

Algunas cicatrices nunca dejan de sangrar. Hay días en que se fisuran y las tiritas no bastan para sanar las heridas; en esos momentos, era cuando constataba que seguía siendo ingenua, infantil y frágil como tiempo atrás.

Era una niña en el cuerpo de una chica. Miraba el mundo con los ojos de la esperanza porque no era capaz de admitirme a mí misma que estaba desilusionada de la vida.

Quisiera ser normal, pero no lo era.

Era distinta.

Distinta de todos los demás.

Al final, llegué a casa muy tarde.

El crepúsculo asomaba entre los árboles y salpicaba el asfalto, pintándolo de un negro reluciente.

Lionel me acompañó hasta la valla, en silencio durante todo el trayecto.

Después de haber permanecido encerrada en el baño durante un tiempo interminable, me excusé muchas veces por lo que había pasado. Traté de

minimizar lo sucedido por todos los medios. Le dije que me había asustado, que no había sido nada, que no había motivo para preo cuparse. Sabía lo ridículas que sonaban aquellas palabras, pero no por ello perdí la esperanza de que me creyera.

A Lionel aquella reacción mía lo dejó desconcertado, no sabía si había hecho algo incorrecto, pero yo le aseguré que estaba bien y que no había pasado nada. No volví a mirarlo a los ojos y él tampoco me dijo nada más.

Hubiese querido borrarle aquel momento de la memoria con todas mis fuerzas.

—Gracias por haberme acompañado —murmuré delante de casa. No me atrevía a mirarlo directamente.

—De nada —se limitó a decir. Sin embargo, por su voz intuí que estaba confundido.

Reuní las fuerzas suficientes para alzar la mirada. Le sonreí despacio, con una leve expresión de pesar y él trató de hacer lo mismo, pero acabé desviando la vista hacia la casa de los Milligan.

Antes de decirle adiós, me pareció que centraba su atención en algo.

—Hasta luego.

Sentí que su mano me retenía.

Antes de que pudiera moverme, Lionel se inclinó sobre mí; sus labios encontraron mi mejilla y la besaron.

Parpadeé y vi que esbozaba una sonrisa.

—Hasta luego, Nica.

Lo vi alejarse mientras me tocaba la mejilla con el dedo, consternada, y entré en casa.

La encontré inmersa en la quietud. Me quité la chaqueta y la colgué del perchero tras cruzar el vestíbulo para dirigirme arriba. Me detuve de pronto al notar la presencia de alguien. Entre los rayos mortecinos, vi que la biblioteca albergaba una figura silenciosa.

Rigel estaba sentado al piano.

Estaba sumido en un silencio total. Con un dedo acariciaba las teclas sin pulsarlas y su presencia propagó a través del aire un encanto decadente y elegante que me embargó y me hizo estremecer.

Al cabo de un momento, deslizó las pupilas por encima de su hombro y las posó en mí.

Mi alma se estremeció hasta los huesos. Nunca hasta entonces me había mirado así: me helaba y me quemaba al mismo tiempo, no sabría explicarlo de otro modo. Era una mirada amarga. Potente. Y me turbó demasiado.

Rigel dejó de mirarme y se levantó.

Pero, antes de que pudiera marcharse, me oí a mí misma preguntar:

—¿Qué sucedió entre Lionel y tú?

Nunca se me había dado bien resignarme, renunciar. Eso no iba conmigo.

Di un paso adelante.

—¿Por qué llegasteis a las manos?

—Que te lo cuente él —repuso Rigel en un tono tan venenoso que me sobresaltó—. Ya te lo habrá dicho todo, ¿no?

—Quiero oírlo con tus palabras —dije con un hilo de voz.

Rigel inclinó su atractivo rostro y una sonrisa mezquina brilló en sus labios. Pero no en sus ojos.

—¿Por qué? ¿Quieres detalles de cómo le partí la cara? —inquirió y el resentimiento que destilaba su voz me causó una honda impresión.

No lo entendía. Por un momento, mis ojos se desplazaron hacia la ventana que daba a la parte delantera de la casa.

«¿Lo habría visto?».

Hizo ademán de marcharse y dejarme allí, pero mi cuerpo se puso en movimiento por instinto.

«Esta vez, no».

En un arrebato de valentía, le cerré el paso. Un escalofrío recorrió todo mi frágil cuerpo cuando lo miré. Rigel se alzaba sobre mí desde su altura, con el pelo encendido por el crepúsculo, y al instante me arrepentí de mi

imprudente gesto.

Me lanzó una mirada incisiva y me interpeló con la voz extrañamente ronca:

—Apártate.

—Respóndeme. —Ahora mi voz se había debilitado y sonaba como una súplica—. Por favor.

—Apártate, Nica —repitió, recalcando las palabras.

Alcé la mano. No acertaba a explicarme qué me movía a establecer un contacto físico con todo el mundo, pero en su caso me resultaba imposible reprimirme. Y no solo eso, desde la noche que cuidé de Rigel, había perdido el miedo a cruzar aquel límite. Es más, quería infringirlo.

Mi gesto bastó para hacerlo reaccionar. Pero, con una desilusión punzante por mi parte, Rigel me impidió cualquier acción; se alejó de mí lanzándome una mirada gélida y ardiente a la vez. Noté que forzaba la respiración. Su reacción parecía fruto de un reflejo condicionado, aunque no por ello me resultó menos doloroso el modo en que rechazó un gesto tan inocente como aquel.

Pero sí se dejaba tocar por Anna. Y también por Norman. Y no tenía problemas en ponerle la mano encima a quienes lo provocaban. No ahuyentaba a nadie de aquel modo. Solo a mí.

—¿Tanto te molesta que te toque? —Me temblaban las manos. Sentía una opresión casi dolorosa en el pecho—. ¿Quién crees que te cuidó cuando tuviste fiebre?

—Yo no te lo pedí —me espetó, concluyente.

Reaccionó como si lo estuviera acorralando, pero aquellas palabras me hicieron abrir los ojos de par en par.

Volví a ver mis manos sosteniéndolo, los esfuerzos por ayudarlo a subir las escaleras, la solicitud y la entrega con que estuve a su lado toda la noche. ¿Para él solo habían supuesto una molestia?

Rigel apretó un puño y tensó la mandíbula. A continuación, pasó por mi

lado como si no viese la hora de alejarse de mí.

Sentí un temblor tan intenso que apenas me reconocí a mí misma.

—Yo no debo tocarte, pero lo mismo no vale para ti, ¿verdad?

Le lancé una mirada furibunda y encendida, y me quité el pañuelo del cuello con el corazón hirviendo como un volcán.

—Esto no cuenta para nada, ¿no es así?

Fijó sus ojos en mi garganta. Observó la marca roja mientras yo apretaba los labios.

—Lo hiciste tú —exclamé—, cuando estabas febril. Ni siquiera te acuerdas.

Y entonces sucedió lo nunca visto. Sus ojos lo traicionaron: en sus pupilas asomó un destello de confusión y por primera vez fui testigo de que su seguridad se desmoronaba.

La hermosa máscara vaciló. Su mirada se enfrió y un atisbo de miedo asomó en su rostro. Duró tan poco que pensé que me había equivocado.

Al instante, algo huyó de sus ojos. Su sonrisa tensa se volvió más veloz que nunca y tan feroz que podría hacer pedazos el menor síntoma de fragilidad.

No tardé en comprenderlo. Rigel estaba a punto de «morderme».

—No puede asegurarse que fuese yo… —masculló, observándome de arriba abajo. Me lanzó una mirada sarcástica y chasqueó la lengua—. ¿No creerás de verdad que quería hacértelo a ti? Seguro que estaba teniendo un bonito sueño antes de que me interrumpieras… La próxima vez, Nica, no me despiertes.

Sonrió como un diablo encantador y me miró con desprecio. Estaba acostumbrado a amedrentarme y a resaltar la frontera que nos separaba.

Me dio la espalda para irse, pero sin duda no se esperaba lo que salió de mis labios.

—Pues yo creo que este odio tuyo es más bien una coraza —dije con un hilo de voz—. Como si alguien te hubiera hecho daño y no supieras

defenderte más que de este modo.

Se detuvo en seco.

Mis palabras dieron en el blanco.

Ya no iba a creer más en su máscara.

Cuanto más se la ponía Rigel, más convencida estaba de que no quería mostrar a los demás lo que había debajo.

Era hiriente, sarcástico, complicado e imprevisible. No se fiaba de nadie.

Pero no era solo eso.

Tal vez algún día llegaría a comprender el complejo mecanismo que movía su alma.

Tal vez algún día llegaría a captar el misterio que daba voz a todos sus gestos.

Aunque de una cosa sí estaba completamente segura.

Tanto si era el fabricante de lágrimas como si no, nadie hacía temblar mi corazón como él.

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