Fabricante de lágrimas
37. Como de amaranto
37
Como de amaranto
No quiero tenerte sin tus demonios,
sin tus defectos o tu oscuridad.
Si nuestras sombras no pueden acariciarse,
entonces tampoco podrán hacerlo nuestras almas.
El apartamento de Rigel estaba en el tercer piso de aquel edificio.
No había ascensor, pero la escalera estaba reluciente como las perlas, bien iluminada y terminaba en una gran puerta de madera oscura. En la pared de al lado, el rectángulo de latón del timbre refulgía con su nombre.
Al menos eso fue lo que pude ver, antes de que me tapase los ojos con la mano.
—¿Estás mirando? —preguntó.
—No —respondí, sincera como una niña. Hubiera querido contener mejor mi entusiasmo, pero estaba segura de que debía de estar derramando una especie de luces líquidas por los poros.
—No hagas trampas —me advirtió al oído con aquella voz que me hacía estremecer.
Moví la cara, sonriendo, porque me había hecho cosquillas. Me encantaba cuando se dejaba llevar por aquellos gestos tan auténticos y juguetones. En esos momentos, Rigel me mostraba un lado de sí mismo que
me volvía loca.
Busqué la cerradura con los dedos sin que él me ayudase, pero en cuanto la encontré, no me costó nada hacer girar la llave que me había pasado.
Abrí la puerta y una oleada de luz se filtró entre sus dedos.
—¿Estás lista?
Asentí, mordiéndome los labios, y entonces me permitió mirar.
Ante mí surgió un ambiente acogedor, luminoso, con un encanto contemporáneo. El estilo moderno de los muebles iba acorde con una decoración simple en la que predominaban los matices crema, y creaba un contraste muy atractivo con el suelo de madera oscura. Todo, desde los marcos de las ventanas hasta los cojines del sofá, hacía juego con el parquet de color café, de una forma elegante y atrevida a un tiempo. Entré, cautelosa, y exploré el espacio con la mirada.
El aire olía a nuevo y a fresco. Entreví la puerta de su habitación, al fondo de un pequeño pasillo, y mis pasos me condujeron a la cocina, mi lugar preferido de la casa. Para mí era un lugar de convivencia, charlas, hospitalidad y calor. Me fijé en sus tonalidades inmaculadas, que resaltaban bajo la luz natural del apartamento; vi una encimera espaciosa y los acabados en acero, como los del fregadero y los fogones, de una claridad delicada y resplandeciente.
Era estupenda. No parecía en absoluto la casa de un estudiante universitario. Me volví hacia Rigel con los ojos luminosos y entonces me di cuenta de que me había estado observando todo el tiempo. Aunque era una persona muy segura de sí misma, mordaz e intimidatoria, en aquel momento parecía que solo esperaba mi opinión.
—Es estupenda, Rigel. No tengo palabras. Me encanta —le dije extasiada y sonriente, y él me miró con una extraña emoción en los ojos.
Con las mejillas encendidas de felicidad, proseguí la exploración, vivaracha y curiosa. Ya podía imaginármelo deambulando entre aquellas paredes, con un libro en una mano y una taza de café en la otra. Me acerqué
a un bonito mueble que había debajo de la ventana y abrí una bolsa de cartón que llevaba conmigo; deposité encima una plantita con flores que formaban racimos rojos.
Sabía que a Rigel no le gustaban especialmente las plantas y, en efecto, se la quedó mirando con el ceño fruncido.
—¿Y eso? —preguntó con un asomo de desagrado.
Esbocé una sonrisa, intuyendo que la encontraba insólita y horrorosa.
—¿No te gusta?
Por el escepticismo con que la miró, deduje que la respuesta era «No».
—No puedo dedicar tiempo a cuidarla. Se morirá —respondió eludiendo mi pregunta.
—No se morirá —le aseguré sonriente—, confía en mí. —Me acerqué y lo miré con ojos traviesos—. Y ahora… cierra los ojos.
Rigel inclinó el rostro y me miró intrigado, estudiando atentamente mis movimientos. No se esperaba aquella petición y su naturaleza desconfiada lo inducía a no acatar nunca las órdenes de nadie. Sin embargo, en cuanto me planté delante de él, optó por obedecer.
Le levanté la muñeca y abrí sus dedos sedosos. A continuación, dejé caer sobre su mano un objeto pequeño y reluciente, como él había hecho conmigo.
Esta vez era mi turno.
—De acuerdo, ya puedes mirar.
Rigel abrió los ojos.
En su mano halló un pequeño lobo tallado en un material negro y brillante semejante a la obsidiana. Sus numerosas facetas reflejaban la luz como una piedra iridiscente, haciendo que su esbelta figura pareciera estar corriendo tras algo salvaje y valioso. Era refinado y especial. En cuanto lo vi, me enamoré, literalmente.
—Es un llavero. Para la llave de tu apartamento —le dije a título informativo.
—¿Un… lobo?
No logré adivinar si le gustaba.
—Es salvaje, solitario, está vinculado a la noche. Es maravilloso por su misteriosa fuerza. Me recuerda a ti.
Rigel alzó los ojos y me miró. Tanta sinceridad por mi parte hizo que me ardieran las mejillas y me pregunté si no habría exagerado con aquellas acciones mías, cándidas e ingenuas, pero quería hacerle entender que, aunque él siempre hubiera considerado su controvertida naturaleza como una carga, yo amaba su forma de ser más que cualquier otra cosa.
Con un poco de vergüenza, abrí por última vez la bolsa y saqué un marco. En la foto estábamos los dos, el día de la graduación.
Yo lo estaba abrazando con una sonrisa que me hacía brillar los ojos. Lo había pillado por sorpresa, porque él, en vez de mirar el objetivo, me estaba mirando a mí.
Aquella foto me gustaba tanto que la había enmarcado.
—Esta es mi preferida —farfullé con un rubor infantil—, pero no estás obligado a ponerla, si no te apetece. Pensé que a lo mejor te gustaría tener algo familiar que…
—Quédate aquí esta noche.
Su cuerpo invadió mi espacio y su perfume me embriagó. Me cubrió con su sombra; y, cuando lo miré, lo encontré cercano, ardiente y terriblemente cautivador.
—Quédate aquí… —susurró con voz grave—. Llena las sábanas con tu olor. Deja tus cosas aquí. —Su voz se hizo más profunda—. Pon tu gel en la ducha. Ahí es donde quiero encontrarlo cuando me levante…
Respiré a duras penas, mientras él apoyaba ambas manos en el mueble que había a mi espalda y me aprisionaba. A pesar del tiempo transcurrido, no acababa de acostumbrarme a él. Aunque ya no era un muchacho, la naturaleza parecía tener un plan preciso para hacer de Rigel, en todo momento y lugar, un ángel cautivador y ultraterrenal. A veces querría que
se quedase como estaba, porque cuanto mayor se hacía, más aumentaban su seguridad y su dominio de la situación, cualidades que harían palidecer a cualquier chica.
—Le prometí a Anna que regresaría a casa para cenar con ellos… —
susurré mientras él me mordía lentamente la piel bajo la mandíbula. La succionó despacio y a mí se me deshizo el cuerpo.
Suspiré, me había olvidado de lo que le estaba diciendo, y Rigel apoyó su mano en mi garganta para ladearme el rostro y lograr que nuestro contacto fuera más profundo.
Desde luego, estar encerrada en un apartamento con él no era nada que yo lamentase, pero su letal presencia no contribuía en nada a mantener la fe en mis promesas.
—Rigel… —protesté cuando noté que se disponía a estrechar más su abrazo.
Movió la boca, lenta y ardiente, dentro de mi oreja mientras deslizaba los dedos entre mi pelo y me plegaba a su voluntad.
Lo hacía muy bien.
Tenía una fuerza persuasiva muy poderosa, tanto en sus gestos como en su voz.
En aquel momento, me sobresaltó el sonido de mi móvil. Por intuición, apoyé las manos en el pecho de Rigel y él profirió un gemido ronco, visiblemente contrariado.
No le gustaba que lo interrumpieran cuando estaba intentando devorarme poco a poco.
—Traeré mis cosas —le aseguré con voz afectuosa mientras le acariciaba el cuello. Rigel se apartó y le sonreí—. Pero dame un poco de tiempo.
Le puse el marco en las manos.
Él me siguió con la mirada, abatido, y desvió la vista hacia nuestra fotografía. Antes de apresurarme a responder, vi que sus ojos negros la contemplaban en silencio.
Cuando por fin hurgué en mi bolso y encontré el móvil, había dejado de sonar.
Eché un vistazo y vi que tenía tres llamadas perdidas de Adeline, todas seguidas.
Me extrañó su insistencia, pues aquello no era propio de ella. Comprobé si me había escrito un mensaje dándome alguna explicación y, al no ver ninguno, decidí llamarla.
Marqué y me acerqué el teléfono al oído, pero no me dio tiempo ni a oír el primer tono: un ruido fortísimo estalló en el aire y el corazón se me subió a la garganta.
¡Me llevé un susto terrible!
Dejé el móvil, me precipité jadeando a la otra habitación y puse los ojos como platos.
Rigel estaba apoyado en la pared, le temblaban los músculos y había una silla volcada a sus pies, junto a la ventana. Apretaba los dientes con violencia y sus brazos, recorridos por espasmos incontrolables, eran un manojo de nervios a punto de estallar.
Me lo quedé mirando sin aliento, muy asustada.
—¿Qué…? —empecé a decir, pero no pude terminar la frase.
Vi que tenía agarrado el marco y lo apretaba con violencia. Estaba bajo un estado de tensión neurótico e incontrolado.
Estaba teniendo una crisis.
Rigel cerró los ojos y aquel dolor invisible lo sumió en el delirio: cayó de rodillas, el cristal se rompió entre sus dedos y los añicos le cortaron la piel, que se manchó de sangre. Se sujetó la cabeza con las manos y se clavó las uñas convulsamente en la cabellera negra mientras yo temblaba al contemplar la escena.
—Rigel…
—¡No te acerques! —rugió con una ferocidad que me causó pavor.
Yo lo miraba con el corazón en un puño, angustiada ante aquella
reacción. Tenía las pupilas dilatadas y las facciones tan contraídas que resultaba irreconocible.
No quería que lo viera en aquel estado, no quería que lo viera nadie, pero yo nunca lo dejaría solo. Traté de acercarme de nuevo, pero él volvió a saltar.
—¡Te he dicho que te alejes! —bramó como un animal.
—Rigel —susurré, desarmada y sincera—, no vas a hacerme daño.
Sus feroces ojos me observaron a través del pelo desordenado. En aquel dolor que le confería un aspecto animal, también distinguí un gri to de sufrimiento que me rompió el corazón.
Yo no era una inconsciente, sabía que aquellos ataques podían ser peligrosos para quien estuviera cerca de él, pero no temía por mi integridad.
Me acerqué despacio, tratando de mostrarme inerme, y él me miró, jadeante. Mi mayor temor era asustarlo, desencadenar una reacción aún más violenta, pero los temblores fueron remitiendo poco a poco, señal de que la crisis estaba pasando.
Jamás había visto nada igual.
Me acerqué y me senté a su lado, pero Rigel se negó a mirarme. Tenía los nervios de la mandíbula en tensión y una vena sobresalía en su sien, por lo que supuse que debía de estar estallándole la cabeza.
Con gestos cautos y muy lentos, deslicé las manos por su tórax y lo abracé.
El corazón le latía desbocado. Aún temblaba.
—Todo va bien. Estoy aquí —le dije con la mayor suavidad que pude.
Sabía lo mucho que aquel tono de voz lograba serenarlo.
Se estaba clavando las uñas en las palmas de las manos. Temía que también se hubiera lastimado la cabeza, pero no me moví para comprobarlo.
Aún no. Necesitaba calma y silencio.
En el suelo, nuestra foto yacía entre vidrios manchados de sangre. Se había arañado y estaba estropeada. Rigel miró el marco destrozado y el
cristal hecho trizas durante un momento que se hizo infinito.
—Soy un desastre.
—Un desastre estupendo —añadí yo.
Una arruga de amargura le atravesó la boca, pero yo no aflojé la presa.
Apoyé la mejilla en su espalda y le transmití todo mi calor.
—No eres defectuoso. No lo eres… No se te ocurra pensarlo ni por un momento —le dije con ternura y, al ver que no respondía, proseguí—:
¿Sabes qué es esa plantita que te he traído? Es amaranto. Significa «aquello que nunca se marchita». Es la flor inmortal. Como lo que siento por ti. —
Sonreí, cerrando los ojos—. Esa también es distinta de todas las flores.
Necesita poquísimos cuidados, tiene un aspecto atípico y es muy persistente. Es fuerte, igual que tú. Y es única en su especie.
No sabía si mis palabras le llegarían, pero deseaba hacerle comprender que, aunque no pudiera sentir su dolor, tal vez afrontarlo juntos lo haría menos insoportable.
—Deja de hacer que parezca algo especial. Yo nunca funcionaré bien —
admitió hablando para sí.
Sabía lo mucho que la enfermedad influía en su psique. Los ataques no solo lo devastaban físicamente, sino que también le deterioraban la mente.
La distorsionaban. Generaban resentimiento, marginación y una frustración tan profunda que lo impelía a renegar de sí mismo.
—No importa.
—Ya lo creo que sí —susurró con amargura.
—No. ¿Y sabes por qué? —le replique con dulzura—. Porque para mí eres perfecto así. Yo quiero cada parte de ti, Rigel… También esas que te obstinas en ocultar. Las más frágiles y distintas. No estás estropeado. Eres un dulcísimo y complicadísimo lobo…
Una vez más me estaba pasando de emotiva, pero aquella vulnerabilidad que yo veía en él me impulsaba a protegerlo. Me acordé de cuando, a los dieciocho años, aquel accidente estuvo a punto de acabar con él. Yo casi me
dejé morir con tal de no aceptar que iba a perderlo. Por aquel entonces, yo era demasiado joven para darme cuenta de que me estaba equivocando, pero ahora, en ese instante, comprendí que seguía estando dispuesta a darlo todo por él.
—Yo estoy aquí por ti. Siempre estaré por ti. —Alcé la vista, le di un beso en el hombro y apoyé la barbilla en él.
Tras echarle un último vistazo fui al baño y volví con todo lo que necesitaba.
Esta vez me senté enfrente de él. Humedecí un poco de algodón con desinfectante y le curé con delicadeza los cortes de las manos. Le limpié la piel con cuidado de no hacerle daño mientras sus ojos seguían cada uno de mis gestos.
Finalmente, después de desinfectarle un corte que le llegaba hasta el índice, saqué mis tiritas del bolsillo y le puse una en el dedo.
Elegí una de color violeta, igual que la que le había puesto en el pecho unos años atrás. Puede que Rigel se diera cuenta, porque alzó la cabeza y me miró a los ojos.
Le sonreí con ternura.
—Deja que yo vea por ti, porque tú no sabes mirarte.
Le besé la mano y, antes de que pudiera reaccionar, me acurruqué en su pecho.
Rigel no me abrazó. Aún le temblaban las manos.
Pero su corazón estaba conmigo.
Latía contra el mío.
Y, en medio de aquellos vidrios rotos, nuestras almas se cogieron de la mano y caminaron bajo las estrellas.
Una vez más.
Aquella noche me quedé con él.
Le conté a Anna lo que había sucedido y le dije que no quería dejarlo solo. En lugar de dormir, me pasé todo el tiempo acariciándole el pelo, a la espera de que sus persistentes dolores de cabeza remitiesen. Sospechaba que aquella explosión imprevista se debía al estrés de los últimos meses.
Entre las clases particulares, las asignaturas y los proyectos que estaba desarrollando, Rigel se había visto sometido a una presión excesiva que había repercutido en su organismo. Aquella certeza me atormentó hasta la mañana siguiente, hasta que regresé a casa, embargada por la preocupación.
Me preparé algo de almuerzo, sin poder quitarme del pensamiento la imagen de Rigel con la cabeza entre las manos. Me habría gustado resetear la mente, rebobinarla como una vieja película, pero estaba destinada a revivir aquel momento y a preguntarme cómo debía de ser para él tener que soportar aquel dolor durante toda su vida.
El timbre de la puerta me sacó repentinamente de mis pensamientos. Fui a abrir, preguntándome si no sería Norman que pasaba por casa para almorzar, pero no tardé mucho en averiguar que estaba equivocada.
Era Adeline. Al instante me acordé de las llamadas perdidas y también de que no se las había devuelto.
Ella me miró con la respiración agitada y, al verla, me llevé una mano a la frente.
—Oh, Adeline, lo…
Iba a pedirle disculpas, pero en su rostro percibí una expresión que no veía desde hacía tiempo. Demasiado tiempo. Algo visceral y antiguo afloró en mi interior incluso antes de que empezase a hablar.
—Nica —anunció—, Margaret ha vuelto.
Debía de encontrarme en otra dimensión, porque de pronto me pareció que todo dejaba de existir. El aire, la tierra, el sol, el viento, mi mano sujetando el tirador.
—… ¿Qué?
—Ha vuelto. —Adeline entró y cerró la puerta—. La han detenido en el
aeropuerto. Esta aquí, Nica. Desde hace dos semanas.
Tras la denuncia de Peter, tres años antes, se supo que Margaret había abandonado el país hacía tiempo. Para ser exactos, cuando la despidieron del Grave sin tan siquiera investigar su conducta brutal.
Por aquel entonces temíamos que se hubiera librado, pero Asia nos aseguró que los actos criminales más graves, entre los cuales se encontraban los delitos de violencia, no prescribían.
Margaret no solo estaba marcada por cometer un crimen terrible, sino que su delito se veía agravado por haberlo repetido a lo largo de los años, infligiendo daños psicológicos y ejerciendo una crueldad injustificada.
No importaban los años que hubieran transcurrido. Había maltratado, humillado y molido a palos a niños a los que debía haber protegido y ni siquiera el paso del tiempo podría borrar su conducta.
—Creía que podría volver como si nada. No sabía que alguien la había denunciado. La detuvieron en cuanto llegó.
Adeline hablaba con una agitación convulsa, pero más allá de eso, había un sentimiento de fondo que yo también compartía, una mezcla de desconcierto, parálisis, revancha y terror. Dejé que lo sacara fuera, porque yo estaba demasiado conmocionada como para reaccionar.
Caminó por la sala, se volvió, me miró y anunció con el corazón en los ojos:
—El juicio se celebrará durante los próximos días.
Metabolizar aquellas palabras fue extraño e imposible. No podía creer que me encontrase allí, viviendo aquella situación. Me sentía fuera de lugar.
—Necesitan todos los testigos posibles. Por desgracia, después de tantos años, no resulta fácil dar con todos los niños. Muchos ya son adultos, algunos son ilocalizables, y otros no comparecerán.
Adeline hizo una pausa y al instante supe lo que iba a pedirme.
Me miró con sus grandes ojos azules y, con voz afectuosa pero firme a la vez, me dijo:
—Ve al juzgado, Nica. Testifica conmigo.
Aquella petición me provocó un pánico irracional. La noticia debería de haberme alegrado, deseaba que se hiciera justicia, pero la idea de que
«Ella» estuviera en mi presente me revolvía el alma y la respiración.
Y sabía por qué. Yo seguía yendo al psicólogo. Mis miedos se habían atenuado, pero no habían desaparecido. Aún no podía llevar correas. El contacto con el cuero me provocaba náuseas. En algunas ocasiones, los terrores volvían en forma de monstruos y me roían el alma.
No estaba curada. A veces seguía percibiéndola allí, como una presencia que no desaparecía nunca, como si por las noches pudiera oír su horrible voz susurrándome al oído: «¿Sabes lo que pasa si se lo dices a alguien?».
—Yo también quiero olvidarla, Nica. —Adeline entornó los ojos y apretó frágilmente los puños—. Yo también… No hay un día en que no desee haber tenido una infancia distinta. Feliz. Libre de «Ella». Pero este es el momento, Nica… Nuestro momento ha llegado, por fin alguien está dispuesto a escucharnos. Ahora nos toca a nosotras. No guardemos silencio, no nos quedemos al margen, ahora no… Por mí, por ti, por Peter y por todos los demás. Se merece pagar por lo que hizo.
Adeline me miró con la respiración acelerada y los ojos arrasados en lágrimas. Pero en su rostro vi una férrea determinación. Tenía un miedo mortal, se lo leía en los ojos.
Ninguno de nosotros quería volver a verla.
Ninguno de nosotros querría volver a mirar aquel rostro.
Pero todos compartíamos las mismas cicatrices.
El mismo deseo desesperado.
Cerrar aquella pesadilla para siempre.
Miré a aquella chica a la que consideraba parte de mí desde que éramos unas niñas y en ella nos vi a ambas, pequeñas y llenas de cardenales, apoyándonos a pesar de todo.
—Testificaré.
Apreté los dedos para que no me viera temblar. En su mirada se encendió una luz trémula pero poderosa.
—Solo necesito que me prometas una cosa —le pedí—, Rigel no debe saber nada.
Adeline se quedó inmóvil. En sus ojos percibí un matiz de sorpresa y confusión que me hizo desviar la vista. No necesitaba mirarla para saber que ella también consideraba que Rigel sería un apoyo, que me daría fuerza y valor.
—Es por…
—No lo quiero allí —la interrumpí, inamovible. Apreté los dedos, la miré y, por primera vez en mi vida, mi mirada no admitía réplica—. Él no debe acudir.
El fatídico día, vestía unos pantalones oscuros ajustados y el pelo largo me rozaba el bajo del chalequito gris que llevaba encima de una blusa de seda blanca. Tenía la sensación de que aquel pequeño pedazo de tela me estaba ahogando, por lo que no dejaba de torturarlo con los dedos. Anna me había preguntado si no preferiría ponerme una de sus chaquetas con la blusa, pero la idea de llevar algo que me oprimiese bastó para que se me revolviera el estómago.
Fuera de la sala del tribunal, el majestuoso suelo de mármol resonaba al paso de hombres y mujeres elegantes con un aire muy profesional. Todo tenía un aspecto refinado, solemne, y los techos eran tan impresionantes que te hacían sentir cohibida e insignificante.
—Todo irá bien —me susurró Anna.
Adeline, a mi lado, tragaba saliva casi imperceptiblemente. Sus ojos azules parecían un mar de invierno, inquieto, turbio y agitado. Estaba pálida y sus leves ojeras me hicieron intuir que no era la única que había pasado noches de insomnio antes de ese día. Carl no había podido venir y echaba
de menos su presencia.
—Yo estaré dentro, con vosotras, sentada entre el público —siguió diciéndonos Anna—. Y ahora, a esperar… Oh, ahí está.
Me volví en dirección a la persona que estaba subiendo las grandes escaleras.
Asia vino hacia nosotras, vestida con una falda oscura y una blusa de raso de color petróleo abotonada hasta el cuello. La ausencia de tacones resaltaba su aspecto juvenil, pero el aura de determinación que irradiaba la hacía estar en perfecta simbiosis con aquel ambiente distinto y formal.
Me sorprendió su presencia. Sabía que se había licenciado en De recho y que quería ser abogada de derecho civil, pero no me esperaba verla allí.
¿Qué estaba haciendo en el juzgado?
—Disculpad —dijo con determinación—, me ha despistado el cambio de hora.
Los ojos de Adeline parecieron vibrar e iluminarse al verla. Entonces comprendí que debió de ser ella quien le había pedido que viniera. Asia se le acercó y, por el modo en que le sostuvo la mirada, me pareció notar una fuerza silenciosa que se difundía a través del aire.
Había venido a apoyarnos.
En aquel momento, me hizo feliz que ella también estuviera allí.
—Deberíamos entrar —dijo con aire eficiente—. Anna, tú te sentarás en la tribuna. Vosotras dos, en cambio, deberéis esperar al fondo, hasta que os llamen a declarar. Entonces, el fiscal os pedirá que ocupéis el banco de los testigos. —Asia nos miró a los ojos con firmeza—. Procurad no alteraros.
Los nervios no os ayudarán y la defensa podría inducir al jurado a pensar que estáis mintiendo. Responded a las preguntas con tranquilidad, del modo más claro posible, nadie os meterá prisa.
Me retorcí las manos mientras trataba de memorizar sus palabras, pero tenía la desagradable sensación de haber olvidado todos aquellos consejos.
Tendría que hablar con claridad ante un púbico de algo que, si bien me
había sucedido muchos años atrás, aún seguía cerrándome el estómago.
Traté de recordarme a mí misma por qué estaba allí, el motivo por el cual lo hacía, y procuré infundirme valor.
Cuando entramos en la sala, me impresionó el respetuoso silencio que reinaba pese a la cantidad de público presente. Algunos periodistas, situados aparte, esperaban la llegada del juez con la esperanza de publicar toda la historia en la edición de la tarde.
Anna se volvió hacia nosotras, nos lanzó una mirada de ánimo a la que yo me aferré con toda mi alma y fue a sentarse en la tribuna. La seguí con la vista mientras nosotras nos acomodábamos en unas sillas que había junto a la pared.
En ese momento, deseé que una presencia alta y reconfortante, con unos inconfundibles ojos negros, estuviera allí, a mi lado.
Mirándome de aquel modo que solo él tenía.
Estrechándome la mano con sus dedos sedosos.
Desafiando a todos con la mirada, porque estaba nerviosa y asustada.
Recordándome que no importaba lo oscuras que fueran mis pesadillas.
Yo podía ver las estrellas…
«No. Él no debía estar allí», zanjó mi alma.
«Él tenía que mantenerse lejos».
«En la oscuridad».
«A salvo».
El juez entró, anunciado por el agente judicial y todos nos pusimos en pie. Cuando volvimos a sentarnos, la voz del secretario anunció:
—El estado de Alabama contra Margaret Stoker.
Ella estaba allí.
De pronto no me sentía a gusto en mi piel. Empecé a sudar. Comencé a rascarme compulsivamente la muñeca con el índice, arañándome la carne hasta enrojecerla, y volví a sentirme pegajosa, rígida y empapada.
Deseaba rascarme hasta hacerme sangre, hasta que me salieran costras, y
arrancármelas también. Pero Asia me cogió la mano con la que estaba desollándome la piel y se la puso en el regazo, ejerciendo una firme presa.
No tuve fuerzas para volverme y mirarla. Adeline me cogió la otra mano, pegándose a mí, y yo se la estreché hasta hacerle daño.
—Gracias, señoría. Miembros del jurado —dijo solemne el fiscal después de haber expuesto el caso y los cargos que se imputaban—. Con la venia, daré comienzo al examen directo.
—Proceda, abogado.
El hombre dio las gracias al juez con una inclinación de cabeza y se volvió hacia el público.
—Llamo a declarar a Nica Milligan como primer testigo.
Una descarga me atravesó todo el cuerpo y me sobresaltó.
Era yo. Era la primera.
Me puse en pie con un escalofrío y avancé entre el silencio que reinaba en la sala, como si estuviera dentro de una piel que no era la mía. El aire parecía hecho de espinas. Procuré ignorar las miradas que me rodeaban, los rostros que me siguieron como maniquíes mudos, pero era como si toda aquella platea estuviera gritando dentro de mi cabeza, imponiéndose a mis pensamientos.
En unos instantes, dejé atrás la tribuna y el agente judicial me indicó el banco de los testigos, donde tomé asiento bajo la atenta mirada del jurado.
El chaleco me estaba asfixiando. Tenía las manos sudadas.
Me senté en el borde de la silla, con las rodillas apretadas y los dedos entrelazados, hecha un manojo de nervios, ni siquiera me atrevía a mirar a mi alrededor.
—Por favor, señorita, diga usted su nombre para que conste en acta —
solicitó la acusación.
—Nica Milligan.
—¿Vive en el 123 de Buckery Street?
—Sí.
—Finalizó el proceso de adopción hace dos años. ¿Es correcto?
—Es correcto —volví a responder con un hilo de voz.
—Su anterior apellido era Dover. ¿Puede confirmarlo?
Volví a asentir y él avanzó unos cuantos pasos, prosiguiendo con el interrogatorio.
—Por consiguiente, usted, durante el tiempo en que aún respondía al nombre de Nica Dover, era uno de los niños a cargo de la institución Sunnycreeck Home.
—Sí —murmuré.
—¿Y la señora Stoker, aquí presente, dirigía la institución por aquel entonces?
Me quedé helada. El tiempo se detuvo.
Una fuerza visceral me indujo a alzar la vista para enfrentarme a la realidad.
Y la vi.
Sentada a la mesa de los imputados, como una vieja fotografía.
Miré a la mujer que me había arrebatado mis sueños de niña y el tiempo pareció retroceder a través de los años.
No había cambiado. Seguía siendo «Ella».
Margaret me miraba con sus ojos punzantes como alfileres y el pelo gris y estropajoso le llegaba hasta los hombros. Había envejecido, su rostro de mastín conservaba las marcas del humo de los cigarrillos y del alcohol, pero la dejadez de su aspecto aún le hundía más la mirada y le daba un aire feroz.
Seguía teniendo aquellos antebrazos fuertes, aquellas manos grandes y nervudas que más de una vez me habían destrozado las costillas.
Si las miraba, aún podía sentir que se hundían en mi carne.
Seguí observándola y ella me examinó a su vez, estudiando mi ropa limpia y mi aspecto sano y maduro, como si no me reconociera del todo.
Parecía no creerse que, después de todo aquel tiempo, aquella de los dedos llenos de tiritas y la cara sucia pudiera ser la chica tan bien arreglada y
alimentada que tenía delante.
Una extraña agitación se adueñó de mi corazón. Sentí que me palpitaban las sienes y los latidos empezaron a desbocarse. Era como si alguien le hubiera dado la vuelta a mi alma y la hubiera puesto del revés.
—¿Señorita Milligan?
—Sí —susurré con una voz irreconocible.
Me temblaban las manos de forma incontrolada, pero me esforcé en que no se notara.
El letrado se llevó las manos a la espalda.
—Responda la pregunta.
—Sí, dirigía la institución.
Algo gritó en mi interior, se agitó, amenazó con ahogarme. Me rebelé contra aquellas sensaciones y me obligué a mí misma a estar presente, a no echar por tierra todos los esfuerzos que había hecho con mi psicólogo. Nos habíamos enfrentado muchas veces a la directora en mi cabeza, pero tenerla delante era como si una pesadilla se hiciera realidad.
El letrado siguió preguntando. Y yo fui respondiendo despacio, luchando contra mis inseguridades, aunque las palabras se me atascaran y a veces casi me quedase sin voz, pero no me detuve en ningún momento.
Me hubiera gustado mirarla a los ojos y mostrarle con orgullo la mujer en que me había convertido.
Me hubiera gustado demostrarle que había perseguido mi propio sueño como perseguía las nubes en el cielo cuando era pequeña. Sin rendirme jamás.
Y me hubiera gustado que me mirase por lo que era, que viera la fuerza de mis ojos luminosos y la tenacidad con que resplandecían, y que en su interior también brillaba siempre aquel corazón de falena.
Sin embargo, en todo ese tiempo no pude mirarla a la cara.
—Bien, no tengo más preguntas, señoría.
El fiscal volvió a sentarse, satisfecho con mis declaraciones, y entonces
le llegó el turno al abogado de la defensa.
Inició el contrainterrogatorio, tratando de confundirme, pero yo no me dejé engañar. No me contradije ni me retracté de mis palabras, porque todos aquellos recuerdos seguían siendo reales en mi cabeza y estaban vivos en mi piel.
Me mantuve firme en mis declaraciones e incluso agravé en mayor medida los cargos, por lo que la defensa prefirió dar por terminada mi intervención.
—Es suficiente, señorita Milligan —concluyó.
Lo había logrado.
Alcé los ojos.
Más allá de la debida compostura, los rostros del jurado traslucían una multitud de emociones que iban desde la frialdad hasta la tensión o la incredulidad.
Acababa de relatar en detalle cuando ella me ataba en el sótano y me dejaba sola, retorciéndome en mi propio miedo. Cuando se me abrían los labios de tanto gritar y de pasar sed. Cuando me amenazaba con arrancarme las uñas, para que así no pudiera rompérmelas arañando el cuero de las correas. Miré a Margaret y ella me devolvió la mirada con sus ojos oscuros, indagatorios, como si por fin lograse reconocerme.
Y entonces sonrió.
Sonrió como sonreía cuando cerraba la puerta del sótano. Como sonreía cuando me aferraba a su falda. Sonreía de aquel modo torcido y repugnante, componiendo una mueca que era una victoria.
Una emoción roja y brutal me contrajo la garganta.
Me incorporé a toda prisa y, a petición del juez, abandoné el banco de los testigos, húmeda y convulsa. Estaba temblando de forma incontrolada.
Crucé la sala con la sangre martilleándome las sienes, pero cuando llegué al fondo, en lugar de sentarme de nuevo en la silla, de repente agarré el tirador y me precipité fuera. La bilis empezó a subirme por la garganta y a duras
penas logré llegar al baño. Una vez allí, me sujeté al inodoro y vomité todo aquel malestar que me corroía el alma.
El sudor me puso la piel de gallina y me estrujó las vísceras. Me estremecí y las lágrimas vertidas por el esfuerzo me cegaron los ojos. Volví a verla allí, con aquella mueca burlona y con todo el dolor que me había causado.
Para «Ella» no era una mujer de veintiún años.
Seguía siendo la niña menuda y sucia que prometía que sería buena.
Unas manos me tocaron, trataron de entrar en contacto conmigo, pero sentí un gran asco y mi cerebro las rechazó.
Aparté aquellos dedos que trataban de ayudarme, mientras una voz conocida se esforzaba en hacerme razonar.
—Deja… No. Quieta…
Asia intentó tranquilizarme, luchaba contra los manotazos que le asestaba en un intento por rechazarla. Puede que le hiciera daño, pero no estaba en mi sano juicio. Logró sujetarme por los hombros y yo me eché a temblar.
—Todo está en orden. Lo has hecho muy bien. Lo has hecho muy bien…
Traté de alejarme, pero ella me lo impidió y me retuvo de un modo extraño, anguloso, complicado. Y sin embargo cálido.
Luché por liberarme, pero al final su presa venció mis reticencias.
Sus manos no eran suaves como las de Anna ni familiares como las de Adeline.
Pero me sostenían.
Aunque proveníamos de realidades distintas, aunque pertenecíamos a dos universos que nunca habían llegado a tocarse, liberé mis lágrimas y dejé que ella, por una vez, acariciase aquel corazón de niña que nunca habría consentido mostrarle a nadie.
Aquella noche pasé un tiempo interminable bajo la ducha.
Lavé a fondo el sudor, la angustia y los escalofríos que se me habían quedado adheridos a la piel.
Lavé a fondo el olor del miedo, los arañazos en las muñecas y todo lo que quedaba de aquella jornada.
Después fui al apartamento de Rigel con el alma arrugada y los ojos vacíos.
Mi existencia parecía desdibujarse, como algo borrado con una goma. La verdad era que necesitaba respirar un poco su presencia, vivirlo, aunque solo fuera un instante, porque él era él único capaz de darme alivio cuando a veces me precipitaba en aquella oscuridad.
Ni siquiera se daba cuenta del poder que ejercía sobre mí.
Rigel cogía la oscuridad y la convertía en terciopelo. Acariciaba mi corazón y de pronto todo parecía funcionar, como si conociera la melodía secreta que movía sus engranajes más complejos. Tenía el paraíso en sus ojos y el infierno en los labios, y era la única realidad capaz de convertir en insignificante todas las demás.
Introduje la llave en la cerradura. Debería haber llamado a la puerta, pero en cuanto el aire me trajo aquel perfume que sabía que era el suyo, entré en silencio sin pensarlo dos veces.
Dejé caer el bolso en el sofá, me quité la chaqueta y vi que había una luz iluminando la mesa de la otra estancia. Esperaba verlo allí, pero solo encontré un libro abierto —trataba sobre el movimiento de los planetas—, un vaso de agua, un plato con algunas migas y unas páginas de apuntes llenas de su elegante caligrafía.
Acaricié el bolígrafo que estaba apoyado en el surco que formaban las páginas y me lo imaginé allí, estudiando, con sus maravillosas facciones iluminadas por la lámpara y aquella expresión concentrada que adoptaba cuando leía.
Al cabo de un instante, noté una presencia silenciosa a mi espalda.
Me volví, pues sabía que tenía la vieja costumbre de moverse como un
depredador en la sombra.
—A lo mejor te apetece explicármelo.
Estaba en el umbral, magnífico y aterrador. Sus ojos perforaban la oscuridad de aquel modo que tantas veces me había hecho temblar. Con la mano apretaba el periódico de la tarde. Lo tenía enrollado, pero no hacía falta que me lo mostrase para saber lo que había escrito.
El caso de los niños de Sunnycreek estaba dando la vuelta a todo el país.
Se acercó y arrojó el periódico sobre la mesa con un gesto seco, sin dejar de mirarme con ojos tempestuosos. Su perfume familiar me despertó el corazón. Aunque en aquel momento sus ojos me estuvieran rechazando y aplastando como agujeros negros, sentía que mi cuerpo reaccionaba a su proximidad, como si nunca hubiera sido tan suyo.
—¿Por qué? ¿Por qué no me lo dijiste?
Estaba furioso.
Mucho.
Hubiera querido estar allí. No le había gustado el modo en que actué y la idea de no haber estado conmigo en ese momento chocaba de frente con el instinto primordial que regía su corazón.
Solo quería arrojarme en sus brazos, sentir que me abrazaba, sentirme a salvo. Pero sabía que no podía evitar aquel enfrentamiento, porque Rigel merecía que le explicara por qué lo había hecho.
—Si te lo hubiera dicho, habrías venido —susurré—. Por eso he procurado impedirlo.
—¿Has procurado… impedirlo? —repitió entornando los ojos hasta reducirlos a dos fulgores cortantes—. ¿Y eso por qué, Nica?
Una certeza cruzó por su rostro como un rayo de aquel modo destructivo y hostil que pasaba a convertirlo en mi enemigo.
—¿Qué pasa, es que acaso pensaste que era demasiado débil para ir? —
Avanzó un paso en mi dirección, liberando rabia y dolor—. ¿Es por lo que viste el otro día? ¿Por la crisis?
—No.
—Entonces ¿por qué?
—No quería que ella te viese —susurré con una sinceridad desarmante.
Rigel se quedó quieto, pero algo se cristalizó en sus iris.
—No podía soportar que te volviera a poner la vista encima —confesé—.
Que, al verte, despertaras algo en ella. No lo hubiera soportado. Odio la obsesión que siempre sentía por ti, el afecto enfermizo con que te constreñía. Me deja sin respiración. La quería lejos de ti. ¡Quería protegerte de ella, aunque eso supusiera tener que afrontarlo yo sola!
Los puños me temblaban y me quemaba la garganta. Sentí mis lágrimas amenazando con volver a brotar. No hacía más que llorar, ya había llegado al límite.
—Y volvería a hacerlo —dije entre dientes pensando en aquella mueca, en la destrucción que me había infligido—. Volvería a hacerlo cien veces con tal de mantenerla alejada de ti. No me importa que creas que ha sido una estupidez. Ni me importa que ahora estés enfadado conmigo. ¡No me importa, Rigel! ¡Habría hecho cualquier cosa, todo, con tal de impedir que volviera a verte!
Cerré los ojos y una fuerza desesperada estalló como una estrella.
—Así que ya puedes enfurecerte. ¡Grúñeme! —lo incité, mientras la conmoción a la que había estado sometida todo el día me rompía los nervios
—. ¡Dime que he obrado mal impidiéndote que fueras, dime que he cometido un error! Di lo que quieras, pero no me pidas que me excuse, que no vuelva a hacerlo, porque lo único que me hace sentir bien, la única cosa que me reconforta de todo esto es saber que, por una vez, he sido capaz de hacer algo para protegert…
Me atrajo hacia sí.
Choqué con su pecho y un sollozo me dejó sin aliento. Su calidez me envolvió como un guante y el mundo vibró entre sus brazos, enmudeció por una fuerza invisible, dulce y extremadamente poderosa a la vez.
Temblé, el llanto me perforaba el corazón, al límite de mis fuerzas.
—Tonta —me susurró suavemente al oído.
Cerré los ojos con amargura. Dios, eso era lo único que quería oír. Quería que Rigel borrase a Margaret para siempre y que lo hiciera solo hablándome con aquella voz tan profunda.
Su mano ascendió hasta mi nuca, para arrullarme, y yo me aferré a aquel gesto con desesperación. Dejé que me acariciase el corazón y lo tocara como él sabía. Aún lo amé más por el modo en que sabía recomponerme, solo con abrazarme como lo estaba haciendo.
—No necesitas protegerme —murmuró con una ternura que logró acariciar las cuerdas de mi alma—. No debes defenderme de nada. Esa tarea… me corresponde a mí.
Hundí el rostro en su jersey limpio y perfumado. Negué con la cabeza y refunfuñé en su pecho.
—Yo te protegeré siempre —repliqué, me sentía pequeña como una niña, pues no sabía ser otra cosa—, aunque creas que no lo necesitas…
Rigel me estrechó más fuerte y yo dejé que me absorbiera por completo, centímetro a centímetro, hasta fusionarme con su calor. Sabía que yo era así, que nosotros éramos así, obstinados e imposibles hasta el fin.
Seguiríamos sacrificándonos el uno por el otro.
Seguiríamos protegiéndonos a nuestro modo, escogiendo los silencios más que las palabras, los gestos más que cualquier otra cosa.
Seguiríamos queriéndonos así, de esa forma excesiva e imperfecta, llena de errores, pero sincera como el sol.
Lo miré con los ojos lánguidos y arrasados, él reclinó el rostro e intercambiamos una mirada tranquila y profunda.
Mi corazón palpitó, emocionado una vez más al contemplar su semblante, por todo lo que significaba para mí, y Rigel me besó en los labios.
Su boca suave me provocó un cálido hormigueo en el estómago. Rodeé
sus hombros con mis brazos y lo atraje hacia mí, con una necesidad ardiente.
Entrelazamos nuestras lenguas y Rigel me ciñó la cintura, tratando de retenerme, de frenarme. Él, a su vez, luchaba por controlar su ímpetu, que amenazaba con acometerme como una bestia, pero yo hundí los dedos en sus hombros y me apreté con más ahínco contra él.
—Te necesito —imploré—, necesito esto. Por favor…
Rigel respiró hondo, con el pecho vibrante y el pelo cayéndole por encima de los ojos. Le sujeté el rostro y hundí mis labios dulces y ansiosos en los suyos.
Tensó los músculos. Retuvo la respiración en la garganta.
Sentí que su autocontrol se tambaleaba. Aumenté las suaves acometidas de mi boca y la insistencia de mi cuerpo menudo hizo que cediera definitivamente.
Me sujetó la nuca y su boca se impuso sobre la mía, me consumió con sus besos ardientes. Me invadió con su legua y su seguridad me aturdió, provocándome un intenso escalofrío a lo largo de toda la columna vertebral.
Deslicé la mano por su pelo y lo besé con una pasión arrolladora hasta arrancar un gemido ronco de su pecho.
Su respiración se volvió hambrienta, impetuosa. Rigel me hizo retroceder hasta que me topé con el borde de la mesa, que liberó bruscamente de impedimentos. El vaso y el plato se hicieron añicos y una lluvia de hojas cayó sobre el parquet mientras me sujetaba por las caderas para tenderme sobre el mueble.
Traté de quitarle el jersey con dedos temblorosos y Rigel lo tiró al suelo junto con la camiseta, ardía como un fuego arrollador. El cabello oscuro le caía sobre los fornidos hombros creando una especie de suave aureola, pero no me dio tiempo a admirarlo, porque me bajó la cremallera de los pantalones, me levantó la pelvis con un gesto brusco y los deslizó a lo largo de mis piernas. Mi respiración se hizo más afanosa. Las mejillas me ardían
cuando, de pronto, me vi alzando los brazos mientras sus manos me arrancaban la sudadera sin la menor delica deza.
Ya no había calma que valiera. Ni paciencia. Nos acometíamos el uno al otro como animales furiosos.
El aire me estremeció la piel y me provocó un cúmulo de sensaciones gélidas y ardientes al mismo tiempo. Mis escápulas desnudas golpearon la mesa, Rigel cerró la mano alrededor de la curva de mi cuello y apretó hasta incendiarme los nervios. Me contraje al ritmo de sus caricias y mis latidos se dispararon cuando clavó los dedos en mi muslo y hundió los dientes en la cara interna, allí donde la carne es más tierna y sensible. Cerré los ojos y sentí una descarga que me obligó a aferrarme a los bordes de la mesa.
Mi cuerpo empezó a estremecerse mientras yo dejaba que Rigel lo borrase todo, que tomara lo que quisiera y me llenase de él.
No importaban las marcas.
No pensaba detenerlo.
Necesitaba eso.
Su tacto de fuego, sus mordiscos, su amor negro.
Necesitaba perderme en su alma, porque era el único lugar donde nunca sentiría miedo.
Me temblaban las manos, tenía los músculos tensos. Rigel me arrancó las braguitas con determinación, el elástico se me clavó en la piel y sentí que me quedaba sin aliento. Sin la menor delicadeza, me sujetó por los tobillos y me arrastró por la mesa hasta su ingle. Su cuerpo quemaba de tensión, de frenesí, de tanto como necesitaba saborearme, devorarme, hacerme suya.
Y yo lo quería porque era así, porque solo deseaba que fuera él mismo.
Un bellísimo demonio. El único ángel que residía en la oscuridad de mi alma.
Yo respiraba como podía mientras sus posesivas caricias me incendiaban la piel. Me recorrió los muslos con los dedos y hundió las yemas de los dedos para sentir mi carne aterciopelada tomando forma en sus manos.
Apretó hasta sentir que se le llenaban las palmas, hasta hacerme daño, y mis labios dejaron escapar un jadeo casi imperceptible.
Aquel sonido lo animó a estrecharme con más intensidad. Cerré los ojos y curvé los tobillos, y Rigel se inclinó para envolver y mordisquear mi intimidad con sus labios incandescentes. Ahora tenía los ojos abiertos de par en par y el aliento me estallaba en la garganta.
Me contraje por instinto, pero él me sujetó las caderas y me inmovilizó con una presa cerrada e inexorable. Empezó a torturarla con los dientes, a besarla y lamerla, chupando sin la menor piedad, desatando una implacable tormenta que me hizo cerrar los ojos. Gemí, con las piernas entumecidas, y mi bajo vientre palpitó con fuerza. Su lengua siguió acariciándome sin piedad y sus dientes estimularon nervios que enviaron turbadoras descargas a lo largo de mi piel.
Mi respiración se volvió errática, empecé a temblar, se me incendiaron las mejillas. Aprisioné su pelo entre mis dedos, pero Rigel no se detuvo, hizo girar su lengua alrededor de la punta más sensible de mi anatomía y la hundió con más vigor que antes. Me mordí el labio mientas me arañaba la piel con sus dedos sin dejar de sujetarme, mientras sus cálidos golpes se movían con una dulce crueldad que me hacía trizas los músculos.
Cuando se irguió de nuevo, yo estaba enmudecida, agotada, temblorosa.
Un zumbido me ofuscaba el cerebro. Rigel se lamió los labios enrojecidos, turgentes y agresivos y, dejándose llevar nuevamente por su instinto devorador, sujetó el elástico de sus pantalones de chándal y se los bajó.
Medio aturdida, recordé que ya tomaba anticonceptivos mientras él me sujetaba con fuerza por la pelvis y la levantaba hasta hacerla crujir. Aquella presión me dejó sin aliento.
Nunca había sido delicado, pero no pensaba pedirle que hiciera una excepción conmigo. Rigel siempre trataba de controlarse, de reprimirse, como si todo el tiempo tuviera miedo de romperme. Estaba hambriento, era salvaje e impetuoso, pero en aquel momento yo deseaba que me esculpiera
el alma, que hiciera desaparecer el mundo con su habitual rudeza y se lo llevase lejos, lo más lejos posible.
Sentí su virilidad abriéndose paso entre mis piernas y mi corazón latió errático. Me tembló la sangre, mi cuerpo empezó a hervir y las palpitaciones me partieron el corazón.
Hubiera querido inclinar el rostro, mirarlo a los ojos, pero él entró con decisión dentro de mí, y la sensación que me embargó fue tan repentina e impetuosa que contraje los dedos de los pies y arqueé la espina dorsal. Me temblaron los muslos, como si nunca acabara de acostumbrarme a él. Clavé las uñas en la madera de la mesa y Rigel empezó a respirar de aquel modo ronco y viril, gozando de aquella sensación dúctil e hirviente que lo embargaba. Me mordí el labio, menuda y temblorosa, pero en lugar de iniciar su asalto, acercó su mano a mi mejilla y me miró a los ojos.
El tiempo se detuvo.
Me aferré a sus iris y mi pecho estalló de una emoción incontenible.
Correspondí a su mirada con todo mi ser, lo amaba con locura y vertí en sus ojos todo lo que sentía.
Allí era donde nuestras almas se encontraban.
Allí se lo daban todo.
Con nuestros ojos enlazados, Rigel empezó a moverse dentro de mí.
Empujó con decisión, profundamente, clavándome con fuerza en la superficie de la mesa, apretándome las caderas hasta hacerme sentir dolor en los huesos.
Su respiración llenó el aire.
El mundo se alejó.
Me convertí en sus ojos.
Me convertí en su piel, su perfume, su vigor y su fuerza.
Me convertí en él.
Y la oscuridad se convirtió en terciopelo.
Las estrellas florecieron entre las sombras.
Rigel se inclinó sobre mí y yo acogí sus precisas estocadas con las piernas insensibles y los tobillos temblorosos. La presión en la pelvis me causaba dolor, pero hundí las uñas en su espalda y respondí a sus besos con toda la dulzura de mi cuerpo estremecido.
Porque éramos una galaxia de estrellas, él y yo.
Un caos magnífico.
Un delirio resplandeciente.
Pero solo brillábamos estando juntos.
Y así seríamos siempre.
Difíciles de entender.
Imperfectos y fuera de lo común.
Pero inmortales.
Como flores de amaranto.
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