Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 20 de 43

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Fabricante de lágrimas

19. Debajo

19

Debajo

Sé defenderme de todo, salvo de la dulzura.

—¡Rigel!

Lo perseguí por el pasillo, decidida a que me escuchara. Me lanzó una mirada nerviosa, y yo me vi obligada a continuar pisándole los talones cuando vi que no pensaba detenerse. Caminaba más deprisa de la cuenta, como si estuviera impaciente por darme esquinazo.

—Para, por favor. Necesito hablar…

—¿De qué?

Se volvió sin previo aviso, entrechocando los dientes para intimidarme.

Parecía tenso, casi… asustado.

«De ti», hubiera querido responder directamente, pero me contuve, porque a esas alturas debía de parecer una loca. Ahora ya había comprendido que Rigel era cauteloso y desconfiado como un animal salvaje y, si entraba directamente al trapo, él podría reaccionar de manera agresiva.

—Nunca respondes a mis preguntas —dije en cambio, eligiendo otras palabas—. ¿Por qué?

Esperaba incitarlo a mantener una conversación, pero comprendí que no lo lograría cuando volvió a rehuir mi mirada. Los ojos de Rigel eran la

fuente de su alma, la única superficie límpida en la que no podía ocultarse.

Eran negros como la tinta, pero en algún rincón brillaba una luz que pocos sabrían distinguir. Cuando volvió a emprender la marcha, sentí la necesidad de ponerme frente a él para estrechar esa luz entre mis dedos.

—Porque no es asunto tuyo —murmuró con un tono de voz indescifrable.

—Lo sería si tú… me permitieras comprenderte.

Puede que hubiera ido demasiado lejos, pero al menos logré lo que me había propuesto: Rigel se detuvo. Parecía estar escuchando cada uno de mis pasos mientras me acercaba a él con cautela. Se volvió y por fin me miró a los ojos. Por el modo en que lo hizo, me sentí como una presa indefensa ante su cazador, listo para apuntarle con su fusil.

—Solo quiero entenderte, pero tú no me das la posibilidad. —Encadené mi mirada a la suya, procurando que no trasluciera mi tristeza—. Sé que odias las intromisiones —me apresuré a añadir—, también sé que no eres de los que se prestan a confidencias. Pero si lo intentaras, el mundo tal vez te parecería más ligero. No tienes por qué estar solo. Así, igual descubrirías que vale la pena confiar en alguien.

Me seguía con la mirada mientras yo me acercaba.

—Así —susurré aproximándome un poco más—, igual descubrirías que hay quien está dispuesto a escucharte…

Los ojos de Rigel permanecían tan inmóviles que nadie podría darse cuenta de hasta qué punto temblaban. Emociones desconocidas se fueron sucediendo una tras otra, veloces y luminosas, y mi corazón se convirtió en un delirio de latidos inconexos. Siempre había estado equivocada; la mirada de Rigel no era estéril ni vacía, sino que poseía in numerables matices, pero surgían de un modo tan simultáneo que era imposible aprehender uno solo de ellos. Eran una aurora boreal que reflejaba su estado de ánimo y, en aquel momento, parecía abrumado, confundido y asustado por mi comportamiento.

De pronto, Rigel cerró los ojos y reprodujo el perfil de mi rostro en su mente con un temblor nervioso.

Vi que contraía la mandíbula, que se le hinchaba una vena en la sien y que su hermoso rostro se endurecía por momentos de un modo espantoso.

No entendía qué estaba pasando, pero al cabo de un instante, dio un paso atrás, aumentando la distancia que nos separaba. El contacto visual se rompió y perdí hasta la última pizca de todo aquello que tanto me había costado conquistar.

¿Había dicho algo que no debía?

—Rigel…

—Aléjate de mí.

Su voz, ahora dura y hostil, me golpeó en mitad del pecho. Escupió aquellas palabras como si le quemaran la lengua y tuviera que librarse de ellas con urgencia y a continuación me lanzó una mirada febril.

Empuñó el tirador de la puerta de su habitación y, al ver que tensaba los nudillos, retrocedí. Me lo quedé mirando, confusa y herida, incapaz de comprender qué había hecho para provocarle aquella reacción, y Rigel desapareció de mi vista, cerrando la puerta tras de sí.

Fue como si me hubiera caído una roca en el corazón.

¿Por qué había reaccionado de aquel modo?

¿Había sido… por mi culpa?

¿En qué me había equivocado?

Quería entenderlo, pero no era capaz.

¿Por qué no lográbamos comunicarnos?

Me hundí en un océano de preguntas y mis inseguridades construyeron un camino sin salida.

Tenía que resignarme al hecho de que Rigel no quisiera compartir nada conmigo. Él era un enigma sin respuesta, una fortaleza en la que nadie estaba autorizado a entrar. Era una rosa negra que defendía su fragilidad hiriéndote y arañándote con sus espinas.

Decepcionada, vagué por la casa, hasta que finalmente descendí al piso inferior con la frustración guiando mis pasos.

Me detuve delante del comedor. Allí me envolvió un perfume maravilloso, como una nube, aliviando por un instante el abatimiento que me embargaba.

Anna estaba examinando el pedido y el suelo era una alfombra de cintas y papel encerado. Unos grandes jarrones con tulipanes llenaban toda la sala y ella dedicaría toda la tarde a asegurarse de que estuvieran perfectos. Carl, su asistente, se había hecho cargo de la tienda en su ausencia. La miré desde el umbral. El sol le doraba el pelo y sus labios siempre estaban ribeteados con una sonrisa que irradiaba una luz exquisita. Anna estaba muy hermosa cuando sonreía de aquel modo. Era mi cuento en la vida real.

—¡Oh, Nica! —exclamó feliz en cuanto me vio—. ¿Ya habéis terminado?

Bajé la vista y sentí una punzada en el pecho.

No quería que viera la desilusión que me enturbiaba el corazón. Hubiera querido confiarle todas mis preocupaciones, dejarle tocar mis temores y mis inseguridades, pero por un lado no podía y por el otro me daba miedo. Me habían enseñado que las debilidades eran algo que había que ocultar, que debían taparse y que eran motivo de vergüenza. Anna descubriría que yo era una muñeca rota y un poco usada, pero yo quería que sus ojos me vieran en todo momento como una chica perfecta, llena de luz y digna de tenerme a su lado todos los días. Por un momento, deseé que me abrazara y lavara todas mis tristezas de aquel modo que solo ella tenía, afectuoso y amable, y que la hacía parecer una madre.

—¿Ha pasado algo con Rigel?

Caí en la cuenta de que se había acercado hasta donde yo estaba. No respondí y ella me dedicó una sonrisa teñida de emoción.

—Eres muy transparente —dijo, logrando que sonara como algo bonito

—. Tus sentimientos pueden leerse en tu rostro de inmediato, como sobre

un lago cristalino. ¿Sabes lo que se dice de las personas como tú? Que tienen un corazón honesto.

Me acomodó el pelo detrás de la oreja y cada pedazo de mi alma abrazó aquel gesto. Me encantaba cuando me tocaba con aquella ternura, como si fuera una de sus flores.

—Puede que esté empezando a conoceros un poco… Rigel es un chico complicado, ¿verdad? —Esbozó una sonrisa agridulce. —Sin embargo, antes me he pasado por arriba. Se os veía trabajar bien juntos. Estoy segura de que gracias a ti ha comprendido muchas cosas.

Jamás había tenido demasiada confianza en mí misma, pero en ese momento no me atreví a decirle cuánto me gustaba lo que acababa de decirme. Seguía abatida y no era capaz de ocultarlo.

Anna no forzó mi silencio; al contrario, pareció aceptarlo y respetarlo.

Sosegada como siempre, me sorprendió al preguntarme:

—¿Te apetece ayudarme?

Me tomó de la mano. Aquel gestó me emocionó. De pronto, la niña que había sido volvió a cobrar vida y busqué su mirada, confundida por la intensidad de mis sentimientos. Me dejé llevar hasta un jarrón donde un ramo de espléndidos tulipanes esperaba a ser cuidadosamente encintado.

Estaba demasiado aturdida para poder hablar. Siguiendo sus delicados gestos, sostuve con firmeza los tallos, agrupándolos en un haz compacto.

No podían parecerme más bonitos mientras ella pasaba las manos alrededor y los envolvía con la cinta.

Rizó los extremos, enseñándome cómo lo hacía, y yo observaba fascinada cuánto esmero ponía en cada paso.

Arreglamos el ramo entre las dos. Los tulipanes componían un espléndido mosaico de tonalidades rosas y blancas, y al final admiramos juntas la composición.

—Ha quedado bien… —constaté encantada, recuperando algo de voz.

Y entonces apareció un tulipán delante de mi nariz.

Anna me lo estaba entregando con una sonrisa. Lo cogí y lo sostuve delicadamente entre mis dedos. Acaricié la flor con un dedo libre de tiritas y aprecié su suavidad.

—¿Te gustan?

—Mucho…

Diligente, cogió un tulipán de un rosa intenso y lo enterró bajo su nariz.

—¿A qué sabe?

Me la quedé mirando, confundida.

—¿A qué huele?

La miré un poco desconcertada, levantando una ceja.

—¿A… tulipán?

—Oh, no, no, sigue… ¡Las flores nunca huelen a flores! —me regañó ocurrente y divertida. Le brillaban los ojos.

—¿A qué sabe?

Olfateé con ganas, bajo su entusiasta mirada.

Parecía… Parecía…

—Caramelos… Caramelos de frambuesa —dije y las pupilas de Anna destellaron alegres.

—El mío huele a sobrecito de té y… a encaje… ¡Sí, a encaje recién tejido!

Oculté una sonrisa tras los pétalos.

—¿A encaje?

Olfateé mejor, mientras observaba a Anna con los ojos encendidos y vivarachos.

—Pompas de jabón.

Intercambiamos una mirada, ambas con la nariz hundida entre los pétalos.

—Talco para bebés —añadió ella.

—Confitura de frutos del bosque…

—¡Colorete!

—Algodón de azúcar.

—¿Algodón de azúcar?

—¡Sí, algodón de azúcar!

Anna me sonrió, radiante, y por fin estalló en una carcajada.

Su risa me pilló desprevenida; mi corazón se estremeció maravillado y la miré con el pecho palpitante. Cuando sus resplandecientes ojos se posaron en mí y fui consciente de que yo era el motivo de aquella alegría imprevista, un amor ardiente reemplazó a mi incredulidad. Deseé hacerla reír más, deseé ser la destinataria de aquella mirada todos los días y sentir que me engalanaba el corazón.

La carcajada de Anna era como un cuento, como un final feliz que ya no parecía tan lejano. Era una de aquellas risas que te hacían echar de menos algo que jamás habías tenido.

—Tienes razón —estuvo de acuerdo conmigo—, sí que sabe a algodón de azúcar.

Sentí que se me deshacía el alma cuando posó una mano en mi pelo. Su buen corazón también me contagió y ambas acabamos riéndonos juntas en medio de aquellos aromas que sabían a mil cosas distintas, menos, por supuesto, a tulipán.

Dedicamos el resto del tiempo a decorar los otros jarrones y, cuando terminamos, regresé arriba.

Me sentía ligera y limpia. Había recuperado la alegría, porque Anna ejercía un grandísimo poder sobre mí; era capaz de reconfortar mi corazón.

Me encontré a Klaus en el pasillo, así que decidí jugar un poco con él.

Por desgracia no tardé en acabar corriendo por toda la casa, tratando de escapar de su furia.

Me persiguió lanzando belicosos maullidos y mordiéndome los talones como un endemoniado mientras yo huía escaleras abajo.

Llegué al salón y me encaramé en la butaca de un salto, mientras el gato, dando un salto de manual, clavaba sus garras previamente desplegadas en el

reposabrazos.

Lo miré con las cejas levantadas mientras sacaba el hocico. Sus patitas maléficas rasgaron el aire varias veces, tratando de alcanzarme.

Finalmente, cuando decidió que ya me había torturado lo suficiente, me dio la espalda y se marchó dando desdeñosos coletazos.

Estiré el cuello a fin de asegurarme de que no se hubiera agazapado tras la esquina para tenderme una emboscada.

Bueno…, había que reconocer que al menos había logrado llamar su atención… La vibración del móvil me devolvió a la realidad. Lo saqué del bolsillo de los vaqueros y vi que era Billie. Lo desbloqueé y lo que leí me hizo feliz: «La abuela dice que hace mucho que no pasas a vernos. ¿Por qué no vienes a estudiar aquí mañana?».

Debajo, como de costumbre, había un nuevo vídeo de una ca brita.

A esas alturas, ya me había acostumbrado a que Billie me considerase una amiga, pero sentirme apreciada siempre era una sensación nueva para mí. Me disponía a responderle, esperando no parecer demasiado eufórica, cuando un crujido me distrajo.

Levanté la vista.

El sofá que había contra la pared estaba ocupado por una figura alta, totalmente inmóvil.

Tenía la cabeza apoyada en el reposabrazos y su camiseta oscura se confundía con el revestimiento de los cojines.

Cuando reconocí a Rigel, se me detuvo el corazón. Tenía un brazo apoyado en el pecho con pereza, y el otro hacia atrás, junto a la cabeza; sus blancos dedos colgaban en el vacío, suaves y entrecerrados.

Dormía.

¿Cómo era posible que no hubiera reparado en que estaba allí?

Me pareció insólito que estuviera descansando a aquellas horas de la tarde. Algo en mi interior me mantenía anclada a aquella visión, pero mi conciencia me recordó lo que sentía y me invitó a marcharme. No quería

quedarme allí, no después de lo que había sucedido.

Su mera presencia me incomodaba.

Me puse en pie y eché un último vistazo a su plácido rostro.

Observé sus facciones serenas, las pestañas oscuras como pinceladas de tinieblas sobre los elegantes pómulos. El pelo negro le enmarcaba el rostro y caía por encima del reposabrazos como tinta líquida. Estaba tan tranquilo que parecía indefenso.

Con un peso en el corazón, reconocí que estaba dolorosamente hermoso.

Y fue… Fue insoportable.

—No es justo —susurré.

Era culpa suya. Alguien debía asumir la responsabilidad de que tuviera aquel aspecto de ángel que hería el corazón.

—Te vistes de monstruo para mantener el mundo a distancia y después…

Después estás aquí de este modo —le reproché, desarmada frente a aquel aire tan inocente—. ¿Por qué, por qué siempre tienes que trastornarlo todo?

Me habría gustado olvidarlo, pero no podía.

Sabía que en Rigel había algo luminoso y frágil y, ahora que lo había visto, no era capaz de rendirme. Quería extraerlo del misterio que lo envolvía, llevarlo a la superficie y verlo brillar entre mis manos. Yo era exactamente como una falena. Me quemaría con tal de perseguir aquella luz.

De pronto, me quedé petrificada. Podía contar sus pestañas. Podía distinguir el pequeñísimo lunar junto a sus labios…

Confusa, me disponía a retroceder rápidamente con la sangre bombeando contra mis costillas. Lo miré, consternada por lo que había hecho.

¿Cuándo me había acercado tanto?

Instintivamente, sujeté con fuerza el móvil que llevaba en la mano y sin querer apoyé el dedo en el vídeo de Billie y lo abrí; la cabra empezó a balar como una posesa, y por poco no se me cae el móvil de las manos.

Salí por piernas con las tripas en la garganta, tropezándome con todo.

Logré escabullirme fuera del salón un momento antes de que Rigel se despertara sobresaltado con los ojos como platos y los nervios a flor de piel, visiblemente desconcertado por aquellos gritos.

Me dirigí a mi habitación, pero en cuanto llegué al rellano, me topé con algo. Antes de que me diera tiempo a comprender qué pasaba, una nube de pelo me asaltó y me arañó un dedo.

Tenía razón… Klaus me estaba tendiendo una emboscada.

Qué vergüenza.

Aquel pensamiento se me quedó pegado hasta la noche, sin darme tregua.

Hubiera preferido enterrarme antes que estar frente a Rigel. Por una de aquellas casualidades de la vida, alegó un fuerte dolor de cabeza y no apareció para la cena.

Sospechaba que yo era la causa, porque a cualquiera se le hubieran saltado los nervios si alguien lo hubiera despertado de aquel modo.

Estar un poco a solas con Norman y Anna era lo que siempre había deseado, pero no pude ignorar la silla vacía a mi lado. La vista se me iba hacia allí continuamente, como si mis deseos hubieran cambiado y yo no encajara en aquella estampa para tres personajes.

Después de ayudar a Anna a quitar la mesa, me retiré a la biblioteca para leer un poco. Necesitaba distraerme, así que busqué algo que me llamara la atención y entonces mi mirada captó un título en particular: Mitos, cuentos y leyendas de todo el mundo.

Me sentí atraída al instante.

Acaricié el lomo con los dedos, lo cogí del estante y me dispuse a admirarlo. Estaba encuadernado en piel, tenía motivos florales estampados que se entrecruzaban sobre la cubierta de un modo que me pareció espléndido.

Me acomodé en la butaca y empecé a hojearlo. Sentía curiosidad por

conocer otros cuentos que no fueran aquellos con los que yo había crecido.

¿Con qué fábulas crecían los otros niños? ¿De verdad no conocían la historia del fabricante de lágrimas?

Lo busqué en el índice, pero no lo encontré. En cambio, había otros muchos títulos que alimentaron mi curiosidad, así que me puse a leer.

—Empiezo a creer… que le estás pillando el gusto.

Me sobresalté.

Experimenté una intensa sensación de déjà vu. Estreché el libro —del que ya había leído un considerable número de páginas— entre mis manos y pude comprobar que alguien me estaba observando.

—¿A hacer qué? —pregunté, sorprendida e impresionada de verlo allí.

—A despertarme en los momentos menos indicados.

Me había pillado. Al instante, empezaron a arderme las mejillas y miré a Rigel con ojos culpables.

¿Había venido hasta allí solo para hacérmelo saber?

—Fue sin querer —repliqué. Bajé la vista, pues no me atrevía a mirarlo

—. No me di cuenta de que estabas allí

—Qué raro —repuso—. Me pareció que estabas… cerca.

—Solo pasaba por allí. Eres tú quien descansaba a horas intempestivas.

Rigel siguió mirándome con aquellos iris que me robaban el alma y me arrepentí de haber elegido aquellas palabras. Tenía miedo de volver a ponerlo nervioso, de que se alterase o se pusiera siniestro de nuevo.

Pero, sobre todo, tenía miedo de que se marchase.

¿Desde cuándo me había vuelto tan contradictoria?

—Lo siento —susurré, porque en el fondo le debía una disculpa.

Seguía decepcionada por cómo habían ido las cosas aquella tarde, pero no estaba en mi naturaleza ser vengativa. No lo había hecho a propósito y no quería que lo pensase.

Aunque su presencia me hiriese, me hubiera gustado retomar la conversación en el punto en que la habíamos interrumpido. Pero no tenía

esperanzas de que sucediera, estaba claro.

Y entonces… mi instinto me sugirió una estrategia distinta.

—Una vez dijiste que todos los cuentos son iguales. Que siguen un esquema… El bosque, el lobo y el príncipe. Pues no es siempre así.

Abrí el libro por la página de «La sirenita» de Andersen.

—En este, en el mar, hay una chica enamorada de un príncipe. Pero no hay lobos. No sigue las reglas. Es distinto.

—¿Y tiene un final feliz?

Dudé, porque Rigel ya parecía conocer la respuesta a aquella pregunta.

—No. Él al final se enamora de otra. Y ella… muere.

De pronto, me pregunté por qué había decidido ir en esa dirección.

Acababa de darle la razón.

Precisamente, la última vez que habíamos estado en aquella estancia, Rigel me había hablado del compromiso de un final feliz: si no se cumple la regla, el orden se trastoca.

—Esa es la lección que enseñan —dijo con cinismo—. Siempre hay algo contra lo que luchar… Solo cambia el tipo de monstruo.

—Te equivocas —musité, decidida a hacer valer mis palabras—. Los cuentos no nos enseñan a resignarnos. Nos animan a no perder la esperanza.

No nos explican que los monstruos existen…, sino que pueden ser destruidos.

De pronto, recordé lo que me había dicho justo delante de la biblioteca…

«Tú, que tanto te aferras a tu final feliz, ¿serías capaz de imaginarte un cuento sin lobo?».

No fue una frase carente de sentido. Era imposible hablar directamente con Rigel, siempre había alusiones, significados ocultos en lo que decía, pero hacía falta tener el valor suficiente para captarlos.

—Yo lo acepto. Acepto el cuento sin lobo.

Él se obstinaba en ser el malo de la historia, como si ciertas cosas estuvieran destinadas a no cambiar jamás, pero yo quería hacerle entender

que estaba equivocado. Tal vez así dejaría de luchar contra el mundo.

Y contra sí mismo.

Rigel se me quedó mirando inmóvil, pero, aunque no sabría decir por qué, me dio la impresión de que no me creía.

—¿Y después?

Me dejó descolocada.

—¿Y después? —repetí sin entender.

Me sondeó con la mirada, como si quisiera estudiarme.

—Y después, ¿qué? ¿Cómo termina la historia?

No dije nada, porque no me esperaba aquella pregunta, pero sobre todo porque… no estaba segura de qué responder. Me hubiera gustado sorprenderlo, pero bastó mi silencio para que se le ensombreciera el rostro, como si acabara de recibir una confirmación.

—Todo se acomoda a tus expectativas de color de rosa, ¿verdad? —

murmuró—. En tu mundo ideal y perfecto, cada cual ocupa su lugar. Tal como tú quieres. Pero no sabes ver más allá.

Su rostro se endureció, como si hubiera vuelto a contrariarlo.

No… ¿A herirlo?

—A lo mejor la realidad es diferente. ¿Nunca has pensado en ello? A lo mejor no es como crees, a lo mejor no todo funciona como tú quieres. A lo mejor —enfatizó, implacable— hay gente que no quiere estar en tu sueño perfecto. Eso es lo que no sabes aceptar. Quieres respuestas, Nica, pero lo cierto es que no estás preparada para oírlas.

Aquellas palabras me impactaron como si me hubieran aplastado.

—No es verdad —respondí con el corazón a mil por hora.

—Ah, ¿no? —masculló, al tiempo que yo me ponía en pie.

—Despréndete de esa coraza. No la necesitas.

—¿Qué crees que verías?

—¡Basta, Rigel!

Estaba tan nerviosa que me escocían los ojos. No me sentía capaz de

hablar con él, la frustración me impedía razonar, pensar o entender nada.

No había forma de que nos entendiéramos porque hablábamos idiomas opuestos. Rigel trataba de decirme cosas, lo sentía, pero hablaba en una lengua que no me había explicado. Una lengua hiriente y llena de significados que mi alma no sabía interpretar. Yo siempre había sido cristalina como el agua de un manantial; él, un océano de abismos inexplorados.

Me abracé, como si así pudiera protegerme de sus ojos, y él me miró con un extraño fulgor en las pupilas.

—Eres pura contradicción —le dije, porque me estaba volviendo loca—.

Hablas de los cuentos como si fueran tonterías para niños, pero, al igual que yo, creciste en el Grave y tú también crees en ellos.

Todos los niños en la institución se creían las historias que contaban y cada niño iba interiorizándolas. Era un mundo distinto, el nuestro, un mundo que nos resultaba incomprensible. Pero era la verdad.

Rigel no respondió, me miró con aquellos ojos que desataban una tempestad en mi corazón y desvió la mirada hacia el libro que descansaba sobre la butaca.

Hubiera querido hacerle ver la luz, pero parecía estar preso de sus propias sombras.

Hubiera querido tenderle la mano, pero estaba cansada de que me hiriera.

Con todo, nada me rompía más el corazón que ver en sus ojos aquel fulgor que él deseaba extinguir a toda costa.

Al fin comprendí que no estaba luchando contra él, sino contra algo que no estaba a la vista.

Rigel no solo era cínico y desconfiado sino que también parecía desilusionado de la vida. En él había algo áspero y visceral que no había visto en nadie más, que lo empujaba a no hacerse ilusiones jamás, a rechazar a cualquiera sin excepción, a ver el mundo con un desencanto que casi quemaba el estómago. ¿Qué podía ser?

—Mitos, cuentos y leyendas… Todos tienen un fondo de verdad. —La sinceridad y el tono grave de su voz me hicieron temblar—. Los mitos hablan del pasado. Las leyendas nos aportan conciencia de nuestro presente.

Y los cuentos… son para el futuro. Los cuentos existen, pero solo están destinados a unos pocos de nosotros. A los más raros. Los cuentos son para aquellos que se los merecen. Los demás están condenados a soñar un final que jamás verán cumplido.

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