Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 21 de 43

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Fabricante de lágrimas

20. Un vaso de agua

20

Un vaso de agua

No puedes esconder

un corazón que tiembla.

La habitación estaba desordenada y llena de polvo, como siempre.

El escritorio sería bonito sin todo aquel caos y sin las manchas pegajosas de coñac que dejaban los vasos. Pero no importaba.

Él miraba al suelo.

Rigel ya se conocía de memoria las vetas de aquel pavimento.

—Mírelo. Es un desastre.

Siempre era así. Pese a estar allí presente, los dos adultos que había en la estancia siempre hablaban como si él no estuviera.

A lo mejor es que así es como se habla de los problemas. Como si no estuvieran.

—Mírelo—le dijo de nuevo el doctor a la mujer. Su voz sonó con un matiz de piedad y esta vez Rigel lo odió con todas las fibras de su cuerpo.

Lo odió por su compasión, pues él no la quería.

Lo odió porque aún lo hizo sentir más defectuoso.

Lo odió porque no quería despreciarse más de lo que ya lo hacía.

Pero, sobre todo, lo odió porque sabía que tenía razón.

El desastre no estaba en sus uñas sucias.

No estaba en sus párpados, que a veces quería arrancarse.

No estaba en la sangre que había en sus manos.

El desastre estaba dentro de él, arraigado tan hondo que resultaba incurable.

—Usted puede que no lo acepte, señora Stoker. Pero el niño muestra los primeros síntomas evidentes. Su incapacidad para relacionarse con los demás solo es una de las señales. Y, en lo que respecta al resto…

Rigel dejó de escucharlo porque ese «resto» era lo que hacía más daño.

¿Por qué era así? ¿Por qué no era como los demás? No eran preguntas propias de un niño, pero tampoco podía dejar de hacérselas. A lo mejor hubiera podido formulárselas a sus padres. Pero ellos no estaban.

Y Rigel sabía el motivo.

El motivo era que los desastres no le gustan a nadie. Los desastres son incómodos, inútiles y farragosos.

Es más fácil librarse de los juguetes rotos que tener que quedárselos.

¿Quién podría querer a alguien como él?

*

—¿Nica?

Parpadeé, de vuelta a la realidad.

—¿Tú cómo has traducido la cinco…?

Rebusqué en mis traducciones, esforzándome en concentrarme.

—«Lo había saludado» —leí en mi hoja—. «Lo había saludado antes de partir».

—Ajá. —Billie se giró triunfal—. ¿Lo ves?

A su lado, Miki dejó de mascar chicle y le lanzó una mirada escéptica por debajo de la capucha.

—¿Y a ti quién te ha dicho nada?

—¡Mira, te has equivocado al escribirlo! —se obstinó Billie, señalándole

el cuaderno—. ¡Aquí!

Los ojos de Miki apuntaron a la hoja, lapidarios.

—Ahí pone «Lo había salvado». No «Lo había saludado». Eso es del ejercicio que va después.

Billie se rascó la cabeza con el lápiz, dubitativa.

—Ah —dijo—. Pues a mí me había parecido… Claro que, con esa letra de médico que tienes, ¿eh? Mira aquí…, ¿tú crees que esto es una «u»?

Miki entrecerró los ojos y su amiga sonrió radiante.

—¿Me dejas copiar las otras también?

—No.

Yo las observaba discutir mientras volvía a perderme en mis cavilaciones.

Habíamos quedado para estudiar, pero, por algún motivo, no lograba concentrarme. Mi mente emprendía el vuelo a la mínima distracción.

Sabía que en realidad aquella distracción tenía unos ojos negros como la noche y un carácter imposible.

Lo que Rigel me dijo se me había quedado clavado en la cabeza y no había manera de hacerlo salir de allí.

De pronto, la contraventana del porche se abrió y la abuela emergió con toda su contundente amabilidad.

—¡Wilhelmina! —atronó, dándole un buen susto a su nieta—. ¿Has mandado la cadena de san Bartolomeo a través del móvil tal como te dije?

Billie escondió la cabeza, exasperada, tratando de hacerse invisible.

—No, abuela…

—¿Y a qué esperas?

No entendí de qué estaban hablando, pero la cara de confusión que debí de poner me valió una media explicación.

—La abuela sigue convencida de que los mensajes te traen los santos a la puerta… —me instruyó Billie, pero se sobresaltó al ver que su abuela inflaba el pecho.

—¡Hazlo! —le ordenó y a continuación apuntó a Miki con el rodillo de

amasar.

—¡Miki, hazlo tú también! ¡Es una orden!

—¡Oh, vamos, abuela! —protestó Billie—. ¿Cuántas veces tengo que decirte que esas cosas no funcionan?

—¡Tonterías! ¡Te protege!

Billie alzó los ojos al cielo y se dispuso a coger el móvil.

—Vale, pero ¿podemos merendar ya?

La abuela frunció orgullosamente el entrecejo.

—Claro que sí —anunció, adoptando una pose casi heroica mientras se daba golpecitos en la mano con el rodillo.

Billie, mientras tanto, empezó a teclear furiosamente en su móvil.

—Ahora se lo envío a unos cuantos… ¡Ah, Nica, a ti también te lo envío!

Encogí el cuello y la mirada de la abuela cortó el aire y acabó acertándome.

—¿A… a mí?

—Sí, ¿por qué no? ¡Así estaremos todas a salvo!

—Pero yo…

—Debes enviárselo a quince contactos —me explicó mientras yo tragaba saliva, porque la abuela seguía teniéndome a tiro.

¿Quince contactos? ¡Pero si yo no tenía quince contactos!

—¡Hecho! —anunció Billie.

De pronto mi móvil y el de Miki emitieron una ligera vibración. La abuela nos miró la mar de orgullosa con su delantal ondeando al viento.

—Acabo de prepararos la merienda —dijo mientras se giraba para volver a entrar. Pero pareció repensárselo.

—Por cierto, ¿has logrado contactar?

Billie la miró y se encogió de hombros.

—Ha vuelto a caerse la línea —masculló y deduje que estaba hablando de sus padres—, pero creo haber oído el berrido de un camello. Aún siguen en el desierto de Gobi.

La abuela asintió y le dedicó una mirada afectuosa antes de entrar de nuevo.

El silencio descendió como polvo sobre nosotras.

—¿Hay novedades?

Me sorprendí al oír aquellas palabras. Quizá porque esta vez las acababa de pronunciar Miki, siempre tan poco interesada en la vida de los demás.

—No.

Billie no alzó la vista, siguió emborronando con gesto indolente la esquina de una página.

—Han vuelto a aplazar la fecha. No volverán hasta final de mes.

De pronto, la imagen que tenía de Billie adquirió otro sesgo.

La espalda encorvada, los rizos cayéndole sobre los hombros como ramas colgantes. Aquella luz que siempre iluminaba sus ojos ahora era un puntito atrapado en una mirada sin brillo.

—Pero… papá me había dicho que iríamos juntos a aquella exposición tan fantástica. Me lo había prometido. Y una promesa es una promesa…,

¿verdad?

Alzó la vista y yo la miré a los ojos.

—Verdad —musité con la voz clara. Billie intentó levantar la comisura del labio, pero parecía exigirle un gran esfuerzo. Parpadeó y en ese momento una mano movió un libro en la mesa.

Miki le plantó su texto bajo la nariz. Le echó una mirada fugaz a Billie y refunfuñó:

—¿No querías copiar también las otras?

Billie se la quedó mirando un instante.

Y entonces, lentamente, volvió a sonreír.

Más tarde, Billie trató de contactar nuevamente con sus padres. La línea se cayó algunas veces, pero finalmente, cuando ya estaba a punto de perder de

nuevo la esperanza, alguien respondió al otro lado. Ninguna alegría fue comparable a la que vi en su rostro cuando la voz de su padre sonó al otro lado del móvil.

Por desgracia, la llamada se interrumpió antes de que acabaran de hablar, pero ella no se desanimó como yo me temía; se dejó caer de espaldas en la cama, feliz, fantaseando con las exóticas maravillas que acababan de referirle sus padres.

—Qué bonito… —murmuró con los ojos cerrados—. Qué lugares tan hermosos… ¡Ya veréis como un día yo también iré! Contemplar aquellas puestas de sol desde las tiendas… Las dunas… Las palmeras… Juntos…

Fotografiar el planeta…

Su voz fue debilitándose hasta convertirse en un susurro. Después, un leve movimiento de los labios, y finalmente nada.

Billie se durmió así, en mitad de la tarde, con el móvil aún en la mano y la esperanza tras los párpados, perdida en una nube de ri zos.

Le retiré el móvil de la mano y lo dejé sobre la mesilla, mientras la miraba dormir.

—Parecen buenas personas —dije refiriéndome a sus padres.

Los había oído de viva voz y nos habían saludado entusiasmados, ahora ya sabía de dónde había sacado Billie toda su energía.

—Lo son.

Miki no me miraba; tenía los ojos puestos en el rostro adormecido de su amiga.

Su mirada resultaba impenetrable, como siempre, pero estaba segura de haber vislumbrado una punta de melancolía en sus ojos.

—Los echa de menos más de lo que dice. Solo tiene el valor de admitirlo por la noche.

—¿Por la noche?

—Cuando me llama —murmuró—. Sueña que vuelven. Después se despierta y no están. A veces sabe que está exagerando. Sabe que están

trabajando, que están bien… Nunca se lo diría a ellos. Pero los echa de menos —susurró—. Ya hace mucho que se marcharon.

«Miki sí que sabe ser un encanto». Recordé las palabras de Billie. «Es tan sensible…». Hasta aquel momento no había sido capaz de entender a qué se refería exactamente. Ahora me la podía imaginar cuando, tras toda una jornada parapetada en su hermetismo, se iba a dormir móvil en mano. Solo esperaba ver que se iluminaba, y cuando respondía, se convertía en la única testigo de los momentos en que Billie no tenía fuerzas para sonreír.

Miki… era su familia.

—Nunca estará sola —dije, mirándola a los ojos y sonriéndole con afecto

—. Te tiene a ti.

Miki me observó mientras arropaba a Billie con la manta.

—Voy a beber un poco de agua.

Me puse en pie, me estiré las arrugas de la camiseta y salí por la puerta procurando no hacer ruido. Esperaba no armar demasiado escándalo buscando el vaso en la cocina y entonces me acordé de que la abuela se había ido a jugar al bridge con sus amigas

Pero antes de seguir adelante, volví a abrir la puerta que acababa de cerrar a mi espalda.

—Miki, perdona. ¿Tú también quieres un va…?

No terminé la frase.

Las palabras se me murieron en la boca.

Con los ojos abiertos de par en par solo acerté a ver una cascada de pelo negro perdiéndose en una maraña de rizos.

Y a ella inclinada hacia delante, con sus labios posados en los de Billie.

El tiempo se había detenido.

Me quedé inmóvil. Observé el movimiento de Miki incorporándose lentamente. Sus ojos desorbitados me miraron con tanta consternación que

parecían feroces. Tenía los labios entreabiertos bajo la sombra de la capucha, la mandíbula contraída y las pupilas alteradas.

—Yo… —probé a decir, tratando de dar con las palabras adecuadas.

Despegué los labios varias veces, abrí la boca, pero no fui capaz de completar la frase. Ella me embistió con su cuerpo y me empujó fuera de la habitación.

Miki cerró la puerta tras de sí y sus ojos cargados de hostilidad brillaron como carbones ardientes bajo la luz del pasillo. Parecían querer atravesarme de parte a parte.

—Tú —siseó entre dientes apuntándome con el dedo. Su voz le rascaba la garganta de un modo que yo jamás había oído—. Tú… no has visto nada.

Me quedé muda. Cerré los labios, la miré a los ojos y desvié la vista hacia la puerta que había a su espalda, donde Billie seguía durmiendo. Volví a mirarla a ella. Miki seguía frente a mí, de pie, rígida.

Y entonces, sin inmutarme, me encogí de hombros y le dije con voz serena:

—Vale.

A Miki le entró un tic en un párpado.

—¿Cómo…?

—Vale —me limité a repetir.

—¿Vale?

—Sí.

Me lanzó una mirada entre hostil y consternada.

—¿Cómo que vale?

—Es vale…

—¡No es vale!

—No he visto nada.

—¡Sí que lo has visto!

—¿Qué he visto?

—¡Ya sabes qué!

—¡De verdad que no!

—No… —masculló a punto de estallar, apuntándome con el dedo y con el rostro encendido.

—Tú… Tú no… Tú has…

Entrechocó los dientes, dejó escapar un gruñido rabioso y liberador, y apretó los puños. Guardé silenció mientras Miki ardía de frustración, le temblaban las muñecas. Durante un momento interminable, lo único que se oyó fue el sonido de nuestra respiración.

Fingiría de verdad lo que implicaba ese «vale».

Ignoraría de verdad lo que había visto, pensé, mientras Miki negaba con el rostro, adoptando el ademán de alguien que desearía borrar a toda costa aquel momento. Si aquello era lo que deseaba, lo tendría.

Sin embargo, desde el día que la conocí, era la primera vez que Miki no se había marchado. Apenas me había increpado y, aunque sabía que no se quedaba allí por mí, sino porque estaba librando una lucha consigo misma, en cualquier caso, allí estaba.

Y yo no fui capaz de ignorarla. No como ella habría querido, aunque por ello quizá me odiaría un poco.

—Miki… ¿Te gusta Billie? —Mi voz sonó delicada y clara como el agua.

Fue una pregunta tonta, pero se la hice igualmente porque quería que comprendiera la simplicidad de aquel momento.

Miki no respondió. La amargura le comprimía los labios y le formaba un nudo en la garganta.

—No hay nada malo en ello—dije despacio, muy despacio, como si mis cuerdas vocales estuvieran moldeando cristal, y busqué sus ojos con la mirada limpia—. Es algo bonito…

—Tú no lo entiendes —me espetó.

La frustración se deslizaba de sus ojos como gotas de cera que se derramaban sobre sus puños apretados, elevando una plegaria muda.

Volví a guardar silencio, tal vez porque no acababa de comprender del

todo la situación.

Pero Miki estaba allí, y yo, más que nunca, deseé cruzar mi mirada con la suya, que se ocultaba bajo la capucha, y sentir que me devolvía algo, una brizna de alguna cosa que antes no había tenido el valor de pedirle.

—No, tal vez no —murmuré mirando al suelo—. Pero si tú… si tú quisieras explicarme… si decidieras dejarme comprender… podrías ver que a lo mejor es más sencillo de lo que crees. Y quizá descubrirías… que no hay nada malo, inconfesable o retorcido. Que decir algo a veces es mejor que no decir nada, porque hay cosas que nos hacen bien solo en el momento en que alguien nos escucha decirlas.

Miki tensó los labios y yo la miré con sinceridad, tendiéndole las palmas de mis manos, con los dedos llenos de tiritas.

—Si quieres explicármelo, verás lo bien que te sentará, te lo juro. En silencio, sin interrumpirte, hasta donde tú quieras. Si quieres intentarlo…, te prometo que te lo pondré fácil, tan fácil como respirar, o beber un vaso de agua.

La miré con tristeza y sus brillantes pupilas vacilaron.

—Miki… —le susurré con ternura—, ¿te apetece un vaso de agua?

Miki y yo estuvimos sentadas en el suelo, junto a la contraventana de la cocina, un número interminable de horas. Aunque había un par de sillas a pocos metros de donde estábamos y la mesa era con toda seguridad más cómoda que el suelo. No nos movimos de allí, cada una con su vaso de agua, en silencio, contemplando la luz que perforaba la vegetación más allá de la ventana.

Ella no habló mucho.

Ningún monólogo brotó de sus discretos labios.

Ninguna confidencia liberó lo que llevaba dentro.

Simplemente permanecimos la una al lado de la otra, compartiendo

nuestras respiraciones y nuestra compañía.

—Eres tú —dije simplemente—. Esa rosa blanca que recibe todos los Garden Day… Eres tú.

Ella calló y yo le ofrecí mi silencio a cambio.

—¿Por qué no se lo dices?

—Ella no me corresponde.

Miki miró el techo y yo la observé a ella.

—Eso no puedes saberlo.

—No necesito saberlo —dijo decepcionada—. A ella no le gustan… las chicas.

Bajé la vista. Mis piernas extendidas y relajadas contrastaban al lado de las suyas, que mantenía abrazadas contra el pecho.

Miki apagó en el cenicero el enésimo cigarrillo, demorándose eternamente en aquel gesto.

—No puedo ni imaginarme cómo me miraría.

—Billie te quiere. No te miraría de ningún modo.

Pero ella sacudió la cabeza. Se quedó contemplando la pared que teníamos enfrente, con los iris desprovistos de ilusiones y esperanzas.

—No lo entiendes… Ahí está el quid de la cuestión. Soy su mejor amiga

—murmuró, como si fuera una condena que le hacía bien y mal al mismo tiempo—. Nuestra relación… es algo importante. Es una de las cosas más sólidas con las que ambas podemos contar. Decirle la verdad… significaría trastocarla. Y a partir de entonces sería imposible volver a como era antes.

No puedo ni pensar en perder ese vínculo. En perderla a ella. Yo no…

puedo renunciar.

Ella miraba a Billie desde un muro de contención, desde una portezuela tan diminuta y fuera de sus goznes que solo le permitía ver alambre de espino.

Su punto de vista era totalmente distinto del mío, pues yo veía prados con flores allí donde mirase.

Me fijé en mis dedos. Entre nosotras se interpuso el silencio, lento e inexorable.

—Hay una oruga —empecé a decir tras aquella pausa—, una oruga distinta de todas las demás. A veces puedo verla en las hojas de acanto.

¿Sabes? Las orugas saben que deben transformarse. Llega un momento en que fabrican el capullo y después mutan en mariposas. ¿No es así? Es muy sencillo… Pero esta oruga… Bueno, ella no lo sabe. No sabe que puede convertirse en mariposa. Si ella no siente que tiene que hacer la crisálida…

Si ella, hum… no cree en ello lo suficiente…, no se transforma. No construye el capullo. Se queda en oruga para siempre. —Me miré las manos deterioradas—. Puede que sea cierto, a Billie no le gustan las chicas. Pero…

a lo mejor podrías gustarle tú. A lo mejor, a veces, hay personas que nos impactan y se nos quedan dentro independientemente de su… envoltorio externo. Son importantes y nadie puede sustituirlas. —Alcé la vista, relajada, y me quedé mirando la pared—. A lo mejor Billie nunca ha pensado en ti de ese modo… A lo mejor no lo hará nunca, pero… también es verdad que tú eres la persona que siempre quiere tener a su lado. Y si no se lo dices… si ni siquiera lo intentas, Miki…, jamás podrás descubrir si para ella puede ser lo mismo. Y entonces las cosas no cambiarán nunca. Y

serás oruga… para siempre.

Mis palabras se apagaron como la luz de una vela.

Volví la cabeza y Miki me estaba observando.

Me miraba como nunca hasta entonces me había mirado. Con un matiz de desnudez, de complicidad… como si de algún modo mis palabras hubieran franqueado su muro de contención.

Volvió a desviar la mirada y ocultó una pequeña exhalación que yo, sin embargo, percibí con claridad.

—De todas las personas a las que creía que podría confesarles esto —

masculló —sin duda tú serías la última.

No sonó como una ofensa. Sonó como si acabara de perder una pequeña

batalla consigo misma y eso, de algún modo, me hizo sentir aceptada.

—Siempre habéis sido iguales en esto —murmuró.

—¿En esto?

—Sí. Ella y tú. El modo que tenéis de ver las cosas. Tú… a veces me recuerdas a ella.

Me la quedé mirando y Miki sacudió la cabeza y suspiró. Se echó hacia atrás, se quitó la capucha y su rostro emergió a la luz. Unas ojeras surcaban sus ojos con el maquillaje levemente corrido. Bajó los párpados y el pelo negro enmarcó las angulosas facciones de su rostro. No pude por menos que apreciar la agradable armonía de sus altos pómulos y de sus labios carnosos y exuberantes.

Dentro de aquellos pantalones con grandes bolsillos y de las amplias sudaderas, había una belleza insospechada.

Notó que la estaba observando y me lanzó una mirada más bien hostil.

—¿Qué pasa?

—Eres guapa, Miki.

Ella puso ojos de asombro. Pero al instante desvió la mirada, cerró los labios y encogió el cuello entre los hombros. Se abrazó las rodillas, molesta, aunque me pareció ver que sus mejillas se teñían de un rosa inusual para el color de su piel.

—Tú y tus… «orugas»… —rezongó, huraña y cortada al mismo tiempo, y yo no pude evitar sonreír.

Me reí despacio, con la cabeza apoyada en la pared y los ojos entrecerrados, y tuve la certeza de ver a Miki relajando el rostro y adoptando una expresión serena.

—Eh…, ¿qué pasa?

Ambas nos volvimos. Billie estaba en el umbral ocupada en restregarse un ojo con la mano.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó extrañada.

Miki miró el suelo. Por un momento, pareció que iba a decir algo, pero

finalmente guardó silencio. Y yo no necesité nada más.

—Tranquila —le dije a Billie. Volví a alzar el rostro y le sonreí serena—.

Solo nos hemos bebido un vaso de agua juntas.

Me pasé allí todo el día.

Nada parecía haber cambiado. Aunque ahora conocía el secreto de Miki, nada le impedía alzar los ojos al cielo cuando Billie se dedicaba a chincharla; estaba segura de que a ella le gustaba aquel modo de estar a su lado. Por eso no era capaz de renunciar.

Mientras estábamos estudiando, me llegaron un par de mensajes.

—¿Quién es? —preguntó Billie intrigada, estirando el cuello.

Era Lionel.

Cuando me dijeron que enviara aquella cadena a quince contactos, me vi en un pequeño apuro. Lo envié a los pocos números que tenía guardados: a Anna, Norman, Miki, de nuevo a Billie, al número de servicio de mi compañía telefónica, pero seguía estando corta de remitentes. Como aún me quedaban diez por enviar, tenía el corazón en un puño, porque no quería decepcionar a la abuela de Billie. Así que se lo envié diez veces seguidas a Lionel.

No hace falta decir que se quedó cuando menos asombrado de mi devoción religiosa.

—¿Y bien? —preguntó Billie, muerta de curiosidad—. ¿Quién te escribe tan a menudo? ¡Vamos, déjame verlo!

—Ah, no es nadie en particular… —respondí—, solo es… Lionel.

—¿Lionel? Ah, el chico del laboratorio… ¡Cielos! ¿Y os llamáis?

—Bueno… Sí, de vez en cuando.

—¿Cada… cuánto?

—No… no sabría decirte —respondí, al ver que ahora me miraba con los ojos brillantes de curiosidad—. Más bien a menudo.

Billie abrió mucho la boca, enfáticamente, y yo me sobresalté al verla así.

—¡Le gustas! ¿A que sí? ¡Madre mía, está clarísimo! Miki, ¿has oído? —

le preguntó a su amiga, dándole un toque con el codo, electrizada—. ¿Y él?

¿Él te gusta, Nica?

Parpadeé y la miré con candidez.

—Bueno, sí.

Billie abrió la boca de par en par y se llevó las manos a las mejillas, pero antes de que pudiera gritar cualquier cosa, Miki interpuso su lápiz entre ambas.

—Quiere decir si te gusta… gusta —puntualizó, señalando mi móvil con la punta—, si el tío te interesa.

Me la quedé mirando dubitativa, pero en cuanto lo comprendí, los ojos se me salieron de las órbitas. Las mejillas me empezaron a arder y me apresuré a negar espasmódicamente con la cabeza.

—¡Oh, no, no, no! —rectifiqué con cierta sensación de urgencia—. ¡No, Lionel no… no me gusta de ese modo! ¡Solo somos amigos!

Billie me miró desconcertada, mientras seguía sujetándose el rostro con ambas manos.

—¿Solo amigos…? ¿Y él lo sabe?

—¿Eh? ¿Qué quieres decir?

—Vamos, ¡déjame ver!

Me robó el móvil. Y empezó a leer los mensajes con auténtica curiosidad.

—¡Guau! —exclamó—. ¡Habláis casi todos los días! Te escribe un montón… Aquí también… Y aquí te ha escrito con una excusa idiota…

¡Eh, eh! Aquí también…

—Perdona —la interrumpió Miki de pronto—, pero este pavo solo te habla de sí mismo.

Me sorprendió ver que ella también se había asomado de lado y nos observaba arqueando una ceja. Me miró con aire escéptico e indagatorio.

—¿Te pregunta al menos cómo estás?

Aquella pregunta me dejó perpleja.

—Bueno, me cruzo con él en la escuela.

—¿Te lo pregunta? —me interrumpió.

—No…, pero yo estoy bien —respondí, sin entender qué necesidad había de ello.

Miki se me quedó mirando un poco sombría, antes de volver a examinar el móvil con los brazos cruzados.

—Está muy orgulloso de sus triunfos —dijo Billie despacio mientras iba deslizando los mensajes y, por el tono de su voz, intuí que algo en nuestras conversaciones no iba como cabía esperar.

—Sí —convine con ella—. De hecho…

—Las cosas claras —soltó Miki de una vez por todas—, ¿habláis de algo más que no sean sus torneos de tenis?

Me las quedé mirando a ambas, una más bien recelosa, y la otra con mi móvil aún en la mano.

A decir verdad, no recordaba una sola vez en la que no acabáramos hablando de algo que se refiriese a él. Profundicé en todas mis conversaciones con Lionel. En los paseos y en los polos que habíamos compartido, pero no hallé otro resultado.

Miki sacudió la cabeza.

—Eres demasiado ingenua. ¿Es que no lo ves?

Billie me devolvió el móvil y esbozó una sonrisa pequeña e incierta, como si se excusara.

—No pretendíamos ser entrometidas… Espero que no te hayas llevado esa impresión. Pero sería justo que te preguntara cómo estás, ¿no te parece?

Nosotras también nos vemos todos los días y, sin embargo, yo siempre te lo pregunto, porque me interesa saberlo. En este sentido, Miki tiene bastante razón.

—Se aprovecha de ti para alimentar su ego. Y tú eres tan buena que ni

siquiera te das cuenta.

Miki parecía más bien cabreada y masculló un insulto cuando Billie le dio un codazo en broma.

—Discúlpala, Nica, se pone de muy mal humor en estos casos. Pero es su forma de preocuparse por alguien.

Miki la fulminó con la mirada, pero aquella frase se me quedó grabada en la cabeza. Mis ojos se posaron silenciosos en ella, presa de distintas emociones.

¿Miki se preocupaba por mí?

—¿Vamos a estudiar o no? —gruñó inclinándose sobre el libro, y Billie sonrió.

—¿Había personajes como Miki en tu institución?

Miki le lanzó una mirada asesina y trató de pisarle un pie, mientras Billie forcejeaba con ella tratando de abrazarla entre risas. Por mi parte, no recordaba que nadie se hubiera preocupado jamás por mí.

Solo me vino un nombre a la mente. Una débil llamita que siempre había estado allí desde el momento en que ella se fue.

Adeline.

Adeline y sus manos que me hacían las trenzas, que me limpiaban las rodillas. Adeline, que era un poco mayor que yo y que el resto de los niños.

Sonreí, tratando de desdramatizar el momento.

—No, no había nadie que me defendiera con tanto ardor.

Me di cuenta de que tal vez no había sido demasiado afortunada.

Billie se me quedó mirando y en su rostro se perfiló una pregunta no formulada. Noté que quería formularla hacía tiempo, pero siempre había temido ser inoportuna.

—¿Cómo era aquel lugar?

Vacilé por un momento y Billie pareció arrepentirse al instante de aquella pregunta tan directa, como si hubiera lastimado mi sensibilidad.

—Solo si… te apetece contarnos algo —susurró, dándome la oportunidad

de evitar el tema.

Su mirada levemente contrita me dio a entender que no pretendía incomodarme.

—Todo en orden —dije con voz afectuosa para tranquilizarla—. Estuve viviendo allí mucho tiempo.

—¿De verdad?

Asentí. Y, poco a poco, empecé a responder una pregunta tras otra. Les describí las grandes puertas metálicas, el jardín sin cultivar, las visitas que recibíamos de vez en cuando y cómo transcurría la vida allí, entre los niños que llegaban y los que se iban.

Oculté los detalles más grises, los enterré como el polvo bajo una alfombra. La imagen final que quedó fue la de una existencia un poco dura y ajada.

—¿Y llevabas allí doce años? ¿Antes de que llegase… Anna? —preguntó Billie. Miki me escuchaba con atención, pero en silencio.

Asentí de nuevo.

—Cuando llegué tenía cinco años.

—¿Y tu hermano también llevaba allí mucho tiempo? —Billie apretó los labios—. Perdona. Sé que no quieres que lo llame así. Me sale de forma automática… Quería decir Rigel.

—Sí —murmuré bajando la vista—. Rigel… estaba allí antes que yo.

Nunca llegó a conocer a sus padres. La directora de la institución le puso el nombre.

Billie me miró sorprendida, como todos cuando conocían la verdad.

Incluso Miki, que hasta ese momento se había mantenido al margen de la conversación, ahora me miraba con cierto interés.

—¿Lo dices en serio? —Billie parecía consternada—. ¿Estaba allí antes que tú? Debes de conocerlo muy bien.

No. No lo conocía.

Pero lo sabía todo de él.

Era una paradoja.

Rigel había echado raíces en mí como un perfume que lleva impregnándote toda la vida.

—Debió de ser duro para los dos —murmuró Billie—. Vuestra directora debió de quedarse muy triste cuando os marchasteis.

Un soplo de viento cruzó por entre mi pelo. Durante el tiempo que duró su paso, alcé la vista lentamente hacia Billie.

Ella sonreía serena.

—Debía de estar disgustada en el momento de despedirse de vosotros…,

¿no? Después de todo os había visto crecer. Os conocía desde que erais pequeñísimos.

La miré a los ojos. En aquel momento, me parecieron más grandes de lo habitual. Apenas sentía la brisa en mis brazos desnudos.

—No —me limité a decir—. La señora Fridge… no hacía tanto tiempo que nos conocía.

Billie parpadeó desconcertada.

—Perdona, pero ¿no has dicho que ella fue quien le puso el nombre a Rigel cuando este llegó?

—No —respondí mecánicamente y volví a sentir aquella necesidad de rascar, pero mis uñas seguían estando quietas—. Fue la directora que había antes de ella.

Billie se quedó maravillada. Miki, a su lado, no me quitaba el ojo de encima.

Sus pupilas me observaban con atención y yo estaba casi segura de sentir que perforaban el aire. Que chirriaban sobre mi piel, la excavaban y quedaban impresas en mi carne.

—¿La directora que había antes de ella? —Oí que decía Billie. El viento se había convertido en un silbido que me mordía las muñecas.

—¿Hay dos directoras?

Mis uñas permanecían inmóviles. Tan inmóviles que podía percibir los

surcos en mis muslos.

—¡No nos lo habías dicho!

Billie se inclinó hacia delante sin apartar de mí sus grandes ojos, yo empezaba a sentir el dolor de mis uñas clavándose en la piel. Las pupilas de Miki eran dos proyectiles voraces, monstruosos, que me estaban devorando trozo a trozo.

—Así pues —Aún alcancé a oír, mientras la sangre me palpitaba en los oídos—, no os crio la señora… Fridge. Se llama así, ¿verdad? ¿Sino la que estaba antes?

Me retumbaban todos los sentidos. Mi piel estaba tensa, temblorosa. Me sentía húmeda, viscosa y helada. Como tenía unas esquirlas de vidrio clavadas en las cuerdas vocales, me limité a asentir con la cabeza, mecánicamente, como un soldadito de plomo.

—¿Cuántos años tenías cuando llegó la señora Fridge?

—Doce —oí que mi voz le respondía, como si no fuera yo. No estaba allí, todo lo veía amplificado, solo sentía mi cuerpo a punto de explotar; ya estaba llegando el sudor, la agitación, los estertores, el corazón desprendiéndose del pecho, el terror que me impedía respirar. Lo oculté, lo contuve, lo engullí, imploré que todo se detuviera, pero los ojos de Miki seguían mirándome, el desasosiego me hizo añicos. Las espinas en la garganta se aguzaron, me asfixiaron y se me dilataron los ojos. Todo empezó a palpitar y volví a oír aquella voz desgarrándome el alma como un monstruo.

«¿Sabes lo que pasa si se lo dices a alguien?».

Billie se acercó más todavía, con la enésima pregunta en los labios, pero en ese momento, Miki volcó accidentalmente su vaso de zumo.

El chorro de líquido invadió la mesa, mientras Billie contenía un gritito y se hacía a un lado con agilidad. Logró rescatar el libro de Biología antes de que llegara a empaparse y regañó a su amiga por su torpeza.

Y así se perdió el hilo de la conversación.

Aquella distracción me dio una tregua y dejé de obsesionarme.

Por fin pude levantar la mano.

Y entonces vi las señales de mis uñas en la tela de los pantalones.

Aquella noche, la casa estaba en silencio. Solo estábamos yo y el vaso que sostenía entre mis dedos.

—¿Nica?

Anna tenía el pelo un poco desordenado y se sujetaba la bata con la mano.

—¿Qué haces aquí?

—Tenía sed.

Me miró detenidamente y yo bajé el rostro.

Se me acercó, lenta y silenciosa. Me esforcé en no mirarla, porque temía que pudiera leerme por dentro. En mi mirada no había ninguna luz, solo la negrura de todo aquello de lo que nunca sería capaz de librarme.

—No es la primera vez que te quedas despierta —comentó con suavidad

—. En alguna ocasión, cuando voy al baño por la noche, veo una lucecita encendida en el pasillo; es la rendija de la puerta de tu habitación. De vez en cuando te oigo bajar… y, antes de oírte subir de nuevo, ya he vuelto a quedarme dormida.

Dudó un momento y me miró afectuosa.

—Nica…, ¿no puedes dormir?

Había tacto y gentileza en su voz, pero esta vez no fui capaz de dejarme acariciar.

Sentía llagas donde ella buscaba mi mirada.

Sentía cicatrices que no dejaban de sangrar.

Sentía pesadillas donde otros tenían sueños; y habitaciones oscuras, y olor a cuero.

Sentía que debía ser buena.

Aparté la vista del vaso y la miré a ella. Entreabrí los labios y sonreí de un modo más bien sintético y plastificado.

—Todo está en orden, Anna. A veces me cuesta conciliar el sueño. No hay nada de qué preocuparse.

«Los niños buenos no lloran».

«Los niños buenos no hablan».

«Los niños buenos ocultan los moretones y solo mienten cuando se les dice que lo hagan».

Ya no era una niña, pero una parte dentro de mí seguía hablando con la misma vocecita.

Anna me acarició la cabeza.

—¿Estás segura?

Sin darme cuenta, me agarré a aquel gesto con tal desesperación que me entraron ganas de temblar. Bastaba aquella dulzura para hacerme añicos.

Asentí, tratando de sonreír mejor esta vez, y ella se preparó una manzanilla.

Le dije que no cuando me ofreció un poco. Finalmente, decidí darle las buenas noches y regresé arriba.

Sentía el peso de mi cuerpo en cada peldaño. Llegué a mi habitación y extendí la mano hacia el tirador para abrir la puerta, cuando una voz me detuvo.

—Yo sé por qué no puedes dormir.

Seguí enfocando la puerta, con la mirada vacía. No tenía fuerzas para enfrentarme a él, no en aquel momento.

Me volví, con los ojos apagados, y con la tranquilidad de quien es consciente de sus demonios y los muestra con resignación.

—Tú eres el único que no lo sabe.

Rigel me observó desde la puerta de su habitación, envuelto en la oscuridad, y entrecerró los párpados.

—Te equivocas.

—No —repliqué con dureza.

—Sí…

—¡Ella te amaba!

La garganta me quemaba a causa del esfuerzo. Había alzado la voz. Me percaté de que tenía los puños apretados y el pelo me cubría la cara.

Aquella reacción me chocó tanto que me pregunté cómo podía haber surgido de un alma tan dócil como la mía. Precisamente yo, que vivía de la delicadeza, estaba cediendo de aquel modo tan espantoso bajo el peso del miedo.

La culpa era de aquellos recuerdos. La culpa era de «Ella». La culpa era de las grietas con las que había marcado mi infancia y la de muchos otros.

De la infancia que le había procurado a Rigel, el hijo de las estrellas, en perjuicio de todos nosotros.

—Tú nunca has podido entenderlo.

En ese momento, habría querido odiar el modo en que me sentía unida a él. El modo en que me infestaba los pensamientos. Aquella sensación de dulce agonía.

Habría querido odiar el modo en que me dejaba mirar por él como por ningún otro, tan frágil, llena de todos aquellos rasguños que a ojos de los demás siempre quedaban ocultos detrás de una tirita.

Él nunca lo hubiera entendido.

Entré en mi habitación y cerré la puerta. Con aquel gesto esperaba dejar encerrado todo mi dolor fuera.

Esperaba poder seguir haciéndolo una vez más y otra…

Escondiéndolo y vigilándolo.

Cubriéndolo con una sonrisa.

Aún no sabía que a la mañana siguiente… al día siguiente…

Mi escudo saltaría definitivamente en pedazos.

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