Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 31 de 43

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Fabricante de lágrimas

30. Hasta el final

30

Hasta el final

No quiero el final feliz.

Quiero el gran final.

Como los de los prestidigitadores,

esos que te dejan con la boca abierta

y te hacen creer, por un instante,

que la magia puede existir.

Nadie respiraba.

Rigel los veía a todos inmóviles, en fila, uno al lado del otro.

Él no estaba entre ellos.

Como siempre.

La sombra de la directora merodeaba delante de aquellos cuerpecitos como un tiburón negro.

—Hoy, una mujer me ha dicho que uno de vosotros le ha hecho señas desde la ventana.

Su voz era un vidrio lento y rechinante.

Rigel observaba la escena a distancia, sentado en la banqueta del piano.

No le había pasado desapercibida la mirada de odio en estado puro que le había lanzado Peter.

A él nunca lo castigaban junto con los demás.

—Me ha dicho que uno de vosotros ha tratado de decirle algo. Algo que

no ha logrado entender.

Nadie respiró.

Ella los miró uno por uno y Rigel se dio cuenta de que los dedos de ella se cerraban alrededor del codo de la niña que estaba allí al lado.

Adeline trató de no ponerse rígida, ni siquiera cuando la directora empezó a apretarle el brazo en una presa lenta e implacable.

—¿Quién ha sido?

Todos callaron. Le tenían miedo y eso bastaba para hacerlos culpables a sus ojos. Así era como ella lo veía.

A Adeline la piel empezó a ponérsele violácea. La estaba estrujando con tal fuerza que su rostro gritaba de dolor por ella.

—Monstruitos ingratos —masculló la directora con un odio desnaturalizado.

Rigel captó enseguida qué era aquel fulgor rojizo en sus ojos. Era el fulgor de la violencia.

Todos empezaron a temblar.

Margaret soltó a Adeline. Y, después, con movimientos mecánicos, se sacó la correa de cuero del pantalón.

Rigel vio a Nica, al fondo, temblando más que el resto de los niños.

Sabía que las correas la aterrorizaban. Algo lo arañó por dentro mientras la miraba, como una uña rascándole la piel. Sintió que se le paraba el corazón y le sudaban las manos.

—Volveré a preguntarlo —estaba diciendo la directora, mientras caminaba despacio a lo largo de la fila—. ¿Quién-ha-sido?

La vio tiritar. Habría podido decir que había sido él, de hecho, otras veces se había atribuido la culpa por algo que no había hecho, pero esta vez no funcionaría. Había estado con ella todo el día.

Además, Margaret estaba demasiado furiosa. Y, cuando estaba tan furiosa, alguien pagaba siempre las consecuencias.

Ella quería hacer daño.

Ella quería golpearlos.

No lo hacía porque estuviera enferma. O trastornada.

Lo hacía porque quería hacerlo.

Rigel no podía exponerse y atribuirse todas las culpas, o ella dejaría de confiar en él, de darle más libertad que a los demás, y entonces no habría podido proteger a Nica.

—¿Has sido tú?

La vi detenerse delante de una niña con las rodillas temblorosas. Bajó la cabeza enseguida y miró al suelo. Se estrujaba las manos con tanta fuerza que los dedos se le pusieron blancos.

—¿Y tú, Peter? —le preguntó al niño menudo con el pelo rojizo.

—No —respondió él con un hilo de voz.

Aquel gorjeo temeroso siempre había sido su condena. El cuero crujió en las manos de la directora.

Rigel sabía que no había sido Peter. Estaba demasiado aterrorizado como para hacer nada.

Pero Peter era tierno, delicado y sensible. Y esa era su culpa.

—¿Has sido tú?

—No —repitió.

—¿No?

Peter empezó a llorar porque lo sentía. Lo sentía todo. Ella quería desfogarse.

Lo agarró del pelo y le arrancó un grito. Era pequeño, flacucho y tenía las mejillas excavadas por las ojeras. Ofrecía un aspecto patético, con la nariz goteándole y los ojos llenos de miedo.

Rigel vio asco en los ojos de la directora y se preguntó si aquella mujer no tendría ni un ápice de humanidad.

Una vez más, se recordó a sí mismo que no debía sentir apego hacia aquella mujer, por mucho que lo mimase, que cuidara de él como si fuera su madre y le dijese que era especial. Ni porque fuera la única que le

brindase unas migajas de afecto.

No podía olvidar su segundo rostro.

Normalmente, no los castigaba en su presencia. Se aseguraba de que estuviera en otra habitación, como si él no supiera lo que hacía o la clase de monstruo que era. Pero aquella vez no. Aquella vez estaba muy furiosa y no veía la hora de molerlos a palos.

—Date la vuelta —le ordenó.

A Peter se le llenaron los ojos de lágrimas. Rigel deseó que no volviera a hacérselo encima o ella le haría lamentar que hubiera manchado la alfombra.

La directora lo obligó a girarse y entonces él se llevó las manos temblorosas a la cabeza para protegerse, susurrando una oración que jamás saldría de aquella casa.

El restallido sonó tan fuerte que todos contuvieron el aliento. Lo golpeó en la espalda y detrás de los muslos. Donde nadie podría ver las señales.

El sufrimiento hizo que aquel cuerpecito se estremeciera como un trueno y parecía como si ella aún lo despreciase más porque reaccionaba al dolor.

¿Cómo podía? ¿Cómo podía amarlo un monstruo semejante?

¿Por qué la única persona que le profesaba afecto era tan inhumana?

Aún se sentía más defectuoso.

Retorcido.

Inadaptado.

El rechazo caló tan hondo en él que lo rompió por dentro. Aún más.

No debía crear vínculos. No debía sentir afecto, el afecto era un error.

—Quiero saber quién ha sido —dijo entre dientes la directora, la rabia le hinchaba las venas de las sienes. Odiaba no dar con el culpable.

Se paseó entre los niños empuñando la correa y se acercó a Nica. Rigel observó con horror que se estaba mordisqueando las costuras de las tiritas.

Era un gesto que hacía cuando estaba nerviosa y la directora se dio cuenta.

Se detuvo ante ella, con sus embrutecidos ojos iluminados por una

repentina certeza.

—¿Has sido tú? —susurró siniestra, como si ya hubiera confesado.

Nica se quedó mirando la correa que la otra llevaba en la mano. Se la veía pálida, menuda y temblorosa. Rigel sintió que el corazón le taladraba los oídos.

—¿Y bien?

—No.

Le asestó una bofetada con tal violencia que su pequeño cuello emitió un crujido. Rigel se clavó las uñas en las palmas de las manos mientras Nica se volvía de nuevo con la garganta contraída. Una lágrima se deslizaba por su mejilla, pero ni siquiera se atrevía a enjugársela.

La directora retorció la correa con ambas manos y Rigel notó que el corazón se le aceleraba —ya veía la rabia, los ojos desorbitados, la mano alzándose, golpeando, la correa restallando en el aire— y algo gritó en su interior.

Lo asaltó el pánico.

Entonces hizo lo único que le vino a la cabeza: miró a su alrededor y cogió las tijeras que la directora había usado para cortar las partituras. A continuación, en un gesto improvisado y demencial, siguiendo un instinto febril, se clavó una de las hojas en la palma de la mano.

Se arrepintió al instante: el dolor estalló con furia y las tijeras cayeron al suelo, provocando que todos se volvieran.

Unas gruesas gotas rojas mancharon la alfombra y, cuando la directora se dio cuenta de lo sucedido, la mano que ya había alzado para golpear a Nica volvió a bajar. Corrió hasta él y le cogió la palma de la mano como si fuera un pájaro herido.

En ese preciso instante, las miradas de Rigel y de Nica se encontraron.

En sus ojos había miedo, fragilidad y consternación.

El dolor lo ofuscaba. Pero jamás olvidaría aquella mirada.

Jamás olvidaría sus ojos, claros como perlas de río.

Siempre llevaría dentro aquella luz.

*

El olor del río era fresco y penetrante. En el puente los ruidos de la obra se perdían en el lejano discurrir del agua.

Miraba a los operarios sin verlos. Estaban reconstruyendo el muro de contención y, desde hacía unas semanas, en lugar del barandal había una red de color naranja que tapaba la vista y no permitía disfrutar del paisaje.

Había ido allí para sentir la hierba bajo sus pies y el tranquilizador abrazo del aire libre, pero mi corazón palpitaba como una herida.

Solo oía eso.

—Ya estás aquí —dijo la voz que me recibió cuando volví a casa.

Anna llevaba puesto el abrigo, estaba a punto de salir, y yo asentí despacio. Noté su mirada buscando mi rostro oculto tras el pelo.

—Allí hay tarta —me dijo con aquella voz suave que tanto me gustaba

—. ¿Prefieres comer sola?

Le respondí que no tenía mucha hambre; me sentía lenta, apagada. Una arruga de preocupación atravesó su frente y yo me esforcé en sonreírle.

—Nica… Siento lo de ayer por la noche. —Me miró con expresión disgustada—. Me doy cuenta de que… tal vez exagerara. Con todo aquel discurso sobre Lionel y las flores. Perdóname. —Me acomodó el pelo detrás de la oreja—. La verdad es que me hace muy feliz que haya alguien capaz de apreciarte por tu manera de ser. Lo último que quería era disgustarte.

Posé mi mano sobre la suya y le susurré:

—Todo está bien, no te preocupes.

—No lo está —musitó Anna—. Se te ve tan abatida… Desde que volviste a la mesa ayer por la noche…

—No es nada —mentí, recobrando algo la voz—. Es… Solo es que estoy

un poco cansada. —Procuré suavizar la mirada—. No debes sentirte culpable, Anna. Tú no has hecho nada que me haya entristecido.

—¿Estás segura? Me lo dirías, ¿verdad?

Esperaba que no notase que me temblaba el corazón después de aquella pregunta.

—Claro. Puedes estar tranquila.

En momentos como aquel era cuando no sabía qué me hacía más daño. Si lo que llevaba dentro o callarme aquello que no podía contarle a nadie.

Los ojos de Anna sabían comprenderte. Pero ella era la última persona en el mundo a quien podría confesarle lo que sentía.

— Ponte una bufanda —le aconsejé con una sonrisa—. Fuera sopla un poco de viento.

Me dio las gracias. Esperé a que saliese y me despedí, pero en cuanto se fue, volví a sentir la misma sensación de vacío que antes. Fui has ta el salón a paso lento, me acurruqué en el sofá y me abracé las rodillas.

Me pregunté si así sería como se sentirían Billie y Miki, como si algo esencial estuviese fuera de su eje. Solo hubiera querido poder hablar de ello con alguien.

—Pensé que vendría de fuera.

Klaus, a mi lado en el sofá, me miró con un ojo medio abierto. En ese momento, me pareció que él era el único a quien podía confiarme.

—Cuando todo empezó… —susurré—, creía que cualquier obstáculo que pudiera surgir vendría del exterior. Que de algún modo… lo afrontaríamos juntos.

Le eché un vistazo al gato y vi que se le cerraban los ojos.

—Me equivoqué —seguí murmurando—. No había tenido en cuenta el aspecto más importante.

Klaus me observaba en silencio. Me deslicé hacia abajo y me hice un ovillo, como si quisiera protegerme del mundo.

Dejé que el cansancio se apoderase de mis pensamientos. Me dormí, pero

ni siquiera con el sueño logré hallar la paz que esperaba. En un momento dado, me pareció que algo me tocaba el rostro.

Unos dedos… que me acariciaron la mejilla.

Habría reconocido aquel tacto entre miles.

—Quisiera dejarte entrar… —Oí que me susurraba—, pero por dentro soy un sendero de espinas.

Lo dijo como si no supiera hacerlo de otro modo y el tono melancólico de su voz me quemó el corazón. Traté de asirme a la realidad, de luchar por permanecer despierta, pero fue en vano. Sus palabras se perdieron conmigo hasta desvanecerse.

Cuando me desperté, ya había anochecido. En el instante en que volví a abrir los ojos, noté dos pesos encima. Uno era aquella frase, que estaba segura de no haber soñado.

El otro…

El otro era Klaus, enroscado encima de mí, con el hocico encajado en mi cuello.

Al día siguiente, Rigel no fue a la escuela.

Me enteré mientras Norman bajaba las escaleras y me dijo un poco azorado que me acompañaría él; Rigel no se encontraba bien, el dolor de cabeza del día anterior aún no se le había pasado.

Aquel día no pude seguir bien las clases. Mi mente seguía viajando a la tarde anterior, a aquellas pocas palabras que me había susurrado cuando creyó que estaba dormida.

Cuando salí, a la sombra de un cielo que amenazaba lluvia, eché un vistazo a mi alrededor, deseando no cruzarme con Lionel. Hasta el momento, había logrado evitarlo incluso en las clases de laboratorio porque me había sentado en una mesa lo más alejada posible de la suya.

—¿Vas para casa?

Billie me miró por debajo de su nube de rizos.

Su mirada me pareció lenta y opaca. Fruncí las cejas y esbocé una sonrisa

compungida.

—Sí… —murmuré con voz afectuosa.

Ella asintió sin decir nada. Las ojeras que surcaban su rostro eran visibles incluso bajo la sombra de la capucha.

—Vale —susurró.

En aquel momento, pensé que se sentía tan sola como yo.

Billie me necesitaba. Necesitaba una amiga… Antes de que se volviera, la sujeté por un extremo de la sudadera.

—Espera —le dije. Nuestras miradas volvieron a coincidir.

—¿Qué te parece si… comemos algo juntas?

Vi que dudaba.

—¿Ahora?

—Sí… Hay un bar en la siguiente calle, a pocos pasos del puente. ¿Te apetece tomar algo conmigo?

Billie se me quedó mirando un instante, indecisa. Finalmente, apartó la vista y cogió el móvil con dedos temblorosos.

—Le… le digo a la abuela que estaré fuera.

Le sonreí con dulzura.

—Vale. Vamos, pues.

Pasé toda la tarde con ella.

Almorzamos dos sándwiches y estuvimos un rato en los pequeños sofás del bar mientras fuera llovía, dando sorbos a nuestros granizados de chocolate rodeadas de cojines.

Billie me habló de muchas cosas. Me contó que a lo mejor sus padres regresaban a final de mes, pero que ahora ya había dejado de esperarlos de verdad.

La estuve escuchando todo el tiempo, sin interrumpirla en ningún momento. Pensaba que querría desahogarse, pero me di cuenta de que lo

que necesitaba solo era un poco de compañía.

Cuando nos despedimos al anochecer, aún se la veía apagada, pero sus ojos reflejaban una sensación de alivio silencioso.

—Gracias —me dijo.

Le respondí con una sonrisa de aliento y le acaricié la mano.

Mientras regresaba a casa bajo las primeras luces de las farolas, me sonó el móvil. Lo saqué del bolsillo y miré quién era antes de responder.

—¿Anna? Hola…

—Hola, Nica, ¿dónde estás?

—Ya estoy llegando —respondí—. Perdona, me he retrasado… Tenía que haberte dicho algo.

—Oh, cariño, no estoy en casa —dijo con un suspiro y me la imaginé llevándose la mano a la frente—. ¡El evento del Círculo me está volviendo loca! Aún tengo pedidos por revisar y no puedo dejarlos para mañana… No, Carl, esos no van ahí —Oí que le decía a su ayudante—. No, querido, esos van junto a las begonias para el vestíbulo, allí… Oh, lo siento, Nica, pero no sé a qué hora terminaré esta noche…

—No te preocupes, Anna —le dije para tranquilizarla—. Ya me ocuparé yo de prepararle algo caliente a Norman cuando vuelva a casa…

—Esta noche Norman cena con sus colegas, ¿recuerdas? Volverá tarde, por eso te llamaba…

Mientras abría la puertecita de la verja, la oí suspirar.

—Rigel ha estado solo todo el día… ¿Podrías ir a ver cómo está? Al menos para comprobar que no tenga fiebre —me dijo con voz intranquila.

Me vino a la mente cuando, tiempo atrás, la llamé mientras estaban en la convención. Anna siempre se preocupaba mucho por nosotros.

Me mordí el labio y asentí con la cabeza. Entonces caí en la cuenta de que ella no podía verme, así que mientras entraba en casa y dejaba las llaves en el cuenco, le respondí que podía estar tranquila, que no se preocupara.

—Gracias —murmuró como si yo fuera su ángel, tras lo cual se despidió

y colgué.

Me quité los zapatos para no ensuciar el parquet con las suelas mojadas y fui a buscarlo. Como no lo vi por la casa, deduje que estaría en su habitación, así que me dirigí al piso de arriba.

Pero al llegar ante su puerta, dudé. El corazón me latía con fuerza.

La verdad era que había estado pensando en él todo el día y ahora que estaba allí tenía miedo de estar frente a él.

Me armé de valor, alcé la mano y llamé a la puerta.

Cuando entré, la luz difusa de la ventana dibujó el perfil de la estancia.

La figura de Rigel estaba envuelta en las sombras. Cuando distinguí el sólido contorno de su tórax, sentí una opresión en el pecho y por un momento escuché su respiración.

En el exterior llovía, pero el olor a lluvia no bastó para enmascarar el suyo. Se mezcló con mi sangre y me recordó lo hondo que había penetrado en mi alma.

Me acerqué con delicadeza, posé mi mano en su rostro, y me pareció que estaba caliente, pero, por suerte, no tenía fiebre.

Suspiré. Deslicé las puntas de los dedos por su piel, regalándole una caricia oculta y me di la vuelta. Ya había alcanzado la puerta cuando su voz me detuvo.

—Solo puedo hacerte daño.

Me quedé inmóvil. Escuché aquellas palabras como si, en el fondo, en alguna parte, ya las conociera.

—Yo soy esto… —murmuró con voz desencantada— y no sé ser nada más.

Miré delante de mí, con los párpados entrecerrados y la expresión apagada, como si mi corazón fuera un diamante cubierto de polvo que hubiera dejado de brillar.

Me volví despacio. Rigel estaba sentado, agarrado con las manos al borde de la cama, pero con el rostro abatido, ensombrecido por el cabello. Era

como si quisiera impedirme que lo viera.

—Esa es la verdad…

—Por las noches logro dormir —lo interrumpí, con una gran sensación de vacío, pero también con determinación—. Ya no necesito tener la luz encendida. Ya no me levanto de la cama para evitar dormirme. Las pesadillas no han desaparecido…, pero se van desvaneciendo. Se desvanecen porque en la negrura de ahora ya no veo el sótano, sino tus ojos.

—Entorné los párpados, devastada—. Tú me estás curando, Rigel. Pero ni siquiera te das cuenta.

Me había llenado de estrellas, pero él era incapaz de verlo.

—Es posible curarse —seguí susurrando, convencida de lo que estaba diciendo.

Rigel alzó la vista. Y en aquel instante comprendí que, fuera cual fuese la verdad que encerraba su mirada, iba más allá de mí. Él jamás se había mostrado ante nadie como lo estaba haciendo en ese momento.

—Hay algo roto en mi interior… que nunca se curará.

«Las estrellas están solas» me había dicho tiempo atrás con el mismo inaprensible sentimiento.

Me di cuenta de que estaba diciendo algo importante, que de algún modo estaba intentando hacerme comprender.

La puerta de acceso al alma de Rigel no me parecía el portón de una fortaleza, sino la entrada a un zarzal espesísimo, abigarrado en el cristal, a punto de desplomarse sobre sí mismo.

—Hay cosas que no puedes reparar, Nica. Y yo soy una de ellas. Soy una

«calamidad» —susurró inamovible—. Y lo seré siempre.

—No me importa —musité convencida.

—No, no te importa —repitió con una punta de aspereza—. Para ti no hay nada que sea lo bastante irrecuperable. Nada es lo bastante espantoso, negro o malvado. Es tu naturaleza.

—Tú no eres irrecuperable —repliqué.

¿Por qué seguía condenándose a la soledad? Me hacía daño, porque aquel era el único dolor al que no me permitía acceder.

Me miró con una mezcla de ironía y amargura.

—Toda historia tiene un lobo… No finjas que no sabes qué papel he desempeñado siempre en la mía.

—¡Basta! —exclamé, rebelándome con obstinación—. ¿Eso crees que eres para mí? ¿El monstruo que arruina la historia? ¿Es así como querrías que te mirase?

—Tú no tienes ni idea de cómo querría que me mirases —susurró y se arrepintió al instante.

Lo miré conmovida. Traté de aferrarme a sus ojos, pero él tensó la mandíbula y no me lo permitió.

—Rigel…

—¿Crees que no lo sé? —me interrumpió furioso, clavándome la mirada.

Por un momento, el modo en que me miró, tan intenso y a la vez dócil, me recordó a un lobo contemplando su luna.

—Sé lo mucho que te ha costado. Me consta. Te lo leo en los ojos todos los días. Llevas toda la vida deseando esto con todas tus fuerzas. Una familia.

Me quedé bloqueada y no me di cuenta de que me había acercado a él.

—Esta situación te ahoga. No quieres mentir, pero te ves obligada a hacerlo a cada momento. —Y a continuación, me dijo directo al corazón—: Así nunca serás feliz.

Sentí que me ardía la garganta. Las lágrimas me escocían en los ojos y dieron fe de mi fragilidad.

Rigel leía mi alma.

Sabía lo que me movía y cuáles eran mis deseos más luminosos.

Conocía mis sueños, mis tormentos y mis miedos. Y yo había sido una tonta al pensar que no se daría cuenta de cuáles eran.

No podía esconderme.

No de él.

Su mirada era la condena con la que jamás dejaría de soñar.

Y su voz, una herida que llevaría dentro para siempre.

Pero su perfume era una música.

Y en sus ojos me sentía a salvo.

Era suya.

De un modo extraño, loco, doloroso y complicado.

Pero era suya.

—Te he elegido a ti —exhalé, inerme—, por encima de todo… Te he elegido a ti, Rigel. Tú nunca lo entenderás, porque solo sabes ver las cosas en blanco y negro. Yo siempre he querido una familia, es cierto —admití, recalcando las palabras—, pero te he elegido a ti porque nosotros nos pertenecemos. No me apartes… No me mantengas alejada de ti. Tú no eres el precio que hay que pagar. Eres lo que me hace feliz… —Cerré los ojos, triste—. Yo quiero entrar… aunque por dentro seas un sendero de espinas.

Un fulgor atravesó sus ojos y aproveché aquel instante para tomar su rostro entre mis manos.

Siempre tenía miedo de que se echara atrás, de sentir que se rebelaba al sentir mi tacto, pero esta vez Rigel se limitó a mirarme, con aquellos iris que eran dos espléndidas galaxias negras.

En mis ojos podía leerse una súplica y, por un momento, hubiera jurado que él me estaba mirando del mismo modo.

¿Por qué?

¿Por qué no podíamos estar el uno al lado del otro?

¿Por qué no podíamos vivir como todos los demás?

—Te quiero a ti —le dije una vez más, mirándolo directamente a los ojos

—, única y exclusivamente a ti. Seas como seas, te veas del modo que te veas… yo te quiero tal como eres. Tú no me privas de nada, Rigel. De nada.

Le acaricié las mejillas, prendida de sus iris oscuros, y recé por que me creyese. Me hubiera gustado darle mis ojos para que se viera con ellos

como yo lo veía, porque adoraba su diversidad más que cualquier otra cosa.

—Si te dejo entrar… —susurró despacio—, te haré daño.

Esbocé una sonrisa triste y negué con la cabeza. Entonces le mostré mis tiritas y dije:

—Nunca me ha dado miedo hacerme daño.

Él entornó los ojos, derrotado. Sin darle tiempo a reaccionar, le alcé el rostro y pegué mis labios a los suyos.

No sabía de qué otro modo darle voz a mi corazón. Por eso me anclé a aquel beso como si me fuera la vida en ello.

Me estrechó las caderas con ambas manos mientras mis lágrimas se deslizaban sobre sus pómulos.

Nos anclamos el uno en el otro, nos sostuvimos y nos encadenamos, conscientes de que nos hundiríamos, de que nos perderíamos para siempre, porque en aquel océano que era la realidad no había lugar para dos como nosotros.

Estábamos despedazados, rotos, derruidos.

Pero en nosotros brillaba una luz que tenía la potencia de cientos de estrellas.

Tenía la fuerza de un lobo.

Y la delicadeza de una mariposa.

Y yo no podía creer que algo tan bonito y sincero pudiera ser erróneo al mismo tiempo.

Lo besé casi con angustia, lo abracé con tanto ímpetu que caímos hacia atrás. Sus hombros tocaron la cama mientras yo seguía mirándolo a los ojos, sin soltarlo.

Sentí sus latidos martilleándome el estómago. Rigel recorrió mi espalda con los dedos y me estrechó contra su cuerpo como si hubiera perdido la razón. Le temblaban las manos, como siempre que me tocaba. En ese momento, pensé que nunca desearía que me tocara nadie que no fuera él.

Él era único.

Pero también… el único.

El único capaz de hacerme pedazos.

Él único capaz de volver a unirme.

El único capaz de hacerme enloquecer con una sonrisa y de destruirme con una mirada.

«Rigel», reclamó mi alma. Lo abracé y le arañé los hombros con mis tiritas en un intento de no dejarlo escapar.

«No estás solo», gritó cada uno de mis besos y su mano se cerró entre mi pelo y lo estrechó con fuerza. Dejé que lo atrapara entre sus dedos, que me dejara impresa su huella hasta el último escalofrío.

Rigel me ciñó las caderas y al instante yo estaba recostada en la cama.

Me aplastó contra el colchón. Yo percibía el temblor de sus músculos, como si sintieran la necesidad de desahogarse, de estallar, de liberarse.

Deslicé las manos entre su pelo y lo besé con pasión. Entrelazamos nuestras lenguas y me pareció que algo cedía en su interior.

De pronto, me plantó una mano en la frente, sujetó con fuerza uno de mis muslos y lo presionó contra su cadera. Sus rudos dedos dejaron surcos en forma de medialuna sobre mi carne y me arqueé por instinto: mis labios se abrieron lanzando un estertor mudo.

Rigel se quedó paralizado, jadeante, y me miró a los ojos. Parecía como si hasta ese momento no se hubiera dado cuenta de la violencia con que me sujetaba y me inmovilizaba en una postura constrictiva y dominante.

Sentía que se esforzaba todo el rato en mantener a raya aquella parte de sí mismo.

Lo observé con el corazón en la garganta, inerme entre sus brazos. Sus dedos ejercían una férrea presa sobre mi cuerpo, pero temblaban como los míos. Lo miraba porque, aunque nunca se mostrase de licado conmigo, al verme en sus ojos, no sentía ningún miedo.

Eran aquellos ojos que conocía de toda la vida.

Que me acunaban por las noches hasta que me dormía.

Que me acompañarían siempre, impresos en mi alma.

Nunca me haría daño.

Poco a poco, entrelacé el tobillo detrás de él. Lo hice con toda la delicadeza, indefensa y desarmada. Rigel me miró y contrajo la mandíbula, y mientas una lágrima discurría por mi sien, extendí la mano para acariciarle la mejilla.

—Está bien así —le susurré—. Eres mi bellísimo desastre…

Él me miró reflejando un sentimiento mudo. Una emoción poderosa e ininteligible.

Se me encogió el corazón cuando alzó mi mano, que había estado sujetando hasta entonces, y se la llevó a la boca. Sus labios se posaron en mi delgada muñeca y la besaron despacio. Su rostro entre mis tiritas fue la cosa más dulce, imposible y deseada que jamás había visto.

Allí estaba Rigel, en la cúspide de mis errores. Me besó las yemas de los dedos una por una y noté que las lágrimas me crecían hasta quemarme la vista.

Él no era mi error más hermoso.

No.

Rigel era mi destino.

Rigel era mi roto, deslustrado, bellísimo final.

Y lo sería siempre.

Lo rodeé con los brazos y lo atraje hacia mí. Nos gastamos los labios a besos y él deslizó las manos bajo mi vestido.

Me estremecí al contacto con sus dedos calientes.

Rigel respiró despacio y fue siguiendo la curva de mi pelvis como si hubiera estado deseándolo toda la vida. Mi corazón palpitó furioso como un tambor a lo largo de todo el abdomen.

Me acarició con movimientos profundos, tocando nervios cuya existencia yo ni siquiera conocía. Poco a poco, fue abriéndose paso entre mis escápulas, y de pronto el elástico de mi sujetador se abrió y me liberó la

espalda.

Contuve la respiración.

Antes de que pudiera volver a inhalar, Rigel introdujo los dedos bajo las copas y las posó en mis senos desnudos. Los apretó y yo sentí que se me inflamaban las mejillas y se me aceleraba la respiración. Ardí con aquel cúmulo de emociones increíbles y totalmente nuevas. Me acarició un pezón, lo tocó, lo pellizcó, trazó círculos alrededor con el dedo, y una extraña sensación de calor se propagó desde aquel punto hasta incendiarme el vientre.

Cuando me di cuenta de que me estaba levantando los brazos, el corazón me dio un vuelco. Faltó poco para que la tela de mi vestido se rasgara entre sus dedos cuando me lo quitó junto con el sujetador.

El aire de la habitación me azotó la piel y me sentí totalmente expuesta.

Me llevé los brazos al pecho por instinto para tratar de cubrirme los senos.

Busqué sus ojos y vi que ya los tenía encima: eran dos abismos de terror y de asombro.

Me sentí incómoda, pequeña y frágil. Me sentí vulnerable, hasta el punto de resistirme cuando me cogió las muñecas para abrirme los brazos.

Las fue extendiendo con extrema lentitud y me sujetó las manos a ambos lados de la cabeza.

Y entonces me miró. Toda.

Sus pupilas se deslizaron por mi piel y me devoraron como si yo no fuera real. Cuando volvió a alzar la mirada, percibí en sus ojos un calor que jamás le había visto. Poderoso. Extremo. Incandescente. Sin saber muy bien por qué, mi respiración se volvió irregular.

Rigel se inclinó sobre mí y atrapó uno de mis pezones con sus labios.

Abrí apenas los parpados y traté de moverme, pero sus manos me bloquearon las muñecas contra la cama y me inmovilizaron. Lo succionó entre sus dientes y una sueva tensión se adueñó de mi bajo vientre, hasta convertirse en una sensación hirviente e intolerable. Sentí que mi cuerpo se

contorsionaba e imploraba por curvarse, pero lo único que fui capaz de hacer fue abrazar desesperadamente su pierna con mis muslos.

—Rigel… por favor… —jadeé, sin saber muy bien qué le estaba rogando.

En respuesta, sus dientes se cerraron alrededor de la cúspide de mi seno y la sensación de antes se intensificó. Arqueé la espalda, los labios empezaron a temblarme, y la tensión en mi abdomen aumentó hasta déjame sin respiración.

Estaba sensible. Demasiado. Mi cuerpo era hielo y fuego, apenas lograba identificar lo que estaba sintiendo. Era todo tan intenso que no pude evitar cerrar los ojos.

Entonces Rigel se incorporó y se quitó la camiseta. Parecía arder de tanto como necesitaba el contacto de su piel con la mía. El crujido de la tela se mezcló con mi aliento y su pelo negro cayó en desorden hacia delante y le enmarcó el rostro.

Me estremecí una vez más al contemplar la obra maestra que era su cuerpo.

La blancura de su piel hacía que sus anchos hombros parecieran esculpidos en mármol. Su bien definido pecho parecía haber sido creado para poder tocarlo, sentirlo, admirarlo, pero su belleza dura y exagerada me intimidó hasta tal punto que me cubrí los senos con los brazos, era incapaz hasta de rozarlo.

Lo miré con las mejillas ardientes, la mirada temblorosa. Su rostro de ángel negro volvió a contemplarme como si no diera crédito a lo que estaba viendo.

Él era mi cuento. Ahora ya estaba segura.

Pero también era mi mayor escalofrío.

Mi miedo más demencial.

Y la única pesadilla que nunca dejaría de querer soñar.

Cuando volvió a besarme, estallé.

Su piel incendió la mía y la sensación que surgió fue tan intensa que tuve que aferrarme con fuerza a sus hombros. Sentí mis senos desnudos contra su tórax, la fricción de mi piel con su piel, y fue increíble.

Se situó entre mis piernas y sus dedos ardientes me tocaron entera, como si Rigel quisiera absorberlo y tomarlo todo de mí, incluida mi alma. De pronto, me pareció que todo mi cuerpo me estaba gritando que lo tocase.

Indecisa, acerqué los dedos a su piel, sin saber muy bien dónde poner las manos.

Fui trazando poco a poco el contorno de sus brazos y de las vigorosas articulaciones de sus hombros. Volví a sentirme más pequeña, insegura y frágil de lo que ya era.

Pero al cabo de un instante, los dorsales de su espalda se tensaron, y deduje que aquella reacción se debía a que acababa de tocarlo, aunque lo hubiera hecho de forma insegura. Recorrí su pecho, esta vez con más audacia, y lo acaricié hasta llegar al cuello antes de hundir mis dedos en su pelo.

Su boca abandonó mis labios y emprendió un descenso de besos ardientes a través de mi piel. Rigel hundió sus labios en mi barriga, la mordió y la acaricio con la lengua, antes de proseguir. Respiré atropelladamente y cerré los dedos, para aprisionar su cabello. Mi sangre palpitaba bajo sus labios componiendo una caótica sinfonía de escalofríos.

Me besó la cara interior del muslo, la parte más turgente y sensible. Y a continuación me levantó las piernas temblorosas y prosiguió con aquella tortura hasta hacerme perder por completo la lucidez: me mordisqueó los tobillos mientras deslizaba sus ojos negros por todo mi cuerpo y me hacía arder de nuevo.

Él estaba jadeando, arrodillado en la cama, con los labios turgentes, los ojos brillantes, y aquella visión me dejó sin aliento.

Los huesos de la pelvis delineaban la base de su abdomen y su amplio pecho irradiaba un aura seductora e infernal. Era algo espléndido y

aterrador a la vez, pero me resultaba imposible apartar la vista de él.

Las mejillas me hervían y, aunque tenía las piernas cerradas y temblorosas, mi corazón, en cambio, era una flor abierta y palpitante.

Al cabo de un instante, sus manos alcanzaron mi pelvis. La realidad martilleaba a mi alrededor, pero no percibí nada tan sumamente concreto como sus dedos rozando el borde de mis braguitas.

Con la respiración acelerada, Rigel se detuvo, buscando mi mirada. Y yo fui totalmente consciente de lo que iba a suceder a continuación.

Era el punto de no retorno. La frontera más allá de la cual no se podía retroceder.

Poco a poco, como si esperase mi negativa, los dedos de Rigel sujetaron el elástico. Y a continuación tiraron hacia abajo.

Sentí que el corazón se me paraba.

Dejé de respirar.

Cada uno de mis nervios fue consciente de que la tela descendía por mis piernas hasta desaparecer.

Jadeé, frágil y extenuada, mientras los ojos de Rigel volaban hacia aquel punto que ahora había quedado expuesto.

Cerré las piernas. Nunca como en aquel instante había deseado tanto huir de su mirada condenatoria. Nunca como en aquel instante había deseado tanto ocultarme y desaparecer. Traté de acurrucarme sobre mí misma, pero antes de que pudiera hacerlo, sus dedos se deslizaron hacia allí.

Me tocaron donde nadie me había tocado antes: acarició la carne dócil y mi gemido de sorpresa lo incitó a situarse de nuevo encima de mí. Rigel se inclinó para chuparme un seno y la sensación fue tan intensa que me conmocionó profundamente.

Jugueteó y masajeó, y yo empecé a respirar de forma errática. Creí enloquecer. Me puse a temblar y las mejillas me ardieron de nuevo. Por un lado, deseaba que se detuviera, pero por otro, no podía soportar aquel fuego ardiente.

Me vi abrazada a él, incapaz hasta de hablar, y se me rompió un gemido en los labios.

—Rigel…

En respuesta a aquella súplica, sus dedos empezaron a masajearme los muslos con más energía e intensificó las caricias con su legua.

Arqueé la pelvis, abrí los ojos de par en par y le clavé las uñas en la espalda. Mis miembros vibraban. La estancia comenzó a orbitar. Mis piernas se estremecieron y empecé a sentir un hormigueo que casi me dejó sin oxígeno.

Era la sensación más abrasadora del mundo.

Antes de que aquella tensión llegase al límite, Rigel se apartó y se hizo a un lado. Oí el frufrú de los pantalones y un ruido como de plástico arrugándose, pero estaba tan confusa que no atiné a comprender de qué se trataba.

Su mano se cerró sobre mi pelvis y me atrajo hacia sí. Me sobresalté al sentir el contacto de su deseo entre mis piernas.

Ahora estaba tan hipersensible que me echaba a temblar con nada.

El corazón me empezó a latir fortísimo y me ardía la vista.

—Mírame —lo oí susurrarme.

Presa de un estertor, crucé mi mirada con la suya.

Y Rigel me miró… Me miró como jamás me hubiera imaginado que lo haría. Infinitas emociones crepitaron en sus ojos y yo fui tras ellas, una a una, para dejarlas impresas en mi memoria.

Para hacerlas mías.

Única y exclusivamente mías.

Y entonces empujó hacia dentro. Reprimí un gemido de dolor y noté que sus músculos se tensaban y ardían. Mi cuerpo se puso rígido y sentí una punzada que se abría paso en mi interior a medida que él avanzaba despacio, procurando no hacerme daño.

Inspiré hondo, mientras una lágrima descendía por mi sien. Pero Rigel no

apartó la vista de mí ni por un instante. Sus pupilas, profundas y dilatadas, siguieron ancladas en las mías, como si quisieran grabar en el alma cada singular matiz de aquel instante.

Cada singular matiz de mí.

Y yo le permití que lo hiciera.

Permití que lo tomara todo.

Todo cuanto podía darle.

Y por fin nos acoplamos como pedazos rotos de una única alma.

Y por primera vez en mi vida, por primera vez desde que era una niña, cada parte de mí pareció encontrar el lugar en el que encajaba.

Sin grietas ni mellas.

Rigel se fundió conmigo y su mano se aferró a mis costillas como si quisiera llegar hasta mi corazón Apoyó la otra mano en la cabecera. Inclinó la cabeza y empujó su frente contra la mía.

Tal vez lo hizo porque él también quería decirme algo sin emplear las palabras.

Lo hizo porque, aunque jamás hubiera tenido delicadeza, había elegido concederme la parte más tierna de sí mismo.

Mientras el mundo se reducía simplemente a él y a mí, hubiera querido decirle que no importaba que por dentro fuera una calamidad, pues con la tinta que me había transmitido, nosotros escribiríamos algo que solo sería nuestro.

Tal vez él fuera impenetrable como la noche y tuviera un sinfín de facetas, como una bóveda de estrellas, pero en aquella exclusiva canción nuestros corazones latían al unísono.

Encontraríamos el modo.

Juntos.

Lo encontraríamos porque, aun en el caso de que no existiera, nosotros lo escribiríamos con lo que teníamos a nuestro alcance.

Con nuestras almas.

Y nuestros corazones.

Con melodías secretas y constelaciones de escalofríos.

Con toda la fuerza de un lobo y la delicadeza de una mariposa.

Cogidos de la mano.

Hasta el final.

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