Fabricante de lágrimas
38. Más allá de toda medida
38
Más allá de toda medida
Vistámonos, pues, de estrellas.
Caminemos entre los sueños.
Tendremos cuerpos celestes, ¿ya lo sabes?
Tú llevarás puesto mi amor como una eternidad.
Y habrá alguna luna que, al verte resplandecer,
deseará el amor de un sol
que la haga brillar del mismo modo.
Un anillo.
Carl le había regalado un anillo a Adeline.
La noticia de su compromiso nos llenó a todos de felicidad. Anna se llevó las manos al corazón, emocionada, y yo abracé a Adeline con tanto entusiasmo que las dos nos caímos en el sofá.
Sentí una alegría que no sabría explicar con palabras, me llenaba el corazón de música y rebosaba de luz. La quería con toda mi alma y se merecía ser feliz. Para celebrarlo, Anna decidió que al cabo de unos días, celebraríamos una fiesta en casa e invitaríamos a todos nuestros amigos. En el fondo, Adeline ya era de nuestra familia
«Llegarás a tiempo, ¿verdad?», escribí en el móvil mientras mis pasos resonaban en el cemento de la acera.
Caminaba a paso ligero por la calle mientras el viento me acariciaba el
pelo que me caía en cascada sobre los hombros.
«Sí», respondió Rigel, escueto como siempre. Nunca desperdiciaba palabras y menos en los mensajes.
Sabía lo ocupado que estaba con los estudios y todo lo demás, pero esperaba que no llegase tarde, al menos esa noche.
«Entonces nos vemos a las ocho», escribí, alegre y serena.
Además, tenía otro motivo para estar de buen humor: había aprobado el examen de Enfermedades Infecciosas con muy buena nota tras haberme pasado semanas estudiando. No era una asignatura fácil y llamé enseguida a Rigel para comunicarle la feliz noticia, porque él sabía cuánta pasión ponía en mi carrera universitaria. Siempre era el primero al que llamaba tras un examen y el único que, cuando me felicitaba, me hacía sonreír y alegrarme como si fuera una niña.
«Pásatelo bien con tus amigos», respondió con una consideración inhabitual.
Iba a tomarme una cerveza con unos compañeros de clase antes de cenar.
Según ellos, un examen tan importante había que celebrarlo y a mí me pareció muy buena idea. Pasé por casa para cambiarme; así ya iría vestida para la velada y no tendría que tardar tanto con los invitados ya en casa.
«Gracias», le escribí, sonriendo a la pantalla; después, guardé el móvil y me apresuré en llegar al local.
Me pareció bien iluminado, refinado y acogedor; el cristal dejaba entrever unas hileras de luces que colgaban del techo como ramas de sauce llorón y los pequeños sofás de cuero para dos personas propiciaban el ambiente idóneo donde relajarse en compañía.
Will ya había llegado. Estaba esperando delante de la puerta, pero no reparó en mi presencia hasta que no estuve a su espalda.
—¡Hola! ¿Hace mucho que esperas?
—¡Ey! No, acabo de lle… —Las palabras se desvanecieron en su boca en cuanto se volvió.
Me miró de arriba abajo y yo a mi vez le eché un vistazo a mi reflejo en el cristal del establecimiento para averiguar si había algo que desentonase.
Llevaba unos botines con tacón, unos pantalones ceñidos y una chaquetilla corta que me llegaba a la cintura. Debajo había optado por un top de un gris perla a juego con mis ojos. El top tenía un corpiño rígido y unas mangas abombadas de organza que lo hacían sofisticado y femenino.
Me había dejado el pelo suelto y en el cuello lucía el espléndido colgante en forma de lágrima que me había regalado Rigel por mi cumpleaños.
Con vistas a la fiesta de la noche, me había aplicado un maquillaje ligero que me resaltaba los ojos y un carmín tenue que acentuaba la turgencia de mis labios, destacando el color rosado de mis mejillas. Después de haber superado barreras y afianzado la confianza, unos años atrás, Anna y yo compartimos uno de esos momentos «mamá e hija» con los que siempre había soñado: fuimos juntas a comprar cosméticos y ella me enseñó a maquillarme. Despacio, con calma, atención y paciencia. Fue un momento muy íntimo e importante para mí, que siempre conservaría en mi recuerdo.
Norman, por su parte, me enseñó a conducir y gracias a él me saqué el carnet. Vino al examen conmigo y, aunque yo estaba muy nerviosa, logró serenarme con su flema habitual. En cuanto me lo dieron, salí del edificio agitando la tarjetita y él me obsequió con un tierno abrazo, mostrándose orgulloso y cortado a la vez mientras sonreía bajo sus gruesas gafas.
Eran instantes que atesoraba en la memoria, como un valioso cofre lleno de maravillas.
En aquel momento, noté que Will tenía los ojos puestos en mis piernas.
Billie me había dicho que aquellos pantalones me estilizaban las piernas más que ninguna otra de mis prendas, pero yo me los había puesto porque eran muy cómodos, porque me sentía bien llevándolos, no para atraer miradas indeseadas.
Aparté la vista de él y miré a mi alrededor.
—Y bien —dije mordiéndome el labio—, ¿los demás vienen o…?
—Llegarán —Will volvió a mirarme a los ojos—. Ya sabes que siempre llegan tarde. A clase también —añadió esbozando una sonrisa que le hizo resaltar sus iris verdes.
Era un chico atractivo, con un buen físico, y tenía una sonrisa que no dejaba indiferentes a las mujeres. Era una de esas sonrisas luminosas y contagiosas a las que a menudo, con mi habitual ingenuidad, yo correspondía; pero cada vez que lo hacía, sus ojos se volvían pensativos, como si aquella actitud mía tan natural encerrase algún detalle brillante que las otras, con sus miradas de adoración, no poseían.
—Has estado muy bien hoy, en el examen —murmuró Will con voz cálida.
Me di cuenta de que ahora lo tenía más cerca. Deslizó sus pupilas por mi rostro y yo esbocé una sonrisa de alivio.
—Gracias. Tú también. Al principio estaba un poco nerviosa… Estoy contenta de que haya salido bien.
—Podríamos estudiar juntos la próxima vez —me propuso, sin dejar de mirarme. Sus pupilas iban de uno de mis iris al otro, como si mis ojos lo tuvieran fascinado—. Podríamos vernos después de clase… ¿Sabes? No vivo muy lejos de la universidad. Podrías venir a mi casa…
—¡Ey! ¡Chicos!
Dos compañeras aparecieron de pronto e interrumpieron la conversación.
Will se mordió el labio, desvió la vista hacia las chicas e intercambió un saludo y una sonrisa. Quería pensar que su propuesta era totalmente amistosa, pero me temía que no fuera así. Aparté aquel pensamiento y me concentré en los allí presentes. A decir verdad, era raro que saliéramos juntos, pero aquellas chicas me caían bien, hablábamos de nuestra pasión común y compartíamos una rea lidad que nos interesaba profundamente.
También tenía que venir una pareja, pero un contratiempo de última hora les impidió asistir a la cita.
—Entonces… ¿solo estamos nosotros?
Will esperó que se lo confirmasen y ellas asintieron. Tras aquella afirmación, sus ojos volvieron a centrarse en mí.
Me observó un instante y añadió:
—Entremos entonces…
—He oído hablar muy bien de este sitio —dije sonriente y contenta, refiriéndome al local—. ¡Dos buenas amigas ya han estado y me han dicho que las cervezas artesanales están buenísimas! Además, con las consumiciones te sirven unos aperitivos con una salsa especial y las patatas son para…
No había acabado la frase cuando alguien llegó por detrás, me alzó el rostro con brusquedad y estampó sus labios en los míos.
Me quedé sin aliento y, al instante, con el corazón en vilo, reconocí el perfume de Rigel. Sus dedos me estrecharon la mandíbula y me sometieron a un beso tan fogoso e imprevisto que tuve que contener la respiración.
Devoró mis labios y me asaltó con tanta vehemencia que mi cuerpo menudo casi cedió bajo aquel ímpetu incendiario.
Me aferré a su brazo y Rigel clavó sus afilados ojos en los de Will, lanzándole una mirada incandescente mientras seguía besándome. Cuando reparó en que le estaba estrujando la cazadora de piel y estuvo seguro de que ya no me quedaba más aire en los pulmones, decidió apartarse.
Roja con un pimiento y consternada, me arreglé el pelo mientras Rigel me rodeaba el hombro con el brazo y se volvía con expresión inocente hacia los rostros enmudecidos de mis acompañantes.
—Oh, William —dijo chasqueando la lengua—, si también estás tú. Pero qué despistado, no te había visto.
Lo había visto, ya lo creo que sí. De hecho, le había lanzado una mirada que era puro fuego.
Will se lo quedó mirando petrificado y las chicas hicieron otro tanto, embobadas.
No podía negarse que había hecho una entrada teatral, pero yo sabía que
aquel no era el único motivo de que su aparición hubiera despertado semejante estupor.
Rigel no era el tipo de chico que esperabas encontrarte por la calle. Era terrorífico y encantador al mismo tiempo. Irradiaba una seguridad masculina que, junto con su físico escultural, hacía de él un depredador nato.
—Pero… ¿a ti te parece que esa es manera…? —murmuré indignada y perpleja.
—No me dirás que no te ha gustado, falena —me susurró al oído con aquella voz suya, grave y divertida, que me inflamó el estómago.
Lo miré con el ceño fruncido, todavía roja como un tomate y una expresión de reproche en el rostro.
—Tú debes de ser su novio misterioso… —empezó a decir una de las chicas, alentada por la otra.
Lo estaban observando admiradas y él las correspondió con una mirada sagaz.
—Soy Rigel —respondió con una media sonrisa, dando voz a su nombre de estrella.
Nunca había sido una persona afable y estaba claro que no iba a empezar a serlo ahora, pero conocía demasiado bien su habilidad para gustar a todo el mundo, así que supuse que eso era justamente lo que acababa de hacer.
—Oh, Nica siempre es tan discreta con respecto a ti —me regañaron en tono afectuoso—. ¡No suelta prenda! Nos ha dicho que estudias Ingeniería y que tocas el piano, pero en cuanto al resto parece que…
—¿Qué te ha pasado en las manos? —la interrumpió Will.
Miraba las manos de Rigel, llenas de contusiones y arañazos rojos. Eran las heridas que se había hecho durante la crisis, las que yo le curé, pero Rigel se lo quedó mirando con un destello en la pupila.
—Oh, no es nada, una pelea.
¡No era cierto!
Will adoptó una expresión cauta.
—¿Una… pelea?
—Qué va, solo se cortó —intervine, tratando de minimizar la cosa, pero Rigel alzó una comisura de la boca con la soltura de quien ni siquiera tiene que alzar la voz para que prevalezca su versión de las cosas.
—Diez tíos me pusieron nervioso. Quizá debería escuchar a mi psiquiatra cuando me dice que tengo graves problemas para gestionar mi ira y una fuerte propensión a sufrir trastornos de la personalidad…
Se echó a reír con ligereza, sacudiendo la cabeza, mientras Will lo miraba con los ojos como platos.
Yo esbocé una risa nerviosa.
—Le… le gusta bromear…
Las chicas se relajaron y aceptaron aquel extraño sentido del humor, pero Will se quedó helado, como si la personificación de mi chico fuera incluso peor que la idea que ya se había hecho de él.
—¿Qué, vamos? —propuso Rigel con aire inocente, haciendo gala de su infinita malignidad.
Aún me rodeaba los hombros con el brazo, como si aquella situación lo relajara sobremanera. Me pareció que a Will le costaba tragar saliva.
—¿Así que tú también te apuntas?
—Ah, pero ¿la invitación no me incluía a mí? Es que la otra tarde, durante la videollamada, me pareció que dijiste otra cosa.
Rigel dejó en el aire sus palabras y lo fulminó con una mirada pe netrante que le hizo recordar a Will todos los amables consejos que había recibido durante aquella conversación.
El chico pareció pillarlo al vuelo. Dio media vuelta y se apresuró a entrar en el local como si quisiera tragarse la puerta giratoria. Mis compañeras entraron tras él, charlando tranquilamente sobre el impactante estilo del establecimiento.
—¿Sabes? —murmuró Rigel con aspereza en cuanto nos quedamos solos
—. Tienes el extraño don de atraer a los imbéciles.
—¿Puedes dejar de aterrorizarlo? —inquirí, mirándolo de soslayo.
—De ninguna de las maneras —siseó, acercándome a él con el brazo para susurrarme aquellas palabras al oído. El calor compacto de su cuerpo puso a prueba mi buena voluntad y me pareció que él lo sabía.
—¿Por eso has venido? ¿Por Will? —pregunté con cierta dureza en mi voz mientras ambos cruzábamos las puertas giratorias. Su ancha mu ñeca me acarició el rostro y yo deseé cogérsela. Solo un poco.
—Llevabas tiempo diciéndome que querías que conociera a tus amigos,
¿no es así?
Y ahí estaba, dándole la vuelta a las cosas. Le había expresado aquel deseo en numerosas ocasiones, pero lo conocía lo bastante bien como para saber que no estaba allí en aquel momento por un repentino deseo de socializar.
Rigel cerró la puerta con una mano. Inclinó el rostro y me observó con sus ojos profundos y aterciopelados.
—¿No te alegras de que esté aquí? —inquirió, modulando su voz para que sonara más grave, al tiempo que absorbía mi voluntad y la encerraba en sus iris oscuros.
Lo miré con la garganta contraída, los ojos brillantes y las mejillas encendidas, porque lo cierto era que me emocionaba muchísimo que hubiera venido, más de lo que se imaginaba. Me miró los ojos y los labios, y mi corazón se deshizo en un suspiro.
—¿Te portarás bien? —le pregunté con voz afectuosa.
Él levantó una ceja, adoptando una expresión más bien cómica y aquella actitud angelical que lo hacía parecer el peor de los diablos.
—¿Acaso no lo hago siempre?
Lo miré con elocuencia, pero por poco tiempo, porque Rigel soltó la puerta y me hizo avanzar.
Una agradable sensación de calidez me acarició la piel del rostro. Dentro,
el ambiente aún resultaba más encantador: las luces creaban un efecto casi navideño, relajante y placentero, y vi a un montón de jóvenes sentados a las mesas y junto a la barra. Deduje que sería un local conocido entre los universitarios.
Encontramos a los demás al fondo, sentados en unos pequeños sofás alrededor de una mesa circular. Nos acomodamos y Rigel sostuvo en la mano la cazadora de piel mientras yo me quitaba la mía; la dejé apoyada en el sofá, a mi lado, y me quedé solo con el top, mientras me ali saba la tela a la altura del busto y miraba a mi alrededor con los ojos luminosos, fascinada por aquel ambiente. El pelo se me había desplazado hacia el cuello y me lo recogí detrás de la oreja con un gesto lento. Entonces me di cuenta de que Will, al otro lado de la mesa, estaba observando mi cuerpo envuelto en la reluciente tela de organza.
Apartó enseguida la vista y la dirigió hacia la barra, mientras yo asentía con una sonrisa a mis amigas, confirmándoles que a mí también me parecía un local especial.
Rigel, a mi lado, se apoyó en el respaldo y me pasó el brazo por encima de los hombros. Me pareció que examinaba con la mirada la pequeña hilera de botones que me llegaba hasta la base de la espalda, pero seguí hablando con las chicas, demasiado concentrada en ellas como para fijarme en nada más.
Estaba experimentando una extraña sensación de euforia: el compromiso de Adeline; la universidad, que iba tan bien; mi familia, tan entrañable y especial… Todas aquellas emociones se fusionaron, creando un popurrí de felicidad que me encendió las mejillas e hizo que me brillaran los ojos.
Mientras los otros estaban distraídos, Rigel se inclinó y acercó sus labios hirvientes a mi oído.
—¿Sabes? Estaba pensando… —susurró con su voz ronca, persuasiva y venenosa.
Aquellas palabras se deslizaron por su lengua como si fueran de seda. Me
acerqué a él, ligera, y musité sonriente:
—¿En qué?
—En todas las cosas que me gustaría hacerte.
La saliva hizo que me atragantara. Me ruboricé y abrí mucho los ojos, mientras al otro lado Will me observaba titubeante. Pensé en las cosas que solía hacerme y aún me puse más colorada, si es que eso era posible.
Rigel enterró el rostro entre mi pelo y me encendió la piel. Me pareció que no estaba siendo bueno, sino que, al contrario, estaba exhibiendo lo peor de sí mismo. Si ya me resultaba difícil gestionar las sensaciones que me provocaba teniéndolo cerca, aquella forma de hablarme, tan íntima y desinhibida, no es que ayudara precisamente.
Me sobresalté al notar la vibración de su móvil en mis costillas.
Rigel se apartó un poco de mí, algo reticente, y lo sacó del bolsillo con un gesto grácil. Supuse que era uno de los muchos chicos que lo contrataban para que les diera clases cuando alzó sus afilados ojos y se puso en pie para responder en la calle, donde la ausencia de ruido le permitiría oír mejor.
Lo vi desaparecer entre la gente que le abría paso de manera inconsciente, y una vez más se me hizo extraño verlo allí, como un color que no acababa de entonar.
Siempre estaba fuera de lugar con respecto a los demás chicos. Todos me parecían iguales a su lado, como piedras junto a un diamante; ciertamente, cada cual tenía su matiz o su diferencia, pero Rigel tenía más facetas que todos los demás y sus vetas irradiaban el resplandor de las estrellas. Tenía una naturaleza cortante y un corazón mineral, pero un alma como la suya solo refulgía para unos pocos.
Y yo pensaba abrazarla.
Toda.
—Buenas tardes —nos saludó sonriente una joven y amable camarera, al tiempo que hacía clic con el bolígrafo—. ¿Qué queréis tomar?
Correspondimos a su saludo, elegimos nuestras consumiciones en el menú y ella las anotó velozmente en su bloc. Para Rigel, pedí una cerveza negra, no demasiado ahumada, esperando de todo corazón que le gustase y la camarera se fue.
Me uní al resto y acabamos hablando de la universidad. Cambiamos impresiones sobre determinadas materias, sobre las prácticas de laboratorio vespertinas, pero cuando llegaron nuestras consumiciones al cabo de unos minutos, Rigel aún no había regresado.
Lo busqué con la mirada. No quería parecer demasiado aprensiva ni resultar pesada, pero con lo de su enfermedad siempre me estaba temiendo que sufriera una crisis o que se sintiera indispuesto. Aunque no pudiera hacer nada, salvo ayudarlo a tomarse sus medicinas, la idea de que pudiera sobrevenirle en cualquier momento me turbaba.
Me puse en pie con la excusa de que volvería enseguida y fui a buscarlo.
Únicamente quería cerciorarme de que estaba bien, aunque solo fuera echándole un vistazo desde la puerta, pero no me hizo falta llegar hasta la entrada. Para mi sorpresa estaba allí de pie, inmóvil, junto a la barra, con el móvil en la mano y el rostro girado hacia… ¿un grupo de personas?
—¿Rigel?
Le cogí la mano y él se volvió de golpe, observando mis dedos llenos de tiritas entrelazándose con los suyos. Se quedó más tranquilo en cuanto comprobó que era yo, pero incluso con los años que habían transcurrido, aún no se había acostumbrado a algunos gestos espontáneos.
Me fijé en que estaba con tres chicos y una chica a los que no había visto nunca.
—Hola —saludé sorprendida y confusa.
Alcé la vista y busqué sus ojos.
—Como veía que no regresabas…
—Ha sido culpa nuestra. Nos hemos encontrado por casualidad —
respondió amigablemente uno de ellos, con las manos en los bolsillos de la
cazadora.
Los miré intrigada y, al notar mi expresión de perplejidad, la chica esbozó una sonrisita teñida de satisfacción y anunció:
—Vamos a la misma facultad.
—¡Ah! —Exhibí una sonrisa extremadamente cálida.
Oír aquellas palabras me produjo una sensación reconfortante en el pecho.
Era la primera vez que tenía ocasión de conocer a alguno de sus compañeros de la universidad y eso me hizo muy feliz.
—¡Encantada de conoceros! Yo soy Nica.
—¿Eres… amiga suya? —preguntaron indecisos, y entonces comprendí que el carácter solitario de Rigel, reacio a cualquier clase de confidencias, era el motivo de sus vacilaciones.
—Soy su chica —respondí con naturalidad, para asombro de los tres.
Todos me sonrieron con un nuevo talante, como si mi presencia tan dulce y exuberante lo hiciera menos inaccesible.
—Ya lo has oído… —comentó el chico de antes.
—No nos habías dicho que tenías novia, Wilde —repuso sonriente la chica, procurando que yo la oyera—. Nunca, ni una sola vez…
Me miró como si esperase que aquellas palabras pudieran sentarme mal o inducirme a pensar que él me ignoraba, pero mi cara permaneció limpia y serena.
No necesitaba saber el motivo. Rigel era reservado, cerrado e introvertido, no era de los que hablaban de sí mismos a los demás. Sabía cómo era, pero no por ello dudaría de él.
Lo que ambos compartíamos era a prueba de bombas, trascendía nuestras almas y era más fuerte que cualquier palabra.
Pero ella interpretó mi silencio como una victoria. Percibí la satisfacción pintada en su rostro cuando esbocé una sonrisa y miré a Rigel.
—Solo quería decirte que ya han traído la bebida —le comenté con
suavidad, a fin de que viera que quería respetar su espacio—. Te he pedido una cerveza negra.
Dicho esto, me volví hacia los demás y les sonreí amablemente.
—Encantada de conoceros. Que paséis una buena noche.
Ellos correspondieron a mi saludo, expresando su deseo de que volviéramos a vernos, pero la chica guardó silencio y se mordió la cara interior de la mejilla con una pizca de ironía en el semblante. Me lanzó una mirada de desprecio y al instante miró a Rigel con voracidad. Eso fue lo último que vi antes de volverme.
Ya me iba a marchar, pero me lo pensé mejor y volví atrás. Sujeté el rostro de Rigel con determinación y, dándome impulso, apreté mis labios contra los suyos.
Lo estreché con fuerza y le di un beso de película al tiempo que deslizaba los dedos entre su pelo, hasta dejarlo sin respiración.
Lo besé con tal ímpetu que me sorprendí hasta a mí misma. Me adueñé de su boca, de su fuerza, de su corazón, de todo, hasta que por fin me aparté de él emitiendo un sonoro chasquido y dejándole los labios rojos e inflados.
Se hizo un silencio total.
Todos me observaban impresionados, unos arqueando las cejas, otros con un rictus de silenciosa aprobación pintado en el rostro, pero no me volví.
Inmóvil entre mis manos, Rigel me miraba con los párpados entornados, el pelo revuelto y la sorpresa incrustada en sus iris negros. La expresión de su rostro me pareció tan insólita y adorable que le sonreí con ternura y dije simplemente:
—Te espero en la mesa.
Le di otro beso, esta vez suave, en los labios y me fui tranquilamente, sintiendo encima la mirada fulgurante y desconcertada de la chica.
Cuando volvió con nosotros y se sentó en el mismo lugar de antes, percibí a su espalda gestos y vibraciones sutiles que nadie, aparte de mí, habría podido notar. Y más tarde tuve la confirmación de que mis
sensaciones eran ciertas cuando íbamos por la calle, en el momento en que dejamos a los demás para ir a la fiesta.
—¿A qué ha venido eso? —me susurró al oído, insinuante, mientras pasaba el brazo por encima de mi hombro con determinación.
Intuí una nota burlona en su voz y lo miré de reojo antes de desviar la vista hacia otra parte.
—No me dirás que no te ha gustado… —murmuré, demasiado cortada como para mirarlo directamente.
Rigel se mordisqueó el labio y, cosa rara, una carcajada ronca y de baja intensidad brotó de su pecho. Aquel sonido me hizo vibrar hasta los huesos y, a pesar de mi persistente rubor, lo miré a los ojos. Vi cómo se reía, algo desconcertada, y al instante el pecho se me llenó de un amor ardiente.
Tendría que estar acostumbrada a verlo sonreír y a ser él mismo, pero no acababa de habituarme. Y resultaba casi… extraño verlo así, iluminado con aquellos colores vívidos, pero no se trataba de una extrañeza desagradable, no, sino de una extrañeza bonita, maravillosa y sorprendente, capaz de dejarte sin aliento. Una extrañeza que te embelesaba el alma y el corazón, como el resplandor de un relámpago en la noche.
Eso era Rigel para mí.
Mi luz en la oscuridad.
Aquel rayo de tormenta que brillaba más que el sol.
—Punzante —comentó arrastrando las sílabas, con la sonrisa aún entre los dientes.
Con el alma impregnada de su sonrisa, lo abracé, incliné la cabeza hacia atrás y sonreí despacio, pegando los labios a su brazo.
Siempre había algo único y especial en nuestra normalidad.
Y eso… Eso no cambiaría nunca.
—¡Enhorabuena! —exclamé mientras abrazaba a Adeline.
Estaba radiante y esplendorosa con aquel vestido de tonalidades pastel y, aun sin verle el rostro, percibí la calidez que le vivificaba las mejillas. Se apartó un poco y me sonrió con los ojos luminosos y unos pendientes que enmarcaban sus mejillas escarlata. La encontré estupenda. Carl, a su lado, me sonrió con las orejas rojas de la emoción.
—También están sus padres —me informó Adeline, señalándome la familia de Carl entre amigos y clientes asiduos de la tienda—. Le insistí en que quería conocerlos y me los presentó con ese entrañable orgullo que se reserva para los miembros de la familia.
Saludé a Dalma y a George, que sostenían una copa de champán, y vi a Asia junto a ellos. Me detuve y le dediqué una sonrisa vacilante, un poco maltrecha, pero cargada de mil significados. Ella me correspondió con sus ojos profundos, inclinando la cabeza en un gesto que tal vez algún día nos permitiría construir muchas cosas.
Nunca olvidaría lo que había hecho por mí unos días atrás, cuando el juicio.
De pronto sonó el timbre. Aún seguían llegando invitados, así que miré a Rigel y le dije que yo me encargaría de recibirlos. Él asintió con un gesto y en aquel momento los padres de Asia se acercaron a saludarlo y a intercambiar algún que otro comentario. Los dejé allí y fui a abrir la puerta.
—¿Es aquí la fiesta?
Una chica de rostro travieso y con los brazos en jarras apareció ante mi vista.
—¡Sarah! —exclamé con una sonrisa, y ella se llevó una mano a la boca mientras me miraba entusiasmada.
—¡Pero que barrio más bonito, Nica, es adorable! Todas esas florecitas, y las vallas…
—¿Quieres hacer el favor de moverte? —masculló una voz a su espalda, abriéndose paso con un codazo.
Miki hizo su entrada lanzándole una mirada huraña, mientras yo
admiraba el rostro anguloso y atractivo de la mujer en que se había convertido.
Su larga melena morena osciló sobre su pecho, pero sus bonitos y carnosos labios no habían perdido la costumbre de masticar chicle. Llevaba unos pantalones negros ajustados, unas botas militares de suela gruesa y un jersey claro debajo del cual, a pesar de los años transcurridos, seguía ocultando sus formas.
Miki siempre había tenido un físico de curvas generosas, pero jamás le había gustado mostrarlo; se sentía más a gusto llevando ropa holgada y cómoda y, aunque había madurado con el paso del tiempo, su estilo no había cambiado.
—Me alegro de que hayáis venido —le dije a modo de bienvenida, pero ella me respondió con una mirada poco tranquilizadora y se dio la vuelta para quitarse la chaqueta. La miré a mi vez, un poco sorprendida y le pregunté a Sarah:
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué está de mal humor?
—Ya puedes imaginártelo, mientras estábamos echando gasolina, el típico deficiente le ha silbado en plan piropo… Y ya sabes cómo se pone con esas cosas…
Miki la fulminó con la mirada.
—Lo menos que podrías haber hecho era no secundarlo —masculló ofendida y Sarah replicó con una risita sarcástica:
—Solo me he unido al homenaje…
En aquel momento, por suerte, alguien más llamó a la puerta. Abrí y al instante me cegó un potente flash.
—¡Bum! —exclamó Billie, irrumpiendo eufórica—. Ah, esta es muy buena… La llamaré El ataque de la pantera… —dijo asintiendo satisfecha y mirando los ojos amenazadores de Miki atrapados en la pantalla. Tras lo cual, alzó la vista y añadió sonriendo con entusiasmo—: ¡Hola!
Desde que se había cortado el pelo, sus rizos rubios salían disparados en
todas direcciones, pero en mi opinión aquel corte le quedaba genial, porque acentuaba su efervescente personalidad.
—Llegáis en el momento justo —dije a modo de saludo mientras la hacía pasar—. Norman está sirviendo el champán.
Tras ella, un chico altísimo y un poco desgarbado avanzó con timidez.
Llevaba puesta una gorra, pero se la quitó de inmediato, como si estuviera entrando en una iglesia.
—Hola, Nica… Gracias por la invitación. He… he traído esta botella…
—¡Vince! —exclamó Sarah sonriente, levantando los brazos como si hubiera ganado el equipo de su corazón.
—Ah, hola, Sarah…
—¡Pero qué músculos has echado! ¡Increíble! ¡Mira qué cosa! —
proclamó ella, tocando sus brazos flacuchos, y Vince, halagado, se sonrojó un poco.
—Bueno, ya sabes que he empezado a entrenar y… Ah, hola, Miki —
farfulló de pronto, repentinamente solícito.
Miki le correspondió como solía hacer, sin mirarlo, y Vince estrujó la gorra entre sus manos, observándola de soslayo.
Se esforzaba hasta lo indecible en obtener una pizca de aprobación por parte de Miki, pero al parecer no lo estaba logrando. Sin embargo, Vince era un chico tan tímido y desmañado que era imposible no quererlo y estaba segura de que Miki, bajo aquella corteza tan dura, se había dado cuenta.
—Venid, acomodaos —les dije mientras los invitaba a pasar—. Anna acaba de sacar del horno los aperitivos calientes.
Era consciente de que la fiesta era en honor de Adeline, pero me tomé la libertad de invitar también a mis amigos. Me encantaba rodearme de mis seres queridos, hacía que me sintiera dentro de una cálida burbuja, suave y envolvente. Me gustaría tenerlos siempre en casa, quizá porque, al no haber tenido nada mío cuando era pequeña, crecí con la convicción de que la felicidad había que compartirla.
Sarah no bebió nada, pero Vincent volvió al poco con dos copas. Le pasó una a Billie, que le sonrió afectuosa bajo la masa de rizos.
—Gracias, cariño.
Pensé que la otra sería para él, pero se la tendió a Miki. Ella miró el vaso, imperturbable.
—No me gusta el champán —murmuró apartando la mirada.
—Ya lo sé —respondió Vincent, cohibido—, por eso te he traído vino blanco… Sé que es tu preferido.
Miki lo miró y, detrás de ella, Sarah se besó los dedos con pasión y levantó los pulgares en señal de victoria.
Me fijé en que Billie observaba a su mejor amiga con una pizca de aprensión, pero suspiró aliviada cuando vio que Miki cogía la copa que Vincent le estaba ofreciendo.
Se la llevó hasta el pecho, con esa expresión propia de quien no sabe cómo responder a una gentileza y, tras cruzar la mirada con los esperanzados ojos de Billie, masculló:
—Gracias.
Vincent se puso colorado y se retrajo un poco; entonces se dio cuenta de que tenía las manos vacías y fue a buscar algo de beber.
—Lo adoro —confesó Sarah, mientras él coincidía con Norman y ambos se saludaban, a cuál más desmañado.
Los ojos de Billie se iluminaron de gratitud y yo percibí lo mucho que aquellas palabras la reconfortaban, porque eso era lo único que esperaba escuchar.
Poco después, cuando la fiesta estaba en su momento álgido, vi a Vincent gesticulando, enfrascado en una animada conversación.
Rigel estaba a su lado con los brazos cruzados sobre el pecho, con una copa de champán en la mano y el mentón ligeramente bajo, haciendo sombra. Bajo las afiladas cejas, miraba de lado a Vincent, visiblemente escéptico respecto a lo que le estaba diciendo, pero al mismo tiempo lo
bastante contenido como para no hacérselo notar.
Traté de ocultar una sonrisa, pero me fue imposible.
A Vincent le encantaba el espacio, la cosmología y la teoría cuántica, y parecía tener a Rigel en gran estima: pese a los silencios y a las estocadas recelosas, pese a que Miki a su lado fuera un pedazo de pan, Vincent siempre se alegraba de verlo.
Y, pese a lo distintos que eran ambos, Rigel se esforzaba en ser… amable con él. Educado, por lo menos.
En ese momento, me di cuenta de que, un poco más lejos, Anna lo estaba observando. En aquella mirada un poco triste había un afecto al que Rigel nunca podría corresponder.
«No soy capaz de sentirme vinculado a ellos», me susurró en una ocasión.
Estábamos paseando después de haber cenado con Anna y Norman, y aquella confesión apagada rompió el silencio. Enseguida supe a qué se refería, porque su tono cambiaba cuando daba voz a su alma.
Alcé la vista y lo vi, el rostro ladeado, las manos en los bolsillos de la cazadora y el pelo confundiéndose con la noche. Cuando se daban esos momentos, mirarme a los ojos suponía un contacto demasiado directo para él.
No lograba encariñarse de ellos.
No lograba encariñarse de nadie. La verdad era esa.
El síndrome del abandono y el peso psicológico de la enfermedad le habían creado desde pequeño una grave inseguridad emotiva.
Y su relación con la directora… no había hecho sino empeorar las cosas.
Desde niño, Rigel había sentido una desesperada necesidad de afecto, pero obtenerlo de una mujer como aquella lo había empujado a rechazar la única forma de amor que recibía. Margaret era un monstruo y él lo sabía.
Eso lo había conducido a negarse los afectos, a crecer sin vínculos y a rechazarlos. La soledad, la frustración y la ausencia de puntos de referencia
estables habían minado gravemente su capacidad de crear vínculos afectivos.
No era culpa suya. Él se había protegido como si se tratase de una enfermedad, había desarrollado los anticuerpos que le permitían no en-fermar.
En la oscuridad de aquella calle, acepté su silencio y lo tomé de la mano.
No pude decirle hasta qué punto Anna y Norman lo querían de verdad, pero en el fondo estaba segura de que, aunque ya no existiera, el niño que fue una vez hubiera querido poder corresponderles.
El timbre volvió a sonar.
Dejé mi copa y me dirigí de nuevo a la puerta, pero antes de llegar a la entrada, Klaus se escabulló entre mis piernas. Se detuvo y me lanzó una mirada de indignación, contrariado por tener todos aquellos invitados en casa; lo cogí en brazos y maulló contrariado. Le di un beso en la cabeza y le rasqué detrás de la oreja como a él le gustaba; sonreí cuando se le escapó un ronroneo. Lo acaricié con ternura y lo deposité en el primer peldaño de las escaleras, desde donde él me lanzó una mirada resentida, probablemente ofendido por no haber seguido mimándolo como se merecía.
—Ya voy…
Abrí la puerta.
Y me quedé paralizada.
El pasado se abrió ante mis ojos y me arrancó por un instante del presente.
El chico que tenía delante se volvió. Y en el instante en que lo miré a los ojos, sentí que mi corazón desaparecía y el tiempo se detenía.
—… ¿Peter? —susurré con un hilo de voz.
Él me miró con aquellos ojos que recordaba a la perfección.
—Nica…
Ahora sentía que el corazón se me estaba hinchando hasta cortarme la respiración. Era tal mi incredulidad que extendí los brazos de un modo
irracional.
Lo abracé y su pelo rubio me acarició las mejillas.
Peter tembló, se puso rígido, pero yo era presa de una emoción demasiado sorda como para darme cuenta.
De él recordaba a aquel niño delgado, con ojeras persistentes, que siempre lloraba más que los otros niños y se ocultaba detrás de cualquiera.
Nunca supo defenderse de la crueldad; un alma delicada como la suya ni siquiera tenía fuerza para protegerse.
—No… no me lo puedo creer… —exhalé apartándome un poco.
Sentí que se me humedecían los ojos y en ese momento me fijé en su extrema lividez mientras tensaba los nervios del cuello. Tardé un instante en preguntarme si aquella reacción se la habría causado yo.
—Ya…
Peter se esforzó en sonreír, pero le tembló la comisura de la boca, como si tuviera un extraño tic. El extremo de su labio parecía estar sometido a un hormigueo constante y mi corazón se llenó de confusión, hasta que lo comprendí: lo había asustado. No había reparado en algo fundamental.
Peter era como yo, pero mucho más.
Él también había dejado de crecer.
Sin embargo, Adeline ya me lo había dicho tiempo atrás. Él jamás se recuperó.
—Me ha invitado Adeline —dijo mientras tragaba saliva. Me pareció que se iba relajando poco a poco—. Estaba aquí… por el juicio. Te vi aquel día
—confesó—. Os vi a las dos. Yo también estaba. Te escuché en el banquillo de los testigos, Nica. Me hubiera gustado saludarte, pero después ya no pude encontrarte.
Había salido huyendo, por eso no me vio.
Sonreí, con una sonrisa trémula mediante la cual esperaba ser capaz de transmitírselo todo.
—Si hubiera sabido que estabas allí, habría reunido las fuerzas necesarias
para quedarme.
Los ojos de Peter se desplazaron convulsivamente hacia un lado durante una fracción de segundo e intuí que ese era su modo de mostrar incomodidad y retraimiento, así que suavicé la voz.
—Fue muy valiente por tu parte lo que hiciste. Sin ti… ella nunca habría sido condenada.
Margaret ya no atormentaría más nuestra realidad. Con los distintos testimonios, las pruebas aplastantes y los informes de los trastornos psicológicos permanentes que había causado, el tribunal no solo la había declarado culpable, sino que con la condena que le había caído ya no podría volver a hacerle daño a nadie.
Ya no infectaría nuestro futuro.
Solo el pasado.
Me preguntaba qué debió de pensar «Ella», al enterarse de que había sido Peter quien había activado todo aquel mecanismo. Precisamente el único que nunca había tenido fuerza para actuar, el único que siempre había sido demasiado pequeño y al que «Ella» tenía demasiado aterrorizado como para hacer algo.
—Ven —le dije con voz cálida, y me hice a un lado para invitarlo a pasar.
Me mantuve a una distancia aceptable, esperando que comprendiera que no volvería a invadir su espacio sin su consentimiento.
Peter entró, cauteloso, y dejé que se quitara él la chaqueta.
Resultaba tan extraño verlo allí, en mi presente, y, sin embargo, lo primero en que pensé fue en presentarle a Anna y a Norman.
Lo acomodé en el sofá y le pregunté si quería que le trajese algo de beber, pero dijo que no. Noté que tenía una pequeña contracción en el párpado cuando miraba a su alrededor y que sus gestos denotaban cierto nerviosismo.
Tenía el mismo pelo de color zanahoria, los mismos ojos de un azul pálido coronando su larga nariz. El rostro estaba constelado de pecas y su
constitución delgada, aunque ahora iba en consonancia con la de un muchacho adulto, no había cambiado prácticamente. Seguía pareciendo menudo, frágil y asustado. Como cuando era niño.
—Así que… ¿esta es tu casa?
—Sí —respondí con suavidad, sentándome cerca de él, pero despacio—.
Conocí a los Milligan a los diecisiete años. Vinieron al Grave… Son unas personas muy dulces. Me gustaría presentártelos, si quieres.
No quería pasarme. Acababa de llegar y, además, no sabía hasta qué punto se sentiría cómodo entre extraños. A lo mejor Adeline no le había dicho que habría tanta gente. Seguía mirando alrededor, como si quisiera tener un par de pupilas por cada individuo presente en la sala.
—Sé que te adoptaron cuando te transfirieron al Saint Joseph —le dije buscando su mirada mientras me recogía el pelo detrás de la oreja, y el asintió. Peter se marchó al mismo tiempo que Adeline, pero él no permaneció mucho tiempo en la nueva institución.
—Los Clay —me explicó mostrándome en el móvil la fotografía de una pareja feliz y sonriente con un niño que hacía el signo de la victoria. Tenían la piel oscura, y Peter tenía el brazo apoyado en los hombros del hijo, con una expresión serena en el rostro.
Sonreí y él pareció relajarse imperceptiblemente.
—Llegaron cuando tenía trece años —siguió contándome—. Aquel día…
Bueno, me tropecé con la alfombra. Quería causar buena impresión, pero acabé cargándome la planta de la entrada. Y al instante decidieron que querían conocerme. Me encontraron… simpático, creo.
Me reí mientras me llevaba una mano a la boca, y Peter a su vez esbozó una sonrisa. Me habló de ellos, de la escuela, de cómo fue dejar la institución y ser acogido por una familia. Me reconocí en muchas de sus palabras y me hizo feliz que me contara parte de lo que había sido su vida.
Pero de pronto Peter se quedó paralizado. Su rostro se volvió de piedra y la expresión de sus ojos se endureció, como por efecto de un shock. Me lo
quedé mirando, confundida por aquel cambio tan imprevisto, y me giré instintivamente para seguir la trayectoria de su mirada.
El corazón me dio un vuelco en cuanto lo comprendí.
Rigel.
Había visto a Rigel, al fondo de la sala.
Adeline estaba hablando animadamente con él y, aunque sus labios blancos estaban sellados, haciendo gala de su habitual pose hermética, sus ojos negros sí le prestaban atención. Ella sonrió y le dio una palmada juguetona en el hombro, y él le respondió algo que la hizo estallar en una expresiva carcajada.
—Él —exclamó Peter con la voz irreconocible—. ¿Qué hace… él…
aquí…?
—Las cosas no son como crees, Peter —me apresuré a decir.
Sabía quién era Rigel en nuestros recuerdos de infancia: el monstruo violento y cruel respecto al cual el propio Peter me había puesto en guardia.
—Hay cosas que no sabes —seguí diciéndole con voz suave—. Rigel nunca tuvo nada que ver con la directora. Créeme.
Tal vez si lo hubiera visto en el proceso contra Margaret, habría sido distinto, pero ese día Rigel no estaba.
—Debí de imaginarme que tarde o temprano volvería a encontrármelo.
Míralo —siseó con rencor, porque ante sus ojos había un chico impecable y espléndido, pero él, en cambio, siempre llevaría encima las señales de aquellos abusos—. No ha cambiado nada.
—No es la persona que crees —le aseguré con una punzada de amargura.
Tenía el cuerpo tenso y el tic en el párpado indicaba que su estrés iba en aumento. Hubiera querido estrecharle la mano, pero enseguida vi que no era una buena idea.
—Peter —musité—, Rigel es muy distinto del chico que imaginabas…
—¿Lo estás defendiendo? —Sus ojos se desplazaron hasta los míos con incredulidad—. ¿Después de todo lo que te hizo?
Me miró como si fuera una extraña y de pronto una sombra gris y venenosa le oscureció el rostro.
—Claro. Después de todo, siempre se le ha dado bien esto. Manipular…
De ahí que Adeline lo haya invitado. Incluso después de todo este tiempo…
Sus ojos lo traicionaron haciendo asomar una espina de celos cuando volvió a mirarlos. Vi en su interior un sentimiento reprimido y comprendí que iba dirigido a Adeline.
Sin embargo, aunque Peter siempre había despreciado a Rigel, parecía más celoso de él que del propio Carl.
—Te equivocas —repliqué con voz suave y sincera—. Adeline lo aprecia. Para ella es… como un hermano.
—Ya, pero no tuvo problema en tirársela —siseó con acidez.
Me quedé sin respiración.
Miré a Peter, inmóvil, como si se me hubiera parado el corazón.
—… ¿Qué?
—¿Cómo que «qué»? ¿Es que acaso no lo sabías?
Me lo quedé mirando, helada, e instintivamente mis ojos se dirigieron hacia Adeline. La vi allí, sonriente, feliz, locamente enamorada del chico con el que iba a casarse y, sin embargo, aquellas palabras me estaban devorando el cerebro.
—Yo compartía habitación con él —me recordó Peter—, sé muy bien de lo que hablo. Tenía que levantarme e irme cada vez que ella llegaba… Cada maldita vez… Solo tenía ojos para él. Él y solo él. Como si no acaparase ya la atención de todo el mundo. —Le lanzó a Rigel una mirada cargada de odio—. No me sorprende verlo aquí, querrá recordarle el efecto que le causaba. O que le sigue causando…
—Rigel está aquí conmigo —solté de forma casi mecánica. Tenía el cerebro alborotado y una extraña sensación en el pecho, pero aquellas palabras hallaron igualmente el camino para salir de mis labios—.
Nosotros… estamos juntos.
Jamás me habría imaginado a Peter con aquella expresión, como si acabara de decirle algo abominable. La consternación creó un extraño contraste en sus rasgos: sus ojos eran los de un niño, pero aquella furia incrédula que destilaba era propia de un adulto.
—¿Estáis… juntos? —repitió como si yo me hubiera vuelto loca—. ¿Tú estás con él? ¿Acaso has olvidado cómo te trataba? ¡Él te odiaba, Nica!
—No me odiaba, Peter —susurré, porque, si bien Rigel era un cuento que los demás no podían comprender, Peter formaba parte de nuestro pasado y yo sentía la necesidad de cambiar sus convicciones—. Todo lo contrario…
—Claro —rezongó sarcástico—, estaba enamorado de ti, pero se follaba a otra cada dos por tres.
Me sobresalté. Aquellas palabras me golpearon directamente el corazón, como un puntapié bien asestado. Me quedé muda y Peter sacudió la cabeza, con un atisbo de compasión.
—Siempre has sido demasiado ingenua, Nica.
Algo se agitó en lo más profundo de mi pecho, me quemó, se fue haciendo persistente, y no fui capaz de impedir que mis ojos fueran en busca de los de Rigel.
Su mirada de obsidiana cortaba la estancia. Adeline ya no estaba con él, ahora su atención estaba puesta en el chico que estaba sentado junto a mí en el sofá. Miró a Peter sin pestañear, con un destello de certeza, la misma que yo tuve en el momento en que lo reconocí al abrir la puerta.
Y, al instante, su mirada se encontró con la mía.
En ese momento, la idea de que Adeline y él se hubieran tocado y respirado como hacíamos nosotros me erosionó por dentro.
Ahora comprendía aquel beso que le dio cuando volvió a aparecer unos años atrás. Rigel y ella habían compartido muchos en el pasado.
Aquella idea me revolvió el estómago.
Me puse en pie, mirando hacia otro lado, y me excusé con Peter antes de abandonar el salón.
Ahora ya sabía que no podría hacerle cambiar de idea: estaba demasiado anclado en sus certezas, en su pasado, como para reevaluarlo todo. No estaría dispuesto a replantearse la realidad y yo sentía tal necesidad de alejarme que no pude seguir allí. Tenía la imagen de Adeline incrustada en los ojos y, a pesar de lo que sentía, no estaba dispuesta a arruinarle aquel momento.
Me alejé por el pasillo y me dirigí a la estancia del fondo. El cabello me rozó los codos cuando me detuve allí, en el centro de la alfombra, lejos de las miradas y los ruidos.
Cuando oí que alguien cerraba la puerta a mi espalda, me volví con la certeza de saber quién era.
—¿Te has acostado con Adeline? —pregunté de improviso, sin reprimirme, como si aquellas palabras me quemasen los labios.
Rigel me miró detenidamente, con el rostro abatido y una expresión circunspecta que le ensombrecía los ojos.
—¿Es eso lo que te ha dicho Peter?
—Contéstame, Rigel.
Solo recibí un silencio por respuesta. Pero yo había aprendido a interpretar aquella ausencia de palabras mejor que las palabras en sí.
Desvié la mirada, decepcionada, y me volví de nuevo hacia él.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?
—¿Qué habrías querido que te dijese exactamente?
—No tergiverses mis palabras. Sabes lo importantes que sois ambos para mí. La idea de que vosotros dos… —Busqué las palabras, pero la amargura me cerró la garganta.
No tendría por qué importarme. Sucedió antes de que Rigel y yo descubriéramos que nos pertenecíamos. ¿Qué tenía que ver con nosotros?
Nada.
Sin embargo, aquel pensamiento se había aferrado a mis inseguridades y no me dejaba en paz.
Adeline me dijo que él era el único que me cogía la mano cuando Margaret me castigaba, que era él quien me protegía siempre, que sus gestos habían obedecido en todo momento a algo único y profundo, desde el principio, pero ahora todas esas palabras parecían vacías, lejanas.
¿Había mentido?
—Por eso siempre estabas tan tenso cuando hablaba del pasado con ella.
Temías que lo descubriese.
Tenía que mostrarme racional, pero la idea de que me hubieran mantenido en la ignorancia me atormentaba. El temor de que hubiera habido algo entre ellos me había asaltado muchas veces y otras tantas había intentado remontarme a los orígenes de su relación, pero solo lo hacía porque conmigo nunca habían sido claros al respecto.
¿Por qué tenían que dejarme siempre al margen, protegerme, decidir por mí?
¿Acaso no podían decirme la verdad?
—Sucedió hace mucho tiempo —replicó Rigel en voz alta, como si le costara pronunciar aquellas palabras—. No, no quería que lo descubrieras.
¿Qué otra elección tenía?
—Has elegido no decírmelo —repliqué hablando despacio.
Arqueó las cejas al percibir amargura en mi voz. Avanzó un paso hacia mí, con la frustración grabada en los ojos.
—Entonces ¿esto va así? ¿Llega Peter y volvemos al punto de partida?
—Deja a Peter fuera —susurré inflexible—. Es el único que ha sido sincero.
—Peter no sabe nada —bramó furioso, irguiéndose sobre mí—. Después de todo este tiempo, ¿prefieres creerlo a él?
—Esa no es la cuestión…
—Sin embargo ¡ha bastado para que pierdas toda tu confianza en mí!
—¡Te confiaría mi vida! —exclamé, desarmada, con los ojos muy abiertos; me sentía extremadamente frágil—. ¿No lo entiendes? Yo confío
en ti como en mí misma, eres tú quien ha preferido ocultarme algo así.
Sabes lo importantes que sois Adeline y tú en mi vida. Sabes que la considero mi hermana… ¿Cuántas cosas más no me habéis dicho?
Tal vez estaba exagerando, tal vez no hubiera debido hacerlo, pero el hecho de que hubieran decidido ocultármelo en lugar de hablarme claro me provocaba un sentimiento de desilusión inmenso.
Tal vez otra chica en mi lugar hubiera preferido no saberlo.
Tal vez hubiera preferido vivir en la inopia, feliz e ignorante.
Pero yo no.
Con Rigel yo era un libro abierto. Confiaba en él más que en nadie, pero necesitaba que él confiara del mismo modo en mí, que no se callase las cosas por miedo a perderme. No iba a perderme, yo solo quería la verdad.
¿Acaso pensaba que me alejaría de él por algo que había sucedido hacía años?
Exhalé despacio y sacudí la cabeza; bajé los brazos en un gesto lento y lo miré con ojos tristes.
—Puedes decírmelo todo —le susurré—. Cuando decides no hacerlo es cuando me hieres. Si no quieres hablar de Adeline, entonces nunca sabré qué ha habido entre vosotros. De acuerdo… —musité a pesar de lo que sentía—. Pero a veces solo querría que tú… me permitieras comprender mejor lo que sientes. Te conozco, Rigel, pero no siempre puedo saber lo que estás pensando. —Me estrechó entre sus brazos, inclinó el rostro y dejó que hablara la parte más grácil de mi corazón—. Puedes… confiar en mí —dije con absoluta sinceridad—. No debes tener miedo de herirme. Y si no quieres hablar de esto… Si… no quieres hablar de Adeline… entonces no preguntaré. Sea lo que sea lo que os une, si no puedes decírmelo… yo lo acepto. —Tragué saliva despacio—. No dudaré de ti… pero me gustaría que tú hicieras lo mismo. Que te sintieras libre de hablarme… y de ser sincero conmigo. Estoy perdidamente enamorada de ti —admití, rendida—.
Y eso no cambiará nunca.
Alcé la mirada. Debía de tener la expresión más sumisa del mundo. Traté de sonreír, pero la mancha de amargura que empañaba mis ojos me hizo desistir del intento. Desvié la vista y suspiré despacio.
—Y ahora volvamos allí —murmuré mientras pasaba delante de él.
Llegué hasta la puerta y la abrí, dispuesta a reanudar las charlas, a proseguir la fiesta, dispuesta a volver a la realidad que se desarrollaba fuera de nosotros, pero no pude.
Una mano se posó en el batiente de la puerta y volvió a cerrarla con firmeza.
La respiración de Rigel me acarició la nuca, mientras su cálido pecho me presionaba la espalda.
No me moví cuando sentí la solidez de su cuerpo contra el mío.
Permanecí inmóvil, atrapada en su calor, como si fuera mi fin y mi principio.
Siempre recordaría el silencio de aquel momento.
—Te amo desde los cinco años.
La voz ronca de Rigel se había convertido en un susurro apenas audible.
Sus labios me rozaron la oreja, despacio, como si aquellas palabras fueran un secreto inconfesado. Contuve la respiración.
—He tratado de impedirlo con todas mis fuerzas —siguió diciendo, con aquel tono de voz que se precipitaba poco a poco por su boca—, pero tú no me has dejado otra elección. Lo has derribado todo. Me has arrebatado hasta la última cosa y te he odiado por ello. Estuve con ella porque te buscaba a ti en las otras…, pero ninguna tenía nunca las suficientes pecas, ninguna tenía tu pelo o los ojos lo bastante claros.
Hizo otra pausa, con su cuerpo apretado contra el mío, su cálido aliento en mi cuello. Yo percibía lo mucho que le estaba costando pronunciar aquellas palabras.
—Nunca he sabido amar —confesó con un matiz de amargura y derrota en la voz—. No tengo tacto y no soy amable. No creo en los sentimientos
porque no soy capaz de establecer vínculos con nadie… Pero si el amor existe, tiene tus ojos, tu voz y tus puñeteras tiritas en los dedos.
Me alzó la mano.
Se sacó del bolsillo una de las tiritas que yo había dejado en su casa, la abrió y me la puso en el anular.
Como un anillo.
—Esto es todo lo que tengo para darte. Y, si un día te casas conmigo, Nica, todo el mundo verá que eres mía, como lo has sido en silencio desde el principio.
Yo tenía los ojos abiertos de par en par. Unas lágrimas hirvientes me temblaban en los párpados, impidiéndome ver. No daba crédito a las palabras que acababa de escuchar, no podía creer que las hubiera pronunciado, pero mi pecho palpitaba como si alguien acabase de infligirme una herida abierta.
Poco a poco, temblando, me volví hasta estar frente a él. Rigel me sostuvo la mirada con todo su ser.
—Para mí, tú tienes los ojos del fabricante de lágrimas —murmuró— y siempre los tendrás.
Una oleada cálida y violenta me arrasó el pecho. En mi interior estalló un cúmulo de sentimientos sin principio ni fin que quemaba cuanto hallaba a su paso e inundaba mi alma de una luz que nadie más podría darme.
Las lágrimas me bañaron el rostro. Él me tocó una mejilla, la acarició despacio, y yo ya no vi al lobo, sino algo distinto.
Aquel era el niño que me había mirado por primera vez en la puerta del Grave.
Aquella era la mano que había tenido la valentía de estrechar la mía en el sótano.
Aquellos eran los brazos que me habían levantado y me habían rodeado para protegerme.
El rostro que había recibido una bofetada en mi lugar.
Aquel era el corazón que nunca se había atrevido a entregarme.
Pero que, en todo momento y lugar, gritaba mi nombre.
Me lo ofrecía con los dedos llenos de rasguños y, aunque nunca había sabido amar con delicadeza, me estaba mostrando la parte más frágil y desnuda de sí mismo.
Por primera vez en toda una vida, Rigel me confesó palabras que inconscientemente yo había deseado durante años.
Que había esperado, aguardado, amado en secreto.
Y aunque yo no volviera a escucharlas nunca más, aunque él siguiera siendo el chico que solo habla con los ojos, tendría, para siempre, el corazón lleno de aquel amor.
Porque no era cierto que fuéramos un desastre. No.
Nosotros éramos una obra maestra.
La más bella y espectacular de todas.
Puse mi mano sobre la suya y le sonreí. Le sonreí con el corazón, con el alma, con las lágrimas y con aquella titita en el dedo.
Le sonreí como la mujer que era y la niña que sería siempre.
Y él me sonrió a su vez con toda la profundidad de sus ojos.
Solo con sus ojos.
Aquellos ojos que siempre amaría hasta la locura.
Me eché en sus brazos y me hundí en su pecho como nunca antes lo había hecho. Me aferré a él con cada fibra de mi ser y Rigel se inclinó sobre mí y me estrechó como si fuera la cosa más pequeña, frágil y valiosa de la tierra. Me alzó entre sus brazos y yo me cerré sobre su corazón como una mariposa.
Apreté mi frente contra la suya y lo besé una vez más y otra y otra y cada beso era una sonrisa, una lágrima que habría de unirnos para siempre.
Y al llegar a las últimas líneas de nuestro final, supe que, si había una moraleja, en ese cuento… éramos nosotros.
Sí, nosotros.
Porque nuestras almas resplandecían con la fuerza de mil soles.
Y, al igual que las constelaciones milenarias, nuestra historia estaba escrita allí.
En aquel cielo infinito.
Entre huracanes de desventura y nubes de polvo de estrellas.
Eterna e indestructible…
Más allá de toda medida.
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