Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 12 de 43

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Fabricante de lágrimas

11. Mariposa blanca

11

Mariposa blanca

Hay un misterio en cada uno de nosotros.

Es la única respuesta a todo cuanto somos.

Siempre había pensado que Rigel era como la luna.

Una luna negra que preservaba su lado oculto a los ojos de todos.

Resplandecía en su oscuridad hasta ensombrecer incluso las estrellas.

Pero me equivocaba.

Rigel era como el sol.

Inabarcable, ardiente, inalcanzable.

Quemaba la piel.

Dejaba marcas en el rostro.

Desnudaba mis pensamientos y sembraba en mi interior sombras que lo envolvían todo.

Cuando llegaba a casa, su chaqueta siempre estaba allí. Hubiera querido decir que me resultaba indiferente, pero sería mentirme a mí misma.

Todo era distinto cuando él estaba cerca.

Mis ojos lo buscaban.

Mi corazón se hundía.

Mi mente no me daba tregua y el único modo de no encontrarme con aquella mirada perturbadora era encerrarme en mi habitación todo el

tiempo, hasta que Anna y Norman regresaban.

Me ocultaba de él, pero lo cierto era que había algo que me atemorizaba mucho más que su mirada cortante o su temperamento glacial e impredecible.

Algo que se agitaba en mi pecho, aunque nos separasen paredes y ladrillos.

Pero una tarde decidí dejar a un lado mis recelos y bajar al jardín para disfrutar un poco del sol.

Aquí el mes de febrero era benigno, claro y fresco; nunca teníamos inviernos excesivamente rigurosos en la zona. A aquellos que como yo habían nacido y vivido al sur de Alabama no les resultaba difícil imaginarse estaciones tan suaves: árboles desnudos y calles mojadas, nubes blancas sobre un cielo cuyos amaneceres ya olían a primavera.

Me encantó volver a sentir la hierba bajo mis pies descalzos.

El sol dibujaba un encaje de luces sobre el prado mientras yo estudiaba a la sombra de un albaricoque, recobrando una pizca de serenidad.

De pronto, un ruido llamó mi atención.

Me puse en pie y me acerqué, intrigada, pero en cuanto descubrí el origen de aquel sonido, vi que no se trataba de nada prometedor.

Era un abejorro. Una de sus patitas estaba atrapada en el barro y, cuando trataba de volar, las alas producían un zumbido.

Pese a toda mi delicadeza, no pude evitar mirarlo con miedo en los ojos, por primera vez estaba indecisa frente a un bichito en apuros. Las abejas me encantaban, con sus patitas rechonchas y sus collares peludos, pero los abejorros siempre me habían infundido cierto temor.

Unos años atrás, me había llevado un buen picotazo; me dolió durante días y no me apetecía demasiado revivir aquel dolor.

Pero él seguía agitándose de un modo tan inútil y desesperado que mi parte más tierna se impuso. Me acerqué sin tenerlas todas conmigo, me debatía entre el miedo y la compasión. Traté de ayudarlo con un palito,

tensa, pero salí corriendo al tiempo que profería un gritito agudo en cuanto volvió a emitir aquel zumbido cavernoso. Regresé con el rabo entre las piernas, afligida pero dispuesta a ayudarlo de nuevo.

—No me piques, por favor —le imploré mientras el palito se rompía en el barro—, no me piques…

Cuando por fin logré liberarlo, noté una sensación de alivio en el pecho.

Por un instante, casi tuve ganas de sonreír.

El insecto emprendió el vuelo.

Y yo me puse pálida.

Tiré el palito y eché a correr como una loca; oculté el rostro entre las manos, gritando de un modo vergonzoso y pueril. Tropecé con mis propios pasos y perdí el equilibrio en las baldosas del caminito. Me habría caído si alguien no me hubiera cogido de las manos en el último momento.

—Pero ¿qué…? —oí a mi espalda—. ¿Estás loca?

Me volví de golpe, desconcertada, sin soltar las manos que me sujetaban.

Alguien me estaba mirando con el semblante pálido.

—¿Lionel?

¿Qué estaba haciendo él en el jardín de casa?

—Te lo juro —exclamó embarazado—, no te estoy persiguiendo.

Me ayudó a incorporarme y yo me sacudí un poco de tierra que me había quedado en la ropa, sorprendida de que estuviera allí. Señaló la calle.

—Vivo aquí cerca. Unas manzanas más allá. Iba por la acera y te he oído gritar. Me he llevado un buen susto —dijo en tono recriminatorio, mirándome con severidad—. ¿Se puede saber qué te traías entre manos?

—No, nada. Había un insecto… —dije, saliéndome por la tangente mientras buscaba el abejorro con la mirada—. Y me he asustado.

Él me observó enarcando una ceja.

—Y… ¿no podías matarlo, en lugar de gritar?

—Pues claro que no. ¿Qué culpa tiene él de que me dé miedo? —fruncí el ceño, más bien irritada.

Lionel se me quedó mirando sorprendido.

—¿Estás… bien, en cualquier caso? —me preguntó, dirigiendo la vista hacia mis pies descalzos.

Asentí despacio y al parecer él creyó que no había más que añadir.

—Vale —se limitó a murmurar, antes de concentrar la mirada en un punto indeterminado de sus zapatos. Irguió la cabeza con gesto decidido y me echó un último vistazo.

—Entonces… adiós.

En cuanto dio media vuelta, me percaté de que ni siquiera le había dado las gracias. Lionel había evitado que me cayera, había corrido a comprobar si estaba bien.

Había sido muy amable conmigo en todo momento.

—¡Espera!

Se volvió. De pronto me pareció que estaba yendo hacia él con demasiado entusiasmo.

—¿Te…? ¿Te apetece un polo?

Se me quedó mirando perplejo.

—¿En… invierno? —inquirió, pero yo asentí con la cabeza sin inmutarme.

Me observaba, como si estuviera sondeándome en profundidad. Y por fin llegó a la conclusión de que le estaba hablando en serio.

—Vale.

—Polos en febrero —comentó Lionel mientras yo picoteaba el mío, la mar de contenta.

Estábamos sentados en la acera y yo le había cedido el de manzana verde.

Adoraba los polos. Desde que Anna lo había descubierto, me compraba los que llevaban animalitos de gominola congelados en el interior y yo me

los quedaba mirando fascinada, incapaz de expresar hasta qué punto los adoraba.

Lionel y yo estuvimos charlando un rato. Le pregunté dónde vivía, si él también pasaba por el puente sobre el río entre el vocerío de los obreros.

Descubrí que era fácil hablar con él. De vez en cuando, me interrumpía a mitad de una frase, pero yo no le daba demasiada importancia.

Me preguntó cuánto hacía que había llegado, si me gustaba la ciudad y, mientras le respondía, me pareció que me miraba con el rabillo del ojo.

En un momento dado, también me preguntó por Rigel. Noté que se me tensaban los nervios cuando me hizo la pregunta, como cada vez que él salía en una conversación.

—Al principio no creía que fuera tu hermano —me confesó, después de que yo le explicara de forma vaga que era un miembro de mi familia. Se quedó mirando el cocodrilo de gominola que sostenía en la palma de la mano antes de comérselo.

—¿Quién creías que era? —le pregunté.

Traté de no pensar en cómo lo había llamado. Cada vez que decían que era mi hermano, me entraban ganas de rascar con las uñas la primera superficie que tuviera a mi alcance.

Lionel se rio con ganas mientras sacudía la cabeza.

—Da igual —dijo, cambiando de tema tranquilamente.

No me preguntó por mi infancia. Y yo no mencioné el Grave en ningún momento. Ni el hecho de que el chico que estaba dentro de casa en realidad no era mi hermano.

Por una vez, resultaba agradable poder fingir que era normal, sin más.

Nada de instituciones ni de directoras, nada de colchones agujereados y flácidos que arañaban la espalda

Simplemente… Nica.

—¡Espera, no lo tires! Lo frené en seco cuando Lionel estaba a punto de romper el palito de su helado. Me miró perplejo mientras yo se lo

arrebataba de la mano.

—¿Por qué?

—Los guardo —dije con un hilo de voz.

Él se me quedó mirando entre divertido e intrigado.

—¿Para qué? ¿No serás una de esas que construyen maquetas a escala en su tiempo libre?

—Oh, no. Les entablillo las alas a los pájaros cuando se lastiman.

Lionel me miró atónito y, a continuación, pareció decidir que estaba bromeando y se rio.

Me observó mientras me levantaba y me sacudía la tierra de detrás de los vaqueros, pensativo, silencioso por un momento.

—Oye, Nica…

—¿Sí…? —pregunté sonriente mientras me volvía hacia él.

Mis iris lo inundaron como un océano de plata que lo pilló por sorpresa.

Vi el reflejo de mis grandes ojos envolviendo los suyos y por un momento me dio la sensación de que era incapaz de decir nada.

Cerró los labios y me miró con extrañeza.

—Tú… tú tienes unos ojos que… —balbució algo ininteligible y yo arqueé una ceja.

—¿Qué? —pregunté inclinando el rostro.

Sacudió la cabeza, confuso. Se pasó la mano por la cara y desvió la vista.

—Nada.

Me lo quedé mirando sin comprender, pero cuando llegó el momento de despedirnos, ya lo había olvidado. Yo aún tenía que terminar los deberes.

—Nos vemos mañana en la escuela.

Enfilé el caminito y entonces Lionel se percató de que había llegado el momento de marcharse.

Dudó antes de alzar la cabeza.

—Podríamos intercambiarnos los números de móvil —soltó de repente, como si hiciera un rato que lo tenía en la punta de la lengua.

Yo parpadeé y oí que se aclaraba la garganta.

—Sí, verás… así, si un día falto a la escuela, te pido los deberes.

—Pero no vamos a la misma clase —le hice notar inocentemente.

—Ya, pero al laboratorio sí —señaló, insistente—. Puede que me pierda alguna disección importante… Nunca se sabe… Y entonces habría que oír a Kryll… Pero da lo mismo, si no quieres, no importa, ¿eh? Solo tienes que decirlo…

Siguió gesticulando con ganas, y yo no pude evitar pensar que era un poco extravagante.

Sacudí la cabeza para contener aquel río de palabras. Sonreí.

—Está bien.

Aquella tarde Anna regresó antes de lo previsto.

Faltaban un par de días para la convención de los técnicos exterminadores y me dijo que, si necesitaba algo, me lo compraría.

—Solo estaremos fuera un día —me explicó—. Partiremos al amanecer y el vuelo tarda una hora y media. Regresaremos a casa después de cenar, probablemente alrededor de medianoche. Tu móvil funciona bien, ¿verdad?

¿Has tenido problemas para llamar? Si surge cualquier cosa…

—Estaremos bien —le aseguré con voz afectuosa, deseando no arruinar aquel evento tan importante que Norman llevaba esperando hacía años—.

Sabremos apañárnoslas, Anna, no tienes que preocuparte de nada. Rigel y yo…

Entonces me bloqueé. Su nombre se me clavó en la garganta como una esquirla de vidrio.

De pronto, fui consciente de que tendría que quedarme sola con él en la casa durante todo un día. Con su única presencia llenando el silencio de las habitaciones. Únicamente con el sonido de sus pasos y aquellos ojos que hacían ruido.

—¿Có… cómo? —dije estremecida, volviendo a la realidad.

—¿Podrías ir a llamar a Rigel? —me repitió Anna, mientras ponía en la despensa algunos envases de tomate triturado—. Quisiera hablar también con él…

Me puse en tensión, inmóvil. La idea de ir a buscarlo, acercarme a él o volver a estar delante de su puerta me paralizaba de la cabeza a los pies.

Pero ella me estaba mirando y solo pude apretar los labios.

«Seré valiente», susurró una vocecita en mi interior.

Anna no sabía nada de la controvertida relación que manteníamos Rigel y yo.

Y tenía que seguir siendo así.

O me arriesgaría a perderla…

Me volví de un modo casi mecánico y, sin decir nada, me dispuse a satisfacer su petición.

Rigel no estaba en su habitación. La puerta estaba entreabierta y él no se encontraba allí.

Lo busqué por toda la casa sin encontrarlo, asomándome a las habitaciones de puntillas, hasta que la lógica me condujo fuera.

Los últimos rayos del crepúsculo incendiaban los capullos de las gardenias. Unas ramas oscuras se recortaban contra todo aquel naranja, como si fueran la arteria y los capilares de un cielo bellísimo.

Recorrí el porche, con los pies descalzos besando la madera, y me detuve en cuanto lo vi.

Estaba en el jardín trasero.

Me daba la espalda. La luz crepuscular bañaba su ropa y vertía sobre su pelo reflejos oscuros e inesperados, como de sangre arterial.

Solo conseguí ver un estrechísimo segmento de su rostro. Estaba rodeado de un silencio tan perfecto que me sentí como una intrusa. Me quedé mirándolo desde lejos, como había hecho siempre, y no pude evitar preguntarme por qué estaría allí.

Sí, precisamente allí, en medio de aquel sosiego, con una mano metida en el bolsillo del pantalón y aquel jersey que le venía algo grande en el cuello; sus suaves hombros y una brisa ligera acariciándole las muñecas…

«Lo estás mirando demasiado —me advertía una parte de mí misma—.

Lo estás mirando demasiado. Y no debes».

Pero antes de poder desviar la mirada, un aleteo en el aire captó mi atención.

Una mariposa blanca revoloteó por el jardín, danzando de aquí para allá.

Se deslizó por entre las ramas del árbol y de pronto se posó en el jersey de Rigel. Permaneció suspendida a la altura del corazón, inge nua y valerosa. O

tal vez simplemente loca y sin esperanza.

De pronto, alcé la mirada hacia él y mis ojos lo observaron inquietos, apremiantes.

Rigel inclinó la cabeza. Sus pestañas le acariciaron los marcados pómulos mientras miraba hacia abajo y la observaba, con las alas desplegadas para capturar el calor, frágil e incauta bajo sus ojos.

Alzó un brazo. Y, antes de que la mariposa pudiera salir volando, le puso la mano encima y la aprisionó entre sus dedos.

El corazón me dio un vuelco.

Con un gran peso en el pecho, esperaba el momento en que la aplastaría.

Esperaba oír el chasquido que produciría al ahogarla, como ya había visto hacer a tantos niños en el Grave.

Estaba tan tensa que me pareció que era a mí a quien estrujaba con la palma de su mano. Esperé y esperé y…

Rigel abrió los dedos.

La mariposa estaba allí. Trepó a lo largo de su mano, inocente y despreocupada, y él la observaba, con el crepúsculo en los ojos y el viento agitándole el cabello.

Vio que echaba a volar. Su mirada ascendió hacia el cielo y el sol compuso para mí un espectáculo jamás visto.

Cuando lo miré de nuevo, envuelto en aquella luz cálida y purísima que jamás pensé que podría llegar a acariciarlo… A él, que solo parecía estar hecho para sombras y agujeros negros, grisuras y tinieblas. Había llegado a creer que así era perfecto, un ángel exiliado que no puede ser otra cosa que lo que es, un bellísimo Lucifer condenado a maldecir el paraíso por toda la eternidad.

Pero en aquel momento…

Mirándolo a la luz de aquel gesto, con aquellos colores tan vívidos, suaves y cálidos, comprendí que jamás lo había visto tan espléndido como en ese instante.

«Lo estás mirando demasiado —me susurró el corazón—. Siempre lo has mirado demasiado, a él, que es el fabricante de lágrimas, la tinta que entreteje el cuento. No debes, no debes». Y yo contraje las manos. Contraje los brazos. Me contraje, antes de hacerme pedazos al mirarlo.

—Rigel.

Vi que cerraba los párpados. Volvió la cabeza y me miró por encima del hombro con sus iris profundos.

Entonces sentí como si volaran en mi interior, excavando abismos en mis entrañas sin que yo les hubiera dado permiso.

Me incendiaron la piel y me arrepentí de todo el tiempo que había gastado contemplándolo, me arrepentí de no ser capaz de sostenerle la mirada sin sentir que se estaba apropiando de algo mío.

—Anna te está buscando.

«Siempre lo has mirado demasiado».

Me alejé a toda prisa, huyendo de aquella visión. No obstante, tenía la impresión de que una parte de mí seguía allí, atrapada para siempre en aquel instante.

—Ya viene —le dije a Anna antes de salir de la cocina.

Era presa de emociones indefinibles que no sabía cómo conjurar.

Me esforcé en recordar que había destrozado la rosa, me había desterrado

de su habitación, me había advertido que me mantuviera fuera de su vista en todo momento. Recordé el desdén, la dureza y el desprecio que tantas veces reflejaban sus ojos, y me asustaba que a pesar de todo ello no quisiera dejarme en paz.

Habría debido despreciarlo. Desear que desapareciera. Sin embargo…

Sin embargo…

No dejaba de buscar la luz.

No era capaz de rendirme.

Rigel era enigmático, cínico y engañoso como un diablo. ¿Qué más pruebas necesitaba antes de renunciar?

Pasé el resto del día en mi habitación, atormentada por mis pensamientos.

Después de cenar, Anna y Norman propusieron que diéramos un paseo por el barrio, pero yo rehusé. No habría podido disfrutar de su compañía ni mostrarme sonriente y despreocupada como hubiera querido, así que los vi partir con un punto de melancolía.

Me demoré en los escalones antes de decidirme a subir.

Cuando por fin me dirigía al piso superior, de repente, en el aire empezaron a difundirse unos acordes celestiales.

Las piernas dejaron de obedecerme, al igual que los pulmones.

Una melodía encantadora cobró vida a mi espalda y todo lo demás se convirtió en una partitura sobre la cual las notas iban plasmando los acelerados latidos de mi corazón.

Me volví hacia donde estaba el piano.

Era como si una infinidad de telarañas invisibles me ataran los huesos.

Tendría que haber regresado arriba, dejarme guiar por el sentido común, pero… mis pies me condujeron al umbral de aquella sala.

Lo encontré allí, de espaldas, con su cabello negro destacando a la luz de la lámpara. Sobre el piano había un bonito jarrón de cristal en el que Anna había dispuesto un ramo de flores. Distinguí sus manos inmaculadas moviéndose por el teclado con gestos fluidos y expertos, fuente de aquella

magia invisible. Me quedé embelesada mirándolo, consciente de que él no había reparado en mi presencia.

Siempre me había dado la impresión de que quería decir algo a través de lo que tocaba.

Que, por muy silencioso que Rigel supiera ser, de algún modo, aquella era su forma de hablar. En sus notas había un lenguaje mudo que yo nunca había sabido interpretar, pero en esa ocasión… deseaba poder comprender lo que susurraban.

Jamás lo había oído interpretar piezas animadas o festivas. En sus melodías siempre había algo desgarrador e indefinido que te rompía el corazón.

En un momento dado, Klaus saltó sobre el piano. Se acercó a Rigel y lo olfateó con la cabeza gacha, como si creyera reconocerlo.

Los dedos se pararon lentamente. Rigel volvió el rostro hacia el gato, estiró la mano y lo sujetó por el cogote para hacerlo bajar.

De pronto, tensó los hombros. Al instante hundió brutalmente los dedos en el pelaje de Klaus y este se revolvió y lanzó un bufido, pero no sirvió de nada, Rigel se incorporó de un salto e hizo volar al gato. Este salió despedido, arañando las teclas del piano y tumbando el jarrón, que cayó al suelo provocando un ruido ensordecedor. El cristal estalló hecho añicos y la violencia de la que acababa de ser testigo hizo que el corazón se me saliera por la garganta.

Estaba aterrorizada. Aquel momento de paz había acabado hecho pedazos con una furia ciega. Retrocedí atropelladamente y hui escaleras arriba mientras en la sala se oían unos sonidos discordantes de fondo.

Dominada por el pánico y con mis propios latidos ofuscándome la mente, retrocedí hasta un recuerdo ya marchito por el paso del tiempo…

—Me da miedo.

—¿Quién?

Peter no respondió. Era tímido y flaco, le tenía pánico a todo. Pero en esa ocasión, sus ojos murmuraban algo distinto.

—Él…

Aunque yo solo era una niña, supe de quién estaba hablando. Eran muchos los que lo temían, porque Rigel era un caso atípico incluso entre los niños como nosotros.

—Le pasa algo.

—¿Qué quieres decir? —pregunté inquieta.

—Es violento. —Peter se estremeció—. Le pega y le hace daño a todo el mundo por el gusto de hacerlo. A veces lo veo… Arranca la hierba a puñados. Parece fuera de sí. La rasca como si fuera un animal. Es feroz y rabioso, solo sabe hacer el mal.

Tragué saliva y lo miré bajo los mechones de mis trenzas deshechas.

—Tú no tienes nada que temer —le dije con mi vocecita para tranquilizarlo—. Nunca le has hecho nada…

—¿Y por qué tú? ¿Qué le has hecho?

Me mordisqueé las costuras de las tiritas sin saber qué contestarle. Rigel me hacía llorar y desesperar, pero no sabía el porqué. Solo sabía que cada día se parecía más a aquel cuento que nos contaban antes de irnos a dormir.

—Tú no lo ves —susurró Peter con voz espectral—. Tú no lo oyes, pero yo… estoy en la habitación con él. —Se me quedó mirando y la expresión de su rostro me asustó—. No sabes la de cosas que ha hecho pedazos sin motivo. Se despertaba en plena noche y me gritaba que saliera. ¿Has visto cómo sonríe a veces? ¿Esa mueca que hace? No es como los demás. Está desequilibrado y es cruel. Es malo, Nica… Todos deberíamos mantenernos alejados de él.

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