Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 11 de 43

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Fabricante de lágrimas

10. Un libro

10

Un libro

La inocencia no es algo que se pierde.

La inocencia es algo que se es, por mucho que duela.

No era capaz de moverme. Me temblaban las piernas. No veía nada. La oscuridad era total. Mis pupilas se desplazaban de un lado a otro, como si esperasen a alguien. Mis uñas rascaban el metal, convulsas y febriles, pero no lograba liberarme. No lo lograría nunca.

Nadie vendría a salvarme. Nadie respondería a mis gritos. Me martilleaban las sienes, la garganta me quemaba, la piel se me agrietaba bajo el cuero y yo estaba sola… sola…

Sola…

Abrí los ojos y ahogué un sollozo.

La habitación daba vueltas, tenía el estómago revuelto. Me incorporé, me faltaba el aire. Traté de calmarme, pero el sudor me helaba la espalda, reteniendo el terror en mi piel.

Unos escalofríos viscosos se abrieron paso por todo mi cuerpo y me pareció que el corazón me iba a explotar en el pecho.

Me acurruqué en la cabecera de la cama y abracé al muñeco en forma de

oruga que me habían regalado mis padres, como cuando era pequeña.

Estaba a salvo. Era otra habitación, en otro lugar, en otra vida…

Pero aquella sensación permanecía. Me aplastaba. Me doblaba sobre mí misma y entonces regresaba allí, a aquella oscuridad. Volvía a ser una niña.

Tal vez aún siguiera siéndolo.

Tal vez nunca había dejado de serlo. Algo se había roto dentro de mí mucho tiempo atrás, se había quedado pequeño, infantil, ingenuo y asustado.

Había dejado de crecer.

Y yo lo sabía… Sabía que no era como los demás, porque seguía creciendo, pero esa parte deformada de mí se había quedado como cuando era pequeña.

Seguía mirando el mundo con los mismos ojos.

Reaccionaba con la misma ingenuidad.

Buscaba la luz en los demás del mismo modo que la había buscado en

«Ella» cuando era pequeña, sin llegar a encontrarla jamás.

Era una mariposa cargada de cadenas.

Y posiblemente…

Siempre lo sería.

—Nica, ¿estás bien?

Billie me miraba con la cabeza inclinada y su enmarañada cabellera recogida hacia atrás con una diadema.

Me había pasado toda la noche despierta, tratando de no hundirme en mis pesadillas, y mi rostro lo reflejaba.

La oscuridad no me aportaba paz. Una vez probé a dejar encendida la luz de la mesilla, pero Anna se dio cuenta y, creyendo que había sido por descuido, entró en la habitación y la apagó. No me atreví a decirle que prefería dormir con una luz encendida, como las niñas pequeñas.

—Sí —respondí, tratando de sonar natural—. ¿Por qué?

—No sé…, estás más pálida de lo habitual. —Sus ojos me estudiaron con atención—. Pareces cansada… ¿No has dormido bien?

La ansiedad me tensó como una cuerda. Al momento comencé a sentir una agitación injustificada. Estaba habituada a aquella clase de reacciones, a menudo me asaltaban preocupaciones exageradas que alimentaban mi parte más frágil e infantil. Siempre ocurría así cuando se trataba de

«aquello».

Me sudaban las manos, mi corazón parecía a punto de romperse, y solo tenía ganas de volverme invisible.

—Todo va bien —respondí con un hilo de voz. Me pregunté si habría sonado convincente, pero Billie parecía habérselo creído de verdad.

—Si quieres, puedo darte la receta de una infusión relajante —me propuso—. La abuela me la preparaba cuando yo era una niña… ¡Después te la envío por el móvil!

Cuando Anna me regaló el móvil, Billie enseguida me propuso que nos intercambiáramos los números y me dio algunas indicaciones sobre cómo configurarlo.

—Te pondré una mariposa —dijo cuando guardó mi nombre en su agenda—. Son emojis —me explicó con su habitual desparpajo…—. ¿Ves?

La abuela tiene el rodillo de amasar. A Miki le puse un panda, aunque la muy ingrata no se lo merezca. Ella me ha puesto la caquita…

Había tanto por aprender que de momento apenas era capaz de enviar un mensaje sin liarla.

—¿Habéis acabado de cotillear? —exclamó una voz indignada—. No os he traído aquí para pasar el rato. ¡Esta es una clase como otra cualquiera!

¡Silencio!

La cháchara fue perdiendo intensidad. El profesor Kryll escrutó uno por uno a los estudiantes que atestaban el laboratorio. Nos ordenó que nos pusiéramos las gafas protectoras y prometió suspender a aquellos que no

utilizaran correctamente los instrumentos.

—¿Por qué escribes la dirección de tu casa en la tapa de los libros? —me preguntó en susurros Billie, mientras yo empujaba mi libro de Biología hacia una esquina de la mesa que compartíamos.

Me quedé mirando la etiqueta con mi nombre, el curso, el año y todo lo demás.

—¿Por qué? ¿Es raro? —repuse desconcertada, acordándome de con cuánta felicidad escribí las señas de casa—. Así, si lo pierdo, sabrán de quién es, ¿no?

—¿Y no bastaba con el nombre? —replicó ella entre risas, haciendo que me sonrojase.

«Podrían confundirse…».

—¿Estáis preparados? —bramó Kryll, atrayendo para sí todas las miradas.

Me puse las gafas y me acomodé el pelo detrás de las orejas. Una parte de mí se sentía electrizada. ¡Nunca había hecho una práctica de laboratorio!

Me coloqué los guantes de plástico y analicé la sensación que me producían en los dedos.

—Espero que no nos haga destripar anguilas como la última vez —

murmuró alguien a mi espalda. Enarqué una ceja esbozando una sonrisa indefinida.

«¿Destripar?».

—Bien —anunció Kryll—, ya podéis dejar el material sobre la mesa.

Me volví hacia mi lado y allí había una carpeta que tenía atado un bolígrafo con un cordel. La cogí mientras él añadía:

—Y recordad: el bisturí no corta los huesos.

—¿El bisturí no corta… qué? —pregunté ingenuamente, antes de cometer el error de mirar hacia abajo.

Se me puso la carne de gallina y sentí un espasmo terrorífico.

El cadáver de la rana yacía con las patas abiertas sobre una tabla de

cortar metálica.

La miré horrorizada mientras la sangre abandonaba mi rostro. De pronto fui consciente de lo que estaba sucediendo: delante de donde yo estaba, dos chicos examinaban la fila de los cuchillos como si fueran avezados carniceros; algo más allá, una chica se ajustaba los guantes emitiendo un chasquido; al lado de la puerta, otro chaval, inclinado hacia delante, con toda certeza no estaba haciéndole el boca a boca a su rana.

«¡Socorro!».

Me volví un momento y vi a Kryll saliendo de lo que tenía toda la pinta de ser una sala de torturas: un trastero en cuyo interior distinguí frascos, ampollas, expositores abarrotados de mariposas flotando, coleóp teros, ciempiés y cigarras.

Se me revolvió el estómago.

Billie alzó el bisturí, sonriente.

—¿Quieres cortar tú primero? —me propuso, como si estuviéramos hablando de una empanada.

En aquel punto, tuve claro que me encontraba mal.

Me sujeté a la mesa y la carpeta se me escurrió de las manos.

—Nica, ¿qué te pasa? ¿Estás bien? —me preguntó.

Alguien a mi espalda se volvió para mirarme.

—Yo… No —musité pálida, tragando saliva.

—Te has puesto de color verde… —comentó mientras me examinaba—.

Nica, te dan miedo las ranas, ¿verdad? ¡Tranquila, que está muerta! ¡Bien-muer-ta! ¿Lo ves? ¡Te lo demostraré!

Y empezó a pincharla con el bisturí mientras yo la observaba espantada.

Las gafas se me empañaron con mi propia respiración y por primera vez en mi vida recé para que me castigaran y me expulsaran de clase.

No, aquello no. No podría hacerlo. No podría hacerlo de ninguna de las maneras…

—No me lo puedo creer, la defensora de los caracoles tiene miedo de una

ranita…

Justo en la mesa de detrás, reconocí al chico con el que había coincidido en el murete y también en el centro comercial.

Esbozó una sonrisa, con las gafas protectoras subidas en la cabeza.

—Hola, chica caracol.

—Hola… —musité.

Me miró como si quisiera decirme algo, pero al instante Kryll nos increpó para que volviéramos al trabajo.

—No te preocupes, Nica, yo me encargo —me dijo Billie tranquilizándome, al ver que estaba usando la carpeta como escudo—. ¡Está claro que nunca habías hecho una práctica de laboratorio! No tiene por qué darte vergüenza, ¿eh? ¡Es un juego de niños! Yo corto y tú escribes lo que pasa.

Asentí a duras penas, echando un vistazo a mi alrededor.

—¡Bien! Vamos allá… ¡Cuidado con las salpicaduras!

Escondí el cuello entre los hombros, mientras un sonido viscoso me taladraba los oídos. Me acerqué la carpeta al rostro para ver solo la hoja en blanco.

—¡Ahí está! ¡Eso es el corazón! ¿O es un pulmón? Madre mía, qué blandito… ¡Qué color tan extraño tiene! Mira aquí, qué cosa… Nica, ¿estás tomando notas?

Moví con rigidez la cabeza en señal de asentimiento, al tiempo que escribía convulsivamente.

—¡Oh, Dios mío…! —La oí murmurar.

Seguí en otra página con letra nerviosa, de hormiga.

—Oh, es tan viscoso. ¿No oyes ese ruido como a húmedo que hace…?

Puaj…

Puede que fuera la providencia. El destino. La salvación.

Fuera lo que fuese, llegó bajo la forma de un pedazo de papel.

Lo vi sobre la mesa, justo a mi lado.

Cuando lo abrí con gesto nervioso, vi que en su interior solo había un par de letras.

«¡Ey!».

Alguien se aclaró la garganta y me volví. El chico estaba de espaldas, pero observé que la esquina de una página de su cuaderno estaba rasgada.

Entreabrí los labios, indecisa, pero me llevé un buen sobresalto antes de poder decir nada.

—¡Dover! —gritó el profesor y yo puse los ojos como platos—. ¿Qué tienes ahí?

Todos se me quedaron mirando.

«¡Oh, no!».

—¿D… dónde?

—¡Ahí! ¡Tienes algo, te he visto!

Se acercó a paso veloz y empezó a mirar frenéticamente a mi alrededor.

Me asaltó el pánico.

¿Qué dirían Anna y Norman si supieran que no estaba atenta en clase?

Que me habían pillado con un papelito en la mano…

No supe qué hacer. No razoné. Vi al profesor venir hacia mí hecho una furia, y en un arranque de desesperación, le di la espalda y me metí el papel en la boca.

Mastiqué como una obsesa, dándole caña como pocas veces había hecho en mi vida de privaciones.

Y como si no hubiera límite para la vergüenza, me encontré cara a cara al chico que me lo había pasado, que se había vuelto hacia mí y me vio engullirlo bajo su atónita mirada.

Al final, por lo menos logré salir viva del trance.

Kryll no se había quedado convencido cuando vio que no tenía nada en las manos. Me lanzó una mirada suspicaz y me ordenó que no volviera a

distraerme y que siguiera con la tarea.

Me pregunté qué pensaría si me viera en ese momento, mientras me alejaba rápidamente por la acera, rodeándome el torso con los brazos como si me doliera la barriga.

Cuando estuve lo bastante lejos, eché un vistazo furtivo a mi espalda.

Estaba junto al puente, allí la hierba descendía en pendiente hasta el río.

Me arrodillé y abrí la cremallera de la sudadera.

El escarabajo revoloteaba dentro del tarro que sostenía en mis manos. Lo observé a través de los mechones de pelo que me enmarcaban el rostro.

—No te preocupes —le confié como si fuera un secreto entre ambos—, ya te he sacado de allí.

Quité el tapón y puse el tarro en el suelo. Él se quedó al fondo, demasiado aterrorizado para salir.

—Vamos —le susurré—, antes de que alguien te vea…

Volqué el tarro y el escarabajo cayó entre las briznas, pero no se movió.

Lo estuve observando. Era pequeño, distinto. A muchos les habría parecido desagradable, espeluznante, pero a mí solo me despertaba piedad. La mitad de la gente ni habría reparado en él porque era insignificante, pero otros lo hubieran matado porque era demasiado feo a sus ojos.

—No puedes quedarte aquí… Te harán daño —le susurré amargamente

—. La gente no entiende… Tiene miedo. Te aplastarán solo para no tener que pasar por tu lado.

El mundo no estaba acostumbrado a ver a los seres diferentes como nosotros. Nos encerraba en instituciones simplemente para olvidarnos, para mantenernos lejos, para desentenderse de nuestra existencia, porque así resultaba más cómodo. Nadie quería tenernos cerca, el mero hecho de vernos les molestaba.

Yo lo sabía demasiado bien.

—Vamos…

Rasqué un poco la tierra que había junto a sus patitas y entonces abrió las

alas, se elevó por los aires y desapareció ante mis ojos. Suspiré y sentí el corazón más liviano.

—Adiós.

—Cielos… Parece que hablar solo no es un derecho exclusivo de los locos.

Escondí el tarro. No estaba sola. Dos chicas me observaban, burlonas y compasivas a la vez. Reconocí a una de ellas: era la que le había regalado la rosa a Rigel. Su cabello reluciente y sus manos extremadamente cuidadas eran las mismas que había visto a través de la ventana.

Cuando nuestras miradas se encontraron, me sonrió con algo de piedad en su rostro.

—Así ahuyentas hasta a las palomas.

Sentí una punzada de vergüenza en el estómago. ¿Me habría visto llevándome a una criatura del laboratorio? Esperaba que no, de lo contrario podría tener serios problemas.

—No estaba haciendo nada —dije atropelladamente. Mi voz sonó débil y demasiado aguda, y ellas estallaron en una carcajada.

Enseguida me percaté de que lo que les divertía no era lo que había hecho, sino mi persona.

Se reían de mí.

—«No estaba haciendo nada» —repitió la otra, imitándome con una voz ridícula—. Pero ¿cuántos años tienes tú? Pareces una niñita salida de la escuela elemental.

Se fijaron en mis tiritas de colores y yo volví a sumirme en mis inseguridades, como me sucedía cuando era pequeña.

Pensé que tenían razón. Me empequeñecí hasta sentirme una niña en comparación con ellas, un animalillo insulso y extraño con las manos llenas de arañazos, y la piel grisácea y apagada como la de una criatura grotesca que ha permanecido encerrada demasiado tiempo.

Me habían visto en uno de esos momentos durante los cuales entraba en

mi pequeño mundo y no existía nada más vulnerable para mí.

—Los niños del hospicio que hay al fondo de la calle también tienen un amigo imaginario. A lo mejor podrías ir allí, a ver qué te dicen. —Ambas se rieron—. Podéis intercambiaros el zumo… Pero sin pelearos. Vamos, ve con tus amiguitos.

La chica de la rosa le dio una patada a mi mochila.

Sobresaltada, tiré de la correa para recuperarla, pero ella me pisó una mano. El dolor me hizo retirarla de inmediato. La observé desconcertada, incapaz de comprender su actitud. Me miró desde arriba y me hizo sentir patética.

—A lo mejor ellos pueden enseñarte a no escuchar a escondidas. ¿Tus padres no te han dicho que es de mala educación?

—¡Nica!

Una nueva voz se interpuso entre nosotras.

A su espalda, con el puño apretado y el brazo a lo largo del costado, una figura no muy alta nos miraba fijamente.

Era Miki.

—¿Qué estáis haciendo? —inquirió con dureza.

La chica también le sonrió.

—Oh, mira quién está aquí. El Centro Social celebra una convención, no lo sabía. —Se llevó las uñas esmaltadas a los labios—. ¡Qué tierno! ¿Os organizo un té?

—Tengo una idea mejor —respondió Miki—. ¿Por qué no os vais las dos a la mierda?

Algo alteró el rostro de la chica, pero su amiga, en cambio, miró al suelo y se protegió detrás de ella.

—¿Qué has dicho, payasa?

—Eh, vámonos de aquí… —sugirió su compañera.

—¿Es que no hay por aquí ninguna vena que cortar?

—Ya lo creo —replicó Miki—. Precisamente llevo la cuchilla encima,

¿por qué no empezamos con las tuyas?

—Vámonos, venga —volvió a susurrar la otra, tirando con suavidad de la manga de su amiga.

La chica escaneó a Miki de la cabeza a los pies con una mueca de repugnancia.

—Friki inquietante —le dijo despacio, con voz de asco. Se dio media vuelta y siguió caminando por la acera con su amiga, sin mirar atrás.

Cuando estuvieron lo bastante lejos, Miki me miró.

—¿Te han empujado?

Alcé la vista y me levanté del suelo.

—No —respondí con suavidad.

Noté que escrutaba mi mirada, con cautela, como si quisiera sondearme, y deseé que no leyera en mi rostro la humillación que sentía.

—¿Y tú qué haces aquí? —le pregunté, tratando se desviar su atención—.

¿Coges el autobús en la parada para volver a casa?

Miki titubeó. Miró hacia el cruce que había a unos veinte metros de donde estábamos.

—Hago que me vengan a buscar al final de la calle —respondió al fin, con cierta reticencia.

Seguí la dirección que habían indicado sus ojos.

—Ah… ¿Y cómo es eso?

Esperaba no haber sonado demasiado entrometida. La verdad era que en aquel momento sentía demasiada vergüenza como para hablar más de la cuenta.

—Lo prefiero así.

Quizá a Miki no le gustaba que los demás vieran quién venía a buscarla o el medio de transporte que utilizaba para regresar a casa. Puede que no se sintiera a gusto, así que respeté su silencio y no hice más preguntas.

—Tengo que irme —dijo cuando le sonó el móvil en el bolsillo.

Miró la pantalla sin desbloquearla y yo asentí, recogiéndome el pelo tras

las orejas.

—Entonces nos vemos mañana —le dije a modo de despedida—. Adiós.

Pasó por delante de mí sin más y siguió su camino. La vi alejarse por la acera y alcé mi voz al viento:

—¡Miki!

Se volvió para mirarme.

La observé un instante y entonces…

Sonreí con los ojos serenos, en paz, mientras el viento me agitaba el pelo.

—Gracias.

Miki me correspondió con una larga mirada, sin decir nada. Me observó como si por primera vez desde que me conocía… por fin lograra verme.

Llegué a casa unos minutos más tarde.

La calidez del vestíbulo me abrazó como todos los días. Me sentí mimada, rodeada de calor, a salvo.

Pero me quedé inmóvil al ver la chaqueta de Rigel en uno de los colgadores.

Pensé en él al instante y algo se retorció en mi pecho.

Ahora que ya había cumplido el castigo, tendría que acostumbrarme a tenerlo rondando siempre por allí.

Llevaba toda la mañana tratando de no pensar en él. Recordar su respiración en mi boca me hacía temblar más que nunca.

No era normal que me produjera aquel efecto.

No era normal que siguiera sintiéndolo encima de mí.

No era normal el modo en que su voz me hacía hervir la sangre.

No había nada que fuera normal, probablemente nunca lo había sido.

Habría querido olvidarlo, lavarlo para que se desprendiera de mí.

Sacármelo de encima.

Sin embargo, bastaba muy poco para precipitarme de nuevo en aquel

cúmulo de sensaciones…

De pronto, el timbre de la puerta me rescató de mis pensamientos.

Sobresaltada, me dirigí hacia el vestíbulo.

¿Quién podría ser a aquellas horas? Anna estaba en la tienda y estaba segura de que Norman no pasaría por casa. Con la convención tan cerca, dedicaba cualquier momento que tuviera libre a preparar su intervención.

Eché un vistazo a través del cristal esmerilado y abrí.

Me encontré delante a la última persona que habría esperado ver.

—Hola… —El chico levantó una mano en señal de saludo.

Era él. El laboratorio. El centro comercial. El caracol.

Me lo quedé mirando desconcertada. ¿Qué estaba haciendo él allí?

—Disculpa que irrumpa aquí de este modo… Hum… ¿Molesto? —

preguntó rascándose el cuello.

Negué con la cabeza, estupefacta por aquella inesperada visita.

—Muy bien. Yo… solo he pasado para darte esto —dijo, tendiéndome algo—. Espero no haber interrumpido nada, pero… te olvidaste esto en el laboratorio.

Era mi libro de Biología. Lo cogí con cautela, sorprendida de mí misma.

¿Cómo era posible? ¿Me lo había olvidado? Estaba segura de que la mesa estaba vacía cuando salí del laboratorio. ¿Podía ser que, con las prisas por llevarme el tarro, no lo hubiera visto?

—La dirección estaba en la cubierta y, bueno…, resulta que tenía que pasar por aquí cerca…

Me pregunté qué me estaba pasando. Nunca en mi vida me había permitido el lujo de distraerme hasta el punto de ir perdiendo cosas por ahí.

Primero la foto y ahora el libro…

—Gracias —respondí, apretándolo entre mis dedos. Él se quedó quieto cuando mis ojos claros se posaron delicadamente en los suyos. Bajé el mentón y me toqué la nariz con la punta del dedo—. Últimamente lo pierdo todo —bromeé algo nerviosa, tratando de desdramatizar aquella nueva

situación en la que nunca me había encontrado hasta ese momento—, no sé dónde tengo la…

—Soy Lionel.

Alcé el rostro y él pareció cortarse. Desvió la mirada al suelo un instante antes de dirigirla de nuevo a mí.

—Me llamo Lionel. Después de todo, ahora que lo pienso, aún no nos hemos presentado.

Tenía razón. Abracé el libro con cierta timidez.

—Yo soy Nica —respondí.

—Sí, ya lo sé.

Esbozó una sonrisa al tiempo que señalaba la etiqueta de la cubierta.

—Oh, claro.

—Vale, sin duda es un paso adelante. ¿No te parece? Ahora al menos sabes cómo me llamo. Por si hay algún caracol en los alrededores…

Se rio y yo arrugué la nariz al tiempo que se dibujaba una sonrisa entre mis mejillas.

Su amabilidad me impresionó como un fresco golpe de viento. No podía dejar de pensar en su altruismo al venir hasta aquí, donde vivía, solo para traerme el libro.

Lionel tenía una espesa mata de cabello rubio y una sonrisa abierta, que también se extendía a sus iris de color avellana. Había algo espontáneo en aquellos ojos. Algo que me infundía serenidad.

Pero de pronto su mirada cambió.

Apartó los ojos de mí y miró a mi espalda.

Un leve movimiento del aire bastó para que lo entendiera. Al cabo de un instante, unos dedos esbeltos se apoyaron en el marco de la puerta, justo por encima de mi cabeza. Una mano pálida con las muñecas anchas y bien definidas activó una alarma intermitente en mi cabeza. Me quedé helada y cada centímetro de mi piel reaccionó a su presencia.

—¿Te has perdido?

Dios mío, su voz. Aquel timbre grave e insinuante. Resonó en mis oídos, tan cerca que me provocó un ardiente escalofrío.

Sujeté con fuerza el libro y deseé al instante que se alejase de mí.

—No, yo… En realidad, pasaba por aquí. Soy Lionel —dijo, mirando a Rigel con cierta desconfianza—. También voy a la Burnaby.

Rigel no respondió y aquel silencio tan incómodo me estrujó la piel. Me mordí los carrillos y tomé la iniciativa:

—Lionel me ha traído un libro que me dejé olvidado.

Sentí la mirada de Rigel en mi nuca.

—Qué amable.

Lionel encogió un poco la cabeza y lo miró detenidamente.

La aparición de Rigel siempre creaba un extraño desorden en las personas, una turbación difícil de explicar.

—Sí… Mi clase y la de Nica comparten las horas de prácticas con el profesor Kryll. Somos compañeros de laboratorio —explicó, mirando a Rigel como si fuera un punto al que quisiera llegar—. ¿Y… tú? —inquirió con las manos en los bolsillos.

«¿Y tú, por cierto? ¿Quién eres?», parecía estar preguntándole.

Rigel apoyó la muñeca en la puerta, miró a Lionel por debajo de sus oscuras cejas y esbozó una media sonrisa, dando muestras de una insolente seguridad. En ese instante, me percaté de que no llevaba puesta una sudadera ni un jersey, sino una simple camiseta ajustada al pecho, bajo la aureola de su cabellera morena.

—¿No lo adivinas?

Lo dijo del modo en que solía decir las cosas: sagaz, ambiguo, como si el hecho de encontrarlo en casa conmigo se prestara a distintas interpretaciones.

Intercambiaron una mirada que no supe descifrar, pero cuando Rigel me miró a mí, su expresión parecía dejar claro que había dicho la última palabra.

—Anna está al teléfono —dijo—, quiere hablar contigo.

Al mirarlo, fui consciente de lo cerca que estábamos el uno del otro. Me hice a un lado para mantenerme a distancia de él y eché un vistazo al salón.

¿Anna estaba esperando para hablar conmigo?

—Gracias de nuevo por el libro. De verdad —farfullé, sin saber qué más decirle a Lionel—. Ahora tengo que responder… ¡Hasta pronto!

Me despedí con bastante prisa antes de salir corriendo a atender la llamada. Él se me acercó y me dio la impresión de que estaba a punto de decir algo, pero la voz de Rigel se anticipó.

—Ya nos veremos, Leonard.

—A decir verdad, es Lionel…

Pero solo se oyó el ruido seco de la puerta al cerrarse.

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