Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 19 de 43

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Fabricante de lágrimas

18. Eclipse de luna

18

Eclipse de luna

He mirado el amor, y he sentido miedo.

Tenía ramos de rosas en los vasos sanguíneos y lunares en la piel, como puntos suspensivos de frases nunca dichas.

Era más yo de lo que yo lo había sido jamás.

Después de aquella tarde en el baño, Rigel hizo todo lo posible por no cruzarse conmigo.

Y no era que los momentos de obligada convivencia fuesen muchos, pero los restantes se redujeron a la mínima expresión, en la tónica habitual de Rigel, con aquel modo tan suyo de invadir y alejarse, en silencio, con discreción y desapego.

Durante el día me evitaba; por las mañanas se iba antes que yo.

Mientras recorría sola el camino a la escuela, recordaba que todas las veces que habíamos ido juntos, yo siempre me mantenía detrás, sin atreverme a ir a su lado.

No lograba entender la naturaleza de las sensaciones que despertaba en mí.

¿No era eso lo que yo había querido desde que era pequeña? ¿Que se mantuviera alejado de mí?

También cuando llegué allí, solo había deseado verlo desaparecer.

Tendría que haberme sentido aliviada, y sin embargo…

Cuanto más me evitaban sus ojos, más lo buscaban los míos.

Cuanto más me ignoraba, más me preguntaba yo el porqué.

Cuanto más lejos estaba Rigel, más sentía que el hilo que lo unía a mí se torcía, como si él fuera una extensión de mi persona.

Como en aquel momento; caminaba por el pasillo, perdida en reflexiones que tenían que ver con él. Acababa de volver de clase, pero como siempre andaba sumida en mis cavilaciones, ausente del mundo, y no me percaté a la primera de que el parquet había crujido. Después, me di cuenta de que aquel débil sonido provenía de la habitación de al lado.

Aparqué un momento lo que tan agobiada me tenía y mi insaciable curiosidad me empujó a asomar la cabeza por la puerta.

Me quedé pasmada de la sorpresa.

—¿Asia?

Ella se volvió.

¿Qué estaría haciendo allí?

Estaba de pie, en silencio, en medio de la estancia.

Llevaba en la mano un pañuelo que ya le había visto, pero no tenía ni idea de por qué estaba en nuestra casa. ¿Cuándo había llegado?

—No sabía que ibas a pasar por aquí… —proseguí, en vista de que no me prestaba atención. Pero siguió mirando las paredes, como si yo no estuviera.

—¿Qué… estás haciendo en la habitación de Rigel?

Sin duda debí de decir algo inconveniente, porque ella pareció ensombrecerse. Entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos líneas. Pasó por mi lado sin responderme y tuve que apartarme para dejarla pasar.

—¿Asia? —preguntó Anna apareciendo en las escaleras—. ¿Va todo bien? ¿Lo has encontrado?

—Sí, me lo había dejado en la banqueta, en tu habitación. Se había caído al suelo.

Agitó el pañuelo y se lo guardó en el bolso.

Anna llegó hasta donde estábamos y le acarició el brazo sonriente. Me pareció que el calor que irradiaba solo la alcanzó a ella.

—Pero qué molestia… —estaba diciéndole en tono afectuoso—, ya sabes que puedes pasar por aquí cuando quieras. Está de camino a la universidad, ven de vez en cuando a saludarnos…

Sin saber muy bien por qué, una sensación de inseguridad se instaló en mi pecho. Traté de impedírselo, pero aquel sentimiento ya había asomado en mi corazón, mezquino y malévolo, manchándolo todo.

De pronto, cada detalle se me aparecía amplificado al máximo. La mirada de Anna «brillaba» cuando hablaba con ella. El afecto que le prodigaba a aquella chica era profundo y maternal.

Le sonreía, la acariciaba. La trataba como a una hija. Después de todo,

¿quién era yo en comparación? ¿Qué podían valer aquellas pocas semanas frente a toda una vida?

Empecé a sentir esa sensación de extrañamiento que tan familiar me resultaba. Apreté los dedos y luché por no compararme con ella. No era propias de mí esas actitudes, la competitividad nunca me había interesado, pero… Se me aceleró el corazón. Me precipité de cabeza en mis ansiedades y el mundo perdió su luz.

Tal vez yo nunca estaría a la altura.

Tal vez Anna lo había visto…

¿Y si se había dado cuenta de que había cometido un error?

¿Y si había visto lo insulsa, inútil y extraña que yo era?

Las sienes me palpitaban. Una batería de miedos injustificados empezó a abrirse camino en mi piel, mientras mi mente me atormentaba con imágenes del Grave y las rejas volvían a abrirse de nuevo para mí.

«Seré buena».

Anna volvió a reírse.

«Seré buena».

Se me cerró la garganta.

«Seré buena, seré buena, seré buena…».

—¿Nica?

«Lo juro».

Anna me observaba, arqueando levemente una ceja.

—¿Todo… bien?

La sangre me martilleaba la cabeza. Oculté el rostro entre el pelo y me esforcé en asentir. Tenía mucho frío.

—¿Estás segura?

Volví a asentir y rogué que no insistiera. Anna era cariñosa y atenta, pero tenía un alma demasiado limpia para dudar de mi sinceridad.

—Entonces acompañaré a Asia abajo. He traído flores de la tienda para que las lleve a su casa…

Oí a duras penas lo que me dijo y me perdí las últimas palabras.

Dejé que se alejaran y solo entonces volví a respirar.

Me estiré los dedos que había estado apretujándome. Solo era otro de aquellos momentos, pero cada vez se me hacía más difícil combatirlos.

Estaba acostumbrada al pánico injustificado, a los delirios provocados por agitaciones imprevistas, a las sensaciones de desorientación que me encerraban en burbujas asfixiantes. Una frase de más me generaba una ansiedad incontrolable; una frase de menos alimentaba monstruosamente mis inseguridades.

A veces me despertaba por la noche y no lograba conciliar el sueño.

Revivía en forma de pesadillas un malestar que tenía la esperanza de haber dejado atrás, pero era en vano.

Había echado raíces en mí. Oculto en lo más profundo, esperaba el momento idóneo para dejar al desnudo mis fragilidades.

Debía esconderlas. Esconderme. Mostrarme perfecta para que solo de ese modo Anna y Norman decidieran escogerme. Solo así podría huir del pasado, solo así podría tener una familia, solo así podría tener otra

oportunidad…

Fui al baño y me mojé las muñecas. Respiré despacio, tratando de liberar mi corazón del veneno que lo había contaminado. Sentir el agua fría no hacía desaparecer todas aquellas sensaciones, pero me tranquilizaba, me recordaba que la piel estaba intacta, libre de constricciones, y que no debía volver a sentirme como una niña asustada.

«Ella» ya no estaba impresa en mi cuerpo.

Solo en mi mente.

Cuando estuve segura de que todo había pasado, bajé. Aquel día Norman almorzaba en casa y me sentí cómoda cuando me saludó con una sonrisa, sentado en su silla de siempre.

Me percaté de lo injustificada que había sido mi reacción de antes; nosotros estábamos construyendo algo allí y Asia no podría quitármelo.

De pronto, caí en la cuenta de que la silla que había junto a la mía estaba ocupada.

Rigel me ignoró completamente; tenía un codo apoyado en la mesa y miraba directamente el plato.

Pero, transcurrido otro instante, percibí algo distinto en su silencio.

Parecía… contrariado.

—Solo es una nota —dijo Anna, tranquila. Cortó el pollo con los cubiertos, buscando una mirada que él no le devolvió—. No es nada. No tienes de qué preocuparte.

De pronto sentí que me estaba perdiendo algo importante. Mientras me acomodaba, traté de adivinar de qué estaban hablando y me quedé estupefacta con la conclusión que extraje solo con lo que acababa de oír.

¿A Rigel… le había ido mal en un examen?

Me sorprendió tanto que busqué una respuesta en su mirada y, por su expresión de disgusto, llegué a la conclusión de que a él aquello también lo había pillado a contrapié.

Rigel calculaba cada gesto, cada consecuencia, no dejaba nada al azar.

Pero esto no, esto no lo había previsto ni lo había tenido en cuenta. Y no soportaba mostrarse débil ni ser el centro de ninguna atención por parte de Anna. El profesor debió de insistir para que lo dijera en casa, preocupado por el imprevisto resultado de su examen.

—¿Por qué no estudiáis juntos?

Me quedé paralizada cuando estaba a punto de llevarme el tenedor a la boca. Anna me miraba directamente a los ojos.

—… ¿Qué?

—Es una idea estupenda, ¿no? Has dicho que a ti la prueba te fue bien —

sonrió orgullosa—. Tal vez podríais hacer algún ejercicio los dos jun…

—No es necesario.

Rigel la interrumpió, tajante. Resultó del todo inesperado oírlo responder de aquel modo a Anna y, cuando me fijé en sus manos, observé que estaban más rígidas de lo habitual.

Anna se lo quedó mirando sorprendida y un poco triste.

—No veo qué puede tener de malo —dijo, procurando ser más cauta—.

Podríais ayudaros mutuamente… Después de todo, es la misma asignatura.

¿Por qué no lo intentáis?

Luego, se dirigió a mí:

—Nica, ¿tú qué opinas?

Me quedé mirando a Anna. Me hubiera encantado contentarla, pero no podía por menos que sentirme incómoda. ¿Por qué siempre me veía abocada a situaciones como aquella? Habría sido más fácil responderle si Rigel no se pasara día y noche evitándome como si estuviera apestada.

—Sí —musité tras una pausa, esforzándome en sonreírle—. Vale…

—¿Puedes ayudar a Rigel con algún ejercicio?

Asentí y Anna se mostró satisfecha por mi respuesta. Sonrió y nos sirvió a todos otra ración de pimientos rellenos.

A mi lado, Rigel seguía manteniendo un indescifrable mutismo.

Con todo, me pareció que empuñaba los cubiertos con más fuerza de la

necesaria.

Una hora más tarde, estaba observando el interior de mi habitación.

Anna nos había aconsejado que estudiáramos arriba, porque por la tarde tenía que llegar una provisión de flores y nos molestarían con el ruido. No hacía falta mirar a Rigel para saber que, desde luego, no íbamos a estudiar en su habitación.

Moví el escritorio hasta el centro de la estancia, cogí otra silla y la dispuse al lado de la mía.

¿Por qué me sudaban las manos?

La respuesta caía por su propio peso. No me cabía en la cabeza que yo fuera a ayudar a Rigel con un ejercicio o, simplemente, a explicarle alguna asignatura. Era surrealista. Él siempre había ido un paso por delante de todos… ¿Cuándo se había dejado ayudar por alguien?

Además, hacía días que no nos dirigíamos la palabra. De no ser por Anna, Rigel también me habría evitado a la hora de las comidas.

¿Por qué? ¿Por qué cada vez que tenía la sensación de estar dando un paso hacia delante, él retrocedía cinco?

Al principio no me di cuenta de que había alguien a mi espalda. Así que cuando, lo vi me llevé un buen susto.

Estaba en el umbral de la puerta, alto y silencioso.

Llevaba las mangas del jersey subidas hasta los codos y un par de libros en una mano.

Me estaba mirando. Bajo el pelo color azabache, sus iris me observaban imperturbables, como si ya llevara allí un rato.

«Tranquila», le ordené a mi cerebro mientras Rigel miraba a su alrededor, suspicaz.

—Ya tenía el libro preparado —balbuceé.

Entró con cautela, midiendo sus pasos.

Me hubiera gustado decir que ya estaba acostumbrada a él, pero por desgracia no era así. Rigel no era uno de esos chicos a los que una suele habituarse. Aquellos ojos almendrados de pantera eran simplemente turbadores.

Su vibrante presencia llenó la estancia. Se acercó a la mesa y entonces caí en la cuenta de que era la primera vez que lo veía en mi habitación.

Por algún absurdo motivo, mi nerviosismo fue en aumento.

—Voy a coger el cuaderno —dije con un hilo de voz.

Me levanté para alcanzar la mochila y saqué lo que necesitaba, después fui hasta la puerta e hice ademán de cerrarla.

—¿Qué estás haciendo? —inquirió, clavándome sus ojos de acero.

—Es por el ruido —le expliqué—. Podría molestarnos…

—Deja la puerta abierta.

Retiré la mano despacio. Rigel me observó detenidamente antes de volverse, sin que yo llegara a entender el motivo de tanta prevención.

¿Tanto le incomodaba estar en la misma habitación conmigo?

Sentí un molesto hormigueo en el pecho. Me acerqué a la mesa sin decir palabra y me senté, sin desviar la vista de las páginas del libro, hasta que noté que se había sentado a mi lado.

Aquella tranquilidad no era normal entre nosotros, pero la razón me dictaba que resistiera.

En el fondo, solo se trataba de estudiar juntos, ¿qué tenía eso de complicado?

Decidí armarme de valor, hice acopio de determinación y señalé un punto de la página de ejercicios con el dedo.

—Empecemos con uno de estos.

Hubo un momento de silencio durante el cual percibí que la tensión aumentaba desmesuradamente. ¿Habría reparado en el temblor de mi voz?

Mantuve la vista clavada en el problema que había escogido, incapaz de alzar la mirada.

Entonces, sin decir palabra… Rigel empezó a escribir.

Sorprendida, me quedé inmóvil mientras él trazaba datos y soluciones, sagaz y silencioso. Mi sorpresa fue me habría en aumento. La experiencia me había hecho creer que me dedicaría una de sus habituales muecas de hostilidad, que me lanzaría alguna puya y que probablemente se marcharía burlándose de mí.

Pero allí estaba.

No se había ido. Se había quedado y estaba escribiendo. Me sorprendí cuando vi que al cabo de poco dejaba de escribir. Lo miré perpleja, pues no me esperaba tal rapidez.

—¿Ya… ya has terminado?

Le eché un vistazo al cuaderno y me quedé consternada. La solución estaba allí, completa, precisa y rigurosa, al lado de su firme mano.

¿En cuánto lo había resuelto, en tres minutos?

—Vale, admití cortada —mientras señalaba otros problemas más complejos—. Probemos con estos.

Le indiqué varios ejercicios con la punta del lápiz y él empezó a resolverlos en un meticuloso orden, uno tras otro. Me quedé encantada mirando el modo en que el bolígrafo se deslizaba con fluidez entre sus dedos. La escritura de Rigel era sinuosa y elegante, sin excesos. Parecía la de un chico de otra época.

Me fijé en que lo sujetaba de un modo muy viril. Los huesos de la muñeca se veían muy bien definidos y los nervios estaban tensos. Sus dedos de pianista parecían largos y fuertes cuando pasaba la página para seguir escribiendo.

Fui ascendiendo lentamente con la mirada a lo largo de su brazo.

Observé el relieve de sus venas en la piel, su sólida osamenta que transmitía potencia y seguridad.

En cuanto al pecho, llevaba desabrochados los tres primeros botones del jersey, dejando al descubierto la base del cuello, que vibraba lentamente al

compás de su respiración serena.

¿Cómo era de alto? ¿Crecería aún más? Aun así, si se inclinara sobre mí, tendría la sensación de que me cubriría por completo.

Apoyaba la sien en el puño a medio cerrar, en una postura informal pero concentrada. El pelo le caía sobre los ojos, lacio y negro, enmarcando perfectamente sus elegantes facciones.

Era tan atractivo que provocaba escalofríos.

Tenía el poder de cautivar mi corazón.

De arrancarme el alma y encantarla como una serpiente.

Rigel era una simbiosis perfecta, una mezcolanza de seda y sombras que creaba una confusión letal.

Era terrible, pero, en su irreverencia, también era la criatura más espléndida que jamás había visto…

Me sobresalté.

La burbuja de mis pensamientos estalló de repente bajo la intensidad de sus ojos.

No los tenía puestos en el papel.

Estaban fijos en mí.

—¿Has… has terminado? —balbuceé poniendo una voz casi ridícula.

¿Se habría dado cuenta de que me había quedado embobada mirándolo?

Rigel me estudió un instante y finalmente asintió.

Como se apoyaba en los nudillos, sus ojos adoptaban un aspecto ligeramente alargado, confiriéndole una mirada felina.

Me noté febril.

¿Qué me estaba sucediendo?

—Bien… Ahora probaremos algo distinto.

Pasé las páginas tratando de ocultar mi nerviosismo y decidí ir directa al grano, así que le señalé uno de los problemas que había que estudiar para preparar el examen. Rigel empezó a resolver el ejercicio, sumido en su obstinado mutismo.

Esta vez me concentré en los cálculos, solo en los cálculos. Seguí los pasos con atención, asegurándome de que todo fuera correcto. Pero al poco tiempo detecté algo que no cuadraba.

—No, Rigel… Espera. —Me acerqué un poco más y por el rabillo del ojo vi que su mano se detenía—. No, no es así.

Observé atentamente los pasos. La lógica era impecable, pero aquel no era el modo de resolver el problema.

Revisé mi cuaderno y con cierta excitación le mostré la parte de la teoría de los vectores.

—¿Ves? Según la explicación, el módulo de la diferencia de los dos vectores es mayor o igual a la diferencia de los módulos de los dos vectores tomados por separado…

Traté de explicarle con palabras lo que el texto expresaba mediante una fórmula. Y, a continuación, apunté hacia su ejercicio con mi dedo envuelto en una tirita.

—Así pues, el módulo debe transcribirse de este modo…

Rigel observó mis apuntes con una actitud distinta. Me estaba escuchando de verdad.

Siguió resolviendo el ejercicio más despacio y mis ojos lo acompañaron paso a paso.

—Vale… Así. Ahora hay que calcularlo. Exactamente…

Tras seguir todos los pasos, llegamos al final del problema. Por primera vez en mi vida, había detectado un ápice de inseguridad en él y eso me animó a continuar; después de acabar cada ejercicio, comprobaba que todo se hubiera resuelto del modo correcto.

—Bien —dije, al ver que estaba observando atentamente la resolución—.

Probemos de nuevo.

Resolvimos un ejercicio tras otro. Los minutos corrieron como el viento y de vez en cuando yo rompía el silencio con algún que otro murmullo.

Al cabo de una hora aproximadamente, ya había tachado un buen número

de ejercicios con mi lápiz.

Rigel estaba terminando el enésimo ejercicio y ambos habíamos logrado alcanzar un estado de intensa concentración, solo nuestra.

—Vale… —Me incliné sobre el escritorio y añadí una flechita que Rigel se había olvidado de poner a un vector—. El vector S está situado en el eje horizontal… Exacto…

Tenía lo codos apoyados en la mesa. Era tal mi concentración que no me percaté de que estaba casi encaramada en la silla.

—El vector forma un ángulo de 45 grados con el eje horizontal…

Verifiqué con la vista todos los pasos, concentrada, hasta el final.

Estaba bien, era correcto. Aquel ejercicio también estaba perfecto. ¿Lo había conseguido? ¿De verdad había sido capaz de ayudar a Rigel en algo?

Y él, por una vez… ¿se había dejado ayudar de verdad?

Experimenté una poderosa y vívida sensación de felicidad.

Me volví hacia él de pronto y le sonreí, radiante, con los párpados arqueados en forma de risueñas medias lunas.

—Lo has entendido… —dije con un hilo de voz.

Pero cualquier cosa que hubiera añadido después… no habría tenido sentido.

Estábamos cerca. A un suspiro el uno del otro.

Estaba tan concentrada que no me había dado cuenta de cuánto me había aproximado a él, con los codos encima de la mesa y el pelo cayéndome por la espalda. Y, al girar la cabeza, me encontré con sus iris clavados en los míos.

Me vi reflejada en aquel abismo negro, incapaz de respirar.

Y Rigel, que seguía con la cabeza apoyada en la mano, me miró con los ojos levemente entornados y fríos.

Mis ojos en los suyos, como un eclipse de luna.

*

Los ojos de Nica.

Estaba inmóvil.

El corazón se había detenido.

Todo se detuvo de golpe en el momento en que su sonrisa iluminó el mundo.

Lo sabía. Sabía que no tendría que haber ido.

Sabía que no tendría que haberle permitido que se le acercase de aquel modo.

Y ahora era demasiado tarde. Nica lo había mirado, le había sonreído y le había arrancado otro jirón del alma.

En el escritorio, estrujaba el bolígrafo con la mano. Aquellos temblores violentos le venían de dentro, de recovecos ocultos que ella, tan cercana y luminosa, había despertado.

Ella retrocedió y cada instante de aquel movimiento le produjo un alivio tan intenso que resultó doloroso.

—Rigel… —musitó casi con temor—, me gustaría preguntarte algo.

Nica bajó la mirada. Privó de luz al mundo por un instante, mientras se apretaba sus esbeltos dedos en el regazo.

—Es algo que llevo un tiempo preguntándome.

Volvió a mirarlo y Rigel imploró que no viera que le temblaba la mano que tenía apoyada justo en el centro de la mesa. Lo miró de aquel modo tan suyo, con aquellos ojos grandes y las pestañas curvas como pétalos de margarita.

—¿Qué quisiste decir? Cuando afirmaste que yo era el fabricante de lágrimas.

Rigel no era capaz de recordar la de veces que se había imaginado aquella pregunta. Precisamente formulada por ella, en mil escenarios distintos; siempre llegaba en los momento más enervantes y destructivos, aquellos en los que él llegaba al límite, aquellos en los que sus sentimientos reclamaban la redención de una vida.

Y él le restituía todo aquello que nunca había sido capaz de expresar con palabras, le echaba encima la verdad y sangraba con cada espina que se sacaba. Así el sufrimiento se transmutaba en alivio, cuando la luz penetraba en aquellos mismos orificios calentando cada herida.

Ella era su redención.

Sin embargo, en ese momento… En el momento en que Nica se lo había preguntado de verdad y esperaba una respuesta, Rigel solo pudo sentir un terror visceral. Por eso, antes de que pudiera darse una oportunidad a sí mismo, oyó que su propia voz respondía:

—Olvídalo.

Nica lo miró confusa, pero dolorosamente espléndida.

—¿Qué?

—He dicho «olvídalo».

Vio que se entristecía.

—¿Por qué?

Ella lo sabía. Había comprendido que era importante. No se pueden formular ciertas acusaciones y esperar que se olviden. Lo leía en sus ojos.

Para él, aquella mirada era algo muy parecido al infierno.

Se habría preguntado siempre por qué aquellos ojos parecían tan desilusionados ante sus actitudes, ante sus silencios. Se habría preguntado en cada momento de su vida cuál era aquella herida que rezumaba de su rostro plateado.

Se habría visto atormentado por aquellos ojos para siempre.

Y Rigel solo conocía un modo de defenderse de la tortura.

—No irás a decirme que te lo creíste —replicó, modulando la voz con sarcasmo—. ¿De veras pensaste que hablaba en serio?

Le lanzó una mirada provocadora y alzó una comisura del labio.

—¿Has estado pensando en ello todo este tiempo, falena?

Nica pareció estremecerse. Su pelo dejó al descubierto la curva del cuello y la carcoma le mordisqueó las costillas.

—No lo hagas. —Su voz se endureció.

—¿Que no haga qué?

—Esto —respondió ella, mirándolo con obstinación—. No hagas esto.

Oírselo decir con aquella determinación en la voz lo empujó a acercarse más a ella.

Lo atraía a morir cuando sacaba a relucir esa vertiente. En su delicadeza, Nica era capaz de mostrar una tenacidad que lo volvía loco.

—«Esto» es como soy —respondió recalcando las palabras, al tiempo que se inclinaba, aproximándose más a su cuerpo menudo.

—No «esto» no es cómo eres, sino cómo te comportas.

Esta vez fue ella la que avanzó hacia él y Rigel quien retrocedió, con el pecho y también con el corazón.

—¿Qué quisiste decir? —volvió a preguntar—. Rigel…

—Olvídalo —le espetó apretando los dientes.

—Por favor…

—Nica.

—¡Respóndeme!

Los dedos de Nica sujetaron su muñeca desnuda y él sintió que le quemaba el corazón.

Se puso en pie de golpe y se liberó con brusquedad.

La violencia de su gesto reverberó intensamente en los ojos de Nica. La vio tambalearse y tuvo la sensación de que la estancia temblaba.

Rigel luchó contra los mordiscos desesperados de la carcoma, que le fustigaban el pecho. Apretó los puños, tratando de refrenar las dentelladas, y la miró con unos ojos enormes que transpiraban miedo.

—No… —Inspiró hondo, tratando de controlarse. Ardía con tal intensidad que temió que Nica se diera cuenta—. No me toques —le ordenó, apresurándose a esbozar una sonrisa y a enmascararse tras una mueca malévola que también le dolió a él—. Te lo he dicho muchas veces.

No le dio tiempo a observar el fulgor de la herida que reflejaban los ojos

de Nica. Se le encendieron los iris y arremetió contra él, con la mirada brillante de la rabia

—¿Por qué? —inquirió con la voz airada y rota al mismo tiempo. Parecía un animal herido, doblado de dolor—. ¿Por qué no? ¿Por qué no debo hacerlo?

Rigel retrocedió, superado por aquella furia.

Dios, qué hermosa era, con las mejillas encendidas y los iris brillantes de determinación. Dios, cuánto daño le hacía y cómo lo atraía con aquella pulsión irresistible.

Era demasiado incluso para él.

«No me toques», le habría dicho de nuevo, le habría suplicado de nuevo, pero Nica se le echó encima, rompió sus defensas y volvió a quemarle la piel con sus pequeños dedos.

Su alma torturada se resquebrajó bajo aquella impresión.

Y, un instante después, solo sintió que apretaba los dientes.

Solo sintió la brusca respiración de ella.

*

Todo aquel aire desplazándose me dejó sin aliento.

Un momento antes estaba agarrada a su brazo y un momento después notaba la pared a mi espalda.

Los ojos de Rigel me engulleron como abismos.

La respiración le sacudía el pecho y tenía el antebrazo apoyado sobre mi cabeza, con lo cual podía dominarme fácilmente. Su cuerpo, tan cerca del mío que me transmitía su calor como si me gritase, se alzaba sobre mí como un sol abrasador.

Yo temblaba como una hoja. Lo miraba a los ojos, sin aliento, con la voz reducida a un estertor.

—Yo… yo…

Me sujetó el rostro con la mano. Capturó mi mandíbula y la condujo hasta su cara, que ahora tenía inclinada sobre la mía.

Sus dedos ardían al contacto con mis mejillas y dejé de respirar.

En sus ojos se arremolinaban huracanes silenciosos. Lo tenía tan cerca que su respiración rompía sobre la piel de las mejillas, provocándome una sensación de hormigueo.

Él jadeaba y mis mejillas estaban tan calientes que podía sentir que la piel me ardía al contacto con su respiración.

—Rigel… —susurré, confusa y asustada.

Un músculo se tensó en su mandíbula. Uno de sus dedos saltó hasta mi boca, como si quisiera interrumpir el susurro que la había hecho temblar.

Con un movimiento lento… acarició mi labio inferior. La yema se hundió en la dócil carne de mi boca, rozándola, quemándola, haciéndola vibrar.

Sentí que las rodillas me flaqueaban cuando vi que tenía los ojos fijos en la zona donde me estaba tocando.

—Olvídalo —articularon sus labios en un movimiento hipnótico.

Solo me parecía oírlo a él, el sonido de su voz, directo en mis venas.

—Debes… olvidar.

Me esforcé en interpretar aquella chispa de amargura en su mirada, pero fui incapaz.

Aquellos iris negros auguraban tormentas y huracanes, peligros y prohibiciones…, pero el deseo de explorarlos aumentaba cada día más. Mi corazón latió con más fuerza y la constatación de aquel empeño me asustó.

Perderse en el bosque significaba encontrar el camino.

Pero perderse en el lobo… significaba extraviarlo para siempre.

Entonces, ¿por qué sentía aquella necesidad de hollar su mundo y comprenderlo?

¿Por qué no lo olvidaba todo como él me pedía?

¿Por qué veía galaxias en sus ojos y en su soledad, un alma que había que tocar con cuidado?

Al poco noté que su mano ya no estaba sobre mi rostro.

Sentí una inexplicable confusión cuando comprobé que se había alejado.

Parpadeé y lo vi aferrando su libro con los nudillos blanquecinos mientras abandonaba la habitación a grandes zancadas.

Rigel huía. Una vez más.

Constatarlo me dejó devastada. ¿En qué momento se habían invertido los papeles? ¿Desde cuándo era él quien huía de mí?

«Desde siempre —me susurró una vocecita—. Te rehúye desde siempre».

Tal vez había germinado en mí la simiente de la locura.

No sabía darle otra explicación, mientras me apresuraba a hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para salir tras él haciendo caso omiso de sus palabras y de toda lógica.

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