Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 2 de 43

Páginas del PDF

Fabricante de lágrimas

1. Una nueva casa

1

Una nueva casa

Vestida de dolor, ella seguía siendo

lo más bello y resplandeciente del mundo.

—Quieren adoptarte.

Jamás pensé que oiría aquellas palabras en toda mi vida. Cuando era una niña, lo había deseado tanto que por un momento dudé de si me había quedado dormida y estaba soñando. De nuevo.

Sin embargo, aquella no era la voz de mis sueños.

Era el áspero tono de voz de la señora Fridge, aderezado con aquel matiz de contrariedad del que nunca nos privaba.

—¿A mí? —respondí con un hilo de voz, incrédula.

Me miró con el labio superior fruncido.

—A ti.

—¿Está segura?

Apretó la pluma con sus dedos grasientos y la mirada que me lanzó me hizo encogerme de hombros al instante.

—¿Ahora te has vuelto sorda? —ladró con fastidio—. ¿O acaso insinúas que la sorda soy yo? ¿Es que el aire libre te ha taponado los oídos?

Me apresuré a sacudir la cabeza, negando con los ojos desorbitados por la estupefacción.

No era posible. No podía serlo.

Nadie quería adolescentes. Nadie quería a los mayores, nunca, por algún motivo. Era un dato contrastado. Pasaba un poco como con los perros: todos querían cachorritos, porque eran muy monos, inocentes, fáciles de adiestrar, pero nadie quería a los perros que llevaban allí toda la vida.

No había resultado una verdad fácil de aceptar para mí, que me había hecho mayor bajo aquel techo.

Cuando eras pequeña, al menos te miraban. Pero a medida que ibas creciendo, las miradas cada vez se volvían más circunstanciales y su compasión te esculpía para siempre entre aquellas cuatro paredes.

Sin embargo, ahora… ahora…

—La señora Milligan quiere hablar un momento contigo. Te espera abajo; enséñale la institución mientras dais un paseo y procura no estropearlo todo. Contente, no empieces con tus rarezas y, a lo mejor, con un poco de suerte, lograrás salir de aquí.

Yo estaba hecha un flan.

Mientras bajaba, sintiendo el roce del vestido bueno en las rodillas, volví a preguntarme si aquello no sería otra de mis innumerables fantasías.

Era un sueño. Al pie de la escalera me recibió un rostro amable; pertenecía a una mujer de edad más bien avanzada que estrechaba un abrigo entre sus brazos.

—Hola —saludó sonriente, y me percaté de que sin duda me estaba mirando a mí, directamente a los ojos, lo cual era algo que no me sucedía desde hacía muchísimo tiempo.

—Buenos días… —exhalé con un hilo de voz.

Me dijo que me había visto antes, en el jardín, cuando franqueó la verja de hierro forjado: me distinguió entre la hierba sin cortar y las franjas de luz que se filtraban a través de los árboles.

—Yo soy Anna —se presentó cuando comenzamos a pasear.

Su voz era aterciopelada, como templada por los años, y yo me quedé mirándola fascinada; me preguntaba si era posible quedarse prendada de un sonido o encariñarse de algo que apenas se acababa de oír por primera vez.

—¿Y tú? ¿Cómo te llamas?

—Nica —respondí, tratando de contener la emoción—. Me llamo Nica.

Ella me observó con curiosidad, y yo ni siquiera me fijaba en dónde ponía los pies, de tanto como deseaba corresponder a su mirada.

—Es un nombre realmente peculiar. No lo había oído nunca, ¿sabes?

—Sí… —Noté que la timidez hacía que mi rostro pareciera evasivo e inquieto—. Me lo pusieron mis padres. Ellos… hum… eran biólogos, los dos. Nica es el nombre de una mariposa.

Recordaba muy poco de mi padre y de mi madre. Y muy vagamente, como si los percibiera a través de un cristal muy empañado. Si cerraba los ojos y permanecía en silencio, podía ver sus rostros desenfocados mirándome desde lo alto.

Tenía cinco años cuando murieron.

Su afecto era una de las pocas cosas que recordaba, y lo que echaba de menos más desesperadamente.

—Es un nombre muy bonito. Nica… —pronunció mi nombre redondeando los labios, casi como si quisiera saborear su sonido—. Nica —

repitió con decisión, y después asintió con delicadeza.

Me miró directamente al rostro y yo sentí que me iluminaba. Tenía la sensación de que mi piel se volvía dorada, como si pudiera brillar solo por una mirada correspondida. Y eso no era poco. No para mí.

Estuvimos un rato paseando por la institución. Me preguntó si llevaba mucho tiempo allí y le respondí que prácticamente había crecido en aquel lugar. Hacía un día muy bueno y dimos una vuelta por el jardín, pasando junto a la hiedra trepadora.

—¿Qué estabas haciendo antes… cuando te vi? —me preguntó entre un

comentario intrascendente y otro, mientras me señalaba un rincón algo alejado, junto a unos retoños de brezo silvestre.

Mis ojos volaron hasta aquel punto y, sin saber por qué, sentí el impulso de ocultar las manos. «No empieces con tus rarezas», me había advertido la señora Fridge, y aquella frase ahora parpadeaba en mi cabeza.

—Me gusta estar al aire libre —dije despacio—. Me gustan… las criaturas que viven a mi alrededor.

—¿Hay animales aquí? —preguntó ella, con cierta ingenuidad, pero había sido yo quien no se había explicado bien, y lo sabía.

—De los más pequeños, sí… —respondí con vaguedad, con cuidado de no pisar un grillo—. De esos que a menudo ni siquiera vemos…

Me puse un poco colorada cuando mi mirada se cruzó con la suya. Pero ella no volvió sobre el tema. Compartimos un leve silencio, entre los chirridos de los arrendajos y los susurros de los niños que nos espiaban desde la ventana.

Me dijo que su marido llegaría de un momento a otro. «Para conocerme», dio a entender, y sentí que el corazón me volvía ligera, como si pudiera volar. Mientras regresábamos, me pregunté si podría embotellar aquella sensación y guardarla para siempre. Esconderla en la funda de la almohada y verla relucir como una perla en la penumbra de la noche.

Hacía mucho tiempo que no me sentía tan feliz.

—Jin, Ross, no corráis —dije divertida cuando los dos niños pasaron entre ambas, agitando la falda de mi vestido. Se rieron con ganas y siguieron escaleras arriba, haciendo crujir las viejas tablas.

Cuando mis ojos volvieron a encontrarse con los de la señora Milligan, me percaté de que me estaba observando. Miraba alternativamente mis iris con un atisbo de lo que casi podría calificarse como… admiración.

—Tienes unos ojos muy hermosos, Nica —me dijo al cabo de un instante, sin previo aviso—, ¿lo sabías?

Me mordí los carrillos de la vergüenza y no hallé palabras con que

responder.

—Te lo deben de haber dicho muchas veces —insistió, discreta, animándome a responderle, pero lo cierto era que no, en el Grave nadie me había dicho jamás nada por el estilo.

Los niños más pequeños me preguntaban ingenuamente si veía en colores como las demás personas. Decían que tenía los ojos del color del cielo cuando llora, porque eran de un gris sorprendentemente claro, moteado, fuera de lo común. Sabía que a muchos les parecían extraños, pero nadie me había dicho jamás que los encontrara bonitos.

Aquel cumplido hizo que me temblaran los dedos imperceptiblemente.

—Yo… No…, pero gracias —balbuceé azorada, lo cual la hizo sonreír.

Me pellizqué el dorso de la mano con disimulo y acogí aquel sutil dolor con una alegría infinita.

Era real. Todo era real.

Aquella mujer estaba allí de verdad.

Una familia, para mí… Una vida con la que poder comenzar de nuevo fuera de allí, fuera del Grave…

Siempre había creído que me quedaría encerrada entre aquellas paredes por mucho tiempo. Dos años más, hasta que cumpliera diecinueve; mientras no se demostrara lo contrario, en el estado de Alabama uno se convertía en adulto a esa la edad.

Pero ahora ya no, ahora no tendría que esperar a ser mayor de edad. No, se había acabado lo de rezar para que alguien viniera a buscarme…

—¿Qué es eso? —inquirió de pronto la señora Milligan.

Había alzado la cabeza y escrutaba atentamente el aire que la rodeaba.

Al instante, yo también la escuché. Una melodía bellísima. Allí, entre las grietas y el revoque desconchado, resonaron las vibraciones de unas notas armoniosas y profundas.

Una música angelical se propagó por las paredes del Grave, cautivadora como el canto de una sirena, y sentí que los nervios se me encrespaban en la

carne.

La señora Milligan se alejó fascinada, siguiendo el sonido, y yo no pude hacer otra cosa que ir tras ella, rígida. Llegó frente al arco de una sala, nuestro salón, y allí se detuvo.

Se quedó quieta, como hechizada, mirando la fuente de aquella maravilla invisible: el viejo piano de pared, obsoleto y algo desafinado, que sin embargo seguía cantando.

Y, sobre todo, aquellas manos… Aquellas manos blancas, con las muñecas bien definidas, que se deslizaban fluidas y sinuosas por la dentadura de las teclas.

—¿Quién es…? —exhaló la señora Milligan al cabo de un instante—.

¿Quién es ese chico?

Apreté los dedos entre los pliegues de mi vestido; titubeé, y él, al fondo de la sala, dejó de tocar.

Apartó los brazos, poco a poco, con los hombros erguidos, relajados, recortados contra la pared.

Y entonces, sin prisa, como si lo hubiera previsto, como si ya lo supiera, se volvió.

Al girarse, vimos una aureola de cabello espeso y negro como ala de cuervo. Un rostro pálido, de mandíbula pronunciada, en el que destacaban dos ojos almendrados más oscuros que el carbón.

Y allí estaba, con su encanto letal. La belleza perversa de sus rasgos, con aquellos labios blancos y las facciones finamente cinceladas, hizo enmudecer a la señora Milligan, que permanecía a mi lado.

Nos miró por encima del hombro, con unos mechones de pelo rozándole los altos pómulos y la mirada baja, brillante. Sentí un escalofrío y tuve la certeza de que estaba sonriendo.

—Es Rigel.

Siempre había deseado tener una familia más que ninguna otra cosa.

Rezaba por que hubiera alguien para mí allí fuera dispuesto a llevarme consigo, a brindarme la oportunidad que jamás había tenido.

Era demasiado bonito para ser verdad.

Si me paraba a pensarlo, aún no se había cumplido. O quizá… no quería que se cumpliera.

—¿Todo bien? —me preguntó la señora Milligan.

Estaba sentada a mi lado, en el asiento de atrás.

—Sí… —Me esforcé en responder, esbozando una sonrisa—. Todo…

muy bien.

Apreté los dedos contra el regazo, pero ella no se dio cuenta. Se volvió de nuevo, de vez en cuando me señalaba algo fuera de la ventanilla mientras el paisaje discurría a nuestro alrededor.

Sin embargo, apenas la escuchaba.

Poco a poco, fui dirigiendo la mirada hacia el reflejo del cristal delantero.

Junto al asiento del conductor, que ocupaba el señor Milligan, una mata de pelo negro asomaba por el reposacabezas.

Él miraba hacia fuera, sin mostrar interés, con el codo en la ventanilla y la sien apoyada en los nudillos.

—Allí al fondo está el río —dijo la señora Milligan, pero aquellos ojos negros no siguieron lo que ella señalaba. Bajo sus oscuras pestañas, sus iris observaban despreocupadamente el paisaje. Y, entonces, de pronto, como si me hubiera presentido, sus pupilas se encontraron con las mías.

Me interceptó en el reflejo del cristal, con sus ojos penetrantes, y yo me apresuré a bajar el rostro.

Volví a centrar mi atención en Anna, parpadeando y asintiendo con una sonrisa, pero seguía sintiendo aquella mirada que taladraba el aire a través del habitáculo, reteniéndome.

La casa de los Milligan era una pequeña villa de ladrillo igual a muchas otras. Tenía un cercado blanco, con un buzón para el correo y una veleta

encajada entre las gardenias.

Distinguí un albaricoquero en el pequeño jardín, en la parte de atrás, y estiré el cuello para poder echarle un vistazo, observando aquel rincón de verdor con genuino interés.

—¿Pesa? —preguntó el señor Milligan cuando cogí la caja de cartón que contenía mis escasas pertenencias—. ¿Necesitas que te eche una mano?

Negué con la cabeza, encantada por su gentileza, y él nos fue abriendo camino.

—Venid, es por aquí. Oh, el camino, está un poco dejado… Cuidado con esa baldosa, está salida. ¿Tenéis hambre? ¿Queréis comer algo?

—Espera a que antes dejen sus cosas —dijo Anna con voz serena, y él se ajustó las gafas en la nariz.

—Oh, claro, claro… Debéis de estar cansados, ¿no? Entrad…

Abrió la puerta de la casa. Me fijé en la alfombrilla del umbral con la palabra «Home» y, por un momento, se me aceleraron los latidos del corazón.

Anna inclinó su afable rostro.

—Vamos, pasa, Nica.

Di un paso al frente y accedí al estrecho vestíbulo.

Lo primero que me llamó la atención fue el olor.

No era el olor a moho de las estancias del Grave ni el de las infiltraciones de humedad que manchaban el enlucido de nuestros techos.

Era un olor peculiar, pleno, casi… íntimo. Tenía algo especial, y me di cuenta de que era el mismo olor de Anna.

Observé el interior con ojos luminosos. El papel pintado un poco desgastado, los marcos que cubrían aquí y allá las paredes, el tapete de la mesa situada a un lado, cerca del cuenco para las llaves… Todo acumulaba tanta vida y era tan personal que me quedé un momento en el umbral, incapaz de dar un paso.

—Es algo pequeña —dijo un poco apurado el señor Milligan, rascándose

la cabeza, pero a mí no me lo pareció en absoluto.

Dios, era… perfecta.

—Las habitaciones están arriba.

Anna subió el estrecho tramo de escaleras, y yo aproveché para mirar de soslayo a Rigel.

Llevaba la caja bajo el brazo y miraba a su alrededor sin apenas levantar la vista; sus ojos se desplazaban sinuosos de aquí para allá, sin dejar traslucir nada.

—¿Klaus? —dijo el señor Milligan, llamando a alguien—. ¿Dónde se habrá metido?

Lo oí alejarse mientras subíamos al piso de arriba.

Nos instalamos en las dos habitaciones que habían dispuesto para nosotros.

—Aquí había un segundo saloncito —me dijo Anna abriendo la puerta de la que habría de ser mi habitación—. Después se convirtió en la habitación de invitados. Por si venía algún amigo de… —vaciló y se interrumpió un instante. Parpadeó, al tiempo que esbozaba una sonrisa—. No importa…

Además, ahora es tuya. ¿Te gusta? Si hay algo que preferirías cambiar o mover de sitio, no sé…

—No… —susurré desde el umbral de la puerta de una habitación que por fin podía definir como solo mía.

No más dormitorios compartidos, ni persianas que segaban la luz del alba, ni más suelos helados y polvorientos, ni más grisura en las paredes color ratón.

Era una habitacioncita discreta, con un bonito parquet y un largo espejo de hierro forjado en la esquina del fondo. El viento que entraba por la ventana abierta inflaba suavemente las cortinas de lino, y las sábanas limpias resaltaban, con su blanco radiante, sobre una cálida colcha de color bermellón; me sorprendí a mí misma acariciando una de sus inmaculadas esquinas aún con la caja bajo el brazo. Esperé a que la señora Milligan

saliera y entonces me agaché inmediatamente para olerla: aquel fresco aroma a colada me embriagó la nariz; cerré los ojos e inspiré hondo.

Qué agradable era…

Miré a mi alrededor, incapaz de asimilar que tuviera todo aquel espacio solo para mí. Puse la caja sobre la mesilla y escarbé en el fondo. Cogí el muñeco en forma de oruga, un poco descolorido y estropeado —el único recuerdo que me quedaba de mis padres—, y lo acomodé en el centro del cojín.

Miré la almohada con ojos brillantes.

Mía…

Pasé el rato disponiendo las pocas cosas que tenía. Colgué una por una las camisetas en las perchas, mi jersey, los pantalones; revisé los calcetines y empujé al fondo del cajón los que estaban más agujereados, esperando que así pasasen desapercibidos.

Mientras bajaba, tras echarle un último vistazo a la puerta de mi habitación, me pregunté esperanzada si aquel olor que flotaba en el aire también me impregnaría a mí dentro de poco.

—¿Estáis seguros de que no queréis comer más? —preguntó Anna más tarde. Nos miraba con cierta preocupación—. Aunque sea algo ligero…

Dije que no y le di las gracias. Por el camino, habíamos parado en un restaurante de comida rápida y aún me sentía saciada.

Pero ella no parecía muy convencida; me miró un instante y después alzó la vista por encima de mi hombro.

—¿Y tú, Rigel? —preguntó titubeante—. ¿Lo he pronunciado bien?

Rigel, es así, ¿no? —repitió con prudencia, recitando su nombre tal como se escribía.

Él asintió, antes de rechazar su ofrecimiento igual que había hecho yo.

—Vale… —convino—. En cualquier caso, hay galletas y leche en la

nevera. Y ahora, si queréis ir a descansar… Ah, nuestra habitación es la última, al fondo, en la otra parte del pasillo. Por si necesitáis algo…

Se preocupaba por nosotros.

Se preocupaba, me repetí, mientras sentía una ligera vibración en el pecho, se preocupaba por mí, si comía, si no comía, si me faltaba alguna cosa…

Yo le interesaba de verdad, no solo para pasar los controles sanitarios de los servicios sociales, como hacía la señora Fridge cuando teníamos que presentarnos limpios y con la barriga llena ante los inspectores.

No, a ella le importaba en serio…

Mientras volvía arriba, deslizando los dedos a lo largo de todo el pasamanos, se me ocurrió la idea de bajar en plena noche a comer galletas en la encimera de la cocina, como había visto que hacían en la tele, en las películas que espiábamos por la rendija de la puerta cuando la señora Fridge se quedaba dormida en el sillón.

Unos pasos hicieron que me diera la vuelta.

Rigel apareció en la escalera. Giró a su vez, dándome la espalda, pero por algún motivo estaba segura de que me había visto.

Por un momento recordé que él también estaba presente en aquel cuadro tan primorosamente bordado.

Que aquella nueva realidad, por muy buena y deseable que fuera, no era solo dulzura, calor y encanto. No, al fondo se distinguía un contorno muy negro, una especie de quemadura, la marca de un cigarrillo.

—Rigel.

Susurré su nombre sin pretenderlo, como si se me hubiera precipitado de los labios antes de que pudiera detenerlo. Se detuvo en medio del pasillo desierto, y yo balbuceé, indecisa.

—Ahora… ahora que nosotros…

—Ahora que nosotros… ¿qué? —inquirió con su voz, tortuosa y sutil, haciéndome vacilar de nuevo por un instante.

—Ahora que estamos aquí, juntos —proseguí, mirando su espalda—, yo… quisiera que funcionase.

Que todo aquello funcionase, aunque él estuviera dentro y yo no pudiera hacer nada. Aunque él fuera esa marca carbonizada y, por un momento, recé para que no devorase aquel finísimo bordado… En un arrebato de desesperación, deseé que aquel sueño de encaje no se deshilachara.

Él permaneció inmóvil un instante y, sin decir ni una palabra, se puso a caminar de nuevo. Se dirigió hacia la puerta de su habitación, y sentí que mis hombros se volvían más pesados.

—Rigel…

—No entres en mi habitación —me advirtió—. Ni ahora ni en el futuro.

Lo miré inquieta, sentí que se hacía añicos mi llamada a las buenas intenciones.

—¿Es una amenaza? —le pregunté despacio, mientras él giraba el tirador.

Vi que abría la puerta, pero en el último momento, se detuvo; me apuntó con el mentón y me miró fijamente por encima del hombro. Y, entonces, la vi. Antes de que cerrase la puerta, distinguí aquella sonrisa peligrosamente afilada dibujándose en la arista de su mandíbula.

Aquella mueca era mi condena.

—Es un consejo, falena. [1]

OceanofPDF.com