Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 14 de 43

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Fabricante de lágrimas

13. Espinas de aflicciones

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Espinas de aflicciones

La primera vez que la vio tenían cinco años.

Llegó un día como cualquier otro, perdida, como lo estaban todos, como patitos sin madre.

Se había quedado allí, recortada contra el hierro de las puertas metálicas, confundida en medio de aquel otoño que engullía su cabello castaño y el cuero de sus zapatos desatados.

No fue nada más que eso. La recordaba con la insignificancia que se recuerda una piedra del montón: actitud retraída, hombros delicados y aquellos colores de polilla, de falena, de insecto desvalido. El silencio de un llanto mudo que él había visto tantas veces en otros rostros siempre distintos.

Después, un remolino de hojas, y ella se volvió.

Se volvió hacia él.

Un tumulto vibrante detuvo la tierra, detuvo su corazón. Lo que lo conmocionó fue esa mirada que nunca hasta entonces había visto, dos círculos de plata que refulgían más que el cristal. Unos ojos deslumbrantes de un gris increíble. Y, sintiendo un escalofrío de cuento, Rigel vio unas pupilas anegadas en llanto y unos iris que no eran de este mundo, claros como el cristal.

Se sintió desbancado cuando ella lo vio.

Lo miró a la cara y sus ojos eran los del fabricante de lágrimas.

Le habían dicho que el amor verdadero no tiene fin.

Se lo había dicho la directora cuando él le preguntó qué era el amor.

Rigel ni siquiera recordaba dónde había oído hablar de ello, pero se había pasado las mañanas de su infancia buscándolo en el jardín, en el interior de los troncos vacíos de los árboles, en los bolsillos de los otros niños. Se había hurgado en el pecho, les había dado la vuelta a los zapatos buscando ese amor del que tanto hablaban, pero no fue hasta más tarde cuando comprendió que era algo más que una moneda o un silbato.

Se lo habían dicho los chicos más mayores, aquellos que ya lo habían probado en sus carnes. Lo más considerados o puede que los más locos.

Hablaban de ello como si estuvieran ebrios de algo que no podía ser visto o tocado. Rigel no pudo evitar pensar que aún parecían más ofuscados con aquel aire de andar perdidos y, sin embargo, eran felices en su ofuscamiento. Eran náufragos a la deriva, pero mecidos por el canto de las sirenas.

Le habían dicho que el amor verdadero no tiene fin.

Y le habían dicho la verdad.

Trató en vano de sacárselo de encima. Se le había pegado a las paredes del alma como el polen de una miel que él nunca había pedido que le sirvieran. Lo había enmarañado y pringado, le había cerrado toda vía de escape. Era una condena que rezumaba néctar y veneno, que goteaba pensamientos, respiraciones y palabras y se le pegaba a los párpados, a la lengua, a cada uno de sus dedos.

Ella le había excavado el pecho con una mirada, lo había lacerado con un aleteo de sus pestañas. Le había marcado en vivo el corazón con aquellos ojos de fabricante de lágrimas y Rigel había visto cómo se lo arrancaban sin

darle tiempo siquiera a poder aferrarlo.

Nica lo había despojado de todo en lo que dura un suspiro, dejándole únicamente una carcoma, una ardiente comezón en el centro del pecho. Lo había dejado desangrándose en el umbral de la puerta, sin ni siquiera tocarlo, con aquella gracia despiadada que hacía que la tierra se plegase y con aquellos colores apagados de falena, estela de delicadas sonrisas.

Le habían dicho que el amor verdadero no tiene fin.

Pero no le dijeron que el amor verdadero te destroza hasta los huesos cuando se te mete dentro y ya no te suelta.

*

Cuanto más la miraba, más incapaz era de dejar de mirarla.

Había una especie de suavidad en la ligereza con que se movía, algo infantil y diminuto y verdadero en su naturaleza más genuina. Ella miraba el mundo por la cerradura de las cancelas, con las manos sujetas a los barrotes, y esperaba, «deseaba», como él nunca había hecho.

La observaba corretear descalza por la hierba sin segar, acunar en sus brazos huevos de pájaro, frotarse flores en la ropa para que pareciera menos gris.

Y Rigel se preguntaba cómo algo tan grácil e insulso podía tener aquella fuerza capaz de hacerle tanto daño. Había rechazado aquel sentimiento con la prepotencia y la obstinación del niño que era, lo había enterrado bajo los órganos y la piel, tratando de ahogar desde su nacimiento aquella semilla que debía ser extirpada.

No podía aceptarlo.

No quería aceptarlo. Ella, tan anónima e insignificante. Ella, que no sabía nada, no podía entrar en su interior de aquel modo y abatir su alma y su corazón sin ni siquiera pedirle permiso.

Aquella vorágine no tenía control, devoraba y laceraba todo cuanto había

a su alrededor, desintegraba cualquier freno con una agresividad espantosa.

Y la había ocultado. Rigel la había ocultado tal vez porque en el fondo le tenía miedo, porque admitirlo con palabras equivaldría a conferirle una inevitabilidad que no estaba dispuesto a aceptar.

Pero la carcoma había profundizado aún más, había afectado a las venas y llegado a las raíces. Parecía empujarlo hacia ella, tocando nervios que él ni siquiera sabía que existían. Y Rigel sintió que le temblaban las manos cuando la empujó por primera vez.

La vio caer y no necesitó comprobar los rasguños que le había provocado para devorar aquella certeza, para bebérsela con avidez. «Los cuentos no sangran», se dijo, convenciéndose al instante cuando la vio salir corriendo.

«Los cuentos no se hacen arañazos en las rodillas», y eso bastaba para despojarla de cualquier duda, escalofrío y sombra.

Ella no era la fabricante de lágrimas. Ella no lo disolvía en un llanto incontenible, no le había prendido gotas de cristal en los párpados.

Pero el corazón sí que le lloraba cada vez que la veía.

Y tal vez le había inoculado algo más, un veneno más doloroso que la alegría o la tristeza. Una toxina que quemaba y raspaba y emponzoñaba.

Ahora la carcoma tenía brotes y pétalos como dientes; cada vez que ella reía, se clavaba un poco más, como zarpas en el cerebro y colmillos en el espíritu.

Y entonces Rigel la empujaba, la zarandeaba, le tiraba del pelo, y ella dejaba de reír. Solo hallaba satisfacción por unos instantes, cuando ella lo miraba con el miedo reflejado en sus iris anegados en llanto. Le hacía sonreír la paradoja de ver toda aquella desesperación precisamente en unos ojos que podrían hacer llorar al mundo.

Pero solo duraba unos segundos, el tiempo de verla correr, y entonces el dolor regresaba con la ferocidad de una bestia, lo arañaba mientras él rezaba por verla de regreso.

Oh, ella sonreía siempre.

Incluso cuando no tenía motivos para hacerlo. Después de que él le hubiera lastimado de nuevo las rodillas. También cuando la veía aparecer por las mañanas, con los castigos de la directora aún impresos en sus muñecas y con el pelo suelto que le caía sobre los hombros.

Sonreía y tenía unos ojos tan limpios y sinceros que Rigel sentía que desentonaban al lado de su oscuridad.

—¿Por qué sigues ayudándolas? —le preguntó un niño solo unos pocos años más tarde.

Rigel la observaba desde una ventana del piso superior. Allí, sentada en el prado, con sus piernas de cervatilla inmersas en la hierba.

Ella alzó el rostro, rodeada de todos sus animalitos. Había salvado una lagartija de unos niños que querían ensartarla con unos palitos, y el reptil, como pago, le había mordido.

—Ayudas a todas esas criaturas…, pero solo te hacen daño.

Nica se quedó mirando al otro niño, con su mirada clara, acompasada con el batir de sus párpados.

Y era como el sol cuando entrecerraba los labios. Era una luz vívida, una espléndida maravilla, e incluso la carcoma guardó silencio, vencida, cuando ella alzó los dos abanicos de dedos llenos de tiritas de colores.

—Ya… —susurró con una sonrisa, cálida y sincera—, pero mira qué colores tan bonitos.

Siempre había sabido que algo en él no funcionaba.

Había nacido consciente de ello.

Lo sentía desde que tenía memoria. Rigel se decía que ese era el motivo de que lo hubieran abandonado.

Él no funcionaba como los demás, él no era como los demás. Él la miraba a ella y, cuando el viento inflaba su larga melena castaña, veía unas alas bruñidas en su espalda, un centelleo que desaparecía al cabo de un

instante, como si jamás hubiera existido.

Y no era necesario fijarse en las miradas de las directoras ni en la forma en que sacudían la cabeza cuando las familias lo escogían a él. Rigel los espiaba desde el jardín y en sus rostros veía una piedad que él jamás había pedido.

Siempre había sabido que algo en él no funcionaba y se había dado cuenta de que, conforme crecía, más monstruosamente se iba ramificando la carcoma dentro de cada una de sus venas.

Lo había ocultado con rencor, lo reprimía con una mezcla de rabia y obstinación. Según se iba haciendo mayor, más se agravaba; cuanto más adulto era, más afloraban las espinas, porque nadie le había dicho que el amor devora de ese modo, nadie le había advertido de que tiene raíces de carne y te estruja, y quiere más y más y más, y no tiene freno. Una mirada, solo una mirada más, el filo de una sonrisa, un latido del corazón.

—Al fabricante de lágrimas no puedes mentirle —susurraban por la noche los otros niños. Se hacían los buenos para que no se los llevara.

Y Rigel lo sabía, lo sabían todos, negarlo sería como mentirse a uno mismo. «Él lo sabe todo, conoce cada una de las emociones que te hacen temblar, cada respiración corroída por el sentimiento».

«Al fabricante de lágrimas no puedes mentirle», aquellas palabras serpenteaban como un eco que Rigel ocultaba y reprimía. A veces le aterrorizaba pensar que ella pudiera verlo con aquellos ojos suyos; le aterrorizaba el modo en que anhelaba tocarla, su necesidad de sentir el calor de su piel. La desesperación con que deseaba dejar su huella en Nica, tal como Nica la había dejado en él solo con una mirada, aunque la mera idea de tocarla lo hiciera enloquecer, aunque la idea de sentir aquella carne llenando sus manos hiciera fibrilar la carcoma que habitaba en su interior.

Y no quería saber cómo lo habría mirado ella, con su corazón limpio y puro, si hubiese sabido del malestar desesperado que él portaba en su interior.

Para Rigel el amor no eran mariposas en el estómago ni mundos azucarados. El amor eran enjambres voraces de polillas, un cáncer lacerante, ausencias como arañazos, lágrimas que él bebía directamente de los ojos de ella, para morir más despacio.

Posiblemente solo hubiera querido dejarse destruir… Por ella, por aquel veneno brutal que le había inoculado.

A veces pensaba en abandonarse a aquel sentimiento y dejarse invadir hasta no sentir nada. Si no fuera por aquel feroz temblor que le causaba espanto, que doblaba los huesos, si no fuera tan doloroso imaginarse sueños en los que él corría a su encuentro, en lugar de huir.

—Da miedo, ¿verdad? —murmuraba un niño, un día que el cielo se tiñó de un negro cruel.

También él, que nunca había mirado el cielo, alzó la vista. Y en la inmensidad distinguió unas nubes lívidas y unos estruendos rojizos como de mar tempestuoso.

«Ya… —oyó crecer en su interior, antes de cerrar los ojos—, pero mira qué colores tan bonitos».

A los trece años, las chicas lo miraban como si solo existiera él, ignorantes del voraz monstruo que llevaba dentro.

A los catorce años, eran girasoles que lo seguían allí donde fuera, con miradas de adoración y anhelos crecientes. Recordaba la languidez de Adeline, aunque ella era mayor que él. La devoción con que lo tocaba, con que se inclinaba ante él. Durante esos momentos, Rigel veía una melena y unos reflejos castaños, unos ojos grises que nunca lo mirarían con aquel deseo.

A los quince años, eran ellas los monstruos voraces. Brotaban ente sus manos, como flores moldeables, y Rigel alimentaba la carcoma con muchachas que en todos los casos solo tenían acceso a un matiz de él, una

chispa, un perfume.

Aquello no hizo sino empeorar las cosas. No puedes engañar al amor cuando arde de un modo tan violento y se funde con los latidos de un corazón que no es el tuyo. La necesitaba tanto que la situación aún se le hizo más insoportable. Rigel sintió que el rencor convertía sus pensamientos en cristales rotos, afilando agujas y espinas dentro de su pecho.

Entonces descargaba su frustración en Nica, la llamaba con aquella deformación de su nombre, falena, como si así minimizara el impacto que causaba en él. La mordía con palabras hirientes, esperando ocupar así un lugar en sus pensamientos, que le provocaría una ínfima parte del dolor que ella le infligía a diario. Ella, que lo había arruinado. Ella, que no comprendía, que bajo ninguna circunstancia debía comprender.

Ella, tersa y silenciosa como era, nunca se asentaría por su voluntad en aquel lugar caótico y sucio que era su corazón.

Cuanto más crecía Nica, más perturbaba a Rigel aquella belleza que dejaba sin respiración.

Que no le dejaba conciliar el sueño por las noches y lo obligaba a estrujar las sábanas por necesidades reprimidas. Cuanto mayor se hacía Nica, más ardía en él un deseo lacerante, zarzas de dientes y colmillos que dejaban de sonreír en cuanto ella lloraba.

Fue por entonces cuando llegó al Grave aquel chico nuevo.

Rigel ni siquiera se había dignado a tenerlo en cuenta, ocupado como estaba en luchar contra aquel amor incómodo y descomunal que lo consumía.

Pero aquel chico era lo bastante inconsciente y estaba lo suficientemente loco como para acercarse a él, para no temerle. Y a Rigel, en el fondo, no le desagradaban los locos, su insensatez le resultaba divertida. Era una buena distracción.

Tal vez podría haber llegado a ser su amigo si no se hubiera parecido

tanto a él.

Tal vez podría haber llegado a tenerle alguna consideración si no hubiera visto tantas veces reflejadas en él su misma sonrisa tensa y sus miradas cargadas de malsano sarcasmo.

—¿Crees que Adeline también haría conmigo lo que hace contigo? —le preguntó una tarde con una punta de socarronería en la voz.

Rigel no pudo evitarlo, sintió aquella misma mueca sarcástica tensando sus labios.

—¿Querrías darte una vuelta?

—¿Por qué no? O, si no, Camille… Me da igual una que otra.

—Camille tiene pulgas —insinuó Rigel, con aquel humor acre y despectivo que por un momento reemplazaba a la quemazón que sentía en el pecho. La carcoma dormitaba en un laberinto de venas, velando zarpazos y suspiros.

—Oh, entonces Nica. —Lo oyó decir—. Esa carita tan inocente hace que me entren ganas de hacerle de todo… Ni te imaginas cómo me pone. ¿Crees que estaría por la labor? Oh, sería divertido. Apuesto a que, si le metiera una mano entre los muslos, no tendría ni fuerzas para rechazarme.

No sintió los cartílagos arañándole los nudillos. No sintió los dedos, la ferocidad con que rasgaron vorazmente el aire y arruinaron aquella tarde soleada.

Pero siempre recordaría el rojo de la sangre bajo las uñas después de haberle tirado del pelo.

Tampoco olvidaría la mirada de ella al día siguiente, un rayo de luz que él jamás había visto tan lejana. Un alarido mudo de terror y de acusación que él había oído encajarse dentro, en el hueco que le había dejado.

En medio de la amargura que destilaba aquel destino tragicómico, a Rigel le entraron ganas de reír. Sonreía porque le dolía demasiado.

En el fondo, siempre había sabido que algo en él que no funcionaba.

Cuando los eligieron a ambos, Rigel sintió la soga de la condena estrecharse en torno a su corazón.

En cualquier caso, permanecer a su lado era mejor que la insoportable perspectiva de verla partir. Tocar el piano fue un gesto extremo y desesperado, un último intento de tenerla consigo, pegada a esas cuerdas del alma que ella le habría arrancado con dramatismo, ignorante y delicada, solo con dar un paso fuera de allí.

Ahora sabía que tendría que cumplir condena de por vida. Ni en sus más atormentadas pesadillas se hubiera podido imaginar un infierno más doloroso que el de estar ambos tan cerca, tan estrechamente unidos y tan separados al mismo tiempo en la misma familia.

Solo podía sentir que era su hermana porque la llevaba en la sangre, como una toxina que jamás abandonaría su cuerpo.

—¿Has visto cómo me ha mirado?

—No… ¿Cómo te ha mirado?

Rigel no se giró. Siguió poniendo los libros nuevos en la taquilla mientras escuchaba la conversación.

—Como si me estuviera implorando recogerme otra cosa… ¿Has visto qué rápido se ha agachado para devolverme los libros?

—Rob —dijo su amigo en la taquilla de al lado—, no querrás repetir la historia de las novatas…

—Créeme, esta lo lleva escrito en la cara. Lo grita con los ojos. Las que parecen más santurronas, esas son las mejores.

Más tarde volvió a oírlos.

—Va, venga, a ver cuánto tardo —apostó Rob, divertido—. Yo digo que una semana. Si se abre de piernas antes, la próxima ronda de alcohol la pagas tú.

Rigel no se sorprendió de la sonrisa que sus mejillas excavaban como un

cuchillo. Había visto sus labios tensarse sobre los dientes, reflejados en la portezuela cerrada.

No pudo dejar de sonreír ni siquiera cuando aquel reflejo destelló en los ojos del chico; la satisfacción de estrellarlo contra el suelo sería tan grande que ni se le pasó por la cabeza reprimirla.

Siempre recordaría la expresión que puso al mirarlo.

Con aquella fuerza indómita que de vez en cuando emergía de su delicadeza, con aquel coraje que hacía que los ojos le brillaran con un matiz de ángel caído en desgracia.

—Un día comprenderán quién eres de verdad —había susurrado ella con aquella voz que atormentaba sus pensamientos desde que tenía memoria. Y

él no había sido capaz de refrenar su curiosidad, su inquietud, no con ella tan cerca.

—Ah, ¿sí? —preguntó él—. ¿Y quién soy?

No podía apartar sus ojos de los de ella. Contuvo la respiración hasta el momento en que Nica estaba a punto de pronunciar el veredicto, porque, incluso en aquella penumbra, resplandecía proyectando un reflejo distinto, auténtico, tan limpio que hacía enloquecer.

—Eres el fabricante de lágrimas —concluyó.

Rigel sintió que crecía el maremoto. Le entró un severo temblor y la carcoma abrió sus fauces para lanzar una carcajada tan fuerte que salió de sus labios como la sangre de un corazón que bombeara petróleo.

Sentía tal opresión en el pecho, le dolía tanto, que aquel pesar tan amargo no pudo por menos que producirle alivio. Engañó al sufrimiento con una mueca, como hacía siempre, y se lo tragó con la arrogante resignación de los vencidos.

Él… ¿el fabricante de lágrimas?

Ah, si lo hubiera sabido…

Si ella hubiera sabido… hasta qué punto lo hacía temblar y sufrir y desesperar… Si ella hubiera tenido la mínima duda, entonces habría podido sentir una pizca de alivio, una chispa de calor que habría prendido entre tanta humedad y tanto alquitrán, pero se había apagado al instante tras una ráfaga de gélido terror.

Había abandonado aquella esperanza como si le quemara, porque lo cierto era que Rigel no sabía imaginarse nada más terrible que ver que sus límpidos ojos se mancillaban con aquellos sentimientos tan turbios, espinosos y extremos.

Se había dado cuenta demasiado tarde de que la amaba con un amor negro, infame, que mata lentamente y consume hasta el último aliento.

Sentía que la carcoma empujaba, le susurraba las palabras que debía decir, los gestos que debía atreverse a componer. A veces, lograba contenerla a duras penas.

Nica era demasiado valiosa para ser corrompida.

La vio partir y en el silencio que había dejado tras de sí, sintió otro hueco, el abismo de una última mirada que ella ni siquiera le había concedido.

—¿Has sido tú?

Espinas. Zarzas y espinas.

—¿Me la has regalado tú?

Zarzas y dientes y más dientes. Él miró al suelo, miró la prueba de su debilidad, una rosa que no había podido resistirse a entregarle y que ahora gritaba su culpa de un modo ensordecedor.

Había descubierto que el negro era el color del final.

De la angustia y de la tristeza, de los amores destinados a no ver nunca la luz. Un símbolo tan tristemente apropiado que Rigel se preguntaba si en la tortuosa tierra de su corazón no habría crecido un rosal negro.

Pero había sido un impulso estúpido, una grieta en la obstinación con que siempre trataba de mantenerla alejada. Se había arrepentido al instante, justo en el momento en que la encontró en su habitación con aquella prueba incriminatoria hecha de hojas y de seda.

Se apresuró a ponerse la máscara, la tuvo en vilo con una sonrisa tan artificiosa que amenazaba con hacerlo caer.

—¿Yo? —Esperaba que ella no se percatase de lo tensas que tenía las muñecas—. ¿Regalarte… una flor… a ti?

Lo dijo del modo más desagradable que pudo. Lo sacó fuera con sarcasmo y desfachatez, y rezó por que ella se lo creyese.

Nica había bajado la mirada y no pudo ver el terror en sus ojos cuando él la miraba. Por un instante, Rigel temió que ella hubiese comprendido; solo por un instante la duda le mordió el alma, y vio caer, totalmente hecha pedazos, una vida de estremecimientos y mentiras.

Así que hizo lo único que sabía hacer, el único remedio contra el miedo que conocía: morder y atacar, erradicar cualquier sospecha antes de que esta pudiese arraigar.

Rigel se vio morir un poco en los ojos de Nica cuando le arrebató la rosa de las manos.

La despedazó delante de ella y, llevado por la gran frustración que lo embargaba, mientras arrancaba cada pétalo, hubiera deseado hacer lo mismo consigo mismo, con aquella flor acribillada de sentimientos que llevaba dentro.

Pero se quedó helado cuando cayeron sobre la cama.

Las venas aullaban en su carne y su corazón atronaba con tal violencia que Rigel lo sintió germinar y echar raíces.

Se vio reflejado en sus ojos por primera vez.

El terror le nubló la vista con un deseo tan enervante que sintió un destello de esperanza desnuda y ciega, consternación; y ahí, tan cerca, el cabello de Nica, las manos de Nica, los ojos de Nica, los labios de Nica.

Nica, a una respiración de distancia, a merced de su cuerpo, como solo había osado esperar en sus fantasías.

Se sintió desarraigado y, en medio de aquella locura, hubiera querido decirle que él la veía todas las noches, que en sus sueños aún eran niños y ella siempre llevaba consigo un detalle luminoso, una luz que la hacía perfecta.

Que ella era perfecta, porque él era incapaz de imaginar nada más puro.

Hubiera querido decirle que la odiaba por su amabilidad, por el modo en que le sonreía siempre a todo el mundo, por su corazón de falena que se preocupaba por todos, también por él, sin excluir a nadie. Que le hacía creer que se preocupaba por él, cuando, en realidad, simplemente ella era así y siempre lo hacía con todas las personas.

Todas aquellas cosas que Rigel hubiera querido decirle se le acumularon de golpe en la punta de la lengua formando un caos palpitante, una aglomeración de palabras y emociones, miedos y angustias pulsantes. Todas allí, todas lo quemaban, espinas en el paladar, amor entre los dientes.

Se vio a sí mismo impelido a irse apresuradamente, incapaz de hacer otra cosa.

Todo se había venido abajo en una lluvia de cascotes, de esquirlas de vidrio. Se había derrumbado con una parte de él y Rigel había pagado en forma de arrepentimiento hasta la última brizna de esperanza.

Sabía que ella jamás lo amaría. Lo sabía, en el fondo lo sabía, siempre lo había sabido.

Sin embargo, había cerrado los ojos para ahorrarse por lo menos el penoso sufrimiento de verla huir.

Tenía que salir de allí.

Tenía que alejarse de ella, de aquella casa. Habría enloquecido si hubiera vuelto a oír el sonido de su voz o sentir el contorno de sus dedos a través de

la tela cuando ella trató de tocarlo en el pasillo.

La lluvia le había impregnado la ropa, empapando toda emoción. Rigel apretó los puños y los dientes y echó a andar, de un lado para otro, como una fiera enjaulada entre barrotes invisibles.

—¡Tú!

Un grito rasgó la tormenta.

Rigel vio una figura avanzando enfurecida hacia él. No tuvo que esforzarse para reconocerlo, aunque estuviera empapado por la lluvia.

Hizo retroceder la carcoma mientras la silueta seguía avanzando en su dirección.

—¿Leonard? —aventuró alzando una ceja, indeciso.

—¡Es Lionel! —gruñó el otro, que ya se encontraba a pocos pasos.

Rigel pensó que, después de todo, que se llamara Lionel o Leonard no le importaba lo más mínimo. Ambos nombres lo irritaban por igual. Todo en aquel tío lo irritaba.

—¿Y existe algún motivo, Lionel, para que vayas paseándote por el barrio como una especie de maniaco?

—¿Maniaco? —Lionel lo miraba con las facciones contraídas por la ira

—. ¿Maniaco yo? ¿Cómo coño te atreves? —le replicó mientras se le seguía acercando, cada vez más tenso—. ¡Si aquí hay un puñetero maniaco ese eres tú!

Rigel le lanzó una mirada sarcástica y frunció la comisura del labio.

—Ah, ¿sí? Pero resulta que yo soy quien vive aquí —respondió, percibiendo en los ojos del otro claras señales de que se estaba alterando por momentos—. Y eso es algo que no se puede decir de ti. Así que ya te puedes ir largando.

Rigel acababa de morderlo, como hacía con todos, pero con todo el desprecio, con todo el sarcasmo del que era capaz. Le había clavado los dientes buscando provocarle daño, el mayor daño posible, y el otro apretó los puños en un arrebato de rabia.

—Tus jueguecitos de los cojones no funcionarán conmigo —lo desafió Lionel, calado hasta los huesos, y a Rigel le pareció tan ridículo que se enfadó de verdad—. ¿Crees que no lo sé? ¿Crees que ella no me lo ha dicho? ¡Tú no eres su hermano! No eres nada, nada de nada. ¡Se acabó dar vueltas a su alrededor como si tuvieras algún derecho sobre ella!

La carcoma lo había arañado y se había apoderado de sus muñecas. Rigel las puso en tensión, ardiendo de cólera.

¿Y él qué? ¿Él qué derecho tenía? ¿Él, que no tenía ni idea de lo que le unía a Nica? ¿Qué se creía que sabía?

—Y tú, en cambio —se había echado hacia delante, airado, reprobando la idea de que ella fuera considerada un objeto—, tú, que hace un día que la conoces, tienes algún derecho sobre ella, ¿no es así?

—Sí, yo sí… —replicó Lionel, esbozando una media sonrisa bajo los proyectiles de lluvia—. Me ha estado escribiendo todo el día y me ha dicho que no quiere volver a verte. Me busca —dijo, recalcando las palabras, como si quisiera lanzárselas a la cara. Rigel las recibió como una bofetada en la piel o quizá directamente en el corazón, pues le ardía de un modo terrible, le corroía el estómago, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no dejar ver hasta qué punto le había dolido aquella afirmación.

La sonrisa de Lionel se tiñó de una satisfacción vencedora.

—Me busca y no hace más que decirme que no te soporta. Odia tener que vivir contigo, tener que verte todos los días. ¡Te odia profundamente! Y…

—Oh, ¿así que te habla mucho de mí? —inquirió Rigel, venenoso—.

Pues qué lástima. Porque de ti no habla nunca. —Chasqueó la lengua—.

Nunca —se apresuró a remarcar las sílabas—. ¿Seguro que existes?

Lionel bramó tan cerca del otro que se percibía el calor de su rabia y de su tensión.

—¡Ya lo creo que existo! Ella me busca siempre. Y, cuando por fin te hayas largado…

Rigel echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada.

Fue una carcajada áspera, de rabia y de desprecio. De dolor, de un dolor negro y extenuante, porque le causaba un daño de mil demonios, porque aquellas palabras —el odio que ella le profesaba, la intimidad que compartía con aquel chico— encerraban una verdad tan vibrante, tan innegable, que el daño ya era irreparable.

Porque Rigel siempre había sabido que las espinas traen otras espinas, que lo que él arrastraba era demasiado sórdido y antinatural para poder ser aceptado por un alma dócil y limpia como la de Nica.

Siempre lo había sabido, pero oírlo de viva voz hacía pedazos todo lo que aún permanecía intacto. Además, resultaba paradójico y grotesco que él, tan desencantado como estaba, aún fuera capaz de encontrar puntas de esperanza entre los zarzales, pues esas eran las que más daño hacían cuando te caías encima.

En medio de todos aquellos escombros, la única luz que sabía que existía era la que ella proyectaba.

Aquella luminiscencia lo mantenía en vela por las noches. Brillaba en todos sus recuerdos.

Ella relucía como una estrella vibrante, una estrella que, sin embargo, en la soledad de aquel sentimiento tan devastador, no lograba reconfortarlo.

Y, en ese momento, la luz se había encendido…

Era un faro que irradiaba calor —ella, ella siempre sonriente— y Rigel habría podido apagarla y liberarla de aquel amor que no conocía la amabilidad.

Lo habría hecho si hubiera podido, pero, como siempre, no era capaz de dañar aquella luz tan delicada donde residían sus sentimientos hacia ella.

Había acabado aferrándose a esa luz con todo su ser, la estrechaba con la desesperación de un alma que se negaba a dejarla marchar.

«Cuando te hayas largado…».

—Sí —respondió masticando las palabras, cáustico, mientras protegía en su interior el recuerdo de Nica—, puedes esperar sentado.

El primer puñetazo le partió el labio.

Rigel sintió la sangre mezclándose con la lluvia y no pudo dejar de pensar que, después de todo, aquel dolor físico era mejor que la humillación de hacía un momento.

El segundo puñetazo falló, y Rigel hizo retroceder a Lionel con toda la rabia de una bestia enfurecida. Se abatió sobre su mandíbula con un crujido siniestro que incluso rasgó la tormenta.

Rigel no se detuvo ni mucho menos cuando el otro respondió a sus golpes, ni siquiera cuando notó un corte en la ceja. Tampoco se detuvo por tener los nudillos desollados ni cuando el cabello empa pado le entró en los ojos y lo cegó como si se le hubieran clavado alfileres.

No se detuvo hasta que fue el único de los dos que quedó en pie y Lionel rodó por el suelo con una mueca de dolor.

Lo miró desde arriba, con los relámpagos y el océano negro sobre su cabeza, y escupió un grumo de sangre en el asfalto.

Ahora no quería pensar en cómo lo miraría ella.

—Ya nos veremos, «Leonard» —le espetó con una voz sibilante mientras se marchaba.

Lo dejó bajo la lluvia, retorciéndose en su propio error.

Y vio la perdición y la miseria… Las sintió como una culpa ensordecedora en los iris siempre resplandecientes de Nica.

La advirtió por primera vez en toda su vida, una mancha negra en aquella pureza cándida y bellísima, una oleada violenta que le aplastó el pecho cuando ella levantó el rostro del móvil y lo condenó con su mirada.

Durante el resto de su vida, recordaría el modo en que se sintió morir.

Rigel miró en el interior de aquellos ojos de fabricante de lágrimas y supo que no podía mentirle.

No podía negarlo, porque los arañazos y la sangre gritaban en sus nudillos, porque Lionel ya había hablado. Rigel comprendió en ese preciso instante que aquella mirada cargada de decepción era el doloroso precio que

debía pagar por todas sus mentiras.

Por callar y por ocultar, por haberla empujado cada vez más lejos de él antes de que pudiera comprender.

Sonrió con una sonrisa de espinas, aunque por dentro se sentía marchitar.

Una sensación corrosiva le oprimía el pecho.

Solo le dio lo que ella esperaba, le mostró la máscara que sabía que llevaba pintada en el rostro. Solo hizo lo que siempre había hecho, porque en el fondo sabía que ella no lo veía más que de ese modo, mezquino e irrecuperable.

«¡Oh, la oveja le ha gritado al lobo!».

Eso sucedió después, pero Rigel solo lo recordaría de forma intermitente.

Fragmentos confusos, desenfocados: sus ojos, su luz, sus manos en todas partes. Su cabello y su perfume, y sus labios moviéndose mientras pronunciaban palabras que él no oiría, demasiado ocupado en tratar de huir del calor que ella irradiaba como un sol.

Manos y tiritas enredadas en sus brazos, la carcoma gruñendo y bramando, y ella cerca, tan cerca, tan enfadada y tan cerca que lo hacía temblar.

Sin embargo, en medio de toda aquella desesperación, de la feroz urgencia con que había tratado de alejarse de ella, Rigel no podía más que admitir que Nica, incluso cuando ardía de rabia y desolación, siempre, en toda circunstancia, era hermosa a rabiar.

Incluso con todas aquellas tiritas y con los dedos hechos polvo, Nica era hermosa a rabiar.

Incluso mientras lo golpeaba y trataba de lastimarlo, de arañarle, de devolverle todo lo que él y solo él había sido el responsable de arruinar, Nica seguía siendo la cosa más bella que los ojos de Rigel habían tocado jamás.

Fue por su culpa, por culpa de aquel encanto que irradiaba sin tan siquiera saberlo, que él no pudo refrenarse a tiempo.

Ella se acercó demasiado y, cuando ya la había apartado de sí, la carcoma lo empujó hacia delante y aterrizó en su boca.

Y por primera vez…

Por primera vez, de verdad en su vida, fue como abandonarse a toda aquella belleza y a aquel dolor. Dejarse invadir, morir con un alivio agotador, lanzarse de cabeza al abismo y aterrizar sobre pétalos de rosas, después de haber pasado toda una vida entre espinas.

Abandonarse a aquel calor hasta no sentir nada más.

O, simplemente, rendirse a ella, a la luz que palpitaba en su pecho con una paz dulcísima, iluminando todos los rincones de aquella guerrilla sin fin.

Es posible que nuestro mayor temor

consista en aceptar que alguien puede amarnos sinceramente por lo que somos.

*

Me tambaleé hacia atrás y perdí el equilibrio.

La violencia con que me aparté me hizo sentir que el salón daba vueltas.

El móvil cayó al suelo y retrocedí consternada, con los párpados apretados.

Estaba sin aliento. Sentí un escalofrío cuando me toqué el labio con dedos temblorosos.

Me quedé mirando el rostro que tenía ante mí con los ojos arrasados en lágrimas y el sabor de la sangre, de su sangre, en la boca dolorida. Me noté un pequeño corte en la carne de los labios.

Me había mordido.

Finalmente, Rigel me había mordido de verdad.

Observé su respiración irregular, su boca resplandeciente y roja, el movimiento con que se limpió la sangre de los labios y sus ojos turbios, tras

los cuales me pareció ver brillar un destello fugaz, incandescente.

El modo en que me miraba me hizo revivir por un instante el reflejo de un recuerdo.

La misma mirada silenciosa y acusatoria con la que yo lo miré a él una noche, muchos días atrás.

«Un día comprenderán quién eres de verdad».

«Ah, ¿sí? ¿Y quién soy?».

«Eres el fabricante de lágrimas».

Rigel contrajo con fuerza la mandíbula y soltó:

—«Tú» eres el fabricante de lágrimas.

Escupió fatigosamente aquellas palabras con la voz áspera, como si se le hubieran escapado, pero al mismo tiempo las expulsó como un veneno que había llevado en la boca demasiado tiempo.

Me quedé inmóvil, atónita, presa de escalofríos cuando él se incorporó a toda prisa y desapareció escaleras arriba.

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