Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 29 de 43

Páginas del PDF

Fabricante de lágrimas

28. Una única canción

28

Una única canción

Cuando no logres ver la luz

miraremos juntos las estrellas

—Adeline… ¿Qué sientes por Rigel?

Adeline bajó la taza. En sus ojos vislumbré una luz que era de sorpresa.

—¿Por qué me haces esta pregunta?

Tal vez Anna llevaba razón en lo que decía de mí: tenía un corazón muy transparente y por eso no sabía fingir. Nunca se me había dado bien ocultar mis emociones y tampoco lo hice en aquel momento.

—Nica —susurró despacio—, si te refieres a aquel beso…

—Quisiera saberlo —dije sin rodeos—. Yo… necesito saberlo, Adeline.

¿Sientes algo por él?

Sabía que no podía revelarle a nadie lo de Rigel y yo; aunque Adeline nos conociera de toda la vida, mucho antes de que nos eligieran a ambos, aquello no era algo que pudiera decir sin más.

Si trascendiera…, las consecuencias serían desastrosas.

Sin embargo, no pude resistirme a hacerle aquella pregunta.

Ella miró al suelo.

—Os conozco a ambos desde hace mucho tiempo —susurró—. Hemos crecido juntos. Rigel… Él también forma parte de mi infancia. Y, aunque

nunca he sido capaz de comprenderlo, he aprendido a no juzgar sus gestos.

Tuve la sensación de que, una vez más, se me escapaba algo. No lo entendía. En la institución, jamás los había visto juntos y, sin embargo, Adeline parecía conocerlo de un modo que yo no sabía interpretar.

—Rigel me ha enseñado muchas cosas. No a través de lo que decimos, sino a través de aquello que escogemos no decir, porque a veces callar supone el mayor de los sacrificios. Me ha enseñado que hay ocasiones en que es necesario escoger y otras en las que simplemente podemos… formar parte. Me ha enseñado a aceptar que no podemos cambiar la naturaleza de las cosas, porque el grado de importancia que estas tienen para nosotros reside precisamente en hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificarnos solo por protegerlas desde lejos. Él me ha enseñado que las cosas que más apreciamos se miden en función de nuestro valor para renunciar a ellas.

Adeline alzó la mirada y me envolvió con sus ojos celestes.

Nunca acabaría de comprender del todo aquellas palabras.

Nunca captaría su sentido oculto.

Solo me quedarían claras al final.

Sus iris refulgieron como un laberinto de cosas no dichas. Porque tal vez ella albergaba deseos que había aprendido a medir con todas aquellas veces que había preferido los silencios a las palabras.

—Créeme, Nica —me dijo sonriendo despacio—, lo que siento por Rigel es solo un profundo, profundísimo afecto.

Decidí creer a Adeline.

Quizá no había sido capaz de interpretar del todo sus palabras, pero de una cosa sí estaba totalmente segura: me fiaba de ella y sabía que nunca me tomaría el pelo.

Me hubiera gustado hablar con claridad, confesarle lo que me unía a Rigel, pero no podía. Por un lado, sentía la necesidad de compartir mis

temores y mis inseguridades con alguien, pero, por otro, sabía que no podía permitírmelo.

En lo referente a aquellos sentimientos, estaba sola.

Sola con él.

—¿Y bien?

Parpadeé. Billie me miró frunciendo las cejas.

—Perdona, tengo la cabeza un poco en las nubes —le dije excusándome.

—Te preguntaba si te parecería bien que estudiáramos juntas —repitió con voz neutra—. Si te apetece ir a mi casa después de la escuela.

—Oh, me encantaría, pero justamente hoy no puedo —respondí con tristeza—. Anna me ha concertado una consulta con el médico y le he dicho que iría.

Billie se me quedó mirando un instante. Y, a continuación, asintió despacio.

Aquellos días no parecía ella. Las ojeras hacían que sus ojos lucieran brillantes y hundidos, y su expresión tenía un aire nervioso y pausado, muy distinto de su habitual vivacidad.

Y yo, en el fondo, comprendía el motivo.

Ya hacía días que Miki y ella no se dirigían la palabra.

Aunque la solución pudiera parecer fácil, sabía que no bastaba con levantar el auricular y hacer las paces con su mejor amiga. Aquella tarde algo se rompió. Todo lo que se dijeron había trastocado incluso los aspectos más primordiales de su relación y, cuanto más tiempo pasaba, la fractura entre ambas parecía hacerse más profunda.

—Lo siento, Billie —le dije de corazón—. Quizá otro día…

Asintió sin mirarme. Dejó vagar la vista por entre el vaivén de estudiantes, pero cuando sus ojos se detuvieron, supe a quién había visto.

Miki caminaba por el pasillo, con la mochila a la espalda y el rostro libre de la capucha.

Entonces me di cuenta de que no estaba sola. Caminaba al lado de una

chica.

Seguramente sería una compañera de clase. En otras ocasiones, ya la había visto saludar a Miki, por eso no me sorprendió mucho verlas juntas.

Percibí una punzada de incertidumbre cuando su rostro maquillado nos localizó. Dudó un momento, pero al final se acercó hasta donde estábamos Me puse tan contenta al verla aproximarse que no pude reprimir una sonrisa afectuosa.

—Ey… —la saludé, feliz.

Miki bajó la vista y yo interpreté su gesto como un saludo.

—La he encontrado —se limitó decir, pasándome una mochila. Era la que tenía dentro el vestido que me dejé en su casa la tarde de la fiesta.

—Oh —respondí sorprendida—, ¿dónde estaba?

—Evangeline la había puesto con mis cosas.

—No me digas… Vale, gracias. ¡Ah, por cierto! —busqué algo en mi mochila y se lo pasé—. Toma… Estas son para ti.

Miki tendió la mano y cogió el paquetito de galletas, perpleja.

—Anna quería darte las gracias por tu hospitalidad. Y por el paseo en coche, el maquillaje y las sandalias. Así que horneamos juntas unas galletas. —Me rasqué una mejilla—. Sí, verás… Las mías no han quedado muy bonitas —admití mirando aquellos feos ositos de pasta llenos de bultos y deformidades—, pero las he probado y… después del primer mordisco…

si masticas bien… no están tan terriblemente duras…

La compañera de Miki me sonrió y dijo:

—La verdad es que no tienen tan mala pinta.

—Eso espero… —respondí, agradeciendo su intervención.

Billie, detrás de mí, guardaba silencio.

—No tenías por qué hacerlo. —Miki parecía no dar con las palabras adecuadas—. No era necesario…

—Pero… ¿tú crees que eso es lo que tienes que decirle? —bromeó su compañera, empujándola divertida—. ¡Las ha hecho especialmente para ti!

¡Al menos dale las gracias!

Miki la fulminó con la mirada, pero noté el rubor en sus mejillas, bajo el maquillaje.

—Claro —masculló de aquel modo suyo más bien gruñón que me indicaba lo mucho que en realidad apreciaba mi gesto—. Gracias.

—Siempre huraña como un oso —comentó su amiga, tomándole el pelo cariñosamente—. Como cuando no toma café. ¿Sabíais que Makayla se vuelve intratable sin su amada cafeína?

—No es verdad… —rezongó Miki.

—Oh, sí, ¡ya lo creo! Se transforma en una fiera… Os lo juro —nos aseguró entre risas—. Si supierais cómo es…

—¿Y tú qué sabrás cómo es?

Nos volvimos.

Billie tenía los brazos cruzados y se los sujetaba con las manos un poco por encima de los codos. En su mirada refulgía una hostilidad que jamás le había visto. Solo pareció darse cuenta de su intervención cuando todas nos giramos para mirarla. Apretó los labios por instinto y se marchó.

Mientras se alejaba, por su postura, deduje que se apretaba los brazos para no desmoronarse en sus inseguridades.

—Gracias por las galletas.

Miki se subió la capucha y se alejó en sentido contrario. Su amiga la siguió con la vista. Cuando nuestras miradas volvieron a encontrarse, ninguna de las dos supimos qué decir.

La grieta se estaba ensanchando.

Cada vez más.

Al final, acabaría engulléndolo todo: sueños, recuerdos y momentos felices.

Y ya no quedaría nada.

Solo escombros.

Solo el vacío.

La sala de espera del psicólogo era una estancia sobria y elegante. Una planta tropical rompía los tonos fríos y en las paredes de color antracita había un par de cuadros abstractos que, pese a la paciencia que le puse, no supe interpretar.

Les eché una discreta mirada a las personas que había a mi lado.

Rigel tenía los brazos cruzados, el tobillo apoyado en la rodilla y la boca fruncida en un rictus de contrariedad.

Estaba enfadado. Muy enfadado.

Su cuerpo emanaba toda la irritación que sentía por encontrase allí a iniciativa de Anna, que se la había jugado bien jugada con la frase: «Ya que va Nica… ¿Por qué no pruebas tú también? A lo mejor descubres que te sienta bien…».

Podía entender su estado de ánimo. Vamos, ¿Rigel hablando sobre sí mismo sentado a una mesa? ¿Rigel, que se había fabricado una máscara para resultar inasequible?

Era una idea tan absurda que resultaba inconcebible.

Recorrí el contorno de su rostro. Su viril mandíbula en tensión, el labio superior contraído apenas. Estaba magnífico y cautivador como siempre, pero muy irritado.

En aquel momento, me fijé en la chica que estaba sentada al fondo. Tenía una revista plantada delante de la cara, las piernas cerradas y los ojos literalmente instalados en Rigel. Lo miraba con tal intensidad que me extrañó que no le derritiera la piel sobre los huesos.

Cuando Rigel reclinó la cabeza, la chica estrujó levemente la cubierta de la revista.

La miré con más detenimiento… y observé que tenía unos espléndidos ojos castaños y un rostro muy delicado.

Era guapa. Mucho…

Sentí algo que no sabría definir y me pregunté si él se habría fijado en aquella chica.

Me volví.

Rigel tenía la cabeza apoyada en la pared y el rostro de lado. Y los ojos… sus ojos apuntaban directamente a mi mano, que estaba cerca de su pierna. No me había dado cuenta de que estaba rozándole la rodilla. Parecía absorto, como si, pese a estar tan enfadado, aquel punto exacto lo tuviera fascinado…

—¡Adiós!

Un señor bien vestido surgió de la puerta que estaba frente a nosotros.

La mantuvo abierta mientras salía un hombre de unos cuarenta años.

—Hasta la semana que viene, Timothy —se despidió—. A ver, la próxima visita es…

Dejó vagar la mirada por la sala hasta que nos vio a Rigel y a mí.

—Ah, vosotros dos debéis de ser los hijos de la señora Milligan —

exclamó, y noté que se contraía un músculo en la mandíbula de Rigel—.

Veo que ya habéis llegado, bien… Señorita, ¿quieres empezar tú?

Me mordisqueé las costuras de las tiritas de tan tensa como me sentía y me puse en pie. Él sonrió y me indicó que entrara.

—A decir verdad, Anna todavía no es nuestra madre adoptiva —precisé con un hilo de voz.

Me miró con cara de reconocer su error.

—Disculpa —dijo—. La señora Milligan me ha informado de la adopción. No sabía que el proceso aún seguía en curso.

Me estrujé las manos, las noté sudadas, y él se percató de mi nerviosismo.

Tenía la mirada profunda, sagaz, pero la impresión que transmitía no era de sometimiento, sino de una inesperada sensibilidad.

—¿Te apetece hablar un poco conmigo? —me preguntó.

Tragué saliva. Sentía que me temblaba el cuerpo, me susurraba que no, pero traté de ignorarlo.

Quería hacerlo por mí.

Quería intentarlo.

Aunque el terror me retorcía las vísceras y la realidad empujaba, tratando de aplastarme.

Asentí despacio. Me costó un esfuerzo enorme, quizá el mayor que había tenido que hacer jamás.

Al cabo de una hora, volví a cruzar la puerta.

Me sentía vulnerable, tensa y con palpitaciones. Le había hablado un poco de mi infancia, pero no fui capaz de mencionarle mis traumas, porque cada vez que intentaba adentrarme en las puertas de mi mente, las angustias esperaban acechantes.

Me alteré, me bloqueé y me quedé muda en muchas ocasiones. Dije pocas cosas, me agobié, temblé, pero él me aseguró que lo había hecho muy bien. Que había sido mi primera vez.

—Podríamos vernos de nuevo, si te parece bien —me propuso en tono amable—. Sin prisas. Tal vez la semana que viene.

No me forzó a darle una respuesta, sino que dejó que la asimilase en silencio, buscándola en mi interior. Y a continuación miró a Rigel.

—Tu turno —dijo, mientras yo volvía a sentarme.

Me fijé en que Rigel no se había movido ni un centímetro desde que lo había dejado allí. Me siguió con la mirada, como si quisiera cerciorarse de que estaba bien. Al cabo de un instante, descruzó los brazos y decidió ponerse en pie.

Se encaminó al despacho, receloso.

*

Entró por la puerta con paso tranquilo, aunque lo primero que pensó fue que no quería estar allí.

Últimamente, siempre lo acosaba una extraña manía.

Una sensación crepitante que le encendía la sangre.

Era visceral, como un veneno. Retorcido y delicioso.

Era ella.

Llevado por un impulso irreflexivo, se volvió en busca de sus ojos. Sus iris resplandecientes se encontraron con los de ella un instante y eso era cuanto necesitaba para llevar su imagen impresa. Era como si cada vez tuviera que verla, contemplarla, para cerciorarse de que no era un sueño.

Que, si se volvía para observarla, los ojos de ella lo estarían mirando.

Que, si la acariciaba, ella no tendría miedo.

Que, si dejaba que su mano se perdiera en su pelo, ella no se desvanecería en un sueño, sino que seguiría estando allí, entre sus dedos, con sus ojos reflejándose en los de él.

Era de verdad.

Lo era hasta tal punto que le hacía temblar la sangre.

El desastre hacía ruido en su interior. Rasgaba y arañaba las paredes de su corazón, preguntándole si no se habría vuelto loco, si aquello no sería la enésima ilusión, y entonces Rigel se volvía para mirarla, buscaba desesperadamente sus ojos y los estrechaba contra sí; su necesidad de ella era tan ineludible que no podía sacársela del alma.

La llevaba impresa con fuerza en lo más profundo de su ser, a ella y a sus ojos claros. Y aquella luz acababa cubriéndolo todo.

Aunque su corazón estaba sumido en el delirio, había algo en su interior que vibraba con delicadeza.

Algo que sabía ser amable, que irradiaba calor, que reposaba a la sombra de sus espinas y ponía tiritas de colores en las grietas de su alma.

Por un momento, mientras Nica desaparecía tras la puerta, tan menuda, luminosa y real, una parte de él recordó que, aunque no pudiera verla, ella seguiría estando allí…

—Bien, Rigel. Rigel, ¿es correcto?

La voz del psicólogo lo hizo volver en sí. Se había olvidado de él. O casi.

—Tengo entendido que también es tu primera vez —lo oyó decir

mientras examinaba la consulta con la mirada.

Algo en el escritorio le llamó la atención.

Parecían tarjetas, pero eran grandes como páginas de libro. Estaban dispuestas en dos filas ordenadas y en cada una había unas manchas que creaban una serie de figuras indefinidas.

—Es interesante, ¿verdad?

Los ojos de Rigel saltaron al psicólogo. Estaba de pie a su lado y examinaba unas hojas llenas de borrones.

—Son los test de Rorschach —le explicó—. Al contrario de lo que suele pensarse, no son un método para valorar la inestabilidad mental. Sirven para mostrar cómo el sujeto percibe el mundo. Ayudan a indagar en la personalidad. —Removió algunas, que mostraban figuras, a cuál más abstracta—. Hay quien ve rabia, carencias, miedos… Otros ven sueños, esperanzas. Amor. —El psicólogo lo miró—. ¿Has estado enamorado alguna vez?

A Rigel le entraron ganas de reírse. Pero de aquel modo exagerado, malévolo y arrogante que lo hacía parecer un lobo.

El amor y él llevaban toda la vida librando una batalla. Se destrozaban mutuamente. Y, sin embargo, uno no era capaz de sobrevivir sin el otro.

Pero en lugar de reírse, Rigel se sorprendió a sí mismo observando aquellos manchurrones sin sentido. Siempre había oído hablar del amor como un sentimiento grato, dulce, que aligeraba el corazón. Nadie hablaba de espinas, nadie hablaba de aquel cáncer que era la usencia o del tormento de una mirada no correspondida.

Nadie hablaba del dolor que causaba el amor cuando te devoraba hasta dejarte sin respiración.

Pero sabía que él era diferente. Él no era como los demás.

Se dio cuenta de que el hombre lo miraba, como intrigado por el matiz que albergaba dentro de sus ojos.

—¿Qué es el amor para ti?

—Una carcoma —murmuró Rigel—. Sus mordiscos no se curan nunca.

Cuando fue consciente de que había abierto la boca, ya era demasiado tarde. Hablaba consigo mismo, no con el psicólogo. Aquella era una reflexión que siempre lo acompañaba.

Pero ahora el psicólogo lo estaba mirando fijamente y Rigel sintió que cada ápice de su cuerpo rechazaba aquella mirada. Le pareció repelente, opresiva, algo de lo que tenía que librarse inmediatamente.

Se había perdido por un instante dentro de sí mismo y Nica había logrado sonsacarle lo inconfesable. Se prometió que no volvería a suceder.

Desvió la mirada y volvió a hacerla vagar por la consulta como una fiera enjaulada.

—Estoy al corriente de tu circunstancia.

Rigel se bloqueó. Al instante.

—¿Mi… «circunstancia»?

Así pues, Anna le había hablado de él.

Se volvió despacio.

—No tienes nada que temer —le dijo el psicólogo, tranquilo—. ¿Quieres acomodarte en el sillón?

Rigel no se movió. Lo miró directamente a los ojos y en sus iris brillaba una luz tan punzante que parecía un alfiler.

El psicólogo le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

—No te imaginas lo bien que sienta hablar a veces. ¿Sabes lo que se dice? Que las palabras permiten leer el alma.

«¿Leer el alma?».

—Todo el mundo se siente un poco tenso al principio… Es normal ¿Por qué no te pones cómodo en el sillón?

«¿Leer… el alma?».

Volvió a mirar al psicólogo. Lo miró con sus ojos negros de tiburón. Y, entonces, de repente, sonrió. Los labios se cerraron sobre los dientes en una de sus mejores obras maestras.

—Antes de empezar…, me gustaría preguntarle algo.

—¿Cómo dices?

—Oh, disculpe —empezó a decir, acercándose más—. Es la indecisión propia de la primera vez, usted ya me entiende. En el fondo, el tema de la confidencialidad es algo que siempre me ha provocado reticencias. Ya sabe, por aquello de mi «circunstancia».

El psicólogo lo miró sorprendido cuando, en lugar de acomodarse en el sillón, se dejó caer en la silla que había frente a él.

—Es solo una curiosidad que tengo —le aclaró con modosa inocencia—.

No le importa, ¿verdad, doctor?

El hombre cruzó los dedos bajo el mentón y se dispuso a atender su petición.

—Te escucho.

Rigel esbozó una sonrisa contenida, de fiera domesticada, y le preguntó:

—¿Cuál es la finalidad de esta sesión?

—Favorecer una mejoría de tu bienestar psicológico y ayudarte en tu crecimiento personal —respondió tranquilamente el psicólogo.

—Luego da por descontado que sus… «clientes» necesitan ayuda.

—Bueno…, desde el momento en que acuden a mí por su propia voluntad…

—¿Y si no hubieran venido por su propia voluntad?

El psicólogo lo observaba con serenidad y perspicacia.

—¿Es un modo de decirme que tú no has escogido estar aquí?

—Es un modo de comprender su enfoque.

El psicólogo pareció reflexionar.

—Bueno, podríamos descubrir qué es lo que hace que se sientan mejor. A veces las personas construyen realidades en las que creen estar bien. No piensan que necesiten nada más. Pero por dentro se sienten inútiles, vacías, como un marco roto o un pedazo de vidrio.

—Si no sienten esa necesidad, entonces ¿cómo puede ser verdad lo

contrario? —preguntó Rigel con astucia.

El psicólogo se acomodó las gafas en la nariz.

—Es así. La mente tiene engranajes complicados, no todo está hecho para ser comprendido. El propio Rorschach dijo en una ocasión que el alma también necesita respirar.

—¿La suya también?

—¿Cómo?

—Usted es humano, doctor, como todos los demás. ¿Su alma también necesita respirar?

El psicólogo lo miró a los ojos, como si solo en ese momento lo estuviera viendo de verdad.

Rigel esbozó una sonrisa irónica, pero el resto de su cara permaneció gélida.

—Si yo le dijese que en esas láminas veo deseos, traumas o miedos, usted hallaría un modo de analizarme. Pero si le dijese que no veo nada, que para mí son solo unas estúpidas manchas, usted lo interpretaría de todos modos. Tal vez como un rechazo. Una cerrazón. ¿Acaso me equivoco? —

Esperó una réplica que no llegó—. Sea cual sea la repuesta, usted encontrará algo que corregir. No importa cuál sea la realidad, cualquiera que entre por esa puerta está destinado a un diagnóstico. Tal vez la cuestión no radique en cómo se sienten esas personas, doctor, sino en cómo hacen que se sientan. La cuestión radica en vuestra convicción de que por fuerza tienen algo que no funciona, que necesitan ser reparadas, porque por dentro son inútiles, están vacías y estropeadas… como un marco roto o un pedazo de vidrio.

El hombre tenía los ojos puestos en él, y Rigel sostuvo su mirada ya sin máscaras de por medio.

—Dígame, doctor —inquirió a continuación, endureciendo la voz y observándolo por debajo de sus cejas oscuras—, ¿ahora no es cuando trata de leer mi alma?

El silencio que siguió le dio a entender que había tenido éxito en su intento. Y una mierda iba a dejarse psicoanalizar. Ya tuvo bastante de niño.

No necesitaba volver a oírse decir una vez más que era una calamidad. Ya lo sabía perfectamente. Y tenía claro que no iba a permitir que otro psicólogo le estrujara el cerebro.

Sin embargo, el modo en que el hombre lo miró, como si en realidad ya lo hubiera comprendido todo de él, le provocó un malestar en el estómago.

—Tienes activado un gran mecanismo de defensa, Rigel —le dijo, muy seguro de sí mismo. Y él sabía que no se trataba de un cumplido—. Hoy has decidido que no puedo hacer nada por ayudarte. Pero un día, tal vez, comprenderás que, en lugar de protegerte, este mecanismo te consume.

*

Aparté la vista de la taza que sostenía entre mis dedos y la fijé en la figura silenciosa que tenía delante.

Rigel estaba sentado al piano. El pelo le caía hacia delante y movía los dedos lentos y ausentes por encima de las teclas.

El único sonido que flotaba por toda la casa era aquella débil melodía.

Llevaba así desde que habíamos regresado a casa.

Cuando se abrió la puerta de la consulta, lo primero que vi fue el rostro circunspecto del psicólogo; la segunda, la expresión gélida y sombría de Rigel.

Sabía que no era de los que hablan por hablar, pero por su mutismo deduje que el encuentro no había ido como tenía previsto.

Me acerqué y apoyé la taza humeante cerca de él, procurando hacerle notar mi presencia.

—¿Va todo bien? —pregunté en tono afectuoso.

No se volvió para mirarme. Se limitó a asentir.

—Rigel… ¿Qué ha pasado con el psicólogo?

Traté de ser lo más delicada posible, pues no quería parecer entrometida.

Simplemente estaba preocupada por él y quería que se sintiera mejor.

—Nada importante —respondió lacónico.

—Pareces… turbado.

Busqué su mirada, pero no me correspondió. Tenía la vista fija en las teclas blancas, como si ante sus ojos hubiera un mundo que yo no podía ver.

—Creía que podría entrar —murmuró, como si yo fuera la única que podía entender lo que estaba diciendo—. Creía… que podría mirar dentro de mí.

—¿Y ese ha sido su error? —susurré.

—No —respondió él, cerrando los ojos—. Su error ha sido pensar que yo se lo permitiría.

Deseé no sentir aquel vacío punzante en el pecho, pero no pude controlar aquella emoción.

«Ese también ha sido mi error», me hubiera gustado confesarle, pero callé por temor a la respuesta.

Rigel era introvertido, complicado y hostil a los afectos, pero, por encima de todo, era único. Hacía tiempo que había comprendido que existía una barrera entre él y el mundo, una barrera que estaba radicada en su corazón, en sus pulmones y en sus huesos, y que había acabado formando parte de él.

Pero también sabía que, más allá de aquella barrera, resplandecía un universo de tinieblas y terciopelo.

Era precisamente en esa galaxia rara y bellísima donde yo quería entrar.

Despacio, con delicadeza.

No quería hacerle daño.

No quería cambiarlo o, peor aún, «repararlo». No quería suprimir sus demonios, solo quería sentarme con ellos bajo aquel techo de estrellas y contarlos en silencio.

¿Me abriría alguna vez esa puerta?

Bajé la vista, derrotada por mis temores. Aunque nos habíamos acercado,

había momentos en que aún estábamos demasiado distantes como para comprendernos.

Me volví, dispuesta a salir de allí y dejarlo un rato en soledad, pero algo me retuvo.

Una mano alrededor de mi muñeca.

Alzó el rostro despacio. Sus ojos se encontraron con los míos y, al cabo de un instante, atendí su petición silenciosa: me acerqué de nuevo y me senté a su lado en la banqueta.

Sin darme tiempo a pensar, Rigel pasó una mano por debajo de mis rodillas, me cogió en volandas y me atrajo hacia sí.

El contacto de su cuerpo con el mío me hizo sentir un escalofrío a lo largo de toda la espina dorsal. Transcurrido un segundo, su calor me envolvió y me provocó un sentimiento de felicidad tan vibrante e intenso que la cabeza me daba vueltas.

Aún no me había acostumbrado a poder tocarlo. Era una sensación extraña y bellísima, siempre nueva, siempre potente, una descarga de vértigos.

Encajé la cabeza en el hueco de su cuello y me abandoné contra su tórax palpitante. Cuando me acurruqué al calor de su cuerpo, él suspiró despacio, relajado.

Por un momento, pensé que a lo mejor, si hubiéramos estado hechos de la misma ternura, él habría inclinado el rostro y apoyado su mejilla en mi cabeza.

—¿En qué piensas cuando tocas? —le pregunté al cabo de un rato, al son de aquellas melodías de acordes lentos.

—Toco durante los momentos en que intento no pensar.

—¿Y lo consigues?

—Nunca.

Siempre había querido preguntárselo. Nunca le había escuchado tocar algo que sonara feliz. Sus manos generaban melodías espléndidas,

angelicales, pero que rompían el corazón.

—Si te pone triste…, ¿por qué lo haces entonces? —le pregunté alzando levemente el rostro. Me quedé encantada mirando sus labios cuando los entreabrió para hablar.

—Hay cosas que prescinden de nosotros —respondió enigmático—, cosas que nos pertenecen y de las que no podemos librarnos. Ni aunque queramos.

Empecé a albergar un presentimiento.

Miré sus dedos deslizándose despacio por las teclas y de pronto lo vi claro.

—¿Te acuerdas… de «Ella»?

El recuerdo de la directora aún generaba monstruos dentro de mis pesadillas. Rigel me había confesado que la odiaba, pero de algún modo la llevaba consigo desde niño.

—Me recuerda… cómo he estado siempre.

«Solo, abandonado frente a una verja cerrada», casi podía oír, y al instante deseé que dejase de tocar.

Deseé arrancársela del alma, limpiarlo, erradicar de su vida hasta el menor rastro de aquella mujer.

La quería lejos de Rigel.

La idea de que le hubiera dado amor, con sus manos llenas de golpes y aquellos ojos sucios de rabia, me atormentaba.

Ella era una enfermedad. Su afecto era una contusión.

Y se la había dejado impresa en el corazón durante tanto tiempo que solo de pensarlo se me revolvía el alma.

—¿Por qué? —pregunté con un hilo de voz—, ¿por qué sigues tocando, entonces?

No lo entendía. Era como rascarse una costra sabiendo que volvería a sangrar.

Rigel guardó silencio un momento, como si estuviera recogiendo una

respuesta en su interior. Me encantaban sus silencios y, al mismo tiempo, los temía.

—Porque las estrellas están solas —afirmó con amargura.

Traté de descifrar el significado de aquellas palabras tan tristes, pero me resultó imposible.

Sabía que Rigel estaba tratando de darme una respuesta, a su manera, pero por primera vez deseé que me abriera las puertas de su corazón y me permitiera por fin comprender la clave de aquel lenguaje secreto.

Quería saberlo todo de él.

Todo.

Cada pensamiento, sueño y temor.

Deseaba entrar en su corazón como él había entrado en el mío, pero tenía miedo de no hallar el camino.

Quizá Rigel no supiera expresarse de otro modo.

Quizá solo podía hacerlo de esa forma, dándome pedazos poco a poco, esperando que yo supiera unirlos.

Y yo hubiera podido estar a la altura.

Hacerle comprender que era espléndido.

Extraordinario e inteligente.

Y que había belleza en él, para quien supiera dónde mirar, porque un alma como la suya solo refulgía para unos pocos.

—¿Sabes qué me repetía cuando estaba triste? —Bajé a vista. Me miré las tiritas y sonreí—: No importa cuánto duela. ¿Puedes dibujar una sonrisa encima de una cicatriz?

Levanté los dedos, los deslicé por sus manos y los apoyé con suavidad.

Rigel se detuvo cuando los sintió sobre su piel. Al principio, no entendió mi gesto, pero al cabo de un momento movió las manos de nuevo mientras mis dedos seguían todos sus movimientos. Bajaron a la par que los suyos, danzaron juntos sobre las tecas y, mientras nacían las melodías bajo muestras manos unidas, mi corazón se llenó de emociones.

Tocamos juntos. Lentos y vacilantes. Desmañados y un poco de cualquier modo. Pero juntos.

De repente, aquello se convirtió en una sucesión de notas cada vez más vivaz e imperfecta. Me reía mientras mis manos seguían torpemente las suyas, tratando de irles a la zaga, con las muñecas superpuestas.

Tocamos persiguiéndonos, acariciándonos, y yo sentí que mi risa se mezclaba con las notas.

Reí, reí con el corazón, con el alma, toda yo.

Juntos suprimimos la tristeza de aquella música.

Suprimimos a Margaret.

Suprimimos el pasado.

Tal vez Rigel, en lo sucesivo, ya no la recodaría a «Ella» cuando tocara.

Sino a nosotros.

Nuestras manos unidas.

Nuestros corazones entrelazados.

Aquella melodía llena de imperfecciones, de errores y defectos.

Pero también risas, alegría y felicidad.

Recordaría mis tiritas en los dedos, mi peso en sus piernas y mi perfume en su piel.

La habríamos derrotado juntos. Y, además, sin necesidad de hablar.

Después de todo, en el fondo, la música es una armonía que surge del caos.

Y nosotros éramos una única canción, la más espectacular y secreta de todas.

Rigel dejó de tocar.

Sus dedos ascendieron hasta mi nuca y se perdieron entre mi pelo. Poco a poco, me inclinó la cabeza hacia atrás y observó mi rostro. Y yo lo miré así, con las mejillas encendidas y los ojos brillando como medialunas sonrientes. Una sonrisa resplandeciente en mis labios daba testimonio del calor que estaba estallando en mi corazón.

Sus ojos absorbieron cada detalle de mi cara.

Me miró como si no existiera nada más en el mundo que valiera la pena mirar de aquel modo.

*

Había una belleza en las cosas frágiles que él jamás llegaría a comprender.

Y así era Nica.

Él nunca lo entendería.

No entendería jamás que una cosa tan delicada podía hacer mella en él, en lugar de ser ella quien se rompiera.

No entendería jamás que lograba entrar incluso cuando él se sepultaba dentro de sí mismo.

La miró y le pareció extremadamente hermosa. Con aquellos ojos de niña y las mejillas sonrosadas, con aquella sonrisa dulcísima y aquella risa que simplemente robaba el alma.

Le estaba sonriendo.

Se preguntó si habría algo más potente en el mundo que Nica sonriéndole.

Nica, que respiraba entre sus manos, que se dejaba tocar, que expresaba cualquier pensamiento solo con mirarlo a los ojos.

Ella no anulaba sus tormentos. Los tomaba de la mano.

Aunque fuesen retorcidos, extremos y anómalos.

Aunque trataran de perjudicarla.

Los amansaba con una caricia y lograba sorprenderlos una y otra vez.

Y Rigel sabía el porqué, aunque no supiera el cómo.

Hasta sus tormentos se habían enamorado de ella.

Y él la quería con toda su alma, aunque esa alma suya fuera una calamidad.

Tragó saliva y notó que había aumentado la presión de los dedos

alrededor de su pelo. Era más fuerte que él, deseaba apretujarla, sentirla, llenarse las manos de ella. Nunca había sido delicado, la única delicadeza que podía hallarse en su interior llevaba su nombre.

Pero Nica apoyó la sien en su brazo, plácida y serena como nunca habría esperado verla ni siquiera en sueños.

Lo miró a los ojos, sin miedo.

Y mientras aquella sonrisa volvía a ponerlo de rodillas, supo que no existían palabras que bastaran para expresar lo que sentía.

Ella era la cosa más bella que jamás había llevado dentro.

Y fue consciente de que, fuera cual fuese el precio, siempre la protegería.

En todo momento.

En cada fracción de instante, por minúscula que fuera.

Mientras pudiera.

*

La boca de Rigel se cerró sobre la mía y un dulce escalofrío estremeció mi carne. Me deshice en su calidez mientras él me atrapaba con su beso y sus dedos seguían sujetándome el pelo. Acaricié su clavícula con mi mano y a continuación la desplacé hasta su cuello ejerciendo una suave presión. Mis labios se entreabrieron respondiendo con docilidad a los suyos y logré arrebatarle un suspiro.

Hubiera querido decirle que me volvía loca cuando suspiraba de aquel modo. Despacio, a escondidas, como si no quisiera que lo escuchara ni él mismo.

Me reclinó la cabeza de nuevo, plegándome a su voluntad, y yo le dejé hacer. Era como cera entre sus manos.

Respiraba con intensidad, y sus manos me tocaban como si también quisieran explorar mi alma, pero al mismo tiempo temieran hacerlo.

Como no entendía la causa de aquel temblor que siempre lo dominaba,

traté de transmitirle serenidad acariciándolo despacio, succionando dulcemente sus labios.

Me aferró con más fuerza aún y el chasquido húmedo de su beso resonó como una exhalación ronca y ardiente en mi turgente boca. Su sabor me aturdía. Su lengua era un incendio.

Rigel no me besaba, me devoraba lentamente.

Y yo me dejaba devorar, porque no deseaba otra cosa.

Confusa, le mordisqueé inocente el labio inferior, y aquel gesto le arrancó un gemido gutural. Hizo presa en uno de mis muslos y de pronto me encontré sentada a horcajadas encima de él con sus dedos impresos detrás de mi rodilla y su otra mano cerrada en mi cadera, empujando su pelvis contra la mía.

Me quedé sin aire.

Traté de recobrar el aliento, pero su boca cálida y voraz tomó posesión de mis labios y me aturdió, doblegó, mordió como un poseso.

Me pegué a él tratando de seguirle el ritmo y entonces sus manos me apretaron contra su ingle con tal ardor que tuve que contener el aire.

La cabeza empezó a darme vueltas, cada vez me costaba más respirar.

Nos frotamos el uno contra el otro con frenesí. Experimenté una sensación similar al pánico, pero más cálida, viscosa y apremiante.

Traté de moverme, pero sus dedos me lo impidieron. Hundió sus manos en mis caderas y presionó con ansia, como si deseara fundirse conmigo. Me forzó a sentir aquel contacto incendiario y, cuando volvió a morderme, ya no pude reprimir un gemido. Me aferré a sus hombros y apreté las rodillas cada vez más fuerte, con los muslos temblando, pegados a sus caderas.

Todo se redujo a él.

A su mano en mi cadera.

A la presión de su pelvis.

A los labios, las respiraciones, las lenguas, las manos…

No sabría decir qué habría sucedido si no hubieran llegado a

interrumpirnos.

Cuando llamaron a la puerta, me llevé un buen susto.

Él separó su boca de la mía. Yo me noté la respiración irregular, las mejillas encendidas y las manos temblorosas.

Rigel volvió el rostro y jadeó levemente en el hueco de mi garganta.

Seguía teniendo los dedos clavados en la curva de mi cadera y sus músculos temblaban levemente, como si estuvieran sometidos a un esfuerzo constante. Tenía más autocontrol que yo, más experiencia. Su poderoso cuerpo vibraba de forma mesurada, no como el mío, que parecía ser presa de un cúmulo de reacciones turbadoras.

No podía despegarme de él, pero cuando llamaron por segunda vez, comprendí que no podía hacer otra cosa.

Rigel me permitió incorporarme a regañadientes. Bajé al suelo con las mejillas ardiendo y fui a abrir con el corazón revolucionado.

—¡Anna! —exclamé al verla delante de la puerta, algo apurada.

Cogí el enorme ramo de flores que llevaba consigo para echarle una mano y su perfume me embargó.

Lo llevé a la cocina mientras ella resoplaba exhausta y dejaba las bolsas de la compra en la encimera.

—¡Cuánta gente! —se quejó—. Hoy no me han dado ni un instante de tregua.

Puse las flores en un jarrón y miré cómo resplandecían lozanas. Eran maravillosas, como siempre. Ella notó que las miraba y sonrió radiante.

—¿Te gustan?

—Son espléndidas, Anna —le dije, encantada de ver lo bonitas que eran

—. ¿A quién se las tienes que entregar?

—Oh, no, Nica, estas no son para entregar. Son para ti. —Me miró la mar de contenta y anunció—: Te las envía tu chico.

OceanofPDF.com