Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 33 de 43

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Fabricante de lágrimas

32. Las estrellas están solas

32

Las estrellas están solas

Todos creen que la muerte es un dolor inaceptable.

Un vacío repentino y violento… Una fatalidad en la que todo se convierte en nada.

No saben lo equivocados que están.

La muerte… no es nada de todo eso.

Es la paz por excelencia.

El fin de todo sentido.

La anulación de todo pensamiento.

Yo nunca había pensado en lo que significaba dejar de existir. Pero si algo había aprendido… era que la muerte no permite que la esquives sin antes exigirte un compromiso.

Yo ya la había sorteado por poco una vez en aquel accidente, cuando apenas tenía cinco años.

Me dejó marchar, pero a cambio se quedó con mi padre y mi madre.

Así que no me iba a librar. Esta vez tampoco.

Volvía a estar allí, en la balanza opuesta a la vida.

Y, al otro lado, un precio que nunca podría pagar.

Un sonido agudo.

Era lo único que percibía. Poco a poco, de la nada emergió otra cosa. Un olor aséptico y penetrante.

A medida que se intensificaba, comencé a percibir los contornos de mi cuerpo.

Estaba tumbada.

Todo resultaba tan pesado que era como si estuviera clavada. Pero aún no sabía a qué. Al cabo de unos instantes, noté que algo me estaba mordiendo un dedo.

Intenté abrir los ojos, pero los párpados me pesaban como rocas.

Tras innumerables tentativas, logré reunir la energía necesaria para llevar a cabo aquel esfuerzo.

La luz entró sutil y feroz como un cuchillo, me hirió la vista hasta el extremo de tener que cerrar los párpados. Pero cuando logré hacer frente a aquella intensidad, lo único que acerté a ver fue… blanco.

Me centré en mi brazo tendido sobre una manta inmaculada. En mi dedo índice, una especie de mordaza me presionaba la yema del dedo y vibraba con el latido de mi corazón.

Ahora el olor a desinfectante era tan intenso que me provocaba náuseas.

Me sentía débil y aturdida. Probé a moverme, pero me resultó imposible.

¿Qué estaba pasando?

Distinguí la figura de un hombre sentado, lo miré con los ojos entornados y tardé unos instantes en hacer acopio de fuerzas para despegar los labios.

—Norman… —logré balbucir.

Fue un silbido apenas audible, pero Norman se sobresaltó: alzó la vista en mi dirección, se puso en pie de golpe y tiró al suelo un vaso de plástico con café. Se precipitó en mi cama trastabillando y me miró tan emocionado que el rostro se le puso morado. Al cabo de un instante, se estaba asomando a la puerta.

—¡Enfermera! —gritó— ¡Llame al médico, enseguida! ¡Está despierta,

está consciente! Y mi esposa… ¡Anna! ¡Anna, ven, se ha despertado!

Sonaron unos pasos apresurados en el aire. Al momento, la habitación había sido tomada por las enfermeras, pero antes que nadie, una silueta de mujer apareció en el umbral: se apoyó en el marco de la puerta, tan emocionada que empezaron a brotarle las lágrimas sin que pudiera controlarlas.

—¡Nica!

Anna se abrió paso entre los presentes, llegó hasta mí y se aferró a mi manta. Me miró febrilmente, con los ojos dilatados por el llanto, presa de una desesperación inconsolable que le distorsionaba la voz.

—Oh, Dios, gracias… Gracias…

Ahuecó una mano temblorosa sobre mi frente, como si tuviera miedo de romperme, y el llanto inundó sus facciones enrojecidas.

Incluso con los sentidos lentos y embotados, me di cuenta de que jamás la había visto con el rostro tan descompuesto.

—Oh, cariño —me acarició la piel—. Todo va bien…

—Señora, el médico va a llegar —le comunicó una enfermera, antes de alzarme un poco la almohada con diligencia.

—¿Me oyes, Nica? —me preguntó con voz clara una mujer—. ¿Puedes verme?

Asentí lentamente mientras ella examinaba el gotero y comprobaba los valores.

—No, no, despacio —susurró Anna cuando traté de mover el brazo izquierdo.

Entonces me di cuenta de cuánto me dolía incluso el menor movimiento: una punzada atroz me atravesó el tórax y algo me impidió completar aquel gesto.

No, algo no… Un vendaje.

Tenía el brazo doblado contra el pecho y vendado hasta el hombro.

—No, Nica, no te lo toques —me dijo Anna cuando traté de rascarme un

ojo que me picaba terriblemente—. Se te ha roto un capilar, tienes el ojo rojo… ¿Qué tal el tórax? ¿Te duele al respirar? ¡Oh, doctor Robertson!

Un hombre alto y de pelo canoso, con una barba corta y bien cuidada y una camisa de un blanco inmaculado, se acercó a mi cama.

—¿Cuánto hace que está consciente?

—Unos pocos minutos —respondió una enfermera—. Las pulsaciones son regulares.

—¿Tensión?

—Sistólica y diastólica dentro de la normalidad.

No entendía nada. Mis pensamientos también eran mudos y estaban desorientados.

—Hola, Nica —me dijo el hombre con voz nítida y cauta—. Soy el doctor Lance Robertson, médico del Saint Mary O’Valley y jefe de esta unidad. Ahora comprobaré tus reacciones a los estímulos. Puede que sientas que te da vueltas la cabeza o que tienes náuseas, pero es completamente normal. Estate tranquila, ¿de acuerdo?

El respaldo empezó a reclinarse.

En cuanto noté el peso de la cabeza en los hombros, una sensación de mareo brutal me revolvió las tripas; una arcada me oprimió el estómago y me incliné hacia delante, pero de mi cuerpo vacío solo salió una tos forzada y ardiente que me arrancó algunas lágrimas.

Anna se apresuró a ayudarme y me apartó el pelo del rostro. Me agarré a las mantas cuando una segunda arcada me machacó el abdomen y retorció hasta el extremo mi debilitado cuerpo.

—Todo va bien… Son reacciones normales —me tranquilizó el médico mientras me sostenía por los hombros—. No tienes por qué asustarte. Ahora yo me pondré aquí… ¿Puedes girarte sin mover la pierna?

Estaba demasiado aturdida para comprender qué quería decir. Y en ese momento me di cuenta de la extraña sensibilidad que tenía en un pie, como si tuviera algo inflado. Pero él ya me había alzado la barbilla con un dedo.

—Ahora sigue mi índice.

Me apuntó en un ojo con una lucecita, pero cuando pasó al otro, sentí tal quemazón que tuve que cerrarlo. El doctor Robertson me dijo que todo estaba bien y yo me esforcé en hacer lo que me pedía hasta que el hombre pareció quedarse tranquilo.

Apagó la lucecita y se inclinó sobre mí.

—¿Cuántos años tienes, Nica? —me preguntó mirándome a los ojos.

—Diecisiete —respondí despacio.

—¿Qué día naciste?

—… El 16 de abril.

El médico comprobó mi ficha y volvió a observarme.

—Y esta señora —señaló a Anna—, ¿sabrías decirme quién es?

—Es… Anna. Es mi madre… Quiero decir… mi futura madre adoptiva

—farfullé y Anna entrecerró los ojos con ternura. Me echó el pelo hacia atrás y me acarició las sienes como si yo fuera la cosa más frágil y valiosa del mundo.

—De acuerdo —convino el médico—. Ningún trauma de tipo psicológico. Está bien —anunció, para alivio general.

—¿Qué… ha pasado? —pregunté al fin.

En alguna parte mi conciencia lo sabía, porque mi cuerpo estaba hecho un desastre y todo se volcaba allí, en una confusión violenta. Sin embargo, mientras las lágrimas me cerraban la garganta, no pude hallar la respuesta.

Miré a Anna e hice míos el tormento y la angustia que recorrían su rostro.

—El puente, Nica —me ayudó a recordar—. La red de la obra se rompió y te… te caíste al río —dijo con esfuerzo, afligida—. Alguien os vio, llamaron a emergencias… Nos avisaron del hospital…

—Tienes dos fisuras en las costillas —intervino el médico— y, cuando te sacaron, tenías el hombro dislocado. Lo hemos vuelto a poner en su sitio, pero deberás llevar la férula al menos durante tres semanas. También te torciste un tobillo, seguramente debido al rebote del impacto. Para lo que

sucedió, has salido prácticamente ilesa. —Se quedó pensativo, con una expresión grave en el rostro—. No creo que seas consciente de la suerte que has tenido —añadió, pero yo ya no lo estaba escuchando.

Una sensación de terror me atenazaba los pulmones.

—También estaba aquel chico contigo —prosiguió Anna—, Lionel…

¿Te acuerdas? Está aquí. Él fue quien dio la alarma. La policía lo interrogó, pero quieren saber…

—¿Dónde está?

Anna se sobresaltó.

Sentía el corazón latiéndome en la garganta con tanta fuerza que me ahogaba.

Al verme en aquel estado, Anna casi se rompió.

—Está en la sala de espera, justo aquí delante.

—Anna —supliqué temblorosa —, ¿dónde está?

—Ya te lo he dicho, está aquí fue…

—¿Dónde está Rigel?

Al oír aquella pregunta, todos se me quedaron mirando.

En los ojos de Anna vi reflejada tal sensación de angustia que no podría expresarse con palabras.

Norman le cogió la mano. Al cabo de un instante que se me hizo eterno, sujetó la cortina que había junto a mi cama y la descorrió.

A mi lado, el cuerpo devastado de un chico yacía inmóvil en otra cama.

La sensación de vértigo que me asaltó fue tan intensa que tuve que agarrarme a la barra de la cama para no romperme en pedazos.

Era Rigel.

Tenía el rostro vuelto hacia la almohada. Las contusiones le devoraban la piel y tenía la cabeza cubierta de una cantidad desproporcionada de apósitos, entre los que asomaban mechones de pelo negro. Tenía la espalda inmovilizada por un único y complicado vendaje, y dos tubos de plástico introducidos en la nariz contribuían a llevar oxígeno a sus pulmones. Pero

lo que más me afectó fue ver que respiraba tan despacio que parecía inerte.

No.

Una nueva arcada volvió a oprimirme el estómago, y envió una descarga de hielo a todos mis huesos.

—Me gustaría poder decir que ha sido tan afortunado como tú —susurró el médico—, pero por desgracia no es así. Tiene dos costillas rotas y tres con fisuras. La clavícula fracturada en distintos puntos y una leve lesión en el hueso ilíaco de la pelvis. Pero… el problema es la cabeza. El traumatismo craneal le ha hecho perder mucha sangre. Creemos que…

El médico se interrumpió cuando una enfermera lo requirió desde la puerta. Se excusó un momento y se alejó, pero yo ni siquiera lo vi.

Al mirar a Rigel, sentí una sorda devastación que mi corazón apenas podía soportar.

Su cuerpo… Me había protegido con su cuerpo…

—Señores Milligan —los llamó el médico con unos papeles en la mano

—, ¿pueden venir un momento?

—¿Qué pasa? —preguntó Anna.

El médico la miró de un modo que no sabría definir… Y ella… pareció entenderlo al instante. De pronto, aquellos ojos que yo había aprendido a amar tanto se llenaron de desesperación.

—Señores Milligan, ha llegado. La confirmación del Centro de Servicios Sociales.

—No —Anna sacudió la cabeza, apartándose de Norman—. Por favor, no…

—Este es un hospital privado, ya lo sabe… Y él…

—Por favor —imploró Anna con lágrimas en los ojos, sujetándolo de la bata—. No lo transfieran. ¡Se lo ruego, este es el mejor centro de la ciudad, no pueden echarlo! ¡Por lo que más quiera!

—Lo siento —respondió con pesar el médico—. No depende de mí. Lo que sucede es que, legalmente, usted y su marido ya no son los padres de

acogida del chico.

Mi cerebro tardó un momento en registrar toda aquella información.

¿Qué ocurría?

—¡Pagaré lo que haga falta! —exclamó Anna sacudiendo la cabeza febrilmente—. Nosotros pagaremos la recuperación, las curas, todo cuanto sea necesario… Pero no lo eche…

—Anna —susurré destrozada.

Ella seguía sujetando al médico por la bata y no cesaba de implorarle.

—Se lo ruego…

—Anna… ¿Qué está diciendo?

Ella temblaba. Entonces, como si en su interior asumiese una dolorosa derrota, bajó la cabeza y se volvió hacia mí.

En cuanto pude ver mejor sus ojos arrasados, el abismo que se había abierto en mi pecho aún se hizo más profundo.

—Ha sido él quien lo ha solicitado —confesó con un dolor que podía palparse—. Es por su propia voluntad… Se mostró inflexible. La semana pasada… me pidió que interrumpiera el proceso de adopción. —Anna tragó saliva y negó despacio con la cabeza—. Hemos concluido todos los trámites estos últimos días. Él… no quería permanecer más tiempo en casa.

El mundo se había reducido a una pulsación sofocante y yo ni siquiera me había dado cuenta. En mi corazón, un vacío sordo estaba provocando que todo dejase de tener sentido.

¿Qué estaba diciendo?

No era posible. La semana pasada nosotros…

Un presentimiento me oprimió el pecho y me dejó consternada.

¿Lo había solicitado después de que estuviéramos juntos?

«Así nunca serás feliz».

No.

No, él lo había entendido, yo se lo había explicado.

No, nosotros habíamos abatido nuestros muros y nos habíamos mirado el

uno dentro del otro por primera vez, y él había comprendido, había comprendido…

No podía haberlo hecho. Renunciar a una familia, volver a ser huérfano…

Rigel lo sabía, sabía que los chicos que mandaban de vuelta no regresaban al Grave. Se consideraban problemáticos y, como tales, se los redirigía lejos, a otras instituciones. Y yo nunca sabría a dónde lo habían enviado por cuestiones de confidencialidad. Me sería imposible dar con él.

¿Por qué? ¿Por qué no me dijo nada?

—Le agradezco su fidelidad a nuestro centro —le dijo el doctor Robertson a Anna—. Sin embargo, señora Milligan…, me veo en la obligación de ser sincero e informarles de que el estado del muchacho es crítico. La lesión cerebral traumática es profunda y Rigel se encuentra peligrosamente cerca de lo que se conoce como… tercer estado de coma. También recibe el nombre de coma profundo. Y por el momento… —vaciló, tratando de dar con las palabras adecuadas—, hay muy pocas expectativas de que remita.

Tal vez, si fuera un chico como los demás, el cuadro clínico no sería tan grave, pero… debido a su circunstancia…

—¿Circunstancia? —susurré de forma casi inaudible—. ¿Qué circunstancia?

Anna abrió mucho los ojos y se volvió hacia mí. Pero lo que más me alteró no fue ver que mantenía aquel silencio claudicante, sino la expresión del médico cuando me miró como si yo no conociera de nada al chico que estaba a mi lado.

—La circunstancia es que Rigel sufre una extraña patología —me explicó el doctor Robertson—. Un síndrome crónico que, sin embargo, con el tiempo, ha ido atenuándose. Consiste en un desorden neuropático que se manifiesta en forma de crisis de dolor en el quinto nervio craneal. En particular… en las sienes y en los ojos. Pero con el tiempo, de algún modo, se aprende a convivir con ello. Desgraciadamente, no existe cura para este

trastorno, pero los analgésicos pueden mantener el dolor a raya y con el paso de los años contribuir a que se reduzcan las crisis.

El tiempo seguía transcurriendo, pero yo no existía.

Ya no estaba allí. No estaba en aquella habitación.

Me hallaba fuera de aquella realidad.

Ensordecida por el grito incrédulo que estaba profiriendo mi alma, apenas pude percibir que mi vista se deslizaba lentamente hacia Anna.

Y no hubo necesidad de más: ella se hizo pedazos y estalló ante mis ojos.

—Lo siento, Nica —me dijo arrasada en lágrimas—. Lo siento… Él… él no quería que lo supiera nadie. Nos hizo prometerle que no te lo diríamos…

desde el mismo día en que llegó… Nos lo hizo jurar. La señora Fridge nos había informado, pero Rigel nos lo hizo prometer. No pude negárselo… No pude… Lo siento…

No.

Un estruendo ensordecedor hizo temblar todo mi ser.

No estaba pasando.

—Cuando lo encontraste en el suelo la noche que nos fuimos…, me llevé un susto de muerte. Pensé que había tenido una crisis y se había desmayado…

No.

—Le hablé al psicólogo de su circunstancia, por si era de ayuda… Él debió de decírselo y Rigel reaccionó mal.

—No —fue la única palabra que musitaron mis labios. Las náuseas me martilleaban las sienes y me resultaba imposible oír nada más.

No era cierto. Si hubiera estado enfermo, yo lo habría sabido. Conocía a Rigel de toda la vida. No era verdad.

Entonces, un recuerdo se coló a traición en mi memoria.

Él sentado en la cama. El modo en que me miró aquella noche, cuando me dijo: «Hay algo roto en mi interior… que nunca se curará».

Y el mundo estalló. Sentí que me hacía pedazos y que cada pieza

regresaba por fin al lugar que le correspondía.

Los constantes dolores de cabeza.

La exagerada aprensión de Anna cuando tenía fiebre.

Aquella complicidad entre ambos que a mí siempre se me escapaba.

Rigel, la noche de su cumpleaños, en su habitación, con los dedos hundidos en el pelo y las pupilas dilatadas.

Rigel apretando los puños, cerrando los párpados de golpe, alejándose de mí.

Rigel en el pasillo, de espaldas. Aquel «¿Te gustaría… “repararme”?»

que masculló como un animal herido.

Traté de oponerme a aquella invasión de recuerdos, de rechazarla y ahuyentarla, pero se me adhirió a las costillas y me ofuscó la visión. La última pieza se introdujo en mi mente empujando con cruel intensidad.

Rigel en el Grave, cuando éramos niños.

Aquellos pequeños caramelos blancos que la directora solo le daba a él.

No eran caramelos.

Eran medicinas.

La garganta se me cerró de golpe. Y a duras penas reparé en que el médico volvía a tomar la palabra.

—Cuando los sujetos con una psique más frágil de lo habitual sufren traumas de esta naturaleza, el cerebro tiende a proteger el sistema. Los estados de inconsciencia en que se sumen, la mayoría de las veces, degeneran en… un coma irreversible.

—No —balbuceé tragando saliva.

Todo mi cuerpo temblaba con violencia y los presentes se volvieron y se me quedaron mirando.

Se había arrojado por aquel puente por mí.

Para salvarme.

Por mí.

—Nica…

—No…

Otra arcada me dobló hacia delante y esta vez los jugos gástricos me quemaron la garganta y corroyeron lo que quedaba de mi cuerpo.

Alguien vino para sostenerme la cabeza, pero se sobresaltó cuando mis manos lo rechazaron.

El dolor me devastó en forma de locura y acabé perdiendo el último atisbo que me anclaba a la realidad.

—¡No! —grité en un estado de creciente agitación.

Las lágrimas me devoraban los ojos, mientras yo me debatía tratando de llegar hasta él. Aquello no podía ser el final. Teníamos que seguir juntos.

«Juntos» gritaba mi alma, retorciéndose sobre sí misma. Unas voces trataron de tranquilizarme, pero la devastación que sentía era tan violenta que me cegaba.

—¡Nica!

—¡No!

Me liberé de los brazos de Norman y, en un arrebato, me arranqué las mantas de encima. El «bip» del monitor aumentó de forma alarmante, las costillas lesionadas palpitaron y el aire se saturó de gritos y de pánico.

Trataron de contenerme, pero me revolví con todas mis fuerzas y mi voz inundó las paredes de la habitación.

La cama se estremeció bajo el estrépito de las barras metálicas.

Me sacudí el brazo y la aguja de la vía se soltó provocándome un picor ardiente mientras me revolvía, pataleaba y arañaba febrilmente el aire.

Unas manos me sujetaron las muñecas, trataron de inmovilizarme y, en el frenesí de mi dolor, se convirtieron en correas de cuero dentro de un sótano oscuro. El terror estalló y la angustia volvió a precipitarme en mis pesadillas.

—¡No!

Arqueé la espalda y las tiritas laceraron el vacío.

—¡No! ¡No! ¡No!

Sentí un agudo picor en el antebrazo y entrechoqué los dientes con tanta fuerza que el sabor de la sangre me llenó la boca.

Me engulló el olvido.

Y en la oscuridad soñé solo negro, un cielo sin estrellas y ojos de lobo que no volverían a abrirse más.

—Ha sufrido un shock. Muchos pacientes sufren un colapso nervioso, puede suceder. Sé que lo que han presenciado les ha perturbado, pero ahora debe estar tranquila. Solo necesita reposar.

—Usted no sabe cómo es. —La voz de Anna sonaba angustiada—. No sabe cómo es ella. Si conociera a Nica, no diría que es normal. —Tras un breve estremecimiento añadió—: Jamás la había visto así.

Sus voces se desvanecieron en universos lejanos.

Me sumí de nuevo en un sueño profundo y el tiempo se perdió conmigo.

Cuando volví a abrir los ojos, no tenía ni idea de qué hora sería.

La cabeza me pesaba hasta lo indecible y un dolor sutil me pinchaba detrás de los ojos. Abrí los párpados hinchados, y lo primero que percibí fue un reflejo dorado.

No se trataba del reflejo del sol. Era cabello.

—Ey… —susurró Adeline cuando logré verla.

Me sujetaba la mano y sus bonitos labios tenían un aspecto deslucido a causa del llanto. Llevaba una trenza, como cuando estábamos en el Grave.

Siempre me había gustado porque ella, al contrario que yo, resplandecía incluso entre aquellas paredes tan grises.

—¿Cómo… cómo te encuentras? —Por el tono de su voz, era evidente que estaba muy afectada, pero conservaba aquella dulzura de siempre con la que trataba de reconfortarme por mucho dolor que sintiera—. Hay agua, si quieres… ¿Te apetece tomar un sorbo?

Sentía el sabor de la bilis en la boca, pero permanecí inmóvil, muda y

vacía. Adeline tensó los labios y entrelazó delicadamente su mano con la mía.

—Está aquí, espera… —Se acercó a la mesita y entonces vi un segundo vaso junto a mi cama.

Alguien le había puesto dentro una pequeña flor de diente de león. Era como las que recogía de pequeña en el patio de la institución: les soplaba y pedía el deseo de marcharme de allí para vivir el cuento que siempre había soñado.

Lo sabía… La había traído ella.

Adeline reclinó el respaldo de la cama para ayudarme a beber. Volvió a dejar el vaso en la mesita y algo se le rompió por dentro al verme tan inerme. Me arregló la manta y desvió la vista hacia mi brazo, donde destacaba el rasguño que me había dejado la aguja cuando me la arranqué.

Y entonces se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Querían inmovilizarte las muñecas —susurró—, para impedirte que volvieras a agitarte y te lastimaras… Les he pedido que no lo hicieran. Sé qué recuerdos te trae… Anna también se ha opuesto.

Adeline alzó los ojos, dando rienda a su dolor con los ojos arrasados en lágrimas.

—No lo trasladarán.

Estalló en llanto, liberando unos sollozos guturales, y me abrazó.

Después de haber estado deseando recibir afecto humano toda mi vida, por primera vez permanecí inerte como una muñeca.

—Yo tampoco lo sabía —confesó, estrechándome en sus brazos hasta casi hacerme daño—. No sabía lo de su enfermedad… Créeme.

Dejé que llorase hasta quedarse sin respiración. Dejé que temblara en mis brazos, que rascara y sollozara, dejé que sangrara como ella había hecho siempre conmigo. Y, mientras aquel cuerpo se desmoronaba sobre mi pecho extenuado, me pregunté si el dolor que ambas sentíamos no sería exactamente el mismo.

Finalmente, pareció reunir las fuerzas suficientes para soltarme.

Enderezó los hombros, pero siguió con la cabeza gacha, como si, a pesar del sufrimiento, aún siguiera tratando de ser un punto de referencia al que yo pudiera agarrarme.

—Nica… Hay algo que nunca te he contado. —Una lágrima descendió por su rostro y fue a morir en el suelo. Fue tal la tristeza con que pronunció aquellas palabras que me indujo a apartar la mirada.

Adeline sacó algo del bolsillo. Con dedos temblorosos, dejó sobre la manta lo que tenía en la mano.

En la colcha apareció mi polaroid, descolorida.

La foto que me había tomado Billie, la que no había vuelto a encontrar y estaba segura de haber perdido.

Estaba allí.

—La encontraron en su cartera —murmuró Adeline—, en un bolsillo interior. Él la llevaba… siempre consigo.

El mundo se vino abajo definitivamente.

Entonces sentí crecer en mi interior una verdad que había permanecido oculta durante mucho tiempo.

Una verdad hecha de miradas secretas, de palabras no dichas, de sentimientos callados durante años, en lo más profundo del alma.

Una verdad… que nunca había podido ver, pero que su corazón había custodiado en silencio un día tras otro.

—No era yo, Nica —le oí decir desde un mundo que se estaba deshaciendo—. En el Grave, cuando Margaret te llevaba al sótano, no era yo quien te cogía la mano.

Mientras en mi frente se abrían surcos de llanto, mientras el dolor me hacía pedazos y todo ardía conmigo, entendí al fin aquello que nunca había sido capaz de comprender.

Todas las frases y sus reacciones.

Al sentir aquella verdad penetrando en lo más profundo de mi ser, noté

que se convertía en parte de mí, se fundía con mi alma y hacía temblar, una por una, todas mis espinas de aflicciones.

—Durante todo este tiempo… Durante toda la vida, él siempre… siempre te ha…

*

Siempre había sabido que algo en él no funcionaba.

Había nacido consciente de ello.

Lo sentía desde que tenía memoria. Rigel se decía que ese era el motivo por el que lo habían abandonado.

Él no era como los demás.

«Y no era necesario fijarse en las miradas de la directora ni en la forma en que ella sacudía la cabeza cuando las familias lo escogían a él. Rigel los espiaba desde el jardín y en sus rostros veía una piedad que jamás había pedido».

—¿Y bien?

El hombre que lo apuntaba con una lucecita en el ojo no respondió. Le dijo que inclinara su carita de niño y, al hacerlo, Rigel vio que estallaban unas chispas burbujeantes delante de su pupila.

—¿De dónde dice que se ha caído?

—De las escaleras —respondió la directora—. Como si no las hubiera visto.

—Es culpa de la enfermedad —afirmó el médico entornando los ojos mientras lo escrutaba—. Cuando el dolor es muy fuerte, la dilatación de la pupila le provoca desorientación y una especie de alucinaciones.

Rigel apenas había entendido aquellas palabras, pero no levantó la cabeza. El médico lo sondeó con la mirada y él sintió por dentro una

conciencia inaceptable.

—Creo que debería hacer que lo visite un psicólogo infantil. La suya es una circunstancia realmente singular que unida a su trauma…

—¿Trauma? —preguntó la directora—. ¿Qué trauma?

El médico le lanzó una mirada perpleja e indignada a la vez.

—Señora Stoker, este niño muestra síntomas evidentes de padecer el síndrome de abandono.

—Eso no es posible —masculló la directora con aquella voz que hacía llorar a los otros niños—. No sabe lo que dice.

—Usted misma ha dicho que fue abandonado.

—¡Aún iba en pañales! ¡No puede recordar lo sucedido, apenas era un recién nacido!

El médico se armó de paciencia y le dedicó una mirada que pretendía dejar bien sentada la autoridad de sus palabras.

—Ahora es perfectamente capaz de entenderlo. Los niños, ya desde pequeños, sienten que les faltan puntos de referencia y tienden a culpabilizarse. Reflejan esa ausencia en ellos mismos y se consideran los causantes. Es posible que crea que eso con lo que nació sea el motivo de que lo…

—Él no «padece» nada —zanjó la directora con rabiosa obstinación—.

Yo le doy todo lo que necesita. Todo.

Rigel jamás olvidaría la mirada del médico, pues era la misma que había aprendido a discernir tantas otras veces en rostros siempre distintos.

Aquella compasión aún hacía que se sintiera peor, si es que eso era posible.

—Mírelo… Es un desastre —lo oyó murmurar—. Negar la evidencia no lo ayudará.

Las crisis no llegaban nunca del mismo modo.

A veces eran en forma de picores detrás de los ojos. Otras veces desa‐

parecían durante días y de pronto explotaban con una ferocidad inusitada: esos eran los momentos que más odiaba, porque aún no le había dado tiempo a mejorar, y volvían con más fuerza que al principio.

Entonces Rigel se rascaba los párpados, se rascaba la ropa, estrujaba lo que tuviera a mano hasta hacerlo añicos. Sentía que el corazón se le aceleraba en la garganta con un sonido horrible y desafinado, y por pánico a que alguien pudiera verlo, huía y se ocultaba en los lugares más recónditos.

Lo hacía así porque era pequeño, como un cachorro de animal.

Lo hacía así porque aquella oscuridad era la máxima expresión de cómo se había sentido siempre.

Solo.

Solo, porque si no había sido lo bastante bueno a los ojos de una madre, no lo sería para nadie.

La directora siempre lo encontraba.

Le hacía salir con buenas palabras y lo cogía de la mano, sin prestar atención a sus dedos manchados de sangre.

Ella le canturreaba cuentos que trataban de estrellas, de astros lejanos que se sentían solos, y él procuraba no mirar su falda arrugada, llena de las arrugas que le habían salido mientras castigaba a alguien.

Así iba creciendo el desorden en él. Con el tiempo aprendió que no existían los afectos, porque las estrellas están solas.

Siempre había sido un niño extraño.

Él no funcionaba como los demás, él no «veía» como los demás. «Él la miraba a ella y, cuando el viento inflaba su larga melena castaña, veía unas alas bruñidas en su espalda, un centelleo que desaparecía al cabo de un instante, como si jamás hubiera existido».

El médico le había advertido de que ver cosas inexistentes podía ser una consecuencia del dolor. Lo sabía perfectamente, pero Rigel odiaba aquel

defecto más que cualquier otra debilidad.

Era como si la enfermedad se burlase de él y, cada vez que los destellos le ofuscaban la vista, podía ver una sonrisa luminosa y unos ojos grises que jamás lo mirarían con aquella calidez.

Podía ver sueños. Ilusiones.

Podía verla a ella.

Y, en el fondo, tal vez no se habría sentido tan defectuoso si al menos hubiera habido una parte de él que no hubiera sido tan retorcida, extrema y anómala.

Pero mientras aquel amor infortunado crecía cada vez más, Rigel observaba sus uñas clavadas en la tierra y sus arrebatos parecían los surcos dejados por un animal salvaje.

«Mejorará con el tiempo», decía el médico.

Los otros niños se mantenían alejados de él, lo miraban con el miedo de quien ve a alguien que de pronto se pone a rascar las teclas del piano o a arrancar la hierba como un loco.

No se le acercaban porque le tenían miedo y, a fin de cuentas, a él le venía bien que fuera así.

No soportaba la piedad. No soportaba aquellas miradas que lo echaban a la basura del mundo. No necesitaba que le recordasen lo diferente que era; algunas condenas no se eligen, tienen el color de nuestros silencios y el dolor invisible de nuestras culpas.

Pero posiblemente aquella fuera la culpa más dolorosa: el silencio. Y él no lo comprendería hasta una tarde de verano, cuando se acercó al lavabo de la lavandería con un vaso en la mano.

Rigel se puso de puntillas, estirando el bracito, pero una punzada lo dejó ciego antes de que pudiera completar el gesto.

El dolor explotó como un enjambre de espinas y apretó los dientes; el vaso se había hecho añicos en el lavabo y Rigel no pudo hacer otra cosa que apretar, apretar, apretar hasta que sintió que los cristales le estaban cortando

la piel.

Unas gruesas gotas rojas mancharon la porcelana —y Rigel vio flores de sangre y manos de bestia, dedos contraídos como garras de animal.

—¿Quién hay ahí? —dijo una vocecita.

Él se sobresaltó, pero antes que la sorpresa, sintió que el estómago se le cerraba y le ardía. Los pasitos de Nica resonaron en las tablas del suelo y, en ese instante, aquella sensación se transmutó en un terror demencial.

Ella no.

No aquellos ojos.

No podía soportar la idea de que, por mucho que él fuera el primero en apartarla de su lado, ella pudiera verlo como la bestia rota y sangrante que era.

Tal vez porque, a través de la piedad, Nica podría encontrar una hendidura por donde colarse y, una vez allí, él no podría rechazarla.

O quizá porque mirarse en sus ojos… habría sido como mirarse por dentro y verse como el desastre que sabía que era.

—Peter, ¿eres tú? —susurró ella, y Rigel salió huyendo antes de que pudiera verlo.

Se ocultó entre los arbustos, buscando la soledad, pero el dolor regresó, y él se dejó caer en la hierba.

Cerró los ojos y rascó las estrellas agitando los dedos. No hallaba otro modo de dar rienda suelta a aquel dolor terrible.

«Mejorarán con el tiempo» había dicho el médico. Y por primera vez, con las sienes aún palpitándole, Rigel sonrió. Pero fue una de esas sonrisas amargas y crueles, de esas que casi hacen daño. De esas que no tienen nada de alegres, porque en el fondo sabía que, si le salía de dentro, solo podía ser algo «retorcido, extremo y anómalo».

Y se preguntó si, en el fondo, los lobos no reirían así también, con aquel silbido vacío y las mandíbulas contraídas.

Sin embargo, aunque no albergase esperanzas… Rigel no lograba dejar

de pensar en ella.

Nica doblegaba la oscuridad, se abría camino entre lo negro y lo putrefacto. Ella, que pese a todo siempre sonreía, tenía una luz que él nunca había sido capaz de descifrar.

«Existe un cuento para cada uno de nosotros» le oyó decir una vez, con su mirada límpida, las pecas al viento y una margarita en el pelo.

Rigel se había quedado aparte, como hacía siempre, porque la oscuridad le teme más a la luz que a cualquier otra cosa, y a la vez no hay nada que la atraiga en mayor medida.

Nica rodeaba con su bracito a un niño más pequeño, frágil y diminuto.

—Ya verás —le decía con los ojos marcados por el llanto, pero esperanzados como un amanecer— como nosotros también encontraremos el nuestro.

Y, al mirarla, Rigel se preguntó si también podría haber algo así para él, en alguna parte, entre páginas olvidadas. Algo bueno. Amable. Que supiera tocar con delicadeza, sin pretender repararlo a la fuerza.

Mirándola desde demasiado lejos, como siempre, Rigel se preguntaba si aquel «algo» no podría ser ella.

—Deberías decírselo —le susurró una voz una noche.

Rigel había cerrado la puerta del sótano, donde por fin Nica había logrado quedarse dormida. Pero no se volvió. Sabía que ella lo había descubierto. Aquellos ojos azules lo seguían siempre.

Adeline, a su espalda, se estiró el bajo de su vestido gris y le susurró:

—Cree que soy yo quien le coge la mano.

Rigel miró al suelo y pensó en Nica, detrás de aquella puerta. En ella, a quien tanto le gustaban los cuentos, que soñaba desesperadamente con vivir uno.

—Así está bien —respondió él—. Deja que siga creyéndolo.

—¿Por qué? —Adeline lo miró con una punzada de desesperación—.

¿Por qué no le dices que eres tú?

Rigel no respondió. En silencio, apoyó la mano en la puerta. Aquella mano que solo allí abajo, en una oscuridad de sueños rotos, lograba reunir la fuerza necesaria para acariciarla con cada ápice de sí mismo.

—Porque no existen cuentos en los que el lobo coge a la niña de la mano.

Siempre había odiado mirarla a la cara.

Del mismo modo en que amaba, con una desesperación lacerante, cada centímetro de su ser.

Rigel había intentado erradicar aquel amor, había extirpado cada pétalo con las manos que ya desde niño habían aprendido a arrancar cosas.

Pero después de un pétalo, venía otro, seguido de otro, y en aquella escalera de caracol infinita, él se había hundido tan profundamente en los ojos de Nica que le habría resultado imposible emerger de nuevo.

Se había ahogado en ellos y la esperanza había acariciado su corazón. No quería tener esperanzas. Era algo que detestaba.

Tener esperanzas significaba hacerse ilusiones de que algún día se curaría o de que la única persona que lo quería no era un monstruo que golpeaba a los demás niños hasta hacerles sangre.

No.

Eso no iba con él.

Hubiera querido suprimirla, hacerla desaparecer, sacársela de encima.

Liberarse de aquellos sentimientos, porque eran «retorcidos, extremos y anómalos», exactamente como él.

Pero conforme pasaba el tiempo, más profundamente calaba Nica en su corazón. Cuanto más lo cambiaban los años, más se clavaban en sus dedos las espinas de aquel amor con final fallido.

A medida que los días se convertían en años, a medida que ella seguía sonriendo, Rigel fue comprendiendo que en aquella dulzura residía una fuerza que nadie más poseía.

Una fuerza distinta.

Tener un ánimo como el de Nica significaba reconocer lo duro que era el mundo y decidir, día tras día, amar y ser amable.

Sin compromisos. Y sin miedo.

Solo con todo el corazón.

Rigel nunca se había atrevido a tener esperanzas.

Pero se había enamorado perdidamente de ella, que era la esperanza personificada.

—¿Has cogido todas tus cosas?

Rigel se volvió.

La mujer estaba en el umbral de su habitación. Le había dicho que se llamaba Anna, pero Rigel apenas había prestado atención a lo que ella y su marido habían estado hablando un poco antes.

Vio que le echaba un vistazo a la cama vacía que antes había ocupado Peter.

—Cuando estés listo…

—Os lo ha dicho. ¿No es cierto?

Ella alzó los ojos, pero los suyos ya estaban allí, apuntando a su rostro, inescrutables.

—¿Qué?

—Lo de la enfermedad.

La vio ponerse rígida. Anna lo miró perpleja, tal vez sorprendida de oírlo hablar con aquella frialdad sintética.

—Sí… Nos ha informado. Ha dicho que las crisis se han atenuado con el tiempo…, pero de todos modos me ha dado una lista con todas tus medicinas.

Anna lo miró con una sensibilidad que a él ni siquiera llegó a tocarlo.

—¿Sabes…? Eso no cambia nada —dijo, tratando de tranquilizarlo, pero

Rigel sabía que había visto la «nota» sobre él, y eso cambiaba muchas cosas

—. Para mí y para Norman es…

—Tengo una petición que hacerte.

Anna parpadeó, estupefacta por que la hubiera interrumpido de aquel modo.

—¿Una petición?

—Sí.

Ella debía de estar preguntándose si aquel era el mismo muchacho educado y afable que un momento antes, abajo, en el salón, se había presentado con la más encantadora de las sonrisas.

Frunció la frente, con una expresión de incertidumbre.

—De acuerdo —murmuró.

En ese momento, Rigel se volvió hacia la ventana.

Abajo, más allá del cristal polvoriento, Nica estaba metiendo su caja de cartón en el maletero del coche.

—¿De qué se trata?

—De una promesa.

Cuando has crecido con un corazón de bestia, aprendes a reconocer a las ovejas.

Y él lo supo enseguida, mucho antes de que Lionel agarrase a Nica por la calle y la zarandeara para salirse con la suya.

Mientras lo lanzaba al suelo, experimentó una sádica satisfacción al infligirle el mismo dolor físico con el que él llevaba toda una vida lidiando.

La patética rabieta de Lionel no hizo sino alimentar aquella negrura que había en él.

«¿Te crees un héroe? —le había espetado a Rigel—. Eso es lo que te crees, ¿eh? ¿Te crees que eres el bueno?».

«¿El bueno? —se había oído a sí mismo susurrar—. ¿Yo… el bueno?».

Rigel hubiera querido echar la cabeza atrás y estallar en una cruel carcajada.

Hubiera querido decirle que no es propio de los lobos albergar esperanzas y que en su interior había demasiada podredumbre para un sentimiento tan dulce y luminoso.

Si era cierto que había un cuento para cada persona, el suyo se había podrido en el silencio de un niño roto con las manos sucias de tierra.

«¿Quieres mirar dentro de mí? Te mearías encima antes de llegar a abrir los ojos».

Le aplastó la mano contra el suelo, disfrutando de su dolor.

«Oh, no, yo nunca he sido el bueno —había mascullado con aquel rudo sarcasmo que le salía del alma—. ¿Quieres ver hasta qué punto puedo llegar a ser malo?».

Le hubiera encantado demostrárselo, si no llega a recordar que Nica estaba allí.

Se volvió y la buscó con la mirada.

Ella lo estaba observando.

Y, ante aquellos ojos espléndidos, Rigel no pudo, una vez más, verse como el monstruo que era.

Aún existía una pena mayor que la de sufrir las crisis.

Y esa solo podía infligírsela ella.

«Nos hemos roto juntos —le había susurrado Nica una vez—, pero tú no me dejas entrar nunca, Rigel. Ni siquiera por un instante».

Y Rigel volvió a ver los vidrios rotos, los cortes en los dedos.

Volvió a verse a sí mismo, tan oscuro y tan solo, y no pudo soportar la idea de dejarla entrar en aquel desastre del que él tampoco habría de liberarse jamás. De ver que tocaba aquella parte tan desnuda y rabiosa que le masacraba el alma y gritaba de dolor como una criatura viva.

Por eso guardó silencio. Una vez más.

Y la mirada de desilusión de ella le excavó el corazón como una cicatriz.

Hubiera querido amarla.

Vivirla.

Respirarla.

Pero la vida solo le había enseñado a asestar zarpazos y a desgarrar.

Nunca sabría amar con amabilidad. Y menos a ella, que era la viva encarnación de la amabilidad.

Cuando vio aquellos ojos bellísimos llenarse de lágrimas, Rigel comprendió que había un precio que pagar, que, para salvarla de él, tendría que darlo todo.

Todo cuanto tenía.

Cada pétalo, por aquel amor del final fallido.

Más tarde o más temprano, tendría que llegar aquel momento.

Rigel lo supo desde el principio. Pero se cegó hasta tal punto con la esperanza de poder estar con ella para siempre, de no volver a estar solo, que acabó refugiándose en aquella ilusión.

La contempló tendida en la cama, con la espalda desnuda asomando bajo las mantas. Después le abrió la mano. Miró la tirita que le había pegado en el pecho. Y entonces supo lo que debía hacer.

Apretó los puños y, a continuación, después de cerrar la puerta, bajó con un único objetivo.

La carcoma le había hundido los colmillos en el corazón, tratando desesperadamente de detenerlo, pero Rigel la había ahogado dentro de sí con todas las fuerzas que le quedaban.

Había buscado su cuento y lo había encontrado en los ojos de Nica.

Lo había leído en su piel.

Lo había sentido en su perfume.

Lo había dejado impreso en los recuerdos de aquella noche y ahora sabía que no la olvidaría jamás.

Abajo, la luz de la cocina ya estaba encendida. Aunque era prontísimo y aún había gente durmiendo, sabía perfectamente a quién se encontraría.

Anna llevaba puesta la bata e iba despeinada. Estaba poniendo una tetera en el fuego, pero no tardó en darse cuenta de que él estaba allí, parado en la puerta.

—Rigel… —Se llevó una mano al pecho, sorprendida—. ¿Cómo te encuentras? Es muy pronto… Iba a subir ahora, a ver cómo estabas… —Lo miró con cara de preocupación—. ¿Va mejor la cosa?

Él no respondió. Se quedó mirando a Anna con aquellos ojos que ya no podían seguir ocultándose, porque ahora que la estaba dejando ir, no había necesidad de seguir fingiendo.

Ella lo miró de nuevo, ahora con expresión confusa.

—¿Rigel?

—No puedo seguir aquí.

Escupió aquellas palabras como si fueran ácido.

Anna, al otro lado de la cocina, se quedó inmóvil.

—… ¿Cómo? —fue lo único que logró balbucir tras un silencio—. ¿Qué quieres decir?

—Eso. No puedo seguir aquí. Debo marcharme.

Tuvo la sensación de que nunca le había resultado tan difícil hablar como en ese momento. Y doloroso. Su corazón se negaba a separarse de ella.

—¿Es… alguna clase de broma? —Anna intentó esbozar una sonrisa, pero solo logró hacer una mueca desabrida—. ¿Un juego del que no estoy al corriente?

La estaba mirando directamente a la cara, porque, aun sin hablar, sabía que sus ojos expresaban la absoluta firmeza de su decisión. Y ella había acabado comprendiendo.

Lentamente, de su rostro adulto fue desapareciendo todo rastro de color.

—Rigel…, ¿qué estás diciendo? —Anna lo miraba descorazonada—. No puedes hablar en serio. No… —Iba aferrándose a su mirada conforme la desilusión le iba afinando la voz—. Creía que estabas bien, que eras feliz…

¿Por qué me dices esto? ¿Hemos hecho algo? Norman y yo… —Hizo una pausa antes de musitar—: ¿Es por la enfermedad? Si…

—La enfermedad no tiene nada que ver —replicó cortante, siempre era demasiado sensible a ese tema—. Es mi decisión.

Anna lo miró angustiada, pero Rigel le sostuvo la mirada, inamovible.

—Solicita que revoquen la adopción.

—No… no puedes estar hablando en serio…

—Nunca he hablado más en serio en toda mi vida. Solicítalo. Hoy mismo.

Anna sacudió la cabeza. En sus ojos brillaba una obstinación maternal que él no podría comprender.

—¿Crees que me concederán la revocación por las buenas? ¿Sin un motivo? Esto es algo serio. No funciona así, debe haber razones específicas…

Pero él la interrumpió.

—Está la nota.

Anna se mostró confundida.

—¿La nota? —repitió, aunque Rigel sabía que ella estaba al corriente.

Aquella cláusula irrevocable incluida en el dictamen de adopción seguía siendo privilegio reservado exclusivamente a él.

—La que hace referencia a mí en particular. Si mis crisis interfieren en la armonía familiar o degeneran en episodios de violencia, el proceso de adopción puede interrumpirse.

—¡Esa nota es una aberración! —exclamó Anna—. ¡No tengo la menor intención de usarla! ¡Los episodios de violencia se refieren a tu familia adoptiva y tú no nos has hecho daño a ninguno de nosotros! La enfermedad no es una escapatoria, al contrario, es un motivo para querer tenerte con

nosotros.

—Oh, adelante —masculló Rigel con una sonrisa sarcástica—. Siempre me has querido solo porque te recuerdo a tu hijo.

Anna se puso rígida.

—Eso no es verdad.

—Ya lo creo. ¿Acaso no fue eso lo que pensaste cuando me viste allí, tocando el piano?

—Tú no…

—Yo no soy Alan —la interrumpió con voz sibilante y la sobresaltó—.

Nunca lo he sido. Y nunca lo seré.

Lo estaba haciendo de nuevo. Al observar aquellos ojos que ahora parecían vacíos, Rigel obtuvo la enésima confirmación de que morder y hacer daño era lo que mejor se le daba.

Por un momento, Anna no pudo hacer otra cosa más que asimilar la dureza de sus palabras. Cuando por fin bajó la vista, tuvo la certeza de que le temblaban las manos.

—Nunca has sido su sustituto. Nunca. Nos hemos encariñado de ti… por la persona que eres. Solo por lo que eres. —Esbozó una sonrisa amarga al tiempo que negaba con la cabeza—. Al menos me hubiera gustado creer…

que tú te habías encariñado de nosotros del mismo modo.

Él no respondió. Se había dado cuenta de que o sabía amar desesperadamente o no sentía nada en absoluto y, en aquel abismo que se abría entre un extremo y otro, no existía el afecto.

El hecho de haberlo recibido por parte de la directora lo había empujado demasiadas veces a rechazar cualquier apego espontáneo que tratase de nacer en él.

—No puedo apoyar esta petición. Aunque esa sea tu voluntad… No puedo permitir que vuelvas allí. —Anna alzó la vista; en sus ojos había dolor, pero también determinación—. ¿Cómo puedes querer volver atrás?

¿A ese lugar horrible? No —zanjó, anticipándose a cualquier interrupción

por parte de Rigel—. ¿Crees que no sé qué clase de institución es esa? ¿Tan imperiosa es tu necesidad de marcharte de aquí?

Rigel apretó los puños. La carcoma había mordido por todas partes, rasgando y arañando, y él la había oído gritar como una condena desesperada.

—Tiene que haber otra solución. Sea cual sea el problema, podemos encontrarla juntos, podemos…

—Estoy enamorado de ella.

Rigel siempre recordaría cómo le quemó aquella confesión. Había cosas tan privadas que no las hablaba ni consigo mismo y hacerlo delante de otra persona le parecía intolerable.

En medio del silencio glacial que se impuso, aquellas palabras resonaron como una maldición.

—Lo estoy —masculló—. Hasta la médula.

Sintió la mirada de Anna sobre él, pero no le hizo falta mirarla a su vez para confirmar que traslucía una gélida incredulidad. Rigel se clavó las uñas en las palmas de las manos y finalmente le devolvió una mirada profunda y consciente.

—¿Lo entiendes ahora? Nunca la veré como a una hermana.

Anna no pudo hacer nada, nada que no fuera mirarlo como si no se tratase de él, como si allí no estuviera él, sino alguien a quien veía por primera vez.

Rigel le concedió unos instantes y prosiguió:

—Este no es mi lugar. Si me quedase…, ella nunca sería realmente feliz.

Mientras bajaba la vista, mientras la veía sonreír con aquella tirita pegada en el pecho, Rigel comprendió de una vez por todas que, si existía un final para los que eran como él…, lo había llevado dentro desde el principio.

«Las estrellas son soles —le había dicho una vez la directora—. Como tú. Están muy lejos, algunas ya se han apagado. Las estrellas son soles, pero nunca dejan de brillar, ni siquiera cuando no las ves».

Rigel lo comprendió allí, con aquella constelación que Nica le había trazado en el pecho.

Lo comprendió después de verla dormir toda la noche, sin cerrar los ojos ni un solo instante.

Comprendió que, en alguna parte, en el fondo de su corazón, él siempre la llevaría consigo.

«Tú no estás solo. Yo te llevo… siempre conmigo».

Porque las estrellas son soles, pero nunca dejan de brillar, ni siquiera cuando no las ves.

Rigel sabía que siempre brillaría para ella, aunque no volviera a verla.

Ella, que era un poco su estrella; ella, que siempre había sido la cosa más valiosa que sus ojos habían tocado jamás…

La contemplaría desde aquella pequeña hendidura que era su corazón y sabría que, allí donde estuviera, Nica sería feliz. Con una familia de verdad y el cuento que siempre había deseado.

—Ella se merece… todo lo que puedas darle.

—Rigel…, ¿quieres decirme qué pasa?

Nunca olvidaría sus ojos.

Los ojos de Nica.

Allí fue donde se perdió a sí mismo, cuando apenas era un niño.

Rigel miró dentro de aquellos iris suyos de fabricante de lágrimas y, una vez más, supo que no podría mentirle.

«Pasa que te estoy dejando marchar —hubiera querido decirle, si él no hubiera sido siempre como era—. Por primera vez desde que te lo llevaste todo de mí, te dejo marchar».

Pero no fue capaz. Ni siquiera al final.

Así que se permitió hacer algo que nunca había hecho.

Bajó todos los escudos.

La miró por un momento con los ojos del corazón y aquel amor ardiente le estalló en las pupilas como un río desbordado.

Ella estaba sin aliento, incapaz de comprender, y él la imprimió de pies a cabeza en su memoria, hasta el último átomo.

—Rigel…

No podía prever lo que sucedería después.

No podía saber que no llegarían nunca a casa, que aquellas palabras no dichas se le quedarían clavadas dentro como la última de sus aflicciones.

Pero siempre recordaría aquel grito congelado en los ojos de ella.

Así como nunca olvidaría el terror de aquel instante o el impacto sordo de su corazón cuando se le subió a la garganta. La red cedió y Nica caía de espaldas.

Rigel se lanzó hacia delante y la adrenalina le dilató las pupilas. El cabello de Nica se abrió al viento y él vio unas alas de falena desplegadas sobre el crepúsculo, un ángel en el instante de emprender el vuelo.

Otra de sus alucinaciones. La última.

Rigel la sujetó con fuerza y el acto de empujar su propio cuerpo para situarlo debajo del de ella solo fue un instinto natural, nacido de la necesidad que siempre había sentido de protegerla. Puede que también de él mismo.

Oyó gritar a la carcoma, revolverse, estrecharla febrilmente contra sí. La sintió cerrarse encima de él como una flor, con las espinas erectas, temblando todas a la vez para salvarla del impacto.

Y, aun antes de poder asimilar aquel final, Rigel oyó aquellas palabras explotando en su boca como la redención de toda una existencia.

«Te quiero».

Nica tembló entre sus brazos, como una mariposa encerrada entre sus dedos desde hacía demasiado tiempo.

Mientras aquel susurro lo abandonaba para siempre, Rigel, por primera y última vez en su vida, sintió… paz.

Un alivio dulcísimo, eterno, un abandono casi extenuante contra el que siempre había luchado.

Ya no volvería a estar solo.

No.

Porque Nica estaba dentro de él. Con aquellos ojos de niña y aquella sonrisa que partía el corazón… Ella, ella que no se iría jamás, ocuparía eternamente en su corazón el lugar de una estrella.

Mientras el mundo arrancaba la última página de aquel cuento sin fin, Rigel hundió el rostro en su garganta, igual que haría un lobo, y la abrazó con todo su ser.

Con toda su fuerza y todo su aliento…

Con cada palabra no dicha, con cada brizna de aflicción.

Con cada pétalo.

Y con cada una de sus espinas.

Todo cuanto tenía… por aquel amor del final fallido.

«Adiós —le dijo el petirrojo a la nieve,

amándola por última vez—. Tenía frío,

pero tú has tratado de cubrirme. Y ahora

has entrado en mi corazón».

*

¿Qué pedazo escogerías?

¿De tu corazón?

Puedes vivir solo con uno, porque entonces el otro muere definitivamente.

¿Qué pedazo escogerías?

«A ti», habría respondido Rigel con los ojos cerrados.

Siempre, en cualquier circunstancia, «te escogería a ti».

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