Fabricante de lágrimas
15. Hasta la médula
15
Hasta la médula
Puedes lacerar el amor, repudiarlo,
arrancártelo del corazón, pero él siempre
sabrá cómo encontrarte.
Todo ardía a su alrededor.
Era una prisión blanda e hirviente.
¿Dónde estaba? No lo sabía. No era capaz de sentir nada. Solo percibía un dolor difuso, como si la fiebre doblara los huesos dentro de los músculos.
Sin embargo, en aquel letargo denso y artificioso, ella se le aparecía como en un sueño.
Tenía unos contornos tan nebulosos que nadie habría sabido que se trataba de Nica, si no fuera por el hecho de que él la conocía de memoria, con todos sus matices y sus luces.
Pudo imaginársela perfectamente incluso en la confusión desorientadora de la fiebre. Hasta le pareció que estaba allí, junto a él, irradiando una calidez que no le pertenecía.
Oh, qué maravillosos eran los sueños…
En ellos no había terrores ni frenos. No tenía que reprimirse, ocultarse, retroceder. Allí podía tocarla, vivirla y sentirla sin necesidad de
explicaciones. Rigel hubiera podido llegar a amar aquel mundo irreal si la felicidad efímera que tocaba cada noche no le dejara cicatrices tan profundas en el corazón.
Porque la ausencia de Nica quemaba. Excavaba surcos con la misma ternura que prodigaba caricias. Él sentía todos y cada uno de aquellos cortes por las mañanas, cuando se despertaba con las sábanas vacías, sin la presencia de ella.
Pero en aquel momento…
Casi le pareció que podía tocarla. Percibir sus propias manos pasando por encima de su esbelta cintura y envolverla hasta sentir que algo lo llenaba.
Era capaz de moverse. Aunque deliraba, se sentía consciente. ¿Lo estaba?
No, imposible. Solo en sus sueños la tenía a su lado.
Desde luego, ella era muy real… La abrazó y hundió el rostro en su cabello, como hacía todas las noches.
Hubiera deseado arder en su perfume, hallar consuelo en aquella amargura eterna y extremadamente suave donde Nica, en vez de salir huyendo, lo acunaba en sus brazos, prometiéndole que jamás lo dejaría.
Y fue como si… Oh, fue como si… como si realmente pudiera sentir aquel cuerpecito diminuto respirando muy cerca de él y palpitando, apretado contra su cuerpo…
*
Algo me hacía cosquillas en el mentón.
Moví el rostro, hundiéndolo en el frescor de la almohada.
Los pajarillos trinaban, el mundo se desataba fuera de mí, pero tardé un poco en decidirme a abrir los ojos.
Sentí un temblor en la frente y entreabrí las pestañas. Unos sutiles hilos de luz me empañaron el rostro. Parpadeé somnolienta y la realidad fue delineándose poco a poco a mi alrededor.
Mientras enfocaba los objetos, me di cuenta de la extraña posición en que me encontraba. Hacía bastante calor. ¿Por qué no podía moverme?
Esperaba ver los contornos de mi habitación, pero no fue así. Algo de color negro ocupaba toda mi visión.
Era pelo.
¿Pelo?
Abrí los ojos, sobresaltada.
Tenía a Rigel completamente encima de mí.
Su pecho era un muro ardiente de carne y músculos. Sus anchos hombros me envolvían y sus brazos me rodeaban suavemente la cintura. Tenía el rostro oculto debajo del mío. Totalmente hundido en la cavidad de mi cuello. Sentía su cálida respiración acariciándome la piel. Mis piernas estaban encima de las suyas, y la sábana, que debía de haberse salido quién sabía cuándo, colgaba por un lado del colchón. Me quedé sin aliento. Por un instante, me olvidé de cómo se respiraba.
Mientras me ahogaba por momentos, observé que tenía los brazos extendidos hacia delante: uno pasaba por debajo de su cuello, el otro atravesaba suavemente su cabeza, acariciado por unos mechones morenos.
Mi mente estalló en un delirio terrible. Una repentina sensación de claustrofobia me cerró la garganta y el corazón empezó a martillearme la piel.
¿Cómo habíamos acabado así?
¿Cuándo? ¿Cuándo me había tumbado en la cama?
¿Y las mantas? Las mantas… ¿No había también unas mantas?
Sentí sus manos debajo de mí, encajadas entre el colchón y mi cuerpo, estrechándome con suavidad, pero con cierta firmeza a la vez.
Rigel… Rigel me estaba abrazando.
Estaba respirando casi en mi rostro.
Él, que nunca había permitido que lo tocasen, tenía el rostro pegado a mi cuello, y me abrazaba de tal modo que me resultaba imposible saber dónde
empezaba yo y dónde terminaba él.
No podía dar crédito, estaba consternada.
Traté de moverme, pero al instante el olor de su cabello llegó hasta mi nariz con toda su fuerza.
Su perfume me envolvió como una sombra intensa y vibrante. No sabría describirlo. Era… vigoroso, penetrante, salvaje, justo como él. Recordaba la lluvia y los truenos, la hierba mojada, las nubes cargadas y el crepitar de la tormenta.
Rigel olía a tempestad. ¿A qué huele la tempestad?
Aparté el rostro e intenté sustraerme a aquellas sensaciones, pero no lo conseguí.
Me gustaba. Su olor me gustaba… Lo encontraba irresistible, casi familiar. Tuve la trágica percepción de sentirlo como algo mío. Yo, que me quedaba bajo la lluvia hasta que se me empapaba la ropa por completo. Yo, que siempre me había sentido libre cuando me acariciaba el viento. Yo, que había abrazado el cielo infinidad de veces, me sentí embriagada hasta el delirio.
No podía ser cierto.
Era una locura.
Cerré los ojos, tratando de no temblar entre aquellos brazos de los que siempre había huido… Y, cuando estaba tratando de apartarme, su cabello se deslizó, cubriendo mis tiritas.
Me quedé bloqueada.
Rigel seguía durmiendo, perdido en un sueño profundo. Moví apenas las yemas de los dedos. Sentí que el corazón me latía con delicadeza en la garganta cuando le acaricié el pelo a la altura de su cuello.
Era… era…
Lo palpé despacio, con cuidado. Y, cuando vi que no se movía…, hundí mis manos en su pelo, despacio. Era increíblemente esponjoso, suave y agradable al tacto.
Lo examiné con el corazón desbocado. Cada respiración, cada contacto era algo nuevo y al mismo tiempo extremadamente turbador. Aquel momento quedaría impreso para siempre en mi memoria.
Mientras lo acariciaba con mucha prudencia, me pareció que Rigel exhalaba un leve suspiro.
Su respiración tuvo el efecto de una ola invisible y cálida sobre mi piel.
Me transmitió sosiego.
Poco a poco, la realidad se fue disipando y acabó convirtiéndose en el marco de los latidos de Rigel. Su corazón latía despacio, tranquilizador y delicado.
¿Qué había en aquel corazón?
¿Por qué lo tenía encerrado como una fiera si podía latir con tanta dulzura?
En un impulso desesperado, deseé acariciarlo como estaba acariciándolo a él. Sentí que su latido reverberaba en mi estómago con una ternura desarmante y entonces apoyé mi mejilla en su cabeza, derrotada.
Me rendí… porque no tenía fuerzas para luchar contra algo tan delicado.
Entrecerré los párpados y con un suspiro extenuado me abandoné en los brazos del único chico del que debería mantenerme alejada. Me dejé acunar por su corazón. Y, por un momento… Por un momento, allí abrazada a él, alejados del mundo, de lo que siempre habíamos sido… Solo por un instante, sí, corazón contra corazón, me pregunté por qué no podríamos estar siempre así…
La vibración del móvil me devolvió a la realidad.
Abrí los párpados aturdida y la habitación se tambaleó ante mis ojos.
Me estiré hacia atrás, aún entre los brazos de Rigel, y traté de alargar la mano.
No alcanzaba.
—Rigel —susurré despacio, sin saber qué decir—, el móvil… Podría ser Anna.
No me oía. Seguía durmiendo profundamente, con el rostro hundido bajo el mío.
Apoyé una mano en su hombro, tratando de que aflojara la presa que sus brazos ejercían sobre mí, pero fue en vano.
—Rigel… ¡Debo contestar!
El móvil dejó de sonar de pronto.
Susurré y me apoyé de nuevo en la almohada.
Era Anna, lo presentía. Quizá quería avisarme de que ya estaba llegando.
Dios mío, debía de estar preocupada…
Me giré de nuevo hacia el interior de la cama. La respiración de Rigel era una cálida caricia sobre mi piel y ni siquiera me di cuenta de que tenía apoyada una mano sobre su pelo cuando le dije con la voz clara, pero procurando que sonara delicada:
—Rigel, ahora tengo que levantarme.
Una parte de mí temía despertarlo.
Temía su reacción.
Temía verlo apartarme de su lado de nuevo…
—Rigel —murmuré a mi pesar—. Rigel, deja que me levante, por favor…
Le hablé al oído con delicadeza y esperaba que la suavidad de mi voz surtiera efecto de algún modo.
Entonces pasó algo.
Mi voz pareció mezclarse con sus sueños. Rigel espiró en mi garganta y emitió un gemido sordo y estrechó aún más su abrazo. Su perfume me envolvió como un seductor guante.
—Rigel —repetí con un hilo de voz mientras sus músculos resbalaban y se deslizaban haciendo crujir las sábanas. Su presa se hizo más firme y el calor de su cuerpo aumentó.
Me pareció que frotaba la nariz contra mi piel.
Noté que se me cerraba el estómago y se me encendían las mejillas.
Supuse que estaba soñando, porque se movía como animado por un lento impulso que me hizo sentirlo aún más pegado a mi cuerpo.
Puede que tuviera que ir más despacio todavía. Con delicadeza…
Acerqué aún más los labios. Le aparté con los dedos el pelo que le cubría la oreja, lo mantuve hacia atrás con cuidado, y le susurré como en un suspiro:
—Rigel…
Pero me pareció que así había empeorado las cosas, porque entreabrió los labios y su respiración se hizo más profunda. Se volvió larga, lenta, casi íntima, como si de algún modo le costase respirar.
Entonces, de pronto, aproximó su angulosa mandíbula a mi cuerpo.
Y sus labios se posaron en mi garganta.
Un latido desacompasado me cortó la respiración. Todo mi ser se estremeció por la sorpresa y hundí los dedos en su hombro, emitiendo un chasquido.
Tuve una sensación ensordecedora, pero al mismo tiempo sentía que sus brazos me estrechaban con más intensidad. Rigel movió los labios junto a mi garganta, los abrió y presionó de nuevo con tal delicadeza que me retorcí y me contraje al mismo tiempo.
Estaba totalmente en tensión, perpleja y consternada por el hecho de que ni siquiera me saliera la voz para protestar. Un cúmulo de sensaciones locas me devoraban por dentro y sentí que me brotaban flores de fuego en la piel.
Me revolví y por fin me apresuré a empujar su pecho con mis antebrazos.
—Rigel —musité arrastrando la voz, pero entonces cerró la boca y sus dientes somnolientos acariciaron mi carne. Concluí que Rigel no estaba durmiendo, sino que se hallaba en un estado de semiinconsciencia provocado por la fiebre. Un delirio. Tenía que ser un delirio.
Dejé escapar un gemido cuando me dio un leve mordisco. Contraje la mandíbula y rogué que me diera una tregua. Su lengua, su boca, sus mordiscos, todo… era como para enloquecer, una tormenta de escalofríos
tan potentes que dudé de si podría soportarlos. Era demasiado para mí.
Pero la situación fue a peor cuando oí cerrarse la puerta un coche, seguida de unos pasos que entraban en la casa.
Me asaltó el pánico. Anna y Norman.
—¡Nica! —gritó Anna, buscándome, y yo hundí los dedos en los hombros de Rigel.
«Oh, Dios, no, no, no…».
—Rigel, tienes que soltarme. —Tenía el corazón desbocado, como un insectillo fuera de sí—. ¡Ahora!
Su boca me aturdía. Estaba rígida y me ardía el cuerpo. Me parecía estar delirando.
Rigel deslizó una rodilla entre mis piernas y sentí que tensaba los músculos y los contraía. Apreté los muslos por instinto y exhalé un suspiro ronco.
—¡Nica! —volvió a llamarme Anna.
Jadeé. Mi respiración sonaba increíblemente ruidosa. Miré alarmada en dirección a la puerta. Estaba cerca, estaba allí, estaba… estaba…
Movida por el pánico, cogí del pelo a Rigel con fuerza y lo aparté bruscamente.
Oí un leve gemido mientras volvía a dejarse caer en el colchón y yo me escabullía de la cama.
Cuando al cabo de un instante la puerta se abrió de golpe, Anna tenía la mano adelantada, justo a punto de sujetar el tirador.
Observó con sorpresa mi rostro descompuesto y congestionado en el momento en que le abrí.
—¿Nica?
—Ya está mucho mejor —farfullé atropelladamente, mientras Rigel yacía enterrado bajo la almohada que yo acababa de lanzarle a la cabeza.
Pasé por su lado a toda prisa con el pelo revuelto y me esfumé llevándome una mano al cuello.
Me alejé de aquella habitación con las rodillas temblando y la mente desquiciada, mientras mi corazón seguía atrapado allí, donde la boca de Rigel ardía de un modo que jamás podría olvidar.
Unas horas más tarde, seguía sin poder quitarme de la cabeza aquella sensación.
La sentía abriéndose paso por mi piel.
Quemaba.
Me obsesionaba.
Palpitaba por todas partes como una contusión invisible.
Me acaricié la garganta con los dedos mientras bajaba las escaleras.
Había detectado un pequeño enrojecimiento cuando me había mirado en el espejo y esperaba de todo corazón que el pelo suelto lo cubriese.
Sin embargo, por mucho que tratase de esconderlo, lo que me turbaba no era su superficie, sino su profundidad. Algo navegaba en mi interior como un navío en medio del temporal y aún no veía el modo de salvarme.
Entré en la cocina cuando la tarde ya estaba avanzada. Tenía que pasar a buscar agua, pero me detuve en el umbral. Rigel estaba sentado a la mesa.
Llevaba un jersey azul con el cuello más bien ancho y me pareció que, si bien aún no tenía muy buena cara, seguía resultando fascinante. Su pelo negro, abundante y desordenado, resaltaba con las luces del atardecer, y me estaba mirando fijamente.
Mi corazón dio marcha atrás y se detuvo un poco por debajo de la garganta.
—Yo… Oh —musité con torpeza, mordiéndome la legua. Me quedé mirando la caja que llevaba en la mano—. Anna me ha pedido que te llevara las medicinas —le expliqué, como si no supiera con qué llenar aquel silencio—. Había… hum… venido a buscar agua. —Me fijé en que Rigel tenía un vaso en la mano y apreté los labios—. Supongo que ya no es
necesario…
Alcé la mirada despacio, insegura, y sentí un hormigueo en las mejillas al comprobar que Rigel no había apartado los ojos ni un milímetro de mi rostro. Se veían extremadamente vivaces y brillantes, ni siquiera el cansancio parecía mermar la profundidad de su mirada. Los iris resaltaban como diamantes negros en contraste con su tez.
—¿Cómo… te encuentras? —musité tras una pausa.
Rigel desvió la vista, frunció una ceja y dibujó una mueca irónica con los labios.
—De maravilla —anunció, arrastrando las sílabas.
Jugueteé con la caja, azorada, y también desvié la mirada en la misma dirección que Rigel.
—¿Tú… tú recuerdas algo de esta noche?
Fue superior a mí. Pero necesitaba saberlo.
Necesitaba saber si él recordaba algo. Algún detalle minúsculo, por irrelevante que fuera…
En ese instante había fragmentos de mi alma que rezaban por que fuera así. Aquella pregunta me tenía en vilo, como si de ella dependiera el destino del mundo.
Porque…, para mí, algo había cambiado.
Había visto a Rigel frágil por primera vez, lo había tocado, lo había acariciado, me había acercado a él. Lo había cuidado. Me había parecido humano e inerme, y hasta la niña que había en mí había tenido que abandonar la idea imposible de superar del fabricante de lágrimas y verlo tal como era.
Un chico que rechazaba el mundo.
Un chico solitario, duro y complicado que no permitía que nadie le tocara el corazón.
—¿Recuerdas algo de lo que sucedió? —le pregunté de nuevo y percibí que iba a mirarme de nuevo.
Cualquier cosa… cualquier cosa serviría… Cualquier cosa con tal de no ver regresar al lobo que siempre me ahuyentaba.
Rigel me observó reticente, algo confuso.
Se dejó caer sobre el respaldo de la silla y volvió a exhibir su aura intimidatoria.
—Ah, sí… Alguien debió de llevarme a la habitación. —Paseó brevemente la mirada por la estancia antes de posarla de nuevo en mí con insolencia—. Supongo que debería darte las gracias por el morado que tengo en el hombro.
El recuerdo de nuestra caída destelló en mi cabeza. Aquello había sido un golpe bajo y el sentimiento de culpa me dejó sin palabras.
Sin embargo, no me moví de donde estaba. Rigel acababa de darme a entender que entre nosotros seguía existiendo la misma frontera de antes, pero yo no cedí. No me eché atrás, no me escondí detrás de mi melena.
Permanecí en el umbral de la cocina mirando la caja del medicamento, porque en mi interior palpitaba algo que, pese a su endeble apariencia, seguía reluciendo: la esperanza. Diáfana e inquebrantable, siempre iba conmigo, desde que era pequeña. La misma que ahora apuntaba hacia él, sin la menor intención de rendirse.
Así que, lejos de marcharme, una fuerza desconocida me empujó a entrar.
Crucé la cocina, me acerqué a la mesa donde él estaba sentado, abrí la cajita y extraje una pastilla.
—Tienes que tomarte dos —le indiqué con suavidad—, una ahora y otra esta noche.
Rigel se quedó mirando el comprimido y, a continuación, despacio, me miró a mí.
En sus ojos me pareció percibir algo escurridizo. Quizá porque yo había logrado acercarme a él pese a su sarcasmo. O quizá por el hecho de que no le había tenido miedo…
Por un momento, pensé que trataría de ahuyentarme.
Por un momento, creí que se mofaría de mí y me lanzaría otra puya.
Pero Rigel se limitó a volver la cabeza y a bajar la mirada.
En silencio, sin pronunciar palabra, alargó la mano y cogió la pastilla.
Sentí un calorcillo en el pecho cuando alzó el vaso. Me embargó una felicidad incontenible y me incliné hacia delante:
—Espera, hace falta más agua.
Mis dedos rozaron los suyos.
Solo fue un instante.
Retiró la mano bruscamente y se puso en pie de golpe; el ruido de la silla cortó el aire y el vaso explotó sobre el suelo, esparciendo cristales por todas partes.
Se apartó tan inesperadamente y con tal ímpetu que me tambaleé hacia atrás.
Lo miré a los ojos, conteniendo la respiración. La repulsión con que acababa de rechazar aquel contacto me hirió como uno de aquellos vidrios.
Sentí una profunda desilusión cuando levantó los ojos de improviso y me fulminó con la mirada. Sentí que se infiltraba en mi interior como las raíces de un árbol muerto, justo donde antes había brillado la esperanza.
Y…
Fue un poco como si me marchitara.
*
Quemaba.
La respiración le quemaba.
Habría debido contenerse, pero aquel contacto imprevisto lo había perturbado hasta la médula, provocándole un calor mucho más apremiante que la fiebre.
Reprimió una palabrota. En un arrebato de pánico, se preguntó si ella se habría dado cuenta de que estaba temblando cuando se marchó.
Pero cuando reunió el valor suficiente para mirarla, sintió el vacío. Vio la desilusión en aquellos ojos incrédulos y sintió un dolor que ensombreció cada centímetro de su alma.
Nica abatió lentamente el rostro y cada uno de los instantes que duró aquel pequeño movimiento fue una astilla clavada bajo la piel.
La vio agacharse. Sus manos menudas recogieron los vidrios que brillaban como gemas bajo los rayos de luz del atardecer y Rigel se preguntó si podría hacer lo mismo con las esquirlas de su corazón, solo con que le permitiera tocarlas.
Aunque fueran tan negras. Y sucias.
Aunque rezumasen toda la desesperación que arrastraba desde siempre.
Aunque cortasen y arañasen, y desollasen, y cada fragmento tuviera el color de sus ojos plateados, cada fragmento fuera una sonrisa que él había apagado en sus labios.
Sabía que solo habría debido decirle «gracias». Le debía mucho más de lo que dejaba entrever.
Lo sabía, pero estaba tan acostumbrado a morder y a arañar que ya se había convertido en un instinto. O tal vez, más fácil aún, no era capaz de mostrar otra cosa que no fuera esa naturaleza malvada que se había forjado de sí mismo.
Le aterrorizaba la idea de que ella, tan pura y tan limpia, pudiera conocer sus desesperados sentimientos.
—Rigel… —la oyó susurrar despacio.
Se quedó inmóvil, petrificado, como cada vez que escuchaba aquella boca hospedando su nombre.
—¿De… de verdad que no recuerdas nada?
La duda se abrió camino poco a poco, ¿qué tenía que recordar?
¿Había algo que debía recordar?
No, todo estaba bien así, se dijo enseguida. La sola idea de que ella lo hubiera tocado, mientras lo acompañaba arriba, bastaba para hacerle perder
la cabeza. Sin embargo, el hecho de acordarse era aún peor.
—¿Y eso qué importa? —Se oyó preguntarse a sí mismo con más aspereza de lo que hubiera deseado. Aquel tono de voz escapó de sus labios antes de que pudiera ponerle freno y se arrepintió al instante cuando vio que ella se detenía.
Nica lo miró a los ojos.
Su mirada lo arrolló dulcemente, las pecas refulgieron sobre aquellas facciones finas y delicadas y sus labios descollaron como un castigo prohibido.
Lo miró de aquel modo tan suyo, de ninfa indefensa, de cervatillo, con una inocencia que le cortó la respiración.
Y de pronto Rigel fue consciente de tenerla arrodillada a sus pies.
Sintió que estaba ardiendo de nuevo, esta vez en un punto situado muy por debajo del pecho.
Apartó la vista enseguida. El tormento le selló los labios y sintió la necesidad de deshacerse de aquella visión: apretó la mandíbula e hizo ademán de marchase sin decir palabra.
Sin duda se habría ido si ella no hubiera escogido aquel instante para volver a pronunciar su nombre, haciendo que la tierra se detuviera bajo sus pies.
Y lo que le dijo a continuación no habría de olvidarlo jamás:
—Rigel… Yo no te odio.
*
Acababa de decirle la verdad.
No importaba las veces que yo huyera.
No importaba cuántas puyas me lanzara.
No importaba que intentara mantenerme alejada de él.
No importaba nada…
Yo no era capaz de romper aquel delgadísimo hilo que llevaba toda la vida uniéndonos.
Y no podía volver atrás. No después de haber sentido que se abandonaba indefenso entre mis brazos. No después de aquella mañana, cuando me dejó impresas todas aquellas sensaciones que habían calado mucho más allá de la piel.
Yo lo había visto.
No como el fabricante de lágrimas que era, sino como el chico que siempre había sido.
«¿Tú me odias?», recordé nuestra conversación en el pasillo… «¿Me odias, falena?».
No…
Rigel enderezó la cabeza.
Fue como ver cumplirse algo ya previsto, programado, dolorosamente inmutable.
Sin embargo, no por ello hizo menos daño.
Se volvió hacia mí, me miró un instante y sonrió.
—Le estás mintiendo al fabricante de lágrimas, Nica —afirmó, despacio y con amargura—. Y sabes que no deberías.
Allí estábamos una vez más, separados por aquella frontera en la que yo era la chica del Grave y él, el fabricante de lágrimas.
En el mismo punto de partida que cuando éramos niños.
La historia estaba destinada a repetirse.
La regla siempre era la misma: para derrotar al lobo, hay que perderse en el bosque.
Solo así se obtiene el final feliz.
Después de todo, los cuentos acaban con las palabras «para siempre».
¿Habría una excepción para nosotros?
OceanofPDF.com