Fabricante de lágrimas
8. Así de celeste
8
Así de celeste
Fuerte es aquel que sabe tocar con delicadeza
las fragilidades de los demás.
Una vez leí una frase de Foucault que decía: «Desarrollad vuestra legítima extrañeza».
Yo siempre había cultivado la mía a escondidas, porque cuando crecí, me enseñaron que la normalidad resultaba más aceptable a ojos de los demás.
Hablaba con animales que no podían responderme. Salvaba bichitos que la gente ni siquiera veía. Confería valor a cosas que se consideraban insignificantes, quizá porque quería demostrar que las criaturas más pequeñas, como yo, también podíamos contar algo.
Levanté la mano. Estaba en el jardín de casa y el sol besaba dulcemente el follaje del albaricoque. Acerqué los dedos al tronco y ayudé a una pequeña oruga de un verde brillante a alcanzar la corteza.
Me la había encontrado en la habitación, debajo de la ventana, y le estaba devolviendo la libertad.
—Ya está —susurré con un hilo de voz.
Sonreí al verla contonearse en una hendidura del tronco. Entrelacé los dedos y me quedé allí observándola con serena quietud.
Siempre había oído decir que solo lo que era grande tenía la fuerza
necesaria para cambiar el mundo.
Yo nunca había querido cambiar el mundo, pero siempre había pensado que, por el contrario, los grandes gestos o las demostraciones de fuerza no eran lo que marcaba la diferencia.
Para mí eran las pequeñas cosas las que lo hacían. Los actos cotidianos.
Simples actos de amabilidad llevados a cabo por gente común.
Cada cual, por pequeño que sea, puede dejar un poco de sí mismo en este mundo.
Cuando volví a entrar en casa, me dieron ganas de sonreír. Era sábado por la mañana y la fragancia tostada del café se difundía irresistiblemente por la cocina. Cerré los ojos, feliz, e inspiré hondo aquel perfume tan bueno.
—¿Todo bien? —oí que me preguntaban con delicadeza.
Era la voz de Anna. Pero cuando alcé los párpados, me di cuenta de que no me lo estaba diciendo a mí.
Tenía la mano posada en la cabeza de Rigel.
Él estaba de espaldas, con el pelo negro desordenado y la mano alrededor de la taza de café. Asentí, pero apenas fui consciente de que lo hacía. Me había quedado embobada observando sus dedos y las venas que ascendían hasta su antebrazo.
Aquellas manos… encerraban una agresividad implacable y al mismo tiempo podían crear melodías que no eran de este mundo. Sus recios nudillos y sus vigorosos ligamentos parecían modelados para someter, pero sus dedos eran capaces de acariciar las teclas con una lentitud increíble…
Me estremecí cuando se puso en pie.
Se hizo presente en toda su altura y, por un momento, el olor del café perdió intensidad. Rigel se acercó a la puerta y yo retrocedí un paso.
Al percibir aquel gesto, clavó sus pupilas en las mías.
No sabía explicarlo… Tenía miedo de Rigel, pero no entendía qué era lo que me aterrorizaba de él. Quizá el modo en que sus ojos te excavaban
profundamente, violentándote, o tal vez era aquella voz demasiado madura para un chico de su edad. O quizá la causa era que sabía hasta qué punto podía llegar a ponerse violento.
O a lo mejor… A lo mejor era aquella tempestad de escalofríos que me provocaba cada vez que respiraba cerca de mí.
—¿Tienes miedo de que te muerda, falena? —me susurró al oído cuando pasó por mi lado.
Me aparté de inmediato, pero para entonces ya se había desvanecido con paso seguro y me daba la espalda.
—¡Hola, Nica!
Me sobresalté al notar que Anna me estaba sonriendo.
—¿Café?
Asentí, tensa, pero para mi alivio pude constatar que no se había percatado de aquel breve intercambio entre Rigel y yo. Me senté junto a ella a la mesa y desayunamos juntas.
—¿Te parece bien si hoy pasamos un rato las dos solas?
Se me cayó una galleta en la leche. La miré enarcando una ceja, totalmente confusa.
¿Anna quería pasar un rato conmigo?
—¿Tú y yo? —pregunté para cerciorarme—. ¿Las dos solas?
—Había pensado en disfrutar de una tarde sin hombres, enteramente femenina —respondió—. ¿No te apetece?
Me apresuré a asentir con la cabeza, procurando no hacer añicos la taza.
Mi corazón se iluminó al instante y todos mis pensamientos brillaron bajo el reflejo de aquella luz.
Anna… quería pasar una tarde conmigo, una hora, lo que durase un paseo. Qué importaba cuánto, el mero hecho de que me lo hubiera propuesto hacía resplandecer mi alma como la luz del día.
El cuento exhalaba perfume cuando ella estaba cerca de mí.
Relucía con su cabello y brillaba con sus sonrisas.
Tenía el sonido de sus risas y el calor de sus ojos.
Y yo quería vivir dentro del cuento para siempre.
—Nica, ¿esta? Oh, no, espera… ¿Qué me dices de esta otra?
Estaba alucinada. La tienda de ropa era inmensa. Ya me había probado muchos vestidos, pero Anna se acercó con otra prenda, me la presentó sobre el pecho y, una vez más, en lugar de fijarme en cómo me quedaba el jersey, me quedé embobada mirándola a ella. Percibía su olor a hogar, su cercanía, estaba encantada, soñando despierta. No podía creerme que estuviera allí de verdad, con un montón de bolsas apoyadas en las pantorrillas y algunas más que ella tenía intención de añadir. Que quisiera gastarse dinero en mí, aun sabiendo que no podría pedirme nada a cambio.
Cuando Anna me propuso pasar un rato con ella, nunca me habría imaginado que me llevara de compras, ni tan siquiera que me fuera a comprar algo, y mucho menos camisetas, faldas o ropa interior nueva.
Sentía la necesidad de pellizcarme la mano para convencerme de que todo era verdad.
—¿Te gusta?
La miré con ojos soñadores.
—Sí, mucho… —susurré embobada y ella esbozó una sonrisa, divertida.
—Todas las veces has dicho lo mismo, Nica. —Me miró a los ojos como a mí me gustaba—. ¡Tendrás alguna preferencia!
Sentí que las mejillas me ardían de vergüenza.
La verdad era que me gustaba todo. Por muy exagerado y difícil de creer que pareciese, era así.
Hubiera querido encontrar las palabras para poder explicárselo a ella también. Para hacerle entender que cada una de sus propuestas para mí era oro puro.
Que el tiempo era algo que nunca me había concedido nadie hasta
entonces.
Que cuando vives solo de deseos y fantasías, aprendes a disfrutar de las cosas más pequeñas: un trébol de cuatro hojas descubierto por azar, una gota de mermelada en la mesa o el poder de dos miradas que se cruzan.
Y las preferencias…
Las preferencias eran un privilegio que nunca me había podido permitir.
—Me gustan los colores —murmuré con una indecisión casi infantil—.
Las cosas variopintas… —Levanté un pijama con un estampado de abejas felices— ¡Como esto!
—Creo…, es más, estoy casi segura de que este es para niños —objetó Anna parpadeando.
Me sonrojé, boquiabierta, mientras examinaba la etiqueta, y ella se echó a reír. Entonces me cogió de brazo.
—Ven, he visto el mismo dibujo en la sección de medias y calcetines.
Al cabo de una hora, tenía un montón de calcetines nuevos.
Ya no tendría que volver a sentir las corrientes de aire durante las noches de invierno, ni se me clavarían astillas con aquella tela tan fina bajo los pies. Cuando Anna salió de la tienda, la seguí con todas mis bolsas, que formaban una especie de caos extático.
—¡Ah, cariño! —dijo ella respondiendo el móvil—. Sí, nosotras aún estamos aquí… Sí, todo muy bien —añadió sonriente mientras me cogía algunas bolsas—. Solo un par de cositas… No… No, Carl me echa una mano, pero el lunes por la mañana debo abrir yo. ¿Tú dónde estás? —Se detuvo y se le iluminó el rostro—. ¿De verdad? ¿Junto a qué entrada? ¡No creía que vinieses precisamente aquí! ¿Y cómo es que no…? ¿Qué?
Vi que estaba escuchando con atención, sorprendida. Abrió mucho los ojos y se llevó una mano a la boca.
—¡Oh, Norman! —exclamó maravillada—. ¿No estarás bromeando?
¡Pero… pero eso es estupendo! ¡Cariño! —soltó una carcajada—. ¡Qué buena noticia! Este es nuestro año, ¿no te lo había dicho? ¡Estoy segura de
que será una buena publicidad para la empresa!
Yo permanecía a su lado sin comprender nada de lo que estaba hablando y ella lo seguía felicitando y diciéndole lo feliz que la hacía aquello.
—¿Va todo bien? —le pregunté cuando acabó la llamada.
—¡Ya lo creo! En realidad no es nada, pero es que Norman acaba de recibir una noticia que llevaba tiempo esperando… ¡Su empresa participará en una convención anual! Ha sido seleccionada junto con otras pocas empresas, es una oportunidad excepcional… ¡Lleva tanto tiempo esperando este momento…! —Con una sonrisa me indicó que me acercara.
—¡Ven, él también está aquí! La convención será dentro de una semana, Norman ya no albergaba esperanzas… ¡Mañana haré un asado! A fin de cuentas, es domingo, y podremos celebrarlo con una buena comida… ¿Qué te parece?
Asentí, contenta de verla tan emocionada.
Atravesamos el centro comercial y Anna siguió hablándome del encuentro anual, una cita de mucho prestigio entre los expertos del sector.
Llegamos a la segunda gran entrada y, una vez allí, me señaló otra tienda de ropa.
—Debería de estar aquí… ¡Norman! ¡Eh!
Él alzó la mano y vino a nuestro encuentro.
—Oh, estoy tan contenta por ti —le dijo Anna, abrazándolo y haciendo que se ruborizara.
—Sí, bueno…, pero tú ya lo habías dicho. Nunca te equivocas… Hola, Nica —me sonrió azorado, y yo le correspondí. Anna le alisó las hombreras de la americana.
—¡Te acompañaré encantada, ya lo sabes! Más tarde lo hablaremos con calma… ¿Y cómo es que estás aquí? ¡Pensaba que hoy te quedarías en casa!
—Estoy aquí con Rigel… Él también necesitaba comprar algunas cosas
—dijo Norman.
Al momento, una extraña sensación me recorrió la piel y mis ojos
empezaron a buscarlo.
—Lo he perdido entre una sección y otra, me temo… —Se rascó la cabeza y Anna sonrió—. Nica, ¿quieres dar una vuelta por aquí? —Señaló los expositores—. Igual ves algo que te guste. ¿Por qué no echas un vistazo?
Dudé un instante, pero enseguida decidí dejarlos allí para que siguieran hablando y me adentré en la tienda, observando con cautela a mi alrededor.
Traté de concentrarme en las prendas, pero no lo lograba. Sabía que él estaba allí, en alguna parte, con sus ojos abisales y su presencia abrumadora.
Mientras deambulaba entre los estantes, una de las bolsas se me resbaló de entre los dedos y cayó al suelo. Me agaché a recogerla, pero en ese momento alguien tropezó conmigo.
Una voz masculina soltó una palabrota y yo abrí los ojos de par en par.
—Disculpa… —farfullé—, se me ha caído una bolsa y…
—A ver si vas con más cuidado —masculló el chico, y cogió un jersey que se le había caído.
Me apresuré a recoger toda mi ropa desparramada y él me pasó la bolsa; alargué la mano para tomarla y me pareció que oponía cierta resistencia cuando susurré «gracias».
—Eh…, pero si yo te conozco.
Alcé el rostro y entonces él parpadeó; por un momento me resultó familiar.
—Eres la chica del caracol. —Me escrutó a fondo—. Eres tú, ¿verdad?
—me preguntó, para mi sorpresa.
Ahora ya sabía dónde lo había visto: en el murete de la escuela el día anterior. Me impresionó que se acordara de mí. Por lo general nadie lo hacía.
—No veas, cuántas bolsas —exclamó de repente—. Eres una de esas compradoras compulsivas, ¿no?
—Oh —musité, saliendo de mi ensimismamiento—, no, verás, yo…
—Así que eres una chica derrochadora —comentó, mirándome a los ojos con una sonrisa más bien estudiada.
—La verdad es que se trata de una rara excepción…
—Sí, todas dicen lo mismo, supongo —respondió—. Pero ¿el primer paso para superar un problema no es admitirlo?
Traté de rebatir sus palabras, pero él volvió a interrumpirme.
—Oh, tranquila, te guardaré el secreto —dijo en plan sabiondo—. No te había visto nunca en la Burnaby, en cualquier caso.
—Hace poco que estudio allí — respondí y me percaté de que avanzaba un paso en mi dirección. Por un momento, me pregunté por qué seguía allí hablando conmigo.
—¿Y estás en el último año?
—Sí…
—Vale…, pues entonces, bienvenida —murmuró despacio. Curvó los labios y me estudió con atención.
—Gracias…
—Tal vez, chica caracol, deberías conocer mi nombre. ¿No te parece?
Así, la próxima vez que quieras advertirme de la presencia de alguna criatura reptante en los alrededores, sabrás cómo llamarme.
Me tendió la mano y sonrió, seguro de sí mismo.
—Mejor si te simplifico la cosa. Yo soy…
—Alguien que está en medio.
Una voz gélida cortó el aire y me dejó paralizada.
El chico se dio la vuelta y vio que tenía una presencia amenazadora a su espalda.
Rigel clavó sus iris negros en los del otro joven y siguieron hasta el menor de sus movimientos mientras este cerraba los labios, se volvía y me miraba.
—Oh, hum… Perdona… —farfulló, desprevenido.
Se hizo a un lado y se arrimó al estante para dejarlo pasar.
Rigel lo adelantó con paso lento y preciso sin quitarle el ojo de encima, sin la diligencia o la cortesía debida hacia alguien que permanecía encajado en una posición incómoda.
De pronto, se detuvo detrás de mí, tan cerca que me fue imposible ignorarlo. La atracción que ejercía su cuerpo era irrefrenable, fortísima, desestabilizante.
—Ah… —murmuró el muchacho mirándonos—. ¿Vais… juntos?
Rigel guardó silencio y yo me aparté un poco, incómoda. Reprimí el impulso de buscar sus ojos para discernir sus intenciones y entrelacé los dedos con torpeza.
—En cierto sentido… —respondí.
El chico lo miró, casi a regañadientes.
—Hola… —lo saludó, indeciso. Pero Rigel, que seguía a mi espalda, no le respondió.
Estaba segura de que sus ojos seguían fulminándolo.
Y entonces, de pronto, sentí su mano rozando un mechón de mi cabello.
Una descarga de gélida estupefacción me dejó paralizada. No podía mover las piernas.
¿Qué estaba haciendo?
¿Rigel me estaba… tocando?
No… Sentí el contorno preciso de las yemas de sus dedos: se abrieron camino a través del mechón, sin tensarlo, sin llegar a tocarme. Lo enroscaron con un movimiento lento y entonces alcé la mirada hacia él.
Rigel estaba observando al chico con las cejas arqueadas, se tomaba su tiempo. Y después sus ojos descendieron sobre mí.
Interceptaron mi mirada, nerviosa y confundida, y por un momento me pareció que sus dedos se cerraban con mi fuerza entre mis cabellos.
—Tenemos que irnos —dijo con su voz profunda—. Vamos.
Si no lo hubiera tenido tan cerca, me habría percatado antes de que Anna
estaba detrás de él; vi que me indicaba por señas que ya nos íbamos y recuperé la compostura.
—Ah… —Le lancé una mirada furtiva a Rigel y me volví de nuevo hacia el muchacho, apretujando las bolsas.
—Tengo que…
—Claro —asintió él, metiéndose las manos en los bolsillos.
—Adiós, entonces —le dije con un gesto de despedida antes de alejarme.
Rigel apartó la mano de mi pelo, se dio la vuelta y empezó a caminar delante de mí. Observé sus anchos hombros y noté la garganta un poco seca. Aún sentía sus dedos entre mis cabellos.
¿Qué mosca le había picado?
—¿Has visto algo que te guste?
Volví la cabeza hacia la voz de Norman. Sus voluminosas gafas le conferían la apariencia de un búho.
—Oh, no… —respondí levantando las manos—. Ya he comprado demasiadas cosas.
Él asintió, posiblemente más cortado que yo, y aproveché para felicitarlo por lo de la convención. Me respondió azorado con un balbuceo, pero distinguí su sonrisa entre una palabra y otra. Me contó que llevaba mucho tiempo esperando aquel momento. Solo habían sido invitadas a participar las empresas más acreditadas y las ponencias versarían sobre las últimas novedades del sector: venenos para ratas, insecticidas de nueva generación, trucos y estratagemas para todo tipo de parásitos.
Al poco de escuchar lo que me estaba contando, sentí que me pesaba la cabeza. Pasé por delante de un escaparate y, aún no me había dado tiempo a comprobar el mal color de cara que se me había puesto, cuando Norman empezó a largar entusiasmado sobre los últimos pesticidas del mercado.
Entonces me di cuenta de que me encontraba mal.
—Eh, ¿va todo bien? —Oí que me preguntaba titubeante mientras observaba mi cara—. Tienes un color ligeramente verdoso…
—¡Nica!
Anna agitaba la mano unos metros por delante de nosotros. Tenía una expresión radiante. Me sentí muy aliviada por su interrupción.
—¡Ven a ver este vestido!
Cuando por fin estuve delante de la tienda, pude ver qué era lo que había llamado su atención.
En el escaparate había un bonito vestido de color pastel; sencillo, confeccionado en una tela muy suave que se amoldaba al busto y acariciaba las caderas. Llevaba unos tirantes finos, una hilera de pequeños botones de madreperla en el pecho, y en la cintura la falda se ensanchaba formando unos pliegues ondulados que le conferían un delicado vuelo.
Pero lo que más me impresionó fue el color del tejido. Aquella tonalidad ligera del color del cielo, como pétalos de nomeolvides, las flores con las que, cuando era pequeña, frotaba mis vestidos en el Grave para que no lucieran tan grises.
Me quedé como encantada, igual que cuando observaba las nubes en el jardín de la institución. Tenía algo que me recordaba aquellos momentos, algo delicado y limpio como el cielo tras el que corría persiguiendo la libertad.
—¿No es precioso? —dijo Anna, acariciándome la muñeca, y yo asentí lentamente.
—¿Quieres entrar a probártelo?
—No, Anna, yo… Ya me has comprado muchas cosas…
Pero ella ya había abierto la puerta y se estaba dirigiendo a la dependienta.
—Buenas. Queríamos probarnos ese vestido de allí. —Señaló hacia una esquina del escaparate mostrándole a la chica de cuál se trataba.
—Pasen por aquí —nos indicó cordialmente—. ¡Enseguida se lo traigo!
—Y desapareció en la trastienda.
Tiré de la manga de Anna con suavidad.
—Anna, de verdad, no es necesario…
—Oh, ¿y por qué no? —respondió sonriente—. Quiero ver cómo te sienta. ¿No querrás negarme ese deseo, ¿verdad? Después de todo, es nuestro día juntas.
Iba a balbucir alguna cosa, azorada, cuando la dependienta apareció de nuevo.
—¡Oh, ya no hay existencias! —nos dijo, pasándose el dorso de la mano por la frente—. Pero no hay problema, ¡les mostraré el del escaparate!
Fue hasta el maniquí y retiró el vestido con delicadeza.
—¡Es el último que queda! Toma. —Me lo puso en los brazos y yo lo examiné embelesada—. Los probadores están en aquel lado. ¡Ven conmigo!
Anna me hizo una seña para que acompañara a la dependienta, pero antes cogió las bolsas que yo llevaba en las manos; vi entrar a Norman en la tienda, y tras él, al cabo de un instante, hizo su aparición Rigel.
Seguí a la dependienta hasta los probadores, situados en una esquina, un poco ocultos a la vista, y entré en el del fondo.
Me aseguré de correr bien la cortina y me desvestí; me puse el vestido por la cabeza y se me enganchó en una maraña de pelo. Nunca había sido muy hábil vistiéndome, tal vez porque los vestidos que me ponía en el Grave siempre me venían anchos y un poco desbocados, o puede que se debiera a que, las pocas veces que había llevado ropa buena, siempre estaba demasiado emocionada pensando que finalmente la luciría para que alguien se fijara en mí.
La prenda se deslizó ajustándose a mi busto y encajó en mi cintura. Sentí vergüenza por el modo en que ceñía perfectamente mis senos y dejaba tan a la vista las piernas; miré el vestido, sin atreverme a alzar los ojos. Traté de llegar a la cremallera, pero no pude.
—¿Anna? —llamé indecisa—. Anna, no puedo cerrarlo…
—Oh, tranquila —respondió su voz desde fuera, apenas a unos pasos —.
¿Puedes acercarte? Te ayudaré.
—Introdujo la mano y tiró de la cremallera. Y a continuación, antes de que yo pudiera reaccionar, descorrió la cortina y me pilló totalmente desprevenida.
—¡Querida! —sonrió extasiada en cuanto me vio—. ¡Te queda de maravilla! ¡Oh, Nica, qué linda estás!
Me empequeñecí mientras ella me miraba con un brillo en los ojos llenos de asombro.
—¡Parece hecho a medida para ti! ¿Has visto qué guapa estás? ¡Mira!
¡Mira cómo te sienta!
Se puso a mi lado y en el espejo vi mi rostro ruborizado asomando bajo el cabello.
—¿Qué tal va? —preguntó poco después la dependienta y, al verme, se quedó paralizada.
—¡Oh! —exclamó mientras se acercaba con la boca abierta, felizmente admirada—. ¡Parece un ángel! ¡Señora, está maravillosa!
Anna asintió.
—¿Verdad que sí?
—¡Solo te faltan las alas! —bromeó la chica y yo me escondí al oír que entraba gente en la tienda. Me rasqué la mejilla y bajé el rostro.
—Oh, yo…
—¿Te gusta? —me preguntó Anna.
—¿A ti te gusta?
—Nica, ¿cómo podría no gustarme? ¡Mírate!
Me miré.
Alcé el rostro y me miré. Lo hice de verdad.
Y en mis desconcertados ojos descubrí un fulgor que no creía haber visto antes.
Había algo en mi mirada que ni siquiera yo sabía interpretar.
Era algo vivo.
Delicado.
Luminoso.
Era yo bajo el cielo que siempre había deseado.
Era yo brillando por dentro, como si llevase cosido en la piel uno de mis sueños. Como si nunca más tuviera que frotarme flores para sentirme menos sucia…
—¿Nica? —me llamó Anna y yo bajé el rostro.
Me escocían los ojos. Deseé que no me oyera sorberme la nariz mientras me alisaba el borde del vestido y susurraba con un hilo de voz:
—Me gusta… Me gusta mucho. Gracias.
Noté la mano de Anna en mi hombro. La ternura con que lo apretó me hizo desear tenerla a mi lado todos los días. Me estaba dando tanto…
Demasiado para un corazón tan blando como el mío. No era capaz de pensar en la posibilidad de perderla. Si algo se torcía durante aquella fase de la adopción, no volvería a verla.
—Nos lo quedamos— Oí que decía.
Volví al probador. Acaricié el vestido con los dedos, la hilera de botoncitos blancos que seguía la curva del pecho.
Era tan bonito…
Pero cuando llegó el momento de quitármelo, recordé que yo sola no llegaba.
—Anna, perdona, ¿puedes echarme una mano? —pregunté en voz alta acercándome a la salida del probador.
Aparté la cortina lo suficiente para dejar la espalda a la vista, sin volverme.
Esperé pacientemente, pero ella no decía nada. Sin embargo, yo seguía percibiendo una presencia allí detrás, en alguna parte; me recogí el cabello sobre un hombro, apartándomelo de la espalda para que no estorbara.
—La cremallera, Anna… —especifiqué, cohibida—. Lo siento, pero no alcanzo. ¿Puedes ayudarme?
Se hizo un largo silencio detrás de mí.
Y entonces, al cabo de un momento, oí un ruido de pasos que se decidían a acercarse.
Llegaron sin prisas hasta donde yo estaba y se detuvieron justo a mi espalda. Una mano sujetó con firmeza el cuello del vestido, la otra se detuvo en la cremallera, asió la lengüeta metálica demorándose en el gesto.
Y después, tiró de ella despacio.
Un sonido rasposo y agudo aguijoneó mis oídos mientras la cremallera bajaba.
—Vale, gracias —dije, cuando ya estaba a la altura de los omóplatos.
Pero no se detuvo.
La cremallera siguió descendiendo con una lentitud desarmante y noté que se abría camino por mi espina dorsal.
—Anna, así ya está bien… —le dije con delicadeza, pero los dedos aferraron el borde cercano al cuello y la cremallera siguió descendiendo.
Hasta abajo, más allá de la cintura, hasta la curva de la espalda. El vestido se abrió, se descorrió sobre mi piel como las alas de un coleóptero, y mi voz se volvió más aguda.
—Anna…
Tic.
El simple chasquido del metal encajándose en su ensenada de tela. La cremallera había llegado al final. Contemplé mi reflejo mientras me envolvía el busto con los brazos para sujetar el vestido.
Caí en la cuenta de que ahora ya podía quitármelo sin problemas; parpadeé y esbocé una sonrisa.
—Vale… Gracias… —murmuré antes de correr la cortina.
Sacudí la cabeza, dejé que el vestido se deslizara por las piernas, y me quedé en ropa interior. Me puse de nuevo mis prendas y salí. Fuera del vestidor no había nadie.
Busqué a Anna, pero no la vi y, cuando llegué a la parte delantera de la tienda, la encontré junto al mostrador con el móvil en la mano. Norman
estaba fuera mirando escaparates.
—Entonces, ¿todo bien? —me preguntó.
—Sí, gracias… —sonreí, apretando el vestido—. Sin tu ayuda no habría logrado quitármelo.
Anna se llevó una mano al pecho y me miró como excusándose.
—¡Oh, perdona, Nica, me han llamado por el móvil y se me ha olvidado!
Espero que no te haya costado mucho. ¿Has logrado desabrocharlo?
La miré sin dejar de sonreírle, pero no entendía lo que acababa de decirme.
—Sí, gracias a ti —repetí.
Ella me miró a su vez, desconcertada, y yo aún sentí más extrañeza. Una insólita sensación se abrió camino en mi interior y al instante me asaltó un pensamiento desquiciado.
Desvié la vista un poco más allá.
Rigel estaba fuera, apoyado en una columna. Sus ojos cortantes miraban alrededor, casi aburridos, y tenía los brazos cruzados sobre el pecho.
No… ¿Cómo podía pensar eso?
—¡Aquí está!
La dependienta se me acercó y me miró con expresión radiante.
—¡Toma, es para ti! Ha sido una muy buena elección —afirmó sonriente
—. ¡Te queda divino!
—Gracias —le respondí un poco avergonzada, sonrojándome, y ella me miró entusiasmada.
—Recuerda que puedes combinarlo con cualquier cosa. También con un estilo más casual, si quieres… Mira. —Cogió algo de una percha—. Con uno como este… ¡No me digas que no le va genial!
Me percaté demasiado tarde de que era un cinturón. Me lo puso alrededor de la cintura y el cuero me rozó la piel.
Bastó un instante.
Lo sentí en la carne.
Lo sentí friccionándome.
Lo sentí apretarme, estrecharme, envolverme y finalmente cerrarse hasta dejarme paralizada…
Me arranqué el cinturón con violencia. Retrocedí entre convulsiones, con los ojos fuera de las órbitas. La dependienta me miraba estupefacta con las manos aún extendidas, mientras yo seguía retrocediendo hasta chocar con el mostrador. Mi cuerpo se contrajo. Sentí aquella taquicardia gélida, a lo lejos, punzándome el corazón y amenazando con estallar. Traté de controlarme, pero me temblaban las manos y tuve que hacer presión sobre una superficie para poder asirme a la realidad.
—¿Qué pasa? —preguntó Anna, que acababa de volverse para localizar a Norman. Me vio temblar y se preocupó enseguida—. Nica, ¿qué te ocurre?
Tenía la piel tensa. Debía tranquilizarme a toda costa, combatir aquellas sensaciones, mantenerlas bajo control… Miré a Anna y deseé que ella no me viera así, que me viera únicamente como la jovencita perfecta que había admirado hacía unos instantes con el vestido puesto.
Una chica que quisiera a su lado.
Una chica que no le diera problemas ni preocupaciones.
—Nada —susurré, tratando de parecer convincente, pero mis cuerdas vocales no tuvieron piedad de mí. Tragué saliva, en un esfuerzo por controlar las reacciones de mi cuerpo, pero fue en vano.
—¿No te encuentras bien? —me preguntó, observándome preocupada.
Se acercó más y entonces sus ojos me parecieron enormes y apabullantes, como lupas.
La situación empeoró. Sentí una necesidad morbosa y visceral de comprimir mi cuerpo, de huir de su mirada y de ocultarme hasta desaparecer.
«No me miréis», suplicó algo dentro de mí. Una ansiedad incontrolada me desprendió la piel y me hizo sentir equivocada, insignificante, sucia y culpable. El corazón bombeó con furia y me precipité en mis temores a una
velocidad de vértigo, agarrada a sus ojos.
Me hubiera quitado de en medio.
Me hubiera tirado a la basura porque era lo que me merecía.
Allí era donde debía estar.
Allí acababan los que eran como yo.
Nunca tendría mi cuento.
Nunca tendría mi final feliz.
En aquella historia no había princesas.
No había hadas. Ni sirenitas.
Solo había una niña.
Que nunca había sido lo bastante buena.
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