Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 8 de 43

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Fabricante de lágrimas

7. Pasito a pasito

7

Pasito a pasito

¿Has visto alguna vez una estrella fugaz?

¿La has visto brillar en la noche?

Ella era así.

Extraña. Minúscula y poderosa.

Con una sonrisa que lo iluminaba todo,

incluso mientras se desplomaba.

Aquella mañana soplaba el viento.

Combaba los tallos de hierba y mantenía limpio el cielo. El aire era terso y fresco como un detergente con perfume de limón. En nuestra zona, febrero siempre era suave y templado.

La sombra de Rigel delante de mí se deslizaba por el asfalto como una pantera de plomo fundido; observaba sus pasos precisos, poniendo un pie delante del otro, dominante también en el andar.

Me había mantenido a distancia desde el momento en que habíamos salido de casa. Iba unos pasos por detrás, cautelosa, y él, desde que había empezado a caminar, no se había girado ni una sola vez.

Tras el episodio de la noche anterior, mi mente no me daba tregua.

Me fui a dormir con su voz metida en la cabeza y me había despertado sintiéndola en el estómago. Por más que había intentado librarme de ella, aún podía sentir la presencia de su olor en mi piel.

Seguía dándole vueltas a la cita y a sus palabras como si fueran las notas disonantes de una canción indescifrable. Cuanto más trataba de comprender la melodía que animaba sus gestos, más me hundía en sus contradicciones.

Un segundo más tarde, choqué con su espalda, parpadeé y me lamenté dejando escapar un gemido. No me había dado cuenta de que se había detenido. Me llevé una mano a la nariz mientras él me observaba por encima del hombro, irritado.

—Lo siento… —murmuré.

Me mordí la lengua y desvié la mirada. Aún no le había dirigido la palabra desde la noche anterior y tener que hacerlo por causa de mi torpeza me mortificó el alma.

Rigel reemprendió la marcha y yo esperé a que estuviera a unos cuantos pasos de distancia para seguirlo.

Al cabo de unos minutos, estábamos cruzando el puente sobre el río. Era viejo, una de las primeras construcciones de la ciudad, y también la única que reconocí el día que llegamos. Unos operarios estaban realizando trabajos de inspección. Norman se lamentaba de que llegaba tarde todos los días por ese motivo y yo entendía que lo hi ciera.

Ya habíamos llegado a las puertas de la escuela cuando algo me llamó la atención en el arcén. Algo capaz de hacer sonar registros muy sutiles y profundos en mi interior, y de despertar mi alma de niña.

Un pequeño caracol recorría el asfalto, confiado y temerario. Los coches le pasaban por delante cual trepidantes colosos, pero él no parecía darse cuenta. Su lentitud acabaría conduciéndolo directamente hasta las ruedas de un automóvil, así que, sin pensármelo dos veces me precipité en su dirección. No sabría decir qué me entró en aquel momento, pero me sentí mucho más yo misma que cuando fingía ser como los demás. Para mí era una necesidad ayudar a esas criaturas tan pequeñas. Era un instinto que me salía del corazón.

Bajé de la acera y lo cogí antes de que cruzara la calle y hallase la

muerte. Todo el pelo se me desparramó a un lado de la cara, pero en cuanto vi que el caracol estaba fuera de peligro y de una pieza, mis labios esbozaron una sonrisa espontanea.

—Ya te tengo —le susurré, percatándome demasiado tarde de que acababa de cometer una tontería.

Oí el estruendo de un motor a mi espalda: era un coche acercándose a toda velocidad. El corazón se me subió a la garganta. Aún no me había dado tiempo a girarme cuando algo tiró de mí con fuerza.

De pronto me vi en la acera, con los ojos como platos y el sonido furioso de un claxon pasando disparado por mi lado.

Una mano me había agarrado del jersey a la altura del hombro y lo estaba estrujando en el aire. Cuando miré de quién se trataba, me quedé sin respiración.

Rigel me estaba observando con la mandíbula apretada y los ojos cortantes como dos filos de acero. Me soltó de golpe, casi con asco, y la parte deformada del jersey me cayó de nuevo sobre el hombro.

—Mierda —rezongó entre dientes—. ¿Se puede saber dónde tienes la cabeza?

Abrí los labios para decir algo, pero fui incapaz de articular una sola palabra. No terminaba de creerme lo que acababa de suceder, estaba desconcertada. Antes de que pudiera hacer nada, me dio la espalda, me dejó allí plantada y se dirigió hacia la verja de entrada.

Lo vi alejarse mientras yo seguía sosteniendo el caracol entre mis manos.

Unas cuantas miradas femeninas se alzaron a su paso, acompañadas de numerosos cuchicheos. Después de la pelea del primer día, los chicos lo dejaban pasar, cautelosos, mientras que las chicas, por el contrario, se lo comían con los ojos, como si esperasen que también fuera a saltarles encima.

—¡Nica!

Billie venía hacia mí. Antes de que llegase, me apresuré a poner el

caracol a buen recaudo: lo dejé sobre un muro bajo, junto a una parcela de césped, y me aseguré de que no saliera rodando.

—Hola —le dije a mi amiga mientras dejaba atrás a un grupito de estudiantes de primer curso eufóricas.

Aquel día reinaba más confusión de lo habitual, todos parecían más ruidosos, más agitados, más vivaces. Percibí algo extraño en el aire, una especie de excitación cuyo motivo no acertaba a comprender.

—Cuidado —me advirtió Billie cuando otro grupito de exaltados pasó por nuestro lado correteando.

—¿Qué está pasando? —quise saber mientras comenzábamos a andar. A fin de cuentas, era un viernes como otro cualquiera y no veía el porqué de tanto ajetreo.

—¿No sabes que día es el lunes? —me preguntó mi amiga al tiempo que levantaba una mano para saludar a Miki desde la puerta. Lo pensé un momento, tratando de adivinar qué era eso que a todas luces se me escapaba.

—Es… día 14 —murmuré sin entender.

—¿Y no te dice nada?

Me sentí bastante tonta mientas miraba a mi alrededor, consciente de que todo el mundo sin excepción sabía qué día era el lunes. Con total certeza.

Pero yo no era como mis compañeras, había crecido en un contexto muy particular, que me había mantenido al margen incluso de las celebraciones más banales.

—¡Venga ya! Pero si es el día más cursi del año… —canturreó—. Y se celebra en pareja…

Tuve una intuición y al instante me sonrojé.

—Ah, es el día de los enamorados… San Valentín.

—¡Bingo! —vociferó Billie justo en la cara de Miki; ella le lanzó una mirada aviesa, con la capucha calada y el humo del cigarrillo agitado por el viento.

—¿Has vuelto a desayunar sobrecitos de azúcar? —le preguntó con acritud.

—Buenos días, Miki —la saludé con voz afable.

Nuestras miradas se cruzaron y yo alcé lentamente una mano para no parecer entrometida. Ella sacó lentamente un cigarrillo, pero, como todas las mañanas, no me devolvió el saludo.

—Trataba de explicarle a Nica por qué todo el mundo está tan electrizado

—la puso al corriente Billie, dándole un toque con el codo—. ¡Después de todo, el Garden Day solo es una vez al año!

Yo hice un gesto con la cabeza.

—¿El Garden Day? ¿Y eso qué es?

—Oh, solo es el acontecimiento más esperado del año escolar —

respondió Billie, tomándonos del brazo sin mucho entusiasmo.

—Una festividad que da náuseas —replicó Miki, pero su amiga la ignoró.

—Todos los años, el día de San Valentín, un comité monta un pabellón especial dedicado a las… ¡rosas! ¡Cada estudiante puede regalar una rosa de forma anónima a quien quiera y cada variedad tiene un significado especial!

Oh, tendrías que verlo, circulan ramos de todos los colores. A las chicas más populares, a los jugadores del equipo… Un año, incluso el entrenador Willer se encontró su taquilla de profesor llena… Hubo quien dijo que había visto a la directora merodeando por allí de forma furtiva…

Miki alzó los ojos al cielo y Billie se echó a reír dando saltitos.

—¡Oh, es el día de los dramas! Y de las declaraciones y de los corazones rotos… En resumen, ¡es el Garden Day!

—Parece algo bonito… —comenté, esbozando una sonrisa.

—Como un día en un manicomio —masculló Miki y Billie le dio un pequeño empujón.

—¿Ya has terminado de hacerte la cascarrabias? Oh, no la escuches, Nica

—me aconsejó, agitando una mano—. El año pasado recibió cuatro rosas preciosas. Y todas eran rojo fuego…

Se ganó un codazo en las costillas y le entró un ataque de risa. Miki se puso el filtro entre los dedos y lo lanzó lejos, enviándolo cerca del murete donde yo había dejado el caracol un poco antes.

Entonces me fijé en que había un chico sentado justamente allí. Me paré a observarlo un instante, y en cuanto estuve segura de que había visto bien, abrí un poco más los ojos.

Miki y Billie empezaron a discutir, picándose la una a la otra. Me volví hacia ellas, indecisa, pero antes de que se dieran cuenta, aproveché su distracción y me marché jadeante.

Atravesé el patio y me acerqué al desconocido: los árboles se movieron a su espalda, dibujando sobre su cuerpo una sombra de encaje.

—Hum… Perdona… —musité.

Él no me oyó, siguió escuchando música con la vista puesta en el móvil.

Me acerqué un poco más y alargué un dedo.

—Perdona… ¿Perdona?

Frunció la frente y alzó la cara; guiñó un ojo para evitar la luz del sol y me miró con aire más bien aburrido.

—¿Sí? —preguntó.

—El caracol…

—¿Eh?

Crucé los dedos debajo de la barbilla y abrí bien los ojos.

—Yo, esto… ¿Puedo… puedo cogerte el caracol de los pantalones?

Él parpadeó, ensanchando ligeramente las fosas nasales.

—Perdona…, ¿cómo dices?

—Quisiera coger con la mano el caracol…

—¿Quieres coger con la mano mi… caracol?

—Sí, pero… lo haré con cuidado —me apresuré a decir, mientras él me miraba consternado—. Es que lo había dejado apoyado aquí después de haberlo sacado de la calzada… y, si te estás quieto, solo quiero dejarlo en un lugar seguro…

—Pero ¿qué demonios me estás…? ¡Oh, mierda!

Vio el rastro de baba en sus vaqueros y se le saltaron los auriculares. Se puso en pie con cara de asco y yo me interpuse cuando intentó sacarse el caracol de encima.

—¡Espera!

—¡Fuera, fuera, joder!

—¡Por favor!

Se lo quité antes de que lo tirase al suelo o, peor aún, lo pisara. El chico retrocedió a trompicones sin dejar de mirar el caracol, que ahora estaba entre mis manos, con una mueca de repugnancia.

—¡Maldición! Y digo yo… ¿Es que no había otro sitio donde dejarlo?

¡Qué asco, joder!

El caracol se escondió y yo le lancé una mirada más bien molesta al chico. Comprobé que el caparazón no estuviera roto y lo puse entre mis manos para darle calor.

—Es tímido… —comenté con cierta irritación. Una parte de mí esperaba que no me hubiera oído, pero no lo dije lo suficientemente bajito.

—¿Qué? —inquirió, vagamente cabreado.

—No lo ha hecho a propósito —dije en defensa del caracol con un hilo de voz—. Él no puede entenderlo, ¿no te parece?

Me miró con los ojos alucinados, disgustado e incrédulo. Yo me sentía infantil, diminuta y extraña, como una niña encerrada en un mundo que los demás siempre verían de ese modo.

—No da asco… —seguí diciendo despacio, como si quisiera defender una parte de mí misma—. Es una criatura muy frágil… Solo puede defenderse. No tiene modo de herir a nada ni a nadie.

El cabello me hacía cosquillas a ambos lados del rostro mientras permanecía así, con la barbilla ligeramente inclinada.

—A veces salen con la lluvia. Es presagio de inundaciones y temporales… Lo presienten, ¿sabes? Antes que todos los demás…

Me acerqué lentamente al muro, mientras me lo llevaba hacia el pecho.

—En su caparazón… se siente protegido. Es su casa. —Me agaché al pie de un árbol, en el límite del prado que había antes del cercado, por donde no pasaba nadie—. Pero, si se resquebrajara o se rompiera…, los fragmentos se le incrustarían dentro y acabarían matándolo. Y no sobreviviría. De ninguna de las maneras. Porque es su refugio… La única protección con que cuenta. Es… triste, ¿no te parece? —musité con amargura—. Aquello que lo protege también es lo que puede lastimarlo.

Lo dejé junto a las raíces, depositándolo con cuidado. Permaneció agazapado, demasiado temeroso de salir, y yo removí un poco la tierra, buscando la parte de abajo donde estaba más húmeda, para que estuviera bien.

—Así… —susurré, esbozando una sonrisa. En mis gestos ponía toda la delicadeza que me había enseñado mi madre.

Me puse en pie de nuevo, llevándome lentamente un mechón tras la oreja. Cuando alcé la vista, me percaté de que el chico había estado observándome todo el tiempo.

—¡Eh, Nica! —Desde la puerta, Billie levantaba el brazo—. ¿Qué estás haciendo? ¡Vamos, que es tarde!

—¡Voy!

Sujeté una de las correas de la mochila con ambas manos y miré tímidamente al chico.

—Adiós —susurré en voz baja, antes de salir corriendo.

Él no respondió, pero sentí que me siguió con la mirada hasta que entré.

—¿Quieres venir a almorzar hoy a mi casa? —oí que me preguntaba cuando terminamos las clases.

El estuche que estaba guardando en la mochila se me resbaló de entre los dedos y me apresuré a sujetarlo, mientras observaba a Billie con las mejillas

sonrojadas. Aquella propuesta me pilló totalmente desprevenida.

—Mi abuela está muy preocupada. ¡Te vio el otro día delante de la escuela, y por poco no le da un patatús! Dice que estás muy delgada… Se ha pasado toda la mañana en la cocina y no creo que acepte un no por respuesta… Solo si te apetece, por supuesto.

—¿Estás… estás segura? —pregunté indecisa mientras salíamos del aula.

No sabía qué decir. El miedo a hacerme demasiado presente siempre me aguijoneaba con la sensación de que todos acabarían deseando librarse un poco de mí, como si en el fondo no me quisieran de veras.

Pero Billie, que era muy amable, me obsequió con una de sus sonrisas y agitó la mano.

—¡Por supuesto! La abuela casi me tira de la cama esta mañana. Me ha apuntado con el dedo y me lo ha dejado muy claro: «¡Dile a tu amiga que está invitada hoy!». Dice que tienes toda la pinta de alguien que nunca ha probado su pastel de patatas. ¡Todo un sacrilegio! —Rio divertida e insistió

—: ¿Entonces te vienes?

—Antes… tendría que pedir permiso, ¿sabes? Para confirmar que va bien.

—¡Ah, claro! —respondió Billy mientras yo sacaba una tarjeta con el teléfono de Anna.

Me dirigí a la secretaría y pregunté educadamente si podía hacer una llamada.

—A mi familia —le especifiqué a la secretaria y, cuando dijo que sí, sentí un puntito de felicidad y de orgullo.

Anna respondió al tercer timbrazo y no solo me dio permiso, sino que se mostró muy contenta de que no estuviera sola. Me dijo que podía salir cuando quisiera, que no me apresurara en regresar, y al oírla, el aprecio que le profesaba no hizo sino aumentar. Se fiaba de mí, era tolerante y comprensiva. Si bien estaba siempre muy pendiente, no ejercía un control asfixiante: respetaba mi libertad y yo valoraba en gran medida su actitud.

—¡Perfecto, se lo diré a la abuela! —exclamó Billie mientras le enviaba un mensaje.

Me sentía muy ligera. Le sonreí tan exageradamente que noté como se me enarcaban hasta los ojos, consciente de la oportunidad de estar juntas que me estaba brindando.

—Gracias —le dije, y en respuesta ella me devolvió una sonrisa y arqueó las cejas.

—Pero ¿qué dices? ¡Somos nosotras las que te damos las gracias!

—Nadie me había invitado jamás…

Sus ojos buscaron los míos, como si de pronto hubiera recordado algo importante, pero tuvo que apartarse cuando un grupo de muchachitas emocionadas pasó por nuestro lado. En el pasillo vi que la gente vaciaba las taquillas y retiraba los candados ante de marcharse.

—El Garden Day ya está a las puertas —señaló Billie, sonriente—. En el gimnasio están poniendo los puestos para las rosas. Después, el lunes, los miembros del comité se pasearán por la escuela y las repartirán entre los estudiantes.

—¿Por qué hay tanta gente que vacía sus taquillas? —pregunté intrigada

—. ¿Y por qué… las dejan abiertas?

—Ah, es una especie de tradición. Hay quien se adelanta para entregarle la rosa en persona a su destinatario. Los más temerarios, podríamos decir. O

puede que simplemente se trate de los más exhibicionistas. La cuestión es que aquellos que así lo deseen pueden dejar sus taquillas abiertas; de este modo, quien tenga una rosa que regalar, podrá depositarla en la taquilla correspondiente entre clase y clase. ¡En definitiva, se trata de un buen método para quienes no tienen el valor suficiente o no quieren comprometerse en exceso! Además, resulta divertido abrir la portezuela y descubrir que alguien te ha dejado una rosa. ¡Y devanarse los sesos tratando de averiguar quién habrá sido, quién piensa en ti, con qué color lo hace!

Aquello de «me ama, no me ama», «será este, ese otro, el de más allá…».

—Te gusta mucho esta celebración —aventuré—, ¿a que sí?

Billie se rio con ganas, encogiéndose de hombros al mismo tiempo.

—¿Y a quién no le gusta? ¡Parece que todos estén borrachos! Las chicas se vuelven locas rivalizando por quién recibe más flores… ¡Y los chicos más monos se convierten en presas codiciadas! ¡Es como ver un documental sobre buitres!

Levanté una ceja y, al verme, Billie se echó a reír.

Siguió contándome anécdotas del Garden Day mientras nos dirigíamos a la salida.

—Espera —le dije, palpándome los bolsillos—. El papel con el número de Anna…, debo de habérmelo dejado en la secretaría.

Aún no había tenido tiempo de memorizarlo y era la única seña que tenía de ella. Me disculpé, contrariada por mi descuido, y le aseguré que me daría prisa en regresar. No quería hacerla esperar, así que me dirigí veloz hacia la secretaría y, por suerte, hallé el papelito al pie del mostrador. Aliviada, me lo guardé enseguida en el bolsillo y volví sobre mis pasos.

Pero, mientras caminaba por el pasillo, alguien casi se me echó encima.

Era un chico. Un auténtico energúmeno. Me adelantó a la carrera y la tensión que proyectaba su cuerpo era tan violenta que no solo captó mi atención, sino también la de quienes andaban por allí en aquel momento.

Sentí un calambre en el estómago y lo atribuí a aquella evidente demostración de rabia: era una rabia intensa, nerviosa, que presagiaba violencia. Y a mí siempre me había dado miedo.

—¡Tú! —gritó—. ¿Qué cojones le has dicho a mi chica?

Se había detenido frente a una puerta. Reconocí la clase y al instante tuve un presentimiento que me hizo un nudo en el estómago: era el aula de música. Sabía que a esa hora debería de estar vacía; sin embargo, intuí quién se encontraba en el interior. Unos cuantos alumnos se congregaron en el lugar, atraídos por la escena. Cuando yo también me acerqué, impulsada por una fuerza inexplicable, pude confirmar que se trataba de Rigel.

Estaba sentado en la banqueta, silencioso e impecable. Los pianos ejercían en él una extraña atracción difícil de comprender. No la definiría como una pasión, sino más bien como una especie de llamada a la que no podía escapar.

—¿Me has oído? ¡Te estoy hablando a ti!

Estaba segura de que lo había oído, pero Rigel no perdió la compostura: ladeó la cabeza y lo miró de arriba abajo, despacio.

—Te he visto hablando con ella, la estabas molestando. —El chico se le acercó más—. Ni se te ocurra, ¿lo has entendido?

La expresión del rostro de Rigel era impenetrable, como si aquella diatriba no le hubiera causado el menor efecto. Pero yo estaba intranquila.

Unas alas de ángel negro envolvían su cuerpo, ocultas e invisibles a todos, y temía el momento en que las desplegase para dar lo peor de sí mismo.

—No te creas que puedes hacer lo que te salga de las narices solo porque eres nuevo. Aquí las cosas funcionan de otro modo.

—¿Y quién dice cómo funcionan? —preguntó Rigel en tono irónico—.

¿Tú?

Lo fulminó con la mirada y se puso en pie. Era más alto que el otro, pero lo que más miedo daba en él era la total ausencia de calidez de su mirada.

Aquellos iris de tiburón te arañaban la piel.

—Yo que tú me preocuparía de otra cosa —le respondió—; tal vez de preguntarle a tu novia por qué habría de estar perdiendo mi tiempo con ella…

Le pasó por delante y el chico apretó los puños, confundido y furioso.

—¿Qué cojones has dicho? —masculló mientras Rigel le daba la espalda, recogiendo las hojas que había apoyado sobre el piano. —¿Adónde te crees que vas? ¡Aún no he terminado! —bramó fuera de sí—. ¡Y mírame cuando te hablo, imbécil!

Lo agarró con fuerza del hombro y, en el instante en que le puso la mano encima, deseé que no lo hubiera hecho. Al cabo de un instante, una mano

hizo presa en la nuca del chico y, con una brutalidad inaudita, le aplastó la cara contra el piano. Se produjo un ruido terrible, el corazón me dio un vuelco y me pareció que alguien cerca de mí contenía la respiración.

Sentí que me palpitaba la garganta mientras Rigel empujaba y hundía las uñas en el cabello del muchacho, arrancándole un lamento roto. Aplicó toda su furia sobre el cráneo del chico y al cabo de un instante, tan rápido como lo había aferrado, lo soltó. El otro se desplomó en el suelo, aturdido, sin tiempo a incorporarse. Me dejó helada la rapidez con que Rigel había reaccionado, la potencia con la que lo había sujetado y la fuerza con la que lo había agredido.

Rigel se dio la vuelta y se agachó para recoger las hojas que se habían caído al suelo. Todo el mundo aguantaba la respiración.

—Tu chica me hizo una foto —masculló arrastrando la voz—. Apuesto a que no te lo ha dicho. Pues, ya que estás, dile que no vuelva a hacerlo.

Entonces, se percató de que yo estaba allí y se me quedó mirando.

—Pero díselo con amabilidad, por favor —añadió sarcástico.

Se marchó antes de que llegara algún profesor. Me quedé paralizada, con el corazón latiéndome en las muñecas. Miré a mi alrededor y vi que algunas chicas lo seguían con la mirada, atemorizadas, y al mismo tiempo hechizadas por el enigmático y agresivo encanto que irradiaba su figura.

Acababa de hacer una demostración de violencia, frialdad e indiferencia.

Y, sin embargo, todas las chicas se hubieran dejado engullir por el peligroso misterio que encerraban sus ojos.

Cuando volví al patio, aún bastante alterada, tenía un extraño sabor de boca. Seguía viendo aquella escena…

—¡Ahí estás! —Billie me devolvió a la realidad con una sonrisa—. ¿Lo has encontrado?

Parpadeé, tratando de ocultarle mi turbación. Rigel me provocaba sensaciones incomprensibles, profundas e inquietantes.

—Sí —me limité a susurrar. Me mordí el labio y desvié la mirada, para

que no se percatara de que pasaba algo.

—Será mejor ir tirando —dijo.

El voluminoso Wrangler estaba plantado en medio de la calle saturada de tráfico, entre conductores irritados y motoristas formando caravana—. La cosa no pinta muy bien.

—Un momento, ¿es que… no esperamos a Miki?

—Ah, no, no viene —respondió tranquila—. Hoy no puede.

Yo pensaba que seríamos tres, pero…

Atravesamos la verja y nos apresuramos a llegar al coche.

Cuando abrí la puerta, la abuela de Billie me echó un vistazo tras sus gafas de sol.

—¡Hola, abuela! ¿Qué tal tienes hoy la cadera?

—Déjate de parloteos, subid —nos ordenó autoritaria y nosotras obedecimos.

Me acomodé en el asiento de atrás y me la quedé mirando con mis ojos de niña buena.

—Esta es Nica —dijo Billie a modo de presentación mientras la abuela arrancaba.

Alcé una mano con timidez y ella me miró por el retrovisor. Por instinto, sentí una punzada en el corazón, pues temía no gustarle. Me angustiaba no estar a la altura de sus expectativas, fueran cuales fueran.

—Hola, querida —me respondió con voz cariñosa y entonces me relajé.

Sonreí aliviada. Decidí disfrutar del momento y aparté a Rigel en un rincón de mi mente, lejos de todo lo demás.

La casa de Billie estaba bastante lejos de la escuela. Se hallaba en un barrio tranquilo cerca del río, en una callejuela tan estrecha que el Wrangler pasó por los pelos.

Tuvimos que subir unas escaleras antes de llegar hasta una graciosa

puertecita roja, con un paragüero de latón al lado.

El apartamento era pequeño pero acogedor, con las paredes abarrotadas de cuadros y fotos, todos ellos un poco torcidos y amontonados; unas vigas de madera vista sostenían el techo, y el parquet vistosamente gastado aportaba al ambiente una intimidad que me hizo sentir cálida y protegida.

En el aire flotaba un olor a asado que te abría el apetito. Comí hasta reventar y descubrí que la abuela de Billie, tras sus modales un poco de cascarrabias, ocultaba un trato afectuoso y muy maternal.

Se aseguró de que tomara ración de pastel y me preguntó cuánto hacía que me había mudado. Le respondí que venía de una institución y, cuando le comenté con una sonrisa esperanzada que estaba en fase de adopción, en su rostro se traslució una profunda ternura. Hablé del día que conocí a Anna, de aquella mañana cuando la vi al pie de las escaleras y del paseo que dimos por el jardín, bajo sol de la tarde.

La abuela me escuchó con atención, sin interrumpirme. Y cuando terminé de hablar, se puso en pie, alargó el brazo sobre la mesa y me dio otro trozo de pastel.

Cuando acabamos de almorzar, Billie me enseñó su habitación.

Pero antes de entrar, bajó las persianas y encendió la luz.

De pronto, en las paredes estallaron infinidad de centellas luminosas y me quedé sin aliento: unas serpientes de lucecitas reptaban por las paredes, creando un auténtico laberinto de fotografías.

—Oh, es…

Un flash me cegó como un relámpago: parpadeé, aturdida, y vi la sonrisa de Billie despuntando tras una cámara de fotos.

—Ponías una cara muy tierna —me dijo mientras bajaba la cámara entre risas, y sacó la celulosa de la cámara en cuanto esta empezó a asomar. La agitó varias veces antes de dármela.

—Aquí tienes.

Tomé entre mis manos aquel rectángulo de papel y vi surgir los colores

como por arte de magia: era yo, con la expresión más bien soñadora y una vaga sonrisa suavizándome los labios; a mi alrededor, aquel universo de luciérnagas se reflejaba en mis iris y los hacía brillar como espejos llenos de luz.

—¡Puedes quedártela! Te la regalo.

—¿De verdad? —susurré, embelesada por aquel regalo tan bello, que atrapaba el tiempo y capturaba los colores. Tener un fragmento de vida en la palma de tu propia mano parecía obra de un encantamiento.

—Por supuesto. ¡Yo tengo muchísimas, no tienes que preocuparte por eso! La abuela ha probado a regalarme álbumes para guardarlas, pero no me aclaro con tanto orden. ¿Ves? —me dijo, señalando aquella galaxia de fotos

—: Los amaneceres, al este; y los atardeceres, al oeste. Los cielos, al lado del escritorio. Así, cuando estudio, me siento más ligera. Y las personas, alrededor de la cama, así no me siento sola por la noche cuando me cuesta conciliar el sueño. Echo un vistazo a las sonrisas y me quedo dormida antes de acabar de contarlas.

—¿De dónde te viene esta pasión por las fotos? —le pregunté mientras me paseaba por entre todos aquellos rostros.

—Gracias a mis padres.

Me contó que se habían marchado hacía meses. Eran fotógrafos de prestigio internacional que trabajaban para revistas tan importantes como National Geographic y Lonely Planet, por eso su trabajo los llevaba a recorrer el mundo en busca de paisajes exóticos y escenarios sugerentes por todos los rincones de la Tierra. No paraban mucho por casa, así que la abuela se vino aquí, a vivir con ella.

—Es algo realmente muy bonito, Billie —dije con un hilo de voz, fascinada por aquella realidad tan sorprendente. Vi fotos de sus padres en las montañas del Gran Cañón, al pie de una pirámide maya, y también en medio de una explosión de mariposas, dentro de una tienda de los nativos americanos—. Debes de estar muy orgullosa de ellos…

Ella asintió la mar de ufana, mientras los miraba.

—Lo estoy. A veces no podemos comunicarnos porque se encuentran en lugares perdidos donde no hay señal ni conexión. La última vez que oí sus voces fue hace cuatro días.

—Debes de echarlos mucho de menos.

Billie miró melancólica una foto en la que aparecían sonrientes, la acarició con los dedos, a modo de saludo, y sentí su nostalgia como si fuera mía.

—Un día seré como ellos. Me iré con mi padre y con mi madre, y llenaré la habitación de fotos en las que también saldré yo. Ya verás —me tranquilizó con aquel deseo implícito—, cuando sea mayor, estaré justo allí, detrás de esta capa esmaltada que nos separa.

Había sido bonito. Pensaba en ello todo el tiempo mientras iba por la calle dando un paseo.

Tenía una sensación de paz total. Iba de regreso a casa después de haber comido y pasado la tarde en casa de una amiga. ¿Acaso existía una sensación más espléndida que la de sentirse normal? ¿Sentirse… aceptada?

Pasé por delante de la escuela, relajada. Resultaba insólito ver la acera sin un alma. Sin embargo, un movimiento me llamó la atención. Vi a una persona de espaldas, encajada entre las puertas, con el pelo negro oscilando de un lado a otro.

Me dio la impresión de que la conocía…

—¿Miki? —la llamé cuando llegué a su altura.

Ella se volvió de golpe, sobresaltada. La camiseta, atrapada entre las puertas, hizo un ruido tremendo al descoserse.

Puse los ojos como platos y me contuve de tenderle las manos en un gesto involuntario. Observé sin aliento el descosido de la manga.

—Yo… lo… lo siento muchísimo… —empecé a decirle angustiada.

Miki se quedó mirando el estropicio y apretó los dientes.

—Perfecto. Era mi camiseta preferida —dijo, lacónica.

Apreté los dedos; me sentía desolada. Traté de decir algo, pero ella no me dio tiempo: me dejó allí sin tan siquiera mirarme.

—Miki, espera, por favor —balbuceé—. Lo siento, no era mi intención…

Te he visto allí y solo quería saludarte…

Ella no perdió el tiempo en responderme. Siguió caminando, pero yo tomé impulso y la adelanté.

—¡Puedo arreglártela!

No quería que se fuera así. Sabía que Miki confiaba en muy pocas personas. Me constaba que era una persona esquiva, suspicaz y reservada, pero no quería que me odiase. Necesitaba hacer algo. Quería seguir intentándolo, quería… quería…

—Soy buena con la aguja y el hilo, te la puedo arreglar si quieres, no tardaré nada —le dije con ojos suplicantes—. Vivo aquí al lado. No me llevará tiempo, créeme, será cosa de dos minutos…

Miki fue ralentizando el paso hasta detenerse. Yo me adelanté un paso y le dije con un hilo de voz, abrumada:

—Por favor, Miki… Déjame que le ponga remedio.

«Déjame intentarlo —le estaba diciendo—, dame una oportunidad, solo una, no te estoy pidiendo más».

Miki se volvió hacia mí despacio y en sus ojos vi una chispa de esperanza.

—Ya hemos llegado —dije un poco más tarde, señalando la valla blanca

—. Esa es mi casa.

Miki caminaba a mi lado, en silencio. Se me hacía extraño tenerla tan cerca. Miré de rojo la funda de violín que llevaba consigo, pero refrené mi curiosidad antes de que se materializara en mi lengua.

—Ven, es por aquí —la invité a entrar.

Echó un vistazo a su alrededor, un poco circunspecta.

—Espérame en la cocina. Vuelvo enseguida.

Me quité la mochila y fui a por la vieja caja de galletas en la que Anna guardaba los utensilios de costura.

Regresé junto a Miki y la encontré examinando el hervidor en forma de vaca. Dejé la lata de la costura y la invité a acercarse.

—Siéntate aquí.

La acomodé en la isla de la cocina para que su brazo me quedase a una altura adecuada. Se quitó la cazadora de piel mientras yo buscaba un carrete de hilo del color adecuado.

Encontré uno de un gris muy oscuro, como de color antracita. Las costuras de la camiseta estaban levemente descoloridas, así que pensé que, si hacía un buen trabajo, parecería un defecto de fábrica. Asentí para mis adentros, cogí una aguja y me dispuse a enhebrar el hilo. Entonces vi un punto de temor nervioso en el modo en que me miró Miki.

—Tranquila —le dije con voz serena—, no te pincharé.

Me incliné hacia delante, hice coincidir los dos bordes sujetándolos delicadamente y empecé a remendar con cuidado. Tenía los dedos debajo, para sentir la aguja antes de que pudiera llegar a la piel. Noté que se retraía cuando la rocé accidentalmente con las yemas de los dedos, pero no dije nada: lo que Miki me estaba permitiendo hacer tenía un enorme valor para mí.

Al cabo de unos instantes, me percaté de que no me quitaba el ojo de encima.

—Ya casi está —la tranquilicé con un hilo de voz.

Ella observó la precisión con la que la aguja desaparecía en el tejido y reaparecía enseguida.

—¿Dónde aprendiste a coser? —me preguntó con voz neutra.

—Oh, llevo toda la vida haciéndolo. Cuando estaba en la institución, no

había nadie que lo hiciera por nosotros, así que me cosía la ropa yo misma.

Al principio fue un desastre, no hacía más que pincharme los dedos… Pero aprendí con el tiempo. No quería ir por ahí llena de rotos —dije alzando el rostro. Nuestras miradas se encontraron y esbocé una sonrisa—. Quería tener un aspecto limpio y aseado.

Miki me miró a los ojos y yo volví a bajar el rostro.

Siguió observándome cuando me acerqué a la caja de lata para coger las tijeras y concluir mi trabajo.

—¡Ya está! —anuncié—. He terminado.

Ella se miró la manga y examinó las puntadas bien tensas y ordenadas.

De pronto se detuvo en una zona determinada.

—¿Y esto qué es?

Apreté los labios cuando se percató de que allí había algo que antes no estaba. Donde terminaba el remiendo, a la altura de la clavícula asomaba la cara de un panda bordado con hilo.

—Yo… Verás… En esta parte el tejido se había estropeado —farfullé, con un vago sentimiento de culpabilidad—, y como sé que te gustan los pandas… Bueno, creo que te gustan, puesto que llevas uno colgando de la mochila, pues me… me ha parecido un detalle bonito…

Ella me miró y yo alcé las palmas de las manos:

—¡Pero puedo quitarlo sin problema! Basta con usar la punta de una tijera, tirar del hilo, y ya está. Solo es un segundo…

El timbre del teléfono interrumpió mis balbuceos.

—¡Oh, estás en casa! —exclamó Anna con alivio cuando corrí a responder.

Quería cerciorarse de que ya había regresado. Una vez más me demostraba que se preocupaba por mí y, como cada vez, sentí un aleteo en mi corazón. Me preguntó cómo había ido el almuerzo y me informó de que ella tampoco tardaría en volver.

Cuando colgué, vi que Miki ya se había puesto la cazadora de nuevo y

había cogido la funda. Me hubiera gustado mucho preguntarle por el violín, pero preferí no ser entrometida.

Le abrí la puerta sonriente y, al instante, noté que algo se había colado en la casa.

—Oh —dije encantada—. Hola, Klaus.

El viejo gato me lanzó una mirada desabrida. Dejé pasar a Miki y no pude resistir el impulso de tender una mano para acariciarlo, pero él se apartó bruscamente y trató de arañarme.

Me llevé la mano al pecho, mortificada por haber tratado de tocarlo sin su permiso, o tal vez por haber sufrido aquel melodramático rechazo ante las narices de Miki.

La miré de soslayo y vi que me estaba observando.

—Al parecer hoy no está de humor —comenté con una risa nerviosa—.

Suele ser muy juguetón. ¿A que sí? ¿Eh, Klaus?

Klaus soltó un bufido y me enseñó los dientes, colérico, antes de desaparecer de mi vista. Lo vi escabullirse escaleras arriba y me sentí vagamente abatida.

—A veces puede parecer un pelín irascible… —musité—. Pero en el fondo en el fondo… muy en el fondo… estoy segura de que es un pedazo de pan…

—Gracias —oí que alguien me susurraba.

Alcé el rostro, sorprendida, pero Miki ya me había dado la espalda.

Desapareció por la puerta y se marchó sin más.

«Es la delicadeza, Nica», decía la voz de mamá.

Y yo no conocía otro modo de comunicarme con el mundo.

Pero tal vez…

Tal vez el mundo empezaba a comprenderme.

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