Fabricante de lágrimas
31. Con los ojos cerrados
31
Con los ojos cerrados
Te amo como solo las estrellas saben amar.
Desde lejos, en silencio, sin apagarse nunca.
Aquella noche no tuve pesadillas.
Nada de sótanos.
Nada de correas.
Nada de escaleras de caracol hacia la oscuridad.
Durante todo el rato… tuve la sensación de que alguien me observaba.
Solo cuando las pesadillas llamaron a la puerta de mis pensamientos, me pareció percibir que mis labios dejaban escapar un gemido. Pero, al cabo de un momento…, se desvanecieron. Algo me envolvió y las ahuyentó, y mis miembros se sumieron en el olvido, acunados por un calor reconfortante.
Abrí los párpados, ligeramente aturdida.
No sabía qué hora debía de ser. Más allá de la ventana, el cielo estaba de ese color oscuro y un poco tenue que aún no ha perdido el matiz nocturno.
Debían de faltar unas pocas horas para el alba.
Poco a poco, empecé a situarme. Noté que me dolían los huesos de la pelvis y que tenía los músculos de las piernas un tanto agarrotados. Moví
los muslos bajo la manta, pero al hacerlo, sentí una ligera quemazón en el bajo vientre.
En ese momento, noté un peso que mantenía mi cintura caliente.
Miré hacia abajo. Una muñeca bien definida me rodeaba las caderas.
Observé sus líneas recias y angulosas y fui ascendiendo hasta llegar al chico que había a mi lado.
Rigel tenía el otro brazo doblado bajo la cabecera y su respiración era tranquila y regular. Las cejas le resaltaban los pómulos elegantes y su melena oscura caía en cascada sobre la almohada como seda líquida, suave y apenas despeinada. Tenía los labios ligeramente inflados y un poco agrietados, pero espléndidos, como de costumbre.
Siempre me había gustado verlo dormir. Desprendía una belleza surreal.
Las facciones distendidas lo volvían… encantador y vulnerable… De pronto, sentí una punzada en el corazón.
¿Había sucedido de verdad?
Emití un leve crujido al alargar la mano. Dudé, pero al final le toqué el rostro con cautela y noté su calidez en las puntas de los dedos.
Estaba allí de verdad.
Había sucedido todo realmente…
Una felicidad incontenible me embargó el corazón. Entorné los párpados mientras respiraba su perfume masculino y, sin hacer el menor ruido, me incliné hacia delante y me acerqué a él.
Apoyé mis labios en los suyos, con suavidad. El chasquido lento y tenue de aquel beso resonó en el silencio. Cuando volví a mirarlo, me di cuenta de que había abierto los ojos.
Sus iris destacaban bajo las cejas oscuras y noté que me estaban mirando, negros e increíblemente profundos, antes de que pudiera corresponderle.
—¿Te he despertado? —susurré y me pregunté si no habría sido lo bastante delicada.
Rigel seguía mirándome, pero no respondió. Me acomodé en la
almohada, disfrutando de su mirada.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó, observando mi cuerpo envuelto en la manta.
—Bien. —Busqué sus ojos, acurrucada, sintiendo que las mejillas se me encendían de felicidad—. Mejor de como me había sentido nunca.
De pronto, la imagen de Anna y Norman irrumpió en mi mente, y pensé que lo mejor sería regresar a mi habitación.
—¿Qué hora es? —pregunté, pero Rigel pareció intuir mi temor.
—Aún faltan unas horas para que se despierten —dijo, y yo interpreté
«puedes quedarte un poco más» sin necesidad de palabras.
Me hubiera gustado que nos mirásemos a los ojos, pero estaba demasiado relajada como para no contentarme con tener su cuerpo junto al mío. El cansancio se abría paso a través de mi piel, pero, transcurrido un tiempo indefinido, en lugar de cerrar los ojos, susurré de todo corazón:
—Siempre me ha encantado tu nombre.
No sabría decir por qué había escogido aquel momento para decírselo; jamás se lo había confesado, ni una sola vez. Sin embargo, en ese instante, sentía mi alma más unida a la suya que nunca.
—Sé que no estarás de acuerdo conmigo —añadí despacio mientras él volvía a mirarme—. Sé… lo que representa para ti.
Ahora me observaba con atención; en sus ojos brillaba algo remoto que simplemente percibí sin tratar de interpretarlo.
Le hablé con ternura y con sinceridad.
—No es como tú piensas. No te vincula a la directora —le dije, despacio, como en un susurro.
—¿Y a qué me vincula? —preguntó con voz ronca y pausada, como si realmente no fuera a creerse la respuesta.
—A nada.
Me miró desconcertado y yo suavicé la mirada.
—Simplemente no te vincula. Eres una estrella del cielo, Rigel, y al cielo
no puedes encadenarlo.
Acerqué un dedo. Le acaricié la piel del hombro y debajo de los ojos…
uní un lunar con la clavícula y después uno, dos, tres puntitos. Después las tres estrellas de la cintura, más abajo. En silencio, tracé la constelación de Orión sobre su piel.
—Tu nombre no es un peso… Es especial. Como tú, que brillas solo para quien sabe mirar. Como tú, que eres silencioso, profundo y lleno de matices, como la noche. —Uní los extremos inferiores trazando un eje invisible—. ¿Alguna vez has pensado en ello? —Mis palabras me hicieron sonreír—. Yo llevo el nombre de una mariposa. La criatura más efímera del mundo. Pero tú… Tú tienes un nombre eterno, de estrella. Eres raro. Los que son como tú brillan con luz propia, aunque no lo sepan. Y Rigel te convierte… exactamente en lo que eres.
Mi dedo se detuvo en su pectoral, a la altura del corazón. Justo allí, en el extremo más lejano de aquella constelación invisible, debía de encontrarse la estrella que le había dado nombre.
Con un leve sonido, me volví para buscar mi vestido en el suelo; revolví en el bolsillo y me giré de nuevo hacia él con algo en la mano.
Rigel miró la tirita de color violeta que yo sostenía entre los dedos.
Acusé el cansancio en los miembros, pero antes de que él pudiera comprender, la abrí y se la puse en aquel punto a la altura del corazón.
—Rigel —susurré señalando la tirita, su estrella.
Después cogí otra igual, del mismo color, la abrí y me la puse en mi corazón.
—Rigel —concluí, señalando mi piel.
Apoyó la palma de su mano encima y sentí que aquel gesto entraba en mi interior como una promesa.
Aunque el sueño iba apoderándose poco a poco de mí, pude sentir su mano ciñendo la sábana que me envolvía las caderas.
—Las estrellas no están solas. Tú no estás solo —dije con una dulce
sonrisa mientras cerraba lentamente los ojos—. Yo te llevo… siempre conmigo.
No esperaba que respondiera.
Porque había aprendido que no debía reclamar respuestas cuando llamaba a la puerta de su alma. Solo tenía que limitarme a entrar despacio, sentarme en aquella rosaleda de cristal y esperar con cuidado y paciencia.
Y en esa ocasión… lo sentí, sentí que me estaba mirando.
Su mirada me acompañó todo el tiempo, pero yo no comprendí su verdadero significado.
Hasta que no llegase el momento… no lo comprendería.
Me abandoné al reconfortante calor de su respiración y me dormí.
Cuando desperté al cabo de un rato, él no estaba.
A última hora de aquella tarde, corría un airecillo templado.
El viento hacía crepitar los árboles y traía consigo el fresco olor de las nubes. Al respirarlo a fondo, me pareció que podría elevarme con la brisa y caminar por el cielo.
Apenas había transcurrido una semana desde aquel amanecer.
Mis pasos resonaban en el asfalto de la acera, tranquilos y mesurados; a aquellas horas no había nadie a nuestro alrededor, éramos los únicos.
—Mira —susurré con un soplo de brisa. Mi mochila chocó despacio con mi espalda cuando me detuve.
El crepúsculo teñía el río y lo hacía titilar como un cofre lleno de minerales. Los puntos donde estaban reconstruyendo el muro de contención estaban delimitados por unas redes de color naranja, pero más allá podían distinguirse igualmente las sombras que se alargaban sobre las copas de los árboles. Desde el puente, el agua relucía con reflejos ní tidos y centelleantes.
Rigel, un paso por delante de mí, era un perfil esculpido en el aire rojizo.
Miraba en la dirección que le había indicado, con el pelo negro danzando
alrededor de su cabeza. Aquella luz tan cálida hacía que sus ojos parecieran aún más brillantes.
Ahora, volver de la escuela con él era uno de los momentos que más me gustaban. No es que tuvieran nada de especial, pero había paz en el modo en que podíamos estar juntos delante de los demás, sin nada que temer.
Estábamos lo bastante alejados de todos y de todo como para dejar el mundo al margen por un instante.
—Son bonitos, ¿no te parece? Todos esos colores —murmuré mientras el agua discurría a lo lejos debajo de nosotros, destellando con reflejos similares a la miel.
Pero yo no estaba mirando el río; estaba mirándolo a él. Rigel se dio cuenta. Despacio, se volvió hacia mí.
Me miró a los ojos, tal vez porque él también había aprendido a entender algo de nosotros, ese algo que viajaba en nuestros ojos y era invisible a los demás. Nuestros silencios tenían palabras que nadie más podía oír, y era allí donde estábamos destinados a encontrarnos: entre las cosas no dichas.
Esperó a que lo alcanzase despacio, con aquella delicadeza que siempre imprimía a mis movimientos cuando me acercaba a él. Me detuve a una distancia que podría considerarse aceptable; aunque no había nadie, aunque incluso los obreros que pululaban por las obras ya se habían marchado, estábamos en la calle y había ciertos límites que no podíamos olvidar.
—Rigel… ¿Hay algo que te preocupe? —Le sostuve la mirada y vi algo en sus ojos que me animó a continuar—. Estás distante. Hace días que parece como si te preocupara algo.
No, «preocupado» no era la palabra exacta.
Era algo que no sabía identificar y esa sensación me tenía en ascuas.
Rigel movió lentamente la cabeza y miró hacia otro lado. Sus ojos apuntaban a la lejanía, allí donde el río se perdía en una franja indefinida entre los árboles.
—No logro acostumbrarme —admitió con voz apagada.
—¿A qué?
—A este modo que tienes —respondió con aquel insólito tono de voz claudicante— de lograr percibir lo que los demás no ven.
—Entonces ¿es eso? —busqué sus ojos, intuía que mis sensaciones eran correctas—. ¿Hay algo que no va bien?
Él guardó silencio y yo suavicé aún más la voz.
—Se trata del psicólogo…, ¿verdad? —dije despacio—. Te he visto hablando con Anna esta mañana… Recuerdo que quiso hablar contigo después de la visita de aquel día. Y anteayer… estuvisteis fuera toda la tarde.
Mis manos se deslizaron hasta la suya y sus ojos vibraron por un instante antes de apartarse del horizonte y centrarse en mi gesto.
—Rigel —volví a probar con suavidad—, ¿quieres decirme qué pasa?
Fue alzando la mirada poco a poco hasta encontrarse con la mía. Era la misma mirada que llevaba consigo desde aquella mañana de hacía una semana, como una mancha que no lograba hacer desaparecer.
De pronto, sucedió algo turbador. Nunca me lo hubiera esperado.
Durante un momento que me dejó confusa y sin aliento, todas las defensas de los ojos de Rigel se vinieron abajo a la vez y emergió una oleada de sentimientos que se me llevó por delante como un maremoto.
En su rostro afluyeron los remordimientos, la desesperación y un calor incontenible, y yo me eché a temblar con los ojos muy abiertos, embargada de emociones tan potentes que no me veía con las fuerzas suficientes para sostenerme en pie.
Se me rompió el corazón al verlo de aquel modo y retrocedí un paso.
—Rigel… —dije con un hilo de voz.
Me mostraba incrédula, no acababa de comprender qué acababa de pasar.
Y, antes de que pudiera hacer nada, se inclinó sobre mí y me dio un largo beso en la comisura del labio.
Cuando se apartó de nuevo, lo miré desconcertada y acuciante,
confundida ante semejante tormenta de emociones, y hundida por aquel gesto tan imprudente.
¿A qué venía todo aquello?
Estaba a punto de preguntárselo, cuando sentí que el mundo se derrumbaba.
Desplacé la vista por encima de su hombro. Y la vi. A unos metros de nosotros, una figura sobresalía entre los gemidos del viento.
Un rostro que nos observaba. Una mirada inmóvil.
Pero no era un rostro cualquiera.
No.
Era Lionel.
Mi corazón sufrió un espasmo mudo. Ante el grito que profirieron mis ojos abiertos de par en par, Rigel no pudo evitar volverse y su mirada se ensombreció por completo cuando vio al chico que estaba a su espalda.
Lionel sostenía un bonito ramo de flores, idéntico a los otros que abarrotaban la casa. En su mirada confusa y alterada, vi repetirse cada secuencia de lo que acababa de suceder. De la realidad.
Mis dedos entrelazados con los de Rigel. La intimidad de nuestras respiraciones. La cercanía de nuestros cuerpos. Sus labios en la comisura de mi boca.
Después de tantas semanas, después de todo aquel tiempo… solo bastó aquel instante.
Solo aquel momento.
Y por fin comprendió.
Comprendió y comprender fue para él como caerse y estrellarse contra el hielo.
Lionel me miró bajo una luz distinta y su mirada ardió trasluciendo mil matices: incredulidad, desconcierto, derrota y devastación.
Bajó lentamente el brazo en el que llevaba las flores. Y, entonces, como una cascada de ácido, sus ojos cargados de rencor fulminaron a Rigel.
—Tú… —escupió entre dientes con una voz que apenas reconocí. El ramo temblaba en sus manos y una furia antinatural le afiló los rasgos—. Al final lo has logrado. Has logrado ponerle tus asquerosas manos encima.
—Lionel —estaba a punto de balbucir, pero Rigel me interrumpió inesperadamente.
—Oh, otro ramo de flores —comentó con mordacidad—, cuánta originalidad. Puedes dejarlas bajo el porche, alguien se tomará la molestia de entrarlas en casa.
En su voz brilló una rabia excesiva, contenida. Lionel echaba fuego por los ojos. Fue a su encuentro a paso ligero, devorando el asfalto.
—Siempre has sido un cabronazo —le espetó al tiempo que su garganta adoptaba una preocupante tonalidad violeta—. ¡Desde el primer momento supe que eras un cerdo arrogante! Tenías que ponerle encima tus jodidas manos, ¿verdad? ¡Tenías que ponérselas, lo contrario no habría sido propio de un hijo de puta como tú!
—A lo mejor ella quería que le pusiera «mis jodidas manos» encima —le replicó Rigel, recalcando las últimas palabras con una sonrisa cruel en los labios—, mucho más que las tuyas.
—¡Rigel! —le imploré con los ojos muy abiertos, pero Lionel siguió avanzando y, cuando estaba a un palmo de su cara, le soltó:
—Ahora ya estarás contento, ¿eh? —Su voz ardía de la tensión nerviosa
—. ¡Debes de estar contento ahora que te la has cepillado bien! ¿Estás satisfecho? ¡Tú no te mereces a una chica como ella!
Un pavoroso terremoto estalló con toda su crudeza en los ojos de Rigel, candentes como una herida.
—Tú —escupió con una furia salvaje—, tú eres quien no se merece a una chica como ella.
—Me das asco —le espetó Lionel mirándolo con rencor, pero cuando intenté tranquilizarlo, sus ojos también me incendiaron a mí—. ¡Los dos me dais asco! ¿Pensabais que os saldríais con la vuestra? ¿De verdad lo creíais?
Bien, pues estáis muy equivocados. Vuestro sucio teatrillo se acaba aquí. —
Ahora los ojos de Lionel fulminaban de nuevo a Rigel, llenos de desprecio
—. Se lo pienso decir a todo el mundo. ¡Todos sabrán lo que hacéis en esa casa, la clase de familia que sois! ¡Todos! A ver qué dice la gente.
Lo miré con los ojos desorbitados, el pánico me oprimía la garganta.
—Lionel, por favor…
—No —escupió vengativo.
—¡Te lo ruego, tienes que entenderlo!
—¡Ya lo he entendido demasiado bien! —me espetó con repulsión—.
Está todo muy claro. Tan claro que podría vomitar —masculló entre dientes
—. Has decidido enrollarte con tu futuro hermano adoptivo, Nica.
Felicidades. Has decidido dejarte tocar por él, un puto enfermo que vive contigo y debería verte solo como una hermana. Una hermana, ¿te das cuenta? ¡Todo esto es indecente!
—Regálame una caja de bombones, vamos —lo provocó Rigel, punzante
—. Así haremos las paces.
Lionel se le echó encima
Todo sucedió de repente, las flores rodaron por el suelo, la violencia estalló, monstruosa. Golpes, puñetazos y arañazos saturaron el aire, mientras yo los observaba con los ojos desorbitados del pánico.
—¡No! —grité con labios temblorosos—. ¡No!
En un arranque de desesperación, me abalancé sobre ellos para tratar de detenerlos. Les arañé los brazos, con la voz henchida de terror.
—¡Basta! ¡Os lo suplico, no! ¡Deteneos…!
Las palabras se me rompieron en la boca. Mi rostro salió despedido hacia un lado y el pelo me cubrió el rostro; el mundo empezó a girar con una violencia que me provocaba náuseas antes de que me desplomase en el suelo.
El impacto contra el asfalto me dejó sin respiración. Sentí que me arañaba la mejilla y una quemazón tan intensa en el ojo derecho que me
obligó a cerrarlo. Por un instante durante el cual no entendía nada de lo que estaba sucediendo, un dolor sordo palpitó en mis sienes como un tambor.
Medio ida, me apoyé en las muñecas, y reconocí el sabor a hierro de la sangre que me impregnaba la lengua. Los párpados me quemaban. Con los ojos llorosos y vibrantes, miré al artífice del golpe.
Lionel me estaba mirando a su vez, devastado. Su rostro tenía una expresión de horror en estado puro.
—Nica, no… —balbuceaba consternado y tragaba saliva—. Te lo juro, yo no quería…
Lionel no vio a Rigel, inmóvil, con el pelo negro que le cubría la cara.
No vio su rostro ladeado hacia mí, como si quien me hubiera golpeado hubiese sido él.
No vio sus ojos fríos como el hielo, las pupilas estrechas como alfileres mirando a un lado con una incredulidad brutal.
No vio nada de eso.
No…
Solo vio el fulgor de sus iris negros, incendiarios, cortando el aire con furia, fulminándolo.
Rigel lo agarró del pelo y lo golpeó con tanta fuerza que le cortó el labio limpiamente. Un gemido de dolor brotó de su boca mientras encajaba una lluvia de puñetazos; lo machacó con una furia ciega, lo doblegó, lo aplastó, lo molió a golpes, mientras Lionel reaccionaba tratando de golpearlo como podía. Intentó arañarle la cara y la ferocidad de sus gestos degeneró de tal modo que se me hizo insoportable.
—¡Os lo suplico! ¡Basta! —Las lágrimas me quemaban los ojos—. ¡Por lo que más queráis!
Un puño golpeó a Rigel en la frente y le hizo un corte en la ceja. Sus ojos desaparecieron tras aquel asalto y yo me puse a temblar hasta los huesos.
—¡No!
Las rodillas me ardían, pero me puse en pie y me lancé de nuevo sobre
ellos. Hacía un momento había acabado en el suelo por el mismo motivo, pero ni siquiera el sabor a sangre bastó para detenerme.
Tampoco bastó el dolor en la mejilla ni el golpe que me había derribado.
No bastó el miedo ni el nudo que se me había formado en la garganta.
No bastó nada de todo ello porque…
Porque yo, hasta el final… en lo más profundo de mi ser, tenía un corazón de falena. Y siempre lo tendría. Porque quemarme estaba en mi naturaleza, tal como había dicho Rigel. Y no sería consciente de las repercusiones de mi gesto hasta que ya fuera demasiado tarde.
Con las lágrimas nublándome la vista, me abalancé sobre ellos y los agarré de donde pude. Sujeté muñecas y brazos sin saber siquiera a quién pertenecían y recibí más de un empujón mientras agarraba, rascaba e imploraba sin cesar.
—¡Basta, Rigel! ¡Lionel, basta!
Uno de los empujones me pilló desprevenida. Mi cuerpo salió proyectado hacia atrás. Me tropecé y, debido a la violencia del envite, choqué contra algo que se deformó bajo mi impacto.
Un terrible crujido vibró en el aire y entonces se detuvo el tiempo.
Sometida al imprevisto peso de mi cuerpo, la red de color naranja que sustituía el muro de contención cedió.
Abrí los ojos de par en par, incapaz de comprender qué estaba sucediendo en realidad. Traté de agarrarme a algo, de impulsarme hacia delante, pero el peso de la mochila en mi espalda me echó atrás y mi cuerpo se desequilibró.
Mientras mis ojos desencajados lanzaban un grito sordo, me pareció distinguir, como a cámara lenta, el rostro de Rigel.
Lo vi volverse, con el pelo aplastado contra la piel. Tenía la mirada rota, presa de un terror ciego que jamás había visto en él.
Rigel era mi único asidero en aquel mundo que se estaba viniendo abajo.
Durante una angustiosa sucesión de instantes, vi su cuerpo tomando impulso y saltando para llegar hasta mí. Estiró el brazo hasta casi
lastimárselo y su sombra me engulló en el instante en que me precipitaba en la nada. Me sujetó de golpe y el aire gritó monstruosamente en caída libre, como una criatura aullante, arrancándome lágrimas de los ojos.
Mientras caíamos desde aquella vertiginosa altura, mientras él interponía su cuerpo y me abrazaba para hacerme de escudo, lo único que pude sentir fue la incredulidad de la muerte.
Y a él.
La presión de sus manos fue estrechándome contra su pecho hasta casi fundirme con su latido.
Antes de que el impacto nos engullese en una violenta negrura, antes de que todo se estrellase contra el hielo, sentí sus labios en mi oído.
El sonido de su voz fue la última cosa que escuché.
La última… antes del fin.
Entre los gritos del viento…, en aquel mundo que se apagaba trágicamente a nuestro alrededor, antes de que la oscuridad nos anulase a ambos, lo único que escuché fue su voz susurrarme:
—Te quiero.
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