Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 4 de 43

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Fabricante de lágrimas

3. Formas de pensar distintas

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Formas de pensar distintas

A los gestos, como a los planetas,

los mueven unas leyes invisibles.

Billie me ayudó a adaptarme.

La escuela era grande y había muchísimas actividades entre las que escoger. Me mostró las aulas de los distintos cursos, me acompañó a todas las clases y me presentó a los profesores. Procuré no estar demasiado encima de ella, porque no quería ser una carga, pero me dijo que, al contrario, que le encantaba hacerme compañía. Cuando escuché esas palabras, me pareció que el corazón se me apretujaba de felicidad; aquella era una sensación que nunca hasta entonces había conocido. Billie era amable y servicial, dos cualidades que no abundaban en el lugar del que yo procedía.

En cuanto la campana señaló el final de las clases, salimos juntas del aula, ella se pasó por la cabeza un largo cordón de cuero y a continuación liberó de la correa algunos mechones de pelo rizado.

—¿Una cámara fotográfica?

Estudié con interés aquel objeto que ahora colgaba de su cuello y ella se iluminó de alegría.

—¡Es una Polaroid! ¿Nunca habías visto una? Esta me la regalaron mis

padres hace muchísimo tiempo. ¡Me encantan las fotos, tengo la habitación tapizada de imágenes! Mi abuela dice que tengo que dejar de llenar las paredes, pero siempre la encuentro quitándoles el polvo mientras silba… y, al final, se olvida de lo que me había dicho.

Traté de seguir su parloteo con atención y al mismo tiempo no acabar echándome encima de la gente; no estaba acostumbrada a aquel trajín tan intenso. Pero a Billie no parecía importarle demasiado: siguió hablándome como una cotorra mientras se chocaba con unos y con otros.

—… Me gusta fotografiar a la gente, es interesante ver los movimientos del rostro inmortalizados en una película. Miki siempre esconde la cara cuando lo intento con ella. Es tan mona que es una lástima, pero no le gusta… ¡Oh, mira, ahí está! —Alzó un brazo, eufórica—. ¡Miki!

Traté de distinguir a esa fantasmal amiga de la que me había estado hablando toda la mañana, pero aún no me había dado tiempo a localizarla cuando Billie ya estaba tirando de la correa de mi mochila, arrastrándome entre la gente.

—¡Ven, Nica! ¡Ven a conocerla!

Traté de seguirle el paso a duras penas, pero solo logré llevarme unos cuantos pisotones.

—¡Oh, ya verás como te gusta! —me comentó emocionada—. Miki sí que sabe ser un encanto. ¡Es tan sensible…! ¿Ya te he dicho que es mi mejor amiga?

Traté de asentir, pero Billie me dio otro tirón, apremiándome para que siguiera avanzando. Cuando, después de muchos empujones, llegamos junto a su amiga, tomó impulso y se plantó detrás de ella dando un saltito.

—¡Hola! —gorjeó, pletórica— ¿Qué tal ha ido la clase? ¿Has tenido Educación Física con los de la sección D? ¡Esta es Nica!

Me empujó hacia delante y por poco no me golpeo la nariz con la puerta abierta de una taquilla.

Una mano surgió del metal y la apartó.

«Un encanto», había dicho Billie, y me preparé para sonreírle.

Ante mí aparecieron unos ojos densamente maquillados. Pertenecían a un rostro atractivo y más bien anguloso, con una espesa mata de pelo negro que desaparecía bajo la capucha de una amplia sudadera. Un piercing aprisionaba su ceja izquierda y sus labios estaban ocupados en mascar ruidosamente un chicle.

Miki me miró sin mostrar interés y se limitó a observarme un instante.

Después se acomodó la correa de la mochila en el hombro y cerró la puerta con un golpe que me sobresaltó. Nos dio la espalda y se alejó por el pasillo.

—Oh, tranquila, siempre hace lo mismo —canturreó Billie, mientras yo permanecía fosilizada y con los ojos como platos—. Entablar amistad con los nuevos no es su fuerte. ¡Pero muy en el fondo es un amor!

«Muy en el fondo… ¿a cuánta profundidad?».

La miré con cara de susto, pero ella dio por zanjado el asunto y me convenció de que siguiéramos adelante. Nos dirigimos hacia la puerta de entrada, rodeadas por una vorágine de estudiantes y, cuando llegamos, Miki estaba allí. Observaba atentamente la sombra de las nubes que se desplazaba por el cemento del patio mientras se fumaba un cigarrillo, con la mirada absorta.

—¡Qué día tan estupendo! —suspiró alegremente Billie tamborileando con los dedos sobre la cámara fotográfica. —Nica, ¿tú dónde vives? Si quieres, mi abuela puede llevarte después. Hoy hace albóndigas y Miki se queda a comer en mi casa. —Se volvió hacia ella—. Comes en mi casa,

¿verdad?

Vi que Miki asentía sin entusiasmo, echando una bocanada de humo, y Billie sonrió contenta.

—Entonces, ¿vienes con nos…?

Alguien se le echó encima al pasar.

—¡Eh! —protestó Billie, frotándose el hombro—. ¿Qué modales son esos? ¡Ay!

Otros estudiantes pasaron apresuradamente por delante de nosotras y Billie se arrimó a Miki.

—¿Qué está pasando?

Algo no iba bien. Los estudiantes corrían hacia el interior, unos con el móvil encendido, otros con una expresión de terror en el rostro. Parecían emocionados por algo que flotaba en el ambiente, y yo me pegué a la pared, asustada por aquella multitud enloquecida.

—¡Eh! —le gruñó Miki a un chaval de aspecto exaltado—, ¿qué diablos está pasando?

—¡Se están pegando! —gritó con el móvil en la mano—. ¡Hay una pelea donde las taquillas!

—¿Se están pegando? ¿Quiénes?

—¡Phelps y el chico nuevo! ¡Dios, le está dando una buena paliza! ¡A Phelps! —exclamó fuera de sí—. ¡Tengo que grabarlo en vídeo!

Salió corriendo como un galgo y yo me quedé en la pared, con los brazos agarrotados y los ojos abiertos de par en par, mirando al vacío.

«¿El… chico nuevo?».

Billie se abrazó a Miki como si fuera un muñeco antipánico.

—¡Violencia no, por favor! No quiero verlo… ¿Quién puede estar tan loco como para liarse a mamporros con Phelps? Solo un inconsciente…

¡Ay! —exclamó con los ojos desorbitados—. ¡Nica! ¿Adónde vas?

Pero yo ya no la oía: su voz se desvaneció en la masa de estudiantes, avancé hacia la multitud, me fui abriendo paso entre hombros y espaldas, atrapada como una mariposa en un laberinto de tallos. El aire crepitaba hasta resultar casi sofocante. Oí con claridad el ruido de los golpes, el estruendo de un ruido metálico y algo que impactaba contra el suelo.

Logré llegar a la primera fila mientras los gritos me palpitaban en las sienes; metí la cabeza debajo de un brazo y puse unos ojos como platos.

Había dos estudiantes en el suelo, presas de un furor ciego. Resultaba difícil distinguirlos en medio de tanta furia, pero no necesité verles la cara:

aquella melena negra e inconfundible resaltaba como una mancha de tinta.

Rigel estaba allí, estrujando la camiseta del otro entre sus dedos, con los nudillos enrojecidos y pelados, mientras machacaba al chico que tenía debajo. Sus ojos brillaban con un insano fulgor que me hizo temblar hasta los huesos y me heló la sangre. Asestaba unos puñetazos brutales, veloces, con una saña espantosa, y el otro trataba de devolvérselos golpeándole furiosamente el pecho, pero no había asomo de piedad en el rostro que tenía encima. Sentí un crujir de cartílagos mientras los gritos saturaban el aire, la gente daba voces incitándoles…

Y entonces todo se cortó de pronto. Los profesores se abrieron paso entre la multitud y lograron separarlos. Uno agarró a Rigel por el cuello y tiró de él con fuerza. Los otros cayeron sobre el que estaba en el suelo, que ahora miraba a su rival con ojos de loco.

Mis pupilas se quedaron congeladas en su rostro. Y entonces pude reconocerlo. Era el chico de la mañana. Aquel con el que había chocado a la entrada, el de los libros.

—¡Phelps, acababas de reintegrarte hoy tras una suspensión! —le gritó un profesor—. ¡Esta es la tercera riña! ¡Has cruzado el límite!

—¡Ha sido él! —gritó el joven, fuera de sí—. ¡Yo no he hecho nada! ¡Me ha dado un puñetazo sin ningún motivo!

El profesor tiró de Rigel y lo hizo retroceder un paso más. Cuando inclinó el rostro, vi aquella mueca sarcástica que le cortaba el labio bajo el cabello desordenado.

—¡Ha sido él! ¡Mírelo!

—¡Basta! —bramó el profesor—. ¡Derechitos al despacho de la directora! ¡Vamos!

Los incorporaron sujetándolos por los hombros y me pareció que había mucha condescendencia en el modo en que Rigel se dejaba llevar: volvió la cara y escupió en la fuente sin que nadie lo retuviera, mientras el otro iba detrás de él, firmemente sujeto por el docente.

—¡Y vosotros, todos fuera de aquí! —gritó—. ¡No quiero ver ningún móvil! ¡O’Connor, como no desaparezcas ahora mismo, haré que te expulsen! ¡Y los demás también, circulad! ¡Aquí no hay nada que ver!

Los estudiantes empezaron a desfilar de mala gana, dispersándose hacia la salida. La turba se desinfló enseguida, y yo me quedé allí, frágil e imperceptible, con la sombra de él aún en los ojos golpeando, golpeando y golpeando, sin detenerse nunca,

Billie llegó corriendo, iba tirando de Miki por la correa de la mochila.

—¡Cielos, me has dado un susto de muerte! ¿Estás bien? —Me miró con los ojos muy abiertos, agitada—. ¡No puedo creérmelo, así que era tu hermano!

Sentí un extraño escalofrío. Me quedé muda y la miré confundida, como si me hubiera dado una bofetada. En mi gran confusión, al fin me percaté de que se estaba refiriendo a Rigel.

Claro… Billie no sabía cuál era la situación. No estaba al corriente de que teníamos apellidos distintos, solo sabía lo que la directora le había explicado. De hecho, para ella proveníamos de la misma familia, pero el modo en que lo dijo me chirrió como si hubiera arañado una pizarra.

—Él… Él no es…

—¡Deberías ir a la secretaría —me interrumpió angustiada— y esperarlo allí! Cielos, se ha peleado con Phelps el primer día… ¡Estará las timado!

Estaba segura de que él no era quien estaba lastimado. Recordaba el rostro tumefacto del otro chico cuando lograron que le quitase las manos de encima.

Pero Billie me empujó para que avanzase, emocionada.

—¡Vamos!

Y las dos me acompañaron a la entrada. Yo me retorcía las manos.

¿Cómo podía fingir que no estaba afectada y consternada por lo que había presenciado y, en lugar de eso, mostrarme preocupada por él? Recordaba la locura en su mirada, de forma clara e inequívoca. La situación era absurda.

Desde la puerta, se oía que estaban hablando en voz bastante alta.

El chico incriminado gritaba como un loco, tratando de hacer valer sus razones, y el profesor gritaba más fuerte que él. Noté que su voz sonaba histérica, exasperada, probablemente por tratarse de la enésima refriega en la que se había visto implicado. Pero lo que más me llamó la atención fue lo conmocionada que sonaba la directora y las palabras de incredulidad con las que se refería a Rigel: él, que era tan bueno, tan perfecto, no era de los que hacían esa clase de cosas. Él, que nunca sería capaz de iniciar algo de tal gravedad, y el chico protestaba con más vehemencia, juraba que ni siquiera lo había provocado, pero el silencio que mantenía la otra parte, dando a entender que no pensaba defenderse de aquellas acusaciones, clamaba su inocencia.

Cuando la puerta se abrió al cabo de media hora, Phelps salió al pasillo.

Tenía el labio partido y varias rojeces en aquellas partes del rostro donde la piel que cubría los huesos era menos densa. Me miró distraído, sin prestarme atención, pero al cabo de un instante volvió a fijarse en mí, como si de pronto se hubiera dado cuenta de que ya me había visto antes. No me dio tiempo a descifrar su mirada de consternación, porque el profesor se lo llevó…

—Creo que esta vez lo expulsarán —murmuró Billie mientras él desaparecía al fondo del pasillo.

—Ya va siendo hora —replicó Miki—. Después de lo que pasó con las de primero, se merecía que lo hubieran encerrado en una pocilga.

El tirador de la puerta volvió a hacer ruido.

Billie y Miki dejaron de hablar cuando Rigel salió. Las venas que recorrían sus muñecas se asemejaban a un laberinto de marfil y su magnética presencia bastó para que se hiciera el silencio. Todo en su aspecto creaba una sugestión difícil de ignorar.

De pronto reparó en nosotras.

No. En «nosotras» no.

—¿Qué haces tú aquí?

No me pasó desapercibido el matiz de sorpresa al remarcar las palabras.

Me lanzó una de sus miradas y me di cuenta de que no sabía qué responder.

Ni yo misma sabía qué estaba haciendo allí, esperándolo como si realmente estuviera preocupada por él.

Rigel me había dicho que me mantuviera alejada de él, me lo había mascullado tan cerca del cerebro que aún podía oír su voz reverberando entre un pensamiento y otro.

—Nica quería cerciorarse de que estabas bien —terció Billie, captando su atención. Esbozó una sonrisa tímida al tiempo que alzaba una mano.

—Hola…

Él no respondió y Billie pareció cohibirse ante su mirada. Se le sonrojaron las mejillas, que al instante se tiñeron de vergüenza por causa del visceral encanto de sus ojos negros.

Y Rigel se percató de ello. Ya lo creo que se percató.

Él lo sabía perfectamente. Sabía lo atractiva que resultaba la máscara que llevaba puesta, el modo en que se la ponía, lo que desencadenaba en los demás. La lucía desafiante, con arrogancia, como si el mero hecho de poseer aquel encanto siniestro lo hiciera brillar con una luz maligna, ambigua, exclusivamente suya.

Sonrió con la comisura de la boca, encantador y mezquino, y parecía como si Billie fuera a menguar de tamaño.

—¿Querías… «cerciorarte» —se mofó, recorriéndome con la mirada—

de que estuviera… «bien»?

—Nica, ¿no nos presentas a tu hermano? —parloteó Billie y yo desvié la mirada.

—No somos familia —solté, como si otro lo hubiera dicho por mí—. A Rigel y a mí nos van a adoptar.

Las chicas se volvieron y se me quedaron mirando. Yo lo miré a él a los ojos con dureza, valiente, sosteniendo sus pupilas.

—No es mi hermano.

Noté que me miraba, lúgubremente divertido ante mis esfuerzos, con aquella sonrisa afilada en los dientes.

—Oh, no lo digas así, Nica —insinuó sarcástico—, suena como si eso te aliviase.

«Así es», le transmití con la mirada. Y Rigel me observó de refilón y me quemó con sus iris oscuros.

Un timbre sonó de pronto en el aire. Billie sacó su móvil del bolsillo y abrió mucho los ojos.

—Tenemos que irnos, mi abuela está fuera esperándonos. Ya ha tratado de llamarnos…

Me miró y yo asentí.

—Entonces… nos vemos mañana.

Esbozó una sonrisa a la que traté de corresponder, pero aún sentía los ojos de Rigel encima. En ese instante, me fijé en que Miki no le quitaba el ojo de encima: lo estudiaba bajo la sombra de la capucha, lo observaba atenta con las cejas fruncidas.

Al final, ella también se dio la vuelta y ambas se alejaron por el pasillo.

—En una cosa sí que tienes razón.

Su voz se deslizó lenta y afilada como unas uñas sobre la seda en cuanto nos quedamos solos. Bajé la barbilla y me aventuré a mirarlo.

Tenía la vista fija en el punto donde las chicas acababan de desaparecer, pero ya no sonreía. Lentamente, sus iris de desplazaron hacia los míos, precisos como balas.

Juraría que sentí que aquellas palabras se me grababan por la fuerza en la piel.

—No soy tu hermano.

Aquel día decidí borrar de mi mente a Rigel, sus palabras y su mirada

violenta. Para distraerme por las noches, leía hasta tarde. La lámpara de la mesilla difundía por toda la habitación una luz suave y tranquilizadora que lograba disipar mis inquietudes.

Anna se sorprendió mucho cuando le pregunté si me podía prestar aquel libro. Era una enciclopedia ilustrada, con unos dibujos maravillosos, pero le extrañó que el tema pudiera interesarme.

Sin embargo, me fascinaba.

Mientras mis ojos se recreaban en las pequeñas antenas y en las alas transparentes como el cristal, me di cuenta de lo mucho que me gustaba perderme en aquel mundo ligero y variopinto al que siempre me había aproximado a través de una infinidad de tintas de colores.

Sabía que a todo el mundo le parecía algo insólito.

Sabía que era distinta.

Cultivaba mis rarezas como quien cultiva un jardín secreto del que solo yo poseía la llave, porque sabía que mucha gente no podría comprenderme.

Recorrí la curva de una mariquita con el dedo índice. Me traía a la memoria todos los deseos que había formulado cuando, de pequeña, las observaba volando entre las palmas abiertas de mis manos. Las veía sobrevolar el cielo y, desde mi impotencia, deseaba poder hacer lo mismo, eclosionar con un aleteo de plata y emprender el vuelo fuera de los muros del Grave…

Un ruido llamó mi atención. Me giré hacia la puerta. Creí que lo había imaginado, pero de pronto, al cabo de un instante, volví a oírlo, como si algo raspara la madera.

Cerré la enciclopedia con cuidado y aparté las mantas. Me acerqué lentamente a la puerta, accioné el tirador y asomé la cabeza. Distinguí algo que se movía en la oscuridad. Una sombra se escurrió a ras de suelo, rápida y afelpada, y me pareció que se detenía, me esperaba, me escrutaba durante un segundo. Finalmente, se desvaneció en las escaleras, un instante antes de que mi curiosidad me empujara a seguirla.

Me pareció distinguir una cola aterciopelada, pero no fui lo bastante rápida para alcanzarla. Ahora me encontraba en el piso de abajo, en silencio y totalmente sola, sin poder localizarla por ninguna parte. Suspiré, dispuesta a volver arriba, pero entonces me percaté de que la luz de la cocina estaba encendida.

¿Estaría Anna despierta? Me acerqué para cerciorarme, aunque más tarde deseé no haberlo hecho. Cuando empujé la puerta, mis ojos de encontraron con los de alguien que me estaba mirando fijamente.

Era Rigel.

Estaba sentado. Tenía los codos apoyados en la mesa y en su rostro, ligeramente abatido, el cabello dibujaba unas pinceladas bien definidas y limpias que ensombrecían su mirada. Sostenía algo en una mano y no tardé en percatarme de que era hielo.

Al encontrármelo allí, me quedé paralizada.

Tenía que acostumbrarme a ello, a la posibilidad de cruzarme continuamente con él. Ya no estábamos en el Grave, aquellos no eran los grandes espacios de la institución, sino los de una casa pequeña, y los dos vivíamos allí.

Pero cuando se trataba de él, la idea de acostumbrarme se me hacía imposible.

—No deberías estar despierta a estas horas.

Su voz, amplificada por el silencio, me provocó un escalofrío que recorrió toda mi espina dorsal.

Solo teníamos diecisiete años, sin embargo, había algo extraño en él, difícil de explicar. Una belleza obsesiva y una mente capaz de fascinar a cualquiera. Resultaba absurdo. Todo el mundo se dejaba moldear por sus maneras e incurría en un error. Rigel parecía haber nacido para ello, para modelar y plegar a las personas como si fueran metales. Me daba miedo, porque no era como los otros chicos de nuestra edad.

Por un momento, traté de imaginármelo ya adulto y mi mente viajó hasta

el rostro de un hombre terrible, con un encanto corrosivo y unos ojos oscuros como la noche…

—¿Piensas quedarte ahí mirándome? —me preguntó, sarcástico, mientras presionaba el hielo sobre un moretón que tenía en el cuello.

Ahora se lo veía relajado, con esa actitud arrogante que me inducía a salir corriendo. Siempre.

No obstante, antes de que pudiera recuperar el sentido común y huir de allí, despegué los labios y hablé.

—¿Por qué?

Rigel alzó una ceja.

—¿Por qué qué?

—¿Por qué has dejado que te escogieran?

Clavó sus ojos en los míos, como si estuviera imbuido de algo que podría pasar por una conciencia.

—¿Acaso crees que eso lo decidí yo? —me preguntó parsimonioso, analizándome detenidamente.

—Sí —respondí con cautela—. Hiciste que sucediera… Tocaste el piano.

—Sus ojos ardieron con una intensidad casi irritante—. Tú, que siempre has sido lo que los demás querían, nunca permitiste que nadie se te llevara.

No habían pasado demasiadas familias por el Grave. Miraban a los niños, los estudiaban como a mariposas en una vitrina. Los pequeños eran los más lindos y variopintos y quienes necesitaban atención por encima del resto.

Pero entonces lo veían a él, con su carita tan limpia y sus buenos modales, y parecían olvidarse de todos los demás. Contemplaban la mariposa negra y se sentían fascinados por la extraña forma de sus ojos y sus hermosas alas, como de terciopelo, su gracia al moverse por encima del resto.

Rigel era el ejemplar de colección, el que no tenía igual. No traslucía la insignificancia de los otros huérfanos, pero se vestía con ella, echándose encima aquella grisura como si fuera un velo que a él le sentaba de

maravilla.

Sin embargo, cada vez que alguien expresaba el deseo de adoptarlo, él parecía hacer cuanto podía por arruinar las cosas. Organizaba desastres, se escapaba, se portaba mal. Y, al final, los interesados se marchaban sin llegar a saber lo que sus manos eran capaces de hacer con aquella blanca dentadura de teclas.

Pero aquel día, no. Aquel día tocó, hizo que se fijaran en él en lugar de disuadirlos.

¿Por qué?

—Harías bien en irte a dormir, falena —me insinuó con su voz sutil y burlona—. El sueño te puede jugar malas pasadas.

Eso era lo que hacía… me «mordía» con las palabras. Siempre lo hacía.

Me acariciaba con sus provocaciones y después me machacaba con una sonrisa, haciéndome dudar hasta el extremo de que ya no estaba segura de nada.

Hubiera tenido que despreciarlo. Por su carácter, por su aspecto, por cómo sabía estropear las cosas. Habría tenido que hacerlo y, en cambio…, una parte de mí no era capaz de ello.

Porque Rigel y yo nos habíamos visto crecer, nos habíamos pasado la vida entre los barrotes de la misma prisión. Lo conocía desde que era un niño y una parte de mi alma lo había visto tantas veces que ya no sentía el severo desapego que habría deseado que me produjera. Me había acostumbrado a él, de una extraña manera, desarrollando esa clase de empatía que provoca una persona con la que has compartido algo durante muchísimo tiempo.

Nunca se me había dado bien odiar. Por muchos motivos que tuviera.

A pesar de todo, puede que aún siguiera esperando que el cuento fuese tal como yo deseaba que fuera…

—¿Qué ha pasado hoy con ese chico? —pregunté—. ¿Por qué habéis llegado a las manos?

Rigel inclinó lentamente el rostro, como si se preguntase cómo era posible que aún siguiera allí. Me dio la impresión de que me estaba evaluando con la mirada.

—Formas de pensar distintas. Nada que te incumba.

Me miró como si me conminara a marcharme, pero no lo hice.

No quería hacerlo.

Por primera vez, quería atreverme a dar un paso hacia delante en lugar de hacia atrás. Hacerle ver que, a pesar de todo, estaba dispuesta a ir más allá.

Demostrarle que era así. Cuando presionó el cubito de hielo contra la ceja y contrajo la frente de dolor, me vino el recuerdo de una voz lejana abriéndose camino en mi interior.

«Es la delicadeza, Nica. La delicadeza, siempre… Recuérdalo», decía la voz con dulzura.

Sentí que mis piernas empezaban a avanzar.

Rigel me clavó la mirada cuando entré definitivamente en la cocina. Me acerqué al fregadero, cogí un pedazo de papel de cocina y lo empapé en agua fría: tuve la certeza de que sus pupilas me estaban oprimiendo los hombros.

Me acerqué y lo miré inocente, mientras le acercaba el papel.

—El hielo está demasiado duro. Ponte esto en la herida.

Pareció casi sorprendido de que no hubiera salido corriendo. Observó sin convicción el papel de cocina, receloso como un animal salvaje, y al ver que no lo cogía…, en un gesto de buena voluntad, probé a aplicárselo yo.

No me dio tiempo a acercarme: me fulminó con la mirada y se apartó bruscamente. Un mechón negro azabache se le deslizó hacia la sien, mientras me observaba de arriba abajo, implacable.

—No lo hagas —me advirtió con la mirada torva—, no te atrevas a tocarme.

—No te dolerá…

Sacudí la cabeza y alargué un poco más los dedos, pero esta vez los

apartó de un manotazo. Me llevé la mano al pecho y, cuando lo miré a los ojos, me sobresalté: me estaban incinerando, como si sus pupilas fueran estrellas palpitantes destellando una luz que, en lugar de irradiar calor, desprendiera hielo ardiente.

—No se te ocurra tocarme, así, por las buenas. Nunca.

Apreté los puños, le hice frente a aquella mirada con la que pretendía castigarme y le pregunté:

—¿O si no…?

Un ruido violento de la silla.

Rigel se irguió bruscamente y, como me pilló desprevenida, me sobresalté. Me obligó a retroceder y de pronto mil alarmas empezaron a retumbar bajo mi piel cuando tropecé con sus pasos y acabé chocando con la encimera de la cocina. Alcé el mentón y, temblando, me agarré con ambas manos al borde del mármol.

Sus ojos me aprisionaron como una oscura mordaza. Su cuerpo, ahora ya muy cerca del mío, me gritó, como en un escalofrío, y yo apenas podía respirar, totalmente engullida por su sombra.

Entonces… Rigel se inclinó sobre mí.

Al aproximar su rostro a mi oreja, su aliento ardía como un veneno.

—O si no…, no pararé.

Cuando me apartó a un lado sin el menor miramiento, el aire que desplazó me agitó el cabello.

Oí el ruido del hielo al caer sobre la mesa y sus pasos se desvanecieron, mientras me dejaba allí, inmóvil, como una estatua petrificada contra el mármol.

¿Qué acababa de suceder?

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