Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 6 de 43

Páginas del PDF

Fabricante de lágrimas

5. Cisne negro

5

Cisne negro

El corazón también tiene una sombra

que lo sigue allí adonde va.

Estaba sudando. Me palpitaban las sienes. La habitación era pequeña, polvorienta, sofocante… Y estaba oscuro. Siempre estaba oscuro.

No podía mover los brazos. Arañaba el aire, pero nadie me oía. Me ardía la piel, trataba de estirar la mano, pero no podía: la puerta se cerraba y la negrura me caía encima…

Me desperté sobresaltada.

La oscuridad que me rodeaba era la misma que la de mis pesadillas y tardé un instante interminable en dar con el interruptor. Aún seguía apretujando las mantas.

Cuando la luz inundó la estancia, dibujando los contornos de mi nueva casa, seguía teniendo el corazón en la garganta.

Habían vuelto las pesadillas. No… En realidad, no se habían ido nunca.

No había bastado con cambiar de cama para dejar de verlas.

Me pasé febrilmente la mano por las muñecas. Las tiritas seguían allí, en mis dedos, tranquilizándome con sus colores. Recordándome que era libre.

Podía verlas, así que no había oscuridad. No había oscuridad, estaba segura.

Respiré hondo, tratando de hallar alivio. Pero seguía teniendo aquella sensación en la piel. Me susurraba que cerrase los ojos, me esperaba agazapada en la oscuridad. Estaba allí por mí.

¿Llegaría a ser realmente libre algún día?

Aparté las mantas y salí de la cama. Me pasé la mano por el rostro, salí de la habitación y me dirigí al baño.

La luz iluminó los azulejos blancos y limpios. El luminoso espejo y las toallas suaves como nubes me ayudaron a recordar lo lejos que me encontraba de aquellas pesadillas. Todo era distinto. Aquella era otra vida…

Abrí el grifo del lavabo, me mojé las muñecas y fui recobrando poco a poco la paz interior. Me estuve así un buen rato mientras se me aclaraban las ideas y la luz volvía a iluminar mis rincones más oscuros.

Todo iba a ir bien. Ya no vivía entre recuerdos. No debía tener más miedo… Estaba lejos, a salvo, segura. Era libre. Y tenía la oportunidad de ser feliz…

Cuando salí del baño, me di cuenta de que ya había amanecido.

Ese día teníamos Biología a primera hora, así que procuré no llegar tarde a clase. El docente que daba la asignatura, el profesor Kryll, no era famoso precisamente por su paciencia.

Aquella mañana, la acera que había frente a la escuela también estaba abarrotada de estudiantes. Me sorprendí mucho cuando oí una voz entre el gentío que me llamaba:

—¡Nica!

Billie estaba delante de la puerta, con sus rizos balanceándose al compás del eufórico movimiento de su brazo. Exhibía una sonrisa radiante y me encontré observándola perpleja, pues para mí todas aquellas atenciones eran una novedad.

—Hola —la saludé tímidamente, procurando que no se me notase lo feliz

que me hacía que me hubiera reconocido entre tanta gente.

—¿Cómo ha ido la primera semana de clase? ¿Ya has desarrollado instintos suicidas? Kryll te está volviendo loca, ¿a que sí?

Me rasqué la mejilla. A decir verdad, me había parecido fascinante su clasificación de los invertebrados, pero por la forma en que todos hablaban de él, parecía que hubiera instaurado una especie de régimen terrorista para su materia.

—En realidad —respondí titubeante—, no me ha parecido tan mal…

Ella se echó a reír como si acabase de contarle un chiste.

—¡Claro que sí! —repuso, dándome un cachete cariñoso que me sobresaltó.

Mientras caminábamos juntas, me fijé en que llevaba una pequeña cámara fotográfica de ganchillo colgando de la cremallera de su mochila.

Al cabo de un instante, Billie se iluminó. Echó a correr hacia delante, eufórica, y se detuvo al llegar junto a una espalda que estrechó desde atrás.

—¡Buenos días! —exclamó dichosa mientras abrazaba la mochila de Miki. Ella se volvió luciendo una expresión mortuoria: las ojeras eran muy visibles en aquel rostro falto de sueño.

—¡Has llegado pronto! —gorjeó Billie—. ¿Cómo estás? ¿Qué clases tienes hoy? ¿Quieres que después volvamos juntas a casa?

—Son las ocho de la mañana —protestó Miki— y ya me estás flagelando el cerebro.

Reparó en que también estaba yo. Alcé una mano a modo de «hola», que no se dignó a responder. Me di cuenta de que ella también llevaba una figurita de ganchillo colgada de la cremallera: la cabeza de un panda, con dos grandes cercos negros alrededor de los ojos.

En ese momento, unas chicas pasaron por nuestro lado, reprimiendo unos grititos de excitación, y se sumaron a un grupo más numeroso delante de una clase. Alguna estiraba el cuello para mirar adentro; otras se tapaban la mano con la boca, ocultando sonrisas de complicidad. Parecían un enjambre

de mantis religiosas.

Miki se quedó mirando aquella pequeña muchedumbre con expresión aburrida.

—¿Qué estarán maullando esas?

—¡Vayamos a verlo!

Nos acercamos las tres; bueno, mejor dicho, se acercó Miki, y Billie la siguió, no sin antes agarrarme de la correa de la mochila alegremente.

Llegamos hasta el grupito y hasta yo traté de echar un vistazo dentro, impulsada también por la curiosidad.

Comprendí demasiado tarde que aquella era el aula de música.

Me quedé petrificada.

Rigel estaba allí, de perfil, perfecto como una pintura. La luz inundaba la estancia y su cabello negro destacaba en aquella atmósfera tenue, enmarcando su atractivo rostro; sus dedos esbeltos apenas rozaban las teclas del piano, produciendo espectros de melodías que se disolvían en el silencio.

Estaba espléndido.

Rechacé aquel pensamiento con todas mis fuerzas, pero fui derrotada fácilmente. Parecía un cisne negro, un ángel maldito capaz de capturar sonidos misteriosos y ultraterrenales.

—Pero ¿existen de verdad chicos así? —susurró una de las chicas.

Rigel ni siquiera estaba tocando una pieza. Sus manos modulaban simples acordes, pero yo sabía la música que era capaz de crear solo con proponérselo.

—Está buenísimo…

—¿Cómo se llama?

—No lo he entendido, tiene un nombre raro.

—¡He oído que ha salido bien librado con la sanción por la pelea! —

cuchicheaban, entre desconcertadas y excitadas—. ¡No lo han expulsado temporalmente!

—¡Por un tío así, yo iría a clase todos los días!

Se rieron un poco demasiado fuerte y yo sentí una punzada en la boca del estómago. Lo miraban como si fuera un dios, se dejaban engatusar por el príncipe de los cuentos, ignorando que se trataba del lobo. A fin de cuentas,

¿acaso el demonio no era el más hermoso de los ángeles?

¿Por qué nadie parecía darse cuenta?

—¡Chisss, que os va a oír!

Rigel alzó la vista.

Y todas enmudecieron.

Era de locos. Todo en él era perfecto, sus facciones impolutas y delicadas, y además estaba aquella mirada. Te quemaba el alma, literalmente. Aquellos ojos negros, penetrantes y sagaces, creaban un contraste con su rostro que te dejaba sin respiración.

Consciente de que ya no estaba solo, se puso en pie y vino hacia nosotras.

Yo me encogí, bajé la vista y murmuré:

—Se está haciendo tarde, tendríamos que ir para la clase.

Pero Billie no me oyó. Sin darse cuenta, seguía sujetándome de la correa de la mochila y las chicas que estaban detrás tampoco se movieron para dejarme pasar. Rigel llegó a la puerta en todo su esplendor. Todas las chicas se quedaron inmóviles, subyugadas por el aspecto misterioso que encerraba aquella belleza tan violenta. Parecían estar hechizadas. Apoyó la mano en la puerta corredera para cerrarla, pero una de las chicas interpuso el brazo y tuvo la audacia de mantenerla abierta.

—Sería una verdadera lástima que lo hicieras —le dijo, sonriéndole—.

¿Siempre tocas así de bien?

Rigel miró la mano que sostenía la puerta abierta como si no fuera gran cosa.

—No —respondió con fría ironía—, a veces toco en serio…

Dio un paso al frente mirándola a los ojos y esta vez la chica se vio

obligada a retroceder. Se la quedó mirando detenidamente antes de dejarla atrás. Y después se marchó. Cuando en el grupo empezaron a volar las miradas alusivas, volví el rostro, desvinculándome de aquella agitación generalizada.

Desde aquella noche en el pasillo, había empezado a hacer lo que siempre había hecho en el Grave: mantenerme alejada de él. No podía borrar de mi mente su carcajada. No lograba quitármela de la cabeza.

—Tu hermano parece de otro planeta…

—No es mi hermano —respondí con brusquedad, como si me hubiera quemado los labios.

Ambas se me quedaron mirando y al instante empezaron a arderme las mejillas. No era propio de mí responder de aquel modo, pero ¿cómo podían pensar que podíamos ser parientes? Éramos totalmente opuestos.

—Perdona —respondió Billie, incómoda—, tienes razón, lo había olvidado.

—No pasa nada —la tranquilicé en tono cariñoso, esperando haberlo arreglado. El gesto de Billie volvió a serenarse y echó un vistazo al reloj que colgaba en la pared.

—¡Cielos, tenemos que espabilarnos o Kryll nos trasquilará! —exclamó con los ojos como platos—. ¡Miki, que te vayan bien las clases! Vamos, Nica.

—Adiós, Miki —susurré antes de seguir a Billie. No me respondió, pero noté que nos observaba cuando nos marchamos juntas.

¿Acaso me veía como a una intrusa?

—¿Cómo os conocisteis Miki y tú? —le pregunté mientras íbamos camino del aula.

—Es una historia graciosa. Fue por nuestros nombres —respondió Billie, divertida—. Miki y yo teníamos dos nombres un poco… fuera de lo común, podríamos decir. El primer día de escuela, le dije que tenía un nombre bastante extraño y ella me respondió que no podía ser más raro que el suyo.

Actualmente solo usamos nuestros apodos. Pero desde aquel día, nos hicimos inseparables.

Comprendí que Miki era un personaje especial. Desde luego, no podía decir que la conociera, pero no dudaba de su afecto hacia Billie. Era seca en el trato, pero cuando hablaban, en sus ojos se percibía que entre ambas reinaba una gran confianza. Su amistad era como esos pantalones cómodos que te pones con total seguridad y familiaridad durante toda la vida.

Al final de aquella jornada de clases, me sentía cansada pero satisfecha.

—¡Ya voy, abuela! —dijo Billie respondiendo al móvil.

Estábamos fuera mientras los estudiantes se congregaban en el patio charlando animadamente.

—Tengo que irme corriendo, la abuela tiene el coche en doble fila y, si le ponen otra multa, esta vez le da un patatús. Ah, sí… ¿Te parece bien si intercambiamos nuestros números?

Ralenticé el paso hasta detenerme, y ella también lo hizo.

Se rio con socarronería, agitando el aire con las manos.

—Lo sé, lo sé. Miki dice que soy una pesada, pero tú no piensas lo mismo, ¿verdad? Solo porque una vez la obsequié con un audio de siete minutos, dice que soy logorreica…

—Yo… no tengo móvil —tuve que responder.

Sentí un calor en el pecho que entorpecía mis palabras. En realidad, hubiera querido decirle que no me importaba que hablase tanto. Que estaba bien que ella fuera así, porque al mostrarme aquella confianza me hacía sentir menos rara y distinta. Hacía que me sintiera «normal». Y eso era fantástico.

—¿No tienes móvil? —preguntó alucinada.

—No… —murmuré, pero entonces el sonido inesperado de un cla xon me sobresaltó.

Por la ventanilla de un voluminoso Wrangler, emergió la cabeza de una anciana con gafas de sol negras. Le soltó algo que no acabé de entender al señor de detrás y este cerró la boca, ultrajado.

—Dios mío, van a denunciar a la abuela… —exclamó Billie, llevándose una mano a los rizos—. Perdona, Nica, ¡tengo que irme! Nos vemos mañana, ¿vale? ¡Adiós!

Echó a correr como un insecto y desapareció entre la gente.

—Adiós… —susurré agitando la mano.

Me sentí increíblemente ligera: inspiré hondo y enfilé el camino a casa reprimiendo una sonrisa.

La jornada había sido larga, pero solo sentía una hormigueante felicidad.

Los señores Milligan se excusaron por no poder acompañarnos todos los días: Norman tenía que estar fuera hasta la noche por trabajo y la tienda le exigía a Anna estar presente a todas horas.

Pero me gustaba caminar y, además, ahora que Rigel tenía que cumplir la sanción, por las tardes tenía toda la casa para mí.

Tuve cuidado de no pisar una hilera de hormigas que cruzaban la acera; sorteé la piel de manzana con la que estaban dándose un banquete y me encaminé hacia el barrio.

Mis ojos se llenaron de aquella valla blanca. En el buzón ponía

«Milligan» y me dirigí hacia allí, feliz y serena, pero con el corazón temblando. Tal vez nunca me acostumbraría a tener un lugar al que regresar…

Entré en casa y me sentí acogida por una plácida hospitalidad. Estaba memorizándolo todo: la intimidad, los estrechos pasillos, el marco vacío sobre la mesita del recibidor que seguramente un día albergó una foto. En la cocina escamoteé una cucharada de mermelada de moras y me la tomé junto al fregadero.

La mermelada me gustaba con locura. En el Grave solo nos daban cuando había visitas; a los que venían les gustaba ver que nos trataban bien

y nosotros nos paseábamos por la institución enfundados en nuestra ropa buena, fingiendo que aquello era la normalidad.

Cogí lo necesario para prepararme un sándwich, canturreando fragmentos de melodías con la boca cerrada. Me sentía en paz. Feliz. Puede que hubiera hecho una amiga y todo. Dos buenas personas querían proporcionarme una familia. Todo parecía luminoso y perfumado, incluidos mis pensamientos.

Cuando el emparedado ya estaba listo, me percaté de que tenía un pequeño huésped. Un geco asomaba la cabeza en la pared, tras la hilera de tazas. Seguramente habría entrado por la ventana abierta, atraído por el olor.

—Hola —le susurré.

Como no había ojos que pudieran juzgarme, no sentí vergüenza. Sabía que, si alguien me veía, probablemente me tomaría por una loca. Pero para mí era normal. Secreto pero espontáneo.

Había gente que hablaba sola; yo, en cambio, hablaba con los animales, y a veces tenía la certeza de que podían comprenderme mejor que las personas. ¿De verdad que hablar con una criatura era más extraño que hablar con una misma?

—Lo siento, pero no tengo nada para darte —le comuniqué, tamborileando sobre los labios con las yemas de los dedos. Sus dedos planos le conferían un aspecto cómico, inocuo, y le susurré—: Qué chiquitín eres.

—¡Ah! —Oí una voz a mi espalda—. ¡Nica!

Y Norman apareció por la puerta de la cocina.

—Hola, Norman —lo saludé, sorprendida de que hubiera pasado por casa a la hora del almuerzo. A veces coincidía con él, pero sucedía en poquísimas ocasiones.

—He pasado para tomar un tentempié rápido… ¿Con quién estabas hablando?

—Ah, no era… —Me quedé bloqueada.

El emblema de la cucaracha muerta ocupaba toda mi visión, dominando

la escena.

Me volví a toda prisa hacia el animalito que tenía allí cerca y palidecí al verlo inclinar la cabecita y devolverme la mirada. Antes de que Norman alzara la vista, cogí el geco al vuelo y lo oculté detrás de la espalda.

—… nadie.

Norman me miró perplejo y yo me encogí de hombros, exhibiendo una sonrisa más bien enclenque. Sentí un movimiento entre las palmas de mis manos, como el de una pequeña anguila, y tensé los pulgares cuando noté que me mordisqueaba un dedo.

—Vale… —farfulló acercándose, mientras yo miraba en todas direcciones, buscando alguna escapatoria.

—Me espera mucho trabajo, una clienta me ha llamado esta mañana y tengo que pasar por el almacén para coger… la artillería pesada. No sé si me entiendes… La señora Finch está como loca, jura que hay un nido de avispones en su…

—¡Oh, cielos! —exclamé trágicamente, al tiempo que señalaba algo a su espalda—. ¿Qué es eso de ahí?

Norman se volvió y yo aproveché la ocasión: cogí el geco con una sola mano y lo arrojé por la ventana. Hizo una pirueta en el aire como si fuera una peonza y acabó aterrizando en algún lugar sobre la mullida hierba del jardín.

—Es la lámpara…

Norman se volvió de nuevo y yo compuse una radiante sonrisa. Me miró desconcertado y, aunque esperaba que no se hubiera percatado de mi extravagancia, el modo en que me miraba decía lo contrario. Me preguntó si estaba bien y yo lo tranquilicé, tratando de aparentar que estaba la mar de a gusto allí, hasta que por fin decidió dejarme sola de nuevo. Cuando oí cerrarse la puerta otra vez, respiré hondo, un poco abatida.

¿Sería capaz de causar buena impresión alguna vez en la vida? ¿De lograr que me aceptasen, pese a mi forma de ser un poco extravagante y

fuera de lo común?

Me miré las tiritas en los dedos y suspiré. Recordé mis pesadillas, pero las encerré en un rincón lejano antes de que pudieran echarlo todo por tierra.

Me lavé las manos y comí tranquilamente, saboreando cada instante de aquel momento tan normal, en una casa tan normal. Mientras disfrutaba de mi almuerzo, observé en silencio el pequeño cuenco que había en un rincón de la cocina.

Durante aquellos días, había oído rascar varias veces fuera de la puerta, pero cuando se lo comenté a Anna, me dijo agitando la mano:

—Ah, no te preocupes —respondió—, solo es Klaus. Antes o después decidirá dejarse ver… Es un tipo solitario.

Yo me preguntaba cuándo se daría a conocer.

Después de fregar los platos y de comprobar que todo estaba en orden, tal como Anna lo había dejado, subí a la habitación y me pasé la tarde estudiando.

Me perdí entre ecuaciones algebraicas y fechas de la guerra de Secesión; cuando terminé los deberes, ya había oscurecido. Mientras me desperezaba, noté que el dedo mordisqueado estaba rojo y palpitaba un poco. Tal vez tendría que ponerme una tirita… «verde como él», pensé al tiempo que salía de mi habitación.

Sumida en mis pensamientos, llegué al baño y acerqué los dedos al tirador, pero antes de que llegara a sujetarlo, se deslizó hacia abajo y se abrió la cerradura.

Alcé la cabeza en el momento en que se abría la puerta. Y me topé con dos ojos negros cuyo magnetismo me causó una escalofriante sorpresa.

Retrocedí enseguida.

Rigel apareció en el umbral, tranquilo; unas volutas de vapor se deslizaron por sus hombros, lo cual me hizo intuir que acababa de darse una ducha.

Su presencia me produjo de nuevo la misma sensación incómoda y visceral.

Nunca había logrado que me resultara indiferente, sus profundos iris eran abismos de los que parecía imposible sustraerse. Eran los ojos del fabricante de lágrimas. No importaba que no fuesen claros como en la leyenda. Los ojos de Rigel eran peligrosos, aunque totalmente opuestos a los del cuento.

Apoyó el hombro en el marco de la puerta. Su cabello apenas rozó la jamba, pero en lugar de marcharse, cruzó los brazos y se me quedó mirando.

—Necesito pasar —le dije, con la voz tensa.

El vapor seguía fluyendo, confiriéndole el aspecto de un diablo encantador a las puertas del infierno. Me estremecí al imaginarme que entraba en aquella niebla y desaparecía engullida por su perfume…

—Adelante —me propuso, pero ni siquiera hizo el gesto de apartarse.

En vista de su actitud, endurecí la mirada.

—¿Por qué haces esto?

No quería jugar, simplemente quería que dejase de hacer aquello, que me dejase en paz.

—¿Qué quieres decir?

—Sabes perfectamente a qué me refiero —le repliqué, tratando de hacerme valer—. Lo has hecho siempre. Llevas toda la vida haciéndolo.

Era la primera vez que le hablaba de un modo tan directo. Nuestra relación siempre había sido a través de silencios, de cosas no dichas, de sarcasmo e inocencia, mordiscos y repliegues. Jamás había perdido el tiempo en comprender su actitud, siempre preferí ignorar los motivos. Para ser más exactos, aquello ni siquiera podía definirse como una relación.

Él alzó una de las comisuras de sus labios y sonrió burlón.

—No puedo más. —Crispé los dedos—. No lo lograrás —le espeté con toda la determinación que fui capaz de reunir. Mi voz sonó limpia y fuerte,

y entonces percibí que su expresión se oscurecía.

—¿Qué?

—¡Lo sabes! —exclamé.

Estaba tensa, casi de puntillas, y ardía de la emoción. ¿Aquello mío era obstinación o desesperación?

—No te lo permitiré, Rigel. No dejaré que lo estropees… ¿Me has oído?

Yo era menuda y llevaba los dedos llenos de tiritas, pero lo miré directamente a los ojos porque sentía la necesidad de proteger mi sueño.

Creía en la delicadeza y en la bondad del alma, en las maneras amables y en los gestos silenciosos. Pero Rigel hacía emerger facetas de mí misma en las que me costaba reconocerme. Era justo como en la leyenda…

Entonces me percaté de que su expresión había cambiado. Ya no sonreía y tenía sus ojos negros clavados en mis labios.

—Dilo otra vez —murmuró despacio.

Tensé la mandíbula y me mantuve firme.

—No dejaré que lo estropees.

Rigel me miró con intensidad. Deslizó su mirada por todo mi cuerpo, sentí un escalofrío que quebró mi seguridad. Aquel lento examen al que me estaba sometiendo me revolvió el estómago, como si me estuviera tocando.

Al cabo de un instante, descruzó los brazos y empezó a moverse.

—Otra vez —me susurró, avanzando un paso.

—No dejaré que lo estropees —dije, inflexible.

Un nuevo paso.

—Otra vez.

—No dejaré que lo estropees…

Pero cuanto más lo repetía, más se acercaba

—Otra vez —me propuso de nuevo, implacable, y yo me tensé aún más, confusa y turbada.

—No dejaré que lo estropees… No…

Me mordí los labios y esta vez fui yo quien dio un paso, pero hacia atrás.

Ahora estaba justo delante de mí.

No tuve más remedio que alzar el rostro y, con el corazón en la garganta, me enfrenté a aquellos iris perforadores. Los tenía clavados en mí. El reflejo del ocaso ya no era más que una brizna de luz devorada por sus ojos.

Rigel dio otro paso, como si así remarcara sus palabras, y yo retrocedí un poco más, pero ya tenía la pared a mi espalda. Parpadeé y al instante vi que sus ojos estaban muy cerca de los míos. Me tensé aún más cuando inclinó el rostro hasta mi oído e hizo retumbar su voz profunda dentro de mi cabeza.

—No eres consciente en absoluto de lo delicada e inocente que suena tu voz.

Traté de reprimir un escalofrío, pero mi alma parecía estar desnuda frente a Rigel, que era capaz de hacer que me estremeciese sin tan siquiera rozarme.

—Te tiemblan las piernas. Ni siquiera puedes estar cerca de mí, ¿no es así?

Extendí las manos para apartarlo. Pero había algo… algo me decía que, por mucho que lo conociera, no debía tocarlo. Que, si apoyaba las manos en su pecho para hacerlo retroceder, rompería esa distancia irreparablemente.

Entre nosotros había una frontera invisible. Y desde el primer momento los ojos de Rigel me pedían que no la cruzara, que no cometiera ese error.

—El corazón te late desbocado —murmuró sobre la arteria de mi cuello, que mis latidos hacían palpitar—. ¿Acaso tienes miedo de mí, falena?

—Rigel, por favor, déjalo.

—Oh, no, no, Nica —masculló a media voz, haciendo chasquear la lengua como si me estuviera regañando—. Eres tú quien debe dejarlo. Este tono de ruiseñor indefenso… no hará más que empeorar las cosas.

No sé de dónde saqué las fuerzas para empujarlo. Solo sé que un instante antes Rigel estaba allí, con su respiración ponzoñosa sobre mi piel, y un instante después se hallaba a un par de pasos de distancia, con las cejas enarcadas.

Pero no había sido yo… Algo cruzó veloz por encima de sus zapatos, haciéndolo retroceder: dos ojos amarillos refulgieron en la penumbra, observándonos con unas pupilas de reptil.

El gato le soltó un bufido con las orejas agachadas, salió corriendo como una flecha escaleras arriba y, ya en los escalones, por poco no hace caer a Anna.

—¡Klaus! —exclamó la mujer—. ¡Casi haces que me tropiece! Gato pulgoso, ¿por fin has decidido dejarte ver? —Anna apareció en el rellano, sorprendida de vernos allí—. ¡Ah, Rigel, siempre se esconde en tu habitación! Tiene la costumbre de ocultarse debajo de tu cama…

Ya no oí nada más porque aproveché la ocasión para escabullirme.

Me encerré a toda prisa en el baño, con la esperanza de que así lograría aislar su deletérea presencia fuera de mí, del mundo, de todo. Apoyé la frente en la dura superficie de la puerta antes de bajar los párpados, pero él seguía allí, encajado en alguna parte, con su voz malévola y su aura perniciosa.

Traté de sacármelo de encima, pero el vapor me envolvió, me impregnó con su perfume.

Me invadió hasta llegar a mi estómago.

Era inútil respirar, tenía la sensación de que me había inundado por dentro.

No todos los venenos cuentan con un antídoto. Algunos se infiltran en tu alma, te aturden con su aroma y poseen los ojos más hermosos que jamás hayas visto.

Y no existe cura contra ellos.

Ninguna.

OceanofPDF.com