Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 3 de 43

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Fabricante de lágrimas

2. Cuento perdido

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Cuento perdido

A veces, el destino

es un sendero irreconocible.

El nombre de mi institución era Sunnycreek Home.

Se alzaba al final de una calle en ruinas y sin salida, en la periferia olvidada de una pequeña ciudad al sur del estado. Acogía a niños desafortunados como yo, pero nunca oí a los otros chicos llamarlo por su verdadero nombre.

Todos lo llamaban vulgarmente «el Grave», la tumba, y no hacía falta ser muy listo para adivinar por qué: cualquiera que acabase allí parecía condenado a convertirse en una ruina y a no hallar jamás una salida, justamente como la calle donde se encontraba.

En el Grave me había sentido como entre los barrotes de una prisión.

Durante los años que pasé en aquel lugar, todos los días deseé que alguien me sacara de allí. Que me mirase a los ojos y me escogiera a mí, precisamente a mí, de entre todos los niños que se encontraban en la institución. Que me quisiera tal como era, aunque no fuera gran cosa. Pero nadie me escogía nunca. Nadie me había querido o se había fijado en mí…

Siempre había sido invisible.

No como Rigel.

Él no había perdido a sus padres, como muchos de nosotros. Ninguna desgracia se había abatido sobre su familia cuando era pequeño.

Lo encontraron frente a la verja de la institución, en un cesto de mimbre, sin una nota y sin nombre, abandonado en la noche, con solo las estrellas, grandes gigantes durmientes, para velar su sueño. No tenía más que una semana de vida.

Lo llamaron Rigel, como la estrella más luminosa de la constelación de Orión, que aquella noche brillaba como una telaraña de diamantes sobre un lecho de terciopelo negro. Acabaron de completar el vacío de su filiación con el apellido Wilde. Para todos nosotros había nacido allí. Incluso su aspecto lo delataba: desde aquella noche, tenía la piel pálida como la luna y los ojos sombríos, oscuros, propios de alguien que jamás ha temido a la oscuridad.

Desde pequeño, Rigel había sido la joya de la corona del Grave. «Hijo de las estrellas» lo llamaba la directora que precedió a la señora Fridge; lo adoraba hasta tal punto que le enseñó a tocar el piano. Pasaba horas y horas con él, dando muestras de una paciencia que jamás tuvo con nosotros, y, nota tras nota, lo fue transformando en el impecable joven que brillaba entre las grises paredes de la institución.

Rigel era bueno en todo, con sus dientes perfectos, sus notas siempre altas y los caramelos que la directora le pasaba bajo mano antes de cenar.

El chico que todos hubieran deseado.

Pero yo sabía que no era así. Había aprendido a ver lo que había debajo de todo, debajo de las sonrisas, de la boca inmaculada, de esa máscara de perfección que exhibía ante todo el mundo.

Él, que llevaba la noche dentro, ocultaba en los pliegues de su alma la oscuridad de la que había sido arrancado.

Rigel siempre se había comportado de un modo extraño conmigo.

De un modo que yo nunca había sido capaz de entender.

Como si hubiera hecho algo para merecerme aquel trato o aquellos

silencios, cuando de niño lo sorprendía observándome a distancia. Todo empezó un día como cualquier otro, ni siquiera recuerdo el momento preciso. Pasó por mi lado, me hizo caer y me lastimé las rodillas. Me llevé las piernas al pecho y me sacudí la hierba, pero cuando alcé la vista, no vi en su rostro la menor señal de que fuera a disculparse. Se quedó allí, de pie, clavándome la mirada, a la sombra de un muro agrietado.

Rigel me tironeaba de la ropa que llevaba puesta, me tiraba del pelo, me deshacía las trenzas; las cintas caían a sus pies como mariposas muertas y, a través de mis pestañas húmedas, veía su sonrisa cruel tensándole los labios antes de huir.

Pero jamás me tocaba.

En todos aquellos años, jamás llegó a rozarme con la mano. Los dobladillos, la tela, el pelo… Me empujaba y me daba tirones, y yo acababa con las mangas dadas de sí, pero jamás con una señal sobre mi piel, como si no quisiera dejar en mí las marcas de su culpa. O quizá eran mis pecas, que le causaban repulsión. Tal vez me despreciaba hasta el punto de no querer tocarme.

Rigel pasaba mucho tiempo solo y rara vez buscaba la compañía de los otros niños.

Pero recuerdo una vez, cuando tendríamos unos quince años… Había llegado un niño nuevo al Grave, un chico que sería transferido a una casa de acogida al cabo de unas semanas. Casi al momento, hizo buenas migas con Rigel; ese chico era peor que él si cabe. Estaban apoyados en uno de los deteriorados muros, Rigel tenía los brazos cruzados, los labios y los ojos centelleantes de sombría diversión. Nunca los había visto discutir por nada.

Un día como cualquier otro, sin embargo, a la hora de cenar, el chico se presentó con un moretón bajo el párpado y un pómulo hinchado. La señora Fridge le lanzó una mirada hostil y le preguntó con voz atronadora qué diablos había sucedido.

—Nada —respondió él, sin alzar la vista del plato—. Me he caído en la

escuela.

Pero no era cierto que no hubiera sido nada, yo lo presentí. Cuando alcé la mirada, vi que Rigel bajaba la suya para ocultarla a los demás. Había sonreído y aquella mueca sutil se había materializado como una grieta en su máscara perfecta.

Y a medida que iba creciendo, más destacaba su belleza, de un modo que yo nunca querría admitir.

No había en ella nada dulce, suave o amable.

No…

Rigel quemaba las miradas, captaba tu atención como el esqueleto de una casa en llamas o el chasis de un automóvil destruido en un arcén. Era cruelmente hermoso y, cuanto más te esforzabas en no mirarlo, más se incrustaba detrás de tus ojos aquella tortuosa atracción. Se infiltraba bajo la piel, se extendía como una mancha hasta llegar a la carne.

Así era él: malvado, solitario, insidioso.

Una pesadilla vestida de tus sueños más ocultos.

Aquella mañana, me desperté como en un cuento de hadas.

Las sábanas limpias, el olor a bueno y un colchón al que no se le notaban los muelles. No sabría desear nada mejor.

Me incorporé y me senté, con los ojos endulzados por el sueño; por un momento, todas las comodidades que me brindaba aquella habitación me hicieron sentir afortunada como nunca lo había sido.

Pero al cabo de un instante, como una nube sombría, caí en la cuenta de que yo solo ocupaba la mitad del cuento. Allí también estaba aquella esquina negra, la quemadura, y no había modo de librarme de ella…

Sacudí levemente la cabeza. Me froté los párpados con las muñecas, tratando de suprimir aquellos pensamientos. No quería pensar en ello. No quería permitir que nadie lo estropeara. Ni siquiera él.

Conocía el procedimiento demasiado bien como para hacerme ilusiones en cuanto a haber hallado un hogar definitivo.

Todos parecían pensar que la adopción funcionaba como un encuentro con final feliz, en el que apenas transcurridas unas horas te llevaban a la casa de una familia de la que habrías de formar parte automáticamente.

Pero la cosa no funcionaba así en absoluto; eso solo pasaba con los cachorritos.

La adopción propiamente dicha requería un proceso mucho más largo.

Primero, había un periodo de permanencia con la familia, para ver si la convivencia era viable y las relaciones con sus miembros eran satisfactorias. Lo llamaban «acogida preadoptiva». Durante esta fase, no era raro que surgieran incompatibilidades y problemas que obstaculizaran la armonía familiar, y en función de cómo hubiera transcurrido ese periodo, la familia decidía si seguía adelante. Era muy importante… Solo en caso de que todo hubiera ido como la seda y de que no hubieran surgido contratiempos, finalmente los padres concluían la adopción.

Por eso aún no podía considerarme miembro de aquella familia a todos los efectos. Por primera vez, estaba viviendo un cuento precioso, pero frágil, capaz de hacerse añicos como el cristal entre mis manos.

«Seré buena —me prometí a mí misma una vez más—. Seré buena y todo irá lo mejor posible». Haría todo cuanto estuviera en mi mano para que funcionase. «Todo…».

Bajé al piso inferior, decidida a que nadie me arruinase aquella oportunidad.

La casa era pequeña, por lo que no me costó demasiado dar con la cocina; oí unas voces y me dirigí titubeante hacia allí.

Cuando llegué ante la puerta, me quedé sin habla.

Los Milligan estaban sentados a la mesa del desayuno, con los pijamas aún puestos y las zapatillas a medio calzar.

Anna reía mientras acariciaba con los dedos la taza humeante y el señor

Milligan vertía cereales en un pequeño bol de cerámica, con una sonrisa somnolienta en los labios.

Y, justo en el centro, entre ambos, estaba Rigel.

Su pelo negro me impactó como un puñetazo; un moretón en plena pupila. Tuve que parpadear para darme cuenta de que no eran imaginaciones mías. Estaba explicando algo, con sus delicados hombros en una postura relajada, y unos mechones despeinados le enmarcaban el rostro.

Los señores Milligan lo miraban con los ojos relucientes y, en un momento dado, ambos se rieron al unísono cuando él pronunció una frase.

Sus carcajadas ligeras zumbaron en mis oídos como si yo me hubiera desdoblado de pronto y me hallara a varios mundos de distancia.

—¡Oh, Nica! —exclamó Anna—. ¡Buenos días!

Encogí levemente los hombros. Se me quedaron mirando y de algún modo sentí que allí estaba de más. Aunque acabase de llegar y apenas los conociera. Aunque allí tuviera que estar yo, no él.

Los iris negros de Rigel se alzaron hacia mí. Dieron conmigo sin necesidad de buscarme, como si ya lo supiera. Por un momento, me pareció ver que fruncía la comisura de la boca describiendo un movimiento fugaz y brusco. Inclinó el rostro hacia un lado y sonrió seráfico.

—Buenos días, Nica.

Unos bucles de hielo me rozaron la piel. No me moví: no fui capaz de responder y cada vez me sentí más sumida en una especie de fría confusión.

—¿Has dormido bien? —El señor Milligan me acercó la silla—. ¡Ven a desayunar!

—Nos estábamos conociendo un poco —me dijeron, y yo desvié la mirada hacia Rigel, que ahora me observaba a su vez como si fuera una pintura perfecta ubicada entre los Milligan.

Me acomodé con cierta prevención, mientras el señor Milligan volvía a llenar el vaso de Rigel y él le sonreía, totalmente a sus anchas, haciéndome sentir como si estuviera sentada en un lecho de espinas.

«Seré buena». Estaba observando al matrimonio Milligan intercambiar algunas frases delante de mí, cuando de pronto las palabras «seré buena»

cruzaron mi mente como un fulgor escarlata, «seré buena, lo juro…».

—¿Qué tal te sientes en tu primer día aquí, Nica? —me preguntó Anna, igual de encantadora a primera hora de la mañana—. ¿Estás inquieta?

Traté de arrinconar mis temores bien lejos, aunque notaba que se resistían a abandonarme.

—Oh… No —dije, esforzándome en mostrarme relajada—. No tengo miedo… Siempre me ha gustado ir a la escuela.

Era cierto.

El colegio era uno de los poquísimos pretextos que nos permitían abandonar el Grave. Mientras recorríamos el camino hasta la escuela pública, yo caminaba con la nariz levantada. Durante el trayecto miraba las nubes y me imaginaba que era como los demás, soñaba despierta que ascendía en un aeroplano y volaba hacia mundos remotos y libres.

Aquel… era uno de los raros momentos en que casi lograba sentirme normal.

—Ya he llamado a la secretaría —nos informó Anna—. La directora os recibirá enseguida. La escuela ha confirmado vuestra inscripción y me han asegurado que podréis empezar a asistir a las clases de inmediato. Sé que todo es muy precipitado, pero… espero que vaya bien. Os permitirán que solicitéis estar en la misma clase, si queréis —añadió.

Me pareció que lo decía de buena fe y me esforcé en ocultar mi aprensión.

—Ah. Sí…, gracias.

Pero percibí que alguien me estaba escrutando. Rigel me observaba. Sus iris destellaban profundos y marcados bajo sus arqueadas pestañas. Me estaba mirando directamente a los ojos.

Aparté la mirada como si la suya me quemara. Sentí un deseo visceral de alejarme y, con la excusa de que iba a vestirme, me levanté de la mesa y

abandoné la cocina.

Mientras ponía muros y paredes de por medio entre nosotros, noté que algo se retorcía en mi estómago y que aquella mirada estaba infestando mis pensamientos.

«Seré buena —susurré para mis adentros, convulsivamente—, seré buena…, lo juro…».

De todas las personas que había en el mundo, él era la última que hubiera querido allí.

¿Sería capaz de ignorarlo?

La nueva escuela era un edificio gris y cuadriculado.

El señor Milligan detuvo el coche y unos niños pasaron junto al capó, apresurándose para llegar a clase. Se ajustó las compactas gafas sobre la nariz y apoyó desmañadamente las manos en el volante, como si no supiera dónde ponerlas. Descubrí que me gustaba estudiar sus expresiones: tenía una personalidad dócil y torpona, y posiblemente por eso me suscitaba tanta empatía.

—Luego os pasará a buscar Anna.

Pese a todo, sentí un pálpito mucho más agradable que los anteriores ante la idea de que allí fuera habría alguien esperándome, dispuesto a llevarme a casa. Asentí desde el asiento trasero, con la mochila desgastada en el regazo.

—Gracias, señor Milligan.

—Oh, puedes… podéis llamarme Norman —empezó a decir con las orejas un poco coloradas mientras bajábamos. Me quedé mirando cómo el coche desaparecía al fondo de la calle, hasta que oí unos pasos a mi espalda.

Me volví y vi que Rigel se dirigía solo hacia la entrada. Seguí con la mirada su figura esbelta, el movimiento ágil y seguro de sus anchos hombros. Había algo hipnótico en el modo que tenía de moverse y de

caminar, con aquellas zancadas precisas, como si el suelo se amoldase a sus zapatos.

Crucé la entrada tras él, pero sin darme cuenta se me enganchó la correa de la mochila en el tirador. Abrí mucho los ojos y el tirón hizo que me abalanzara sobre alguien que estaba entrando justo en ese momento.

—Qué cojones… —Oí al volverme. Un chico apartó el brazo irritado, llevaba un par de libros en la mano.

—Perdona —susurré con un hilo de voz, y su amigo, que iba detrás, le dio un golpecito.

Me recogí el pelo tras la oreja y, cuando nuestras miradas se cruzaron, me pareció que estaba evaluándome de nuevo. El enfado se esfumó de su rostro y se quedó inmóvil, como si mis ojos lo hubieran fulminado.

Al cabo de un instante, inesperadamente, soltó los libros que llevaba en la mano.

Me quedé mirando los libros caídos a sus pies y, como vi que no se agachaba a recogerlos, lo hice yo.

Se los pasé, me sentía culpable por haberme echado encima de él y reparé en que no me había quitado los ojos de encima en ningún momento.

—Gracias —me dijo sonriendo lentamente, mientras paseaba su mirada por mí de un modo que me hizo sonrojar, aunque parecía que a él le resultaba divertido, o tal vez intrigante.

—¿Eres nueva? — preguntó.

—Vamos, Rob —lo apremió su amigo—, llegamos tarde de narices.

Pero daba la impresión de que él no quería marcharse. Y entonces sentí que algo me pellizcaba la nuca: una sensación punzante, como una aguja traspasando el aire que había a mi espalda.

Traté de sacarme de encima aquel presentimiento. Di un paso atrás, bajé la mirada y balbuceé:

—Yo… tengo que irme.

Llegué a la secretaría, que estaba un poco más adelante. Me fijé en que la

puerta estaba abierta y mientras entraba pensé que ojalá no hubiera hecho esperar a la secretaria. En cuanto crucé la puerta, vi su silueta recortada a un lado.

Por poco no di un brinco.

Rigel estaba apoyado en la pared, con los brazos cruzados. Tenía una pierna flexionada, con la suela tocando el tabique, y el rostro ligeramente inclinado, con la mirada fija en el suelo.

Siempre había sido mucho más alto que los otros chicos y bastante más intimidante, pero no necesitaba aferrarme a esas justificaciones para alejarme un paso de inmediato. Todo en él me atemorizaba, tanto su aspecto como lo que había debajo.

¿Qué estaba haciendo allí, al lado de la puerta, cuando había una fila de sillas justo al otro lado de la sala de espera?

—La directora os recibirá ahora.

La secretaria se asomó por el despacho de la dirección y me devolvió a la realidad.

—Venid.

Rigel se apartó de la pared y pasó a mi lado sin tan siquiera mirarme.

Entramos en el despacho mientras la puerta se cerraba a nuestra espalda. La directora, una mujer joven, austera y con buen aspecto, nos invitó a acomodarnos en las sillas que había delante del escritorio. Examinó nuestros expedientes, nos hizo algunas preguntas sobre el método didáctico de nuestra antigua escuela y, cuando llegó al expediente de Rigel, pareció interesarse mucho por lo que allí había escrito.

—He llamado a vuestra institución —anunció—. He solicitado alguna información sobre vuestro rendimiento escolar… Y usted me ha sorprendido gratamente, señor Wilde —dijo sonriente mientras pasaba la página—. Notas altas, una conducta impecable, nada fuera de lugar. Un auténtico estudiante modelo. Por lo general, los profesores solo dan buenas referencias de usted. —Alzó los ojos, complacida—. Será un auténtico

placer tenerlo con nosotros en Burnaby.

Me pregunté si habría alguna posibilidad de que comprendiera que se estaba equivocando, que aquellas referencias no reflejaban la realidad de las cosas, porque los profesores no habían sabido ver lo que había «debajo», al igual que todos los demás.

Hubiera querido reunir las fuerzas suficientes para empujarlo fuera de mis labios.

Rigel sonrió de aquel modo que le sentaba tan bien, y yo me pregunté cómo era posible que la gente no se percatara de que aquella calidez nunca llegaba a sus ojos. Que permanecían así, oscuros e impenetrables, aunque brillasen como cuchillos.

—Las dos representantes que hay aquí fuera os acompañarán a vuestras clases —dijo la directora—. En cualquier caso, si así lo queréis, podéis solicitar que os pongan en la misma clase a partir de mañana.

Esperaba haber podido evitar aquella cuestión. Apreté el borde de la silla y me impulsé hacia delante, pero él fue más rápido.

—No.

Parpadeé y me volví hacia él. Rigel exhibió una sonrisa y un mechón de pelo rozó una de sus oscuras cejas.

—No es necesario.

—¿Estáis seguros? Después ya no podréis cambiarlo.

—Oh, sí. Tendremos tiempo de sobra para estar juntos.

—Muy bien, pues —convino la directora, en vista de que yo guardaba silencio—. Ya podéis ir a clase. Acompañadme.

Aparté la vista de Rigel. Me puse en pie, cogí la mochila y la seguí afuera.

—Dos estudiantes de último curso os están esperando aquí delante. Que tengáis un buen día.

Volvió a entrar en el despacho y yo crucé la sala sin mirar atrás. Debía alejarme de él y lo habría hecho si en el último momento no me hubiera

asaltado un impulso distinto. No pude refrenarme cuando mi cuerpo dio media vuelta por su cuenta y lo tuve enfrente.

—¿Qué significa esto?

Me mordí los labios. Acababa de formular una pregunta inútil, no hacía falta verlo enarcando una ceja para saber que lo estaba haciendo. Pero desconfiaba de sus intenciones, no podía creerme que no quisiera hallar el modo de atormentarme.

—¿Por qué?

Rigel inclinó el rostro y su presencia estatuaria me hizo sentir más insignificante todavía.

—¿No habrás creído ni por un momento… que quería estar contigo?

Apreté los labios y al instante me arrepentí de haberle hecho aquella pregunta. La intensidad de sus ojos me produjo un calambre en el estómago y aquella ironía tan punzante me quemó la piel.

No respondí. Aferré el tirador de la puerta para salir. Pero algo me lo impidió.

Una mano asomó por encima de mi hombro y sujetó la puerta; me quedé paralizada. Vi sus dedos ahusados presionando el batiente y, de pronto, cada una de mis vértebras sintió su presencia

—Apártate de mi camino, falena —me advirtió. Su aliento cálido me hizo cosquillas en el pelo y me puse rígida—. ¿Lo has entendido?

La tensión que generaba su cuerpo tan cerca del mío bastó para que me quedara helada. «Aléjate de mí» me estaba diciendo, pero era él quien me tenía aprisionada contra aquella puerta, respirándome encima, cerrándome el paso.

Por fin me adelantó y lo vi pasar de largo, con los ojos apenas abiertos, sin moverme.

Si estuviera en mi mano…

Si estuviera en mi mano, lo habría borrado para siempre. Junto con el Grave, la señora Fridge y el dolor que constelaba mi infancia. Yo no hubiera

querido acabar en la misma familia con él. Para mí era una desgracia. Era como si estuviera condenada a cargar con el peso de mi pasado sin poder llegar a ser verdaderamente libre jamás.

¿Cómo podría hacérselo entender a los demás?

—¡Hola!

No me había dado cuenta de que había salido caminando mecánicamente de la secretaría. Alcé la mirada y mis ojos se toparon con una sonrisa radiante.

—Estoy en la misma clase que tú. ¡Bienvenida al Burnaby!

Vi a Rigel en el pasillo, su pelo negro se movía al compás de sus firmes pasos. La chica que lo acompañaba apenas parecía consciente de dónde se estaba metiendo de cabeza: lo miraba hechizada, como si la recién llegada fuera ella, y ambos se desvanecieron al doblar la esquina.

—Yo soy Billie —me dijo mi compañera a modo de presentación. Me tendió la mano con una sonrisa deslumbrante y yo se la estreché—. ¿Y tú cómo te llamas?

—Nica Dover.

—¿Micah?

—No, «Nica» —repetí, recalcando la «N», y ella se llevó el índice a la barbilla.

—¡Ah, el diminutivo de Nikita!

Me sorprendí a mí misma sonriendo.

—No —negué sacudiendo la cabeza—, solo Nica.

La curiosidad con que me miraba Billie no me incomodó, como había sucedido con el otro chico un poco antes. Tenía una cara auténtica, enmarcada por unos rizos color miel, y dos ojos brillantes que conferían un aire apasionado a su mirada.

Mientras caminábamos, noté que me observaba con mucho interés, pero hasta que nuestras miradas volvieron a cruzarse no comprendí la razón: ella también se había quedado prendada de mis peculiares iris.

«Son tus ojos, Nica», decían los niños más pequeños cuando les preguntaba por qué me miraban tan intrigados. «Nica tiene los ojos del color del cielo cuando llora: grandes, resplandecientes, como diamantes grises».

—¿Qué te ha pasado en los dedos? —me preguntó.

Me miré las yemas de los dedos envueltas con tiritas.

—Oh —balbuceé y los oculté torpemente tras la espalda—, nada…

Sonreí, tratando de desviar la conversación, y las palabras de la señora Fridge volvieron a irrumpir en mi cabeza: «No hagas rarezas».

—Así no me como las uñas —le solté. Pareció creérselo, hasta el punto de que levantó las manos, orgullosa, mostrándome los extremos mordisqueados.

—¿Y qué problema hay? ¡Yo ya he llegado al hueso! —Entonces giró la mano y se puso a examinarla—. Mi abuela dice que debo sumergirlas en mostaza: «Así verás como se te pasan las ganas de llevártelas a la boca».

Pero nunca lo he probado. La idea de pasarme toda una tarde con los dedos metidos en salsa me deja un poco… ¿Cómo te diría…? Perpleja. ¿Te imaginas si llama a la puerta un mensajero?

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