Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 15 de 43

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Fabricante de lágrimas

14. Desalentador

14

Desalentador

No cultives según qué amores.

Son como las rosas silvestres:

florecen muy raramente

y te hacen estar siempre en vilo. [2]

Me acordaba de mi madre.

Pelo rizado y perfume de violetas, ojos grises como el mar de invierno.

Me acordaba de ella porque tenía los dedos cálidos y una sonrisa amable, porque siempre me dejaba coger los libros que estudiaba.

«Ve despacio», me susurraba en aquel recuerdo, mientras una bellísima mariposa azul se deslizaba de sus manos a las mías.

«Es la delicadeza, Nica —me decía—. La delicadeza, siempre…

Recuérdalo».

Me hubiera gustado decirle que le había hecho caso.

Que lo había conservado en mi interior, un pequeño bloque sobre el cual había construido mi corazón.

Me hubiera gustado decirle que lo recordaba siempre, aunque la calidez de sus manos se había desvanecido y las mías se habían llenado de tiritas, el único color que me había quedado.

También cuando mis pesadillas se veían salpicadas por el chasquido del

cuero.

Pero en aquel momento…

Solo hubiera querido decirle a mi madre que a veces la delicadeza no era suficiente.

Que todas las personas no eran mariposas y que yo podía ir con todo el esmero que quisiera, que los demás no procederían con cuidado. Siempre iría cubierta de mordiscos y arañazos, y acabaría llena de heridas para las que no tenía cura.

Esa era la verdad.

En la oscuridad de mi habitación, me sentí como una muñeca olvidada.

La mirada vacía, los brazos alrededor de las rodillas.

El móvil volvió a iluminarse, pero no me levanté a responder. No me apetecía leer más.

Ya sabía lo que pondría. La sucesión de mensajes de Lionel constaba de una serie ininterrumpida de acusaciones.

«Mira lo que ha hecho».

«Le he dicho que parase».

«Ha empezado él».

«Ha sido culpa suya».

«Me ha pegado sin motivo».

Ya lo había visto demasiadas veces, ya no me quedaban fuerzas para dudar de que fuera verdad.

En el fondo, Rigel siempre había sido eso.

Violento y cruel, así lo había definido Peter. Y no importaba cuánto me esforzase por encajarlo en las páginas de aquella nueva realidad, él nunca estaría allí.

Me habría arrastrado y me habría anulado siempre, y yo habría acabado perdiendo retazos de mí misma un día tras otro.

En aquel momento, deseaba que Anna y Norman no se hubieran marchado nunca. Que Anna estuviera allí y me dijera que nada era

irreparable…

«Iba a suceder de todos modos —me susurraban, sin embargo, mis pensamientos—. Tanto si hubieran estado como si no, tarde o temprano todo se iría al traste igualmente».

Me vacié con un suspiro. Tragué saliva y me di cuenta de que tenía mucha sed.

Decidí levantarme. Ya llevaba horas allí y fuera era noche cerrada.

Antes de salir, me aseguré de que el pasillo estuviera vacío. Lo último que quería era encontrarme con Rigel.

Bajé las escaleras a oscuras. Ya no llovía, la luna que resplandecía por encima de las nubes iluminaba los contornos de los muebles y me permitía moverme sin dificultad.

Llegué al piso inferior, sumido en la penumbra. Ya estaba en la co cina cuando, de pronto, tropecé con algo que por poco no me hace caer. Me quedé sin aliento. Me apoyé en la pared, parpadeé y miré al suelo.

«Qué…».

Mis dedos dieron con el interruptor.

La luz me hirió los ojos, al instante inspiré bruscamente y retrocedí en un gesto instintivo.

Rigel estaba tendido en el suelo, con el pelo desparramado sobre el parquet.

Su muñeca pálida destacaba sobre la madera y un abanico de mechones negros le cubría el rostro. No se movía.

La visión de su cuerpo inmóvil me impactó tanto que cuando retrocedí de nuevo sentí una vibración recorriéndome la espina dorsal.

Mi mente se quedó totalmente en blanco. Aquella visión chocaba con la imagen que tenía de Rigel, su fuerza, su ferocidad, su inquebrantable autoridad.

Me lo quedé mirando con los ojos muy abiertos, incapaz de emitir sonido alguno.

Era él.

Allí, en el suelo, inmóvil.

Estaba…

—Rigel —logré susurrar a duras penas.

De pronto, el corazón me golpeó las costillas y la realidad me cayó encima con todo su peso. Sentí un violento escalofrío que me rescató de mi parálisis. Me agaché junto a él con la respiración acelerada.

—Rigel —musité.

En aquel momento fui consciente de que había un ser humano tendido a mis pies. Mis pupilas recorrieron su cuerpo desordenadamente, las manos me temblaban, pero sin llegar a tocarlo, sin saber dónde posarlas.

Dios mío, ¿qué le había pasado?

Me asaltó el pánico. Una cascada de pensamientos me saturó la mente mientras lo miraba con ojos febriles, sin apenas aliento.

¿Qué debía hacer?

¿Qué?

Acerqué los dedos lo suficiente como para rozar su sien; la toqué con la punta de mis tiritas y me sobresalté.

Quemaba. Quemaba como un hierro al rojo vivo.

Le eché un último vistazo antes de correr hasta el salón. Trepé como un gato por el sillón para alcanzar el teléfono.

Jamás me había encontrado a nadie tendido en el suelo y en semejante estado. Puede que fuera el pánico, puede que simplemente se debiera a mi incapacidad para gestionar la situación, pero de pronto me vi marcando con mano temblorosa el número de la única persona que me vino a la mente en un momento de necesidad.

La única con quien sabía que podía contar. La única en quien a mí, que nunca en mi vida había tenido un punto de referencia, se me ocurrió pensar.

—¡Anna! —exclamé antes de que ella respondiera—. Ha pasado… Ha pasado que… ¡Rigel! —anuncié estrujando el auricular—. ¡Se trata de

Rigel!

Oí un gemido acompañado de un frufrú de tela.

—Nica… —respondió con voz somnolienta—, ¿qué…?

—Ya sé que es tarde —dije atropelladamente—. Lo siento, pero… ¡es importante! Rigel está en el suelo. Él… Él…

De pronto la respiración de Anna sonó más próxima.

—¿Rigel? —Noté una agitación casi imperceptible en su voz—. ¿En el suelo? ¿Cómo que en el suelo? ¿Rigel no está bien?

La urgencia de la situación me obligó a hacer aflorar las palabras. Las puse en fila una tras otra y le expliqué que, cuando había bajado, me lo había encontrado allí, tendido en el suelo.

—Está ardiendo de fiebre, pero no sé… ¡Anna, no sé qué hacer!

Anna entró en pánico. Percibí su agitación y oí que apartaba las sábanas, despertaba a Norman y le anunciaba que debían tomar un autobús o cualquier otro medio que los llevase a casa.

Me arrepentí de haberla asustado tanto por culpa de mi ineptitud. Tal vez si hubiera tenido más aplomo habría llamado una ambulancia o simplemente me habría dado cuenta de que solo se trataba de un desvanecimiento causado por la fiebre.

Pero, presa del pánico, la había llamado a ella, que se encontraba a muchas millas de distancia y no podía hacer nada. Hubiera querido que se me tragase la tierra por mi estupidez.

—Dios mío, ya sabía yo que debíamos volver, lo sabía —se lamentaba Anna con voz temblorosa—. Ahora Rigel estaría en la cama y tal vez, tal vez…

Anna parecía fuera de sí. Me pregunté si no estaba llevando todo un poco demasiado lejos, pero como yo nunca había tenido a nadie que se preocupase por mí, no era capaz de cuantificar la situación.

Tal vez no estuviera exagerando, tal vez también era así en las otras familias. Tal vez si yo no me hubiera precipitado…

—Anna, de la fiebre puedo… puedo encargarme. —Quería reparar mi error, resultar útil de algún modo. Al percibir su pánico, sentí la necesidad de tranquilizarla—. Puedo intentar llevarlo arriba y acostarlo…

—Necesita una compresa fría —me interrumpió con voz ansiosa—.

¡Dios, cuánto frío debe de haber pasado en el suelo! ¡Y las medicinas! ¡Hay medicinas para la fiebre en el baño, en la puertecita lateral del espejo, la del tapón blanco! Oh, Nica…

—No te preocupes —le dije, aunque estaba claro que íbamos sobrados de preocupaciones—. ¡Ya… ya me encargo yo, Anna! Si me dices punto por punto qué debo hacer, yo…

Grabé directamente en mi cerebro la batería de instrucciones que me dio.

Colgué tras prometerle que volvería a llamarla y asegurarle que lo había entendido todo.

Volví al pasillo y me detuve a un metro de Rigel. Suspiré y me propuse no perder más tiempo.

Me hubiera gustado decir que me lo cargué a la espalda y lo subí dignamente por las escaleras…, pero no fue así ni de lejos.

Lo primero que hice, aunque fuera lo menos obvio, fue tocarlo.

Rigel nunca me había permitido tocarlo, ni siquiera acercarme a él.

Cuando posé una mano insegura en el borde de su hombro, noté que me temblaban los dedos.

—Rigel… —Acerqué el rostro y mi cabello se esparció sobre su espalda

—. Rigel, ahora… ahora tienes que darme la mano…

Logré darle la vuelta, traté de sentarlo, pero fue en vano. Le pasé un brazo por el cuello y le levanté la cabeza; su negra cabellera se despegó del suelo y se acomodó en mi antebrazo. La cabeza se le desplazó hacia atrás y la piel tensa de la garganta despuntó ante mis ojos.

—Rigel…

Verlo tan indefenso hizo que se me formara un nudo en el pecho. Tragué saliva, miré con preocupación las escaleras y lo miré a él de nuevo.

Mientras lo observaba tan de cerca, allí sentada en el suelo con él, ni siquiera me di cuenta de que lo estaba estrechando más fuerte de lo necesario para sostenerlo.

—Tenemos que llegar arriba —le dije despacio, con delicadeza, pero también con determinación—. Rigel, solo son las escaleras. Solo las escaleras… —Apreté los labios y lo alcé por el busto—. ¡Adelante!

Bueno…, puede que «adelante» fuera mucho decir.

Después de todo, yo curaba pájaros heridos y ratones que habían caído en una trampa, estaba acostumbrada a criaturas de una talla muy distinta.

Traté de convencerlo de que hiciera un esfuerzo y le pregunté si al menos podía oírme. Cuando vi que no respondía, empecé a arrastrarlo. Me iba soplando los mechones de pelo que se venían a la cara mientras mis pies se deslizaban por el parquet, pero de algún modo llegamos al pie de las escaleras.

Sujeté a Rigel por la camiseta y logré tirar de él lo suficiente para dejarle la espalda apoyada en la pared. Era alto e imponente y yo era tremendamente minúscula comparada con él.

—Rigel…, por favor… —le rogué con la voz contraída por el lacerante esfuerzo—. ¡Sube!

Salí bien de aquella empresa titánica. Con un gemido exhausto, encajé la cabeza en su abdomen e impedí que volviera a deslizarse hasta el suelo; me plegué penosamente bajo el peso de sus hombros y mis vacilantes piernas se tambalearon.

Apreté los dientes por la ansiedad.

Nos incorporamos a duras penas y él pareció sostenerse precariamente por sus propios medios. Me rodeaba el cuello con su brazo y noté su mandíbula contra mi sien.

Sentí cierto alivio cuando alcanzamos el piso superior, pero en el último escalón resbalé dramáticamente. Abrí los ojos de par en par, aunque era demasiado tarde: las paredes empezaron a dar vueltas y ambos caímos al

suelo con un ruido sordo.

Me golpeé la pelvis con el canto del escalón y tuve que morderme la lengua del dolor.

—Ay, Dios… —exclamé tragando saliva. Noté el sabor metálico de la sangre en la boca.

¿Podía haber un desastre mayor que aquel?

Avancé a rastras hasta Rigel. Sentí una punzada en la pelvis y envié allí una de mis manos, mientras comprobaba alarmada que no se hubiera golpeado la cabeza.

No fui capaz de ponerlo en pie.

Lo arrastré cojeando hasta su habitación y, con un afán sobrehumano, pidiéndole un último esfuerzo a mis músculos, logré levantarlo hasta el colchón y acostarlo bajo las mantas.

Me pasé la muñeca por la frente y me concedí unos instantes para recobrar el aliento. Rigel tenía el brazo colgando fuera de la cama y el pelo revuelto sobre la almohada.

Agotada, corrí hasta el baño y llené un vaso de agua. Abrí la portezuela y encontré las medicinas que necesitaba.

Cogí una pastilla del frasco y oí el chirrido de los muelles cuando me senté en el colchón.

Le levanté la cabeza y le sostuve la nuca en el hueco de mi codo.

—Rigel, tienes que tomarte esto… —probé a decirle, con la vana esperanza de que me oyese, de que se dejara ayudar, aunque solo fuese por una vez.

—Hará que te sientas mejor…

No se movió. La palidez de su rostro resultaba alarmante.

—Rigel —probé una vez más, poniendo la pastilla en el borde de sus labios—, vamos…

Su sien quedaba a la altura de mi cadera, con la frente me tocaba las costillas, justo debajo del seno, y de pronto la pastilla se me escapó de entre

los dedos.

Me apresuré a recuperarla buscando entre los pliegues de la manta, agobiada, con los nervios a flor de piel.

Acabé empujándola dentro de su boca con una torpeza sin límites.

Entreabrió los labios dócilmente bajo la presión de mis dedos, casi se los rocé con el índice cuando el comprimido desapareció en el interior de la boca.

Cuando me volví para coger el vaso, me temblaba la mano.

Logré que al menos tomara un minúsculo sorbo de agua. Rigel tensó la garganta y finalmente se tragó la pastilla.

Le acomodé la cabeza en la almohada y me incorporé de inmediato, con las mejillas fastidiosamente encendidas.

Bajé a la cocina y preparé la compresa fría tal como me había dicho Anna. Volví a subir y se la puse sobre la piel hirviendo.

Me quedé junto a la cama, haciendo memoria.

¿Me había olvidado de algo?

Estaba repasando las indicaciones de Anna, cuando de pronto oí mi móvil sonando en alguna parte.

Corrí a responder después de echarle un vistazo a Rigel. El nombre de Anna parpadeaba en la pantalla.

Ahora que la situación se había calmado, noté en mayor medida su agitación. Le expliqué que había hecho al pie de la letra todo lo que me había dicho, sin olvidarme de nada. Añadí que había corrido las cortinas y le había puesto una manta, y ella me informó de que estaban a punto de tomar un autobús y que llegarían a casa para cuando amaneciera.

—Estaremos allí lo antes posible —me aseguró con voz preocupada.

Yo experimenté una extraña y cálida sensación de proximidad al percibir que se desvelaba por nosotros.

—Nica, si hay cualquier cosa…

Asentí emocionada con la cabeza y entonces caí en la cuenta de que ella

no podía verme.

—Tranquila, Anna… Si hay novedades, te llamo enseguida.

Me dio las gracias por la diligencia con que me había hecho cargo de él y, tras unas últimas recomendaciones, colgó con la promesa de que nos veríamos pronto.

Volví sobre mis pasos, entré en la habitación y ajusté la puerta para guardar el calor.

Me acerqué a la cama con pasos silenciosos, dejé el móvil sobre la mesilla, alcé lentamente los ojos y miré a Rigel.

—Ya están volviendo —susurré.

Sus facciones estaban petrificadas, como alabastro pulido. Yo permanecía igual de quieta junto a la cama, rehén de su rostro.

No sabría decir cuánto tiempo estuve allí mirándolo, de pie, inquieta e indecisa, hasta que los muelles cedieron bajo mi peso.

Me senté al borde de la cama, como si tuviera miedo de despertarlo.

Por un momento, no fui capaz de imaginar su feroz reacción si supiera que no solo había entrado de nuevo en su habitación, sino que había estado sentada en su cama, mirándolo, como si no temiera las consecuencias.

Me habría gruñido. Me habría echado. Me habría mirado con ese desprecio que sabía que me laceraba como un cuchillo.

«Tú eres el fabricante de lágrimas».

Recordé aquella acusación con un dolor amargo e indefinido. ¿Yo?

¿Cómo podía ser yo? ¿Qué había querido decir?

Contemplé su rostro dormido con la condescendencia de quien está observando una fiera de puntillas, consciente de que no puede comprenderla.

Y sin embargo…

Sin embargo, al observarlo en ese momento…, sentí algo inexplicable.

Una paz indefinida.

Sus hermosas facciones estaban distendidas, sus largas pestañas

sombreaban sus elegantes pómulos y sus labios en calma. En ese momento, sus orgullosos rasgos estaban investidos de una serenidad que jamás había percibido en él hasta ese momento.

Nunca me había permitido verlo así. Siempre había una mueca que desfiguraba los labios o una mirada oscurecida por aviesas intenciones.

Tragué saliva y un cúmulo de sensaciones inaprensibles me oprimió el corazón. Mientras observaba el movimiento delicado y profundo de su torneado pecho y la piel de su garganta vibrando suavemente al compás de los latidos de su corazón…, me di cuenta de que jamás había estado tan guapo.

Los pómulos afilados y las sombras bajo los párpados no desmerecían la armonía de su rostro, sino que, por el contrario, le conferían el encanto de una juventud corrompida, marchita. No había lividez que no le aportara encanto. No había cicatriz, corte o herida que pudiera ofuscar aquella luz.

Estaba bellísimo así de tranquilo.

¿Cómo se explicaba que todo aquel esplendor pudiera encerrar algo tan… oscuro e incomprensible?

¿Cómo era posible que el lobo tuviera un aspecto tan delicado cuando su finalidad solo era dar miedo?

De pronto, una irregular bocanada de aire le hizo entreabrir la boca. Rigel movió apenas la cabeza y el paño se deslizó a un lado: sin pensarlo, me incliné sobre él para sostener la compresa. Contuve la respiración y mis ojos descendieron impacientes e inquietos hacia su rostro, pero él…

Él permanecía inmóvil, a un suspiro de distancia. Lo contemplé en los límites de una intimidad que nunca me había consentido. Lo contemplé no como al fabricante de lágrimas.

Solo como a… Rigel

Solo como a un joven dormido, enfermo, con un corazón y un alma iguales a las de muchos otros.

Entonces me venció una tristeza inexplicable. Desesperanzada e

impotente. Constelada de magulladuras que él me había dejado por dentro sin tan siquiera tocarme.

«Te odio», hubiera querido decirle entre dientes, como hubiera hecho cualquier otro en mi lugar.

»Te odio, no soporto tus silencios, ni una sola de las cosas que me dices.

»Odio tu sonrisa, el modo en que no quieres estar a mi lado, todos los mordiscos que me has asestado.

»Te odio por el modo en que sabes estropear las cosas hermosas, por la violencia con que te alejas, como si yo fuera a privarte de algo.

»Te odio… porque no me has dejado otra elección».

Pero no salió nada de mi boca.

Aquel pensamiento no se materializó, se disolvió en mi corazón y la resignación me dejó vacía por completo. De pronto, me sentí terriblemente cansada.

Porque no era verdad.

Yo no odiaba a Rigel. Nunca podría odiarlo.

Solo hubiera querido comprenderlo.

Solo hubiera querido ver que ahí debajo había algo más, forjado en la sombra de un corazón como el de muchos otros.

Solo hubiera querido convencer al mundo de que se equivocaba.

—¿Por qué me apartas siempre? —susurré angustiada—. ¿Por qué no me permites comprenderte?

Nunca hallaría respuesta a aquellas preguntas.

Él jamás me la daría.

Sentí que cedía poco a poco sobre el colchón, cada vez más amodorrada.

Hasta que la oscuridad me engulló.

Al final, lo único fui capaz de hacer, lo único que pude devolverle de lo que él siempre me había dado, no fue más que fue un lento y larguísimo suspiro.

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