Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 13 de 43

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Fabricante de lágrimas

12. Acrasia

12

Acrasia

El alma que gruñe, bufa y araña

suele ser la más vulnerable.

«Violento y cruel».

Esa era su definición. Manipulador con aquellos a quienes quería engatusar. Terrible en el reverso de la medalla.

Rigel me mostraba la sangre en sus manos, los arañazos en su rostro, la crudeza en sus ojos cuando le hacía daño a alguien. Me ladraba que me mantuviera alejada de él, mientras que con su sonrisa tenebrosa y burlona parecía desafiarme a que hiciera lo contrario.

No era un príncipe. Era un lobo. Puede que todos los lobos tuvieran aspecto de príncipes espléndidos y delicados; de lo contrario, Caperucita Roja no se habría dejado engañar.

Esta era la conclusión que sabía que debía aceptar.

No había luces.

No había esperanzas.

No con alguien como Rigel.

¿Por qué no era capaz de entenderlo?

—Ya estamos listos —oí que decía Norman.

El día de su partida había llegado demasiado pronto y, mientras colocaba

las bolsas de viaje al pie de la escalera, sentí un extraño e inexpresable malestar.

Cuando Anna y yo nos miramos, supe que me sentía así porque iba a tardar en verla de nuevo.

Aunque era consciente de que me estaba excediendo en mi devoción hacia ella, verla marchar me provocaba un extraño sentimiento de abandono que me hacía sentir de nuevo como una niña.

—¿Estaréis bien? —preguntó Anna, inquieta.

La idea de dejarnos solos todo un día la tenía preocupada, sobre todo porque nos encontrábamos en una fase delicada de la adopción. Sabía que no era un buen momento para marcharse, pero yo la había tranquilizado diciéndole que nos veríamos de nuevo esa misma noche y que, cuando regresara, nos encontraría aquí.

—Os llamaremos en cuanto aterricemos.

Se ajustó el pañuelo y yo asentí, tratando de sonreír. Rigel estaba detrás, a cierta distancia de mí.

—Hay que darle su comida a Klaus —nos recordó Norman y, a pesar de todo, se me iluminó el rostro.

Miré ansiosa al minino y lo vi lanzarme una mirada torva antes de pasar por mi lado mostrándome el trasero, sin ni siquiera llegar a rozarme.

Anna le dio un suave apretón en el hombro a Rigel y me miró. Me sonrió mientras me acomodaba un mechón tras la oreja.

—Nos vemos esta noche —dijo afectuosa.

Me quedé donde estaba cuando se dirigieron hacia la puerta. Me despedí de ellos desde la escalera, de pie, diciéndoles adiós con la mano antes de que salieran.

El chasquido de la cerradura resonó en el silencio de la casa.

Al cabo de unos instantes, oí un ruido de pasos detrás, pero solo me dio tiempo a distinguir la espalda de Rigel desvaneciéndose en el piso de arriba.

Desapareció sin dignarse a mirarme.

Eché un vistazo al punto en el que se había esfumado antes de volverme de nuevo; observé la puerta de entrada y suspiré.

Volverían pronto…

Me quedé allí, en el vestíbulo, como si fueran a reaparecer de un momento a otro. Me encontré sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, sin saber exactamente por qué. Tamborileé con los dedos en el parquet, siguiendo un surco de la madera, y me pregunté por dónde andaría Klaus.

Estiré la cabeza hacia el salón y lo vi en el centro de la alfombra, lamiéndose una pata. Movía la cabecita arriba y abajo y no pude evitar encontrarlo monísimo.

¿Tendría ganas de jugar?

Me agazapé detrás de la pared y lo espié. Entonces, procurando ocultarme, fui acercándome a gatas hasta donde estaba.

En cuanto me vio, bajó la pata y se volvió para estudiarme; me detuve al instante y me lo quedé mirando como si fuera una pequeña esfinge. Él me correspondió con una mirada iracunda, sacudiendo la cola.

Se dio la vuelta de nuevo y yo seguí gateando hacia él.

Me quedé quieta otra vez en cuanto volvió a girarse. Así dimos comienzo a una especie de juego del «un, dos, tres, al escondite inglés»: él se volvía cada vez para fulminarme con la mirada y yo seguía avanzando como un escarabajo. Pero cuando llegué al límite de la alfombra, Klaus lanzó un maullido nervioso y decidí quedarme quieta.

—¿No te apetece jugar? —le pregunté algo decepcionada, esperando que se girara de nuevo.

Pero Klaus dio un par de coletazos y se fue. Me senté sobre los talones, un poco frustrada, antes de decidirme a subir a mi habitación a estudiar.

Llegué al piso superior preguntándome a qué hora llegarían al aeropuerto Anna y Norman. Estaba inmersa en mis pensamientos cuando algo llamó mi atención; me volví y mi mirada se sintió atraída hacia el centro del pasillo.

Rigel estaba allí, inmóvil, de espaldas, con la cabeza levemente echada hacia delante. Me detuve en cuanto vi que apoyaba una mano en la pared.

Reparé en que tenía los dedos contraídos.

¿Qué… estaba haciendo?

Despegué los labios para traspasar el límite de una confianza que no existía entre nosotros.

—¿Rigel?

Me pareció notar que los nervios de su muñeca se tensaban imperceptiblemente bajo la piel, aunque no se movió.

Desplacé la cabeza a un lado, en un intento de verle la cara y, a medida que me iba acercando, oía crujir las viejas tablas bajo mis pies. Cuando estuve lo bastante cerca, me dio la impresión de que había parpadeado.

—Rigel —volví a llamarlo, cautelosa— ¿Estás… bien?

—Estoy muy bien —me espetó con ferocidad dándome la espalda y por poco no di un brinco al oír su voz rechinar entre dientes de aquel modo.

Me detuve, pero no por su tono hostil. No… Me detuve porque aquella mentira era tan insostenible que me impidió marcharme.

Alargué una mano hacia él.

—Rigel…

Apenas había tenido tiempo de rozarlo cuando apartó el brazo de manera brusca. Se volvió de repente, se alejó de mí y me fulminó con la mirada.

—¿Cuántas veces te he dicho que no me toques? —siseó amenazante.

Retrocedí. Lo miré con expresión angustiada y sentí que aquella reacción suya me estaba hiriendo más de lo que me hubiera gustado admitir.

—Yo solo quería… —empecé a decir, preguntándome por qué, por qué no aprendía nunca— asegurarme de que estabas bien.

Me fijé en que tenía las pupilas ligeramente dilatadas.

Pero al cabo de un instante, la expresión de su rostro cambió.

—¿Por qué? —Contrajo la boca en una mueca de descarnada ironía, tan exagerada que él mismo se percató de su exceso—. Ah, claro. —Modificó

su rictus, chasqueando la legua, como si lo hiciera a propósito para lastimarme—. Porque tú eres así. Está en tu naturaleza.

Tensé las muñecas. Estaba empezando a temblar.

—Déjalo ya.

Pero él avanzó un paso hacia mí. Se me plantó delante con aquella sonrisa mordiente y venenosa, y prosiguió con despiadada brutalidad.

—Es superior a tus fuerzas, ¿a que sí? ¿Te gustaría ayudarme? —susurró implacable, con las pupilas como agujas—. ¿Te gustaría… «repararme»?

—¡Déjalo, Rigel! —retrocedí por instinto. Tenía los puños apretados, pero siempre era demasiado frágil, demasiado delicada y demasiado impotente—. Es como si siempre hicieras lo posible por… por…

—¿Por…? —repitió, incitándome a seguir.

—Por que te odien.

«Por que te odie yo —hubiera querido exclamar—. Yo, solo yo, como si me estuvieras castigando».

Como si hubiera hecho algo para merecerme lo peor de él.

Cada puya era un castigo; cada mirada, una advertencia. A veces me daba la impresión de que con aquellas miradas quería decirme algo y al mismo tiempo sepultarlo bajo metros de arañazos y espinas.

Mientras lo observaba, engullida por la sombra que proyectaba sobre mí, me pareció ver algo semejante a un brillo en sus ojos, algo que se encontraba debajo y que ni siquiera yo había sido capaz de ver jamás.

—¿Tú me odias? —Su voz, amplificada por la proximidad, me saturó los oídos. Tenía el rostro ligeramente reclinado hacia el mío para compensar la desproporción de nuestras estaturas—. ¿Me odias, falena?

Lo miré fijamente a los ojos, alternando un iris después del otro, derrotada.

—¿Es eso lo que querrías?

Rigel cerró lentamente la mandíbula y encadenó su mirada a la mía. Pero al instante desvió la vista por encima de mi hombro y ya no fue necesario

oírlo pronunciar aquella única sílaba para conocer la respuesta. No fue necesario escuchar el tono áspero y pausado con que la pronunció, casi como si le costase hacerlo.

—Sí.

Me liberó de su presencia esfumándose escaleras abajo.

Yo me quedé donde estaba, con el eco de aquellas palabras, hasta que el ruido de la puerta de entrada me indicó susurrante que se había ido.

Me pasé todo el día sola.

La casa permaneció silenciosa, como un santuario vacío. Solo el rumor de la lluvia rompió la ausencia de sonidos; el reflejo de las gotas en las ventanas me dibujaba estrías en las piernas y trazaba estelas de cristal en el parquet. Las veía caer con la mirada perdida, sentada en el suelo.

Hubiera querido tener palabras con que explicar cómo me sentía.

Liberarlas de mi interior y ponerlas en fila sobre el pavimento como las piezas de un mosaico y verlas encajar de algún modo. Me sentía vaciada.

Una parte de mí siempre había sabido que era imposible que las cosas funcionasen.

Lo supe desde el principio. Desde que puse el pie fuera del Grave. Había albergado muchas esperanzas, como hacía cuando era una niña, porque yo, en el fondo, solo sabía vivir así, sacando lustre y puliendo.

Pero la verdad era que no podía ver más allá de lo que había. La verdad era que, lo mirase por donde lo mirase, aquella mancha negra no desaparecería nunca.

Rigel era el fabricante de lágrimas.

Para mí siempre había estado en el centro de la leyenda. La personificaba. Era el tormento que tantas veces me había hecho llorar de pequeña.

El fabricante de lágrimas era el mal.

Te hacía sufrir, te ensuciaba y te angustiaba hasta arrancarte las lágrimas.

Te hacía mentir y desesperar. Así nos lo habían enseñado.

Recuerdo que Adeline no lo veía así. Decía que, si se contemplaba desde otro punto de vista, el cuento podía interpretarse de otro modo. Que no solo encarnaba el mal, porque si las lágrimas eran el precio de los sentimientos, en ellas también había amor, afecto, alegría y pasión. Había dolor, pero también felicidad.

—Eso es lo que nos hace humanos —decía.

Valía la pena sufrir a cambio de tener sentimientos.

Pero yo no compartía su opinión.

Rigel lo despreciaba todo.

¿Por qué no se dejaba perfilar? ¿Por qué no podía bañarlo en oro como hacía con todo lo demás?

Lo haría despacio, con delicadeza, sin hacerle daño. Juntos habríamos podido ser algo distinto, aunque no sabía imaginarme nada que no fuera la forma en que siempre me había mirado.

Pero hubiéramos podido ser un cuento que se mantuviese en pie.

Sin lobos, sin ataques, sin más temores.

Una familia…

Oí el móvil en el escritorio, me avisaba de que tenía un mensaje.

Me hice un ovillo y dejé escapar un suspiro; estaba casi segura de que sería Lionel.

Durante los últimos días, me había escrito varias veces y habíamos hablado mucho. Me había contado un montón de cosas sobre él, sus aficiones, los deportes que practicaba, los torneos de tenis que había ganado… Le gustaba relatarme sus éxitos y, aunque no me preguntaba nada sobre mí, resultaba agradable tener a alguien con quien hablar sin temor a acabar agobiando siempre a Billie.

Pero aquella tarde fue distinto.

Él me había escrito y yo no pude resistirme a hablarle de Rigel.

Lo último que había sucedido se me había quedado clavado como una espina. Le dije la verdad, que en realidad no éramos hermanos. Le dije que no nos unía ningún lazo de sangre y él permaneció en silencio durante un largo momento.

Quizá no tendría que haber hablado tanto de mí misma. Quizá lo había aburrido acaparando toda la atención en mí cuando él me estaba hablando de la última copa que había ganado.

Después había empezado a llover y mi único pensamiento había sido que

«él» estaría allí fuera, bajo aquel muro de lluvia. Sin un triste paraguas.

Porque yo, en el fondo, solo sabía vivir así. Sacando lustre y puliendo, incluso si cuanto más lo intentaba, más aristas surgían.

El timbre del teléfono invadió la casa.

Me despabilé de golpe, como si me hubieran echado encima un cubo de agua fría.

Salí de la habitación, pero al instante retrocedí y me llevé el móvil conmigo.

Llegué al salón y me apresuré a contestar.

—¿Diga?

—Nica —dijo una voz cálida—. Hola, ¿va todo bien?

—Anna —exclamé, feliz pero desconcertada.

Me había llamado a la hora del almuerzo para decirme que habían llegado y que allí estaba nevando. No me esperaba volver a oírla de nuevo tan pronto. Estaba segura de haber notado un matiz distinto en su voz y también me percaté de que la línea tenía interferencias.

—Os estoy llamando desde el aeropuerto. Aquí ha empeorado el tiempo.

Está nevando con mucha fuerza, ya lleva toda la tarde así, y no prevén que mejore hasta mañana por la mañana. Estamos todos haciendo cola, pero…

Oh, Norman, deja pasar al señor. Su maleta… ¡Disculpe! Nica, ¿me oyes?

—Sí, te escucho —respondí tragando saliva al tiempo que oía como si rascaran el teléfono.

—Han cerrado todas las terminales —Rascó de nuevo la línea—, están cancelando los vuelos y ahora estamos esperando a que nos reasignen otro, pero siguen emitiendo una grabación que informa del cierre a causa del mal tiempo… Oh, esper… Nica… ¿Nica?

—Te escucho, Anna —respondí sosteniendo el teléfono con ambas manos, pero su voz se oía lejana y con un doble eco.

—Dicen que no hay vuelos previstos hasta mañana por la mañana —

Logré entender lo que me decía, y entonces me llegó la voz de Norman, que estaba discutiendo con alguien—. O al menos hasta que la tormenta no amaine —concluyó, y yo me quedé allí plantada, envuelta en el silencio de la casa, asimilando aquellas palabras—. Oh, Nica, cariño, lo siento mucho… Nunca me hubiera imaginado que… Disculpe, ¿y la cola qué?

Hay una cola, ¿no la ve? ¡Me está pisando! Lo sé, os habíamos dicho…

¿Nica? Sé que habíamos dicho que volveríamos esta noche…

—Todo está en orden —me apresuré a decirle a través del auricular para tranquilizarla—. Anna, no te preocupes. Hay comida de sobra.

—¿Has dicho que llueve fuerte? La calefacción está encendida, ¿verdad?

¿Rigel y tú estáis bien?

Sentí que se me secaba la garganta.

—Estamos bien —dije despacio—. La casa está calentita, no tienes de qué preocuparte. Y Klaus ha comido. —Me volví hacia el gato, que estaba descansando al fondo de la estancia—. Se lo ha comido todo y ahora está dormitando en el sillón. —Me esforcé en sonreír, mientras al otro lado oía un preocupante zumbido—. De verdad, Anna… Podéis estar tranquilos.

Solo será una noche… Seguro que no tardarán en solucionarlo, pero mientras tanto… no os preocupéis. Nosotros… os esperamos aquí.

Aún hablamos un poco más. Anna me preguntó si sabíamos cerrar el portón con todas las vueltas y me rogó que la llamara si surgía cualquier contratiempo. Estuve disfrutando de todas sus atenciones hasta que llegó el momento de finalizar la comunicación.

Cuando colgué, me encontré envuelta por la oscuridad vespertina.

—Estamos tú y yo, ¿eh? —le murmuré sonriente a Klaus. El gato abrió un ojo y me lanzó una mirada hostil.

Encendí la lámpara y cogí el móvil que había dejado en la mesita. Aún tenía que responderle a Lionel.

Arrugué la frente en cuanto me percaté de que me había enviado una foto. Mientras la abría, un relámpago iluminó las ventanas.

No estaba preparada para lo que habría de suceder a continuación.

Tendría que haberlo percibido. Igual que se percibe el olor de la lluvia antes de que se desate una tormenta.

Tendría que haberlo percibido, como se presienten las calamidades y el desastre que provocarán antes incluso de que sucedan.

De repente, la puerta de entrada se abrió de par en par, dejando entrar una racha de viento helado, y faltó poco para que el móvil se me escurriera de las manos.

Rigel emergió con toda su altura, apretando los puños, empapado y con el pelo cubriéndole la cara. Llevaba los zapatos embarrados y tenía los codos enrojecidos, justo donde las mangas dejaban los antebrazos al descubierto.

Tenía un aspecto terrible. Los labios cianóticos del frío, la ropa chorreando. Cerró la puerta sin mirarme. Yo, en cambio, lo observé, helada e intranquila.

—Rigel…

Se volvió. Y, cuando vi el estado en que se encontraba su rostro, sentí una punzada de dolor en el pecho.

El corte que tenía en el labio me impactó como si acabase de recibir una bofetada. El rojo de la sangre se deslizaba por su lívida mandíbula mezclándose con la lluvia, la ceja partida contrastaba violentamente con la palidez de su piel. Exploré su rostro con ojos aterrados, recorriendo una por una todas sus heridas.

—Rigel —exhalé apenas sin aliento, pero no me salieron las palabras.

Lo seguí con la mirada cuando dejó atrás la puerta.

—¿Qué… qué te ha pasado? Estaba tan horrorizada ante la visión de toda aquella sangre que no me fijé en que tenía los nudillos desollados hasta que pasó por mi lado. Aquella visión transformó mi preocupación en un presentimiento, pero no me dio tiempo a razonar… Entró otro mensaje en mi móvil y desvié la vista hacia la pantalla.

La sangre se me heló en las venas, hasta convertirse en espinas y en esquirlas de vidrio que se me clavaban en los huesos de las manos.

Por un instante me faltó la respiración. Sentí que la cabeza me daba vueltas y que el mundo se apagaba hasta desaparecer.

En la pantalla del móvil aparecía el rostro de Lionel, deformado por los golpes y la sangre. Tenía el pelo revuelto y las marcas de puñetazos invadían su piel. Retrocedí un paso, tambaleándome, sobre unas piernas que apenas me sostenían.

Y, en su último mensaje, cada letra era un alfiler clavándose en mis pupilas:

«Ha sido él».

—¿Qué has hecho…?

Alcé el rostro, con el espectro de aquella imagen aún incrustado en mi mirada. Mis ojos chocaron contra la espalda de Rigel.

—¿Qué has hecho…? —Esta vez, mi voz, aunque temblorosa, sonó más fuerte e hizo que se detuviera.

Rigel se dio la vuelta, con los puños apretados. Me miró con los ojos hinchados y al instante desvió la vista hacia el móvil que yo apretaba entre mis manos.

Alzó una comisura, torció el labio y esbozó una sonrisa que no parecía tal.

—Oh, ¡la oveja le ha gritado al lobo! —me espetó con voz mezquina.

Sentí que algo explotaba en lo más hondo de mi cabeza. Fue expandiéndose hacia abajo por mis arterias, quemando cada centímetro de mi sangre y estrujándome con su mordaza de fuego.

Cuando Rigel se volvió e hizo ademán de marcharse, mis nervios me hicieron temblar. Las sienes me martilleaban el cerebro con fuerza, y los ojos abiertos y humedecidos por las lágrimas lo desenfocaban todo.

Perdí la noción de mí misma. Todo cuanto me rodeaba fue aspirado de pronto.

Solo quedó un calor sofocante.

Solo una rabia irracional como jamás hasta entonces había experimentado.

Y algo explotó.

Sentí el impulso de lanzarme hacia delante y lo golpeé con vehemencia.

Arañé la tela empapada de su ropa, sus codos, sus hombros, allí donde pude alcanzar. Rigel retrocedió ante aquel asedio inesperado mientras las lágrimas no dejaban de descender por mis mejillas.

—¿Por qué? —grité con la voz rota, tratando de agarrarlo—. ¿Por qué?

¿Qué te he hecho yo?

Me empujó hacia atrás, tratando de llegar a las escaleras. Se zafó de mis dedos como si fueran arañas, mirando obstinadamente hacia delante mientras yo clavaba las uñas envueltas en tiritas en la tela, tratando de lastimarlo.

—¿Qué he hecho para merecerme esto? —grité con la garganta dolorida

—. ¿Qué he hecho? ¡Dímelo!

—No me toques —se atrevió a sisear y a mí se me nubló la vista.

Forcejeé con aquellas manos que me repelían con dureza tratando de mantenerme a distancia. Me encarnicé con él y entonces me gruñó:

—Te he dicho que no…

Pero no lo dejé terminar. Lo agarré del antebrazo y le di un tirón fortísimo.

La violencia de mi gesto estalló al fin.

Por un instante, solo existían mis dedos hundidos en su piel desnuda, al descubierto, y yo descargando toda mi tensión sobre él.

Lo único que percibí cuando me empujó hacia atrás fue el reflejo rabioso de su pelo negro.

La férrea presa que ejercía sobre mi hombro para mantenerme sujeta.

Y el contorno de su boca… cuando se me acercó y se cerró sobre mis labios.

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