Fabricante de lágrimas
24. Constelaciones de escalofríos
24
Constelaciones de escalofríos
Rugir no es cosa de malvados.
Rugir es propio de quien sangra y no sabe
de qué otro modo ocultar su propio dolor.
—Yo sé que eres tú…
Adeline se percató de que estaba tirando de su camiseta con mi manita.
Se volvió y me vio allí.
—¿Qué? —preguntó confusa.
—Quien me hace compañía… Sé que eres tú, ahí abajo, quien me coge la mano cuando ella me castiga.
Aquella caricia en la oscuridad no podía ser más que de ella.
Adeline se me quedó mirando un instante y entonces… comprendió.
Desvió la mirada hacia el fondo del corredor, donde estaba la puerta del sótano.
—Si ella te viera… —La miré, menuda y preocupada—. ¿No tienes miedo de que te descubra?
Volvió la vista hacia mí de nuevo. Se me quedó mirando un instante y una sonrisa dulcísima le suavizó las facciones.
—No me descubrirá.
Me cogió la mano, con cuidado de no lastimar mis uñas rotas, y yo
estreché la suya con tanto afecto que me temblaba el cuerpo. Me dejé abrazar por ella, hundiéndome en su suave cabello. La quería muchísimo.
—Gracias —susurré con lágrimas en la voz.
«Adeline».
El corazón me martilleaba los oídos.
En mi mente palpitaban las imágenes frenéticamente. Adeline sonriéndome, consolándome, con sus ojos azules y el pelo rubio como el sol; Adeline llorando a escondidas bajo la sombra de la hiedra, cogiendo en brazos a otros niños, peinándome las trenzas en el jardín del Grave, como si, en el fondo, el final feliz pudiéramos construirlo un poco las dos solas.
Adeline, que ahora estaba aquí.
Adeline besando a Rigel.
Helada, vi que Rigel la rechazaba bruscamente y la fulminaba con una mirada que a ella le provocó una risa ligera.
Yo no podía respirar. Sentí una opresión en el pecho cuando de pronto Rigel reparó en mi presencia, como si se sintiera apremiado por ello. Lo miré y mis ojos liberaron el grito sordo que tenía clavado en el pecho.
Adeline reparó en su mirada y se volvió, todavía con los labios formando un semicírculo.
Sus ojos me localizaron y la sonrisa se le borró del rostro. Poco a poco, fue abriendo los ojos más y más, como si se resistiese a dar crédito.
—… ¿Nica? —exhaló incrédula.
Al cabo de un instante, como si de pronto lo comprendiera todo, miró la casa que había a mi espalda. Y después se volvió hacia Rigel.
Se lo quedó mirando de un modo que no supe descifrar, pero la intimidad de su mirada me perturbó.
—Oh… —Adeline volvió a mirarme conmocionada. —Nica…
—¡Nica!
Anna corrió hacia mí, alarmada. Me echó una manta encima mientras yo seguía mirando a Adeline con los ojos abiertos de par en par.
—¡Nica, tienes fiebre! ¡No puedes estar así, aquí fuera! ¡El médico ha dicho que tienes que descansar!
Adeline y Anna cruzaron una mirada cuando esta alzó la vista. Se observaron la una a la otra un instante, antes de que Anna me pasara un brazo por los hombros.
—Vamos adentro —dijo tratando de guiarme—, no puedes volver a enfriarte…
La seguí con esfuerzo, arrebujada en la manta.
—Adeline…
—Ya pasaré —me prometió, volviéndose hacia mí—. No te preocupes, tú… descansa. Un día de estos pasaré a saludarte. ¡Te lo prometo!
Solo me dio tiempo a asentir antes de que Anna me llevase adentro de nuevo.
Busqué los ojos de Rigel. Con una punta de dolor constaté que no me estaba mirando a mí.
*
—Oh, Rigel… —la escuchó murmurar—. ¿Qué te traes entre manos?
Rigel no la miró. Ya se sentía lo bastante humillado teniendo que soportar aquel tono indulgente.
Tenía los ojos de ella clavados en las pupilas, como una marca que nunca dejaba de quemar.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le espetó contrariado, descargando su frustración en la chica que tenía a su lado.
Adeline dudó antes de responder.
—¿Acaso creías que iba a olvidarme de qué día es pasado mañana?
Lo dijo casi con dulzura, en un intento de suavizar aquella tensión que,
sin embargo, él frustró con una sola mirada.
Ella miró al suelo.
—He tenido noticias de Peter —admitió—. Un policía ha venido a hacerme preguntas… sobre Margaret. Me dijo que estaba localizando a todos los chicos que pertenecían a la institución antes de que la despidieran.
Por él he sabido que ya no estabas en el Grave. Y ahora entiendo por qué.
Se hizo un silencio que sabía a culpa, a errores constantes contados con la punta de los dedos hasta perder la cuenta, y Rigel lo sintió como algo inevitable.
—¿Ella lo sabe?
—¿Saber qué? —inquirió receloso, con voz sibilante, pero aquella rabia venenosa se estrelló impotente contra una pared: sus ojos estaban llenos de una verdad dolorosa.
Porque Adeline sabía. Adeline siempre había sabido.
Porque Adeline siempre lo había mirado con ese interés al que él jamás había correspondido, condenado como estaba a un amor inoxidable y eterno.
Porque en la institución ella siempre lo había seguido con los ojos, solo para ver cómo miraba a Nica.
—Que hiciste que te escogieran para estar con ella.
Rigel chasqueó los dientes con un impulso venenoso. Tenía el cuerpo tenso y rígido, no la miraba, pero decidió no responderle, porque hacerlo hubiera equivalido a admitir la única culpa que no podía negar.
La carcoma lo estaba matando por dentro. Nica había visto a Adeline besándolo, y aquel pensamiento no lo dejaba en paz. Recordó la caricia en la mejilla, el modo en que lo había rozado, y aún le resultó más doloroso darse cuenta de que en su interior se había encendido una esperanza. La esperanza de que, de algún modo, ella pudiera quererlo, de que pudiera corresponder aquel sentimiento tan desesperado.
—No le dirás ni una palabra —le ordenó inflexible—. Quédate al
margen.
—Rigel…, no te entiendo.
—No tienes que entenderme, Adeline—le espetó, tratando de defenderse, de proteger todo cuanto de justo y de errado sabía que llevaba dentro.
Ella sacudió la cabeza y lo miró de un modo que por un doloroso momento le recordó a la mirada de Nica.
—¿Por qué? ¿Por qué no se lo dices?
—¿Decírselo? —repitió, conteniendo una sonrisa, pero una vez más, Adeline no se dejó desanimar.
—Sí —repitió ella con una simplicidad que lo incomodó, si es que aún podía estar más molesto.
—¿Decirle qué? —masculló él, como una bestia herida—. ¿Has visto dónde estamos, Adeline? ¿Crees que, aunque no estuviéramos encerrados aquí, ella llegaría a mirarme jamás?
Rigel odió aquellas palabras, porque sabía que eran ciertas.
Aquellos ojos nunca lo buscarían con necesidad, con deseo o amor.
No a un desastre como él.
Y estaba demasiado desilusionado como para admitir que daría cualquier cosa por estar equivocado.
—Una persona como ella jamás podría querer a alguien como yo —
concluyó con amargura, con todo ese dolor que trataba de suprimir continuamente.
En la mirada de Adeline había sinceridad y tristeza.
Y él recordaría siempre aquel instante…
El exacto y trágico momento en que aquella única esperanza se encendía en él, mortificándolo cada día, haciendo que se tambaleasen, una tras otra, todas sus certezas.
—Si hay alguien capaz de amar tanto…, si existe en el mundo una persona con un corazón tan grande, esa es Nica.
*
—¿Qué más querías decirme?
Sacudí la cabeza.
La asistenta social me miró comprensiva. Era una mujer extremadamente profesional y amable, de maneras discretas y mirada atenta. Solo había transcurrido un día desde el suceso y, aunque en realidad la visita estaba prevista para la semana siguiente, la anticipó en vista de lo ocurrido. Su misión era supervisar la acogida y comprobar que se llevara a cabo sin problemas ni incompatibilidades. Me preguntó por Anna y Norman, por la escuela y por cómo estaba yendo la convivencia, y, antes de hablar conmigo, había hecho lo mismo con Rigel.
—De acuerdo. Así pues, redactaré el primer informe.
Se puso en pie y yo hice otro tanto, arrebujándome en la manta. Aún estaba en proceso de bajar la fiebre.
—Ah, señora Milligan —dijo acercándose a Anna—. Esta es una copia de los informes médicos de los dos chicos. En cuanto esté dispuesta a contactar con un psicólogo, creo que le serán de utilidad.
Anna cogió los expedientes; eran de color verde agua, delgados y ordenados. Los hojeó despacio, con cuidado y respeto.
—Por lo demás, es mi deber informarla de que los servicios sociales ya cuentan con una figura de apoyo psicológico en el caso de que…
—¿Y estos quién los ha recopilado? —la interrumpió Anna. Leyó la indicación Diagnosis psicológicas y comportamentales en la cabecera de las páginas que estaba hojeando. Me pareció ver la foto de Rigel.
La mujer fue concisa en su respuesta.
—Un médico especialista, durante los años en que la señora Stoker estaba al frente de la institución.
—Ah —comentó lacónicamente Anna—. Entonces supongo que no se mencionarán los ataques de pánico ni los trastornos derivados de los
maltratos y las agresiones.
Se hizo un tenso silencio.
Miré a Anna sin pararme a pensar en lo que acababa de decir, pero al momento caí en la cuenta. ¿De dónde había sacado aquella voz tan cortante?
La mujer parecía terriblemente apurada.
—Señora Milligan, no sé qué idea debe de haberse hecho de nosotros.
Todo lo que ha surgido sobre Margaret Stoker…
—No me interesa —la cortó Anna—. Solo sé que esa mujer fue despedida cuando debería haber ido a la cárcel y pagar por lo que había hecho.
Recordaba el día en que Margaret se marchó. Unos visitantes habían notado moretones en algunos de nosotros y habían avisado a los servicios sociales. Margaret fue despedida inmediatamente y la pesadilla terminó de un día para otro, como una burbuja que estallase de pronto.
No olvidaría los ojos de los demás: era como ver el sol después de haber pasado toda una vida bajo tierra. Todos tenían aquellos rostros apagados y los ojos descoloridos propios de quienes no han visto la luz en mucho tiempo y en ese momento no acaban de creérselo.
Hay pesadillas que no eres capaz de imaginarte que puedan terminar.
—¿Y qué hay de las inspecciones?
Había inspecciones. Pero eran demasiado esporádicas, negligentes y superficiales.
—¿Cómo es posible que nadie se percatase?
Porque «Ella» era buena.
Era buena provocando los cardenales donde no quedasen a la vista.
Era buena infligiendo dolor en las zonas más ocultas.
Era buena convirtiéndonos en muñecas rotas que no decían nada.
«Ella» era buena y, entretanto, el mundo se olvidaba de nosotros, confiando en una mujer que se convertiría en la madre de nuestras
pesadillas.
Yo pensaba que eso era un poco lo que se hacía con las cosas rotas. Se encierran lejos de todo para no tener que verlas más. Nosotros éramos los diferentes, los solitarios, los problemáticos, los hijos de nadie. Aquellos que no saben dónde meter.
A veces me preguntaba qué habría sucedido si, en lugar de en el Grave, hubiera acabado en otra institución. Un lugar controlado, seguro. Un lugar donde no hubiera camas en un sótano ni calles sin salida. Un lugar donde no estuviera «Ella».
—Me pregunto cómo pudo hacer lo que hizo todos aquellos años —dijo Anna con voz gélida—. Me pregunto cómo es posible que no lo vierais, que no os dierais cuenta, me pregunto…
—Anna —apoyé mi mano en su brazo.
La miré con los ojos limpios y le hice una petición silenciosa.
Negué con la cabeza.
Lo estaba pagando con la mujer equivocada. La asistenta no tenía la culpa de que Margaret fuera un monstruo. No era culpa de nadie.
Alguien habría debido protegernos. Alguien habría debido oírnos, comprendernos, era cierto, pero el pasado no podía cambiarse.
Desenterrarlo solo me causaba dolor.
No quería sentir más rabia.
No quería sentir más odio.
Solo me recordaba todo lo que había tenido que soportar cuando era una niña…
—Mi cometido es encargarme de este proceso de adopción. Haré lo posible por que todo vaya de la mejor manera—. En la mirada de la asistenta había sinceridad y determinación—. Deseo tanto como usted que Nica y Rigel puedan tener una familia, una vida serena y un futuro estable.
Anna asintió con un gesto, en reconocimiento a su esfuerzo. Después, ambas la acompañamos hasta la entrada.
—Adiós.
La asistenta abrió la puerta y Klaus se coló dentro a toda velocidad. La mujer retrocedió sorprendida, se tropezó con Anna y se le cayeron los informes al suelo. Las carpetas se abrieron y las hojas se desparramaron en todas direcciones.
Me agaché para ayudarla y cayó en mis manos una hoja con la foto de Rigel.
Sin querer, mis ojos captaron algunas palabras: «síntomas»,
«incapacidad», «rechazo», «soledad» y…
—Gracias, Nica.
Anna cogió las hojas y volvió a ponerlas en el expediente.
La miré, pero no la vi; me sentía ofuscada. Ni siquiera le respondí.
Aquellas palabras se arremolinaron en mi cabeza y me sumieron en el desorden.
«Incapacidad». «Rechazo». «Soledad»… ¿«Síntomas»?
¿A qué síntomas se referían? ¿Y por qué había tantas páginas sobre él?
Los pensamientos se agolparon en mi mente, no era capaz de razonar.
Aquellos detalles me hablaron, juntaron piezas y dejaron otras al descubierto. Cada una de ellas era un fragmento que formaba parte del misterio de Rigel. Cada una de ellas, posiblemente, componía su alma…
¿Por fin sería capaz de leerla?
Adeline vino a verme aquella tarde.
Le abrí la puerta y ella entró con mucha educación. Fue tan extraño hacerla pasar a una casa que me vi obligada a girarme para mirarla a la cara.
No acababa de creerme que fuera ella. Que estuviera allí.
Me detuve en el salón, bastante cortada, y ella me observó con los ojos cargados de emociones
—¿Quieres… tomar algo? Anna ha hecho té —murmuré retorciéndome
las manos—. Recuerdo que… bueno, antes te gustaba mucho.
Aún no había terminado la frase cuando una ráfaga de aire me embistió.
Adeline me estaba abrazando y yo me quedé inmóvil, anonadada. Me sumergí en aquel calor inesperado y, al sentir sus manos en mi espalda, de pronto se me declaró un incendio en el pecho. Toda la nostalgia estalló en aquel punto, entre sus brazos. Era un abrazo aplazado, como una pieza que nunca había dejado de completarme.
—No sabía que te encontraría aquí —susurró temblorosa.
Me di cuenta de cuánto la había echado de menos. Era como si alguien acabara de restituirme un engranaje esencial en mi corazón.
El día que Adeline fue transferida a otra institución, mi mundo perdió su última luz.
—Cuánto has crecido…
Me apartó el pelo del rostro para observarme mejor. Y yo solo pude pensar lo mismo de ella.
Era una adulta. Solo tenía dos años más que yo, pero me di cuenta con tristeza de que no habría sabido imaginármela tan crecida.
Sin embargo, su sonrisa seguía siendo la misma. Sus ojos también seguían siendo los mismos, y su pelo rubio, su voz suave y tranquilizadora…
Me entraron unas ganas locas de llorar.
—¿Cómo te encuentras?
—Mejor —respondí, tratando de contener las emociones.
La invité a sentarse en el sofá y fui a buscar el té.
—Yo no… no sabía que habías dejado el Grave. —Deslizó su mano hasta la mía y miró a su alrededor, conmovida y admirada—. Todo es muy bonito… Esta casa parece hecha a medida para ti. Ellos parecen realmente buenas personas.
—¿Y tú? —pregunté con cierta inquietud—. ¿Estás con tu familia?
¿Vives por aquí cerca?
—Aún estoy allí, Nica —dijo con cautela—. En la institución adonde me transfirieron. Ahora que ya soy mayor de edad, debería marcharme, pero…
no tengo trabajo. —Sonrió con tristeza—. De vez en cuando voy a la ciudad… Tenía un empleo en una pequeña librería, pero el propietario cerró el mes pasado.
Sentí una opresión en el pecho.
Sabía que yo era afortunada, sabía que era una excepción, pero aquella noticia me dolió de todos modos.
—Adeline, lo…
—Todo está bien —se anticipó a decir, tranquila—. De verdad… Ahora ya ha pasado tanto tiempo… Las cosas están bien así.
Me ofreció una débil sonrisa y desvió la vista hacia Klaus, que había empezado a mordisquear el borde de mi manta.
—Me he enterado de lo del detective… ¿Estás bien?
—Anna cree que debería hablar de ello con alguien —le confesé tras una pausa—. Piensa… que podría serme de ayuda.
—Creo que tiene razón. —Adeline se encogió de hombros y suspiró—.
Una no puede curarse de estas cosas por sí misma.
—¿Tú has ido?
Asintió despacio.
—Un par de veces. Fui por mi cuenta. El propietario de la librería era un señor muy amable y tenía un amigo que era psicólogo. No le… conté lo de
«Ella». No le mencioné explícitamente a Margaret, pero de algún modo hablar me hizo bien. —Movió la cabeza despacio—. Pero, Nica, tú eras muy pequeña cuando empezaste a sufrir todo aquello. Cada cual asimila sus propias experiencias de un modo distinto. Sobre todo, las traumáticas. Cada persona las vive a su manera. Es distinto para cada una. Mira a Peter… Él nunca se ha recuperado.
Me mordí nerviosamente las costuras de las tiritas y mi conciencia le dio la razón. «Ella» no se había marchado. Su presencia seguía siendo muy
vívida.
No todos habíamos sufrido los mismos traumas, pero ninguno había vuelto a ser el mismo.
«Una no puede curarse de estas cosas por sí misma».
Pero la pregunta era…
«¿Una puede curarse de estas cosas?».
Un mano me apartó delicadamente los dedos de la boca.
—Sigues teniendo la costumbre de mordisquearte las tiritas cuando estás nerviosa.
Me ruboricé de vergüenza y miré al suelo. Era un vicio que arrastraba desde niña.
—¿Has venido por eso? —le pegunté, retomando la conversación—.
¿Porque te enteraste de lo que pasó?
Al oír aquellas palabras, Adeline desvió la mirada; me pareció que se sentía incómoda de pronto.
—No… En realidad, estoy aquí por otro motivo. Me vino a la mente la semana pasada… y se me ocurrió venir. Es por Rigel.
Se me contrajo el estómago.
—¿Por… Rigel?
—¿No te acuerdas? Mañana es su cumpleaños.
Me caí de golpe de las nubes. Guardé silencio, no me salían las palabras.
El cumpleaños de Rigel.
El 10 de marzo.
¿Cómo había podido olvidarlo?
Profundicé en aquella información sin dejar de mirar a Adeline.
En realidad, aquel no era el día de su nacimiento, sino el día en que lo encontraron delante del Grave. Como no había modo de averiguar la fecha exacta, lo bautizaron aquella noche.
Recordaba su cumpleaños porque era el único que celebraba la directora.
Aún veo a Rigel con la vela encima de la tarta iluminándole el rostro,
sentado él solo a la mesa del comedor…
—Quería darle una sorpresa —murmuró Adeline—. Debí de imaginarme que no reaccionaría como esperaba.
El recuerdo de aquel beso fue como un puñetazo en el corazón. Aparté la vista de ella, incapaz de seguir mirándola. Y entonces me di cuenta de que estaba apretándome las rodillas con las manos.
—Para él jamás ha sido un día de celebración. A Rigel nunca le han gustado esas atenciones —dije despacio.
—No, Nica… No es por eso. —Adeline bajó la vista, melancólica—. Es por lo que pasó entonces.
La miré con el rabillo del ojo, sorprendida, y ella me devolvió una mirada triste.
—¿De verdad nunca se te había ocurrido?
Me quedé colgada de la mirada de Adeline y…
Entonces lo vi. Vi lo tonta que había sido.
Lo que pasó fue… ¡que sus padres lo abandonaron!
—El día de su cumpleaños…, el día que lo encontraron, le recuerda la noche que su familia no lo quiso —confirmó Adeline.
Siempre lo había malinterpretado. Siempre lo había visto metido en su pecera reluciente y perfecta, asociaba su sufrimiento a lo que «Ella» le hacía, y estaba convencida de que él no podía entenderlo.
Pero ¿y yo? ¿Qué había entendido yo de él?
—Rigel no es como nosotras —concluyó Adeline lanzándome una mirada perentoria—. Nunca lo ha sido… Nosotras perdimos a nuestras familias, Nica, pero ellos no querían abandonarnos. Nosotras no podemos comprender lo que debe de ser sentirse rechazado por tus propios padres y abandonado en una cesta, sin ni siquiera un nombre.
Su eterna desconfianza. Su actitud desencantada.
Su ausencia de vínculos, su coraza con la que rechazar el mundo.
Su carácter agresivo y receloso.
«Incapacidad», «soledad», «rechazo». «Síntomas».
Rigel padecía el síndrome del niño abandonado. Llevaba toda su vida cargando con ese trauma. Había ido creciendo hasta fundirse con la realidad.
Las señales estaban ahí. Pero yo no había sido capaz de interpretarlas.
Adeline pareció comprenderme.
—Él nunca mostrará lo mucho que sangra—dijo—. Rigel lo enmascara todo… Se contiene en todo momento, pero en su interior… palpita un alma tan abierta al dolor y a los sentimientos que da miedo solo imaginárselo. A veces no entiendo cómo hace para no volverse loco. Estoy segura de que odia hasta su nombre —concluyó—, porque se lo puso la directora y porque es el símbolo de su abandono.
De pronto, todo adquiría un matiz distinto. Rigel empujándome, Rigel prohibiéndome que me acercase a él, Rigel cuando era un niño mirando aquella velita de cumpleaños sin nadie a su alrededor.
Rigel cogiéndome en brazos en medio del parque, Rigel dejándose tocar por primera vez, mirándome con la docilidad propia de quien aún se cree herido…
—No lo abandones, Nica. No permitas que se anule. —Adeline me miró angustiada—. Rigel se autocondena a la soledad. Tal vez porque cree que no se merece otra cosa… Ha crecido siendo consciente de que no era querido y está convencido de que siempre será así. Pero tú no debes dejarlo solo, Nica. Prométeme que no lo harás.
No pensaba hacerlo.
Ya no. No lo dejaría solo porque ya lo había estado durante demasiado tiempo.
No lo dejaría solo porque estando solo no es como se aprecia la vida, sino al lado de alguien, cogidos de la mano, corazones fuertes y rostros llenos de luz.
No lo dejaría solo porque deseaba hablarle, escucharlo, seguir sintiéndolo
por mucho tiempo. Deseaba acariciar su alma.
Deseaba verlo sonreír, reír e iluminarse, deseaba verlo feliz más que nada en este mundo. Deseaba todo eso y más, porque Rigel me había esculpido el corazón al ritmo de su aliento y yo ya no sabía respirar de otro modo.
Y me hubiera gustado gritarlo allí, en aquel sofá, sacarlo fuera y enunciarlo al mundo, pero me contuve.
Dejé hablar a mi corazón y el resto me lo guardé para mí.
—Te lo prometo.
El día siguiente por la tarde, iba caminando a buen paso por las calles del barrio con un paquete en las manos.
Llevaba cierto retraso. Alcé la vista y vi el quiosco de los helados al otro lado de la calle.
Crucé y eché un vistazo alrededor en busca de un rostro familiar.
—Hola —le dije a Lionel y él también me saludó—. Siento llegar tarde… ¿Hace mucho que esperas?
—No, qué va —respondió mientras se acercaba—. Ven, he reservado una mesa. En realidad, hace un poco que te espero, sí, pero tampoco tanto.
Volví a disculparme y le dije que, si le apetecía, lo invitaba al helado.
Lionel aceptó enseguida y me detuve en el quiosco para pedir dos cucuruchos. Cuando fui a la mesa, me fijé en que me estaba mirando. Le alargué el helado y me pareció que paseaba sus ojos por mis piernas desnudas.
—¿Qué pasa? —le pregunté en cuanto me hube sentado.
—Es un vestido bonito —comentó mientras observaba mi vestidito rojo con lunares blancos. Examinó con la vista la tela holgada que añadía un toque de color a mi piel y el bolsito marrón en bandolera que me había regalado Anna—. Te sienta muy bien. Estás muy guapa.
Mis mejillas se tiñeron de rosa y arqueé las cejas. Bajé la vista y
enseguida me acordé de la conversación que habíamos tenido en casa de Billie.
—Gracias —respondí, esperando que no se notase que estaba cortada.
—No hacía falta que te lo pusieras para venir aquí.
—¿Qué?
—No es que no aprecie el detalle…, pero no hacía falta que te pusieras un vestido tan mono solo para tomar un helado conmigo. No era necesario, de verdad. Solo es un helado.
—Oh, no, yo… ya lo sé. Me lo he puesto porque después tengo una cena,
¿sabes? Es una celebración familiar. Hoy es el cumpleaños de Rigel.
Lionel se quedó inmóvil un instante tan largo que el helado empezó a deslizársele por los dedos.
—Ah —dijo al fin, mirándome inexpresivo—. ¿Hoy es su cumpleaños?
—Sí…
Lionel guardó silencio. Siguió comiéndose el helado mientras yo le sonreía a una mariquita que acababa de posarse en el dorso de mi mano.
—Entonces, ¿te lo has puesto para él?
Observé a Lionel, que ahora estaba examinando el helado, demasiado concentrado para mirarme.
—¿Para él?
—¿Para tu querido «hermanito»? —precisó con desinterés—. ¿Te has puesto tan guapa para su cumpleaños?
Lo miré confusa. No me lo había puesto para nadie… Solo para mí.
Quería que fuera una ocasión especial. Había sido yo quien se lo había dicho a Anna y a Norman, y conociendo el poco aprecio que Rigel sentía por las fiestas, habíamos optado por algo sencillo, solo nosotros.
También vendría Adeline. Y yo, por una vez, había querido ponerme algo distinto.
—Cenaremos en casa —dije despacio—, me pareció una cosa bonita…
—¿Y para cenar en casa te pones un vestido?
No lo entendía. ¿No acababa de decirme que aquel vestido me sentaba bien?
—Déjalo correr —murmuró sacudiendo la cabeza. Notó mi expresión de perplejidad y añadió—: No quería decir nada. Me ha parecido raro, eso es todo.
Mordió el barquillo y trató de sonreírme.
Nos terminamos el helado en silencio.
—¿Qué hay aquí? —preguntó al cabo de poco mientras agitaba el paquete que yo había dejado sobre la mesa—. Es el motivo por el que te has retrasado, ¿verdad?
—Sí —respondí recogiéndome el pelo detrás de la oreja—. Lo he visto y he parado a comprarlo. Lo siento…
—¿Qué es?
—Es el regalo para Rigel.
Lionel empezó a darle vueltas con los dedos. Lo sujetó con ambas manos mientras se volvía lentamente hacia mí.
—¿Puedo verlo?
Asentí, y él lo desempaquetó despacio.
Extrajo una pequeña esfera de cristal.
Llevaba incorporado un cordón negro de seda y estaba llena de arena de colores, dispuesta de tal modo que dibujaba un precioso cielo estrellado en el interior del cristal. Los granos refulgían a contraluz, centelleando cual pequeñas estrellas.
Formaban la constelación de Orión, impresa como una telaraña de finísimos diamantes.
Ni siquiera sabía qué era. Tal vez un llavero. No estaba segura. Pero cuando la vi por casualidad en aquella pequeña tienda de vidrio soplado, pensé que sería perfecta para él.
Una parte de mí se la imaginaba colgando de sus dedos mientras jugueteaba con ella, concentrado en la lectura de un libro…
Lionel la hizo girar entre sus manos y yo me levanté para tirar la cucharilla.
—Está hecha a mano —le expliqué—. La señora me ha dicho que era la última. ¡Piensa que ella misma pinta la arena! Se pone una especie de monóculo, se sienta en su banqueta y va colocando los granos con una aguja larga hasta que…
Un estruendo de cristales rotos me sobresaltó.
A los pies de Lionel, las esquirlas brillaban en medio de una aureola de arena. Me las quedé mirando, sin aliento.
—Oh —dijo Lionel mientras se rascaba la mejilla—. ¡Vaya!
Mientras él se excusaba, me acerqué y me arrodillé a examinar los pedazos de vidrio entre mis dedos.
Aquel regalo elegido con tanto esmero… ahora estaba hecho trizas.
¿Por qué? ¿Por qué cuando se trataba de Rigel, todo tenía que acabar rompiéndose?
Recogí los fragmentos, temblando de la desilusión, y miré a Lionel. En mis ojos brillaba una emoción que nunca hasta entonces había experimentado.
Volvió a disculparse, pero esta vez no le respondí.
Cuando más tarde llegué a casa, el corazón me pesaba en el pecho. Me hubiera gustado tanto ver a Rigel aceptando aquel obsequio y una parte de mí siempre se preguntaría si lo habría hecho.
—Oh, Nica, ¡has vuelto! —Anna estaba ocupada extendiendo el mantel bueno—. ¿Podrías subir esa caja de cartón mientras yo acabo de poner la mesa? Déjala en el cuartito que está al fondo del pasillo.
Al oírla, busqué su rostro, la miré con expresión comprensiva y le sonreí.
En el cuartito del fondo del pasillo era donde guardaba las cosas de Alan.
Obedecí y me dirigí arriba.
Encendí la luz y dejé la caja de cartón junto a un armario. En aquella estancia había ropa, cajas, viejos CD de música y pósteres enrollados al lado de la pared; también había libros. Me acerqué y vi que eran los de la universidad.
Descubrí que Alan estudiaba Derecho, como Asia.
Procurando ser respetuosa, cogí un libro particularmente grande y lo abrí.
Deseaba acercarme a Alan, conocerlo y saber algo más. Me gustaría pedirle a Anna que me hablara de él, pero ignoraba si le apetecería hacerlo.
Hojeé el libro de Derecho Penal, impresionada por el incontable número de páginas que tenía. Me dio la impresión de que el chico era limpio y ordenado. Alan tenía muy bien conservados sus libros.
Leí distraídamente los títulos de los capítulos:
«Crímenes de abuso infantil»…
«Crímenes de bigamia»…
«Crímenes de violencia doméstica»…
«Crímenes de incesto»… Fruncí la frente. Hubo una palabra que atrajo mi vista de inmediato: «Adopción».
Me concentré y leí lo que ponía.
En muchos estados, la adopción crea un auténtico vínculo familiar. Con el proceso de adopción, el adoptando entra legalmente a formar parte de la familia del adoptante. Ergo, aquel se constituye en miembro de la familia a todos los efectos.
Sección trece A, Código Penal de Alabama: cualquier relación o matrimonio con un miembro de la familia, consanguíneo o de adopción, será considerada incesto a efectos legales.
Esto comprende: padres e hijos de sangre y mediante adopción; hermanos y hermanas de sangre o de adopción; hermanastros y hermanastras. El incesto es un crimen de clase C. Los crímenes de clase C son castigados con penas de reclusión de hasta…
Dejé de leer. Cerré el libro y me alejé como si me hubiera quemado. Me zumbaban los oídos.
Me quedé inmóvil mirando la cubierta, aunque en realidad no la veía.
Una sensación muda se agitó en mi interior como un mar en plena borrasca.
No comprendía la naturaleza de aquella sensación de vacío. No entendía qué me estaba sucediendo.
Me apresuré a cerrar la puerta y retrocedí sin saber si yo era realmente yo. Mientras volvía sobre mis pasos, me dio la impresión de que las paredes se alejaban. De pronto, todo parecía fuera de lugar, ajeno, como si mi eje se hubiera desplazado.
Ahuyenté aquella sensación y la encerré bajo llave antes de volver abajo.
Me esforcé en concentrarme únicamente en la velada e ignoré aquella emoción indefinida que parecía resistirse a dejarme en paz.
Fue una cena tranquila.
Por fin pude presentarles a Adeline a Anna y a Norman, que estuvo todo el tiempo pasándole la salsa y preguntándole si quería más.
Le lancé un sinfín de miradas a Rigel con la esperanza de poder leer algo en su rostro, cualquier cosa que me permitiera averiguar si estaba a gusto.
Por desgracia, Adeline me impedía verlo con claridad.
Llegó la tarta, llegaron los regalos y yo me encogí un poco al recordar que no tenía nada para él.
Finalmente, cuando en el exterior ya hacía un buen rato que había oscurecido, Adeline decidió que era hora de marcharse.
Norman se ofreció a acompañarla, pero ella le dijo educadamente que no era necesario. Anna le dio un beso a Rigel y subió a su habitación; Norman la siguió después de darnos las buenas noches.
—Gracias por la velada —musitó Adeline.
Se despidió de mí con una caricia y, a continuación, se acercó a Rigel, que aún seguía sentado; me estremecí cuando se inclinó para abrazarlo.
—Piensa en lo que te dije el otro día —me pareció que le susurraba.
Al oír aquellas palabras, Rigel volvió la cara, como si no quisiera escucharlas y al mismo tiempo no fuera capaz de sacárselas de la cabeza;
ella lanzó un suspiro y se marchó.
Nos quedamos los dos solos.
Se hizo el silencio, y Rigel miró hacia donde yo estaba; en cuanto se percató de que lo estaba mirando, apartó la vista de golpe y se incorporó.
—Rigel.
Me acerqué y me situé a su espalda.
—Hoy te había comprado una cosa. No me he olvidado. Pero por desgracia no he podido dártela.
—No importa —murmuró.
Miré al suelo.
—A mí, sí —repliqué con tristeza—. A mí me importa.
Quería que aquella velada fuera especial para él. Quería que le hiciese comprender el afecto que le profesaban las personas que tenía a su alrededor, aunque él no fuera capaz de verlo. Quería que comprendiera que no estaba solo.
—Lo siento —dije con un hilo de voz.
Se estiró una punta de la camiseta y de pronto sentí la necesidad de acercarme más.
—Tenía algo. Y ahora quisiera… quisiera poder remediar…
—No lo digas —me interrumpió. Sonó como un ruego apremiante—. No lo digas…
—Quiero hacerlo —murmuré obstinada—. Déjame que lo solucione.
Puede ser cualquier cosa que desees… —Aumenté la presión, buscando su rostro—. Cualquier cosa…
Rigel inspiró despacio. Guardó silencio y entonces me preguntó con un tono de voz increíblemente lento y profundo:
—¿Cualquier cosa?
Recordé el modo en que me había llevado en brazos bajo la lluvia. La bofetada que había encajado en mi lugar, el arañazo en su rostro.
—Sí —susurré sin dudar.
—¿Y si te dijera… que te estés quieta?
—¿Cómo?
Rigel se volvió despacio. Sus ojos oscuros se posaron en los míos.
Yo apenas podía respirar; en el reflejo de sus iris, distinguí mi vestidito rojo y mi boca entreabierta.
—Quieta —susurraron sus labios, dejándome a la deriva—. Solo estate quieta…
Yo estaba inmóvil. Sujeta al sonido de su voz.
Me miró por debajo de las cejas, desde su considerable altura, y entonces me di cuenta de que tenía un resto de azúcar glas en la comisura del labio.
Hice el ademán de limpiárselo.
Pero no pude. Los dedos de Rigel me sujetaron la muñeca y la inmovilizaron. Su tacto sedoso explotó en mi piel y mi respiración se volvió irregular.
Me estaba tocando.
Permanecí inerte mientras me bajaba el brazo, lentamente, encadenando su mirada a la mía.
—Solo —trago saliva— quiero que te estés quieta…
Yo estaba hipnotizada.
Lo miré indefensa, presa de sensaciones incontroladas que me hacían arder. Sus pupilas se deslizaron por mi rostro. Rigel me miró fugaz y… se inclinó poco a poco hacia delante.
Su perfume masculino me invadió la nariz. El corazón me martilleaba la garganta.
Respiró directamente sobre mi rostro y… sus labios se posaron en un extremo de mi boca.
Contuve la respiración.
Su cálida lengua exploró la comisura de mi labio y dejé de respirar. Se me tensó el corazón, las rodillas empezaron a temblarme. Rigel me limpió el azúcar glas y yo me apretujé el bajo del vestido, como si fuera el único
asidero en medio de aquella locura.
Ya no comprendía nada.
Mi respiración se hizo más profunda, nuestros alientos se mezclaron y su perfume descendió directamente por mi garganta, nublándome la mente como el más dulce de los venenos.
El corazón estaba a punto de estallarme. Unos extraños vértigos hicieron que me diera vueltas la cabeza y me olvidé de cómo se respiraba.
Me estaba matando.
Sin hacer el menor ruido.
Me dio la sensación de que sus dedos también temblaban alrededor de mi muñeca… Se apartó, lamiéndose el azúcar del labio inferior. Lo miré extraviada, hirviente, presa de escalofríos.
Sentía moverse dentro de mí algo que me asustaba. Me aterrorizaban las reacciones que estaba experimentando mi piel.
Pero su respiración me anuló.
Sus ojos ardieron en mis labios.
Su aliento arrolló mis mejillas.
Cerré los ojos y…
*
Los labios de Nica.
Rigel no veía otra cosa.
La sangre palpitaba en sus sienes, tenía el cerebro nublado.
El corazón estaba a punto de hundirle el tórax.
Ella no se había movido.
Se había quedado quieta.
Sin darse cuenta siquiera, la empujó levemente hacia atrás hasta que se quedó encajada en la mesa. Deslizó las manos por sus antebrazos y le sujetó ambas muñecas, jadeante.
Se moría de ganas de besarla.
La carcoma rugía. Y él aún tenía el sabor de su cutis de miel en la lengua, como una condena que lo haría arder de por vida.
Debía alejarse de ella. Antes de que fuera demasiado tarde.
Tenía que dejarla ir, gruñirle, apartarla lejos de él y no volver a mirarla…
Pero Nica estaba allí y… Dios, era el pecado más bello que jamás había visto. Con aquel vestido que le ceñía los senos y su larga cabellera castaña, sus labios relucientes entreabiertos respirando todo aquel aire que él hubiera deseado arrebatarle de la boca.
Estaba espléndida e irresistible.
Se inclinó un poco hacia delante para inspirar su dulce perfume. Los frenos estaban cediendo. Rozó la piel cálida de sus muñecas y sintió que ella contenía la respiración. El corazón le chocó con las costillas; la tortura resultaba insoportable.
Su olor se le estaba subiendo a la cabeza. Tenía la sensación de no entender nada, de estar perdiendo el contacto con la realidad.
Nada era comparable con el efecto que Nica le producía.
Y hubiera querido… En aquel momento hubiera querido…
Ella se estremeció.
Rigel alzó los ojos.
Vio que tragaba saliva, que cerraba los párpados con fuerza, agitada, con las mejillas encendidas, las rodillas temblorosas.
Temblaba tanto que apenas podía respirar. Le temblaban incluso las muñecas, que él seguía manteniendo sujetas con sus manos.
Ni siquiera era capaz de mirarlo.
Y, una vez más, se activó el mismo mecanismo destructivo de siempre: el terror, el rechazo, la pasión devoradora. Aquellos sentimientos lo asfixiaban y lo hacían pedazos, como si estuviera sometido a una condena eterna.
Volvió la angustia, la frustración. Rigel hubiera querido rascarla con las uñas, arrancársela y dejar de sentirse siempre tan oscuro, tan al límite, tan
confundido. Estaba cansado de sentirse así, pero cuanto más trataba de rebelarse contra sí mismo, más se le agazapaba el corazón en el pecho, como una bestia herida.
Solo quería sentirse bien. Solo quería tocarla, sentirla. Vivirla.
La deseaba con todo lo que tenía. Pero todo lo que tenía eran mordiscos, espinas, dolores y un alma cargada de sufrimiento.
Y ella ni siquiera podía mirarlo a los ojos.
«Si hay alguien capaz de amar tanto…». Aquella frase se le murió dentro, mientras Nica temblaba delante de él.
Rigel pensó que había una dulzura terrorífica en el modo en que, desde siempre, el alma se le hacía mil pedazos entre los huesos solo con mirarla.
*
Su mano dejó de sujetarme.
Rigel se marchó y yo me precipité en la realidad.
«¡No!», gritó con dolor mi corazón.
Pensé que iba a enloquecer. Que no volvería a distinguir entre arriba y abajo. Ya no era yo; solo sentía una fuerza invisible que me ligaba a él.
Estaba a punto de impedirle que se marchara, cuando alguien llamó a la puerta.
Me sobresalté y, unos pasos por delante de mí, Rigel se volvió y fulminó la puerta con la mirada.
Quién podía ser a esas horas.
—No te vayas —le imploré. Mi voz sonó cargada de angustia—. No huyas. Por favor…
Me mordí los labios, esperando convencerlo de que me esperase, de que al menos esa vez no desapareciera.
Puede que lo lograse, porque Rigel no se movió. Lo miré una última vez antes de alejarme y, mientras iba hacia la puerta, tuve la certeza de que me
estaba mirando. Distinguí una forma a través del cristal esmerilado, alguien que ahora estaba plantado ante la puerta como si no fueran las tantas de la noche.
Eché un vistazo a través de la mirilla. Y abrí los ojos de par en par.
Me quedé mirando la puerta, confusa e indecisa, y al fin abrí.
—¡Lionel! —exclamé sin aliento. Tenía toda la pinta de haber venido corriendo hasta allí—. ¿Qué pasa? ¿Qué estás haciendo aquí?
—He visto que había luces encendidas —dijo atropelladamente mientras se acercaba a mí, Tenía la mirada tan alterada que me asusté—. Ya sé que es tardísimo, lo sé, Nica, pero… no podía dormir… No podía…
—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
—¡No! —respondió fuera de sí—. No puedo dejar de pensar en ello, he llegado al límite. No soporto esta situación, no soporto que… que tú estés aquí, que… —Se mordió los labios, confundido.
—Lionel, cálmate…
—No soporto que vivas aquí con él —soltó al fin.
Se me cerró el estómago.
Tras oír aquellas palabras lancé una mirada a mi espalda, alarmada; en medio de aquel silencio, habían resonado como un cañonazo.
Avancé un poco, entorné la puerta y Lionel retrocedió a su vez. Desvié la vista hacia la verja abierta.
—Es tarde, Lionel. Será mejor que vuelvas a casa…
—¡No! —me interrumpió con aire febril, alzando la voz. No parecía él
—. No me iré a casa. ¡Y tampoco puedo seguir haciendo como que no pasa nada! No soporto saber que siempre lo tienes ahí rondándote, con esa actitud de bastardo intocable, y tú con ese… vestido. —Gesticuló señalándolo, medio loco, mientras repasaba con la mirada cada centímetro de mi cuerpo. Me clavó sus iris, iluminados de repente por un fulgor siniestro—. ¿Habéis estado juntos hasta ahora? ¿No es así? ¿Y qué te ha pedido él como regalo, eh? ¿Qué te ha pedido?
—No estás en tus cabales —respondí, sintiendo una opresión en el pecho.
—¿No quieres decírmelo? —Respiraba ruidosamente y tenía la mirada convulsa—. Aún no lo has comprendido, ¿verdad?
Me acerqué a él.
—Lionel…
—¡No! —me espetó fuera de sí mientras retrocedía unos pasos—. ¿Cómo puedo hacértelo entender, ¿eh? ¿Cómo? —Se llevó las manos a la cabeza—.
¿De verdad eres tan ingenua?
Me sobresalté cuando vi que apretaba los puños.
—No puedo seguir así, ¡es absurdo! —siguió con su diatriba—. ¿Cuánto hace que hablamos? ¿Cuánto? Y, sin embargo, ¡tú pareces no darte cuenta de nada! ¿Qué tengo que hacer para que lo entiendas? ¿Qué? Dios, Nica,
¡abre los ojos!
De pronto, me sujetó la cara con ambas manos y me besó, mientras yo ponía unos ojos como platos. Cerré los párpados por instinto y le di un empujón.
Desconcertada, trastabillé hacia atrás y él me miró atónito. Al instante, echó un vistazo por encima de mi hombro.
Me eché a temblar cuando vi dos iris negros mirándome fijamente desde el umbral de la casa. En la penumbra nocturna, eran dos vórtices despiadados y sin luz.
Solo me miró un instante, pero bastó para que pareciera que el mundo lanzaba un aullido. Después dio media vuelta y desapareció.
—¡Rigel! —lo llamé, y me dispuse a seguirlo, pero entonces noté que me agarraban del brazo.
—Nica… Nica, espera…
—¡No! —exclamé alzando la voz.
Me liberé dando un tirón y Lionel se me quedó mirando consternado antes de que yo corriera adentro.
*
Sus nervios estaban a punto de explotar.
Un dolor sordo lo devoró mientras se alejaba de aquella visión, o más bien huía. Sentía un deseo enfermizo de despedazarlo, de romperle la cara a aquel capullo y apartarlo para siempre de ella. Verlos juntos lo hacía enloquecer.
Su mente se precipitó en una oscura espiral.
Siempre había sabido que Nica no podría mirarlo como miraba al resto del mundo, no a él, no con aquel corazón tan sucio y estropeado.
Había acumulado demasiado odio, Había conseguido que incluso ella lo detestase.
Se le subió la sangre al cerebro. Apretó los puños. Aquella visión lo atormentaba y sintió una irrefrenable necesidad de destrozar algo.
Nadie lo querría nunca, nadie, porque estaba roto, era diferente, mezquino, era una calamidad.
Vivía alejado del mundo.
Arruinaba todo lo que tocaba.
Había algo en él que no funcionaba y así sería siempre.
Ni siquiera sabía sentir emociones comunes, ni siquiera sabía disfrutar de un sentimiento tan grato como el amor sin agredirlo y hacerlo pedazos en su afán por rechazarlo.
Estar unido a alguien significaba sufrir. Estar unido a alguien significaba abandono, soledad, dolor. Rigel no quería volver a pasar por eso.
El amor le hacía daño, pero ahí estaban los ojos de Nica, su sonrisa luminosa y esa dulzura infantil que le partía el corazón.
Cerró los ojos con fuerza. Sus sienes palpitaron de ansiedad, unos puntitos blancos estallaron debajo de sus párpados y sintió algo creciendo en su interior, una desolación cruel y ardiente.
«No…». Sus músculos se contrajeron. Empujó con fuerza aquel dolor
que amenazaba con hacerlo enloquecer. Cerró los ojos, se los arañó, los torturó, pero aquella sensación persistía.
Presa de la furia, derribó la mochila de una patada y se sentó en la cama.
Se llevó las manos al pelo, fuera de sí, y casi se lo arranca.
«Ahora no… Ahora no…».
*
—¡Rigel! —lo llamé desde las escaleras.
Llegué a la planta superior y me dirigí a su habitación. La puerta estaba entornada. La empujé despacio.
Él estaba allí, sentado en la cama, inmerso en la penumbra.
—Rigel…
—No entres —masculló, sobresaltándome. Me lo quedé mirando, angustiada por el tono amenazador de su voz—. Márchate… —me ordenó, estrujando con los dedos su negra cabellera—. Márchate ahora mismo.
Mi corazón martilleaba obsesivamente, pero no me moví.
No tenía intención de irme.
Me acerqué despacio y percibí su respiración entrecortada, pero Rigel rechinó violentamente los dientes.
—Te he dicho que no entrases —bramó furioso, hundiendo las manos en el colchón.
Tenía las pupilas increíblemente dilatadas, como las de un animal salvaje.
—Rigel… —susurré—, ¿estás bien?
—Nunca he estado mejor —respondió entre dientes—. Y ahora, vete.
—No —repliqué obstinada—, no pienso irme.
—¡Fuera! —estalló con tal violencia que me llevé un buen susto—.
¿Estás sorda o qué? ¡Te he dicho que te esfumes!
Me increpó de un modo terrible. Lo miré afligida, con los ojos muy abiertos, y en toda aquella rabia percibí un sufrimiento devastador,
soterrado como una esquirla de cristal. Con un nudo en la garganta, sentí que yo también tenía aquel vidrio profundamente clavado.
Estaba rechazándome de nuevo, pero esta vez podía ver con cuánta desesperación lo hacía.
¿Por qué Rigel se condena a sí mismo a estar solo? Me preguntaba mientras él seguía sangrando ante mí.
—¿No me has oído? ¡Vete, Nica! —me espetó con aquella voz que habría aterrorizado a cualquiera, pero, una vez más, me dejé guiar por el corazón en lugar de por la razón.
Rodeé su cabeza con mis brazos lo atraje hacia mí…
Y lo abracé.
Lo abracé para hacerme pedazos con él, sin acabar de saber por qué yo también estaba hecha pedazos.
Lo abracé con todas mis fuerzas y sus manos estrecharon mi vestido, como si quisiera apartarme.
—Ya no volverás a estar solo… —le susurré al oído—. Yo… no te dejaré, Rigel. Te lo prometo. —Sentí su respiración afanosa en mi barriga
—. Nunca más volverás a sentirte solo. Nunca más…
En el momento en que pronuncié aquellas palabras, sus dedos estrujaron con fuerza la tela de mi vestido y lo deformaron. A continuación, me atrajeron hacia él.
Rigel se pegó a mí. Empujó su frente contra mi vientre. Su respiración se hizo irregular y me doblegó el alma, como si aquella confesión fuera lo único que necesitaba escuchar.
Sentí un terremoto que me atravesaba de parte a parte. Mis ojos se dilataron y hundí las manos en su pelo, como si estuviera desarraigándome de mi propio ser.
Mientras él me estrechaba contra su rostro como si aquello fuera lo que más deseaba en el mundo… mi corazón explotó.
Estalló como una galaxia.
Mi alma se expandió y se dispuso alrededor de Rigel hasta fundirse con su respiración. Sentí una necesidad absoluta de tenerlo allí, abrazado a mí, unidos como piezas de un único espíritu. Unidos por el corazón, como fragmentos que llevaban toda una vida buscándose el uno al otro.
Temblaba, con los ojos arrasados en lágrimas. Me aferré a él, conmovida, aceptando la verdad de una vez por todas.
Era demasiado tarde.
Pero me sentía llena de él. Me había dejado su huella por todas partes.
Lo único que quería, lo único que deseaba con desesperación… era aquel chico complicado que ahora me estrechaba entre sus brazos como si así fuera a salvar el mundo. Como si así fuera salvarlo a él…
Aquel chico al que conocía de toda la vida, el niño del Grave de ojos negros y mirada opaca. «Rigel —gritó cada partícula de mi ser—, Rigel y nadie más».
Me parecía que siempre lo había llevado dentro, dando sentido a mis silencios, llevándome de la mano en mis sueños, también cuando estos daban demasiado miedo. Ahora ya vivía de su latido, de aquel ritmo extravagante y desacompasado que él había impreso directamente en mi corazón.
Cada reluciente brizna de mi alma le pertenecía.
Junto con cada pensamiento.
Y cada respiración.
Nos encontrábamos al principio del fin de una única historia, eternos e indisolubles. Rigel y yo, él estrella y yo cielo, él arañazo y yo tirita, formando juntos constelaciones de escalofríos.
Juntos… desde el principio.
Mientras me rompía para volver a coserme con pedazos que gritaban única y exclusivamente su nombre, mientras todo se desmoronaba y él se convertía en parte de mí, comprendí que la única pertenencia que había albergado en mi corazón durante toda mi vida… era él.
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