Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 24 de 43

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Fabricante de lágrimas

23. Poco a poco

23

Poco a poco

Y la niña le dijo al lobo:

—Qué corazón tan grande tienes.

—Solo es mi rabia.

Y entonces ella dijo:

—Qué rabia más grande tienes.

—Es para ocultarte mi corazón.

Estaba tendida.

Notaba que tenía los brazos a lo largo de los costados y las piernas estiradas. La cabeza me pesaba.

Probé a moverme, pero no pude. Algo me retenía y me mantenía clavada al colchón.

Traté de levantar las manos y las tenía como bloqueadas.

—No… —salió de mis labios, mientras mi respiración se saturaba de pánico. La ansiedad me punzó el corazón y lo empujó de manera atropellada contra las costillas.

Traté de incorporarme, pero algo me lo impedía.

«No…».

Todo empezó a palpitar de nuevo, como una pesadilla sin fin. Mis dedos se contrajeron, rascaron, excavaron. No podía moverme.

—¡No, no, no! —grité—. ¡No!

La puerta se abrió.

—¡Nica!

Varias voces llenaron la habitación, pero yo seguí agitada, sin ver a nadie.

Me cegaba el pánico. Sentía todo mi cuerpo bloqueado.

—¡Doctor! ¡Se ha despertado!

—¡Nica, cálmate! ¡Nica!

Alguien de entre los presentes se abrió paso, los apartó enérgicamente y me liberó dando un tirón.

Volví a respirar de golpe.

Me acurruqué a toda prisa en la cabecera de la cama y, aún muy alterada, sujeté la mano que estaba a mi lado y la estreché entre mis dedos. La persona que me había liberado se puso tensa cuando me aferré a ella con todo mi ser. Apoyé la frente en su muñeca, temblando y cerrando con fuerza los ojos.

«Seré buena… Seré buena… Seré buena…».

Todos me miraban conteniendo la respiración.

La mano que yo sujetaba se cerró en forma de puño y rogué por que no me soltara. Cuando por fin entreabrí los párpados, pude ver a quién pertenecía.

Rigel me miró, tensó la mandíbula, desvió la vista hacia Dalma y Asia —

y hacia un hombre al que nunca había visto— y les ordenó, categórico:

—Fuera.

Hubo un largo instante de silencio, pero yo no alcé la vista. Al poco, oí el sonido de sus pasos mientras salían despacio.

Anna vino hacia mí.

—Nica…

Apoyó la mano en mi cara. Sentí su calor en la mejilla. Aquella era mi cama, era mi habitación. Ya no estaba en el Grave. Deduje que lo que me retenía antes solo eran las mantas que alguien debía de haber remetido en exceso.

No había ni correas ni mallas de alambre.

—Nica —susurró Anna con la voz triste—, todo va bien…

El colchón descendió bajo su peso, pero yo no era capaz de soltarle la muñeca a Rigel. Seguí estrechándola hasta que Anna deslizó suavemente sus dedos entre los míos y me indujo a soltarla.

Me acarició despacio la cabeza, mientras yo oía los pasos de Rigel alejándose; cuando miré hacia allí, buscándolo, solo vi que se cerraba la puerta.

—Hay un médico fuera. —Anna me miró conmovida—. Lo llamamos en cuanto regresaste a casa. Quería que te reconociera. Podrías tener algo de fiebre o mareos… Te he cambiado la ropa, pero puede que sigas teniendo frío…

—Lo siento —la interrumpí con un susurro apagado.

Anna dejó de hablar. Me miró con los labios entrecerrados y fui incapaz de sostenerle la mirada.

Me sentía vacía, rota y defectuosa. Me sentía destruida.

—Me hubiera gustado ser perfecta —le confesé—. Por ti. Por Norman.

Me hubiera gustado ser como los demás, esa era la verdad.

Pero era ingenua y frágil. Me repetía «seré buena» porque tenía un miedo constante a hacer algo mal y a ser castigada.

La sensación de seguir teniendo las correas sobre la piel me había marcado hasta tal punto que me había provocado lo que se conoce como

«pánico por asociación». A veces, un simple abrazo demasiado intenso, la imposibilidad de moverme o un momento de impotencia bastaban para hundirme en mis terrores.

Estaba estropeada y lo estaría siempre.

—Tú eres perfecta, Nica.

Anna me acarició despacio, al tiempo que movía la cabeza. Sus ojos reflejaban una dolorosa inquietud.

—Tú eres… lo más dulce y bueno que yo habría podido encontrar

jamás…

La miré con el corazón vacío y pesado. Pero en la mirada de Anna…

En la mirada de Anna, no había reproche ni culpa. Solo estaba yo. En aquel momento, me di cuenta por primera vez de que… Anna tenía los ojos del color del cielo.

Con ese manto terso y esas nubes blancas, con esa libertad que había buscado en los rostros de los demás, así me vi reflejada en su mirada.

Allí estaba el cielo que siempre había estado buscando. Estaba dentro de los ojos de Anna.

—¿Sabes qué fue lo que me impresionó de ti la primera vez que te vi?

Las lágrimas me pellizcaron los párpados. Ella me sonreía con una sonrisa levemente rota.

—La delicadeza —me dijo.

Y el corazón se me partió, con un dolor dulcísimo, intensísimo e inconmensurable.

Un dolor placentero y doloroso a la vez, y su rostro se difuminó entre mis lágrimas.

«Es la delicadeza, Nica —y mi madre me sonreía— la delicadeza, siempre… Recuérdalo».

Las vi a ambas como si pudiera sentirlas dentro de mí.

Mamá pasándome aquella mariposa azul, Anna poniéndome el tulipán entre los dedos.

Ambas con aquella mirada apasionada, ambas con los ojos brillantes.

Anna tomándome de la mano y mi madre ayudándome a seguir adelante.

Mamá riendo y Anna sonriendo, tan parecidas y tan distintas, una única entidad habitando dos cuerpos.

Y aquella delicadeza que nos unía, que nos abrazaba… Aquella delicadeza que había heredado de mi madre era precisamente lo que me había permitido tener una segunda oportunidad.

Me incliné hacia delante y me hundí entre los brazos de la mujer que

tenía ante mí. La abracé sin contenerme, sin miedo a forzar aquella confianza o de verme rechazada, y sus manos me estrecharon rápidas como si quisieran hacerme de escudo.

—Nadie volverá a hacerte daño… Nadie… Te lo prometo…

Lloré en sus brazos. Me dejé llevar. Y, con aquel abrazo tan desesperado, en aquel cielo que por fin podía tocar, sentí que le confesaba algo que jamás me había atrevido a expresar con palabras:

—Tú eres… mi final feliz, Anna.

Más tarde, tras la visita del médico, ella seguía allí.

Escuché con un afecto desmesurado el latido de su pecho mientras me acariciaba la cabeza.

—Nica…

Me apartó solo lo justo para que pudiera mirarla. Observó mis ojos enrojecidos y me recogió el pelo detrás de la oreja, titubeante.

—¿Qué te parecería hablar de esto… con alguien?

Anna había comprendido por qué no lograba dormir por las noches, lo terrible que había sido mi infancia. Pero la mera idea de abrirme a otra persona me hacía sentir como si una mano me apretujara las vísceras y me impidiese respirar.

—Tú eres la única con quien… sería capaz de hablar de ello.

—Oh, Nica, yo no soy médico —dijo, como si le hubiera gustado serlo solo por mí—. No sé cómo ayudarte…

—Tú me haces bien, Anna —le confesé con un hilo de voz.

Era verdad. Su sonrisa me apaciguaba. Su risa era como música. Y su afecto me hacía sentir amada como no me había amado nadie.

Estaba mejor cuando la tenía a mi lado. Me sentía protegida, querida. Me sentía segura.

—¿Me sigues queriendo? —murmuré compungida.

Necesitaba saberlo, aunque en el fondo la respuesta me aterrorizaba.

Nunca podría contemplar mis sueños del mismo modo sin ella.

Anna inclinó el rostro, emocionada. Y al instante me abrazó con todas sus fuerzas.

—¡Claro que sí! —me reprendió, y mi alma la quiso con locura.

Desearía estar cerca de ella para siempre. Todos los días, a cada instante, mientras ella me lo permitiese.

—Hubiera querido comprenderte mejor —dijo, y su voz se volvió más frágil.

En aquel momento, me di cuenta de que, en la muñeca, junto al reloj, llevaba prendido un cordón de cuero en el que no había reparado antes. No parecía propio de una señora como ella, sino más bien de un adolescente.

—Nica… Hay algo que debes saber.

Al instante tuve claro lo que estaba a punto de decirme. La escuché en silencio.

—Rigel y tú… no sois los primeros chicos que han vivido aquí. —Hizo una pausa y dijo—: Norman y yo teníamos un hijo.

Me miró, como esperando mi reacción, pero yo sostuve su mirada, procurando mostrarme afectuosa, tranquila y comprensiva.

—Lo sé, Anna.

Ella se sorprendió ante mi respuesta.

—¿Ya lo sabías?

Asentí, desviando la vista hacia su pulsera.

—Lo deduje.

Desde el momento en que llegué.

Klaus dormía siempre debajo de la cama de Rigel y también estaban las camisetas oscuras que algunas veces le veía puestas. El lugar en la mesa, a la izquierda de Norman, donde la madera se veía un poco más gastada, y el marco vacío en la mesita del vestíbulo, como una ausencia que Anna no había sido capaz de suprimir del todo.

Y no hacía falta preguntarle por qué nos lo había ocultado. A ella no.

Ella, que había hecho lo imposible por hacernos sentir en nuestra casa.

—Aquel día, en la institución —empezó a decir despacio—, el día que llegasteis a casa… fue un poco como volver a empezar.

La comprendía, porque para mí había significado lo mismo. Fue como decir adiós a una vida distinta y encarar una segunda oportunidad.

—Queríamos que os sintierais en vuestra casa —dijo, tragando sa liva—.

Queríamos sentirnos una familia de nuevo.

Deslicé lentamente mi mano hasta la suya. Mis tiritas colorearon su piel.

—Vosotros sois lo mejor que me ha pasado en toda la vida —le confesé

—. Quería que lo supieras. Yo… apenas puedo imaginarme cuánto lo echas de menos.

Anna cerró los ojos y aquellas palabras excavaron surcos en su rostro.

Una lágrima humedeció su mejilla. Se le rompió la voz y me pareció más desolada que nunca.

—No pasa un solo día sin que piense en él.

La abracé y apoyé la mejilla en su hombro, esperando darle un poco de calor. Mi corazón sufría con el suyo. Sentía su dolor como una cálida oleada.

—¿Cómo se llamaba? —le pregunté tras una pausa.

—Alan.

Anna buscó mis ojos.

—¿Quieres verlo?

Me enderecé y Anna se llevó una mano al pecho. Sacó un colgante redondo, reluciente y ornamentado, y entonces caí en la cuenta de que nunca la había visto sin él.

Con una ligera presión, el medallón se abrió como un librito dorado.

Dentro había la foto de un chico. Tendría poco más de veinte años.

Estaba sentado frente al piano de la casa. El pelo oscuro enmarcaba un rostro sonriente, tenía unas facciones agraciadas y suaves, y en sus ojos

brillaban dos iris azules como el cielo.

—Tiene tus mismos ojos —musité. Anna sonrió, a pesar de todo. Una sonrisa húmeda bajo unos ojos arrasados en lágrimas.

—Era el único que logró gustarle a Klaus —me explicó, aún con una sonrisa trémula en los labios—. Se lo encontró un día al volver de la escuela, cuando aún era un niño. Oh, tendrías que haberlos visto… Llovía a cántaros y Alan lo llevaba entre las manos como si hubiera encontrado un tesoro. No sé cuál de los dos parecía más pequeño y empapado.

Anna sujetaba la foto, sin atreverse a acariciarla.

Me pregunté cuántas veces al día tendría en la mano aquel colgante.

Cuántas veces se le rompería el corazón dentro de aquellos ojos eternamente sonrientes.

—Le encantaba tocar. Vivía para aquel piano. Por la tarde, cuando regresaba a casa, no importaba la hora que fuese, él siempre estaba allí. Me decía: «¿Sabes, mamá? Podría hablar solo así, con estas teclas y estos acordes, y tú me entenderías igual». Y tenía razón… —susurró entre lágrimas—. Sabía hablar solo con aquello. Quería ser músico, antes de que el accidente se lo llevara…

Le falló la voz, tragó saliva.

Aquel pequeño colgante parecía pesar muchísimo. Envolví su mano con la mía para ayudarla a sostenerlo.

—Estoy segura de que Alan se habría convertido en un gran músico… Y

estoy segura de que debía de amar el piano como tú amas tus flores.

Anna inclinó la cabeza y yo me estreché más a ella para que nuestras heridas se tomasen de la mano. Como si solo pudiéramos hallar la cura de ese modo, llorando y sangrando, pero haciéndolo juntas.

—Yo nunca he pretendido ocupar su puesto —susurré—, Rigel y yo…

Nadie podría reemplazarlo jamás. Pero lo cierto es que… las personas a las que amamos nunca nos dejan de verdad, ¿sabes? Permanecen dentro de nosotros y un buen día te das cuenta de que siempre han estado allí, donde

podías encontrarlas solo con cerrar los ojos.

Anna se abandonó en mis brazos y yo hubiera querido seguir, hubiera querido decirle que nuestro corazón no nace compartimentado, que solo sabe amar; ama y basta, cicatriz tras cicatriz, moretón tras moretón.

Y a mí me hubiera venido bien ocupar aquel puesto junto a Alan, por pequeñito y desaliñado que fuera. Me hubiera gustado llenarlo con todos los colores que yo sabía aportar… Dejarme querer por lo que era, y quererla yo a ella exactamente del mismo modo, con mi corazón de mariposa.

—Elegiremos una foto en la que salgamos todos juntos —dijo—. El marco de abajo ya no volverá a estar vacío.

Unas horas más tarde, tras aquella conversación, decidí levantarme.

Mientras salía de mi habitación ajustándome una sudadera, distinguí una figura en el pasillo.

No sabía que estuviera allí, pero decidí no ignorarla.

—Asia.

Ella se detuvo. No se volvió, de hecho, no lo hacía nunca.

Nunca había apreciado mi presencia y tampoco iba a hacerlo ahora.

—Siento lo que te ha pasado —dijo con voz neutra. No fui capaz de discernir si estaba siendo sincera.

Hizo ademán de seguir su camino, pero yo me puse delante de ella.

—Asia, no pienso renunciar a Anna.

Vi que volvía a detenerse, despacio. Su postura transmitía cierta sorpresa.

—¿Cómo has dicho?

—Ya lo has oído —respondí con suavidad—. No pienso quedarme al margen.

En el tono de mi voz no había ni asomo de duda, solo tranquilidad y firmeza. Tú no sabes cuánto he deseado tener una familia. Ahora que la tengo…

—Ahora que tengo esta posibilidad con Anna y con Norman…, no quiero renunciar a ella.

Esperaba una respuesta, pero no llegó. Asia permanecía inmóvil.

—Sé que entiendes lo que quiero decir —seguí diciendo, con voz aún más suave. No pretendía imponerme, sino hacérselo entender. Me acerqué despacio, tratando de transmitirle que mis intenciones eran buenas.

—Asia, yo… no quiero ocupar el pues…

—No… —me interrumpió en tono gélido—, no te atrevas a decirlo.

—No quiero ocupar el puesto de Alan.

—¡Cállate!

Me sobresalté cuando alzó la voz.

Se giró y, en su mirada severa, vi fulgores de un dolor palpitante. Era una mirada llena de sufrimiento, un sufrimiento que jamás había acabado de sangrar.

—No te atrevas —me espetó con ojos feroces—, no te atrevas a hablar de él.

Había un matiz posesivo en sus palabras, muy distinto del inerme sufrimiento de Anna.

—¿Acaso crees que sabes algo? ¿Creéis que podéis venir aquí y borrar todo lo que era suyo? ¿Ni una foto ni un recuerdo, nada de nada? ¡Vosotros no sabéis nada de Alan! —bramó—. ¡Nada!

Tenía el rostro desfigurado de la rabia, pero yo no me alteré. Me limité a mirarla, tranquila y con el corazón lleno de verdad.

—Tú estabas enamorada de él.

Asia cerró los ojos. Mis palabras dieron en el blanco y yo habría hecho bien en no seguir hablando, en callarme, pero no lo hice.

—Por eso no soportas verme aquí… Porque yo te recuerdo constantemente que él ya no está. Que Anna y Norman han seguido adelante a su manera y tú, en cambio, no. Es así, ¿verdad? No se lo dijiste

—susurré—. Nunca le dijiste lo que sentías, él nunca lo supo. Se fue antes

de que pudieras reunir el valor suficiente para confesárselo. Eso es lo que tanto te atormenta… Y eso es lo que llevas dentro, Asia. No eres capaz de aceptar que él ya no está aquí y por eso me odias. Pero no puedes odiar a Rigel —solté al final—, porque te recuerda demasiado a él.

Fue rapidísimo.

Su frustración estalló al fin.

Asia rechazó aquellas palabras, se lo negó a sí misma, las rechazó hasta tal punto que su rabia se desbordó violentamente y su mano surcó el aire. Vi el fulgor de sus anillos y la bofetada sonó como un trueno.

Cerré los ojos, pero al instante me di cuenta de que yo no había recibido el golpe.

Cuando volví a abrirlos, lo que vi me dejó consternada.

Rigel tenía el rostro vuelto hacia un lado. La habitual compostura con que erguía la espalda había desaparecido a la altura de los hombros y su cabeza colgaba ligeramente, formando una cortina de pelo negro.

Ambas nos lo quedamos mirando, incrédulas.

Él irguió de nuevo la cabeza, proyectó sus ojos negros hacia delante y los clavó en Asia.

La fulminó con una gélida mirada y su voz se demoró con una intimidante lentitud mientras apretaba los dientes.

—Te quiero… fuera… de aquí.

Asia tensó los labios; tenía la cara encendida. Me pareció distinguir una punta de vergüenza en su mirada y a continuación sus ojos se desplazaron por encima de los hombros de Rigel. Más atrás, donde un rostro azorado la miraba en silencio.

—Asia… —murmuró al fin su madre, decepcionada ante aquel gesto que jamás se hubiera imaginado que presenciaría.

Asia apretó los puños, tratando de contener lágrimas de rabia. Su cabello formó un remolino cuando nos dejó a todos allí y salió corriendo escaleras abajo.

Dalma, desconsolada, se llevó una mano al rostro y agitó la cabeza.

—Lo siento —dijo con un sollozo antes de salir tras su hija. Se la veía compungida—. Lo siento mucho…

Desvió la vista al suelo y también bajó las escaleras.

Entonces, me di cuenta de que la sombra que me había engullido y salvado al mismo tiempo ya no estaba.

Al volverme, vi que Rigel se estaba alejando. Me sentí desorientada, inestable y consternada.

Desapareció tras la esquina del pasillo y entonces una necesidad ascendió hasta mis labios, como una plegaria.

—Espera…

Esta vez no pensaba permitirle que se marchase.

La fiebre hizo que un escalofrío me recorriera la espina dorsal, pero fui tras él de todos modos. Iba descalza y me arrepentí de no haberme puesto las zapatillas. Mis pasos resonaron en las tablas del parquet.

Antes de que pudiera darme cuenta, adelanté la mano y sujeté el extremo de su camiseta.

Lo retuve con las pocas fuerzas que me quedaban.

—Rigel…

Apretó los puños, contrayéndolos apenas. Se dio la vuelta, alto y rígido; sin embargo, la proximidad de su cuerpo me produjo una extraña sensación de seguridad.

—¿Por qué? —le pregunté—. ¿Por qué te has llevado esa bofetada en mi lugar?

En aquel momento, solo lo sentía a él. Todos mis sentidos estaban pendientes de su respiración.

—Ve a descansar, Nica —me respondió con un tono de voz bajo y mesurado que surgió de su espalda—, apenas puedes sostenerte en pie.

—¿Por qué? —insistí.

—¿Querías recibirla tú? —respondió, endureciendo el tono.

Me mordí los labios y esta vez callé. Lo retuve ejerciendo un poco más de fuerza con mis manos de niña y la mirada baja.

—Gracias —le dije—. Has hablado con el detective… Anna me ha dicho que se lo has contado.

Aún seguía sin creérmelo.

Anna me había asegurado que ya no tendría que responder a ninguna pregunta porque Rigel lo había hecho en mi lugar. Se lo contó todo: los gritos, las bofetadas, los golpes, las veces que «Ella» no me daba de comer como castigo. Las veces que nos ataba en el sótano y cuando le aplastó los dedos a Peter con el quicio de la puerta porque una noche había vuelto a mojar la cama.

Le informó de todo, sin dejarse un solo detalle. Después, el detective le preguntó si la directora le había dispensado un trato similar a él.

Rigel lo negó.

El detective Rothwood también le preguntó si ella lo había tocado de un modo distinto a como lo hacía con los demás, de un modo inapropiado para un niño. Rigel negó una vez más.

Y yo sabía que estaba diciendo la verdad.

Pero el detective no podía entenderlo.

El detective no había podido ver a la directora moviéndole los deditos sobre las teclas del piano con una luz en la mirada que nunca había prodigado a nadie.

El detective no había podido verlos a ambos sentados en la banqueta, él balanceando las piernas demasiado cortas y ella dándole una galleta cada vez que lograba tocar un acorde.

«Eres hijo de las estrellas —le susurraba con una voz que no parecía la suya—. Eres un don… un pequeño pequeño don».

El detective no podía saber que la directora no había podido tener hijos y Rigel, tan solo y abandonado, había sido el único que la había hecho sentir como si solo fuera suyo.

No como nosotros, que proveníamos de familias rotas, que ya teníamos unos padres a nuestras espaldas. No como nosotros, que éramos un montón de muñecas usadas.

—La odiaba.

Me dio la impresión de que era la primera vez que le decía aquellas palabras a alguien.

—Odiaba lo que os hacía —dijo despacio—. Nunca pude soportarlo.

Todos los días… yo te oía… Os oía siempre.

«Yo sé por qué no puedes dormir», me dijo una vez y le respondí de forma injusta. Siempre había creído que Rigel disfrutaba con todas aquellas atenciones, que no era consciente de lo que sucedía. Que él siempre estaba en su pecera, protegido de todo lo demás.

Pero no era así. No era así en absoluto.

Tenía la sensación de que por fin alguien me proporcionaba un rayo de luz con el que disipar aquella niebla. Comprendía mejor sus miradas, sus reacciones, comprendía por qué siempre tenía aquel aire apagado cuando tocaba el piano.

Era melancolía.

Llevaba consigo un pedazo de «Ella», un fragmento cosido bajo la piel del que nunca podría desprenderse. Por mucho que la despreciara, por mucho que quisiera suprimirla, siempre tendría algo suyo. Me pregunté qué podría ser lo peor que se podía recibir de un monstruo, si su amor o su odio.

Y si la odiaba, ¿por qué no se marchó? ¿Por qué decidió quedarse?

Me hubiera gustado que siguiera hablándome de ello. Que se abriese y me explicase aquella franja de pasado que yo jamás había logrado entender.

¿Qué era lo poco que sabía de él?

—Sé que fuiste tú quien me trajo a casa.

Rigel se puso tenso. Se quedó inmóvil, como a la espera.

—Tú me encontraste… —Una sonrisa desvaída me suavizó los labios—.

Tú siempre me encuentras.

—No puedo ni imaginarme hasta qué punto eso debe de molestarte.

—Date la vuelta —susurré.

Sus viriles muñecas transmitían fuerza y tensión. Tenía los nervios tirantes.

Tuve que pedírselo otra vez antes de que por fin me hiciera caso.

Muy despacio, la tela se deslizó de entre mis dedos, y con un movimiento interminable, Rigel se volvió hasta que estuvo frente a mí. Sentí una opresión en el pecho cuando mis ojos se encontraron con los suyos.

Tenía un feo arañazo en el pómulo. La piel estaba enrojecida. Debió de ser obra de los anillos de Asia cuando lo abofeteó.

¿Por qué?

¿Por qué ocultaba siempre cualquier dolor sin permitir que nadie lo comprendiera?

Alcé la mano de manera instintiva. Sus ojos siguieron su movimiento; la observaba por debajo de su oscura melena, receloso, como si intuyera mis intenciones y al mismo tiempo las temiera.

Rigel parecía reprimir una y otra vez el instinto de retroceder, pero yo seguí avanzando, frágil y perdidamente obstinada. Me puse de puntillas para poder llegar hasta su rostro y contuve la respiración. Con el corazón henchido de esperanza y con toda la delicadeza que contenía aquel gesto…, le acaricié la mejilla.

Cuando toqué su piel, reaccionó lanzándome una mirada vulnerable e incómoda.

De nuevo percibí aquella explosión de emociones, de nuevo me inundaron con sus fulgores de galaxias desconocidas. Contraje en el pecho la respiración que había estado conteniendo y, sin apartar mis ojos de los suyos, pegué la palma de mi mano a su mejilla.

Era cálida. Suave y firme a la vez.

Tenía miedo de asustarlo, de verlo rechazarme y alejarse. Pero no sucedió. Me perdí dentro de sus ojos y me ahogué en aquel océano negro y

profundo.

Al cabo de un instante…, aquellos puños apretados fueron destensándose poco a poco. Los nudillos se relajaron, los dedos dejaron de estar crispados.

Nos miramos a los ojos y advertí una docilidad en su rostro que me rompió el corazón. Un suspiro escapó de sus labios, tan suave y resignado que apenas pude oírlo.

Rigel se dejó tocar con aquella dulce expresión sumisa. Como si lo hubiera derrotado con una simple caricia.

Bajó la vista y, entonces, con una leve presión que me modeló el alma, inclinó el rostro sobre mi mano y lo mantuvo en contacto con mi piel.

Mi corazón latió desesperado. Experimenté una deliciosa sensación de descontrol que me derritió el alma y la hizo brillar como un sol. Rigel volvió a buscar mis ojos. Y yo deseé que aquel momento fuera eterno, que nada volviera a moverse, que todo durase infinitamente y que él se pasara toda la vida mirándome así…

—¡Nica!

Fue como un shock.

El instante se hizo añicos. Rigel se apartó de golpe y separarme de él me pareció el peor pecado que pudiera cometer un ser humano. Echó un vistazo por encima de mi hombro y al poco apareció Anna con el rostro desencajado.

—¿Qué ha pasado con Asia?

Parecía consternada.

No me dio tiempo a responder, porque Rigel se marchó. Mis ojos saltaron sobre él y sentí un impulso irrefrenable de detenerlo.

La cabeza me daba vueltas. Me estaba volviendo loca.

Anna me dijo que Dalma le había contado lo que había visto, pero yo no era capaz de escucharla. Seguía llevando muy adentro sus ojos negros, su mejilla, aquel modo en que se había abandonado a mi caricia. A mi alrededor orbitaba un ruidoso universo, pero el principio que lo sostenía se

estaba alejando de mí.

—Discúlpame, Anna —le susurré antes de dar media vuelta e ir tras él.

No podía razonar con lucidez. Corrí como una tonta escaleras abajo, arriesgándome a marearme a causa de la fiebre.

Necesitaba hablar con él, hacerle preguntas, obtener respuestas, descifrar sus gestos, decirle que… que…

Vi la puerta de casa abierta y lo reconocí en la distancia. Salí y Rigel estaba allí, en la acera. Había alguien con él, pero yo ya tenía su nombre en la punta de la lengua.

—Ri…

No terminé de pronunciarlo.

Mis ojos captaron un único detalle. Un detalle familiar.

El mundo se detuvo de golpe.

Abrí los ojos de par en para poder fijarme bien en la figura que estaba de espaldas y entonces… supe de quién se trataba. Era tan difícil de creer que me quedé sin respiración.

Nunca podría olvidar aquella cascada de pelo rubio.

Nunca.

Ni siquiera después de tanto tiempo.

No era posible.

—Adeline… —susurré consternada.

Y, en aquel momento, Adeline se puso de puntillas y posó sus labios en los labios de Rigel.

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