Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 27 de 43

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Fabricante de lágrimas

26. Mendigos de cuentos

26

Mendigos de cuentos

No importa si eres destruido.

No importa si lo soy yo.

Los mosaicos también están hechos de cascotes.

Sin embargo, mira qué maravillosos son.

Billie permaneció un buen rato en silencio. Miraba al vacío con las lágrimas cristalizadas y los ojos arrasados por el llanto.

No podía ni imaginarme lo que debería de estar sintiendo en ese momento. Probablemente, por sus ojos estaría pasando la amistad de toda una vida.

Hubiera querido consolarla. Decirle que todo volvería a ser como antes.

Pero quizá lo cierto fuera que había cosas que estaban destinadas a cambiar, por mucho que nos esforzáramos. Cosas que mudarían inevitablemente, porque la vida sigue su curso.

—Estoy bien —dijo cuando una de mis caricias le recordó que yo aún estaba allí. Pero, aunque me esforzase en pensar que era así, sabía que ni siquiera ella se lo creía.

—No es verdad —respondí—. No tienes por qué fingir.

Billie cerró los ojos. Sacudió lentamente la cabeza, como una marioneta descantillada.

—Es que… no me lo puedo creer.

—Billie, Miki…

—Por favor, yo… —me interrumpió, devastada— no quiero hablar de ello.

Bajé el rostro.

—No lo ha hecho por lástima —susurré igualmente, sin mirarla—. La rosa… no era por compasión. Sabes que nunca lo habría hecho por ese motivo.

—Yo ya no sé… nada.

—Lo que ha sucedido no debe cuestionar vuestra amistad. —Busqué sus ojos—. Vuestra relación siempre ha sido sincera, Billie… Más de lo que crees. —Vi que tragaba saliva y añadí—: Ella te quiere… con toda su alma…

—Por favor, Nica —Billie apretó los labios, como si en esos momentos cada palabra le hiciera daño—. Necesito… un momento. Para asimilar. Sé que no quieres dejarme sola, pero… no te preocupes por mí. Estaré bien. —

Se había dado cuenta de la preocupación que reflejaban mis ojos y parecía querer tranquilizarme—. Solo necesito estar un rato a solas.

—¿Estás segura?

—Sí, totalmente… —me aseguró, mientras trataba de esbozar una sonrisa—. De verdad, todo está bien. Y, además, tú tienes que ir a una fiesta, ¿no?

—No, no importa. Además, ya se ha hecho tarde…

—¿Y qué harás con esto? —preguntó—. ¿No me dirás que hemos estado invirtiendo tanto tiempo en prepararte para nada? No pienso aceptarlo… Y, en cualquier caso, estoy segura de que Lionel aún debe de estar esperándote…

Traté de replicarle, pero ella se me adelantó:

—Deberías marcharte. Estás preciosa así… Es tu velada. No quiero que se estropee por mi culpa.

—¿Y tú? —pregunté, como si buscara un motivo para quedarme—. ¿Qué piensas hacer?

—Yo estaré bien. Ya te lo he dicho… Todo está controlado. Le he pedido a la abuela que venga a buscarme. Llegará de un momento a otro y me llevará a casa…

Le dije que yo ya había tomado la decisión de quedarme, pero ella me hizo incorporarme, me alisó el vestido en las caderas y me aseguró que no tenía de qué preocuparme. Antes de que pudiera insistir, ya me había empujado delicadamente fuera de la habitación.

—Ve —me dijo con una sonrisa triste sin darme ocasión de replicar— y diviértete. Hazlo por mí. Mañana hablamos.

Me encontré de nuevo en el pasillo, con la puerta cerrándose a mi espalda. Sin embargo, en cuanto estuve sola, en lugar de obedecer, empecé a caminar en sentido contrario.

Busqué a Miki detrás de cada puerta.

Cuando llegué a la última habitación, vi que estaba cerrada, así que debía de ser allí, y toqué en la puerta.

Llamé varias veces, antes de susurrar que sentía lo que había pasado. Le dije que no quería entrometerme, que podía dejarme entrar, aunque no le apeteciera que hablásemos.

Que simplemente estaría allí, a su lado. Todo el tiempo.

Pero no respondió.

Miki dejó la puerta cerrada y yo me quedé allí, sujetando el tirador, con los ojos fijos en el batiente y la necesidad de verla.

—Señorita —dijo una voz.

Me volví y Evangeline me miró apesadumbrada.

—El coche la está esperando para llevarla adonde desee.

La mirada de angustia que le devolví era una petición silenciosa que finalmente no pude reprimir.

—Yo quisiera ver a Miki…

—La señorita prefiere no ver a nadie en este momento —respondió despacio, y el modo en que me miró fue más explícito que mil palabras—, pero ha dado instrucciones al conductor para que la lleve a la dirección que usted indique. El coche la espera en la avenida.

No quería irme así, sin verla al menos.

Evangeline juntó las manos en el regazo, consternada.

—Lo siento.

Bajé la mirada antes de echar un último vistazo a la puerta. Me quedé allí, impotente, observando aquella habitación cerrada y, por fin, me resigné a seguirla escaleras abajo.

Evangeline me pasó la chaqueta y yo la estrujé contra el pecho; me deseó una buena velada y me invitó a subir al coche.

Edgard me abrió la puerta. Le di las gracias y me acomodé en el asiento de atrás; el crujido de la grava nos acompañó hasta las puertas de la verja.

Me volví para echar un último vistazo a la casa. En un instante, se desvaneció tras las copas de los cipreses.

Llegué a casa de Lionel con las uñas hundidas en el vestido; la música del exterior hacía vibrar el habitáculo del coche. Me quedé mirando a toda aquella gente que abarrotaba el jardín sin ser capaz de moverme.

—¿No es esta la dirección exacta? —me preguntó Edgard.

—Sí, sí. Es esta.

Me sentía clavada en aquel asiento. Como si mi corazón hubiera echado raíces allí. Pero la mirada expectante de Edgard me aportó la dosis de incomodidad suficiente para decidirme a abrir la puerta.

Salí a la oscuridad de la calle, mitigada por unas farolas.

La gente ocupaba la acera y la música estaba tan alta que apenas podía escuchar mis pensamientos. En aquella aglomeración de chicos con el torso desnudo, cajas de cerveza y gritos, me sentí fuera de lugar enfundada en mi

vestido de alta confección.

Permanecí inmóvil como una estatua de sal y, cuanto más tiempo estaba allí, más me decía algo en mi interior que debía dar marcha atrás.

¿Qué estaba haciendo?

Acababa de llegar y ya quería irme. Debería abrirme paso entre la gente y buscar a Lionel, pero la sensación de estar en el sitio equivocado fue abriéndose camino.

De pronto, fui consciente de lo que sentía.

No era justo.

Algo estaba dolorosamente fuera de lugar.

Había algo que no sabía adaptarse. Encajar.

Era yo.

Era toda yo, alma y cuerpo.

Observé mi reflejo en la ventanilla de un coche. Aquel vestido que me hacía parecer una muñeca.

Pero por dentro había cenizas y papel.

Dentro había estrellas y ojos de lobo.

Tenía el alma partida en dos, pero sin la otra parte ni siquiera respirar parecía tener sentido.

Había ido allí con la esperanza de olvidar y, tal vez, de encontrar en Lionel un motivo para quedarme. Pero estaba siendo una ilusa.

«No puedes engañar a tu corazón», gritaron los universos que yo me había empeñado en encadenar. Y en mis ojos tristes se reflejó toda la necesidad, obstinada e inconsolable, que tenía de él.

Rigel.

Rigel, que había echado raíces dentro de mí.

Rigel, que se había anclado en mis huesos de aquella forma delicada y destructiva a la vez que tienen las flores antes de morir.

Rigel, que era mi constelación de escalofríos.

No existen cuentos para aquellos que mendigan un final feliz. Esa es la

verdad.

Y, en el instante en que lo admití, ya no pude comprender qué estaba haciendo allí.

Yo no pintaba nada en aquella fiesta.

Aquel no era mi lugar.

No me haría olvidar mis sentimientos más íntimos. Solo los llenaría de espinas.

Decidí marcharme. Ya encontraría otro momento para habar con Lionel, ahora solo deseaba volver a casa. Pero antes de que pudiera alejarme, unos brazos me arrancaron del suelo.

Reprimí un grito. Me levantaron, me voltearon y cargaron conmigo como si fuera un saco de patatas. Por el camino, mi bolso se iba enganchando con todo.

—¡Eh, yo también he pillado una! —anunció el desconocido que me sujetaba y con gran asco vi que su amigo hacía lo mismo con una chica que no paraba de reírse.

—¿Y ahora? —preguntó uno de ellos con gran excitación.

—¡Tirémoslas a la piscina!

Lanzaron un potente aullido y entraron como posesos en la casa. Me revolví todo lo que pude y le rogué que me soltase, pero fue en vano. Tenía las manos tan pegajosas que estaba segura de que habría dejado sus huellas en mis piernas.

Una vez estuvieron dentro de la casa, ambos cesaron en su locura y miraron confusos a su alrededor.

—Eh, pero si aquí no hay piscina… —rezongó uno de ellos.

Aproveché aquel momento para escabullirme de sus brazos y salir corriendo antes de que volviera a atraparme.

En el interior había un infierno. La gente gritaba, bailaba, se besaba. Un chico estaba dando buena cuenta de un barril de cerveza, que bebía a través de un tubo, incitado por una pequeña muchedumbre. Otro agitaba el

sombrero mientras se sacudía como si estuviera cabalgando un toro de rodeo. Cuando me fijé mejor, vi que se trataba del cortacésped rojo de Lionel.

Busqué la puerta con la mirada perdida, pero era demasiado pequeña para poder localizarla más allá de todas aquellas cabezas. Me adentré en aquel mar de espaldas y brazos buscando la salida, pero de pronto alguien me dio un empujón tan fuerte que por poco no acabo estampada contra el suelo.

—¡Perdona! —dijo una chica, tratando de incorporar a su amiga.

¿Por qué parecían estar todos locos?

—Discúlpala, de verdad. Ha bebido demasiado…

—¡Era guapísimo! —berreó la otra, como si hubiera visto a un extraterrestre—. ¡Estaba como un tren, joder, y tú no te lo crees!

Traté de ayudarla a levantarse y entonces se agarró a mí.

—¡Era el chico más guapo que he visto en mi vida! —me aulló en plena cara, con el aliento apestando a alcohol.

—Sí, vale, vale —masculló su amiga—. Estaba tan buenorro que no era de este mundo, alto, guapísimo, y con unos ojos más negros que la noche…

Claro que sí…

—¡Era de infarto! —gimoteó la chica—. ¡Un tío como él no puede andar suelto por ahí siendo tan guapo! Tenía que tocarlo, ¿entiendes? Con esa piel tan blanca ni siquiera parecía de verdad…

Me quedé bloqueada, petrificada. Entonces, sorprendida de mí misma, empecé a tirarle del brazo con más fuerza de la debida.

—El chico que has visto… ¿Tenía el pelo oscuro?

La chica se iluminó de golpe, esperanzada.

—¡Así que tú también lo has visto! Oh, sabía que no lo había soñado…

—¿Dónde lo has visto? ¿Estaba… estaba aquí?

—No —respondió lloriqueando—. Lo he visto fuera… Un instante antes iba caminando por la calle, traté de alcanzarlo… Dios… Pero un instante después ya no estaba…

Me volví y empecé a empujar a la gente para poder llegar a la puerta. El corazón me martilleaba.

Era él. Lo sentía en cada átomo de mi cuerpo.

Pero el destino estaba en mi contra. Ya casi había llegado a la salida cuando, de repente, alguien me sujetó de la muñeca. Tiraron de mí hacia adentro y vi a quien menos ganas tenía de ver.

—¿Nica?

Lionel me miró como si no fuera real.

—E… estás aquí —balbució mientras se me acercaba—. Pensaba que no te vería… Pensaba que… que no vendrías…, pero ahora…

—Lionel —murmuré apesadumbrada—, lo siento… Lo siento muchísimo, pero debo marcharme…

—Estoy muy contento de que hayas venido —masculló muy cerca de mi mejilla, cosa que me hizo retroceder.

De su boca emanaba un fortísimo olor a alcohol y con el ruido reinante no fui capaz de oír qué decía.

—Yo… tengo que irme.

La música estaba demasiado alta y no lograba hacerme entender, así que él me cogió de la mano y con un gesto me indicó que lo siguiera.

Me condujo a la cocina y, cuando entramos, había un par de chicos ocupados sacando cervezas del frigorífico. Se marcharon entre risas y Lionel cerró la puerta para que pudiéramos hablar.

—Siento no haberme explicado mejor… —le dije con sinceridad—.

Tendría que haberte dicho algo. Pero, Lionel, no estaba segura de venir y ahora yo…

—Me basta con que estés aquí —murmuró arrastrando la voz.

Me sonrió con los ojos achispados y distantes. Llenó un vaso de plástico de color rosa con ponche y me lo pasó.

—Toma.

—Oh… No, gracias…

—Vamos, pruébalo —insistió con una gran sonrisa antes de darle un largo sorbo en mi lugar.

Ante su insistencia, decidí contentarlo. Estaba a punto de volver a casa,

¿qué me costaba? Probé aquella bebida con los ojos cerrados. Fruncí los labios y él pareció mostrarse satisfecho.

—Esta bueno, ¿eh?

Tosí con fuerza. En aquel instante, me di cuenta de que debía de estar cargadísimo de alcohol.

—¿Sabes? Pensaba que no te vería… —me dijo. Cuando nuestros ojos se encontraron, vi que me estaba mirando desde una distancia peligrosamente cercana—. Creía que no ibas a venir…

Sentí la necesidad de ser sincera, de mirarlo a los ojos y decirle que en realidad no podía quedarme allí.

—Lionel, quisiera explicarte…

—No digas nada, ya lo he entendido todo —respondió él, a punto de caérseme encima.

Dejé el vaso y le sonreí, balanceándome sobre los tacones.

—¿Te encuentras bien?

Él se rio.

—Solo he bebido… un poco.

—Creo que ha sido más que un poco —murmuré.

—No te he visto llegar… Pensaba que me habías dado plantón…

Esperaba que se riera de nuevo, pero esta vez no lo hizo. Por el contrario, hubo un prolongado silencio.

Un instante más tarde, noté que deslizaba la mano por la encimera que estaba a mi lado. Miré a Lionel y él tragó saliva e inclinó la cabeza hasta situarla a mi altura.

—Pero ahora estás aquí…

—Lionel —susurré y sentí su mano deslizándose hasta mi muñeca.

—Estás aquí y estás… más guapa que nunca…

Retrocedí, pero me topé con la encimera. Lo contuve apoyando una mano en su pecho, pero por desgracia él tenía mi otra mano sujeta. Lo miré alarmada.

—Has dicho que hablaríamos —probé a decir, pero rozó mi vestido con su cuerpo.

—¿Hablar? —susurró apretándose contra mí—. No es necesario hablar…

Volví el rostro con la intención de protegerlo con mi hombro, pero fue en vano. Sus labios encontraron igualmente los míos y los cubrieron por completo.

Me besó presionándome contra la encimera de la cocina, mezclando el sabor del alcohol con mi respiración. Su boca húmeda perseguía mis labios, casi me ahogaba, sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.

—No… ¡Lionel!

Le di un fuerte empujón en el pecho, tratando de liberarme, pero él subió la mano hasta mi rostro para besarme más profundamente. Sus dedos hicieron presa en mi pelo para mantenerme sujeta y yo me vi incapaz de moverme.

—Por favor…

No me escuchó. E hizo la única cosa que podía hacerme pedazos. Me inmovilizó ambas muñecas. Y cerró su presa.

En ese instante, la realidad se precipitó.

Una descarga me recorrió toda la espina dorsal, sentí un pánico antiguo y visceral que me estampó el corazón contra las costillas y jadeé.

La constricción, el pánico, las correas en las muñecas, los brazos inmovilizados. El sótano oscuro. Se me contrajo el cuerpo y mi alma se rebeló.

Se oyó un crujido fortísimo cuando Lionel me soltó.

Un chapoteo anaranjado lo empapó por completo y el vaso rodó por el suelo, rajado en varios puntos. Tras dar un fuerte tirón con el brazo, había logrado hacerme con lo primero que tenía a mano y se lo había arrojado a la

cara.

Lo miré con los ojos desorbitados antes de salir huyendo.

Abandoné la cocina y me abrí paso entre la gente tratando de abandonar la casa y dejar atrás aquella sensación de pánico que aún llevaba pegada a los huesos. Los latidos de mi propio corazón me ensordecían. Me sentía helada, húmeda y resbaladiza.

La realidad martilleaba a mi alrededor y era tal mi malestar que se me cerró la garganta y me envenenó con todas aquellas sensaciones tan familiares.

Sentí que me ahogaba en medio de todos aquellos cuerpos apretándome, hasta que, de pronto, un grito me sacó de mi ensimismamiento y me provocó un buen sobresalto.

Me volví al mismo tiempo que todos los demás. Y me quedé paralizada.

Vi una mancha oscura revoloteando por los aires.

Un pequeño murciélago había entrado a través de la ventana abierta y ahora daba bandazos por el salón lleno de gente, desorientado por la luz y el ruido. Algunas chicas gritaban aterrorizadas, otras se cubrían el pelo con las manos.

Lo observé con el corazón disparado. Chocó con una lámpara, tratan do de hallar una vía de escape. Entonces un vaso surcó el aire, le acertó de lleno e hizo que se estrellara contra la pared.

Hubo quien se rio y el volumen de las voces fue en aumento.

Otro vaso salió volando y, cuando dio con la pared, el número de carcajadas siguió aumentando. El miedo no tardó en convertirse en diversión.

Poco después, empezó a volar de todo: canicas de aluminio, colillas de cigarrillo y trozos de plástico. Una lluvia de desechos se alzó por los aires y aquella escena me rompió el corazón.

—¡No! —grité—. ¡No! ¡Parad!

El murciélago cayó en una fuente de ponche y se empapó las alas en

alcohol. Las carcajadas no cesaban, mientras yo trataba de sujetarles los brazos a quienes tenía más cerca.

—¡Basta! ¡Quietos!

Sin embargo, nadie pareció escucharme. Siguieron las incitaciones, los gritos de diversión. Fue insoportable.

En vista de los acontecimientos, mi yo más auténtico tomó la iniciativa.

Empecé a abrirme paso a empujones entre la turba hasta que logré franquear aquella muralla humana. Lo vi acurrucado en la pared y lo único que se me ocurrió fue abalanzarme sobre él y tomarlo en mis manos.

Una nube de bolitas de papel me llovió encima y alguien incluso me arrojó un cigarrillo.

Estreché el murciélago contra mi pecho y sentí que se agarraba a mí desesperadamente y me arañaba la piel con sus pequeñas garras. Miré a mi alrededor y volví a sentir aquel escalofrío, aquel terror que laceraba la respiración.

Vi aquellos brazos alzándose de golpe —«y la directora que alzaba la voz, alzaba las manos, los dedos que apretaban y empujaban y rajaban costillas»— y el pánico gritó con más fuerza que antes.

Superé la muralla humana a empujones, sin importarme si me llevaba a alguien por delante.

Cuando logré dar con la salida, me precipité en la acera y dejé atrás aquel infierno. Corrí como alma que lleva el diablo, aun a riesgo de caerme por culpa de los tacones, pero no me detuve. Corrí con los músculos doloridos, corrí hasta que por fin los ruidos se extinguieron a mi espalda, corrí hasta llegar a casa.

Solo cuando vi la valla a pocos metros empecé a tranquilizarme. Poco a poco, fui recobrando el aliento, sin dejar de mirar con cierta angustia por encima del hombro. Entonces me concentré en el calorcillo que me cosquilleaba el cuello: el murciélago seguía allí, bien agarrado. Estaba temblando. Acerqué mi mejilla a su cabecita y acaricié despacio a aquella

criatura tan pequeña e incomprendida.

—Todo va bien… —le susurré.

Levantó la cabeza y me miró confuso. Dos ojos negros, relucientes como canicas, me llegaron directos al corazón.

Nada en el mundo me recordó más a Rigel que aquella criatura de la noche, todo garras y miedo, que sostenía entre mis brazos. Me hubiera gustado volver atrás, abrazarlo y quedarme junto a él. Decirle que me lo había dejado todo. Que estaba llena de él por dentro, de sus desastres y de sus escalofríos.

Y que no sabía vivir sin ellos.

Tragué saliva, abrí las manos y dejé que el murciélago se fuera volando.

Me arañó torpemente la piel y finalmente logró emprender el vuelo.

Estaba perdida mirándolo cuando sentí unos pasos a mi espalda. Apenas me dio tiempo a ver desaparecer el murciélago en la oscuridad, cuando una mano me sujetó por el hombro y me obligó a volverme.

Me sobresalté al reconocer aquellos ojos alterados.

—Nica. —Lionel jadeó muy cerca de mi rostro—. ¿Qué… qué estás haciendo?

—Déjame —murmuré atropelladamente, tratando de evitar cualquier contacto físico. Su mano sobre mi piel me alarmó y me provocó una cadena de sensaciones desagradables.

—¿Por qué te has ido de ese modo?

Retrocedí para librarme de su presa, pero él volvió a sujetarme. Yo sabía que no estaba en sus cabales, sabía que Lionel no era así, pero no por ello dejaba de tenerle miedo.

—¿Qué significa todo esto? ¿Primero vienes a mi casa y después te vas de ese modo?

—Me estás haciendo daño —le dije. Sentí que la voz se me debilitaba de nuevo a causa del miedo, de la impotencia, del temor que se iba abriendo paso hasta ahogarme. Traté de rechazarlo, pero él no me lo permitió. Me

agarró por los hombros, impaciente, y me zarandeó con rabia.

—Maldita sea, ¡déjate de tonterías y mírame!

De pronto, Lionel dejó de sujetarme.

Su cuerpo salió proyectado hacia atrás y chocó contra el suelo con tal fuerza que se quedó sin aire en los pulmones.

Lo único que las lágrimas me permitieron distinguir fue una figura alta e imponente que se deslizó en la oscuridad y se interpuso entre él y yo. Sus puños, apretados contra los costados, parecían arder extrañamente en calma, inmóviles y amenazantes.

Rigel se lo quedó mirando dese su altura, con las venas de las sienes marcadas y aquella cruel belleza suya, de diablo negro.

—No vuelvas a… tocarla —siseó, lento e implacable.

En sus ojos refulgía una furia tan gélida que su voz, suave en apariencia, sonó terrorífica.

—¡Tú! —bramó Lionel con un odio ciego, apoyándose en los codos.

Rigel arqueó una ceja.

—Yo —convino sarcástico, antes de pisarle el pelo con fuerza.

Le mantuvo la cabeza inmovilizada, mientras Lionel se retorcía en el asfalto como una presa agonizante.

Contuve la respiración. Sus ojos traslucían una violencia despiadada que devoraba hasta el mínimo destello de luz.

Se volvió hacia mí. Me miró por encima del hombro y su mirada me penetró el alma.

—Entra en casa.

Se me hizo un nudo en la garganta mientras abría la verja con la mano temblorosa. Temía que descargase toda su ferocidad en él; sin embargo, lo que hizo fue soltarlo muy muy despacio. Lo fulminó con una mirada intimidatoria e hizo ademán de seguirme.

Pero Lionel lanzó un gemido y lo agarró por los bajos de los vaqueros.

Hundió con fuerza las uñas para tratar de hacerle daño a toda costa.

—¿Te crees un héroe? —le espetó furioso—. Eso es lo que te crees, ¿eh?

¿Te crees que eres el bueno?

Rigel se detuvo.

—¿El bueno? —Su voz era un susurro grave y espeluznante—. Yo… ¿el bueno?

Sus labios pálidos se curvaron hacia arriba y destacaron en la oscuridad.

Sonrió.

Sonrió con aquella mueca de monstruo de las tinieblas, aquella mueca que tantas veces me había hecho temblar.

Rigel aplastó con su zapato la mano que le estaba sujetando el pantalón.

Lionel se retorcía a sus pies, consternado y dolorido, pero Rigel siguió pisándole la mano con violencia hasta que fue aflojando los dedos, uno a uno.

—¿Quieres mirar dentro de mí? Te mearías encima antes de llegar a abrir los ojos —masculló con frialdad y entonces pensé que le habría roto la muñeca—. Oh, no, yo nunca he sido el bueno. ¿Quieres ver hasta qué punto puedo llegar a ser malo?

Se me escapó un jadeo. Rigel apretó la mandíbula y sus ojos, profundos y rasgados, me fulminaron. En ese momento, pareció darse cuenta de que yo estaba mirando.

Me lanzó otra mirada que yo no supe interpretar, pero al cabo de unos segundos, al contrario de lo que me temía, apretó los puños y lo liberó con un gesto seco. Lionel retiró la mano al instante, gimiendo y revolcándose.

Se quedó indefenso en la calle mientras Rigel le daba la espalda definitivamente y se encaminaba como un ángel terrorífico hacia donde yo me encontraba.

Al poco, la cerradura de casa rompió el silencio.

Mis ojos se adaptaron a la ausencia de luz. Poco a poco, la silueta de Rigel emergió en la oscuridad: estaba detrás de mí, con la espalda apoyada en la pared. El pelo oscuro le cubría la cara y su mandíbula se recortaba

como una hoz en medio de las tinieblas.

Temblé al oír su respiración. Aquella intimidad volvió a activar todo cuanto yo había tratado de suprimir desesperadamente. Era una estatua de carne y deseos que a duras penas lograba no desmoronarse hecha añicos.

Por primera vez, me pregunté si habría algún modo de que pudiéramos vivir juntos sin hacernos sangre. ¿Llegaría un día en que dejaríamos de herirnos el uno al otro?

—Tienes razón. No soy más que… una ilusa. —Bajé el rostro, porque no era capaz de mentirme a mí misma—. Yo siempre he querido un final feliz… Lo he buscado en todo momento, con la esperanza de que algún día llegase. Lo deseaba desde que «Ella»… la directora… me dio un motivo para tener puestas mis esperanzas en un futuro mejor. Pero la verdad… —

Tensé los labios, derrotada, totalmente rendida—, la verdad es que tú, Rigel… Tú formas parte del cuento. —Las lágrimas me empañaron los ojos

—. Probablemente ya formabas parte de él desde el principio. Pero nunca tuve el valor de verlo con mis propios ojos, porque temía perderlo todo.

Él permanecía inmóvil, envuelto en el silencio. Desvié la vista, tratando de controlar aquellas emociones que no me daban respiro. El corazón me iba estallar y estaba a punto de echarme a llorar.

Reparé en el piano, que brillaba con una luz tenue; me lo quedé mirando y al cabo de un instante sentí que mis piernas me llevaban en aquella dirección.

Acaricié la hilera de teclas blancas, como si aún pudiera sentir sus manos. Me entristecí al pensar en lo que le había dicho a Lionel.

—No es verdad que seas malo. Yo sé cómo eres por dentro… y no hay nada feo ni espantoso. Tú no eres así —le susurré—. Yo veo en ti… todo lo bueno que tú no eres capaz de percibir.

—Es tu naturaleza —oí su voz a mi espalda, tras una pausa—, siempre buscas la luz en las cosas, como una falena.

Ahora estaba en el umbral. Las sombras hacían que su rostro se revelara

dolorosamente hermoso, pero tenía la mirada apagada, sin vida.

—La buscas incluso donde no la hay —dijo despacio—. Incluso donde nunca la ha habido.

Lo miré con los ojos inermes y vencidos, sacudiendo la cabeza.

—Todos brillamos de algún modo, Rigel… por algo que llevamos dentro.

Siempre he buscado lo que hay de bueno en el mundo. Y lo he encontrado en ti. No importa cuál sea la verdad, porque la única luz que veo ahora eres tú. Allá donde mire, en cualquier instante… solo te veo a ti.

En la oscuridad distinguí el leve brillo de sus iris… Aquella mirada, yo…

jamás podría olvidarla. Vi su corazón en aquellos ojos.

Vi lo aplastado, maltrecho y sangrante que estaba.

Pero al mismo tiempo aparecía resplandeciente, vivo y desesperado.

Éramos algo imposible y ambos lo sabíamos.

—No existen los cuentos, Nica. No para los que son como nosotros.

Por fin. Habíamos llegado al quid de la cuestión.

No había páginas que continuasen aquella historia de silencios y temblores, no para nosotros. Nuestras almas se habían estado persiguiendo toda la vida y ahora habían llegado al final del trayecto.

No encajábamos con nadie porque éramos diferentes. Y los diferentes como nosotros tenían un idioma que nadie más podía comprender.

El del corazón.

—No quiero nada donde tú no estés. —Tuve el valor de admitir, de una vez por todas, en voz alta.

Acababa de susurrarle lo inconfesable, pero no me importaba, porque lo que le había susurrado era la verdad.

—Tenías razón. Estamos rotos… No somos como los demás. Pero tal vez, Rigel, tal vez estemos rotos en pedazos para poder encajarnos mejor.

Nadie conocía mis demonios mejor que él.

Nadie conocía mejor mis cicatrices, mis traumas, mis miedos.

Y yo había aprendido a verlo como nadie, porque en aquel corazón tan

distinto había encontrado el mío.

Nos pertenecíamos de un modo que nadie podría comprender.

Y tal vez fuera cierto, tal vez estaba en nuestra naturaleza arruinar las cosas. Pero en esa misma naturaleza arruinada y ruinosa, nosotros éramos algo que solo nos pertenecía a nosotros.

Terror y prodigio. Escalofríos y salvación.

Éramos un delirio de notas.

Una melodía desgarradora y ultraterrena.

Él había tirado de mi alma con tal sutileza que nuestro destino solo se había escrito sobre una página en blanco. Y yo había tardado tanto en comprenderlo que, cuando di el primer paso, me pareció que había empleado toda mi vida en ello.

Me acerqué a él, avanzando en la oscuridad. Sus iris brillaban como si todo el cielo se hubiera concentrado en aquella estancia. Siguió cada uno de mis movimientos con atención, como si la confesión que acababa de hacerle lo mantuviera clavado allí con una fuerza que superaba su voluntad.

Sin dejar de mirarlo, tendí la mano y acaricié la suya. En sus ojos siempre me sentía una criatura minúscula y una entidad peligrosa. Me pareció que contraía los ligamentos, como si quisiera oponer resistencia…, pero, armada con toda mi delicadeza, rodeé su muñeca y lo atraje lentamente hacia mí.

Acerqué su mano a mi rostro.

Un músculo de su mandíbula vibró. El contacto con su piel me reconfortó el alma. Suspiré y me pareció que le temblaba la sangre mientras una de mis lágrimas humedecía sus dedos entrecerrados, como si algo en su interior aún no se atreviera a tocarme.

Me miró como si yo fuera algo inmensamente frágil, algo que podría desintegrarse de un momento a otro entre sus dedos.

—Antes me tenías miedo —susurró.

—Antes… aún no había aprendido a verte. —Mis lágrimas se deslizaron

más allá de las mejillas y entonces recordé el instante en que lo rompí todo en pedazos—. Lo siento… —musité—. Rigel, lo siento…

Nos estábamos mirando por primera vez.

Entonces, como un milagro a cámara lenta, sus dedos se abrieron paso a través de mis mejillas.

Rigel me tocó el rostro y aquel calor me deshizo el corazón. Su pulgar rozó la comisura de mi boca, la acarició como si en aquel gesto se cifrara la imposibilidad de lo que éramos.

—Yo no soy uno de tus animalitos, Nica —murmuró con voz triste—. No puedes… repararme.

—No quiero hacerlo —susurré.

Él había dejado rosas dentro de mí, había dejado pétalos y tallos y estelas de astros allí donde antes había un desierto de grietas. Nos habíamos intercambiado algo, en silencio, a la sombra de nuestros defectos.

Rigel era un lobo y yo lo quería exactamente por lo que era.

—Te quiero… tal como eres. Te lo he prometido. Y no he dejado de creerlo… No te dejaré solo, Rigel. Permítemelo… Permíteme estar contigo.

«Quédate conmigo —rezó mi corazón— quédate conmigo, por favor, aunque no sé qué nos sucederá.

»Aunque tal vez nunca nos vaya bien, no a ti y a mí, porque hay una historia para cada cosa y no existen cuentos de lobos y falenas.

»Pero quédate conmigo, por favor, porque si ambos estamos rotos pero juntos, el resto del mundo será defectuoso, no nosotros.

»Si estamos rotos y permanecemos juntos, entonces yo ya no tendré miedo».

Le besé la mano lentamente.

Contrajo los músculos y parecía que, de tanto contener la respiración, fuera a estallarle el pecho.

Lo quería todo de él: los mordiscos, los errores, el caos y las caricias.

Quería su fragilidad.

Quería su alma auténtica.

Quería aquel corazón que nadie podía domesticar.

Quería al chico sin final feliz que había sido abandonado injustamente bajo un techo lleno de estrellas.

Me incliné hacia delante y de pronto él dejó de respirar.

Estreché su mano en mi rostro y me puse de puntillas. Entonces, con toda la delicadeza del mundo… cerré los ojos y posé suavemente mis labios sobre los suyos.

El corazón me martilleaba las costillas.

La boca de Rigel era suave como un cálido terciopelo. Me aparté con un suave chasquido y él se quedó peligrosamente inmóvil.

No sabía qué efecto le habría producido aquel movimiento mío.

Pero al acabo de un instante, sentí que me empujaba hacia atrás. Me golpeé con el piano, pero ni siquiera me dio tiempo a sentir que el corazón se me subía a la garganta cuando Rigel introdujo los dedos entre mi pelo y me sostuvo la cabeza.

Suspiró, y con los ojos muy abiertos, me miró como si yo acabara de hacer la última cosa que ni en sueños se hubiera imaginado que haría. Temí que me apartara, pero al acabo de un segundo, me estrechó contra su pecho e hizo chocar sus labios con los míos.

Estalló un universo de arañazos y estrellas y sentí una fortísima contracción que me atravesaba el corazón.

Me aferré a él con manos inestables, embargada por aquel ímpetu irrefrenable. Nuestros latidos se aceleraron, nuestras respiraciones se fundieron y oí que toda mi alma gritaba su nombre.

Y Rigel me besó.

Me besó como si el mundo estuviera a punto de desplomarse.

Me besó como si fuera su única razón de vivir, el único motivo para dejar de respirar.

Sus dedos temblaron entre mis cabellos, descendieron hasta mis

hombros, detrás del cuello, me tocaron y me estrecharon con fuerza, como si fuera a disolverme de un momento a otro. Le apreté las muñecas para que supiera que ya no volvería a marcharme. Que, por mucho que el mundo gritase que no, nosotros nos pertenecíamos hasta el último aliento.

Lo acaricié con gestos tímidos e inciertos y la inocencia de mis caricias pareció volverlo loco. Jadeante, me sujetó por las caderas, estrujó la tela que se adhería a mi cuerpo y me abrazó muy fuerte mientras su boca cálida y ávida me besada con ímpetu. Sentí sus dientes en mis labios, su lengua, y cada beso era un mordisco, cada beso era un rapto de escalofríos en el estómago.

Me faltaba el aire, el corazón me palpitaba desbocado, sentía que iba a explotar.

Rigel encajó la rodilla entre mis muslos para aprisionarme con su cuerpo y su beso fue potente, abrumador, celestial.

Yo hubiera querido decirle que no importaba que no existieran cuentos para los que eran como nosotros, que no importaba que nunca llegáramos a ser buenos. Mientras estuviéramos juntos, ni siquiera deberíamos temerle al futuro.

Éramos exiliados del reino de los cuentos.

Y tal vez, después de todo, podríamos tener nuestro propio cuento.

Un cuento de lágrimas y sonrisas.

Arañazos y mordiscos en la oscuridad.

Algo valioso y deteriorado a un tiempo, donde no existía ningún final feliz fuera de nosotros.

Estreché su rodilla con los muslos y Rigel se incendió. Parecía incapaz de razonar, de controlarse, de contenerse.

Me sujetó las piernas para alzarme e hizo que se me resbalasen las sandalias; me eché a temblar cuando nuestros latidos colisionaron los unos contra los otros como mundos gemelos.

—Juntos… —exhalé en su oído, a modo de súplica.

Rigel me apretó los muslos hasta hacerme daño y el piano produjo un sonido desafinado cuando me deslicé y acabé sentada encima.

Me tenía subyugada. Era incapaz de moverme. Cuanto más cerca me tenía, más parecía enloquecer su cuerpo al entrar en contacto con el mío.

Pero me di cuenta de que, por mucho que él me apretase, por mucho que sus manos me retuvieran hasta casi impedirme cualquier movimiento… yo no tenía miedo. Porque Rigel sabía por lo que yo había pasado.

Conocía mis pesadillas mejor que nadie.

Sabía dónde se encontraba cada una de mis grietas y había algo protector y desesperado en el modo en que me tocaba. Algo que parecía desear toda aquella fragilidad mía y, al mismo tiempo, preservarla para siempre. Y yo sabía que no me haría daño.

Mientras lo estrechaba entre mis brazos, con toda mi dulzura, comprendí que, por mucho que su corazón fuera un sombrío desastre, lo llevaría conmigo de todos modos.

Para siempre.

Para siempre.

Siempre…

—¿Nica?

Una luz. Ruido de pasos.

Abrí los ojos de par en par. Aún no me había dado tiempo a razonar cuando Rigel se separó bruscamente de mí.

Sentí que acababan de arrancarme las raíces. Cuando Anna llegó enfundada en su bata hasta donde yo estaba, me encontró de pie junto al piano, sola. La miré con ojos de cervatillo asustado, mientras mis dedos se empleaban a fondo en torturarse los unos a los otros.

—Eres tú, Nica… —balbució somnolienta, mirándome los pies descalzos

—. He oído un ruido imprevisto… El piano… ¿Va todo bien?

Asentí sin apenas abrir los labios, esperando que no notara mi rostro encendido.

—¿Qué haces aquí, a oscuras?

—He… llegado a casa hace poco —gorjeé con una voz casi ridícula, antes de tragar saliva—. Siento haberte despertado…

Anna se relajó y le echó un vistazo a la puerta de casa, momento que yo aproveché para arreglarme apresuradamente un tirante del vestido.

—Tranquila, no pasa nada. Ven.

Me tendió una mano y me sonrió.

Me agaché a recoger las sandalias y fui hacia ella para que me acompañase arriba, pero antes de cruzar el arco que conducía al pasillo, donde Anna me estaba esperando, miré a un lado… y lo vi.

Allí, en la oscuridad, donde ella no podía distinguirlo.

Los hombros pegados a la pared. La pierna doblada y el pie apoyado en la superficie del tabique, la respiración jadeante y silenciosa inflándole el pecho. El rostro reclinado hacia atrás y sus ojos líquidos e hirvientes clavados en mí. Aún tenía los labios húmedos e inflados por todos aquellos mordiscos. Y el pelo revuelto por mis dedos.

Rigel me miró como el pecado viviente que era.

Y yo sentí paz y tormento… Alivio y extenuación.

Fulgores incandescentes y tempestades en la oscuridad.

Sentí el temporal que se cernía sobre nosotros, cargado de truenos.

«Ya… —susurró una voz en mi interior, al tiempo que contaba los universos purpúreos y estrellados que me había dejado dentro—, pero mira qué colores tan bonitos».

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