Fabricante de lágrimas

Erin Doom · Capítulo 5 de 43

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Fabricante de lágrimas

4. Tiritas

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Tiritas

La sensibilidad es un refinamiento del alma.

El sol tensaba cuerdas de luz entre los árboles. Hacía una tarde primaveral y el aroma de las flores impregnaba el aire.

La mole del Grave se recortaba a mi espalda. Tendida en la hierba, miraba el cielo con los brazos abiertos como si quisiera rodearlo. Tenía la mejilla hinchada y me dolía, pero no quería llorar de nuevo, así que observaba la inmensidad que se extendía sobre mí, dejando que las nubes me acunaran.

¿Lograría ser libre alguna vez?

Un ruido casi imperceptible me llamó la atención. Levanté la cabeza y localicé algo que se movía en la hierba. Me puse en pie y decidí acercarme con cautela, sujetándome el pelo con las manos.

Era un pájaro. Rascaba el polvo con sus garras como alfileres y tenía unos ojillos relucientes como canicas negras, pero una de sus alas estaba como estirada de un modo que no era natural y no podía levantar el vuelo.

Cuando me arrodillé, de su pico surgió una piada agudísima e inquieta, e intuí que lo había asustado.

—Perdona —susurré de inmediato, como si pudiera entenderme.

No quería hacerle daño; al contrario, quería ayudarlo. Podía sentir su desesperación cono si fuera mía: yo tampoco era capaz de levantar el vuelo, yo también deseaba marcharme de allí, yo también me sentía frágil e impotente.

Éramos iguales. Pequeños e indefensos contra el mundo.

Le tendí un dedo, pues sentía la necesidad de ayudarlo. Solo era una niña, pero quería restituirle la libertad, como si de algún modo aquel gesto pudiera devolverme la mía.

—No tengas miedo —seguí diciéndole, con la esperanza de que así lo tranquilizaría.

Era lo bastante pequeña como para creer que podría entender mis palabras. ¿Qué podía hacer? ¿Sería capaz de ayudarlo? Mientras el pajarillo retrocedía, muerto de miedo, algo afloró de entre mis recuerdos.

«Es la delicadeza, Nica. La delicadeza, siempre… Recuérdalo». Sus dulces ojos estaban esculpidos en mi memoria.

Tomé el pájaro entre mis manos con ternura, procurando no lastimarlo.

No desistí, ni siquiera cuando me picoteó un dedo, ni tampoco cuando sus garras me arañaron las yemas.

Lo estreché contra mi pecho y le prometí que al menos uno de los dos recobraría su libertad.

Regresé a la institución y lo primero que hice fue pedirle ayuda a Adeline, una niña mayor que yo, mientras rezaba para que la directora no descubriese nuestro hallazgo: temía su crueldad más que cualquier otra cosa. Entre las dos lo entablillamos con el palito de un polo escamoteado de la basura, y durante los siguientes días, jadeante, le llevé sobras de nuestras comidas al lugar donde lo tenía oculto.

Me picó en los dedos muchas veces, pero no me rendí jamás.

—Te curaré, ya lo verás —le juraba con las yemas de los dedos enrojecidas y magulladas, mientras le alborotaba las plumas del pecho—.

No te preocupes…

Me pasaba horas mirándolo a cierta distancia, para no asustarlo.

—Volarás —le susurraba con la punta de los labios—, un día volarás y serás libre. Aún falta un poco, espera un poco más…

Me picaba cuando trataba de examinarle el ala. Yo trataba de mantenerme a distancia, pero insistía, con delicadeza. Le arreglaba la cama de hierba y hojas, y le susurraba que tuviera paciencia.

Y el día que estuvo curado, el día que salió volando de entre mis manos, por primera vez en mi vida me sentí menos sucia y apagada. Un poco más viva.

Un poco más libre.

Como si pudiera volver a respirar.

Había vuelto a hallar en mi interior unos colores que no creía poseer: los de la esperanza.

Y con los dedos cubiertos de tiritas multicolores, mi existencia tampoco parecía tan gris.

Tiré cuidadosamente del extremo plastificado.

Liberé el dedo índice, el que tenía cubierto con la tirita azul, y vi que aún estaba un poco hinchado y enrojecido.

Había logrado liberar una avispa que había quedado atrapada en una telaraña unos días atrás. Procuré no romper la finísima tela, pero no fui lo bastante rápida y me picó.

—Nica está con sus bichos —decían los niños cuando éramos más pequeños—. Se pasa todo el tiempo con ellos, allí, entre las flores.

Se habían acostumbrado a mi peculiaridad, quizá porque en nuestra institución la rareza era más común que la normalidad.

Sentía una extraña empatía hacia todo lo que era pequeño e incomprendido. Mi instinto de proteger a toda clase de criaturas nació cuando era una niña y ya no me abandonó. Había plasmado mi pequeño y

extraño mundo con unos colores que solo me pertenecían a mí, y que me hacían sentir libre, viva y ligera.

Me vinieron a la mente las palabras de Anna el primer día, cuando me preguntó qué estaba haciendo en el jardín. ¿Qué debió de pensar? ¿Le parecería rara?

Perdida en mis pensamientos, me giré de pronto al percibir una presencia a mi espalda. Abrí los ojos de par en par, di un brinco y me alejé apresuradamente.

Rigel me siguió con la mirada y mi salto hizo que se le agitara el mechón que le acariciaba la frente. Lo observé sin relajar en absoluto la vista, pues aún seguía asustada a causa de nuestro último encuentro.

Mi reacción no le afectó para nada. Al contrario, se limitó a tensar los labios y a esbozar una sonrisa torcida.

Me adelantó y entró en la cocina. Oí que Anna lo saludaba mientras él se encogía de hombros. Cada vez que se acercaba, no podía evitar que me entraran escalofríos, pero esta vez eran justificados. Me había pasado todo el día reviviendo lo sucedido y, cuanto más pensaba en ello, más me atormentaban aquellas palabras indescifrables. ¿Qué quería decir con lo de

«no pararé»? ¿«No pararé» de hacer qué?

—Ah, estás aquí, Nica —me dijo Anna a modo de saludo en cuanto entré, extremando las precauciones. Aún seguía sumida en mis cavilaciones cuando una explosión de colores, de un violeta encendido, me saturó la vista.

Un enorme ramo de flores dominaba el centro de la mesa, con una gran cantidad de capullos suaves que colmaban de gracia el jarrón de cristal. Me lo quedé mirando fascinada, boquiabierta ante aquella maravilla.

—Qué bonitas…

—¿Te gustan? —Asentí sonriente—. Las he hecho traer esta tarde. Son de la tienda.

—¿La tienda?

—Mi tienda.

Prendada de aquella sonrisa suya tan auténtica, a la que no acababa de acostumbrarme, seguí preguntando.

—¿Tú… vendes flores? ¿Eres florista?

«¡Vaya pregunta más obvia!». Se me sonrojaron levemente las mejillas, pero ella asintió, directa y sincera.

Me encantaban las flores casi tanto como las criaturas que las habitaban.

Acaricié un pétalo y la sensación de terciopelo fresco me besó la punta del índice que llevaba al descubierto.

—Mi tienda está a unas cuantas manzanas de aquí. Es un poco antigua y queda algo alejada, pero no falta clientela. Es bonito ver que a la gente sigue gustándole comprar flores.

Me pregunté si Anna no estaría hecha a medida para mí. Si había habido algo, en el modo en que me vio, el día que nos escogió, aunque nunca hubiéramos cruzado una palabra. Y quise creer… Por un momento, mientras ella me miraba a través de aquella exuberancia engalanada, quise creer que así era.

—¡Buenas!

El señor Milligan entró en la cocina vestido de un modo singular: llevaba un uniforme de un color azul polvoriento y unos guantes de tela gris que asomaban por el bolsillo; del cinturón de cuero colgaban diversos artilugios.

—¡Puntual para la cena! —dijo Anna—. ¿Qué tal ha ido el día?

Norman debía de ser jardinero; todo en su atuendo así parecía sugerirlo, incluidas las tijeras de podar que colgaban de su cinturón. Pensé que no podía existir una pareja más espléndida, al menos hasta que Anna puso las manos sobre sus hombros y en el momento álgido de mis expectativas anunció:

—Norman se dedica a la desinsectación.

Se me atragantó la saliva.

El señor Milligan colgó la gorra y entonces pude ver el logotipo sobre la

visera: un gran insecto bajo una barra de prohibición. Me quedé mirándolo con los ojos helados y las fosas nasales anormalmente dilatadas.

—¿Desinsectación? —exclamé con la voz aguda al cabo de un instante.

—¡Oh, sí! —Anna le alisó los hombros—. ¡No tenéis ni idea de la cantidad de bichos que infestan los jardines de esta zona! La semana pasada, nuestra vecina encontró dos ratones en el semisótano. Norman tuvo que desbaratar una invasión…

Ahora aquellos artilugios ya no me gustaban tanto.

Miré aquella cucaracha con las patas dobladas como si se hubiera tragado algo muy desagradable. Cuando me percaté de que ambos me estaban mirando, me esforcé en tensar los labios como pude y logré recuperar el impulso necesario para esconder las manos.

Más allá del jarrón de flores, al otro lado de la estancia, sentí con total certeza la mirada de Rigel.

Al cabo de unos pocos minutos, estábamos los cuatro sentados a la mesa.

Me resultó desagradable oír a Norman hablar de su trabajo. Traté de disimular la tensión, pero tener sentado a Rigel a mi lado no es que contribuyera especialmente a relajarme. Sentado también me imponía, no estaba acostumbrada a tenerlo tan cerca.

—Ya que nos estamos conociendo un poco…, ¿por qué no me contáis algo de vosotros? —propuso Anna, sonriente—. ¿Cuánto hace que os conocéis? Vuestra directora no nos explicó nada… ¿Os llevabais bien en la institución?

Se me cayó un picatoste de la cuchara y acabó en la sopa. A mi lado, Rigel también se quedó inmóvil.

¿Acaso había una pregunta peor que aquella?

Anna y yo cruzamos una mirada y, de pronto, la terrorífica posibilidad de que pudiera leernos la verdad en los ojos me cerró el estómago. ¿Cómo reaccionaría si supiera que ni siquiera soportaba estar a su lado? Nuestra relación era siniestra e indefinida, lo más alejada posible de ser una familia.

¿Y si decidían que era imposible? ¿Cambiarían de idea?

Me dejé llevar por el pánico. Y antes de que Rigel pudiera decir nada, me incliné hacia delante y cometí una estupidez.

—Por supuesto. —Sentí que aquella mentira se me quedaba pegada a la lengua y me apresuré a sonreír—. Rigel y yo siempre nos hemos llevado muy bien. De hecho, somos como… hermanos.

—Ah, ¿sí? —preguntó Anna, sorprendida, y yo tragué saliva como si me hubiera convertido en víctima de mi propio embuste. Estaba segura de que él haría todo lo posible por contradecirme.

Me percaté demasiado tarde de mi error en cuanto me volví y observé que había tensado la mandíbula.

Había vuelto a llamarlo «hermano». Si existía algún modo de volver la situación en contra, de volverla contra él, yo misma la había enunciado con mis propios labios.

Con una tranquilidad forzada, Rigel alzó el rostro, miró a la señora Milligan y, con una sonrisa de manual, dijo:

—Oh, ya lo creo. Nica y yo estamos muy unidos. Incluso me atrevería a decir que somos «uña y carne».

—¡Eso es fantástico! —exclamó Anna—. Es una noticia estupenda.

¡Entonces debéis de sentiros muy contentos de estar juntos! Qué suerte, ¿eh, Norman? ¡Que los chicos se lleven tan bien!

Comentaron entre ellos lo satisfechos que estaban y entretanto yo no me había dado cuenta de que la servilleta se me había caído sobre las rodillas.

Pero al cabo de un instante, vi que «mi» servilleta estaba sobre la mesa.

Ahora Rigel tenía la mano sobre mi muslo, dispuesto a recuperar la suya.

Me apretó la rodilla y aquel contacto me produjo un efecto abrumador. Era como si la tuviera en carne viva. La silla raspó el suelo. De pronto, me vi de pie, con el corazón en la garganta y el señor Milligan mirándome perplejo.

Me faltaba la respiración.

—Tengo… tengo que ir al baño.

Me escabullí, mirando el suelo.

La oscuridad del pasillo me engulló y, en cuanto logré doblar la esquina, me apoyé en la pared. Traté de calmar los latidos de mi corazón, de contenerlos a toda costa, pero nunca se me había dado bien ocultar mis emociones. Aún sentía la huella de sus dedos, como si la llevara marcada a fuego. Seguía sintiéndola en mi piel…

—No debiste marcharte así —sonó una voz a mi espalda—. Preocuparás a nuestros presuntos padres.

En el fondo, era Rigel quien tejía la historia, él era la araña. Mis ojos se apresuraron a localizarlo y allí estaba, con el hombro apoyado en la esquina. Su venenoso encanto era infeccioso. Él era infeccioso.

—Entonces ¿para ti esto es un juego? —exclamé temblorosa—. ¿Solo un juego?

—Todo lo has hecho tú, falena —respondió inclinando la cabeza—. ¿Así es como esperas obtener su aprobación? ¿Mintiendo?

—Aléjate de mí —le dije mientras retrocedía entre escalofríos, para aumentar la distancia que nos separaba. Sus ojos negros eran precipicios, ejercían sobre mí un poder que no sabría cómo definir. Me asustaban.

Rigel bajó el mentón, observando mi reacción con una mirada impenetrable.

—Así es nuestra relación… —murmuró con voz punzante.

—¡Tienes que dejarme en paz! —exclamé, temblando. Vertí sobre él toda mi aspereza, por lo demás poco convincente, y entonces una sombra, cuyo significado fui incapaz de discernir, cruzó sus ojos.

—Si Anna y Norman vieran… si ellos vieran… si vieran que me desprecias hasta tal punto… que no haces más que rehuirme… que la cosa no es tan perfecta como creen… podrían cambiar de idea, ¿no te parece?

Lo miré estupefacta, era como si me hubiera leído el pensamiento. Me sentí terriblemente expuesta. Rigel me conocía bien, intuía mi alma simple, ese espíritu genuino del que él siempre había carecido.

Yo solo quería una oportunidad, pero si ellos se enterasen de la verdad, si vieran que nos resultaba imposible convivir… podrían devolvernos. O

quizá solo a uno de nosotros. Y la duda hizo presa en mí, devoró mis pensamientos: ¿a cuál de los dos preferirían?

Traté de negármelo a mí misma, pero fue en vano. Como si no hubiera notado con cuánta adoración lo miraban Norman y Anna. O el bonito piano del salón, abrillantado con increíble esmero.

Como si no supiera que él siempre era el elegido. Me apreté contra la pared. «Aléjate de mí» me hubiera gustado gritarle, pero la duda me hizo añicos y el corazón echó a correr.

«Seré buena —resonaba en mi garganta—, seré buena, seré buena…».

Por nada del mundo quería volver a aquellas cuatro paredes, recordar el eco de los gritos y sentirme atrapada de nuevo. Necesitaba aquellas sonrisas, aquellas miradas que por una vez me habían elegido a mí. No podía dar marcha atrás, no podía, no, no, no…

—Un día comprenderán quién eres de verdad—dije mirando al suelo, con un hilo de voz.

—Ah, ¿sí? —inquirió él, sin poder reprimir un matiz divertido en su voz

—. ¿Y quién soy?

Apreté los puños y alcé la vista, adoptando una lúcida expresión reprobatoria. Con un sentimiento de animadversión que me hacía temblar, lo miré directamente a los ojos y le espeté con dureza:

—Eres el fabricante de lágrimas.

Se hizo un largo silencio.

Rigel echó la cabeza hacia atrás y estalló en una carcajada.

Aquella risotada le acarició los hombros con terrorífica desenvoltura y entonces supe que lo había comprendido.

Se rio de mí, el fabricante de lágrimas, con sus labios malévolos y sus dientes relumbrantes, y aquel sonido siguió prolongándose mientras me alejaba por el pasillo. E incluso cuando me encerré en mi habitación, sola,

con todas aquellas paredes y ladrillos que me mantenían alejada de él.

Y una vez allí, los recuerdos empezaron a fluir…

—Adeline, ¿has estado llorando?

Su cabecita rubia resaltaba contra las grietas del enlucido. Estaba acurrucada en la parte de atrás, pequeña y encorvada, como hacía siempre que estaba triste.

—No —respondió ella, pero aún tenía los ojos enrojecidos.

—No me mientas o el fabricante de lágrimas se te llevará.

Ella se abrazó las piernas con sus bracitos.

—Solo nos lo cuentan para asustarnos.

—¿Tú no te lo crees? —susurré.

En el Grave todos creíamos que era verdad. Adeline me lanzó una mirada inquieta y comprendí que ella no era una excepción. Solo tenía dos años más que yo y era una especie de hermana mayor para mí, pero hay ciertas cosas que nunca dejan de darte miedo.

—Hoy en la escuela se lo he dicho a un niño —me confió—. No está aquí con nosotros. Ha contado una mentira y yo le he dicho: «Mira que al fabricante de lágrimas no se le puede mentir». Pero no lo ha entendido. No había oído hablar nunca de él. Pero conoce algo parecido… Lo llama «el hombre del saco».

Me la quedé mirando sin comprender. Las dos estábamos en el Grave desde que éramos muy pequeñas y yo estaba segura de que ella tampoco lo entendía.

—¿Y ese hombre del saco… te hace llorar? ¿Te hace perder las esperanzas? —pregunté.

—No…, pero dice que da miedo. Y también se te lleva con él. Es terrorífico.

Pensé en las cosas que me daban miedo. Y me vino a la mente un sótano

oscuro.

Pensé en las cosas que me aterrorizaban. Y me vino a la mente «Ella».

Entonces lo entendí. «Ella» era mi hombre del saco, el de Adeline y el de muchos de nosotros. Pero si quien lo decía era un niño que no estaba en la institución, eso significaba que habría muchos más rondando por el mundo.

—Hay muchísimos hombres del saco —dijo—. Pero solo hay un fabricante de lágrimas.

Yo siempre había creído en los cuentos.

Siempre había esperado vivir uno.

Y ahora… estaba dentro.

Caminaba entre sus páginas, recorría caminos de papel.

Pero la tinta lo manchaba todo.

Había ido a parar al cuento equivocado.

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