Nuestro hombre
Apretar los dientes
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
De hecho, justo después de la rueda de prensa de Phan Hien, el Congreso tomó nota y no tardó en aprobarse una ley que prohibía cualquier ayuda a Vietnam e imponía, además, un embargo comercial. La diplomacia depende del apoyo político en casa: una lección que Holbrooke había aprendido en 1968.
No tiró la toalla. No obstante, había otro obstáculo que superar, y se encontraba dentro de la mismísima Casa Blanca.
En un primer momento, Zbigniew Brzezinski no tuvo una opinión muy formada sobre cómo proceder en el restablecimiento de las relaciones diplomáticas. Para él, Vietnam simbolizaba algo mayor: una pérdida fatal de confianza entre los demócratas. En su opinión, el Departamento de Estado era
una residencia para veteranos de Vietnam[33]. Holbrooke, Lake, Gelb, Tarnoff e incluso Vance, que había sido el segundo de McNamara, se habían visto discapacitados por el síndrome vietnamita y se mostraban reticentes a hacer uso del poder estadounidense. «No puedo evitar sospechar que los sentimientos de culpa al respecto de la guerra de Vietnam tengan algo que ver con el deseo obvio por parte de Cy y Holbrooke de pasar página lo antes posible en este asunto», escribió en una nota para Carter, quien escribió de vuelta en el mismo margen: «Yo no tengo sentimientos de culpa y quiero
pasar página con Vietnam»[34].
Brzezinski tenía a Vance por un miembro de la moribunda élite WASP,
estandarte de sus valores y reglas ancladas en el pasado[35]. La década de 1970 estuvo protagonizada por un sinnúmero de episodios turbulentos a lo largo y ancho de lo que entonces se conocía como Tercer Mundo. En la época de Gadafi y de Castro, la política exterior estadounidense no podía quedar en manos de un abogado neoyorquino para quien las relaciones internacionales no eran sino una negociación prolongada en el tiempo entre partes en disputa. Tanto la política como la geopolítica estadounidense se habían embravecido y los discretos ingenieros de instituciones bipartidistas de después de la Segunda Guerra Mundial no estaban acostumbrados a ello. Los nuevos tiempos exigían a gente más joven, más descarada y más ideológica. La nariz y el tupé de Brzezinski daban a su rostro el aspecto de un hacha. Vance podría parlamentar con otros países, pero para Brzezinski el epicentro de las políticas era la Casa Blanca, no el Departamento de Estado. Tras apenas una semana en el cargo, lanzó el primer puñetazo dentro del ring del gobierno. Iba dirigido a Holbrooke.
A finales de enero, el vicepresidente Mondale tenía planeado visitar Tokio dentro de una gira programada por capitales de países aliados y Holbrooke debía acompañarlo. La mano derecha de Brzezinski, David Aaron, informó al representante del CSN, Michael Armacost, de que su principal cometido en ese viaje era impedir que Holbrooke estuviera presente en la reunión con el primer ministro japonés.
—El propósito del CSN es coordinar las políticas con el resto de agencias —protestó Armacost.
—Haga lo que le pido —ordenó Aaron.
Aaron había trabajado para Mondale en el Senado, lo que le colocaba en una posición segura para llevarse el gato al agua. Que Holbrooke estuviera presente no tenía mucha importancia. Ni siquiera Mondale dispondría de libertad para decir lo que pensaba: Carter le había pedido que asegurase al primer ministro que Japón era un aliado importante y que la situación de los derechos humanos en países vecinos como Corea del Sur o Filipinas condicionaría en gran medida las políticas del nuevo gobierno. Evitar que alguien asista a una reunión, no obstante, quizá sea la versión más cruda del poder burocrático. Cada vez que Holbrooke se veía en una de esas —y fue a menudo—, luchaba por su espacio como gato panza arriba.
Armacost y Holbrooke tomaron juntos un vuelo comercial a París. Charlaron hasta bien entrada la noche y Holbrooke ojeó varios cablegramas de alto secreto, los rompió en pedazos y los metió en el bolsillo de su asiento. Armacost decidió que no quería inaugurar la nueva legislatura reactivando la guerra entre el CSN y el Departamento de Estado declarada por Kissinger en 1969. Antes de llegar a Tokio, encontró la manera de meter a Holbrooke en la reunión con el primer ministro japonés. (Tres años después, Armacost trabajaría con Holbrooke en Extremo Oriente).
De vuelta en Washington, Holbrooke, Lake, Gelb y Tarnoff advirtieron a Vance de que Brzezinski intentaba ya echarle el guante por intermediación de subordinados, difundiendo noticias en que quedaban todos retratados como izquierdistas recalcitrantes y también interceptando informes sobre políticas dirigidos al Departamento de Estado y desviándolos directamente a Carter
para su aprobación[36]. Instaron a Vance a contraatacar, pero este no quiso oír hablar del asunto y zanjó la discusión dando una fuerte palmada sobre su escritorio y afirmando con vehemencia que él sabía cómo trabajar con
Brzezinski[37]. Holbrooke y Gelb sí se sumaron a la batalla y recurrieron para ello a los numerosos amigos que tenían en la prensa. En Time apareció un reportaje que atacaba a Brzezinski citando a un funcionario anónimo del Departamento de Estado. Vance llamó a Gelb a su despacho: «¿Eres tú?», le
preguntó[38]. Gelb reconoció ser la fuente. «No vuelvas a hacer nada así —le ordenó Vance—. No es la manera. Lo único que conseguirás es extender el veneno y empeorar la situación. Yo trataré los asuntos que sea necesario con el presidente, pero no voy a hablar con él sobre Zbig ni sobre sinsentidos burocráticos. Voy a hablar con él sobre los problemas que nos atañen. Esa es la manera».
Esa era la manera antigua de hacer las cosas. Funcionó un tiempo, pero Carter venía de un mundo muy distinto al de Vance, y el primer asesor que hablaba al oído del presidente desde primera hora de la mañana, en el sacrosanto silencio del Despacho Oval, era Brzezinski. A Carter le atraía la agresividad de este. Y como todos los presidentes modernos, prefería puentear su propia burocracia. La guerra entre agencias se hizo inevitable.
El experto en China de Brzezinski en el CSN era un politólogo de Michigan llamado Michel Oksenberg. Holbrooke y Oksenberg compartían objetivo, a saber, establecer relaciones diplomáticas con la República Popular,
asunto en que tendrían que trabajar juntos[39]. Con vistas a eso, Holbrooke lo invitó a desayunar poco después de la investidura de Carter. «Quiero que nos comprometamos a una cosa —dijo Holbrooke—. No nos ocultaremos nada el uno al otro. Para no sembrar la rivalidad entre nosotros, tenemos que contarnos cuanto sepamos». Holbrooke intentaba resguardarse de la tormenta burocrática que se avecinaba. «Démonos la mano», ofreció Holbrooke, y eso hicieron.
Sin embargo, Oksenberg era leal a Brzezinski y Holbrooke, a Vance. En Washington, las lealtades importaban más que el estar o no de acuerdo con una política u otra, o si estrechabas la mano a alguien después de desayunar. La política exterior es muy dada a la hemorragia interna, por razones que nunca he entendido en verdad, que tal vez se aclaren a medida que avancemos en este relato. En cualquier caso, en el marco de la triste historia de las batallas por el favor del presidente, Brzezinski y Holbrooke pertenecían a una misma especie. Eran animales políticos, luchadores callejeros pagados de sí mismos que anhelaban visibilidad y consideraban el servicio del gobierno como una guerra en la que nadie gana. Estaban también de acuerdo sobre China: ambos querían avanzar con rapidez hacia el restablecimiento de las relaciones diplomáticas, a paso más ágil que Vance, quien no deseaba que el asunto alterase las delicadas conversaciones con la Unión Soviética en torno al Tratado SALT II sobre misiles nucleares, por no mencionar el del Canal de Panamá, al respecto del cual se esperaba un intenso debate en el Congreso. Vance debía hacer juegos malabares con todo el mundo, pero Holbrooke solo tenía jurisdicción, por así decirlo, sobre los países del Extremo Oriente, de los cuales el más importante era China. El hecho geopolítico clave de la década de 1970 fue la malísima relación que mantenían los dos gigantes comunistas, peor que la que ambos mantenían, respectivamente, con la superpotencia capitalista. De hecho, el temor chino a una expansión soviética dio a Estados Unidos una gran oportunidad estratégica. Mediada la década, las maniobras de apertura hacia China que Nixon y Kissinger pusieron en marcha habían entrado en punto muerto a causa de factores diversos: el Watergate, el contragolpe conservador y la radical Banda de los Cuatro que se hizo con el poder cuando a Mao le quedaba muy poco de vida. Con Mao muerto y la Banda de los Cuatro arrestada, el reformador Deng Xiaoping rehabilitó su autoridad y recuperó el poder. Por su lado, Estados Unidos tenía un nuevo presidente que quería entablar relaciones de paz con el mundo entero.
Vance voló a Pekín en agosto de 1977, junto con Holbrooke, Oksenberg y el segundo de Holbrooke, William Gleysteen, un veterano de Asia, para entablar conversaciones sobre el restablecimiento de las relaciones. El Partido Comunista Chino acababa de elegir su XI Comité Central, y las calles de Pekín eran un hervidero de cientos de miles de personas, que por última vez entonaban, sin demasiado entusiasmo, consignas para celebrar el maoísmo
revolucionario[40].
Los estadounidenses se alojaron en la misma casa que lo hiciera Nixon en 1972. Holbrooke no tardó en percatarse del patrón ritual que seguían las conversaciones con los chinos, que parecían replicar el antiguo y arduo camino de quienes buscaban ser recibidos en una audiencia por el emperador en la Ciudad Prohibida, a los cuales se hacía esperar durante días, y siempre se veían obligados a sobornar a los funcionarios de diferente rango en los patios del palacio, hasta que, por fin, se les franqueaba el acceso al salón del Trono Celestial y, tras haberse desprendido de cuanto poseían, se postraban ante el emperador con las manos vacías, igual que mendigos. Así pues, los diplomáticos estadounidenses fueron conducidos primero ante el ministro de Asuntos Exteriores, Huang Hua, quien esperó a comprobar si aquellos visitantes eran tan necios para cambiar de parecer unilateralmente. Vance esquivó la trampa y tras apenas dos reuniones con Huang Hua les fue anunciado que podrían ver a Deng Xiaoping.
Este los recibió en el Gran Salón del Pueblo, con su imponente entrada de dos alturas. Deng era un personaje diminuto, de metro y medio de altura, vestido con traje estilo Mao de un azul grisáceo. Los esperaba al final de un largo pasillo y parecía ir creciendo conforme los estadounidenses se acercaban. Sonreía, y esa sonrisa se les antojó adorable. (Cuando Blythe vio por primera vez a Deng, mientras este bajaba por la rampa de su avión oficial en la base Andrews de las Fuerzas Aéreas, durante su histórica visita a
Estados Unidos en enero de 1979, exclamó: «¡Qué mono es!»)[41] Deng era, ante todo, un hombre de negocios. A sus setenta y tres años disfrutaba de una tercera vida política, tras haber muerto dos veces en sendas purgas. «¿Sabe usted que soy el único hombre que ha resucitado dos veces?», le dijo a
Vance[42].. El presidente chino tenía prisa por poner en marcha la modernización de la economía de su país. Mientras Deng y Vance intercambiaban comentarios, Holbrooke quedó fascinado por la mirada de aquel; sus ojos resplandecían, enmarcados por unas gruesas bolsas de coriácea piel que parecían contemplar no a la persona a quien se dirigía, sino la sangrienta historia de la República Popular o el futuro de prosperidad y riqueza que esperaba al gigante comunista. Holbrooke nunca había conocido a un líder tan frío, despiadado y ágil en la superación de obstáculos, tan dispuesto a romper el cofre de la historia y apoderarse de las gemas que ocultara.
El único tema que perturbó la calma de Deng fue Vietnam. El líder chino lamentó con amargura la ingratitud vietnamita tras haberle prestado China ayuda durante las dos guerras libradas en su territorio. Cuando hablaba de ello, elevaba la voz enfadado y gesticulaba airadamente, y se extremaba en su discurso. A ojos de Deng, Vietnam estaba convirtiéndose en un satélite soviético, una «Cuba asiática». El antagonismo con China llegó a tal punto que, de hecho, en la guerra de Vietnam los chinos terminaron cambiando de bando. Deng tildaba de ingenuas a las palomas estadounidenses y prefirió siempre tratar con los halcones. Holbrooke no sabía en qué lugar situaba esto al líder chino, pero tenía claro que este conocía bien la historia que le era
contemporánea[43]. Cuando salió a colación Vietnam, Deng miró a Holbrooke de reojo por un instante.
Las conversaciones sobre el restablecimiento de las relaciones diplomáticas quedaron en agua de borrajas. Estaba a punto de inaugurarse el debate sobre el Canal de Panamá y Carter no tenía ningunas ganas de enemistarse con el Congreso, por lo que Vance, víctima de una rigidez incómoda, decidió no cejar en el compromiso estadounidense de mantener alguna presencia oficial en Taiwán. Esta decisión era un punto innegociable para China, así que Deng argumentó con rotundidad que el gobierno de Carter estaba dando un paso atrás con respecto al debate mantenido hacía tiempo con Ford y Kissinger. Los estadounidenses regresaron a casa con el peso de un viaje hecho en balde.
En retrospectiva, la historia parece haber seguido un curso ineludible, aunque el fracaso a la hora de negociar con Vietnam y China tuvo que ver con las oportunidades perdidas por una mala gestión de los tiempos o a causa de malentendidos entre las partes, o debido a que un funcionario sobre el terreno no se sintiera con la libertad o no tuviera el carisma necesario para aprovechar el momento. «La política no es un producto seco y hermético que emerge ya acabado de las cabezas de la gente —escribiría Holbrooke más tarde—. Muy a menudo, nace del conflicto entre egos y ambiciones, de incidentes,
desencuentros y engaños, tanto como de los planes mejor diseñados[44]». Para tener éxito, la diplomacia exige contar con respaldos desde casa y con algo aún más difícil de obtener: una lectura informada de la política del otro país, lo que es comparable a dominar un idioma extranjero que además se escribe en un alfabeto imposible. La diplomacia también necesita impulso, y el resto de 1977 y los primeros meses de 1978 transcurrieron sin movimientos en ninguno de ambos frentes. Para cuando se reanudaron las conversaciones, el terreno de juego había cambiado radicalmente.
Brzezinski vio el cielo abierto en el fracaso de Vance. A finales de 1977, se las arregló para que los chinos lo invitaran a visitar Pekín y fue entonces, tras varios meses de maniobras y subterfugios, cuando se ganó la autorización de Carter. Esto supuso la consumación de un hecho: la política al respecto de China había sido arrebatada de manos del Departamento de Estado y entregada al CSN. Vance quedó patidifuso y se resistió, pero terminó aceptándolo, y luego insistió en que Holbrooke y Gleysteen lo acompañaran en aquel viaje, programado para mediados de mayo de 1978. Durante los preparativos, Brzezinski trató a Holbrooke bastante mal y lo despojó de su función como coordinador de políticas para Extremo Oriente. Se negó a que leyera siquiera las cuestiones que había que debatir en las reuniones clave. Cuando Holbrooke presionó para que el Departamento de Estado desempeñara un papel de mayor peso, Brzezinski lo llamó a casa a las seis y media de la mañana y le amenazó a gritos con dejarlo en tierra. «Jamás he conocido a un hombre tan malhablado y miserable —se quejó Holbrooke ante Oksenberg—. Zbig me ha gritado tan fuerte por teléfono que ha despertado a
mi mujer[45]».
La humillación no amainó en ningún momento del viaje[46]. Durante el vuelo a China, Brzezinski mostró a Gleysteen las cuestiones que quería poner
sobre el tapete a condición de que no se las hiciera saber a Holbrooke[47]. Brzezinski planeaba mantener a Holbrooke y el resto del contingente del Departamento de Estado al margen del crucial encuentro con Deng. Cuando Holbrooke se percató, montó en cólera. Incapaz de luchar por su propia causa, reclutó a Leonard Woodcock, enviado especial de Carter a Pekín. El primer día en China, durante la cena, Woodcock trató de convencer a Brzezinski de que no infligiera un agravio tan flagrante, dándole a entender que a los chinos les extrañaría que el Departamento de Estado no se hallara presente en la sesión más importante de las conversaciones.
—¿Tú representas al Departamento de Estado, no? —preguntó Brzezinski.
—Francamente, yo creo que a quien represento es al presidente — respondió Woodcock.
Brzezinski ni se inmutó. Al día siguiente, durante una visita guiada a la Ciudad Prohibida, Gleysteen le suplicó:
—Zbig, estás cometiendo un grave error. Estás destruyendo los procesos de gobierno. Tienes que dejar que Holbrooke participe en la reunión.
—Que te den, Gleysteen —le espetó Brzezinski—. No voy a permitírselo.
Brzezinski y Deng veían el mundo a la luz de la amenaza soviética y ese enemigo compartido los acercaba uno a otro. Durante una visita a la Gran Muralla, rodeado de periodistas, Brzezinski retó a sus acompañantes chinos a echar una carrera hasta una de las torres que se alzaban a lo lejos: quien perdiera debería hacer frente a los rusos en Etiopía. Adulaba a sus anfitriones y coqueteaba con ellos ofreciendo transferencia de tecnologías y la posibilidad de compartir la labor de inteligencia, dejando claro a la vez que Taiwán no se interpondría en el mutuo reconocimiento de esas dos grandes naciones.
Nadie, ni siquiera los chinos, pudo ahorrarse el espectáculo de ver a Brzezinski profanando el cadáver de su enemigo caído. En los desfiles motorizados relegaba a Holbrooke siempre al último vehículo, hasta que en una ocasión, ciego de frustración, este se bajó de su coche y corrió hacia la cabecera para pedir a Woodcock que le permitiese subir al suyo. En una cena formal, la esposa de Brzezinski, llamada Muska, se rio de Holbrooke por su desaliño. Una mañana, Brzezinski se acercó a la mesa donde estaban su mujer y la esposa de Woodcock, Sharon, y, sosteniendo una bandeja imaginaria, les anunció: «Llevo aquí la cabeza de Richard Holbrooke y voy a servírsela a los chinos».
Holbrooke rabiaba. Imaginen los lectores a ese luchador feroz, en el meollo de una misión verdaderamente histórica —su papel era debatir los vínculos económicos y culturales con los chinos—, reducido a suplicar que le dejaran montar en un coche. De vuelta a Estados Unidos, a bordo del avión de las Fuerzas Aéreas, todo explotó: Brzezinski se negó a que Holbrooke ni ningún otro representante del Departamento de Estado vieran siquiera la transcripción de sus conversaciones con Deng hasta que él se hubiera reunido con Carter. «Que no las vea», ordenó Brzezinski a Oksenberg, quien, no habiéndose comprometido con esa lucha tanto como su superior, logró obtener autorización para ensenárselas a Gleysteen.
Muska y Zbigniew Brzezinski (centro) y Richard Holbrooke (derecha) en la Gran Muralla
China. Holbrooke Papers.
Holbrooke no pudo soportarlo. Recorrió a zancadas el pasillo del avión y agarró a Oksenberg del cuello de la camisa:
—¡Si no me entregas la transcripción de esas conversaciones, acabaré
contigo! —le gritó[48].
Oksenberg, que había quebrantado la promesa hecha durante aquel desayuno, agarró también a Holbrooke del cuello de la camisa y le dijo que quizá fuese él quien terminase destruido. Todo el mundo puso el grito en el cielo, incluido Gleysteen, quien jamás había visto nada igual en veinticinco años de servicio en el gobierno. Antes de que la cosa llegara a las manos, Holbrooke soltó a Oksenberg.
—¿Me estás amenazando? —inquirió.
China se convirtió en la palanca de que Brzezinski se valió para apoderarse de toda la política exterior. Él y Vance protagonizaban ya una carrera abierta para cumplir con los dos objetivos más importantes de Carter en ese ámbito para 1978: la normalización de las relaciones diplomáticas con China y el acuerdo de control de armamentos con la Unión Soviética. Habida cuenta de la hostilidad entre chinos y soviéticos, los avances en cualquier de estas dos misiones podían provocar descarrilamientos en la otra. Vance trataba de que se mantuviera una relación independiente con cada una de las potencias comunistas y se negaba a que Estados Unidos se dejase llevar por esa rivalidad. Brzezinski veía el mundo cada vez más desde el punto de vista chino. Quería escorarse hacia China para aislar a los rusos y contener sus incursiones en África y otras partes del mundo. A sus ojos, Vietnam era un satélite soviético en el Sudeste Asiático que amenazaba la paz en la región, pero por lo demás era secundario para la estrategia global estadounidense.
«Debe elegir: o Vietnam o China —le escribió Brzezinski a Carter en julio—. China es incomparablemente más importante para nosotros». Carter se negó a elegir y respondió en el mismo margen del informe: «Creo que una relación entre EE.UU. y Vietnam beneficiaría a China y perjudicaría a la
URSS»[49].
Holbrooke seguía tratando de hacer progresos en el Sudeste Asiático. De repente, en el verano de 1978, los vietnamitas reaccionaron como si les hubiera entrado prisa. La coyuntura estratégica había cambiado para ellos: en su frontera norte, China se mostraba cada vez más hostil y el aliado genocida de esta, los Jemeres Rojos camboyanos, llevaba tiempo preparando ataques desde el otro lado de la frontera, en el delta del Mekong. Vietnam quería obstaculizar cualquier posible acuerdo chino-estadounidense que fortaleciese a la potencia más amenazadora del continente.
El 22 de septiembre, reunidos los líderes mundiales en Nueva York para la Asamblea General de las Naciones Unidas, Holbrooke se entrevistó con un alto cargo vietnamita llamado Nguyễn Cơ Thạch. Se citaron en la nueva misión de Vietnam ante las Naciones Unidas, un apartamento mal equipado situado en Waterside Plaza, un complejo de torres de ladrillo de estilo brutalista a orillas del East River. Thạch recibió la noticia de que se mantenía la objeción estadounidense a la ayuda como condición previa al reconocimiento. «Así que la pelota está en nuestro tejado», le dijo el
vietnamita en francés[50]. Acordaron reunirse de nuevo el 27 de septiembre, en el mismo lugar.
Holbrooke llamó a Oksenberg de inmediato para informarle sobre las conversaciones a fin de que Brzezinski no pudiera acusarlo de operar en secreto. Oksenberg informó a su jefe sobre lo que Holbrooke tramaba. «Dick Holbrooke está adrenalínico, sin duda. Me ha llamado hoy, en cuanto ha salido de una reunión de tres horas con el vietnamita —notificó a Brzezinski —. Creo que Vietnam va a renunciar a su demanda de ayuda y vamos a vernos en una desagradable posición, sin mucho margen de maniobra. En caso de que sigamos adelante con estas negociaciones, podríamos terminar normalizando las relaciones con Vietnam antes que con China, lo que nos
complicaría mucho el restablecimiento de relaciones con los chinos[51]».
Oksenberg viajó a regañadientes a Nueva York para la segunda ronda de conversaciones. Acompañaba a Holbrooke su mano derecha, un funcionario llamado Robert Oakley que había trabajado en Vietnam, y estaba también Wisner. Un año y medio después de las fracasadas negociaciones de París, Thạch se preocupaba por dar a entender por todos los medios la voluntad de pasar página, pero no había explicitado aún la renuncia a la ayuda estadounidense. Tras una hora de diálogo sin sentido, Holbrooke recogió sus papeles y empezó a meterlos en su maletín, dejando traslucir así que estaba a punto de levantarse de la mesa.
—Déjeme hacerle una pregunta muy franca —dijo a su homólogo—. Cuando tras esta reunión regrese a nuestros despachos y el secretario de Estado me pregunte si Vietnam se ha mostrado receptivo ante nuestra postura,
¿qué debo contestar[52]?
Thạch no dio una respuesta directa. En su lugar, sugirió un descanso para tomar un té. Las pausas para el té entre estadounidenses y vietnamitas eran siempre el preámbulo de alguna declaración seria por parte de alguna de las partes. Thạch y Holbrooke se dirigieron a un rincón de la sala y charlaron en voz baja junto a una mesa con teteras y una bandeja de rollitos de primavera recién hechos. Cuando volvieron a sentarse a la mesa de negociación, Thạch dijo:
—Vamos a decirles lo que quieren oír. Estamos de acuerdo en dejar de considerar la ayuda norteamericana como condición previa para el
restablecimiento de las relaciones. Puedo garantizarlo[53].
¡Qué resistencia tenían aquellos diplomáticos! Tras un farol que se había mantenido durante cinco horas y dos reuniones, Thạch se mostró ansioso por ponerse manos a la obra y propuso incluso redactar un acuerdo allí mismo. Holbrooke alegó que necesitaría la aprobación de sus superiores. Entretanto, cada delegación pondría en marcha un equipo de trabajo para analizar las
posibilidades de abrir sendas embajadas en la capital del otro[54]. La República Socialista de Vietnam se quedaría con la antigua embajada de Vietnam del Sur en Washington. En el Departamento de Estado, unos cuantos funcionarios que habían trabajado en Saigón en tiempos presentaron su candidatura para ser los primeros en ir a Hanói.
—¿No es increíble? Estuvimos allí hace tantos, tantos años… Y míranos ahora, ¡tan cerca de normalizar relaciones! —exclamó Holbrooke, de vuelta de Waterside Plaza en un taxi, apretándole el brazo a su amigo Wisner.
Las guerras de Indochina no habían terminado. En las últimas semanas de 1978, la historia se dispuso a avanzar a pasos agigantados. Ocurrieron media docena de cosas a la vez.
Diez días antes de que Holbrooke alcanzara el compromiso con Thạch, Carter consiguió que Egipto e Israel firmaran los Acuerdos de Camp David. Carter quería apuntarse aún más tantos, pero el acuerdo con Vietnam era demasiado sensible para anunciarlo justo antes de las elecciones legislativas. Por razones de política interna, Holbrooke tendría que mantener a raya a los vietnamitas hasta noviembre.
A lo largo de septiembre, empezaron a aparecer en el mar de China Meridional frágiles embarcaciones cargadas de cientos de vietnamitas, muchos de origen chino, que huían de la persecución. El drama de estos refugiados ensombreció el cronograma de la normalización, como ocurrió asimismo con algunos informes de inteligencia a tenor de los cuales estaban dándose movimientos de tropas vietnamitas a lo largo de la frontera camboyana. Esto terminó de ralentizar los calendarios estadounidenses. Los vietnamitas, no obstante, seguían teniendo prisa, pues sabían dos cosas que aquellos no sabían. Estaban a punto de firmar un tratado de amistad —de mutua defensa, en realidad— con la Unión Soviética, como parapeto contra posibles agresiones chinas. Y además, estaban preparándose para invadir Camboya. Querían haber restablecido las relaciones con Estados Unidos antes de embarcarse en una y otra empresa.
El 11 de octubre, Carter se reunió en la Casa Blanca con Leonard Woodcock, al cargo de las negociaciones cotidianas con Pekín, y se sumó al
encuentro [55] motu proprio Brzezinski, pero Vance quedó fuera. Brzezinski y Woodcock persuadieron al presidente para aplazar la cuestión vietnamita
hasta que se hubieran resuelto los contenciosos con China[56]. Carter fijó una fecha límite para la normalización de las relaciones con Pekín: al día de Año Nuevo de 1979. Por el momento, habrían de guardar secreto al respecto. Ni siquiera podía enterarse el secretario de Estado adjunto para Extremo Oriente.
A finales de octubre, Holbrooke emprendió un viaje al Sudeste Asiático. Se reunió en Laos con el embajador vietnamita en una recepción diplomática celebrada en la capital, Vientiane. Desde allí viajó a Birmania, uno de los países más aislados del mundo: hubo de volar en helicóptero desde Mandalay hacia el norte, hasta Lashio, desde donde partía la Carretera de Birmania, construida por los británicos en la década de 1930 y utilizada por los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, que serpenteaba entre las montañas hasta alcanzar China. A Holbrooke le atraían la historia y los nombres de aquellos lugares remotos: era un auténtico romántico. «Estoy atormentado por el perenne prurito de las cosas remotas —dice Ismael al principio de Moby Dick, una de las citas literarias preferidas de Holbrooke—. Sueño con navegar por
mares prohibidos y abordar costas bárbaras[*]».
Fue entonces cuando le llegaron pésimas noticias. Según la Agencia de Noticias vietnamita, un «dignatario estadounidense» había acogido «calurosamente» al embajador vietnamita en un encuentro de carácter
informal en Vientiane[57]. Ese dignatario habría declarado que, tras las elecciones legislativas en Estados Unidos, se retomarían de manera simultánea las relaciones diplomáticas tanto con Vietnam como con China; la agencia añadía, no obstante, que un cargo estadounidense (debía referirse a Brzezinski) «estaba presionando a los responsables del Departamento de Estado encargados de los asuntos concernientes al Sudeste Asiático para que siguieran coqueteando con China y conteniendo a Vietnam». Esta noticia fue analizada por la CIA, que la hizo llegar al CSN y terminó aterrizando en el escritorio de Michel Oksenberg dentro de la remesa diaria de documentos de inteligencia. Oksenberg la mostró a Brzezinski, quien se dirigió directamente al Despacho Oval y exigió que el presidente llamase al orden y cesara a aquel dignatario insubordinado que estaba en Asia.
A Holbrooke le llegó un mensaje por radio en Mandalay, en el que le hicieron un breve bosquejo de la crisis que se avecinaba. Vance quería una explicación.
Mientras Holbrooke estaba al otro lado del mundo, sus enemigos en Washington preparaban su ejecución. Ese «perenne prurito de cosas remotas» dejó de repente de mortificarlo y regresó de inmediato a Rangún, donde lo esperaba un golpe de buena suerte: Frank Scotton, su viejo amigo de Vietnam, que había entrenado a oficiales sudvietnamitas para hacer la guerrilla, trabajaba allí como hombre de confianza del Servicio de Información de Estados Unidos en Birmania. Scotton tuvo una brillante idea, que solo podía ocurrírsele a alguien que había dedicado una década de su juventud a librar guerras propagandísticas contra un taimado movimiento insurgente: ¿por qué no atribuir esa noticia a un acto de desinformación perpetrado por los soviéticos?
A altas horas de la madrugada, en Rangún, Scotton despertó a la persona encargada de las comunicaciones con la CIA. Se reunieron en la sala segura de las dependencias estadounidenses en la capital birmana, donde Holbrooke dictó un cable que el tipo de la CIA escribió y Scotton revisó, a fin de garantizar su plausibilidad. Entonces lo enviaron dentro de un lote de informes de inteligencia. Llegó a la CIA y luego fue recibido en el Departamento de Estado por otro amigo de la época de Holbrooke en Vietnam, Peter Tarnoff.
La idea de Scotton salvó la carrera de Holbrooke. La tapadera funcionó a pedir de boca y Holbrooke llevó el juego a un extremo al que ningún burócrata en su situación (estuvo a un pelo de que lo cesaran) se habría atrevido nunca más a jugar. De vuelta en Washington, Holbrooke filtró la historia (sin confesar, como es obvio, que era falsa) a los periodistas conservadores Rowland Evans y Robert Novak. En la columna que ambos firmaban en varios diarios contaron que, según los analistas de la CIA, Brzezinski había sido engañado por su némesis, la Unión Soviética, y que esta buscaba socavar las relaciones chino-estadounidenses y enemistar entre sí a
altos cargos de la diplomacia de Estos Unidos[58]. Brzezinski montó en cólera: por una vez, le habían ganado. Holbrooke se reafirmaría en aquella mentira
hasta el fin de sus días[59].
Las cosas en Extremo Oriente estaban saliéndose de madre. El 2 de noviembre, Leonard Woodcock entregó a los chinos el comunicado oficial de Carter donde proponía el establecimiento de plenas relaciones diplomáticas a partir del 1 de enero. Al día siguiente, Hanói y Moscú firmaban un acuerdo de amistad. Holbrooke regresó del Sudeste Asiático el 6 de noviembre, un día antes de que las elecciones al Congreso colmaran de buenas noticias al Partido Republicano (augurio de lo que habría de llegar en 1980). Esa misma semana, la oficina de inteligencia del Departamento de Estado concluía que Vietnam estaba preparando la invasión de Camboya. La normalización con Vietnam perdía impulso y la normalización con China se aceleraba.
La formalización de las relaciones con la República Popular China conllevaba el final de las relaciones con la República de China (Taiwán), así que se cerraron todas las oficinas estadounidenses en la isla y se dejó que expirara el tratado de mutua defensa.
El último punto de desacuerdo entre Washington y Pekín se refería a si Estados Unidos seguiría vendiendo armas a Taiwán para que los nacionalistas pudieran defenderse en caso de un ataque comunista. Con la negociación en manos de Brzezinski y Woodcock, el papel de Holbrooke como miembro del Departamento de Estado del equipo dedicado a las negociaciones con China se limitó a informar al Congreso y mitigar las reacciones que provocaría el haber dado de lado a Taiwán.
Woodcock y Deng mantendrían su conversación decisiva el miércoles 13 de diciembre. La víspera, Holbrooke fue a cenar con Strobe Talbott y su esposa a un nuevo restaurante vietnamita en Georgetown. Talbott había recibido el chivatazo de que Carter estaba a punto de ordenar que se reconociera a la República Popular y le preguntó a Holbrooke si era cierto. Este lo miró a los ojos y mintió: «En absoluto». Al día siguiente, Woodcock y
Deng se sentaban en el Gran Salón del Pueblo[60]. Cuando los cablegramas llegaron a la Sala de Crisis de la Casa Blanca, esa mañana a primera hora,
Brzezinski no dejó que los leyera ni siquiera su ayudante Oksenberg[61]. Al final, alrededor de las diez y media de la mañana, Brzezinski convocó a este a su despacho: «El trato está hecho. La normalización va a producirse. El presidente quiere anunciarlo el viernes por la noche por televisión. Hay que redactar el discurso».
Transcurrían las horas del día y Holbrooke llamaba una y otra vez a
Oksenberg para averiguar qué había ocurrido en Pekín[62]. Este siguió mintiendo para despistarlo. En el Departamento de Estado todos seguían pensando que el anuncio público sobre China se haría el 1 de enero, después de que Vance zanjase las conversaciones sobre armas estratégicas en Moscú. Brzezinski le había adelantado por la derecha una vez más: China sería el asunto prioritario. Vance, no estaba allí para presentar sus alegaciones, pues se encontraba en Jerusalén. En su ausencia, el Departamento de Estado había quedado a cargo de su segundo, Warren Christopher. Holbrooke dijo a este que la Casa Blanca estaba postergando la publicación de información crucial proveniente de Pekín. Christopher llamó entonces a Brzezinski, quien lo convocó en la Casa Blanca a última hora de esa tarde. Christopher, abogado de clase alta y rictus gélido, se dio cuenta de que Holbrooke estaba de un humor displicente y agresivo, y se escabulló del edificio sin decir palabra al secretario adjunto.
En la Casa Blanca, Brzezinski compartió con Christopher las buenas noticias. Por fin, este preguntó:
—¿Cuándo se enterará Dick Holbrooke de esto?
—Bueno —contestó dijo Brzezinski esbozando una sonrisa de satisfacción—, tal vez el viernes por la noche.
Eso quería decir: dos días después, como el resto de ciudadanos estadounidenses. Le aseguró que Holbrooke tenía fama de filtrar información a la prensa y le dijo que Carter no quería que participase de aquello. Christopher, no obstante, temía que su secretario adjunto dimitiese por haber sido excluido. En última instancia, hacia las diez y media de esa noche, se le permitió llamar a Holbrooke, que ya se había metido en la cama, pero seguía despierto, dándole vueltas a la cabeza.
—Estoy aquí, en el despacho de Zbig y tenemos un mensaje de Pekín — anunció Christopher—. ¿Quieres venir a verlo?
Cuando Holbrooke leyó el cable de Woodcock y el borrador de respuesta de Brzezinski a Deng, detectó al instante un problema. Estaba claro que los chinos no aceptaban ni entendían que Estados Unidos se reservase el derecho de vender armas a Taiwán. Quedaban por resolver ambigüedades deliberadas con respecto de esa cuestión fundamental, aunque sin una declaración bien clara sobre la defensa de Taiwán —argumentó Holbrooke—, el apoyo político del gobierno estadounidense se volatilizaría.
—Zbig, Chris: si enviáis ese mensaje, jamás lograremos que el Congreso apruebe lo que hemos hecho.
Brzezinski desdeñó las inquietudes de Holbrooke. Él iba a ser el protagonista de aquel asunto. Sin embargo, Holbrooke tenía razón: los chinos asumieron que se pondría fin a la venta de armas a Taiwán, y esa suposición amenazó con echar por tierra el acuerdo poco antes de que Carter lo anunciara. Hicieron falta dos reuniones más en el Gran Salón del Pueblo, en las que Woodcock y Deng acordaron, en esencial, pasar por alto los desencuentros para cerrar un pacto que ambas partes deseaban desesperadamente. Carter pudo por fin aparecer en televisión el 15 de diciembre para hacer un anuncio impactante: el primer día de 1979, el país más poderoso del mundo establecería relaciones diplomáticas con el más populoso del mundo.
Una semana más tarde, en Moscú, los soviéticos comunicaron a Vance que el haber normalizado las relaciones con China justo en ese momento empañaba las conversaciones sobre armamento, justo cuando ambas partes