Nuestro hombre

George Packer · Capítulo 14 de 41 · parte 3/3

Páginas del PDF

Nuestro hombre

Apretar los dientes

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

estaban a punto de entenderse[63]. El Tratado SALT II no se firmó hasta seis meses después y, en efecto, nació muerto.

Diez días después del anuncio de Carter, en Navidad, trece divisiones vietnamitas integradas por un total de ciento cincuenta mil soldados cruzaron la frontera camboyana y atacaron al ejército de los Jemeres Rojos. El 7 de enero entraban en Nom Pen.

 

Resultó que Brzezinski tenía razón en muchas cosas. Estaba en lo cierto cuando juzgaba el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con China como el objetivo más importante de los años de Carter. Tenía razón también al mostrarse escéptico respecto a la normalización con Vietnam y al considerar que la Unión Soviética violaba los derechos humanos intramuros y se comportaba como una potencia colonial en África y Asia. Su forma de entender el mundo, marcada por una visión de línea dura condicionada por la guerra fría, quedó de sobra confirmada en el momento en que Carter dejó el cargo.

Sin embargo, Brzezinski con sus posicionamientos ayudó asimismo a derribar los últimos pilares que sostenían el consenso posterior a la Segunda Guerra Mundial, y sembró la crueldad y el engaño en el corazón de las labores de gobierno, imposibilitando que quienes trabajaban para un mismo presidente pudiesen confiar unos en otros. Holbrooke era joven, fuerte y se parecía lo suficiente a Brzezinski para sobrevivir, aunque sus heridas se volvían evidentes en el silencio que de por vida mantendría sobre el daño que Brzezinski le había hecho. Holbrooke opinaba que Vance jamás se

recuperaría de los acontecimientos de aquella semana[64]. A finales de 1980, cuando ya había abandonado el cargo, y pasando por alto cualquier código de conducta, Vance confesó a Holbrooke: «Sigo sin entender cómo el presidente

se dejó engañar por Zbig. Es un embustero, un tipo malvado y peligroso»[65].

A Brzezinski, al igual que a Kissinger, le encantaba el espectáculo del poder cuando este se ejercía para su propio beneficio. En enero de 1979, Deng Xiaoping llegó en visita de Estado a Estados Unidos, y fue el invitado de honor a una cena celebrada en casa de los Brzezinski, en Virginia. El líder chino hizo saber a los estadounidenses que su país planeaba dar a los vietnamitas «una lección» por derrocar a sus amigos camboyanos, los Jemeres Rojos. Brzezinski apenas logró contener su entusiasmo. Deng contaba con la bendición implícita de Estados Unidos para declarar una guerra. Brzezinski, más tarde, describió aquello como «la demostración más impresionante de poder puro que he presenciado en mis cuatro años en la Casa Blanca […]. En mi fuero interno deseé que el gusto de Deng por el ejercicio de ese tipo de poder se contagiase a algunos de los principales responsables de la toma de

decisiones de nuestro país»[66].

La «lección» de dieciséis días impartida por Deng en febrero de 1979 supuso la muerte de veinte mil personas —diez mil soldados y civiles vietnamitas e igual número de soldados chinos— y dejó en ruinas una gran parte de Vietnam del Norte que se había librado de los bombardeos

estadounidenses[67]. Así era ese poder puro. Esa guerra no le hizo ganar nada a China; si alguien enseñó una lección, fueron los vietnamitas. Diez años más tarde, Deng volvería a demostrar su gusto por el ejercicio del poder, enviando al Ejército Popular de Liberación a la plaza de Tiananmen para sofocar a veinticinco mil quinientos manifestantes pacíficos y aplastar el movimiento prodemocrático al menos durante dos generaciones más.

Brzezinski, a diferencia de Kissinger, no se deleitó en su propia indiferencia ante el sufrimiento humano, impuesta por el arte de gobernar, pero al igual que aquel veía el mundo como una competición entre grandes potencias. La catástrofe de un país como Camboya estaba condenada a convertirse en un asunto secundario.

Ken Quinn era otro de los funcionarios del Servicio Diplomático destinado en el delta del Mekong, junto a la frontera con Camboya. Un día de 1973, ascendió una colina, oteó más allá de la frontera y descubrió columnas de humo y fuego que se elevaban sobre aldeas en kilómetros a la redonda. La decisión de Nixon y Kissinger de llevar la guerra de Vietnam a Camboya había acelerado el auge de los Jemeres Rojos comunistas, y aquella zona estaba bajo su control. Quinn entrevistó a refugiados que habían huido a Vietnam del Sur y comenzó a hacerse una idea de cómo debía de ser la vida bajo el régimen de los Jemeres Rojos. A principios de 1974, envió un informe de alto secreto de cuarenta páginas al Departamento de Estado, donde describía una partitocracia basada en el terror totalitario, que recordaba a la Alemania nazi y a la Rusia estalinista, y cuyo objetivo era reconstruir la

sociedad camboyana y la conciencia del pueblo jemer desde cero[68]. Los comunistas camboyanos, lejos de estar controlados por Hanói, como creían Kissinger y otros altos cargos estadounidenses, mantenían relaciones cada vez más hostiles con los comunistas de Vietnam.

El informe de Quinn fue el primer análisis estadounidense de los Jemeres Rojos. Washington lo pasó por alto completamente. El año siguiente, en abril, los Jemeres Rojos se hicieron con el poder, rebautizaron el país como Kampuchea Democrática, se aislaron del resto del mundo y empezaron a poner en práctica sus radicales convicciones, como Quinn había descrito. De forma paulatina, empezaron a filtrarse desde Camboya, merced a los pocos que lograban escapar, noticias de trabajos forzados, hambrunas y matanzas. Esas historias resultaban inverosímiles, como suele ocurrir con los genocidios en sus etapas primeras, y a la política estadounidense esas verdades le cogían a contramano. Washington no se apresuró a denunciar al aliado de China; muchos izquierdistas, como Noam Chomsky, defendieron a los Jemeres Rojos, y la ciudadanía no quería prestar más atención a Indochina. Durante su primer año, el gobierno de Carter no tuvo nada que decir sobre Camboya. Con una excepción.

En julio de 1977, Holbrooke fue llamado a testificar ante una subcomisión del Congreso presidida por un congresista de Brooklyn llamado Stephen Solarz, en cuyo distrito vivían más supervivientes del Holocausto que en ningún otro lugar del país. Solarz quería llamar la atención sobre Camboya. Al salir del despacho de este, en el Capitolio, Holbrooke se pasó por la mesa de Quinn. Holbrooke conocía el informe clasificado y preguntó a Quinn qué debía exponer ante la subcomisión. Quinn era el tipo de funcionario del Servicio Diplomático que gustaba a Holbrooke: había prestado servicio cara a cara con la guerra en el delta del Mekong, y sus informaciones sobre los Jemeres Rojos contradecían las opiniones de sus superiores. Cuanto decía Quinn sonaba a la verdad que posee quien conoce el terreno. En cinco minutos, le resumió sus hallazgos a Holbrooke, que seguía de pie ante el escritorio de Quinn.

«El nuevo gobierno pretende restructurar radicalmente la sociedad y el carácter de los camboyanos —explicó Holbrooke a la subcomisión de Solarz, haciéndose eco de Quinn—. La herramienta utilizada para acelerar el cambio es la coerción. Las libertades políticas individuales se han erradicado o han

quedado subordinadas a metas colectivas[69]». Los Jemeres Rojos llevaban en el poder más de dos años y Holbrooke estimó que el número de víctimas eran «decenas de miles, si no cientos». Algunos periodistas daban cifras de más de un millón. «Hemos declarado que nuestra política sobre derechos humanos es de aplicación en Camboya. Déjenme hoy hacer hincapié en ello aquí. No podemos dejar que nuestro silencio se entienda como aquiescencia al respecto de los trágicos sucesos que están dándose en ese país. Me gustaría dejar constancia, en los términos más enérgicos de que sea capaz, que deploramos lo que está ocurriendo ahora mismo en Camboya». Holbrooke preparaba así el terreno para las malas noticias. «Siendo realistas, no puedo decir, sin embargo, que podamos hacer algo en un futuro cercano para mejorar la lamentable situación que está atravesando el pueblo jemer». La única herramienta de que podía servirse Estados Unidos, no obstante, era la ayuda a los refugiados.

De vuelta a su despacho, Holbrooke pasó de nuevo por la mesa de Quinn.

—Eso es justo lo que tenemos que hacer —le dijo.

Holbrooke fue el primer funcionario estadounidense en denunciar los crímenes de los Jemeres Rojos. Sus observaciones no influyeron en absoluto en las políticas en curso. Estados Unidos no ejercía influencia alguna sobre Camboya. ¿Era políticamente moral señalar un crimen flagrante pero no actuar para acabar con él, guardando además silencio al respecto? La única solución real —organizar una fuerza internacional para rescatar al pueblo jemer de lo que un escritor francés había descrito como «primer autogenocidio de la historia»— era tan extremada que en el gobierno solo la defendió George McGovern, el senador contrario a la guerra al que Nixon había ganado por goleada en 1972. «¿Hemos de hacernos a un lado y contemplar cómo masacran a la población? —preguntó McGovern en una audiencia ante la comisión de Relaciones Internacionales del Senado—. ¿O

hemos de comandar una fuerza militar y poner fin a la barbarie?»[70].

Era 1978 y las estimaciones sobre víctimas en Camboya iban del millón a los tres millones. Estados Unidos tenía una parte de responsabilidad en aquel genocidio y, por pura angustia moral, McGovern quiso poner sobre la mesa lo que vino en llamarse una «intervención humanitaria». La idea espantó a izquierda y derecha y en el gobierno de Carter nadie le dio pábulo. Quince años más tarde, Holbrooke firmaría una iniciativa similar, solo que más cerca de casa. Pero en 1978 y en el Sudeste Asiático, esa propuesta no tenía futuro.

Los derechos humanos fueron la principal aportación de Jimmy Carter a la

política internacional estadounidense[71]. Los colocó en el centro de su campaña —Holbrooke escribió varios pasajes de sus discursos al respecto— y creó el cargo de secretario de Estado adjunto sobre Derechos Humanos y Asuntos Humanitarios, que otorgó a una activista inflexible de los derechos civiles, Patricia Derian. Tony Lake fijó reuniones mensuales con un equipo de trabajo presidido por Warren Christopher, en el que Derian opinaría sobre las implicaciones en materia de derechos humanos de los distintos programas de ayuda y también de las ventas de armamento. Carter y sus subordinados mencionaron los derechos humanos en discursos a lo largo de toda la presidencia.

Sin embargo, una cosa era escribir un discurso y otra llevarlo a la práctica. Los derechos humanos lucharon por tener oxígeno político desde las primeras semanas del gobierno de Carter, pues eso que llamamos «interés nacional» era siempre prioritario y Holbrooke, cuyo objetivo primordial era restaurar la hegemonía estadounidense en el Pacífico, se mostraba enérgico en particular en anteponerlo a todo lo demás. Quería vender aviones F-5 al régimen indonesio, que estaba llevando a cabo una represión masiva sobre Timor Oriental. Quería también renovar las concesiones de dos grandes bases estadounidenses en Filipinas, bajo el mando del dictador Ferdinand Marcos. Derian argumentaba que esos acuerdos deberían subordinarse a la salvaguarda de los derechos humanos y viajó por toda Asia dando conferencias a jefes de Estado, como si fueran gobernadores del sur de Estados Unidos necesitados de educación humanitaria. Holbrooke consideraba a Derian una intrusa temeraria e ingenua.

En abril de 1977, pasó veinticuatro horas con Blythe en el gigantesco yate presidencial de Ferdinand e Imelda Marcos, comiendo, bebiendo, bailando, haciendo esquí acuático y advirtiendo a Marcos de que al presidente Carter le

preocupaban sumamente los derechos humanos[72]. Al final Holbrooke consiguió que se renovaran las concesiones de las bases y, por su lado, Marcos liberó al líder de la oposición, Benigno Aquino, y lo mandó al exilio. Holbrooke lo consideró un éxito, pero para Derian aquello era venderse.

Ambos se gritaron a la cara[73]. Filipinas continuó siendo un aliado estadounidense y una dictadura corrupta.

Otro ejemplo: Carter accedió al poder decidido a retirar las tropas estadounidenses de Corea del Sur. ¿De dónde sacó aquella idea? Cómo no, del artículo que había publicado Holbrooke en New York Times Magazine en 1975. Ya en el cargo, Holbrooke se retractó de lo dicho en ese artículo, llegando incluso a negar su existencia. Hizo a Gelb prometer que no lo mencionaría a nadie y se mostraba tan susceptible con el asunto que este tuvo que dejar de bromear al respecto. Holbrooke y otros colegas consiguieron que Carter revirtiera su postura, si bien el precio del éxito fue una dura bronca por parte del presidente durante un viaje a Seúl, en 1979. En mayo de 1980, cuando soldados surcoreanos masacraron a cientos de manifestantes en Gwangju, Holbrooke apoyó el silencio estadounidense. Unos meses después, intervino discretamente para evitar la ejecución del líder disidente Kim Dae Jung.

Estos eran los típicos casos en que el interés nacional se imponía a los principios universales. Holbrooke priorizaba los primeros, haciendo a la vez gestos a favor de los segundos. Camboya, no obstante, era otro asunto. Las matanzas eran masivas y habían sufrido cinco años de guerra civil y, antes, los bombardeos estadounidenses. En los cuatro años de terror se había masacrado a un cuarto de la población del país. Ahora, la invasión y ocupación vietnamita, la tercera guerra de Indochina, propagaba la hambruna y provocaba un flujo masivo de refugiados hacia la frontera con Tailandia. La política estadounidense era no reconocer que Vietnam había liberado al pueblo camboyano de un régimen genocida, y tampoco garantizar que llegase la ayuda humanitaria a ese país hambriento, sino prolongar el conflicto en aquel nuevo campo de batalla de la guerra fría todo el tiempo que fuera necesario, hasta que Vietnam pleitease por la paz. A raíz de las objeciones presentadas por Holbrooke, Brzezinski alentó a los tailandeses a que hicieran llegar armas chinas a los combatientes jemeres que vivían en los

campamentos de refugiados[74]. El gobierno estadounidense se negó a usar el término «genocidio» en alusión a lo que estaba ocurriendo en Camboya.

 

Richard Holbrooke y Ferdinand Marcos. Holbrooke Papers.

 

En septiembre de 1979, las Naciones Unidas debatieron si entregar el sillón de Camboya a la Kampuchea Democrática, es decir, a Pol Pot y a los remanentes de su régimen asesino, que se refugiaban en las selvas del oeste del país. La noche anterior a la votación, Vance mandó llamar a Holbrooke y

repasó con él los pros y los contras[75]. Holbrooke señaló que un voto negativo supondría para Estados Unidos muchos más costes que ganancias y sería una recompensa a la agresión vietnamita. Los aliados de Estados Unidos en el Sudeste Asiático, en especial Tailandia, temían a Vietnam y querían aislar al gobierno títere de Nom Pen. Por supuesto, dejar el asiento vacío quedaba fuera de toda discusión. Al día siguiente, Estados Unidos votó junto con la mayoría de la Asamblea General dar la plaza de Camboya en las Naciones Unidas a los Jemeres Rojos.

Holbrooke juzgó esta decisión «el lance más complicado» que hubiera resuelto jamás en política. «Iba en contra de mis opiniones personales. Pero

yo era un funcionario público y tuve que apretar los dientes[76]».

Los funcionarios públicos toman juramento y, en virtud de este, en efecto, se comprometen a apretar los dientes. Digan lo que digan los estadistas en sus discursos y memorias, la función pública pocas veces tiene que ver con salvar vidas o mitigar el sufrimiento: tiene que ver con apretar los dientes. Hasta Jimmy Carter, quien miraba a Henry Kissinger con displicencia, era incapaz de escapar a la fría lógica: tenía que apoyar a Pol Pot. El gobernante debe velar por los intereses nacionales y muy a menudo hay que sacrificar el equivalente a unos pocos millones de camboyanos traumatizados, y el sacrificio resulta más fácil, porque esos camboyanos apenas se ven y se les olvida con facilidad cuando se hace política desde las copas de los árboles.

Si Holbrooke hubiera tenido éxito en las conversaciones con los vietnamitas de 1977 y 1978, el futuro habría deparado quizá otras cosas para Camboya. Estados Unidos habría asumido un papel mediador en el Sudeste Asiático y se habría evitado la tercera guerra de Indochina y otra década de tormentos para el pueblo jemer. Holbrooke perdió esa batalla y siguió la corriente de la política de castigo a los camboyanos en nombre del interés nacional estadounidense.

Esa fue la lección más importante que aprendió Holbrooke en su primera cata de poder. Me he extendido más de lo que tenía planeado acerca de lo ocurrido durante esos años porque me doy cuenta de que dan una visión importante sobre la historia que quiere contar este libro. Las buenas personas imaginan que el gobierno de su país ha de ser bueno y hacer el bien en el mundo: en especial las buenas personas estadounidenses. Nos gusta imaginarnos conjurando la Declaración de Independencia, que tan presente estuvo en el eslogan de la campaña de Carter en 1976. No nos ajustamos de manera natural a la realpolitik, y Carter alcanzó algunos objetivos de valor resistiéndose a ella, de los cuales el más importante fue convertir los derechos humanos en una cláusula permanente de nuestro idioma político, aunque fuese de boquilla. Sin ellos, el interés nacional podría terminar justificando cualquier cosa. No cejemos en esa idea, así pues, aunque sepamos que no es la prioridad de los gobiernos. Mostrémonos infelices cuando los altos cargos no estén a la altura, pero no nos sorprendamos.

Blythe se instaló en Washington presuponiendo que encontraría un empleo adecuado y que podrían llevar una buena vida juntos. Holbrooke, entregado por entero a su jovencísima, ágil e irritable esposa, movía cielo y tierra por complacerla. Se mudaron a un gran apartamento cercano a Embassy Row que él no podía permitirse, y la llevó consigo a los viajes oficiales por Europa y el Pacífico: se alojaban, por poner dos ejemplos, en el cuarto de invitados del embajador estadounidense en Roma o en los alojamientos destinados a militares del Mando del Pacífico, en una playa de Honolulú. No es fácil llevar una buena vida cuando no tienes dinero.

Trabajar desde las copas de los árboles te permitía conocer a líderes mundiales y a la vez te obligaba a gorronear todo lo posible. El salario de Holbrooke era de unos treinta y seis mil dólares netos. Había retirado los nueve mil que tenía en el fondo de pensiones del Servicio Diplomático y Harriman le prestó otros trece mil. Pedía que le reembolsaran hasta los gastos más nimios. Cada vez fallaba más con la pensión de sus hijos, hasta que recibió una carta firmada por un amigo de Litty, abogado de profesión. Blythe no mostraba interés alguno por los hijos de Holbrooke. Pese a sus esfuerzos, más bien irregulares, este los veía menos que nunca.

La ambición de Blythe era convertirse en escritora —tenía cierta vena para la sentenciosidad acerba, al estilo Didion— y Holbrooke le presentó a todos los editores que conocía (Wisner juzgaba aquello un importante conflicto de intereses), pero ese «empleo adecuado» se le resistía. Los amigos de Holbrooke no se interesaban por ella, y tampoco a la inversa. Él se mostraba despreocupado y se aseguraba de que Blythe pasara tiempo con Gelb y los Harriman, y con el resto de compañeros del Departamento de Estado. Ella vestía demasiado provocativamente para el departamento: en una ocasión, Holbrooke fue a la base de las Fuerzas Aéreas de Andrews para recibir al primer ministro japonés, y Blythe se presentó con unos vaqueros y una sencilla blusa. Los japoneses se escandalizaron y no lo olvidaron; a partir de ese momento, juzgaron a Holbrooke un tipo descuidado y poco respetuoso.

Blythe no soportaba Washington, por motivos no demasiado originales: la ciudad rebosaba de hombres aburridos y egoístas que no hacían distingos entre el trabajo y la vida personal. Es fácil imaginar su particular frustración, siendo una mujer joven y más inteligente que la mayoría de mentes mediocres que dirigían el gobierno de Estados Unidos. No la tomaban en serio: sus jefes en la televisión pública envidiaban todas las invitaciones que recibía por el hecho de ser la esposa de Richard Holbrooke. Aunque aferrarse a él había sido una maniobra astuta, en cualquier caso ella quería ser reconocida por derecho propio. Como Pamela Harriman, Blythe jugaba sus cartas para obtener esas cosas a las que solo los hombres se sentían con derecho. Y estos se burlaban por ello.

Una noche, cuando Blythe llevaba un año en Washington, un tipo que se sentaba a su lado durante una cena en casa de Katharine Graham le preguntó:

—¿Qué le parece Washington?

—Es maravilloso —respondió ella.

—¿Le gustaría escribir sobre ello para mí? —propuso él. Era el editor de Newsweek.

Al día siguiente, Blythe se sentó ante su máquina y escribió, à la Didion: «En los días malos, cuando alguien me pregunta cómo estoy, respondo: “En Washington”». La reflexión clave llegaba a la mitad del artículo: «Claro que hay sexo, pero el único romance que se vive en la ciudad es el que se mantiene con el poder».

Le mostró el artículo a Holbrooke, consciente de los problemas que podría acarrearle. «Si no quieres que lo publique, no lo haré». Pero a él le encantó el texto, y le contestó que quizá se convirtiera en la próxima Tom Wolfe. Eran cómplices en el delito; el éxito de ella sería en parte también suyo. Cuando se publicó la columna, titulada Why I Hate Washington («Por qué odio Washington»), él hizo decenas de copias y las distribuyó orgulloso a sus desconcertados empleados y colegas, que interpretaron la pieza como un sutil ataque contra el marido de la firmante. Por un breve periodo, Blythe estuvo de moda en la capital del país. La futura exesposa de Bob Woodward obligaba a este llevar una copia de la columna en el bolsillo. Las mujeres políticas estaban del lado de Blythe, pero las anfitrionas de cada casa estaban deseando pillarla con la guardia baja. Pam regañó a Holbrooke por la indiscreción de su esposa y este de repente se recompuso. Si debía elegir entre Blythe y los Harriman, lo tenía claro. Comenzó a trabajar más horas que nunca. Blythe, aún en la veintena, se sintió abandonada.

A finales de 1979, ella regresó a Nueva York. Holbrooke quería recuperarla y se encerraba en su despacho para hablar por teléfono con Blythe durante horas. El matrimonio, no obstante, se encaminaba hacia un desenlace inevitable. Un día, un asistente de personal llamado Jeff Bader estaba revisando el correo de Holbrooke y se topó con un documento legal remitido por el abogado de Blythe en que se exigía que Holbrooke presentara las alegaciones por las que el matrimonio no habría de disolverse. Bader dio por hecho que su jefe esperaba esa carta, pero cuando este la vio, se quedó lívido: «¿De dónde ha salido esto?».

Holbrooke se instaló de nuevo en la casa de huéspedes Harriman en la calle N, como un animal herido que regresa al cubil de su manada. Lloró abiertamente sobre el hombro de su amiga Sally Quinn, la esposa del editor del Washington Post, Ben Bradlee, y acudió a varias exnovias en busca de consuelo, entre ellas a Gail. Gail estaba casada y había tenido hijos; tras almorzar dos veces con él, se negó a seguir viéndolo. Antes del juicio, Holbrooke pidió a Gelb que testificara que él y Blythe no habían mantenido relaciones sexuales durante más de un año.

—¿Es eso verdad? —quiso saber Gelb, incapaz de resistirse a preguntarlo —. Si me hacen declarar bajo juramento no me veo capaz de mentir.

—Di que te lo dije yo, y ya está —pidió Holbrooke—. Siento obligarte a hacer algo así.

Gelb habría mentido por su amigo, pero el caso es que Blythe no se presentó al juicio, así que se formalizó un divorcio incausado. Para entonces, ya se había cambiado el nombre a Blythe Holbrooke, con el que firmó los dos libros que escribiría más tarde.

La última vez que Holbrooke vio a Blythe fue en el otoño de 1980, durante una visita a Nueva York para finiquitar los trámites del divorcio y trabajar en el asunto del voto estadounidense a favor de que los Jemeres Rojos tuvieran lugar en las Naciones Unidas. «¿Pol Pot, Dick? —le preguntó Blythe, incrédula, cuando hubieron firmado los últimos documentos—. ¿Cómo has podido?».

 

Pero no es este el final de esta parte de la historia. Queda un último episodio, en que descubriremos qué diferenciaba a Holbrooke de los demás en el ecosistema arbóreo.

Tras la caída de Saigón, el presidente Ford había permitido la entrada de ciento treinta mil sudvietnamitas en Estados Unidos, pero después cerró las fronteras a cal y canto. Los estadounidenses querían poner fin a su implicación en aquella parte del mundo. Durante los dos primeros años de mandato de Carter, casi nadie prestó atención a la difícil situación de la población del Sudeste Asiático, desarraigada por la guerra y maltratada por la represión. Estados Unidos no mantenía una postura clara sobre los refugiados y ni siquiera los consideraba una cuestión de la política exterior. La oficina dedicada a este particular, dependiente del Departamento de Estado, estaba integrada solo por dos personas. Vance, para quien la política exterior consistía en la administración de las relaciones entre estados soberanos, opinaba que los refugiados eran un asunto interno de cada «país de acogida» —en aquel caso, Tailandia— del que debía ocuparse, en todo caso, las Naciones Unidas, por su vocación humanitaria. Brzezinski no les dedicó ni un solo pensamiento.

Los refugiados ocupaban la estrecha grieta que se abría entre diversos intereses nacionales —en lo referido al ejercicio del gobierno, eran una realidad neutra, casi invisible—; además, eran de Indochina y no parecían tener esperanza alguna. Por estas razones, sí preocupaban a Holbrooke, que durante cuatro años no dejó de interesarse por ellos. En agosto de 1977, compareció ante el Congreso y defendió que se acogiera a otros quince mil refugiados vietnamitas. «La motivación es simple —declaró—. La profunda preocupación humanitaria que por tanto tiempo ha sido parte distintiva de

nuestro carácter nacional[77]». En 1978 y 1979, decenas de miles de vietnamitas se vieron obligados a echarse al mar de China Meridional y Holbrooke presionó para que Estados Unidos respondiera más enérgicamente, enviando, por ejemplo, buques de la Marina para rescatar a los que habían sido rechazados por países del entorno. La Marina, no obstante, no consideraba el rescate de refugiados una misión militar.

En la primavera de 1979 Holbrooke halló un aliado en el vicepresidente Mondale, quien convocó una reunión en la Sala de Crisis durante la cual se debatieron cuestiones urgentes relativas a la seguridad nacional. Holbrooke se dio cuenta de que, en aquella cámara sin ventanas del sótano de la Casa Blanca, herméticamente cerrada y aislada del mundo exterior, hasta los refugiados que se ahogaban en el mar se convertían en una abstracción

burocrática[78]. Todas las agencias gubernamentales encontraban razones para oponerse a la propuesta del rescate, en especial el Pentágono. Después de dos horas de discusión, Mondale, que presidía la reunión, se volvió hacia el almirante de la Marina que había en la sala. «¿Está diciéndome que hay miles de personas ahogándose en mar abierto y, teniendo la Séptima Flota

desplegada justo en esa zona, no podemos ayudar?»[79]. El vicepresidente ordenó al almirante que pusiera en marcha una misión de rescate o se fuera buscando otro trabajo.

Un par de meses después, Mondale sobrevoló en helicóptero la bahía de Manila y aterrizó en un portaaviones que participaba en las operaciones de rescate.

—No me hizo gracia recibir esas órdenes —le confesó el comandante del portaaviones a Mondale—. Pensé que desmoralizaría a mis marineros… Pero estaba completamente equivocado.

Los marineros, en efecto, se alegraron de ayudar a hombres y mujeres en peligro de muerte.

—Esto cambiará de manera radical la visión que toda esta gente tiene acerca de Estados Unidos —razonó el comandante—. Cuando sus vidas estaban en peligro, vieron un barco con bandera estadounidense cuya tripulación los sacó del mar e hizo que se sintieran seguros por primera vez en meses. De repente, el mundo dejó de ser un lugar hostil para ellos. Es difícil

enojarse con quien aplica medidas de este tipo[80].

Sin embargo, no bastaba con rescatar a la gente de entre las olas. Había que ofrecerle un hogar en alguna parte. Los países vecinos afirmaban no tener más capacidad de acogida: ordenaban a los barcos alejarse de sus costas e incluso amenazaban con disparar contra los refugiados más desesperados. En junio de 1979, Holbrooke viajó en el Air Force One a Japón para la cumbre del G7, y mientras sobrevolaban el Pacífico, hostigó primero a Vance y luego a Carter para que aceptasen duplicar la cuota de admisión de refugiados procedentes del Sudeste Asiático (de siete a catorce mil). Para ellos, no obstante, no era una cuestión prioritaria. El Tratado SALT II estaba perdiendo apoyo en el Senado, había una revolución en curso en Irán y el mundo se hallaba en crisis. Sin embargo, cuando Carter llegó a Tokio, anunció que esos catorce mil refugiados serían bien acogidos.

Al mes siguiente, Carter canceló sin previo aviso su viaje a un congreso celebrado en Ginebra sobre la crisis de los refugiados. Se retiró a Camp David para preparar el famoso discurso, que más tarde se conocería como «discurso del malestar», y envió a Mondale en su lugar. No se esperaba gran cosa de aquel congreso. El anterior celebrado con ese propósito no había sido demasiado productivo: mientras miles de personas en el Sudeste Asiático se enfrentaban a la muerte, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) se enredaba en sus propias inercias burocráticas. El redactor de los discursos del vicepresidente tuvo que preparar una alocución sobre la marcha. Entre sus documentos informativos se encontraba un informe proporcionado por Holbrooke en que este aludía a otro congreso sobre refugiados: el celebrado en 1938 en Évian, a orillas del lago de Ginebra, para determinar el destino de miles de refugiados judíos. Ningún país se había ofrecido a aumentar su cuota de refugiados, excepto la República Dominicana. En aquel entonces, el presidente Roosevelt había hecho lo posible por mantener esa cuota al mínimo. El redactor de discursos de Mondale leyó el informe de Holbrooke y se dio cuenta de que tenía gancho.

En Ginebra, Mondale instó a los delegados a no repetir la tragedia de Évian: «Renunciemos a ese legado vergonzoso. Honremos los principios morales que hemos heredado. Hagamos algo significativo y grande para poner fin a esta desgracia. Nos enfrentamos a un problema de alcance mundial; generemos, pues, una solución de alcance mundial también. La historia no nos perdonará si fracasamos. La historia no nos olvidará si tenemos éxito». El discurso de Mondale recibió una ovación cerrada. Además, los gobiernos presentes en Ginebra aumentaron tanto las cuotas de refugiados como la ayuda financiera.

Debido a su historia familiar, Holbrooke debía de conocer bien lo ocurrido en Évian. No creo, sin embargo, que ser hijo de refugiados explique su entrega a este tema. Los padres se habían encargado de sepultar ese pasado, y el hijo no quiso desenterrarlo. No, no fueron los judíos; fue Vietnam. Allí fue donde vio a una madre amamantando a su hijo junto al cadáver de su marido. Nunca consiguió quitársela de la cabeza. No era de boquilla: le había tomado una foto; la había admirado. Holbrooke no hacía aspavientos al hablar de los refugiados ni trataba de poner en palabras profundos sentimientos al respecto. El sufrimiento humano no lo sumía en la parálisis psicológica ni en exasperaciones filosofales, sino que lo empujaba a actuar con ímpetu furioso.

La mayoría de los altos cargos y funcionarios estadounidenses que se preocupaban por los refugiados tenían en común haber trabajado en Vietnam. Tal vez eso respondiera a un sentimiento de culpa o fuera únicamente el recuerdo de los rostros humanos. El hecho de haber prestado servicio a su país en aquel lugar les impedía a todos ellos entender aquel problema como una abstracción. Lionel Rosenblatt, un amigo de Holbrooke que trabajó para Komer en pacificación a finales de la década de 1960, había contravenido órdenes en 1975 al ayudar a evacuar a sudvietnamitas de Saigón. En 1979, se encontraba en la embajada de Estados Unidos en Bangkok cuando decenas de miles de camboyanos comenzaron a cruzar la frontera de Tailandia.

Eran fantasmas muertos de hambre. Muchos habían sido obligados a marchar por las tropas de los Jemeres Rojos. Algunos se derrumbaban en la frontera y morían allí mismo. Tailandia consideraba a los refugiados «inmigrantes ilegales»; en junio los soldados tailandeses los obligaron a regresar a través de los escarpados desfiladeros fronterizos, tras los cuales los esperaban campos minados. Renuente a ofender a los tailandeses, ACNUR no se pronunció. Las protestas del embajador estadounidense, Morton Abramowitz, amigo también de Holbrooke, no lograron conmover al primer ministro tailandés. Abramowitz y Rosenblatt hicieron saber a Holbrooke que en la frontera estaba produciéndose una crisis humanitaria comparable a la del mar de China Meridional. Holbrooke les ofreció el respaldo político necesario para que apretasen las tuercas a los tailandeses y despertó el interés de sus contactos en el Capitolio y los medios de comunicación. Viajó a Tailandia en octubre y visitó los precarios campos de refugiados que las organizaciones no gubernamentales estaban construyendo, cuando ya era tarde.

A un joven funcionario británico de las Naciones Unidas llamado Mark Malloch-Brown le habían dado tres días para abrir caminos y construir un campamento donde meter a sesenta mil «inmigrantes ilegales» en una fangosa

pradera a las afueras de una aldea a sesenta kilómetros de la frontera[81]. Malloch-Brown trabajaba en un entorno de fariseísmo internacional en que los funcionarios parecían más preocupados por seguir los protocolos correctos que por resolver los problemas. Muchos se mostraban escépticos al respecto del supuesto genocidio perpetrado por los Jemeres Rojos y estaban convencidos de que el propósito de la campaña de reasentamiento de Estados

Unidos era desestabilizar a los regímenes comunistas de Indochina[82].

Holbrooke llegó al campamento en helicóptero: un estadounidense grande y sudoroso, vestido con uniforme de safari color canela y enormes gafas, a cuyo lado los refugiados parecían enanos. Nada más llegar, denunció las maneras de la burocracia de las Naciones Unidas, preguntó a Malloch-Brown qué necesitaba de Ginebra y quién se había negado a proporcionárselo, y reclutó a sus amigos en la embajada para que lo ayudaran a salir de aquel impasse. Malloch-Brown deseó que todos los supuestos imperialistas estadounidenses fueran como aquel tal Holbrooke. Entre las copas de los árboles del bosque washingtoniano, los refugiados apenas importaban a nadie, y por esa misma razón, Holbrooke era libre de mostrarse implacable. Por primera vez, vemos cómo su egoísmo y su idealismo se equilibraban a la perfección para conseguir algo bueno.

Hacia finales de 1979, una ofensiva vietnamita contra los Jemeres Rojos provocó una nueva oleada de refugiados. Carter recibía presiones de Ted Kennedy, quien le había plantado cara en las primarias demócratas, criticando la débil respuesta estadounidense al desastre del Sudeste Asiático. A principios de noviembre, Carter envió a su esposa Rosalynn a Tailandia en compañía de Holbrooke. La señora Carter visitó el campamento que Malloch-Brown había ayudado a construir. No le dijeron que estaba controlado por los Jemeres Rojos; jóvenes soldados miraban hoscamente a los visitantes. Holbrooke siguió a la primera dama entre los refugiados y la vio arrodillarse como una madonna para tomar a un niño enflaquecido entre los brazos. La esposa del presidente habló con la madre del niño, que yacía exhausta a sus pies, y besó la frente de la joven, murmurando: «Dedíqueme una sonrisa». Mientras, ciento cincuenta reporteros y fotógrafos peleaban por encontrar la mejor instantánea, y uno de los ayudantes de la señora Carter le gritaba a

Malloch-Brown: «¡Propicie una situación para la foto!»[83].

«No he visto nada así jamás en mi vida —confesó la primera dama a la prensa—. Como esposa, como madre, como ser humano… Es

devastador[84]».

Después, el mundo dirigió la mirada a Camboya. Al año siguiente, el último de su presidencia, Carter firmó la ley de Refugiados de 1980, que triplicó el número anual de refugiados permitidos en el país. En 1982, Estados Unidos había admitido a medio millón de indochinos; fue el país que mayor

cantidad acogió de todo el mundo, con diferencia[85]. Al final fueron un millón y medio, y Holbrooke tuvo mucho que ver con ello.

Hoy parece que nos da vergüenza.