Soberano
Capítulo 9
Caminamos, de nuevo cansados, por calles vacías y oscuras. El aire estaba saturado de olores otoñales, humo de leña y el aroma de las hojas caídas.
—De modo que veréis al rey —dijo Barak, y sacudió la cabeza, asombrado.
—¿No lo viste tú cuando trabajabas para Cromwell?
Se rio.
—No, a los de mi posición nos correspondían las puertas traseras.
—¿Te gustaría verlo?
—Sí. —Sonrió, pensativo—. Sería algo que podría contar a mis hijos.
Lo miré. Nunca había hablado de tener hijos; siempre me había dado la impresión de que quería vivir al día.
—Quizá podríamos ayudar a maese Wrenne a encontrar a su sobrino —comenté —. Podrías preguntar en las escuelas de leyes.
—No sé si sería preferible dejar el tema. Es posible que el sobrino no quiera ver a su tío.
La voz de Barak adquirió una nota severa y recordé que había decidido cortar todo contacto con su madre cuando esta contrajo segundas nupcias, lo cual le causó gran amargura.
—Tal vez, pero podríamos intentarlo. Es muy triste que su único hijo muriese.
—Sí. —Hizo una pausa—. Maese Wrenne se excede un poco. Toda esa cháchara sobre reyes y antiguas guerras…
—Recuerdo una conversación que mantuve con Guy justo antes de partir.
—¿Cómo está el viejo moro?
—Bien. Yo le hablaba de la Jornada real y él me contaba la historia del último rey de su país, Granada. Siendo él niño, aún era un reino moro, independiente de España. El último regente, el sultán Boabdil El Chico…
—¡Menudo nombre!
—Escúchame, por favor. Guy lo vio de niño, cuando desfiló por las calles de la ciudad; todo el mundo se inclinaba ante él y le arrojaba flores, como el abogado Wrenne dijo que el pueblo de York hizo con el rey Ricardo. Pero Boabdil perdió su reino a manos de los Reyes Católicos, y tuvo que huir y exiliarse a tierras musulmanas.
—¿Qué fue de él?
—Según Guy, se rumoreaba que murió en el campo de batalla, en África. El caso es que nadie lo sabe a ciencia cierta. Su poder y su gloria se desvanecieron.
Subíamos por una calle llamada Petergate cuando de pronto oímos un estrépito de gritos y chillidos. Al volvernos, vimos a cuatro mendigos harapientos corriendo hacia nosotros, con los brazos en alto para protegerse de los golpes que tres hombres de aspecto oficial les asestaban en los hombros con sólidas férulas de abedul. Pasaron de largo, obligados a avanzar en dirección al río que dividía la ciudad.
—Expulsan a los mendigos —deduje.
Barak observó cómo llevaban a aquellos hombres andrajosos hasta un gran puente de piedra.
—¿Y ahora se supone que tendrán que vivir fuera? —preguntó—. ¿Y habrán de pedir limosna a los árboles y los arbustos?
Cruzamos la barbacana de Bootham en silencio. Vi que habían retirado las cabezas de las pértigas y el vomitivo jirón de carne.
—Ni mendigos ni carroña de rebelde —comentó Barak—. La ciudad debe mostrar su mejor cara al rey.
Me pregunté si descolgarían también del castillo los restos de Aske. Aunque sin duda el rey no visitaría ese enclave decadente y lúgubre.
A pesar de la lluvia y la penumbra que reinaba en St. Mary, los obreros seguían trabajando. De los pabellones brotaban ruidos de serruchos y martillos, mientras que junto a uno de ellos otros hombres se afanaban en montar las gigantescas carpas, alisando lonas y tensando sogas. Recordé haber visto tiendas similares en pinturas sobre el Campo del Paño de Oro. El patio era un mar de lodo. Nunca había visto trabajar a nadie en semejantes condiciones. Era evidente que había un problema de drenaje, pues un grupo de obreros, cubiertos de barro, habían cavado una zanja alrededor del segundo pabellón y la prolongaban convirtiéndola en un largo canal, entre gritos y maldiciones. Frente a la entrada principal de la casa solariega, varios oficiales discutían acerca de unos planos; nos abrimos paso con dificultad entre ellos y comunicamos al guardia que necesitábamos ver a sir William Maleverer.
—No está aquí, señor —contestó—. Ha partido para reunirse con la comitiva real, creo que en Leconfield.
—¿A qué distancia está?
—A treinta millas. Lo reclamaron con urgencia, pero regresará mañana por la mañana.
Reflexioné unos instantes.
—¿Se encuentra aquí el juez de instrucción del rey, maese Archbold?
—Ha ido con él.
Me mordí el labio.
—Esta mañana sir William trajo a un joven aprendiz para interrogarlo. Y creo que también a una criada. ¿Sabes qué ha sido de ellos?
Me miró con recelo.
—¿Por qué lo preguntáis?
—Estábamos presentes cuando se llevaron al aprendiz. Debo hablar con sir William al respecto.
—Se ha encerrado al chico, con órdenes estrictas de mantenerlo bajo vigilancia hasta que sir William regrese. A la criada se la envió a casa; sir William acabó de interrogarla y estaba a punto de empezar con el chico cuando llegó la citación.
—¿Puedo pedir que se haga llegar un mensaje a sir William?
—Con este tiempo, incluso el mensajero más rápido tardaría horas en alcanzar a la comitiva y encontrarlo, señor. Sería preferible esperar a mañana por la mañana. Tengo entendido que regresará temprano.
Medité unos segundos más.
—Muy bien, esperaremos. ¿Serás tan amable de hacerle llegar a sir William el recado de que maese Shardlake precisa verlo en relación con ese muchacho? Volveré mañana por la mañana.
No teníamos más que hacer que regresar a nuestros aposentos. Caminamos junto a uno de los laterales de la iglesia. No me apetecía volver a acortar camino cruzándola, aunque nos hubiese servido de resguardo de la lluvia. Vi que habían retirado la carreta del vidriero.
—Ya os lo dije: lo mejor habría sido regresar de inmediato para hablar con Maleverer —insistió Barak.
—Gracias por recordármelo —repliqué con sequedad—. Es probable que ahora tengamos problemas. ¿Por qué ha ido a reunirse con la comitiva real? Por los clavos de Cristo, ¿considera este asunto tan importante para tener que consultarlo con el Consejo Real?
—Richard Rich es miembro del Consejo Real, ¿verdad?
—Gracias por recordarme también eso. —Dejé escapar un largo suspiro—. Santo Dios, ¡cómo desearía no haberme visto involucrado en nada de todo esto! —Asesté una patada a un pedazo de madera y me ruboricé abochornado al ver la corpulenta figura de maese Craike aproximándose en la penumbra. Caminaba con cautela por los resbaladizos tablones, envuelto en una capa ribeteada con pelo de animal, cuya capucha lo protegía de la lluvia. Sonrió; no parecía haber reparado en mi arrebato de mal humor.
—Un tiempo de perros —dijo.
—Sí. Me he fijado en que la carreta del vidriero ya no está.
Asintió.
—Se ordenó que la registraran, sabe Dios por qué. Pero ¿estáis bien? He oído que os quedasteis encerrados en la sala capitular.
Sus ojos refulgían de curiosidad.
—Un accidente estúpido. Debo daros las gracias, señor, por la ayuda que me habéis prestado esta mañana.
—No ha sido nada, aunque por lo visto la muerte del vidriero ha despertado gran revuelo. Hace un rato fui llevado en presencia de sir William, quien me pidió que refiriera lo acontecido. Está ocurriendo algo, señor —añadió, con cierta pomposidad.
—Sí —convine—. Eso parece. Decidme, maese Craike, ¿conocíais bien a Oldroyd?
—No mucho —se apresuró a responder—. La semana pasada, cuando vino para empezar a trabajar, preguntó si sabía de algún lugar seguro donde pudiera dejar la carreta y el caballo por la noche, y tuve que decirle que debía dejar la carreta a la intemperie y llevarse consigo el caballo todas las noches. Como veis, aquí disponemos de muy poco espacio. Después, si me cruzaba con él, intercambiábamos unas palabras. Parecía un hombre afable y yo sentía curiosidad por hablar con un lugareño. Apenas me he mezclado con la ciudad —comentó, a mi parecer con cierta precipitación.
—Parecía lamentar el abandono de las viejas costumbres —añadí, observando a Craike.
—Tal vez. No hablamos de eso. Hay tanto trabajo por hacer que no me queda tiempo para charlas. El caballero Harbinger ha llegado para comprobar que todo esté dispuesto para el rey. Ahora me dirijo a reunirme con él. —Se secó una gota de agua de la capucha—. De hecho, debo seguir camino ya.
—Ah, bien, seguro que nos veremos más tarde. Deberíamos compartir un trago.
—Sí, claro —asintió atropelladamente.
Se apeó de los tablones para rodearnos y, chapoteando en la hierba, se alejó.
—Tenía prisa por marcharse —observó Barak.
Contemplé su rotundo contorno desapareciendo en la lluvia.
—Sí, sospecho que simpatiza con la antigua religión; probablemente él y Oldroyd compartían opiniones. Espero que solo fuera eso.
Reanudamos nuestro camino y dejamos atrás la puerta por la que habíamos entrado esa misma mañana.
—No puede haber tenido nada que ver con la muerte de Oldroyd —dijo Barak—. Estaba con nosotros cuando oímos abrirse la puerta de la iglesia.
—Cierto, pero se había levantado muy temprano, se acercó a mí cuando el caballo irrumpió en el patio. Podría haber más de un implicado. Ya has visto lo seguro que es este lugar, Barak. Quienquiera que fuese quien mató al vidriero, ya se encontraba en St. Mary. Era un residente.
—Pero hay centenares.
—Así es.
Accedimos a nuestros aposentos. El ganado y las ovejas seguían en los rediles, empapados; las aves estaban arracimadas contra las paredes, buscando resguardo de la lluvia. Dentro del edificio, un grupo de secretarios charlaba alrededor del fuego, que chisporroteaba vivamente, y compartía un pequeño odre de vino. El joven abogado al que habíamos conocido poco antes, maese Kimber, se calentaba las manos algo más allá.
—Buenas noches, señores —nos saludó—. ¿Os ha sorprendido la lluvia?
—Sí, hemos estado en la ciudad. Y vos, ¿habéis acabado el trabajo?
—Sí, señor. Estos secretarios y yo hemos estado revisando las facturas de todas las vituallas que se han comprado. —Señaló a un joven—. Esta tarde, maese Barrow ha anotado cincuenta cerdos donde debería haber puesto quinientos. El tesorero amenaza con enviarlo de vuelta a Londres. ¿No necesitaréis los servicios de un secretario en vuestra contaduría?
Maese Barrow lo miró con cara de pocos amigos. Me eché a reír.
—No, gracias.
—Alguien preguntaba por vos hace un rato. —Kimber se dio la vuelta y gritó—: ¡Eh! ¡Tom Cowfold! ¿Sigues ahí? —Un hombre de cara redonda, joven pero con signos de alopecia incipiente, asomó la cabeza desde un cubículo próximo—. Este es maese Shardlake —le informó Kimber, dándose importancia.
—Ah, sí, señor. —El secretario vino hasta nosotros—. Se trata del ensayo de mañana para la presentación al rey…
—Venid a mi aposento —dije, consciente de que los demás secretarios escuchaban con interés.
Lo precedí hasta mi celda; Barak nos siguió.
—Bien, señor. —Maese Cowfold me miró con aire de prepotencia—. Mi patrón, sir James Fealty, del despacho del administrador, os requiere en su oficina a las nueve para ensayar la presentación. Maese Wrenne también asistirá, con las súplicas. Mi patrón os guiará por la casa solariega, donde se entregarán al rey.
—¿Quién va a encargarse en realidad de la presentación?
—Maese Wrenne. —Sentí alivio al oír esto—. Y… vos deberéis poneros el mismo atuendo que llevaréis en la presentación. —El secretario escrutaba mi voluminosa y desgarbada capa.
—Muy bien.
—Hasta mañana, pues, señor.
Hizo una reverencia y se marchó.
—Cambiémonos —le dije a Barak— y salgamos a cenar algo. La señorita Reedbourne dijo que se reuniría contigo en el comedor a las seis, y ya falta poco para la hora.
—De acuerdo. Iré a preguntar a esos tipos dónde es. —Salió.
Instantes después oí que Cowfold lo saludaba.
—Aquí viene el secretario del abogado jorobado.
Sentí una punzada de ira: aquel patán podría haber bajado la voz.
—Cállate, imbécil —oí que replicaba Barak al instante.
Hubo un silencio, tras el cual la conversación prosiguió algo más sobria. Me cambié las calzas empapadas, tomé aire para serenarme y salí, cohibido, con la gran capa de Wrenne. Deseé que Dios no hubiese hecho a aquel hombre tan alto. Los secretarios se habían dispersado y Barak se encontraba solo frente al fuego. Me dirigió una mirada desasosegada; sabía que los insultos no contribuían a mejorar mi estado de ánimo.
—Y bien, ¿dónde está el comedor? —pregunté secamente.
—Los secretarios dicen que se ha instalado en el antiguo refectorio de los monjes. Cenaremos todos juntos, a excepción de los oficiales de alto rango, en la casa del abad.
—Vayamos, pues.
Fuera, varias personas se encaminaban hacia la larga hilera de edificaciones que se sucedían en paralelo a la iglesia. Vimos una puerta grande abierta. Seguimos a un grupo de carpinteros, cubiertos de serrín, que también se dirigían hacia allí. De pie, bajo el arco de la entrada, ataviada con el mismo vestido amarillo de aspecto lujoso que llevaba la primera vez que la vimos y una cofia francesa azul a juego con sus ojos, aguardaba Tamasin. Para mi sorpresa, Jennet Marlin se encontraba junto a ella, con el semblante levemente ceñudo, lo que debía de ser su expresión habitual. Tamasin nos saludó con una reverencia, si bien la señorita Marlin se limitó a asentir con frialdad. Tamasin nos tendió dos franjas de papel. En la mía figuraba mi nombre y las palabras: «Abogado para las súplicas al rey», selladas por el Despacho del Chambelán.
—Gracias, señorita Reedbourne —dijo Barak—. Nos has ahorrado una espera en una ventosa tienda.
—Sí, gracias —convine. Desaprobaba el descaro de la chica, pero se había molestado por nosotros. Decidí mostrarme amable, aunque no era lo que más me apetecía—. Estamos hambrientos —dije—. Y tú también debes de estarlo. Imagino que las doncellas de la reina disponen de comedor propio.
—Oh, no, señor —contestó Tamasin—. También tenemos que cenar en el refectorio común.
—Con la chusma —apuntó la señorita Marlin con su aguda voz—. Gracias al Señor que los comedores privados quedarán dispuestos mañana y al fin podremos comer en paz. —Dirigió una mirada amarga a Barak—. He pensado que debía acompañar a Tamasin esta noche; no es apropiado que cene sola.
No se me ocurrió nada que decir a eso, de modo que cedí el paso a ambas mujeres con una leve reverencia. Subimos una amplia escalera, con cornisas ornamentadas y hermosas tallas de ángeles. Los camareros se afanaban con bandejas y odres de cuero llenos de vino.
Entramos en el viejo refectorio monacal. Allí habían colocado hileras de mesas de caballete, tan cerca las unas de las otras que los camareros apenas tenían espacio para pasar entre ellas. Calculé que había cabida para doscientas personas. Casi todas las sillas estaban ocupadas por obreros y artesanos que parecían exhaustos. Los secretarios permanecían juntos y algo alejados. La siguiente mesa la ocupaba un reducido grupo de mujeres. Una de ellas miró a Jennet Marlin y luego dio un discreto codazo a sus acompañantes. Todas la miraron y se rieron por lo bajo. El rostro de la señorita Marlin se encendió. Sentí lástima por ella.
Un hombre ataviado con toga negra de ujier se precipitó hasta nosotros. Le mostramos las identificaciones y nos condujo hasta una mesa con cuatro sillas libres. Me alegré de que nos ubicaran a cierta distancia de los secretarios. Jennet Marlin hizo un mohín mientras nos sentábamos, al ver que las servilletas y el mantel estaban sucios. Un camarero nos plantó enfrente una jarra de cerveza y se alejó a toda prisa. Serví a los cuatro.
—Al menos los cuencos y las copas de esta mesa son de peltre —comentó la señorita Marlin.
Al echar un vistazo, vi que los carpinteros tenían copas de madera.
—Parece que aún se observa cierto decoro —repuse.
Otro camarero nos sirvió una cacerola llena de potaje. La dejó en la mesa precipitadamente, derramando un poco sobre el mantel. Jennet Marlin suspiró, pero Tamasin se echó a reír y le acercó la cacerola.
—Debemos tener paciencia, señora —comentó y, para mi sorpresa, la señorita Marlin le correspondió al instante con una sonrisa afectuosa.
—¿Cómo llegaste a estar al servicio de la reina? —preguntó Barak a Tamasin cuando todos estuvimos servidos.
—Mi madre trabajaba en la cocina real. Yo llevo allí dos años, ayudando al confitero de la reina. Me pidieron que acompañara a la Jornada por mi experiencia en dulces —añadió, ufana—. Me enviaron con lady Rochford y la señorita Marlin para participar en los preparativos de la reina y su séquito, y asegurar que disponga de los confites que tanto le gustan: exquisitos dulces de mazapán, almendras y jengibre.
Me volví hacia su ama.
—Y vos, señorita, ¿lleváis mucho tiempo al servicio de lady Rochford?
Me miró, altanera.
—No, señor. Estuve al servicio de lady Edgecombe cuando lady Ana de Clèves era reina. Trabajo para lady Rochford desde el verano pasado.
—¿Y sois del norte?
—Soy natural de Ripon, pero me enviaron a la corte a los dieciséis años.
—¿Habéis viajado con la Jornada desde el principio?
—Sí —respondió con un suspiro—, con frío y lluvia en julio, y todo infecto, más de lo que alcanza la imaginación. El tiempo fue tan húmedo que todos los caminos estaban embarrados. Los oficiales de la comitiva real opinaban que debíamos dar media vuelta, pero el rey y sus consejeros insistieron en que la Jornada debía continuar.
Asentí.
—Por la magnitud de su relevancia política.
—Sí. Luego, cuando el tiempo mejoró, el rey se demoró en Hatfield y en Pontefract, nadie sabe por qué. Después nos enviaron a York mientras el rey se desviaba hacia Hull. Llevamos casi una semana aquí.
—¿Cuánto tiempo se quedará el rey?
—Dicen que tres días, pero parece que siempre hay retrasos.
—Debe de ser frustrante. —Dudé unos segundos—. ¿Sabéis cuál es el motivo de la celebración para la que todos se preparan?
Se encogió de hombros.
—No, aunque corren toda clase de rumores. —Cambió de tema—. ¿Sois abogado, señor?
—Sí, del Colegio de Lincoln.
—Mi prometido es abogado en el Colegio de Gray. —«Como el sobrino de Wrenne», pensé—. Sin duda, os habrán comunicado ya —prosiguió— que lo retienen en la Torre bajo sospecha de haber participado en la conspiración. Es objeto de muchas habladurías.
—Sí, lo había oído —admití, incómodo.
—Tal vez lo hayáis conocido. Se llama Bernard Locke.
Sus labios, que parecía mantener tensos y apretados en todo momento, parecieron relajarse un poco.
—No, me temo que no —respondí. Era la segunda vez en el día que me preguntaban si conocía a un abogado del Colegio de Gray.
—Él también es de Ripon, nos conocemos desde niños. —Me miró con repentina intensidad—. Su arresto fue un terrible error. Será puesto en libertad. Han arrestado a muchos hombres que no eran culpables de nada. Tenían que ampliar el radio de acción, pero pronto comprobarán que Bernard es inocente y lo soltarán.
—Esperemos que así sea, señorita.
Me sorprendió que hablara del tema con tanta naturalidad. Confiaba en que tuviera razón, pero sabía que los sospechosos de delitos políticos podían languidecer en la Torre durante años.
—Jamás abandonaré la esperanza —declaró con fiereza.
—Vuestra lealtad os honra, señorita.
Al oír esto, me dirigió una de sus miradas desdeñosas.
—Se lo debo todo.
Un camarero dejó sobre nuestra mesa un pastel grande de cordero, que Barak cortó en porciones. Cuando Jennet Marlin alargó una mano para servirse, vi que el cuchillo que sostenía temblaba levemente. Pese a su grosería, no pude evitar compadecerme de ella. Si siempre hacía gala de sus sentimientos de ese modo, no me costaba imaginar a las damas de la comitiva y el personal de la realeza mofándose de ella; las mujeres pueden ser incluso más crueles que los hombres.
—He oído que la reina enfermó en el camino hacia el norte —comenté—. Espero que ya esté mejor.
Una vez más, me regaló una sonrisa amarga.
—Contrajo un resfriado estival, eso es todo. Le dio demasiada importancia, como suelen hacer las mujeres jóvenes.
—Me alegro de que no fuera nada peor.
—Mi señora lady Rochford la mimó en todo momento, llamándola «pobre niña» y llevándole cojines.
Hablaba con desagrado. Recordé la rudeza con que lady Rochford la había tratado el día anterior. Deduje que Jennet Marlin vivía enojada. Me recordaba a alguien, aunque no conseguía identificar a quién.
—Se oyen rumores de que la reina está encinta —añadí.
Me miró con frialdad.
—No sé nada de eso. Sois algo entrometido, señor.
—Lo lamento —repliqué con frialdad.
Jennet Marlin clavó la mirada en su plato. Era evidente que daba por zanjada nuestra conversación.
A nuestro alrededor, el rumor de voces se iba intensificando a medida que el vino aflojaba las lenguas. Barak narraba a Tamasin una versión algo modificada de cómo había llegado a ser mi ayudante.
—Hasta el año pasado, trabajé para lord Cromwell, al igual que maese Shardlake. Cuando mi maestro cayó, él me contrató como secretario.
—Trabajasteis para lord Cromwell —repitió ella, con los ojos bien abiertos—. ¿Lo conocisteis bien?
—Sí.
Barak pareció entristecer unos instantes.
—Explicadme cómo os quedasteis encerrados en la sala capitular del monasterio —le pidió, sonriente—. Estoy segura de que no fue solo insensatez.
—Lo fue —contestó Barak, y esbozó una sonrisa irónica—. No soy más que un incauto, un estúpido bufón.
Ella se rio.
—Pues yo opino que sois un hombre de muchas facetas.
—Sí, tengo muchas… partes.
Ambos se echaron a reír. Jennet Marlin miró a Tamasin con severidad. Una vez más traté de pensar a quién me recordaba. Me concentré en ello mientras la conversación entre Barak y Tamasin se iba tornando más seductora. Al cabo, Jennet Marlin se puso en pie.
—Tamasin, deberíamos irnos ya. Lady Rochford habrá acabado de cenar y tal vez me necesite. Y no debes volver sola.
—Podemos acompañaros de regreso a la casa del abad, señoritas —me ofrecí.
—Gracias —se apresuró a contestar—, pero no será necesario. Vamos, Tamasin.
Barak y yo nos pusimos en pie y despedimos a las mujeres con una reverencia. Tamasin atrajo más de una mirada entre los presentes. Volvimos a sentarnos.
—Habéis congeniado bien —comenté a Barak.
—Sí, es muy agradable. Dice que pasado mañana gente de la ciudad ensayará el espectáculo musical que están preparando para recibir al rey. Le pedí que me acompañara a verlo. ¿Os parece adecuado?
—Siempre y cuando no se nos requiera para alguna nueva tarea. —Lo miré—. ¿Son así de descaradas todas las chicas con las que coqueteas?
Había pretendido mostrarme burlón, pero mis palabras brotaron con cierta hosquedad. Barak se encogió de hombros.
—Puede que sea descarada, pero en las insólitas circunstancias en que nos encontramos, ¿por qué no tratar de extraer un poco de placer de donde se pueda? — Su voz desprendía una nota agresiva—. ¿La desaprobáis?
—Creo que tiene algo de maquinadora, pese a su apariencia alegre.
Me pregunté si sería adecuado comentarle que había detectado algo extraño en el incidente del día anterior, pero preferí no hacerlo.
—La señorita Marlin es una mujer rara —dijo—. Me gustaría saber cuántos años tiene.
—Unos treinta. Como tú.
—Podría ser atractiva si no diera la impresión de tener dolor de muelas permanente.
—Sí. Su prometido está en la Torre. Dijo que lo conocía desde que era una niña.
—Un largo noviazgo, si tiene treinta.
—Desde luego.
Sonrió.
—Podría preguntárselo a la señorita Tamasin mañana, si queréis.
—Confieso que siento curiosidad. Me da la impresión de que no le resulto simpático. Quisiera saber por qué.
—No creo que nadie le resulte simpático.
—Es probable. En fin, he estado esperando a tener ocasión de hablar contigo sobre lo de esta mañana. Lo que dijiste en la sala capitular, que nunca habías cometido un error semejante cuando trabajabas para Cromwell. ¿Es eso lo que te rondaba por la cabeza durante las últimas semanas?
Dudó unos segundos y luego contestó con voz tenue.
—Llevo días desconcertado —declaró. Yo asentí para animarlo a seguir. Se ruborizó—. Cuando empecé a trabajar para vos, era algo nuevo, algo interesante. Pero ahora me doy cuenta de que…
—Sigue.
—Soy demasiado tosco y grosero para encajar en el mundo de los tribunales. No sabéis cuántas veces, tomando notas en un juicio o saludando a otros abogados en vuestro bufete, he sentido tentaciones de llamarlos a todos patanes presuntuosos y retorcerles la nariz.
—Eso es una niñería.
—No, no lo es. Sabéis cómo era mi vida antes de conoceros. Una vida dura entre gente dura. Lord Cromwell me valoraba por los contactos que tenía entre esa clase de individuos. Pero ahora ya no está, y si dedicándome a las leyes no voy a tener ni un solo cliente, pronto volveré a ser un hombre de la calle y a acabar donde estaba cuando era niño.
Suspiró y se frotó la frente con una mano.
—La vida dedicada a la abogacía en ocasiones puede ser gris. Pero, Jack, piensa a diez años vista. ¿Preferirías ser un estafador en la calle, más avejentado con cada invierno que pasase, o tener un puesto seguro en el Colegio de Lincoln?
Me miró fijamente a los ojos.
—Estoy dividido. Una parte de mí quiere quedarse, asentarse, pero la otra parte disfrutó de la emoción de esta mañana.
—Ya me di cuenta. —Tomé aire—. Lamentaría muchísimo perderte. Has alegrado la cotidianeidad en el bufete más de lo que imaginas. Pero es tu vida. Eres tú quien debe decidir.
Sonrió con aire triste.
—He sido un secretario indisciplinado estas últimas semanas, ¿verdad?
—Así es.
—Lo siento. —Se mordió un labio—. Tomaré una decisión antes de que regresemos a Londres. Lo prometo.
—Si quieres hablar más del tema, estaré a tu disposición.
—Gracias.
Respiré hondo.
—Otra cosa —añadí—. He tomado una decisión. Creo que mañana deberíamos levantarnos muy temprano y visitar de nuevo la casa del vidriero antes del ensayo de la presentación al rey. Me preocupa que Maleverer diga que deberíamos haberle enviado un mensajero. Quiero ir a comprobar si los encargados del registro han encontrado algo en ese dormitorio. Si vemos indicios de que sí, habrá menos de qué preocuparse.
—¿Y si es que no?
—Entonces tendremos que buscar nosotros mismos —concluí, no sin cierta inquietud. Los ojos de Barak, sin embargo, se iluminaron ante tal perspectiva.