Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 50 de 50

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Soberano

Nota histórica

 

En general los historiadores han pasado por alto la gran relevancia política de la Jornada, el viaje oficial que Enrique VIII efectuó al norte en 1541, distraídos quizá por el descubrimiento, inmediatamente posterior, del romance totalmente inesperado entre Catalina Howard y Thomas Culpeper. En Soberano he seguido la interpretación que David Starkey hace de su relación (Six Wives, 2003) en el sentido de que probablemente no fuera más allá del mero flirteo. Cranmer fue la figura clave en el interrogatorio de Catalina y la caída de la reina supuso un revés para los conservadores religiosos de la corte de Enrique VIII, sobre todo para el duque de Norfolk, tío de la reina. La sexta mujer de Enrique VIII, Catalina Parr, con quien contrajo matrimonio un año después, era una ferviente reformista.

He hecho una modificación de los hechos históricos: en realidad, Thomas Howard, duque de Norfolk, organizó la Jornada junto con el duque de Suffolk y estaba presente en York. No obstante, dado el papel tan prominente que tuvo en la última novela de Shardlake, Fuego oscuro, me pareció que sería complicar el argumento en demasía si volvía a incluirlo aquí en un papel secundario. Aunque Enrique VIII sí impartió justicia a lo largo de la ruta, he inventado los arbitrajes de York.

La comitiva real que componía la Jornada sufrió efectivamente el embate del frío y la lluvia en julio, hasta el punto que llegó a barajarse la posibilidad de suspenderla. No obstante, también es ficticio el tiempo tormentoso de octubre de 1541.

 

El norte de Inglaterra nunca había aceptado plenamente el gobierno de los Tudor. Debido a cambios experimentados en los flujos comerciales, la caída de los salarios y la disolución de los monasterios, el descontento aumentó a principios del siglo XVI hasta que los cambios religiosos de la década de 1530 indujeron al norte, religiosamente conservador, a rebelarse en octubre de 1536. En cuestión de semanas, un ejército de quizá treinta mil hombres armados estaba acampado junto al río Don, preparado para marchar hacia el sur, reunir apoyo y expulsar del Consejo a Cromwell, Cranmer y Rich.

Enrique faltó a su promesa de satisfacer algunas de las demandas de los rebeldes si se disolvían y reprimió cruelmente nuevos alzamientos rebeldes en 1537. Robert Aske y los otros cabecillas de la Peregrinación de la Gracia fueron ejecutados. Existen versiones contradictorias acerca de si Robert Aske fue colgado con cadenas de una torre del castillo de York hasta que murió o si le permitieron tener una muerte más rápida. Yo me inclino por la primera opción; a mi parecer, que Enrique VIII mantuviera su promesa de que Aske muriese de una forma macabra antes de cortarle la cabeza se ajusta perfectamente al carácter del rey.

Después de 1536, la disolución de los mayores monasterios, que conllevó la apropiación de sus recursos por parte de la Corona y el trasvase de rentas y beneficios a Londres, junto con los efectos de los fuertes tributos de 1540-1541, causó más descontento económico y religioso. Entre 1537 y 1541, pese a la aparente calma social, el resentimiento del norte no hizo más que aumentar. El Consejo del Norte, restituido en York para mantener allí el control de la Corona, dispuso casi con toda seguridad de una red de informantes. Sir William Maleverer es un personaje ficticio, pero no creo que fuera atípico. Y, a principios de 1541, se descubrió una conspiración. Estaba urdida por un grupo de nobles y exreligiosos, y debía iniciarse con un alzamiento en Pontefract Fair en abril. Las escasas pruebas indican que los rebeldes de 1541 estaban dispuestos a ir más lejos que los de 1536: el embajador francés Marillac refirió a Felipe V que llamaban «tirano» al rey, lo cual probablemente indica que tenían la intención de derrocarlo. Marillac también señaló el hecho, incluso más sorprendente y peligroso, de que estaban dispuestos a sellar una alianza con los escoceses, aún católicos. Los ingleses del norte tenían a los escoceses por unos bárbaros peligrosos e incivilizados (lo mismo que los ingleses del sur opinaban de los del norte), y la ira de los conspiradores debía de ser realmente extrema para considerar una alianza con su antiguo enemigo. No hubo pruebas de que existiera un vínculo con los abogados conservadores del Colegio de Gray en 1541, aunque pudo haberlo en 1536; he revivido este aspecto en mi argumento.

La perspectiva de que otro ejército de rebeldes del norte marchara hacia Londres, puede que acompañado esta vez de los escoceses e incluso de sus aliados franceses, debió de ser una auténtica pesadilla para el reinado de Enrique VIII. Embajadores extranjeros refirieron en 1541 que los mandatarios ingleses estaban incluso más alarmados que en 1536. Después de la Peregrinación de la Gracia, se había barajado la posibilidad de organizar una jornada al norte, pero la idea se había desestimado. Entonces se retomó con rapidez, y la preocupación de Enrique queda patente en la extraordinaria velocidad con que se organizó su gigantesca comitiva real, que se puso en camino tres meses después de que la conspiración fuera descubierta. Esta fue una proeza excepcional porque, no solo fue tres veces más numerosa que una expedición corriente y llegó mucho más lejos que ninguna otra desde la década de 1480, sino que fue una jornada armada, en la que un millar de soldados acompañaron al rey y la artillería de Inglaterra fue enviada a Hull por barco. Entretanto, la heredera de la dinastía real alternativa (y católica), la condesa de Salisbury, fue cruelmente asesinada en la Torre sin ser sometida a juicio.

En lo que concierne a los detalles acerca de cómo era la comitiva real que componía la Gran Jornada, he tenido que basarme en los libros que cito más adelante y también en mi imaginación, para rellenar las lagunas de la limitada información que procuran los informes del embajador Marillac y otros testimonios en Letters and Papers of the Reign of Henry VIII. La descripción del sometimiento de la ciudad de York en Fulford Cross se basa en la versión oficial de los archivos municipales de York.

Al leer los documentos oficiales me llamaron la atención los muchos indicios de que el rey y sus consejeros temían encontrarse un norte hostil e incluso violento. Los organizadores se aseguraron de que los nobles y los consejeros municipales que acudían a rendirse por el camino, tanto en ciudades como en paraderos rurales, lo hicieran en un número limitado por ellos. Los soldados de Enrique estaban siempre presentes.

Esta expedición, en esencia política, estuvo magníficamente coreografiada. Las clases dirigentes locales se presentaban ante los reyes Enrique y Catalina, les hacían presentes, y quienes se habían rebelado en 1536 leían largas declaraciones suplicando el perdón del rey antes de volver a jurarle lealtad. Los juramentos tuvieron una importancia vital en tiempos de los Tudor; quienes los hacían sabían a ciencia cierta que obtendrían el perdón del rey por sus actos pasados, pero también que si rompían su juramento su destino sería terrible. Y no cabe duda de que, entre bastidores, se repartían favores y cargos. No obstante, el intento de conseguir que Jacobo IV se aliara con los ingleses fracasó; al año siguiente, comenzó una violenta década de guerra contra Escocia.

Las gentes del pueblo que habían creado el gran ejército de 1536, y que podrían haber formado otro en 1541, desempeñaron un papel de meros espectadores. La estrategia estaba totalmente fundamentada en la creencia de que si Enrique podía granjearse la lealtad incondicional de las élites del norte, no correría peligro. Dio resultado; no hubo más rebeliones en York en tiempos de los Tudor. En 1541, no obstante, dado el clima que imperaba en el norte, creo que entre el pueblo debió de reinar cierta hostilidad hacia la Gran Jornada y ese es el ambiente que he descrito en York; un pueblo malhumorado que, como reflejan los archivos municipales, dejó perplejo al Consejo negándose a esparcir ceniza y arena ante las puertas de sus casas para facilitar el paso del rey por las calles.

 

La historia de Blaybourne, por muy extraordinaria que parezca, está basada en hechos históricos. Existen pruebas de que Cecilia Neville, madre de los reyes Eduardo IV y Ricardo III, declaró que el primero no fue engendrado por el duque de York. Asimismo, rumores en la corte francesa identificaron al padre como un arquero inglés llamado Blaybourne. Bosworth 1485, de Michael K. Jones, relata la historia, que también se explica en un documental televisivo titulado Britain’s Real Monarch. En él se localiza al hombre que actualmente sería el rey legítimo si Cecilia dijo la verdad, un afable pastor australiano (y republicano) que habría sido el rey Miguel I. No estoy totalmente convencido de que Cecilia Neville dijera la verdad; considero que algunas tesis del doctor Jones contienen lagunas, sobre todo en las posibles fechas de concepción de Eduardo IV. Pero también podrían ser ciertas. Sin duda, Thomas Cromwell conocía la historia; el embajador español Chapuys le preguntó por ella en 1535, quizá para enojarlo.

Lo que sigue siendo cierto —asombrosamente, en el siglo XXI— es que la reina Isabel II conserva el título que Enrique VIII se atribuyó: máxima autoridad de la Iglesia anglicana y defensora de la fe y —en teoría, al menos— representante de Dios en Inglaterra.

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