Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 48 de 50

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Soberano

Capítulo 48

 

Apenas se veía nada por el hueco de la puerta; la luz de la ventana del salón solo alumbraba la lluvia, que seguía cayendo con la misma fuerza y constancia de siempre, y las siluetas desdibujadas de árboles y arbustos. Tenía la cara escocida, pero no escaldada: el potaje llevaba un buen rato en la mesa y se había templado. Me llevé la mano a la daga. La saqué del cinto. Volví a temblar violentamente.

—¡Giles! —grité—. ¡Estáis atrapado! ¡El único modo de salir del jardín es por el huerto de manzanos, y de noche la puerta que lo comunica con el Colegio de Lincoln está cerrada con llave! Rendíos, es lo único que podéis hacer. —No hubo respuesta, solo el incesante repiqueteo de la lluvia—. ¡Por el amor de Dios! —grité—. ¡Entrad!

Podía esperar, allí en el umbral, a que Barak regresara. Pero ¿y si Giles conseguía escalar el muro del manzanar? Era anciano y estaba enfermo, pero también desesperado. Si huía con los documentos… Salí.

Apenas se veía nada. Me ceñí a las partes del jardín alumbradas por la luz de las ventanas y la puerta abierta, alerta por si Giles salía de las sombras para atacarme. Me pareció que la lluvia por fin amainaba, pero la visión seguía siendo mínima; tropecé con un banco y estuve a punto de caerme. Me dirigí al fondo del jardín y cuando llegué cerca del manzanar noté que las botas se me hundían en el barro: el agua empezaba a filtrarse por debajo del muro, como yo temía. Vi que la verja estaba abierta; grandes huellas en el barro me indicaron que Giles la había cruzado. La llave estaba en la cerradura y la cogí. Al pasar, cerré la verja, me guardé la llave en el bolsillo y me quedé de espaldas a ella, dentro del huerto. Empecé a temblar de nuevo.

Al alzar la vista, vislumbré apenas la luna entre los nubarrones. Aun así, el manzanar seguía siendo un negro lodazal.

—¡Giles! —volví a gritar—. ¡Giles! ¡Voy armado! ¡No podéis escapar! —Miré los altos muros que separaban el manzanar del Colegio de Lincoln. No, Giles no podía escalarlos. Estaba allí conmigo, en alguna parte.

Las nubes se abrieron y apareció la luna llena, alumbrando un ondulante mar de lodo quebrado por los agujeros anegados de los árboles arrancados. Contra mi muro se había formado una charca de treinta pies de anchura cuya superficie se rizaba a la luz de la luna. Entorné los ojos y miré a lo lejos.

Entonces me pareció vislumbrar un leve movimiento. Me incliné hacia delante, con la mirada clavada en una silueta hundida en el barro junto a la charca. Comencé a avanzar con cautela hacia ella, chapoteando ruidosamente en el lodo. La silueta no volvió a moverse. ¿Se había desplomado Giles allí, vencido por el esfuerzo? Alcancé la figura y me incliné con cautela, preparado para un ataque inesperado. Si me veía obligado, estaba decidido a apuñalarlo. Luego, apreté los dientes cuando descubrí que estaba escrutando un tronco semienterrado.

Giles me atacó por la espalda, me arrojó al suelo y me obligó a soltar la daga. La caída me dejó sin aliento. Giles me clavó una rodilla en la espalda y noté que se inclinaba para coger la daga. Así que iba a matarme. Forcejeé para quitármelo de encima y cayó hacia un lado. Cuando me levanté, vi que también lo hacía su corpulenta silueta, despacio, con la daga destellando en su mano. No veía su expresión porque tenía la cara embadurnada de barro, un mero círculo oscuro con dos ojos centelleantes.

—Por el amor de Dios, Giles —jadeé—, entregadme los documentos. No podemos acabar así.

—Es necesario. —Avanzó un paso con los brazos extendidos y esgrimiendo la daga en la mano derecha en un gesto amenazador—. A menos que me dejéis marchar. Por favor, Matthew, dejadme marchar.

Arremetió contra mí de forma inesperada. Yo me aparté y le golpeé con la muñeca esposada. El grillo lo alcanzó en un lado de la cabeza: Giles ahogó un grito y soltó el arma. Debió de quedar aturdido, porque retrocedió tambaleándose hasta el borde de la charca y cayó ruidosamente al agua. Se levantó y se quedó sentado, una silueta oscura con el agua hasta la cintura. Entonces, la luna se ocultó y nos dejó una vez más sumidos en la oscuridad. La lluvia volvió a arreciar.

Me abalancé sobre él antes de que tuviera tiempo de incorporarse, sofocando un grito al notar el impacto del agua fría en la piel. Y entonces fue Giles quien forcejeó debajo de mí. Empezaba a debilitarse. Apenas opuso resistencia cuando le aferré el cuello con las dos manos y le sumergí la cabeza en el agua. Sabía que solo uno de nosotros podría salir vivo de aquel maldito lodazal. Le mantuve la cabeza hundida, soslayando sus horribles jadeos y gorgoteos.

Giles dejó de forcejear, se quedó inmóvil. Emitió un sonido horrible cuando el agua le entró en los pulmones, un sonido que aún sigo oyendo en sueños; tras un último espasmo desesperado, se quedó flácido como una muñeca de trapo. Pero yo no me moví; oí mis propios sollozos y noté el agua tibia mezclándose con la fría en mis mejillas. Me quedé allí de rodillas varios minutos más, sujetándolo con fuerza, llorando en la oscuridad mientras la lluvia caía implacable sobre mí.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que me pusiera en pie. Temblaba de pies a cabeza, pero me obligué a agacharme y di la vuelta a Giles para que yaciera tendido boca abajo. Luego metí las manos en el agua, alcé su toga empapada y palpé los bolsillos. Encontré una faltriquera y un grueso fajo de documentos envueltos en hule encerado. Los cogí y me alejé tambaleándome, sin volver la vista atrás.

 

Barak y Tamasin regresaron una hora más tarde, empapados porque seguía lloviendo. Tamasin parecía disgustada, como si hubiera estado llorando. Yo me encontraba en el salón, sentado junto al hogar, que había alimentado con leña, atizando el fuego mientras temblaba y sudaba porque me había subido la fiebre. Ambos se quedaron mirándome, horrorizados. Yo estaba cubierto de barro y mis ropas empapadas desprendía vapor. Corrieron a mi lado.

—¡Señor! —exclamó Barak—. En nombre de Dios, ¿qué ha pasado?

—Giles Wrenne está muerto —dije en voz baja—. Estábamos cenando y de pronto pareció haber perdido la razón; salió afuera corriendo, llamando a su sobrino. —Miré directamente a los ojos azules de Tamasin; había preparado cuidadosamente aquella historia para protegerlos a ellos además de a mí mismo—. Ha corrido al huerto. Lo he seguido. Lo he encontrado en la charca, que ahora ya es casi un lago. Seguramente sufrió un desmayo y se ahogó.

Tamasin se llevó rápidamente una mano a la boca.

—¿También él ha perdido la razón?

—La enfermedad debió de afectarle al cerebro. Esta tarde he tenido que darle malas noticias. Su sobrino Martin Dakin murió hace dos años.

—Pobre hombre —susurró Tamasin.

Caí en la cuenta de lo compasiva que había sido siempre, con Giles Wrenne, con Jennet Marlin, conmigo, bajo el haya en York.

—¿Dónde está? —preguntó Barak.

—Sigue fuera. Pesaba demasiado para traerlo y creo… creo que estoy enfermo. —Oí que se me quebraba la voz.

—Iré a ver —dijo Barak a Tamasin—. Esperad aquí.

Ella se arrodilló junto a mí y noté su fresca mano en la frente.

—Estáis ardiendo, señor. Debéis acostaros.

—Ahora lo haré. Lo siento mucho, Tamasin.

—¿El qué?

—Cómo te he tratado a veces.

Ella esbozó una sonrisa débil.

—Me lo merecía, por empezar con aquel ardid absurdo.

—Tal vez. Esta noche he perdido a un amigo —añadí en voz baja.

Tamasin puso su otra mano sobre la mía, mi mano esposada.

—Nos ha costado mucho encontrar al cerrajero de Jack. Pero vendrá mañana por la mañana con sus herramientas y os quitará este grillo horrible.

—Bien. Bien. Gracias.

—¿Está dormida la señorita Woode?

—Sí, Joan no se ha enterado de nada. No hay necesidad de molestarla. —La miré —. Has estado llorando.

—Jack ha encontrado a mi padre, señor. Es un empleado. Trabaja de cocinero en las cocinas reales. Un hombre muy pagado de sí mismo, dice Jack. No quiere conocerme.

Se mordió el labio inferior, incapaz de contener un sollozo, pero no lloró.

—Lo lamento, Tamasin.

—Era una fantasía infantil. Es mejor saber la verdad.

—Sí. —Pensé en Giles—. Pero también es triste.

Nos quedamos sentados en silencio unos minutos más. Luego regresó Barak, sacudiéndose el agua del pelo. La mirada que me lanzó transmitía reserva además de preocupación.

—¿Puedes dejarnos, Tammy? —le pidió en voz baja.

Ella asintió y se levantó.

—Buenas noches, señor —dijo en voz baja, y salió del salón.

Miré a Barak. Sacó mi daga de debajo de su jubón y la dejó en la mesa.

—La he encontrado fuera, junto a la charca.

—Debe de habérseme caído.

—El barro que había a su alrededor estaba muy removido, como si hubiera habido una pelea.

«Lo sabe —pensé—. Se ha dado cuenta de que no ha sido un accidente».

—Tiene una expresión horrible, de honda desesperación.

Me alegré de no haberlo visto. Miré a Barak a los ojos.

—Debemos informar al juez de instrucción de su muerte en cuanto nos despertemos. La causa es incuestionable: se ha ahogado —declaré.

Barak me miró, respiró hondo y asintió lentamente. El asunto estaba zanjado.

—Tamasin me ha dicho que has encontrado a su padre.

—Sí. Es cocinero. Cuando fui a verlo se puso hecho una furia y dijo que lo negaría todo. Creía que Tamasin andaba buscando su dinero. —Se rio con tristeza—. Vaya un caballero.

—Pobre Tamasin.

—Sí. Pero decidí contárselo. Mejor saber la verdad, ¿no?

Miré la daga.

—Tal vez.

—Lo superará. Es fuerte. Es una de las virtudes que admiro en ella.

—Familias y pretensiones sociales, por mi vida que causan problemas, ¿no es así?

Me reí con amargura y temblé violentamente. Barak me miró.

—Deberíais acostaros. Estáis hecho una pena.

—De acuerdo. Ayúdame.

Mientras Barak se acercaba, cogí el atizador y removí el fuego, donde se veía un último fragmento de papel que no se había consumido aún. Empezó a arder y el nombre de Edward Blaybourne desapareció para siempre.