Soberano

C. J. Sansom · Capítulo 24 de 50

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Soberano

Capítulo 24

 

Se oyó un fuerte golpe en la puerta principal e instantes después Madge invitó a Tamasin a pasar al salón. La muchacha, que llegó acalorada y parecía inquieta, nos saludó con una rápida reverencia.

—Señor —dijo—, vengo de la Heredad del Rey. El centinela que había en la puerta me informó que habíais venido a la ciudad y supuse que estaríais aquí. Se nos ordena regresar ahora. ¿Se encuentra Jack con vos?

Asentí. Madge fue a avisarle. Giles sonrió y contempló admirado su vestido verde y su melena rubia bajo la cofia francesa.

—Cielo santo —exclamó—. La corte emplea ahora hermosas mensajeras.

—Me temo que debo dejaros sin revisar las súplicas —me disculpé.

—Bien, son sencillas y ya las hemos leído. Presentaos en el castillo a las nueve y así dispondremos de una hora antes de la audiencia. —Me miró con curiosidad—. ¿Hay algún problema? ¿Os requiere Maleverer?

—Esperaba un emplazamiento —contesté, evasivo.

Giles asintió y volvió a observar a Tamasin con evidente aprecio; ella se ruborizó levemente.

—¿De dónde sois, señorita? —preguntó.

—De Londres, señor.

—Como maese Barak.

Mi ayudante reapareció en el vano de la puerta y miró ansioso a Tamasin.

—Bien —dijo Giles—. Os veré a los dos mañana por la mañana.

Volví a disculparme por la marcha precipitada y salimos de la casa.

 

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Barak tratando de seguir el apresurado paso de Tamasin.

—Lo que creía que pasaría —contestó ella con el aliento entrecortado—. Estaba en mi cuarto y lady Rochford en persona vino a verme, más adusta que un ogro. Me ordenó que fuera a buscarte, Jack. Tenemos que reunimos con ella en uno de los pabellones. He venido corriendo casi todo el camino.

—Por lo visto, los dos teníais razón —me dijo Barak—. Quiere hablar con nosotros, no matarnos.

Respiré profundamente.

—Ya veremos.

Tamasin me miró con seriedad.

—Solo nos han emplazado a Jack y a mí.

—Quiero oír lo que tenga que deciros —respondí, con determinación—. Y quizá se muestre menos intimidatoria en presencia de un abogado.

—No conocéis a lady Rochford, señor —replicó Tamasin, vacilante.

Seguimos caminando a paso ligero hasta la casa solariega y nos dirigimos a los pabellones, que permanecían vigilados pero vacíos durante el fin de semana.

—Es aquí —dijo Tamasin, precediéndonos por el fantástico edificio.

Unos centinelas custodiaban las torres que se alzaban a ambos lados del arco de entrada. Desde lejos este parecía estar construido de ladrillo, pero al franquearlo descubrimos que la pintura delataba las vetas de la madera con la que estaba construido. Los centinelas cruzaron las picas para cerrarnos el paso. Miré a Tamasin y vi que la joven asentía.

—Lady Rochford nos espera —anunció.

El guardia nos miró.

—La señora nos comunicó que solo vendrían un joven y una mujer.

—Las instrucciones han cambiado.

Mientras el guardia me escrutaba, me inquieté al recordar que llevaba una daga, contraviniendo las normas. Pero el guardia asintió y concluyó que no era peligroso.

—Segunda puerta a la izquierda —nos indicó.

Él y su colega alzaron las armas y pasamos entre ambos. Me asaltó un temor repentino. ¿Y si lady Rochford estaba detrás de todo y tenía cómplices dispuestos a matarnos allí mismo? Aunque era una idea ridícula; los soldados nos habían visto entrar y sabían que ella estaba dentro, ¿cómo iba a zafarse?

Tras el arco se extendía un magnífico patio interior de mármol, o al menos eso semejaba la pintura. Todo desprendía un agradable olor a madera fresca. Varias puertas daban al patio, cada una de ellas con su correspondiente guardia.

—¿No se extrañarán los guardias de que lady Rochford nos reciba aquí? — susurré a Tamasin.

—Todos saben que lady Rochford es excéntrica. Y no advertirán ningún mal en ello: los pabellones permanecerán vacíos hasta que llegue el rey de Escocia. Su mayor preocupación es evitar que los sirvientes entren para robar los tapices y el mobiliario.

Seguimos avanzando hacia la puerta que el guardia nos había indicado; pasamos por una que estaba abierta y daba a una sala de visitas decorada con llamativos tapices. Vi un aparador que contenía una vajilla de plata y me fijé en varios criados que extendían esteras perfumadas en el suelo. Había también dos solemnes sillones con cojines de color púrpura. De modo que era allí donde los dos monarcas se reunirían…

El guardia apostado frente a la siguiente puerta la abrió al vernos. Entramos en la sala, más pequeña que la que acabábamos de ver, sin muebles pero con las paredes cubiertas por una fabulosa serie de tapices que ilustraba la vida de san Juan Bautista. Lady Rochford nos esperaba en el otro extremo. Llevaba un vestido rojo intenso y de escote generoso que dejaba a la vista la parte superior de sus senos, de aspecto cerúleo, como el cuello y la cara; llevaba el pelo recogido bajo una cofia francesa ribeteada con perlas. Lucía una expresión ceñuda y altanera, que se tensó aún más en cuanto me vio.

—¿Por qué has traído a este abogado? —exclamó, alzando su voz aguda—. ¡Por Jesucristo Crucificado, Reedbourne! Si pretendes atacarme con un abogado, recuerda que yo podría replicar con algo peor.

Hice una reverencia y la miré a los ojos. Me sentía intimidado, pero no debía mostrarlo.

—Me llamo Matthew Shardlake, milady. Soy el patrón de maese Barak aquí. Él y la señorita Reedbourne requirieron mi protección, después del encuentro de anoche.

Lady Rochford se acercó a Tamasin. Temí que fuera a golpearla.

—¿A quién más se lo has contado? —siseó—. ¿A quién más?

Advertí que ella también estaba terriblemente asustada.

—A nadie, milady —contestó Tamasin con un hilo de voz.

Lady Rochford volvió a mirarme, vacilante, y se volvió hacia Barak.

—Tienes un nombre muy extraño —observó—. ¿Eres inglés?

—Hasta la médula, milady.

Lady Rochford volvió a mirar a Tamasin: concentraría su ira en ella, pensé, una vasalla directamente a su cargo.

—¿Y que es eso que visteis, o creísteis ver, este zoquete de secretario y tú anoche?

Tamasin respondió con claridad, aunque la voz le temblaba muy sutilmente.

—A maese Culpeper frente a la puerta de la cocina, a la reina en el umbral y a vos detrás, milady. La reina parecía despedirse de maese Culpeper.

Lady Rochford soltó una carcajada forzada.

—¡Estúpidos! Maese Culpeper había solicitado verme tarde, era yo quien me despedía de él. La reina nos oyó y bajó para ver qué pasaba. Culpeper siempre me está gastando bromas, es un pícaro. —Era un disparate tan absurdo que Tamasin no replicó—. Fue un encuentro inocente —prosiguió lady Rochford. Alzó la voz—. Del todo inocente. Quien se atreva a afirmar lo contrario deberá enfrentarse a la cólera del rey, os lo advierto.

Hablé con voz alta y firme.

—Si el rey supiera que su reina fue vista de noche con el hombre más disoluto y descarado de la corte, creo que, en efecto, entraría en cólera. Por inocente que fuera, esa reunión debió de quebrantar todas las normas de conducta vigentes.

El blanquecino pecho de lady Rochford se elevó; sus ojos destellaron.

—Vos sois el jorobado del que se mofó el rey en Fulford. ¿Qué es esto, abogado? ¿Buscáis venganza contra el monarca porque se mofó de vuestra espalda encorvada?

—No, milady. Solo busco protección para estos jóvenes.

Entornó los ojos.

—Los abogados siempre emplean hermosas palabras con doble sentido. ¿Es dinero lo que queréis, que compre vuestro silencio y el suyo?

—No, milady. Solo su seguridad. Y la mía.

Frunció el ceño, enojada.

—¿A qué os referís? ¿Por qué iba a estar en peligro la seguridad de cualquiera de los tres?

—Suele estarlo la de las personas que accidentalmente descubren secretos indeseables. Trabajo con sir William Maleverer en relación con ciertas cuestiones de seguridad, de modo que lo sé bien.

Lady Rochford entornó los ojos al oír el nombre de Maleverer. Se obligó a sonreír.

—No hay ningún secreto, señor —replicó con forzada despreocupación—. Ninguno. La reina sencillamente disfruta de la compañía de amigos de la infancia. Han sido unas semanas muy duras para ella: esta Jornada, todas la recepciones formales, los viajes interminables por caminos enlodados; es muy arduo para una chica joven. El rey no tiene reparo en que se relacione con viejos amigos, pero la gente siempre chismorrea, por lo que a veces se reúne con ellos en secreto. De saberse, sería… bochornoso.

—En tal caso, no hay ningún problema —contesté, procurando mantener la voz templada. Resultaba interesante que hubiese alterado su versión en tan breve espacio de tiempo—. No nos interesan los chismorreos, lo único que deseamos los tres es regresar a Londres lo antes posible y olvidar todo lo relacionado con esta tediosa Jornada.

—Entonces, ¿guardaréis silencio? —preguntó lady Rochford, recuperando en parte su adustez—. No digáis nada y todo irá bien, os lo prometo.

—Esa es nuestra intención —intervino Barak, y Tamasin asintió.

Lady Rochford miró nuestros semblantes serios.

—Más os vale —sentenció, con voz de nuevo intimidatoria—. Al fin y al cabo, es de rigor preguntar qué andabais haciendo por ahí vosotros dos, jovencitos, pasada la una de la madrugada. Hacía mucho rato que tú, señorita Reedbourne, debías estar acostada. La señorita Marlin es demasiado permisiva contigo. Fácilmente podría echarte del servicio del rey, recuérdalo.

—Lo hará —dije—. Por cierto, milady, ¿sabe algo la señorita Marlin de lo ocurrido anoche?

Lady Rochford se rio, incrédula.

—¿Esa mojigata amargada? Por supuesto que no. Nadie más lo sabe, ni lo sabrá.

—Entonces, como he dicho, no hay ningún problema. Aunque, como abogado, debo aconsejaros que toméis precauciones.

Lady Rochford volvió a parecer asustada.

—¿A qué os referís? ¡Dijisteis que no lo habíais contado!

—Así es, pero, ante la eventualidad de que sufra una muerte repentina, podría dejar ciertos documentos escritos.

—¡No! No debéis hacer eso. Si salieran a la luz… ¡Insensato! ¿Creéis que yo os haría daño? ¡Pensad un poco! Aunque la reina lo permitiera, cosa que no haría, ¿creéis que querría que alguno de vosotros atrajera la atención pública? —Hizo una pausa y luego su voz se transformó en un grito—. ¡Quiero que guardéis silencio! ¡Silencio absoluto!

Empezó a temblar vagamente.

—Milady, si no guardáis vos misma silencio, el centinela os oirá; probablemente ya esté escuchando al otro lado de la puerta.

Lady Rochford se llevó un dedo a los labios.

—Sí —convino, trastornada—. Sí.

Miró a la puerta que quedaba a mis espaldas, tan asustada que sentí lástima por ella.

—Todos debemos guardar silencio —dije.

Lady Rochford me dirigió una mirada severa.

—Al parecer, debo confiar en vos.

—En tal caso, nos marchamos ya.

Esperé unos instantes por si tenía algo que añadir, pero se limitó a asentir, aunque seguía mirándome con fiereza. Nos despedimos con una reverencia y salimos de la sala.

Observé de soslayo al guardia, que permanecía impasible. Aun así, no mediamos palabra hasta encontrarnos fuera de los pabellones, en el espacio abierto que los separaba de la casa solariega. Allí me apoyé en una carreta y me enjugué la frente con un pañuelo.

—Gracias, señor —dijo Tamasin—. De no haber sido por vos, me habría derrumbado de miedo.

—Sí —comentó Barak—, habéis actuado muy bien. Habéis mantenido la compostura.

—La experiencia de años tratando con jueces malhumorados enseña eso, pero no ha sido fácil. Dios, tengo el corazón desbocado.

Me sentía algo aturdido.

—¿Os encontráis bien, señor? —se interesó Tamasin—. Estáis muy pálido.

—Es solo un momento. —Suspiré y sacudí la cabeza—. Estos días me siento como si estuviera en una barca a la deriva en plena tempestad, como si las olas se estrellaran contra mí una tras otra y el viento me llevara a su antojo.

—Con un poco de suerte, pronto estaremos en un barco de verdad —dijo Barak —. Y lejos de aquí.

—Sí. Cielos, a lady Rochford le aterra lo que podamos decir. ¿Hay algo entre la reina y Culpeper? ¿O teme por su posición?

—Solo Dios lo sabe —contestó Tamasin—. Lo único que sé yo es que los criados dicen que hay animosidad entre Culpeper y Dereham.

—Sí, Dereham… —repetí, reflexivo—. Otro viejo amigo de la reina.

—¿Están todos locos: Culpeper, la reina y lady Rochford? —preguntó Barak.

—Lady Rochford no parece del todo… normal. Y Culpeper da la impresión de ser estúpido.

—Una criatura lasciva y presuntuosa —apuntó Tamasin.

La muchacha se estremeció y recordé lo que Barak me había comentado: que Culpeper había intentado subyugarla a sus atenciones.

—Y la reina Catalina es una muchacha atolondrada —añadió ella—. Pero no tanto como para engañar al rey con Culpeper.

—¿Y ahora qué? —me preguntó Barak—. ¿Guardamos silencio o se lo decimos a Maleverer?

—Guardaremos silencio. No creo que lady Rochford esté involucrada en la desaparición de los documentos, ni siquiera que sepa lo que son.

—He preguntado a algunos sirvientes acerca del pasado de Culpeper —intervino Tamasin—. Lleva cuatro años en la corte. De cuando en cuando va a visitar a su familia. Son de Goudhurst, en Kent.

—Gracias.

Empleé un tono de voz neutro, aunque era una información interesante.

—Debo irme ya —concluyó ella—. La señorita Marlin debe de estar preguntándose dónde estoy.

Se despidió con una leve reverencia y se alejó con premura.

—Lo ha hecho bien —le comenté a Barak.

—Sí, aunque todo esto la consterna. ¿Sabéis lo que me dijo ayer? Que si consiguiera averiguar quién es su padre, si descubriera que es un oficial de alto rango, él podría protegernos. Le dije que aunque fuerais vos, no podríais situaros por encima del rey. Pierde la sensatez con ese tema.

Asentí.

—Y, como ya hemos discutido, su padre podría ser cualquiera. Es interesante lo que ha dicho, que Culpeper es de Kent. Me pregunto si Goudhurst quedará cerca de Blaybourne, si alguien llamado Blaybourne tiene algún vínculo con los rebeldes.

—Kent está lejos de York —dijo Barak, y miró tras de mí—. Pero aquí viene alguien que ha cubierto esa distancia.

Me volví. El sargento Leacon se acercaba apresuradamente a nosotros, muy serio.

—¡Santísimo Jesucristo! —murmuré—. ¿Y ahora qué?

El sargento nos saludó al alcanzarnos. Como en el refectorio, su actitud era fría, formal.

—Os he estado buscando por todas partes, maese Shardlake —dijo—. Sir William Maleverer quiere veros de inmediato. Está con sir Edward Broderick, en su celda.

—¿Con Broderick?

Apremiado por los acontecimientos de la noche anterior, me había olvidado de él.

—Alguien ha vuelto a atentar contra su vida.